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Full text of "América literaria: producciones selectas en prosa y verso, coleccionadas y editadas"

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1 


AMERICA  LITERARIA 


PRODUCCIONES  SELECTAS 


EN  PROSA  Y  VERSO 


COLECCIONADAS    Y    EDITADAS 


POR 


FSAKCISGO  LAGOHAGGIOBE 


BUENOS  AIRES 
Imprenta  de  "La  Nación"  San  Martin  208 

1883 


»  .' 


0 


ADVEETENCIA 


La  falta  de  comunicación  intelectual  entre  las  repúblicas  hispano-americanas, 
es  causa  de  que  sean  desconocidos  entre  sí,  á  escepcion  de  unos  pocos  escritores 
eminentes,  los  ingenios  con  que  cuenta  cada  una  de  ellas;  lo  que  es  verdaderamente 
sensible. 

Este  común  aislamiento  lejos  de  estrechar  los  vínculos  que  las  atan  en  su  pasa- 
do glorioso,  cuando  iniciaron  la  lucha  heroica  de  la  emancipación,  los  afloja  por  el 
contrario,  dándonos,  como  resultado  inmediato,  la  secuestración  de  estados  que  viven 
en  un  mismo  continente;  que  fueron  en  un  tiempo  opulentas  colonias  de  un  mismo 
y  poderoso  soberano;  que  luego  combatieron  juntos  por  una  misma  causa;  y  que 
idénticos  destinos  deben  cumplir  en  el  tiempo  y  en  el  espacio. 

Para  remediar  de  alguna  manera  semejante  estado  de  cosas,  hemos  afrontado 
la  seria  y  penosa  tarea  de  reunir  en  un  haz  las  producciones  de  los  hijos  del  norte  y 
del  sur  de  la  América,  presentando  en  un  volumen  la  prosa  y  el  verso,— junto  al 
inspirado  cantor  del  Niágara  el  del  Nido  de  Cóndores;  al  lado  del  de  Mitre,  el 
nombre  respetado  de  Alaman.  Así,  en  las  páginas  de  este  libro,  aunque  divididos 
iroT  las  fronteras  artificiales  que  les  hemos  creado  para  metodizar  nuestro  trabsyo,  se 
confunden  todos  ellos  en  un  solo  terreno,  y  se  cobijan  bajo  una  sola  enseña — la  de 
la  fraternidad  intelectual. 

Poetas,  historiadores,  publicistas,  escritores  fáciles,  ingenios  sutiles  ó  brillan- 
tes, todos  tienen  cabida  en  la  presente  obra,  porque  cada  uno  de  ellos  contribuye  en 
su  esfera  propia  al  desarrollo  de  la  civilización,  al  culto  de  la  belleza,  á  la  difusión 
de  nobles  y  generosos  sentimientos.  Esta  comunión  de  los  diversos  talentos,  forma 
la  corona  de  luz  que  ciñe  las  sienes  palpitantes  de  la  joven  y  entusiasta  América;  y 
realzando  los  esfuerzos  fecundos  que  hace  la  industria  en  su  seno  víi^eu,  purifica  en 
el  crisol  de  lo  bello  en  los  sentimientos,  en  los  hechos,  en  los  propósitos,  y  hasta  en 
los  alegres  devaneos  de  la  juventud,  6  del  ingenio  festivo  y  decidor — las  escorias  que 
deja,  á  modo  de  un  asiento  en  el  alma,  en  torno  nuestro,  la  ruda  labor  á  que  nos 
condena  la  inexorable  ley  de  la  lucha  por  la  existencia. 

¿Habremos  llenado  cumplidamente  el  fin  propuesto?    No  creemos  engañamos 


VI  AMÉRICA  LITERARIA 


asegurando  qne  nos  hemos  acercado  tanto  á  él  cuanto  es  posible  trasuntar  en  los 
hechos  el  ideal  que  bulle  dentro  del  cerebro;  y  de  ello  serán  jueces  los  lectores  de  la 
Amebica  Litebabia.  Abrigamos,  empero,  la  convicción  de  que  nadie  colocado  en 
idénticas  condiciones  á  las  nuestras  podria  superamos ;  y  que  *  si  en  Méjico,  por 
ejemplo,  alguien  se  propusiese  igual  tarea,  no  nos  aventajaría  en  los  resultados. 

El  libro  que  ofrecemos  no  aspira,  por  ahora,  á  ser  un  dechado  de  perfección, 
pero  estamos  convencidos  que  su  bondad  intrínseca  no  será  puesta  en  duda,  tenién- 
dose en  cuenta  las  insuperables  dificultades  que  ofrece  su  formación;  y  que  autores 
y  público,  dispensándole  sü  benéfica  protección,  han  de  aunar  susesñierzos  á  los  del 
compilador,  para  que  se  convierta  mas  tarde  en  el  libro  por  excelencia  de  los  pueblos 
americanos. 

La  America  Litebabia  llegará  de  ese  modo  á  reflejar  por  completo  la  poten- 
cia intelectual  de  este  continente;  y  la  llama  que  hoy  ya  arde  luminosa  y  bella, 
adquirirá  mayor  pábulo,  y  quien  tenga  en  sus  manos  nuestra  obra  podrá  decir  que 
empuña  la  antorcha  de  la  civilización  del  Nuevo  Mundo. 


Buenos  Aires,  Abril  de  1883* 


Fbakcisgo  Lagomaggtobe. 


• 


SECCIÓN  POLÍTICA 


REPÚBLICA   ARGENTINA 


EL  PORVENIR  DE  AMERICA 


No  té  8i  sea  este  el  momento  mas  propioio  para 
fotografiar  el  pensamiento  Argentino. 

Los  pueblos  pasan  por  entre  ráfagas  de  som- 
bras y  de  lux.  Tibien,  eomo  el  mnndo  sideral,  sn 
rotación  periódica,  sns  apogeos,  eoUpses  y  sols- 
ticios; como  la  naturaleza  física,  sns  estaciones, 
su  calor  intenso,  sn  frialdad  estrema,  sn  prima- 
vera y  sn  otoño. 

La  humanidad  se  conserva  siempre,  como  el 
calor  y  la  luz  y  el  germen  de  la  vida. 

Pero,  los  pueblos  decaen  y  mueren.  Desapare- 
oan,  renovándose  bajo  otro  sol,  en  variadas  razas, 
eofn  nueva  índole  y  costumbres. 

India,  Siria,  Ejipto,  Grecia,  Boma  y  tantos 
otros,  son  despojos  humanos  que  no  han  vuelto 
ni  volverán  á  la  vida. . . 

¿En  que  periodo  de  su  existencia  se  encuentra 
el  pueblo  Argentino,  hoy  que  este  libro  se  propo- 
ne estereotipar  el  grado  de  elevación  y  cultura 
de  su  alma,  su  ciencia  y  su  progreso? 

Pero,  no  basta  tomar  el  retrato  de  este  pedazo 
de  tierra  americana.  Es  solo  una  facción  de  lo 
que  se  ha  dado  en  llamar  la  Yírgen  América! 

En  la  fisonomía  intelectual  y  moral  de  esta, 
van  á  faltar,  al  ilustrado  compilador  de  estos 


rasgos,  la  sutil  inteligencia,  el  genio  literario,  el 
fino  y  delicado  espíritu  de  los  hijos  de  su  hermosa 
patria,  el  Perú. 

Faltan,  el  pensamiento  ultra-democrátioo  y 
avanzadas  ideas  políticas  de  los  hijos  de  Colom- 
bia; el  espíritu  de  paciente  disciplina,  con  que 
Bolivia  es  capaz  de  fundar  el  mejor  régimen  judi- 
cial y  la  mas  perfecta  organización  militar. 

Faltan  el  Brasil  y  Chile,  Imperio  aquel,  Bepú- 
blica  esta,  que  no  han  podido  aun  olvidar  del  todo 
que  fueron  Colonias  del  Portugal  y  de  la  Espa- 
ña; que  vivieron  bajo  reyes  absolutos  y  castas 
privilegiadas. 

EUos  que,  sin  embargo,  en  el  seno  de  la  paz, 
con  el  genio  de  la  mesura  y  de  la  calma,  con  el 
sentido  práctico  de  una  razón  bastante  clara  y 
serena  para  obrar  sobre  sí  misma,  conservar  lo 
adquirido,  propender  á  lo  útil  y  práctico,  sin  osar 
mucho  ni  aventurar  nada;  progresan  en  sus  insti- 
tituciones,  aseguran  las  garantías  sociales  tutela- 
res de  la  vida  y  de  la  propiedad,  y  descuellan  en 
el  orden  administrativo,  aunque  escondiendo,  bajo 
tales  prestigios,  los  eslabones  aun  no  del  todo 
rotos,  de  esa  larga  cadena,  que  un  dia  arrastramos 
todos  como  subditos  de  castas  privilegiadas  y 
reyes  absolutos. 

Libres  nosotros,  como  el  aire  de  nuestras  pam- 
pas, en  un  suelo  desnudo,  á  la  intemperie,  sin  altas 


AMÉRICA  LITERARIA 


montañas  que  nos  abriguen,  sin  excesivo  calor 
que  nos  enerve  7  á  la  margen  del  mas  anolio  río 
de  la  creación;  usamos 7  abusamos  de  la  libertad 
nativa;  7  ore7éndonos  bastante  viriles  7  fuertes 
para  sustentarla  7  defenderla,  ensa7amos  con  fé 
7  valor,  los  mas  avanzados  principios  de  la  demo- 
cracia; 7  desenvolviendo  el  comercio,  en  su  mas 
alta  escala,  sembramos  la  riqueza  en  tan  vasto  7 
despoblado  territorio. 

Llamamos  á  todos  los  hombres  de  la  tierra, 
brindándoles  un  abrazo  grande  7  fecundo,  estre- 
cho 7  fraternal. 

La  emigración  del  mundo  se  precipita  á  rauda- 
les, en  nuestro  suelo,  7  difundiremos  con  ella  á 
las  Repúblicas  hermanas  la  población  de  Europa. 

EUa,  nos  traerá  sus  luces,  los  frutos  de  su  larga 
esperiencia,  sus  hábitos  pacientes  de  trabajo; 
bienes  todos  salvados  de  los  incendios  de  la  comu- 
na, del  naufragio  de  pueblos  oprimidos,  de  los 
cataclismos  sociales  7  de  esas  sangrientas  guerras 
de  Sísif  o,  de  pueblos  contra  pueblos  7  hombres 
contra  hombres,  que  obcecados,  aun  persisten 
en  buscar,  por  los  viejos  caminos,  la  ciencia,  el 
principio  7  las  fórmulas  prácticas  de  la  demo- 
cracia, el  medio  de  gobernarse  por  si  mismos  7 
de  vivir  libres,  tranquilos  7  felices. 

¿Cuáles  son,  en  fin,  los  destinos  de  América? 

Por  el  suelo  Argentino,  por  este  rio  de  la  Plata, 
la  mas  amplia  gurganta  del  oontinente  Ameri- 
cano, vendrá  la  Europa,  abandonando  el  antiguo 
lugar,  las  viejas  armaduras  de  combate,  los  empol- 
vados pergaminos  de  su  ciencia  política,  de  su 
derecho  divino,  de  sus  dinastías  7  blasones  nobi- 
liarios, para  aleccionamos  con  su  esperiencia ;  7 
al  mostramos  los  frutos  del  trabajo  paciente, 
aprenderá  de  nosotros  las  intuiciones  luminosas 
de  la  soberanía  popular,  los  eternos  principios  de 
la  democracia,  las  prácticas  de  la  libertad. 

Acaso  decadente  7  caduca,  en  el  viejo  mundo, 
desciende  7a  allí  la  sociedad  humana,  como  el 
Imperio  Romano,  las  gradas  del  Capitolio;  7  en 
vez  de  renacer,  después  de  surcar  el  Mar  Muerto 
de  la  Edad  Media,  en  nuevas  razas,  pueblos  7 
Naciones;  vá  á  cruzar,  esta  vez,  las  ondas  vivas 
del  Atlántico,  para  resucitar  aquí,  en  el  Paraiso 
Americano,  7  levantar  de  sus  vírgenes  bosques, 
ese  himno  humano,  eterno,  de  sumisión  7  alaban- 
zas al  Dios  que  aniquila,  al  Dios  que  crea,  al  que 
puede  postrar  á  la  mas  soberbia  de  las  Naciones 
6  alzarla  de  su  tumba  como  á  Lázaro;  al  que  salva, 
en  fin,  en  lo  eterno,  los  destinos  de  la  humanidad, 


lanzándola  al  progpreso  indefinido,  en  mares  de 
una  vida  inagotable,  atada  con  los  lazos  del  amor 
7  alumbrada  con  la  antorcha  de  la  libertad. 


José  M.  ZUVIBÍA, 
Abogado  7l4temto. 


Belgrano,  Marzo  de  1874. 


ün  historiador  famoso,  ^'^  estudiando  el  movi- 
miento de  los  pueblos  en  el  siglo  xix,  ha  creido 
entrever  un  ra7o  de  luz  en  nuestros  apartados 
caminos  7  acaba  de  designar  como  un  rasgo 
nuestro,  el  que  no  marchamos  al  acaso,  sino  «i* 
guiendo  rumbos  determinados  7  fijos. 

Ha7  á  la  verdad,  en  el  dia  presente,  antiguos 
pueblos  de  la  tierra  que  se  encuentran  detenidos 
en  su  grandeza,  inciertos  de  su  porvenir  mas 
próximo  7  de  la  ruta  que  deben  segfuir,  porque 
á  la  muchedumbre  de  sus  cuestiones  políticas  ó 
sociales,  no  saben  oponer  sino  soluciones  de 
escuelas,  de  partidos  aislados  ó  de  tendencias 
contradictorias,  que  7a  representan  las  institu- 
ciones caducas  de  un  pasado  lejano,  ó  las  sub- 
versiones de  la  utopía  inocente  en  la  teoria, 
sangrienta  7  cruel  en  los  hechos. 

Nosotros  podemos,  entre  tanto,  adolecer  de  las 
deficiencias  de  un  orden  de  cosas  naciente;  pero 
sabemos  lo  que  queremos,  lo  que  necesitamos 
7  cuáles  son  los  remedios  que  deben  aplicarse, 
para  curar  las  dolencias  que  nos  aquejan. 

Nuestra  organización  política  se  halla  clara- 
mente definida  en  la  ConsUtucionf  teniendo  para 
la  explicación  luminosa  de  sus  cláusulas  la 
historia  constitucional  de  los  Estados-Unidos. 
Nuestra  doctrina  social  se  halla  concretada  en 
la  enunciación  de  derechos  espresos  7  de  verda- 
des [sencillas  que  profesan  los  hombres  de  Esta- 
do 7  los  hombres  del  pueblo  7  que  llevan  sobre 
sí  como  un  sello,  el  asentimiento  público  en  su 
mas  amplia  significación. 

Nicolás  Avellaneda, 

Praaldente  de  la  Bepúblioa,  Litemto  j  hombre  de  Eitedo. 
Buenos  Aires,  1874. 


(1)  OerrinuB. 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  abobktika 


Lm  recientes  yiotorias  de  la  Pruna  inolinan 
aparentemente  en  favor  de  las  razas  del  Norte 
la  balanza  del  poder.  Tengro  íé,  sin  embargo,  en 
los  destinos  de  los  que  viven  bajo  el  sol  del  me- 
diodía. Pero,  no  será  ya  ni  la  Italia,  ni  la  Es- 
paña, ni  la  Francia  la  qne  ba  de  recuperar  el 
lastre  perdido  en  las  Incbas  estériles  7  crimina- 
les de  la  vieja  Europa. 

Si  ecbamos  una  mirada  sobre  el  mapa  del 
mundo,  advertimos  que  mas  que  ningfun  otro 
pueblo,  ban  sido  favorecidos  los  que  bablan  la 
lengua  Española  en  el  reparto  del  suelo.  Los 
valles  del  Magdalena,  del  Orinoco,  del  Amazo- 
nas 7  del  Plata  pueden  sustentar  cientos,  sino 
miles  de  millones  de  babitantes,  7  nada  ofrecen 
de  comparable  por  su  feracidad,  por  su  belleza  7 
por  su  extensión. 

Cien  millones  de  los  descendientes  de  los  an- 
tiguos dominadores  del  mundo  necesitan  espacio 
en  que  desenvolver  su  inteligencia  7  su  fuerza. 

El  primer  paso  está  dado  7a.  Cuarenta  mil 
inmigrantes  Italianos,  Españoles  7  Franceses 
llegan  anualmente  al  Bio  de  la  Plata.  Esta  cor- 
riente que  necesariamente  tiende  á  robustecerse, 
desbordará  sus  ondas  vivientes  en  las  demás  repú- 
blicas americanas.  Encontrando  un  suelo  virgen 
7  espacio  sin  límite,  ella  creará  la  riqueza  con  la 
asombrosa  rapidez  que  presenciamos  en  la  Amé- 
rica del  Norte. 

Superior  en  ostensión  7  en  producciones  á  la 
América  del  Norte,  é  igrualmente  dotada  de  ins- 
tituciones libres, — la  América  del  Sud, — en  un 
periodo  de  tiempo  que  la  asombrosa  rapidez  con 
que  bo7  se  desenvuelven  los  sucesos  bumanos 
nos  hace  prever  será  mas  corto  que  lo  que  á  pri- 
mera vista  pudiera  imaginarse, — será  el  asiento 
de  la  riqueza  7  del  poder. 

EDX7ABD0  Costa, 

JurlMonaolto  y  hombre  de  EeUdo. 

BiMHOt  Áiréi,  Febrero  de  1878. 


En  la  vida  de  las  naciones  vemos  producirse 
un  becbo,  que,  mas  que  ningun  otro,  aboga  en 
Uyot  de  la  bondad  absoluta  de  la  forma  republi- 
cana de  gobierno. 

Cuando  los  pueblos  monárquicos  se  sienten 


azotados  por  el  despotismo  ó  desquiciados  por  la 
anarquía,  buscan  en  el  cambio  de  instituciones 
fundamentales,  un  remedio  para  los  males  que 
soportan.  La  Bepública  es  su  último  refujio,  es 
su  última  esperanza. 

Cuando  los  pueblos  republicanos  atraviesan 
una  situación  igualmente  cruel,  jamás  abjuran 
sus  creencias;  jamás  se  lanzan  á  buscar  en  la 
monarquía  la  felicidad  que  la  República  transi- 
toriamente les  niega. 

Por  el  contrario,  con  fé  incontrastable,  en 
vez  de  destruir  las  instituciones  republicanas,  se 
contraen  á  perfeccionarlas. 

Es  que  la  República  es  la  única  forma  que  se 
adapta  á  todos  los  org^anismos  sociales,  se  acli- 
mata en  todas  las  zonas  7  se  arraiga  en  todas 
las  razas. 

Adolfo  Albina, 

Viee-Preeidente  de  1»  B«pübtte»-PdUtleQ. 

Buenos  Airet,  Agosto  de  1874. 


La  libertad  de  la  palabra  es  sin  duda  una  pre- 
ciosa libertad,  pero  es  mas  preciosa  todavía  la 
libertad  del  silencio. 

La  libertad  de  callar  supone  el  señorío  com- 
pleto de  sí  mismo. 

Es  á  menudo  la  palabra  un  espediente  forzado 
que  cubre  la  imposibilidad  de  decir  una  verdad 
comprometente. 

No  son  capaces  de  silencio  sino  los  bombres  7 
los  pueblos  libres;  los  demás  son  forzados  á 
decir  lo  que  no  creen  ni  sienten.  Su  lenguaje 
es  la  verbosidad  sonora  7  exuberante  del  esclavo. 

La  libertad  oral  de  este  género,  se  parece  á 
la  libertad  de  locomoción  de  algunas  ciudades 
en  que  todos  son  libres  de  circular  por  sus  calles 
empedradas  con  su  cocbe,  con  tal  de  no  bacerlo 
por  el  empedrado,  sin6  por  los  rieles  de  un  tren- 
via  que  reduce  su  libertad  á  mero  nombre. 

Jx7AN  Bautista  Albebdi, 

Jorlioonsnlto  y  pobUdit». 

Buetiof  Airei,  Diciembre  8  de  1879. 


AMÉRICA  LITEBARIA 


EL  RIO  DE  LA  PLATA 

El  jesnita  Yasconcellos  decía  en  el  siglo  pa- 
sado que  el  Amazonas  7  el  Bio  de  la  Plata  eran 
las  dos  llaves  de  oro  del  vireinato  brasilero. 

Los  aoonteoimientos  lian  resuelto  otra  cosa, 
entregando  una  de  esas  llaves  en  manos  del  im- 
perio vecino,  7  la  otra  en  la  de  dos  repúblicas, 
la  Argentina  7  la  Oriental. 

La  paz  de  la  América  del  Sud  seria  perturba- 
da el  dia  que  este  sistema  fuese  cambiado  por  la 
violencia. 

CXblob  Tbjedob, 

JorlMoiuulto.  hombre  de  Estado  7  Oobernador 
de  U  prorlnd*  de  Buenoe  Airee. 

Biunoi  Áire$,  Agosto  12  de  1878. 


Las  repúblicas  americanas  adoptarán  el  go- 
bierno federal,  como  la  forma  mas  perfecta  que 
conoce  la  humanidad.  Las  dificultades  que  pre- 
senta, se  salvarán  difundiendo  los  beneficios  de 
la  civilización,  7  levantando  en  los  pueblos  el 
sentimiento  de  la  moderación,  que  es  una  de  las 
virtudes  mas  favorables  al  orden  7  á  la  libertad. 


Bebkabdo  db  I&iooysk, 

Jurliooniulto  j  EitadUt». 


Buenoi  Aires,  1874. 


El  Perú  es  la  tierra  de  los  prestigrios  histó- 
ricos, para  todo  americano  que  estime  su  dig- 
nidad nacional  7  que  comprenda  los  encantos  del 
estudio. 

Entre  las  grandes  antigüedades  de  la  civiliza- 
ción clásica,  la  sombra  gigantesca  del  Imperio 
de  los  Licas  vag^  en  las  catacumbas  del  pasado, 
al  lado  de  Tebas  7  de  Menfis,  de  Nínive  7  de 
Persépolis,  paseándose  entre  las  ruinas  cidopea- 
nas  de  los  Pelasgos.  ;  Honor  á  esa  tierra  de  las 
^rrandes  tradiciones!  7  que  el  Dios  de  los  Cris- 
tianos, que  tiene  al  sol  de  los  incas  entre  los 
potentes  ministros  de  sus  obras,  baga  que  el 
porvenir  derrame  sus  favores  sobre  el  Perú, 
restableciendo,  en  su  vida  moderna,  la  sabiduria 


de  los  oonsejos  7  la  felicidad  de  los  resoltados,  á 
que  lo  provocan  los  prestigrios  de  su  grandeía 
entre  los  heroicos  muertos  de  la  historia. 

Vicente  Fidel  López, 

Jorieoootnlto,  pnbUeUta  é  historiador. 

Biienos  Aires,  91  de  Octubre  de  1879. 


El  Perú,  tan  rico  en  minerales  como  en  pro- 
ducciones agrioolas,  ha  dado  en  todos  tiempos 
hombres  mu7  distinguidos  en  las  cienoiag,  ea  los 
parlamentos  7  en  la  gfuerra. 

Si  los  que  ho7  dirigen  los  destinos  de  esa  Be- 
pública  oonclu7en  el  ferro-carril  hasta  Oro7a^ 
sin  ejemplo  hasta  el  dia,  las  riquezas  de  ese  país 
serán  mil  veces  ma7ores  que  las  que  ho7  el  mun- 
do admira. 

Creemos  que  la  juventud  peruana  se  mostrará 
digna  de  sus  antepasados,  7  entonces  el  Perú 
será  la  mas  poderosa  7  la  mas  grande  de  la  anti- 
gua América  española. 

Dalmacio  Yelez-Sabsfixld, 

Jurlioontntto  y  Eetediite. 

Bumos  Aires,  Febrero  26  de  1879. 


Si  los  pueblos  cultos  no  tuvieran  otros 
á  su  disposición  para  hacer  triunfar  el  buen  de« 
recho,  la  razón  7  la  justicia,  que  la  fnersa  bruta» 
la  civilización  seria  una  palabra  sin  sentido  prác- 
tico. 

El  progreso  de  los  pueblos  modernos  se  para- 
lizarla, 7  el  porvenir  seria  mu7  oscuro  porque 
la  humanidad  entera  sufrirla  las  consecuencias 
terribles  de  un  estado  de  cosas  que  hiciera  indis- 
pensable emplear  para  la  solución  de  todas  las 
dificultades,  la  violencia,  la  guerra  7  la  desola- 
ción que  son  sinónimos  del  retroceso  de  las  na- 
ciones, 7  de  su  muerte  política  en  muchos  casos. 

Es  necesario  emplear  previamente  los  medios 
coercitivos  que  el  mundo  moderno  pone  en  las 
manos  de  los  gobernantes  hábiles,  de  los  estadis- 
tas, que  tienen  la  instrucción  científica,  la  inteli- 
gencia industrial,  el  conocimiento  histórico  su- 
ficiente para  manejor  con  las  amas  irresistibles 


SECCIÓN  POLÍTICA— EBPÚBLiCA  aboentini 


sieoipre  yenoedoras  en  esta  época  del  razona- 
miento j  de  la  diplomacia;  especialmente  cuando 
los  intereses  generales  qne  la  opinión  pública 
prohija  en  nno  7  otro  hemisferio,  se  encuentran 
oompitnnetidos  j  perjudicados  por  la  agresión 
obstinada  7  sistemada  de  un  Grobiemo  retrógado» 
qüB  solo  admite  el  cañón  como  argumento  eficaz. 

Pero  eso  7a  no  es  lícito. 

No  se  debe  ir  á  la  guerra  sino  después  de 
Bgotados  loe  medios  pacíficos. 

En  mi  última  carta  creo  haber  probado  que  la 
guerra  entre  Chile  7  la  República  Argentina 
importa  la  completa  ruina  de  ambos  paises,  por- 
que ambos  son  pobres,  están  despoblados,  tienen 
vn  déficit,  déficit  permanente  en  sus  presupues- 
tos respectiyos;  no  tienen  policía  ni  escuelas  bas- 
tantes, están  recarg^ados  de  impuestos  injustos, 
porque  el  que  los  paga  no  recibe  su  equivalente; 
han  abusado  de  su  crédito  público;  están  en  el 
Tériioe  de  la  bancarota;  no  tienen  organisacion 
municipal  completa,  ni  administración  civil  regu- 
lar,  que  les  dé  estabilidad. 

Se  di8minu7en  los  jueces  mismos  por  econo- 
mía, mientras  los  pleitos  se  aumentan  por  la 
mala  legislación:  todo  está  en  embrión,  todo  em- 
pezado, todo  por  concluir,  7  en  vez  de  malgastar 
sos  cortos  haberes  en  esterminarse  7  arruinarse 
recíprocamente,  ambos  gobiernos  7  sus  pueblos 
deben  dedicarlos  á  pagar  sus  deudas  7  á  aumen- 
tar  los  medios  de  comunicación  interprovincial, 
á  mejorar  su  estado  social,  á  educar  sus  pueblos, 
á  organizar  7  fiscalizar  mejor  7  mas  eficazmente 
sa  administración  interior,  para  dar  seguridad  á 
1a  propiedad  7  á  la  vida  de  todos;  á  colonizar  7 
poblar,  á  civilizar  7  dar  hábitos  de  labor,  de 
trabaje  7  de  respeto  á  las  le7es,  á  sus  masas 
■emi-bárbaras;  á  facilitar  su  comercio  interior  7 
azterior,  á  proteger  su  industria,  á  estudiar  sus 
desiertos,  á  crearse  una  marina  nacional,  canali- 
lar  sus  nos,  dar  seg^uridad  á  sus  puertos,  iluminar 
sos  oostas,  moralizar,  enseñar,  ilustrar  7  obtener 
sai  jüMkjot  7  mas  inmediato  resultado  para  los 
contemporáneos  7  para  el  futuro,  de  los  grandes, 
fecundos  é  inexplotados  gérmenes  de  riqueza  que 
^b^pil^fi  en  ambos  territorios;  cerrados  todavía, 
en  su  ma7or  parte,  á  los  beneficios,  á  las  como- 
didades, al  adelanto  7  al  bienestar  del  progreso 
7  la  civilización  moderna. 

El  cáncer  que  devora  7  corroe  las  sociedades 
•nd-americanas  se  forma,  se  arraiga,  se  desar- 
rolla  7  se  estíende  con  ma7or  fuerza,  porque. 


cada  una  de  sus  individualidades  alimenta  7  cul- 
tiva especialmente,  ese  torpe  espíritu  de  violencia 
de  otras  edades,  que  7a  no  es  de  la  época,  porque 
no  encuentra  solución  á  las  cuestiones  mas  sim- 
ples, sino  envuelta  en  la  sangre  del  adversario, 
como  si  tuviéramos  tanta  de  qué  disponer! 

Esto  es  aplicable  á  ambos  países,  como  á  casi 
todas  las  repúblicas  snd-americanas. 

Nicolás  A.  Calvo, 

Eeonomltta. 

Brighton,  (Inglaterra)  Diciembre  8  de  1878. 

( Frainneiito  de  1m  oartaa  dirigidM  al  dlnotor  de  "El  Slglo^.  de 
Boenoe  Airea. ) 


REGENERACIÓN  DE  LA  AMERICA  DEL  SUD 


Toda  cuestión  de  libertad  es  cuestión  de  triple 
educación:  escolar  del  individuo;  política  del 
ciudadano;  7  parlamentaria  del  pueblo. 

El  sufragio  de  la  educación,  es  la  democracia. 
El  sufragio  de  la  ignorancia, — una  fuente  ina- 
gotable de  calamidades.  El  sufragio  tmiverscd 
sin  aquella  triple  educación,  que  constitu7e  su 
alma,  su  cuerpo  7  su  forma,  solo  es  el  desorden 
universal. 

Aquella  triple  faz  de  la  conciencia  humana 
educada,  es  el  germen  de  la  primera  unidad 
colectiva  de  la  vida  pública  del  ciudadano:  la 
familia  parroquial,  cu7as  unidades  componen  la 
familia  municipal.  Las  familias  municipales  son 
las  unidades  componentes  de  la  familia  provin* 
cial.  Las  provincias,  á  su  ves,  de  la  nación^ 
simple  tronco  7  producto  de  esa  trinidad  demo- 
crática. 

La  vida  parlamentaria  es  la  savia  7  circula 
en  el  cuerpo  de  un  pueblo  libre, — desde  las 
asambleas  parroquiales  7  vecinales  que  son  sn 
raiz,  hasta  los  congresos  que  son  la  copa,  7  los 
gobiernos  el  fruto  de  aquel  árbol  de  la  demo- 
cracia. 

Sus  destinos  en  el  mundo  reposan  sobre  estas 
Ie7e8  eternas,  como  la  gravedad  7  el  vapor,  igua- 
les para  los  hombres  de  cualquiera  raza.  La 
República  de  Estados-Unidos  7  de  Suiza,  es  una 
democracia  de  todos  los  pueblos  de  ambas  razas. 

Allí  funciona  aquel  mecanismo,  porque  está 
organizado  el  motor  del  sistema,— el  pueblo.  La 


AMÉRICA  LITERARIA 


supresión  ú  omisión  de  este  motor  olvidado  por 
los  gobernantes,  que  solo  han  organizado  el 
gobierno,  es  la  cansa  del  cesarismo  en  Europa; 

■ 

7  del  caudillaje  en  América.  La  América  del 
Sud  pasa  por  la  crisis  del  periodo  terciario  de  su 
formación  social  y  política.  Es  todavía  la  masa 
fluida  7  flotante  de  moléculas  sociales  sin  indi- 
vidualidad ni  cohesión  orgánica  fundidas  en  la 
personalidad  del  mas  fuerte.  La  sociedad  crista- 
lizada en  la  figura  7  en  el  cerebro  de  un  hombre, 
hasta  que  nuevas  erupciones  volcánicas,  la  refun- 
dan bajo  otro  nombre  7  otra  forma,  velada  con 
el  sudario  de  su  lava. 

El  renacimiento  de  las  Repúblicas  Sud- Ame- 
ricanas está  en  la  organización  del  soberano 
mismo, — el  pueblo,  olvidado  hasta  ho7. 

La  República  Argentina  lleva  en  su  seno  el 
germen  de  grandes  destinos.  Pero  es-  el  águila 
trabada  en  su  vuelo, — entre  fragmentos  de  viejas 
ligaduras.  Es  un  enigma  de  contrastes  insonda- 
bles,— como  las  borrascas  del  Plata, — ^7  la  sole- 
dad de  sus  pampas. 


José  Fbakcisco  López, 

Jurlaoontulto  y  pnbliolst». 


Buenoi  Aires,  1874. 


La  República  Argentina  está  indudablemente 
llamada  á  ser  una  gran  naolon.  La  estension  de 
su  territorio,  su  clima.  La  variedad  7  riqueza  de 
sus  productos  naturales.  La  actividad  7  espíritu 
progresista  de  sus  habitantes.  La  liberalidad  de 
sus  le7es,  que  invitan  7  halagan  á  los  estraños  á 
radicarse  en  ella,  todo  contribu7e  á  aquel  fin. 
Ella  debe  marchar  rápidamente  á  su  destino. 
Mas  en  medio  de  tantos  elementos  concurrentes 
á  su  engrandecimiento  ha7  un  germen  vicioso  que 
puede  seriamente  entorpecer  su  progreso.  La 
moral  social — la  base  de  todas  las  virtudes  cívi- 
cas — se  encuentra  ho7  entre  nosotros,  preciso  es 
confesarlo,  en  plena  decadencia,  si  comparamos  la 
presente  con  la  época  de  nuestros  padres.  De- 
ber es,  pues,  de  buenos  ciudadanos  el  afrontar  el 
mal  7  con  decisión  empe&amos  en  corregirlo,  si 
además  do  grrande  7  rica,  queremos  tener  una 
patria  honrada  7  respetada. 

NOSBESTO  DE  LA  RIE8TBA. 
Bz-MlnUtro  de  Bitftdo. 

Buenos  Aires,  Agosto  de  1874. 


No  son  las  le7es  proteccionistas,  sino  la  libera- 
lidad de  la  lejislacion  aduanera,  7,  sobre  todo,  la 
baja  tasa  del  impuesto,  las  que  han  de  favorecer 
el  desarrollo  del  comercio  7  de  la  industria»  j 
como  su  consecuencia,  el  incremento  de  la  rique- 
za pública. 

Cuando  algpunos  millones  de  extranjeros  la- 
boriosos pueblen  7  fecunden  nuestro  inmenso 
territorio,  desde  el  Estrecho  de  Magallanes  hasta 
Tari  ja;  cuando  se  habiliten  numerosos  puertos 
en  nuestras  dilatadas  costas  fluviales  7  marítimas, 
con  redes  de  canales  7  caminos  que  lleven  á  ellos 
7  á  las  fábricas  7  á  los  mercados  nuestras  valiosas 
materias  primas  7  los  productos  de  nuestras 
industrias  extractivas,  7  de  la  agrícola  7  pastoril; 
cuando  tengamos  locomoción  pronta  7  barata^ 
como  debe  ser  la  justicia,  igualdad  7  libertad  para 
todos,  7  una  escuela  para  cada  doscientos  habi- 
tantes; entonces  la  República  Argentina,  mi 
patria,  será  una  de  las  mas  grandes  7  mas  pode- 
rosas naciones  de  la  América  Meridional,  7  una 
émula  digna  de  la  del  Norte. 

La  educación  hace  el  ornato  del  rico,  la  riqueza 
del  pobre  7  la  felicidad  del  pueblo. 


José  Barbos  Pazos, 

JariaootMolto  j  Xasittndo. 


Buenos  iltre«— 1874. 


La  libertad  es  responsabilidad.  Responsabili- 
dad del  hombre  ante  su  conciencia,  ante  la  le7 
7  la  opinión  de  sus  semejantes:  por  eso  es  que, 
solo  después  de  adquirir  la  íntima  convicción  de 
haber  dado  exacto  cumplimiento  á  sus  obliga- 
ciones en  cada  ocasión,  que  recien  nace  para  el 
individuo,  el  uso  seguro  del  ejercicio  libre  de  su 
derecho. 

La  libertad  así  entendida  será  útil  7  fecunda 
en  la  práctica;  si  la  opinión  7  la  107  consagrran 
como  dogma,  que  es  tan  obligatorio  poner  en 
acción  nuestros  derechos  político»,  como  desem- 
peñar estrictamente  nuestros  deberes.  La  liber- 
tad en  el  fondo,  dice  un  notable  publicista  fran- 
cés, no  es  mas  que  el  orden  durable  establecido 
sobre  el  respeto  de  los  deberes  7  el  ejercicio  de 
los  derechos. 

Los  pueblos  como  los  individuos  que  abando- 
nan perezosamente  lo  que  constitu7e  la  garantía 
de  sus  libertades,  se  jactarán  en  vano  de  su 


SECCIÓN  POLÍTICA — bbpública  argentina 


posesión.  Tan  grande  bendición  no  se  obtíene 
sino  á  merced  de  nna  lucha  incesante,  y  no  se 
conserra  sino  por  el  trabajo  perseTerante  y  la 
mas  seyera  moralidad. 

Salvados  Mabia  del  Cabbil, 

JaiiMxmsulto  7  Presidente  de  la  Suprema  Corte  de 
Justicia  Nocional, 

Bwnoi  Aires,  Abril  12  de  1874. 


Estimo  en  tanto  la  publicidad  que  la  reputo 
como  la  mas  sólida  garantia  para  la  libertad — 
como  la  responsabilidad  mas  eficaz  que  cualquier 
artículo  espreso  de  una  ley. 

El  misterio  es  uno  de  los  venenos  destructores 
del  gobierno  representativo,  por  lo  mismo  que  es 
Amo  de  los  que  se  nutre  el  despotismo. 

El  dia  que  los  actos  de  este  se  ponen  á  la  luz, 
que  se  entregun  á  la  crítica:  cuando  se  puede 
hablar  y  censurar  en  cualquier  parte,  aunque 
sea  bajo  sus  pies,  no  hay  déspota  que  se  tenga 
firme. 

Octavio  Gabbigós, 

Jarliooii8ulto7  pnbUeitto. 


Los  Estados  americanos  harán  germinar  las 
libertades,  que  aun  parecen  una  ilusión  quimé- 
rica de  la  humanidad. 

Rufino  de  Elizalde, 

Jnrisoonaulto  y  hombre  de  Eetado. 


LOS  PARTIDOS 

Los  partidos  políticos  tienen  derecho  á  existir 
oomo  los  hombres  que  los  componen. 

No  es  permitido  atentar  contra  la  existencia 
de  los  paitidoe,  como  no  puede  atentarse  contra 
la  vida  humana. 

Los  partidos  no  realizarán  progreso  algruno  si 
él  no  beneficia  igualmente  á  sos  adversarios. 


TJn  solo  egoísmo  es  permitido  á  los  partidos 
políticos:  revindicar  para  sí  la  gloria  del  bien 
que  realizan. 

Juan  Eusebio  Tobbbnt, 

Senador  al  Congreao. 
Buenos  Aires,  Abril  de  1874. 


En  los  paises  republicanos  la  única  fuente 
legitima  de  autoridad  es  el  sufragio  popular, 
libremente  espresado  y  consultado  con  verdad. 
Todo  poder  que  no  reconoce  ese  origen  es  usur- 
pador, por  mas  que  esté  revestido  de  formas 
ap^urentemente  legales. 

Juan  Agustín  Gabcia, 

Joriaoonsulto  7  pnblipifta. 

Buenos  Aires,  Setiembre  de  1874. 


El  sufragio  universal  es  el  último  progreso 
de  la  ciencia  política — su  realización  en  la  Re- 
pública Argentina  solo  será  efectiva,  cuando 
generaciones  venideras  mas  ilustradas,  hayan 
extinguido  los  odios  de  la  guerra  civil. 

Fedebico  Pinedo, 

Jurisooosulto. 
Buenos  Aires,  Mayo  1874. 


Tanto  en  el  mundo  físico  como  en  el  mundo 
moral,  el  reposo  no  nace  sino  del  equilibrio  de 
fuerzas  opuestas.  Los  partidos,  como  todo  otro 
cuerpo,  tiran  siempre  á  preponderar  y  avasallarse, 
sin  contenerse  jamás  sino  el  uno  por  el  otro.  Así, 
pues,  las  sociedades  no  pueden  marchar  sino  bajo 
el  imperio  de  tres  clases  distintas  de  despotismo : 
el  de  un  hombre  solo,  el  de  un  círculo  privilegiado 
y  el  de  la  ley. 

Sometámonos  á  este  último  y  seremos  felices. 

Antonio  Zinny, 

Eioritor.  Jefe  del  I>ei»artamento  General  de  Eeeoelaa 
de  la  ProTlnoia  de  Buenos  Airea. 

Buenos  Aires,  Abril  7  de  1874. 


8 


AMÉRICA  LITERARIA 


EL  GAUCHO  ARGENTINO 

La  libertad  es  tan  preciosa»  tan  esencial  en  la 
existencia  de  los  pueblos,  para  el  desarrollo  de 
sn  prosperidad  y  grandeza,  como  la  luz  y  el  aire, 
en  la  existencia  de  las  criaturas. 

En  los  pueblos  de  Europa,  la  libertad  es  ilimi- 
tada para  aquellos  hombres  que  nacieron  pri- 
vilegiados, y  la  luz  y  el  aire  que  sobra  á  su 
grandeza  y  esplendor,  basta  apenas  para  que  el 
publo  respire,  Tea  y  sienta  sus  miserias,  sin 
poder  adquirir  el  vigor  moral  y  físico  necesario 
para  rescatar,  luchando,  la  libertad  usurpada. 

En  los  pueblos  americanos,  la  libertad  es  un 
hecho  grandioso,  que  no  pudo  destruir  el  derecho 
divino. 

Nuestros  pueblos  primitivos,  llamados  bárba- 
ros, cayeron  postrados  bajo  el  yugo  del  conquis- 
tador que  ttat6  inhumano  de  esterminarlos,  no 
de  civilizarlos. 

El  indio  espantado  huyó  á  refugiarse  en  el 
desierto,  y  la  mujer  india  quedó  esclava  del 
conquistador. 

En  su  solitaria  libertad,  concibió  aquel  la  idea 
de  una  justa  represalia,  invadió  y  se  llevó  cau- 
tiva á  la  mujer  del  hombre  civilizado. 

La  mujer  india  dio  luego  á  luz  al  gaucho  en 
la  ciudad,  y  el  gaucho  nació  también  de  la  mujer 
cristiana,  en  el  desierto.  T  de  aquel  doble  aten- 
tado, nació  el  quo  aun  debia  llamarse,  el  hijo  de 
la  desdicha. 

Campeón  esforzado  de  la  libertad  del  continen- 
te, víctima  silenciosa  en  todas  las  tempestades, 
que  en  pos  de  ella  vinieron,  obrero  infatigable 
para  abrir  caminos  á  la  civilización,  sin  conquis- 
tar nada  para  sí,  sin  merecer  nada  de  los  otros, 
hoy  todavía  es  el  centinela  avanzado  en  el  de- 
sierto que,  sin  pan  ni  abrigo,  vela  sin  descanso 
hasta  morir,  defendiendo  la  propiedad  de  la  tier- 
ra que  él  conquistó  y  con  su  sangre  fertilizó 
para  otro. 

Si  los  hombres  del  pasado,  abrumaron  al  noble 
y  generoso  gaucho  con  tan  cruel  abandono,  con 
tan  amarga  injusticia,  la  reparación  corresponde 
á  los  hombres  del  porvenir. 

COBONEL  AlVABO  6i.BB08, 

Gobernador  de  la  ProviooU  de  Buenos  Airei. 

Buenoi  Aires,  Junio  12  de  1874. 


En  vano  nos  jactaremos  de  libres,  sino  reco- 
nocemos y  aceptamos  la  inviolabilidad  del  indivi- 
duo, del  distrito,  de  la  villa,  de  la  dudad,  del 
Estado  y  de  la  Nación;  porque  esta  garantía, 
esta  sabia  distribución  del  poder,  es  lo  que  cons- 
tituye definitivamente  el  sel/  govemment, 

NiCASio  Oboíío, 

Senador. 
Buenoi  Aires,  Marzo  27  de  1874. 


Las  virtudes  cívicas  son  á  la  libertad,  como 
la  sangre  á  la  vida:  cuando  la  sang^  se  agota  la 
vitalidad  se  extingue.  Sin  virtudes  cívicas  y  un 
amor  patrio  reconcentrado — la  libertad  es  un  im- 
posible, una  parodia  hipócrita  y  fementida  calcu- 
lada para  seducir  á  los  espíritus  débiles;  una  ca- 
reta de  las  mas  bellas  proporciones  que  disfraza 
el  rostro  deforme  de  la  tiranía. 

Genbbal  TomIs  Ibiílbts» 

Ooerrero  de  la  Independenoia. 
Buenos  Aires,  Octubre  b  de  1874. 


BE  JIN  AND  FEAR  NOTI 

Amar  la  justicia  y  practicarla  por  amor  á  ella 
misma,  es  en  la  abogacía  un  deber,  en  la  magfis- 
tratura  una  religión. 

El  cumplimiento  de  este  precepto,  mge  un 
gran  valor  cívico  para  arrostrar,  á  cada  instante, 
con  ánimo  sereno,  dolores  y  sacrificios  mzñ  crue- 
les que  la  pérdida  de  la  vida. 

Aubblio  Pbado  y  Rojas, 

Magiitrado. 

Buenos  Aires,  Marzo  2  de  1878. 


Me  hablan  enseñado  á  creer  que  el  origen  de 
las  instituciones  libres,  perteneoia  á  una  época  y 
á  una  raza  determinadas  en  la  historia  y  en  la 
humanidad.  A  medida  que  he  avanzado  en  mis 
estudios,  me  he  ido  persuadiendo  del  error  que 
aprendí  cuando  niño. 


SECCIÓN  POLÍTICA— EBPÚBLiCA  aboentina 


9 


Las  institiioiones  lnunanas  son  como  el  hom- 
bre mismo,  onyo  orígfen  bascan  todavía  el  filósofo 
7  el  natnralista.  Ellas  no  tíenen  ima  genealogía 
nniversalmente  aceptada,  ni  su  implantación  pue- 
de servir  de  corona  de  gloria  á  nna  época  dada, 
ni  á  nna  rasa  determinada. 

De  convicciones  poliadámicas,  pienso  de  las 
instituciones  lo  que  pienso  del  Hombre: — ellas, 
como  él,  aparecieron  simultáneamente  en  todas 
las  direcciones  que  recorre  el  compás,  y  sus  hue- 
llas se  encuentran  en  todas  las  partes  del  globo 
y  en  todos  los  siglos  conocidos. 

El  derecho  del  hombre  primitivo  fué  el  dere- 
cho del  hombre  actual,  y  será  el  derecho  del 
último  ser  humano.  Las  evoluciones  revolucio- 
narias de  la  política  solo  han  modificado  la  esten- 
8Íon  y  el  ejercicio  de  ese  derecho,  como  las  revo- 
luciones físicas  de  la  tierra  solo  han  alterado  y 
aumentado  las  capas  geológicas  del  planeta  que 
habitamos. 

Patrimonio  de  la  humanidad  y  herencia  de 
todas  las  generaciones,  el  tiempo  no  tiene  medida 
para  las  instituciones. 

La  ciencia  arqueológica  busca  en  las  ruinas 
de  poblaciones  destruidas  las  costumbres  de  pue- 
blos que  pasaron.  El  dia  en  que  la  ciencia  poli- 
tica  estudie  los  secretos  del  Oriente,  ¡cuánto 
no  se  modificarán  las  opiniones  actuales  sobre  el 
origen  de  las  instituciones,  cuando  el  hombre 
haya  penetrado  ese  misterioso  pasado,  descono- 
cido del  presente,  y  que  será  apenas  una  revela- 
ción del  porvenir ! 


Luis  V.  Vaebla. 

Juriiooiitalto  y  Publloist». 


Buenoi  Airea,  1874. 


La  situación  de  la  República  Argentina  en 
momentos  que  traso  estas  líneas  está  muy  lejos 
de  responder  á  los  elementos  de  prosperidad  y 
riquesa  de  que  la  ha  dotado  la  naturaleza. 

Territorio  lleno  de  fecundas  planicies,  de 
inmensos  bosques  y  de  ricos  minerales;  país  dueño 
de  riquezas  innumerables,  no  es,  sin  embargo, 
un  país  rico  en  el  mundo  económico. 

No  alcanza  á  pagar  lo  que  importa,  y  no  impor- 
ta lo  que  debiera  consumir. 

¿Le  faltan,  acaso,  leyes  benéficas  que  estimu- 


len la  producción,  ó  población  que  sea  capaz  de 
producir? 

No:  cuenta  mas  leyes  que  pueblo,  mas  pueblo 
que  producción. 

Es  que  ni  esas  leyes  se  han  aplicado  en  toda 
su  ostensión,  ni  la  población  se  ha  dedicado  al 
trabajo  en  condiciones  de  producir  todo  lo  que 
debe.  Nos  falta,  en  una  palabra,  gobierno  libre 
para  la  producción  y  pueblo  educado  para  la 
industria. 

Es  el  ejercicio  verdadero  de  las  instituciones 
liberales  lo  que  hace  fecundo  al  trabajo,  y  es  el 
trabajo  inteligente  y  libre  lo  que  hace  la  riqueza 
de  un  país. 

El  dia  en  que  esos  dos  grandes  agentes  del 
progreso  sean  una  realidad  entre  nosotros,  la 
República  Argentina  dejará  de  experimentar 
periodos  de  pobreza  y  malestar,  al  paso  que 
vive  hollando  con  su  planta  riquezas  y  tesoros 
inmensos. 


José  C.  Paz. 

Feriodiito. 


Buenos  Aires,  1874. 


Nsw-ToBK,  Enero  6  de  1877. 
Jí^on,  Charles  S^dams, 

Muy  respetado  Señor : 

En  este  momento  recibo  su  favorecida  de  ayer, 
contestando  á  la  mía  de  26  del  pasado. 

Agradezco  les  términos  corteses  y  benévolos 
de  su  carta,  y  me  apresuro  á  responderá  ella, 
aclarando  algún  concepto  oscuro  de  mi  anterior. 

El  cuadro  bordado  que  me  permití  mandar  á 
Yd.  me  fué  presentado  por  la  señorita,  su  autora, 
en  Buenos  Aires,  y  desde  entonces  me  permití 
dedicarlo  á  Yd.  La  obra*es,  pues,  propiedad 
suya,  y  puede  disponer  de  ella  como  lo  juzgue 
conveniente. 

John  Adams  y  Thomas  Jefferson,  que  redacta- 
ron juntos  el  acta  inmortal  de  la  Independencia 
Americana,  proclamada  el  4  de  Julio  de  1776;  que 
fueron  al  mismo  tiempo  representantes  en  Europa 
de  su  Patria  naciente;  que  desempeñaron  sucesiva- 
mente las  altas  funciones  de  Presidentes  y  Yice- 
Presidentes  de  la  nación  constituida;  que,  final- 


10 


AMÉRICA  LITERARIA 


mente,  por  una  coinoidenoia  proTÍdenoial,  eleyaron 
8U  espíritu  á  la  inmortalidad  en  el  mismo  dia  4  de 
Julio  de  1826,  cuando  se  cumplian  los  cincuenta 
años  de  la  existencia  de  la  Gran  República: 
Adams  y  Jefferson  estaban  bien  reunidos  en  una 
obra  de  arte  concebida  7  ejecutada  en  aquella 
región  remota,  para  presentarlos  en  la  Exposición 
solemne  con  que  los  Estados  Unidos  celebraban 
BU  Centenario. 

Después  de  la  Exposición,  me  pareció  que  el 
nieto  de  uno  de  aquellos  patriotas  venerables 
debia  poseer  la  obra,  sin  tomar  en  consideración 
el  mérito  artístico  7  solo  por  las  escenas  que 
están  risibles  é  invisibles  en  aquella  concepción; 
7  por  eso  me  permití  poner  el  cuadro  á  la  dis- 
posición de  V. 

Para  que  V.  se  sirva  estimar  los  motivos 
determinantes  de  mi  conducta  en  esta  ocasión, 
le  diré  que  mi  padre  tuvo  el  bonor  de  conocer 
personalmente  á  Jobn  Adams,  7  que  conserva- 
ba por  su  memoria  un  respeto  profundo  que 
se  trasmitió  á  sus  hijos  con  la  educación  7  el 
ejemplo.  El  retrato  de  Adams  estuvo  siempre 
al  lado  del  de  Washington  en  las  habitaciones 
de  mi  padre.  Agregaré  que  el  estudio  de  la  his- 
toria de  los  Estados-Unidos  7  la  contemplación 
de  BUS  prog^sos  ha  sido  la  ocupación  mental  de 
mi  vida,  7  que,  por  consiguiente,  sé  mu7  bien 
cuál  es  la  colocación  que  los  hombres  eminentes 
de  este  país  han  tenido  7  tienen  en  las  variadas 
escenas  de  su  desenvolvimiento. 

Puedo  asegurarle  también  que  el  Hon.  Char- 
les Francis  Adams  ha  sido  objeto  de  estudio  para 
mí.  He  leido  7  poseo  la  correspondencia  diplo- 
mática del  Ministro  Americano  en  Inglaterra, 
durante  la  guerra  civil;  7  permítame  decirle  que 
he  apreciado  esos  documentos  en  su  fondo  7  en 
BU  forma,  7  permítame  agregarle  que,  en  mi 
conoepto,  la  habilidad,  la  prudencia  7  la  energía 
del  Ministro  en  aquella  difícil  oportunidad,  no 
Bolo  consiguieron  conciliar  para  su  país  la  sim- 
patía  de  la  Inglaterra,  representada  por  los 
hombres  mas  elevados,  sino  que  prepararon  efi- 
cazmente los  triunfos  diplomáticos  de  su  patria 
en  las  decisiones  de  Ginebra  7  de  Berlín,  7  en  la 
consagración  del  gran  principio  americano  de  la 
libertad  de  espatriacion,  con  los  tratados  sucesi- 
vos con  los  gobiernos  alemán  é  inglés. 

Todavía  quiero  decirle  una  palabra  mas,  7  le 
ruego  que  tenga  paciencia  para  oirme.  He  leido 
la  carta  oontestacion  de  Y.  á  los  que  propusieron 


BU  candidatura  para  la  Presidencia  en  1872.  Le 
aseguro,  señor,  que  comprendí  perfectamente 
aquellas  líneas  llenas  de  nobleza,  7  exentas  de 
toda  pasión  egfoista.  Yo  venía  siguiendo  con  vivo 
interés  el  movimiento  político  de  los  Estados- 
Unidos,  7  por  esa  lógica  misteriosa  que  á  veces 
se  anticipa  á  los  sucesos,  sin  el  auxilio  del  racio- 
cinio, desde  aquellas  regiones  remotas  70  había 
señalado  á  Y.  como  mi  candidato,  7  casi  había 
previsto  lo  que  realmente  sucedió:  que  este  país 
mal  aconsejado  pasaría  por  delante  de  la  puerta 
de  Charles  Francis  Adams  é  iría  en  busca  de 
otros  hombres,  que  7a  se  habían  mostrado  incapa- 
ces para  salvar  á  su  Patria  de  la  ruina  moral,  y 
que  no  habían  sabido,  querído  ó  podido  purificar 
el  Gobierno  republicano  de  las  manchas  que 
comenzaban  á  deshonrarlo. 

Mas  tarde,  cuando  el  país  fué  llamado  de  nuevo 
á  dar  su  solemne  fallo  en  la  forma  de  una  elección 
trascendental,  70  solía  decir  entre  mis  amigos, 
como  una  paradoja,  que  los  malvados,  los  usurpa- 
dores de  poderes,  los  audaces  violadores  de  todo 
derecho  habían  prestado  un  gran  servicio  á  la 
República,  despertando  con  la  indignidad  de 
sus  actos,  el  sentimiento  enérgico  7  honrado  de 
este  gran  pueblo.  Una  esperanza  purísima  alen- 
taba mi  espirítu.  En  el  centenarío  de  la  Inde- 
pendencia, creía  70,  ante  el  espectáculo  de  los 
gloríosos  anales  de  esos  cien  años  de  grandeza 
sin  ejemplo  en  la  historia  de  la  humanidad,  ante 
el  sentimiento  de  las  responsabilidades  que  in- 
cumben á  las  generaciones  presentes  por  los 
dones  con  que  la  Providencia  los  ha  favorecido  7 
que  la  virtud  de  sus  ma7ores  ha  sabido  fecundar, 
ante  la  mirada  severa  de  cuantos  nos  contemplan 
7  ante  el  juicio  austero  de  la  historia,  este  pueblo 
se  levantará  como  un  solo  hombre  para  decir  su 
palabra  de  justicia,  refundirá  en  una  masa  acríso- 
lada  cuanto  ha7  de  noble  7  grande  en  sus  honro- 
sas tradiciones,  é  imprímirá  un  rumbo  saludable  á 
la  política,  siguiendo  el  sendero  de  la  justicia 
que  está  siempre  bien  alumbrado  por  la  antorcha 
de  la  verdad.  Y  otra  vez  veía  desde  lejos  el 
nombre  predilecto  de  mi  candidato  simbolizando 
todas  estas  aspiraciones. 

Bajo  estas  impresiones,  7  casi  diría,  con  la 
superstición  de  mi  confianza,  llegué  á  los  Estados- 
Unidos  el  4  de  Julio.  Desde  luego,  7  á  medida  que 
se  estendia  el  campo  de  mis  observaciones,  com- 
prendí que  había  sufrído  una  lamentable  equi- 
vocación: mi  diagnóstico  había  sido  incompleto, 


SECCIÓN  POLÍTICA— BEP^BLiCÁ  aboentiná 


11 


y  mi  pronóstíoo  fallaba  de  todo  ponto.  El  cente- 
nario iba  pasando  sin  ejercer  sos  mágicas  influen- 
cias; la  atmósfera  estaba  oarga4a  de  pasiones 
impuras;  todo  hacia  temer  que  la  reacción  moral 
qne  70  anhelaba  no  se  produciría,  y  mi  corazón 
se  llenaba  de  congoja  delante  de  una  perspectÍTa 
en  cuyos  límites  se  divisa  uno  de  aquellos  abis- 
mos profundos  donde  tantas  naciones  se  han 
hundido  para  siempre  antes  que  nosotros,  por 
haber  violado  las  leyes  naturales  que  son  6  fue- 
ron la  condición  de  su  existencia.  Los  malvados, 
los  déspotas  no  hablan  dado  el  fruto  indirecto 
del  escándalo,  y  cuando  mas  habían  servido  de 
protesto  á  la  resurrección  de  otras  abominacio- 
nes que  ayer  no  mas  pusieron  á  la  Bepúblíoa 
en  el  mayor  peligro  de  su  disolución. 

Sírvase  escusarme  la  libertad  que  me  tomo 
habiéndole  de  estas  cosas  y  en  estos  términos; 
pero  teng^  mi  alma  llena  de  ansiedad  y  de  duda, 
y  es  esta  la  primera  vez  que  me  permito  emitir 
mis  opiniones,  que  guardo  todavía  como  un  se- 
creto. Porque  Y.  es  un  carácter  como  el  que  yo 
desearía  que  se  imprimiera  como  tipo  en  el  ciu- 
dadano americano,  porque  me  inspira  tan  ilimi- 
tada confianza  en  la  pureza  de  sus  motivos,  por 
eso  me  atrevo  á  dirijírle  estos  renglones,  aunque 
i^arezcan  impertinentes  al  objeto  de  mi  carta, 
y  aunque  algunos  de  mis  conceptos  pudieran 
diferir  de  los  de  Y.  y  de  su  actitud  personal  en 
la  lucha. 

John  Adams  era  un  federalista  conspicuo; 
John  Quiney  era  un  whig  ilustrado  y  enérgico, 
como  lo  probó  en  su  administración  y  en  su  vida 
parlamentaria,  uno  de  cuyos  rasgos  prominentes 
en-  1836  se  relaciona  mucho  con  la  cuestión 
social  que  está  en  el  fondo  de  la  agitación  polí- 
tica contemporánea:  y,  en  cuanto  á  Y.,  con  pla- 
cer y  con  toda  espontaneidad  me  he  detenido  en 
la  espresion  de  mi  singular  respeto  por  sus 
calidades  republicanas,  y  no  puede,  por  consí- 
gnente, atribuir  á  móviles  ligeros  é  irrespetuo- 
sos lo  que  estoy  diciendo.  Pero  tengo  que  añadir 
algo  antes  de  terminar. 

Soy  en  mi  país  uno  de  los  que  tienen  reputa- 
ción de  republicano  sincero.  Hace  25  años  que 
estoy  en  la  vida  pública  allí,  trabajando  como 
mejor  lo  entiendo  por  la  consolidación  de  nues- 
tras instituciones.  La  Constitución  de  los  Esta- 
dos-TJnidos,  sus  Estatutos,  la  Jurisprudencia  de 
ros  Tribunales  son  nuestro  evangelio  político; 
y  me  ha  tocado  á  mí  el  ser  uno  de  los  espositores 


de  ese  dogma.  Cuando  en  el  curso  de  los  acon- 
tecimientos en  un  país  como  aquel,  inesperto  en 
la  vida  política,  se  comete  algún  grave  error, 
alguna  invasión  á  los  derechos,  ó  sobreviene 
alguna  duda  en  la  inteligencia  de  su  ley  funda- 
mental, ocurrimos  al  momento  á  compulsar  los 
anales  de  los  Estados-Unidos;  y  las  decisiones 
ó  los  ejemplos  de  este  país,  son  una  autoridad 
irrecusable.  Y  cuando  en  los  Estados-Unidos 
se  han  violado  las  leyes,  se  han  sustentado 
injusticias,  ha  sido  obra  penosa  para  nosotros  el 
evitar  que  esos  malos  ejemplos  se  siguieran, 
siempre  esperando  y  haciendo  esperar  que  tales 
actos  serian  aquí  solemnemente  condenados  por 
la  opinión,  se  restablecería  la  identidad  de  las 
tradiciones  y  se  mantendría  su  autoridad  equi- 
tativa. 

No  creía  exagerar  cuando  afirmaba  que  el  4  de 
Julio  de  1776  era  el  Christmas  de  una  religión 
política  nueva  en  el  mundo;  que  no  solo  loe  cua- 
renta millones  de  americanos  del  Norte  eran 
prosélitos  del  nuevo  culto,  sino  los  treinta  mas 
que  están  en  el  otro  estremo  del  continente,  y 
todos  los  demás  pueblos  de  la  tierra  que  van 
entrando  poco  á  poco,  en  esa  Iglesia  de  libertad 
y  de  Justicia  bajo  el  influjo  del  ejemplo  y  con  la 
consagración  del  martirio  sufrido  á  veces  por 
generaciones  enteras. 

Durante  los  cincuenta  años  en  que  los  Estados 
Unidos  fueron  gobernados  mas  ó  menos  por  el 
interés  esclavócrata,  los  verdaderos  republicanos 
de  Sud- América  sufrían  en  la  ingrata  contem- 
plación de  una  política  inspirada  por  tan  bajo 
criterio.  Prohibida  la  importación  de  esclavos  en 
este  país  desde  1808,  y  reiterada  mas  de  una  vez 
esta  legislación,  el  tráfico  se  hacia,  sin  embargo, 
en  proporciones  considerables*,  una  masa  fuerte 
de  este  pueblo  libre  vivía  y  crecía  de  generación 
en  generación  en  la  práctica  de  la  violación 
de  la  Ley  positiva,  y  en  el  consiguiente  des- 
precio de  toda  autoridad  que  no  fuera  la  suya 
propia.  Aumentar  el  valor  y  el  número  de  los 
esclavos  era  el  designio  de  esa  política,  por- 
que con  el  valor  se  aumentaba  la  riqueza  de  los 
amos  y  con  el  número  se  aumentaba  siempre  en 
3/5  partes  su  poder  político.  Estender  el  terri- 
torio era  un  medio  para  aquel  doble  fin,  y  no 
importa  de  que  manera  ese  interés  funesto  cons- 
piraba contra  los  estados  vecinos  y  amigos  para 
traer  la  anexión  de  Texas,  la  consiguiente  guerra 
de  Méjico,  la  adquisición  de  nuevo  territorio,  don- 


12 


AMÉRICA  LITERARIA 


de  proTÍdenoialmente  se  salvó  Califomia  de  la  Ley 
del  esolaTO;  las  inTasiones  filibusteras  á  Centro 
América,  el  intento  de  tomar  á  Cnba  por  compra 
ó  de  otra  snerte,  la  formación  de  estados  esclavó- 
cratas  y  el  ascendiente  cada  vez  mas  irresistible 
de  nn  partido,  si  así  pnede  llamarse,  qne,  en  el 
nombre  de  los  Derechos  de  Estado  imponía  á  la 
Repúblioa'un  sistema  de  política  repugnante  á  los 
preceptos  de  todas  las  leyes  divinas  y  humanas. 

El  espíritu  agresivo  de  esa  política  tuvo  su 
efecto  en  las  repúblicas  americanas  del  Sud:  la 
guerra  y  avasallamiento  de  Méjico  en  el  interés 
de  un  principio  abominable,  no  solo  hizo  mas 
difícil  todo  gobierno  liberal  en  aquella  república, 
que  habia  sido  arrojada  por  las  necesidades  de  la 
guerra  á  los  pies  de  caudillos  prepotentes,  sino 
(lo  que  era  peor)  desacreditó  las  instituciones 
republicanas  en  sí  mismas,  derogando  la  auto- 
ridad que  las  de  los  Estados  Unidos  ejercían  en 
el  resto  del  Continente,  y  retardando  por  años 
los  resultados  de  aquellas  influencias  saludables 
bajo  las  cuales  hablan  nacido  como  pueblos  libres. 

Los  que  teníamos  f  é  en  el  éxito  final  del  ensa- 
yo iniciado  en  1776,  esperábamos  siempre  que 
ese  elemento  corruptor  habia  de  desaparecer  un 
dia.  Cuando  veíamos  culminar  la  funesta  doc- 
trina en  las  decisiones  del  caso  de  Dred-Scott, 
por  ejemplo,  decíamos  que  el  escándalo  llegaba 
á  su  colmo,  y  que  una  reacción  fecunda  no  se 
haría  esperar.  Veíamos  con  emoción  que  la 
opinión  se  orgunizaba  y  que  no  tardaría  en  ele- 
varse á  la  categoría  de  poder  público.  Vino  la 
elección  de  Lincoln,  vino  la  secesión,  la  rebelión 
y  la  guerra  civil;  y  al  fin,  al  fin,  aquel  tremendo 
problema  cuyas  dificultades  se  hablan  acrecen- 
tado año  por  año,  llegaba  á  su  definitiva  solución. 
Áppamit  damué  intus  por  el  insensato  orgullo 
de  los  que  mas  interés  tenían  en  retardar  el  con- 
flicto: tríunfó  la  nación,  la  justicia,  la  Ley  divi- 
na, el  derecho  de  la  civilización  moderna  y  las 
puertas  abiertas  por  los  horrores  de  una  guerra 
sangríenta,  dejaron  que  los  estraños  vieran  recien 
la  magnitud  del  mal  y  al  mismo  tiempo  la  brí- 
Uante  aptitud  para  reparar  con  elementos  de 
granito  el  edificio  que  fundaron  nuestros  mayo- 
res sobre  las  columnas  sagradas  de  la  igualdad 
y  de  la  dignidad  hundas. 

Entonces  todos  los  republicanos  de  la  tierra 
respiraron  sin  inquietud.  La  religión  se  depu- 
raba, y  las  oorríentes  invisibles  se  hacían  sentir 
en  todas  partes — La  República  modelo  era  en 


efecto  tal,  sin  necesidad  de  que  el  rubor  ocultara 
alguna  de  sus  faces.  To  no  he  tenido  en  mi 
vida  agitada  y  azarosa  un  momento  de  mayor 
orgullo  que  aquel  en  que  pude  decir  á  los  que 
me  escuchaban,  que  los  Estados  Unidos  habían 
completado  su  evolución  con  el  debido  sacríficio 
del  fuego  y  de  la  sangre. 

T  sin  embargo,  ni  era  aquel  el  último  peligro 
ni  el  mayor  de  los  esfuerzos  que  la  patria  recla- 
maba de  sus  hijos.  Ta  es  del  dominio  de  la 
historia  la  manera  en  que  el  partido  bajo  onyo 
nombre  habia  tríunfádo  ul  pueblo,  ha  hecho  nao 
de  la  victoria  y  de  sus  resultados.  Cuan  lejos 
ha  estado  ese  partido  de  la  esquisita  prudencia 
y  acendrada  virtud  que  se  requerían  para  fecun- 
dar aquel  acontecimiento,  lo  prueba  el  hecho  de 
que  once  añoa  apenas  corrídos  desde  la  termina- 
ción de  la  guerra,  el  partido  vencido  entonoes, 
sin  haberse  regenerado,  llevando  siempre  como 
principio  el  desprecio  de  los  derechos  y  de  la 
vida  de  una  raza  que  él  habia  degradado  mas  y 
mas;  ese  partido  aparezca  aceptable  como  concur- 
rente para  derríbar  un  poder  que  ha  sido  tan 
desgraciado  por  el  origen  y  difusión  de  todas  las 
corrupciones  que  pueden  deshonrar  un  gobierno. 

He  ahí  la  dolorosa  conclusión  á  que  llego  en 
mi  observación.  La  República  está  en  gran 
peligro:  no  ha  habido  en  la  hora  suprema  fuerza 
bastante  para  superar  las  demarcaciones  de  los 
partidos  existentes  y  lanzar  la  opinión  militan- 
te en  rumbos  de  regeneración;  y  al  cerrarse  el 
centenarío  nos  encontramos  delante  de  tres  pro- 
babilidades á  cual  mas  temible,  sí  todavía  una 
inspiración  del  patríotismo  y  el  culto  de  la 
Ley,  que  es  la  virtud  de  esta  nación  gloríosa» 
no  producen  una  solución  inesperada  y  saluda- 
ble. 1*  Puede  inaugurarse  la  administración  re- 
publicana, sin  el  asentimiento  de  la  opinión  hon- 
rada, y  entonces  tendrá  que  defenderse  du- 
rante los  cuatro  años  contra  sus  naturales 
adversarios,  contra  la  corrupción  de  sus  amigos 
y  contra  las  exigencias  petulantes  de  los  ambi- 
ciosos, esterilizando  este  tiempo  precioso  para 
las  reformas  trascendentales.  2*  Puede  asen- 
tirse  á  la  lejitimidad  dudosa  de  la  elección  demo- 
crática, y  en  tal  caso  el  partido  de  la  sucesión, 
de  la  rebelión,  de  los  antecedentes  ominosos 
reaccionará  con  la  violencia  mal  reprimida  de  su 
educación,  hará  de  los  negros,  no  ya  esclavos 
sino  siervos,  y  gobernará  con  su  número  y  sin 
su   voto:   todo  ello  al  mismo  tiempo  que  para 


SECCIÓN  POLÍTICA— BBPÚBLicA  aboentina 


13 


aflamar  sos  posiciones  haga  imposible  toda  refor- 
ma práctica  en  el  serrioio  público.  3*  O  en  fin, 
la  guerra  civil  vendrá  de  nuevo,  sin  bandera 
legítima  y  solo  como  un  Inovimiento  espasmódi- 
oo  del  frenesí,  á  que  se  abandonan  las  sociedades 
indisciplinadas,  cnando  la  gestión  de  sus.  nego- 
cios está  entregada,  por  artificios,  á  los  activos  y 
ambiciosos  politicastros,  j  cuando  el  pueblo 
propiamente  dicho,  el  que  paga  las  guerras  con 
su  sndor  y  con  su  sangre,  está  relegado  al  olvido 
y  ultrajado  con  la  desestimación  de  su  sufragio. 

Cualquiera  de  estas  cosas  que  suceda,  señor, 
yo  Toy  á  encontrarme  desarmado,  cuando  regrese 
á  mi  pais  natal  y  me  señalen  los  fragmentos 
del  monumento  secular  que  era  mi  orgullo,  y  mi 
modelo.  Por  eso  es,  señor,  que  siendo  estranjero 
en  los  Estados  Unidos,  me  siento  tan  interesado  y 
tan  conmovido  con  lo  que  esta  República  concier- 
ne, y  por  eso,  al  dirijirme  ocasionalmente  á  uno 
de  los  patriotas  que  mas  estimo  en  esta  tierra, 
me  he  permitido  ir  tan  lejos  de  los  límites  ordi- 
narios de  una  carta  y  hablar  con  el  fervor  y  la 
franqueza  que  difícilmente  corresponden  á  quien 
se  halla  en  mi  caso. 

Pídole  mil  disculpas,  señor :  y  después  de  ase- 
gurarle que  no  volveré  á  incurrir  en  esta  falta, 
repito  á  Y.  que  he  sido,  soy  y  seré  siempre: 
Su  admirador  respetuoso — 

G.  Rawson. 

Médleo  y  hombre  de  Eitwlo. 


LOS  DOS  PRESTIJIOS. 

Las  nociones  morales  se  confunden  en  las 
contiendas  civiles,  y  no  es  la  razón  la  que  juzga: 
son  las  pasiones  las  que  absuelven  ó  condenan. 

La  profunda  verdad  que  encierran  estas  pala- 
bras de  un  gran  pensador  se  muestra  con  todo 
relieve  al  estudiar  la  historia  de  una  época  aji- 
tada  por  las  luchas  civil^o,  como  la  que  hemos 
pasado  en  los  últimos  veinte  años. 

¿Cuántos  individuos  han  recibido  patente  de 
grandes  hombres? 

¿Cuántos  han  sido  saludados  salvadores  de  la 
patria  y  el  pueblo  bs  ha  ceñido  la  frente  con  la 


corona  del  triunfo  entre  aplausos  y  Víctores, 
mas  ruidosos  que  los  que  consagraban  los  roma- 
nos á  los  generales  vencedores  que  habian  agre- 
gado una  nueva  provincia  á  su  dominación? 

¿Cuántos  han  sido  abrumados  por  el  ¿dio 
público? 

¿Y  cuántos  otros  no  han  merecido  siquiera  el 
honor  de  ser  odiados,  sino  el  desprecio  y  la  burla, 
con  su  corona  de  espinas  por  diadema  y  su  caña 
por  cetro? 

T  sin  embargo,  ;cuán  injustas  las  patentes, 
los  triunfos,  los  odios  y  las  burlas! 

La  posteridad  no  habla  todavia  con  su  voz  repa- 
radora, y  comienzan  ya  á  rectificarse  los  jxdcios 
que  sirvieron  de  base  á  esas  injusticias.  Los  triun- 
fadores y  los  grandes  hombres  se  disipan  «omo 
un  efecto  óptico.  Los  criminales  y  los  locos  no 
despiertan  las  antipatías  y  las  risas  con  que  eran 
saludados  antes. 

Ha  bastado  que  la  luz  de  las  pasiones  de  la 
época  no  alumbrase  el  cuadro,  para  que  las  figu- 
ras que  lo  componían  cambiasen  de  aspecto  y 
de  proporciones. 

Es  que  la  pasión  es  el  tirano  del  alma  humana, 
que  cuando  habla  con  violencia  todo  lo  acalla 
ante  su  voz. 

Por  esto  en  las  épocas  de  luchas  civiles  no  es 
generalmente  la  razón  y  la  justicia  las  que  ilu- 
minan el  juicio  del  pueblo,  que  solo  se  inspira  en 
los  sentimientos  del  momento. 

La  justicia  y  la  razón  suelen  ser  vencidas  por 
un  tiempo  mas  ó  menos  largo,  pero  al  fin  reac- 
cionan, porque  ellas  son  las  únicas  á  quienes 
están  reservados  los  eternos  triunfos.  Se  aseme- 
jan al  sol  cuyo  disco  brillante  pueden  ocultar 
las  nubes,  pero  cuya  luz  continúa  brillando  en 
las  celestes  esferas  por  toda  una  eternidad. 

Nosotros  hemos  pasado  por  épocas  de  acerbas 
pasiones  y  hemos  visto  eclipsarse  la  justicia. 

Hoy  cuando  esas  pasiones  han  concluido  con 
la  época  que  las  encendió  y  la  justicia  luce  de 
nuevo,  no  nos  damos  cuenta  de  nuestros  juicios 
de  entonces. 

Nos  parece  que  los  hombres  que  todavia  vemos 
en  la  escena  han  sufrido  una  verdadera  trans- 
formación. 

Y  no  son  ellos,  sin  embarga  los  que  han  cam- 
biado: es  nuestro  espíritu  el  que  se  ha  despojado 
de  los  elementos  del  error. 

Terminada  la  gran  lucha  que  di6  por  resul- 
tado la  organización  de  la  República,  se  han 


14 


AMÉRICA  LIÍEBARIA 


calmado  las  pasiones  que  nos  agritaron  entonces 
y  nuestro  jnicio,  libre  de  sn  influencia,  aprecia 
con  exactitud  los  hombres  y  las  cosas. 

De  aqu{  la  diferencia  que  nos  sorprende  y  que 
será  mayor  para  la  posteridad. 

Esta  es  también  la  esplicacion  de  la  grande 
influencia  que  tiene  el  tiempo  sobre  los  presti- 
jios  personales. 

Mientras  unos  se  forman,  se  desenyuelTen  y 
se  estienden  á  medida  que  una  época  pasa,  otros 
se  disminuyen  y  empequeñecen. 

El  tiempo  continúa  inflexible  esta  obra  de 
la  justicia,  hasta  que  hunde  la  reputación  de 
los  unos  en  la  oscuridad  de  donde  no  debieron 
salir,  y  levanta  á  los  otros  hasta  su  gloria  me- 
recida. 

Esto  muestra  una  profunda  diferencia  entre 
unos  prestijios  y  otros,  entre  unas  reputaciones 
y  otras. 

Es  que  unos  prestijios  son  verdaderos  y  otros 
falsos,  y  tienen  diferencia  de  causa,  de  medio, 
de  tiempo  y  de  resultado. 

Los  prestijios  verdaderos  nacen  de  la  gratitud 
pública  y  son  el  premio  de  los  leales  servidores 
del  pais,  que  solo  han  buscado  su  felicidad  sin 
tratar  de  congraciarse  las  voluntades  ni  escusar 
la  lucha  con  los  malos  intereses. 

Los  prestijios  falsos   reconocen  por  origen  la 
complacencia  á  las  pasiones  y  á  las  preocupado-  ^ 
nes  de  un  momento  y  la  cobarde  tolerancia  á  los 
intereses  ilegítimos. 

Los  hombres  que  buscan  los  primeros,  tratan 
de  encaminar  la  sociedad  en  que  actúan  por  el 
ancho  camino  que  ha  de  conducirla  á  la  felicidad 
y  al  engrandecimiento. 

Los  que  procuran  los  segundos,  la  siguen 
como  lacayos,  sin  tratar  jamás  de  imprimirle 
dirección,  aunque  marche  á  la  ruina,  temerosos 
de  enagenarse  las  simpatías  de  sus  contempera- 
neos. 

Los  unos  no  tienen  en  cuenta  las  susceptibili- 
diides  y  errores  de  su  época,  ni  ocultan  los  defec- 
tos 6  los  vicios  que  son  propios  á  esta. 

Los  otros,  transijen  con  los  errores,  con  los 
defectos  y  con  los  vicios  por  no  irritar  esas 
susceptibilidades. 

Los  prestigios  f rimeros  tardan  en  formarse, 
pero  se  desenvuelven  á  medida  que  el  que  los  ha 
merecido  se  aleja  de  la  vida  activa. 

Los  segundos  se  forman  instantáneamente  y 
decrecen  en  razón  inversa  de  los  primeros. 


Aquellos  dejan  en  pos  de  sí  grandes  obras  6 
grandes  servicios. 

De  estos  apenas  suele  quedar  el  recuerdo  de 
una  frase  hueca  6  de  una  actitud  teatral. 

Los  unos  se  convierten  en  los  grandes  nom- 
bres que  recoge  la  historia. 

Los  otros  desaparecen  con  las  pasiones  que  les 
dieron  vida,  y  el  tiempo  los  sepulta  en  el  osario 
de  las  mediocridades  cuyos  nombres  rara  vez  re- 
cuerda la  historia. 

Los  hombres  que  han  merecido  los  prestijios 
verdaderos,  continúan  sirviendo  á  su  pais  hasta 
después  de  su  muerte,  estimulando  el  patrio* 
tismo. 

Los  que  solo  han  merecido  el  falso  'prestijio 
no  le  sirvieron  en  vida,  y  cuando  termina  ésta, 
todavía  le  hacen  daño  incitando  á  los  ambiciosos 
y  á  los  que  buscan  en  una  falsa  popularidad  el 
medio  de  gozar  sensualmente  del  poder. 

Son  pocos  los  hombres  que  alcanzan  el  pres- 
tijio verdadero,  en  tanto  que  son  numerosos  los 
que  adquieren  el  prestijio  falso. 

Whashington  y  San  Martin  merecieron  el 
primero,  y  cien  caudillos  y  agitadores  el  seg^undo. 

Aunque  entre  los  hombres  de  la  actualidad 
no  se  encuentren  émulos  de  aquellos  Padres  de 
la  Patria,  se  han  de  encontrar  los  que  han  alcan- 
zado el  falso  prestijio  y  los  que  están  destinados 
á  adquirir  el  verdadero. 

Dabdo  Rocha. 

Jaiiaoonaalto  y  PabUolita. 

El  Nacional  de  19  de  Mayo  de  1874. 


La  libertad:  esta  grande  aspiración  de  los 
pueblos  republicanos,  es  la  base  de  todo  orden, 
de  todo  progreso  y  de  todo  bienestar.  Es  prefe- 
rible tolerar  sus  desvíos  antes  que  herirla. 

Mariano  Agosta. 

Vioe-Protidente  de  Ift  Bepúbikm. 

Buenos  Aires,  1874. 


El  amor  á  la  patria  no  debe  cegamos  hasta 
el  estremo  de  procurar  para  ella  lo  que  legítima- 
mente no  le  pertenece. 

Si  los  derechos  de  otros  paises  son  menos- 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  abobntina 


15 


oalNidos,  nuestros  esfnenos,  lejos  de  producir 
▼erdadera  j  durable  utilidad  para  el  nuestro,  le 
acarrearán  perjuicios  y  males  inevitables. 

Para  demostrar  que  amamos  la  patria  y  le 
hacemos  el  mejor  de  los  servicios,  afianzando  su 
independencia  y  prosperidad  con  el  respeto  y  las 
simpatías  esteriores,  es  indispensable  hacer  jus- 
ticia á  las  naciones  que  dividen  con  la  nuestra  el 
dominio  de  la  tierra. 

Makübl  Ricardo  Tbblles. 

PabUoiata. 

Buenos  Aires,  1874. 


Siempre  he  creido  que  los  ejércitos  permanen- 
tes eran  un  mal  que,  por  una  razón  ú  otra,  tenian 
que  sorportar  las  naciones,  cualquiera  que  fuera 
la  forma  de  sus  gobiernos,  pero  particularmente 
en  las  repúblicas  democráticas  cuyos  ciudadanos 
aun  no  tienen  las  costumbres  cívicas  á  la  altura 
de  las  instituciones  que  se  han  dado,  los  ejércitos 
permanentes  son  im  amago  constante  contra  sus 
libertades;  mas  que  la  espada  de  Damocles,  pues 
esta  no  cayó  sobre  su  cabeza,  mientras  que  la 
historia  de  las  repúblicas  hispano-americanas 
particularmente,  nos  enseña  en  cada  ima  de  sus 
páginas  los  golpes  que  han  recibido  de  aquellos 
á  quienes  se  esmeraban  en  atender  para  que  las 
defendieran. 

Para  que  estos  males  no  acontecieran,  seria 
necesario  que  los  individuos  que  formaran  parte 
del  ejército  comprendieran  y  profesaran  el  prin- 
cipio de  que,  al  ceñirse  una  espada  y  ser  soste- 
nidos por  sus  conciudadanos,  deben  sacrificar  su 
propia  libertad  para  defender  la  de  los  otros. 


Buenos  Aires,  1874. 


Edelmibo  MIyeb. 

CoroneL 


Las  decepciones  que  deja  tras  sí  toda  esperanza 
defraudada  suelen  llegar  hasta  la  negación  de 
todo  mas  allá,  de  todo  progreso. 

Aplicando  esta  consideración  á  los  partidos 
políticos,  se  observa  que  los  que  no  alcanzaron  á 
realizar  sus  ambiciones,  en  un  momento  dado, 
confunden  á  menudo  su  mal  éxito,  con  el  porvenir 
y  b  estabilidad  de  las  instituciones.  Esta  regla 


de  criterio  es  falsa.  Ni  las  naciones  mueren,  por- 
que su  territorio  sea  estrecho  para  servir  de 
pedestal  á  la  universalidad  de  las  ambiciones; 
ni  sus  instituciones  perecen,  porque  buscando 
su  encamación  necesaria  se  produzca  la  lucha  y 
de  ella  resulten  vencidos  unos,  vencedores  otros. 

Tanto  los  pueblos  como  los  principios  superio* 
res  que  gobiernan  9u  vida,  tienen  para  mí  un 
destino  inmortal.  Pasarán  los  siglos  modificando 
tendencias,  costumbres  y  leyes,  que  son  acciden- 
tes, pero  quedará  siempre  viva  la  solidaridad 
humana.  El  tiempo  puede  demoler  todo  lo  que 
edificaron  los  partidos,  pero  aun  entonces,  desco- 
llará sobre  esas  ruinas,  un  algo  que  no  perece,  y 
es,  el  principio  generador  de  la  nacionalidad  y  la 
verdad  fundamental  de  sus  instituciones. 

Esto  es  eterno  y  solidario  para  todas  las  gene- 
raciones en  el  orden  del  Universo.  Constituye  el 
mas  allá  de  todas  las  ambiciones;  ese  horizonte 
sin  fin  que  solo  puede  espresarlo  esta  palabra:  el 
progreso. 


Onésimo  Legitizamok. 

JoriMOikiatto. 


Buenos  Aires,  1874. 


Hasta  hoy  la  tierra  Argfentina  ha  sido  la  tierra 
de  los  héroes,  ha  brillado  por  el  poder  de  sus  armas» 
por  el  valor  de  sus  hijos.  Es  necesario  que  en 
adelante  sea  la  tierra  de  los  sabios,  y  brille  por 
el  vigfor  de  la  inteligencia,  por  la  fuerza  de  la 
civilización. 

Mabcelino  TJgabte. 

JarlMoiitiüto  y  XagUtrado. 
Buenos  Aires,  1850. 


Una  regeneración  es  necesaria  en  nuestra  gran 
familia,  despedazada  por  la  discordia.  Pero  una 
regeneración  que  comience  por  traer  la  razón  al 
sometimiento  de  los  principios  imperecederos  de 
la  verdad;  que  continúe  por  grabar  en  el  corazón 
las  dulces  y  saludables  impresiones  de  la  moral; 
que  acabe,  en  fin,  por  realizar  esa  alianza  de  las 
voluntades,  que  forma  la  ley  fundamental  de  la 
humanidad. 

Edttabdo  Lahitte. 

JurivooQfolto. 

BiMnofiltr0«^1854. 


REPÚBLICA  OBEENTAL  DEL  UBÜGÜAY 


Nuestra  civilización,  nnestra  industria  actual 
es  embrionaria; — ella  ha  de  ser  el  resultado  de 
las  civilizaciones,  de  las  industrias,  de  las  inmi- 
graciones extranjeras  que,  mezclándose  con  nos- 
otros,  aclimatándose  en  nuestro  suelo,  esplotán*- 
dolo,  si,  esplotándolo,  han  de  producir  cuando 
nos  bastemos  á  nosotros  mismos,  cuando  relle- 
nemos los  desiertos,  cuando  uniformemos  nuestra 
educación,  una  civilización,  una  industria  Sud- 
americana. 

El  camino  que  nos  esta  trazado  en  este  sentido, 
el  único  que  puede  llevamos  á  un  alto  grado 
de  prosperidad  j  de  cultura,  á  una  entera  y 
sólida  independencia,  es  el  que  nos  enseña  la 
América  del  Norte :  ella  ha  llamado  la  población 
extranjera  por  la  liberalidad  y  la  protección  de 
BUS  leyes;  ella  la  ha  aclimatado  haciendo  fácil  el 
acceso  á  los  goces  de  la  ciudadanía,  arrancando 
de  raiz,  las  rancias  y  absurdas  limitaciones  que 
podian  dificultar  el  ejercicio  de  todas  la  profe- 
siones y  de  todas  las  industrias.  Así  duplicó  su 
población  y  sus  productos  en  menos  de  un  siglo, 
así  han  surgido  de  aquella  selvas  prodigios  de 
civilización  y  de  riqueza, — dejando  que  todos 
trabajen,  que  todos  enriquezcan;  protegiendo, 
con  igualdad,  el  derecho,  el  trabajo,  la  riqueza 
de  todos;  no  mezclándose  ni  en  su  creencia,  ni 
en  sus  opiniones,  ni  en  su  modo  de  vivir,— no 
preguntándole  ni  de  dónde  viene  ni  á  dónde  vá, 
— dejando  al  hombre,  en  una  palabra,  en  el  ple- 
nísimo ejercicio  de  todas  su  facultades,  en  cuan- 
to no  dañe  á  tercero  Ó  perturbe  el  orden  público. 


Akdbés  Lamas. 

Político,  DlplomAUoo  é  Historiador. 


Las  tremendas  convulsiones  por  que  están  pa- 
sando en  nuestra  época  los  pueblos  mas  adelandos, 
arrastran  el  pensamiento  á  la  contemplación  de 
abismos  sociales  de  una  espantosa  profundidad, 
adonde  no  alcanza  la  sonda  limitada  de  la  ciencia 
política.  Solo  la  luz  de  la  filosofía  podría  alum- 
brámoslos,  y  no  deja  encenderla  en  la  razón  del 
hombre  la  atmósfera  formada  en  ella  por  preocu- 
paciones nutridas  con  la  savia  de  siglos,  asidas  á 
todas  las  pasiones  é  intereses  del  mundo  actual, 
desesperanzado  de  los  falsos  mirajes  del  porvenir. 

En  mi  convicción,  mientras  la  humanidad  no 
dé  por  bases  á  la  personalidad  del  individuo,  á  la 
familia  y  á  la  sociabilidad,  las  eternas  leyes  de 
la  naturaleza,  jamás  impunemente  violadadas  ó 
desconocidas,  en  vano  pedirá  á  las  formas  de 
gobierno  y  a  las  instituciones  políticas  la  desci- 
f ración  del  enigma,  que  aguardando  su  Edipo, 
inunda  en  sangre  á  Nv/rte  América  por  unos 
pobres  negros,  y  despedaza  á  la  Francia,  para 
hacer  un  Imperio  feudal  ó  deshacer  el  cadáver 
de  una  Teocracia. 


JüAN  CIblos  Oomez. 

JariMoaaiüto  y  PabUelsta. 


Buenoi  Áire$,  1871. 


Buenoi  Aires,  1874. 


La  repúblicas  hispano-americanas  llevan  una 
vida  precaria  desde  su  independencia  de  la  me- 
trópoli, envueltas  siempre  en  continuas  revolu- 
ciones intestinas.  ¿Se  cuestionan  principios? 
no,  puesto  que  ninguno  de  los  partidos  en  que 
se  encuentran  divididas  invoca  otra  forma  de 
gobierno  que  el  republicano.  ¿Qué  se  disputa, 


SECCIÓN  POLÍTICA — república  oriental  dbl  ueuottay 


17 


pnesR  La  posioion  personal  j  nada  mas — ^heren- 
cia esta  de  la  madre  patria. 

La  España,  dotada  por  la  naturaleza  de  nna 
sona  lecnndisima  en  producciones  naturales,  se 
encuentra  estacionaria  en  población  é  industria 
y  agena  á  los  adelantos  modernos.  Allí  las  revo- 
luciones se  cuentan  por  años;  sus  liabitantes 
abandonan  el  suelo  natal  en  busca  de  bienestar ; 
teniendo  su  país  todos  los  medios  de  poder  ha- 
cerlos felices,  encontrándose  dotada  de  inmejo- 
rable clima,  despoblado,  con  menos  de  la  mitad 
de  población  que  su  tierra  puede  sustentar.  A  los 
americanos  espimoles  nos  sucede  lo  mismo,  ¿no 
será  debido  á  nuestra  educación?  Creo  que  no 
es  otra  la  causa;  seria  una  coincidencia  singula- 
rísima el  que  todas  las  repúblicas  de  origen 
español  que  adolecen  de  un  mismo  mal  no  tuvie- 
ran por  causa  la  homogeneidad  de  su  educación 
primitiva;  hay  mas  para  creerlo  así;  la  gran 
república  de  Estados-Unidos  y  el  imperio  del 
Brasil,  ágenos  á  la  educación  española,  viven 
en  completa  pas  y  g^arantidos  sus  habitantes 
por  leyes  liberales  observándolas  con  religioso 
credo. 

La  Bepública  Oriental  del  Uruguay  tiene 
también  las  suyas,  su  Constitución  política  cal- 
cada en  la  de  los  Estados-Unidos  nos  haria 
felices  sin  el  mal  endémico  de  las  aspiraciones 
bastardas.  Echamos  por  tierra  la  ley  para  enca- 
ramamos al  poder. 

El  año  1830  se  juró  la  Constitución  fundada 
en  los  principios  mas  liberales;  libertad  de  in- 
dustria, comercio,  de  cultos  y  de  imprenta.  ¿La 
hemos  observado  p  no,  sino  en  muy  pequeños 
intervalos.  Ha  sido  un  continuo  batallar  en 
revoluciones  intestinas,  resultado  inmediato — 
la  anarquía  y,  como  premisa  de  esta  erigirse 
gobiernos  fuertes — es  decir — Dictadores.  Hace 
tres  años  que  el  coronel  D.  Lorenzo  Latorre 
gobierna  el  pab  como  Gobernador  Provisorio; 
ha  convocado  al  pueblo  á  elecciones  generales  de 
senadores  y  representantes,  cuya  reunión  debe 
tener  lugar  en  el  próximo  Febrero — 1879,  y 
elegir  el  1^  de  Marzo  del  mismo  el  Presidente 
Constitucional  que  debe  ejercer  el  mandato  por 
cuatro  años  que  la  Constitución  previene. 

El  nombramiento  de  Presidente  Constitucio- 
nal de  la  Bepública  volverá  al  pais  á  ser  gober- 
nado por  su  ley  fundamental  ({volveremos  á  las 
revoluciones  cuotidianas?  puede  ser;  el  hombre 
olvida  pronto  los  ejemplos  del  pasado  y  reincide 


en  las  mismas  causas  que  han  de  producir  iguales 
efectos. 


Tomás  Gomensobo. 

Ez-PrMldente  de  la  Eepúbüm. 


Montevideo,  1878. 


Las  cuestiones  de  límites  que  dividen  á  algunas 
de  las  Bepúblicas  que  surjieron  de  las  minas  del 
poder  colonial,  iluminadas  por  los  esplendores  de 
la  revolución,  deben  resolverse  en  el  seno  de  la 
armenia  y  de  la  solidaridad,  en  que  confunden  sus 
intereses  permanentes  y  sus  aspiraciones  inmor- 
tales. No  hemos  degenerado  tanto  de  nuestros 
insignes  progenitores:  ellos  regaron  con  su  sangre 
generosa  la  mitad  del  continente,  fecundando  su 
libertad,  y  nosotros,  habríamos  de  verterla,  por 
disputamos  un  girón  del  estenso  desierto  no  con- 
quistado aun  á  la  barbarie ! . . .  Seria  eso  renegar 
de  nuestras  gloriosas  tradiciones,  quebrantar  los 
vínculos  y  los  deberes  supremos  de  nuestro  origen . 
histórico:  vínculos  que  han  de  salvar  todavía  á 
nuestras  Repúblicas  en  las  vicisitudes  y  en  las 
complicaciones  del  porvenir. 

AOUSTIN  DB  YbDIA. 
Feriodltto. 

Dolorei  (Bepública  Argentina)^  1878. 


Chile,  como  la  Bepública  Argentina,  erijiendo 
monumentos  á  sus  grandes  hombres,  á  sus  varo- 
nes ilustres,  á  los  héroes  é  insig^nes  colaboradores 
de  su  independencia  y  libertad,  desde  O'Higgins, 
Freiré,  Portales,  hasta  San  Martin,  Belgrano, 
Moreno  y  tantas  otras  celebridades,  practican 
actos  de  elevada  justicia  nacional,  que  á  la  ves 
de  honrar  á  los  pueblos  que  los  producen  glorifi- 
can y  perpetúan  la  memoria  de  patriotas  esclare- 
cidos 6  preclaros  pensadores,  que  por  sus  méritos 
y  virtudes  supieron  hacerse  dignos  del  recuerdo 
respetuoso  de  la  posteridad  y  del  aplauso  de  la 
Historia. 

Esos  monumentos  que  responden  á  sentimien* 
tos  de  justicia  postuma,  de  gratitud  y  de  vene- 
ración de  los  pueblos,  son  im  estímulo  y  una 
enseñanza  saludable  para  las  jeneraciones  del 
porvenir. 

8 


18 


AMÉRICA  LITERARIA 


Americano  de  nacimiento  y  de  corazón,  me 
inclino  reTerente  ante  ellos  con  todo  el  ferror  j 
el  entusiasmo  que  me  inspiraron  siempre  las  glo- 
rias americanas,  j  el  nombre  de  los  que  militaron 
desde  el  Plata  al  Orinoco  en  las  hileras  de  los 
defensores  de  la  libertad  de  los  pneblos  estendidos 
en  el  espléndido  mondo  de  Colon. 


Isidoro  De-Mabía. 

Hiitorlador. 


Montevideo,  1878. 


US  SOCIEDADES  AMERICANAS 

Las  sociedades  americanas  son  entidades  com- 
pletamente desconocidas;  fuera  d<)  ellas  nadie 
puede  imajinarse  lo  que  son  porque  no  hay  com- 
paración posible,  y  si  algunos  estran  jeros  ilustra- 
dos las  han  visitado,  ha  sido  muy  de  prisa  y  sea 
por  esta  causa  ó  por  otras,  no  han  fijado  su  aten- 
ción en  la  naturaleza  propia  de  ellas  sino  en 
algunos  hechos  que,  ó  predisponen  mucho  en 
contra  ó  producen  ilusiones  en  su  favor.  En 
cuanto  á  nosotros  mismos  somos  los  que  menod 
las  conocemos,  lo  que  no  es  estraño  si  se  recuerda 
que  en  el  frontispicio  del  Templo  de  Delfos  estu- 
vo grabada  por  muchos  siglos  la  célebre  inscrip- 
ción: Noce  teipsum. 

Nadie  desconoce  cuál  fué  el  origen  de  estas 
sociedades.  Colonias  de  una  nación  despedazada 
por  la  anarquía,  embrutecidas  por  un  fanatismo 
cruel  y  alimentadas  por  lamas  grosera  ignorancia, 
debian  reproducir  todos  los  vicios  de  la  metrópoli : 
Pero  esto  es  nada  aun  en  comparación  de  los 
males  que  debian  venir  á  causa  de  la  misma 
inmensa  ostensión  de  territorio  que  debia  coloni- 
larse.  La  España  se  vio  obligfada  á  desparramar 
sus  pocos  elementos  en  todo  el  Continente  Ame- 
ricano quedando  separadas  las  fracciones  de  esos 
elementos  por  altísimas  montañas,  por  caudalosos 
rios  6  por  desiertos  intransitables, 

Es  una  observación  confirmada  por  la  esperien- 
cia  que  el  aislamiento  de  los  grupos  humanos 
produce  el  decaimiento  moral  ééntelectual,  y  si 
no  impide  el  desarrollo  físico  hace  imposible  la 
combinación  de  los  esfuerzos  para  luchar  con  la 
naturaleza  y  someterla  á  las  necesidades  de  la 


vida  civilizada  dan^P  nacimiento  á  las  artes  y  á 
las  industrias. 

El  Reino  de  Portugal,  no  en  previsión  de 
estos  males,  sino  porque  el  territorio  que'  debia 
colonizar  era  relativamente  mucho  menor,  no 
dispersó  sus  elementos,  los  concentró  y  formó 
así  sociedades  que  se  diferencian  con  las  de  orí- 
gen  español,  no  ya  solo  en  el  carácter  de  orden 
y  d»  constitucionalidad,  sino  muy  especialmente 
en  una  tendencia  á  la  unidad,  en  un  espíritu 
conservador  que  se  ha  notado  igualmente  en 
todos  los  pueblos  que  han  llegado  á  desarrollar 
todas  sus  fuerzas  naturales. 

T  no  es  la  forma  de  gobierno  la  que  ha  in- 
finido en  estas  diferencias;  los  ensayos  monár- 
quicos que  tan  infructuosamente  se  han  hecho  en 
algunas  de  las  sociedades  americanas  son  la  prue- 
ba mas  evidente  de  que  estos  caracteres  diferen- 
ciales no  solo  son  ágenos  á  la  forma  de  gobier- 
no, sino  también  que  el  cambio  de  ella  no  los 
hace  desaparecer  ni  aun  los  modifica. 

No  puede  decirse  tampoco  que  esté  en  la  rasa 
la  causa  de  esas  diferencias,  porque  es  la  misma 
la  que  hizo  la  conquista  de  ambos  territorios 
sufriendo  1&  misma  trasfusion  con  la  sangre 
africana  é  indígena.  Y  es  de  notar  que  esta 
diferencia  se  ha  conservado  y  se  conserva  persis- 
tentemente, á  pesar  del  contacto  íntimo  en  que 
están  todos  estos  elementos  sin  que  nada  puedan 
los  ejemplos  de  los  xmps  contra  las  costumbres 
de  los  otros. 

Las  ¿sociedades  americanas  de  origen  español, 
si  por  las  causas  enumeradas  han  carecido  de  la 
tendencia  constitucional  y  conservadora,  en  cam- 
bio han  estado  ajitados  de  una  actividad  febril  que 
las  ha  llevado  á  empresas  superiores  á  sus  fuerzas 
y  en  menos  de  medio  siglo  han  realizado  la  epope- 
ya mas  grandiosa  do  los  tiempos  modernos,  desa- 
lojando de  todo  el  continente  americano  á  la 
valiente  y  terrible  raza  conquistadora  sin  que 
fuera  un  obstáculo  esas  altísimas  montañas,  esos 
caudalosos  rios,  esos  inmensos  desiertos  que  se  han 
convertido  en  pajinas  de  gloria  y  en  monumentos 
soberbios.  Pero  ese  esfuerzo  en  que  una  jenera- 
cion  hacia  sola  el  trabajo  de  veinte  jeneraciones 
y  el  esfuerzo  posterior  de  las  guerras  civiles,  ha 
producido  en  las  sociedades  americanas  un  fenó- 
meno digno  de  estudiarse.  No  se  ha  abatido  la 
virilidad,  no  ha  decaído  la  fuerza  intelectual  ni  la 
actividad  en  todo  sentido;  los  elementos  políticos 
y  militares  subsisten;  las  instituoiones  liberales 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  obieiítal  bel  ÜBtrOtTAY 


19 


■e  oonaeiran,  pero  la  base  de  estos  elementos  no 
existe. 

La  sociedad  que  no  es  el  gobierno»  que  no  es  el 
ejército»  que  no  son  los  gmpos  políticos  que  dan 
aotiyidad  á  la  vida  publica,  la  sociedad  que  es  el 
núcleo  de  los  elementos  económicos  y  reproducti- 
▼os  no  existe,  ó  al  menos  no  existe  como  elemento 
propio,  j  es  aquí  donde  se  vé  una  nuera  coloniza- 
ción espontánea  producida  por  la  inmigración  que 
aflujo  de  todas  partes  del  mundo. 

Las  sociedades  americanas,  y,  sobre  todo,  las  del 
Bio  de  la  Plata,  han  vuelto,  pues,  al  periodo  de  la 
incubación  y  este  estado  embrionario  lucha  y 
ohooa  con  el  progreso  de  las  instituciones  polí- 
ticas. 

Los  dos  grandes  sistemas  de  gobierno  republi- 
cano, la  unidad  y  la  federación,  han  sido  ropage 
que  le  venian  á  nuestros  pobres  pueblos  como  la 
túnica  del  gigante  al  empinado  liliputiense.  Sar- 
miento disculpa  á  BIvadavia  diciendo  que  este 
creia  y  practicaba  todo  cuanto  creia  y  practicaba 
la  Europa  civilizada  en  su  época  y  la  organiza- 
ción definitiva  de  estos  paises  ha  disculpado  á  los 
caudillos  federales,  al  menos  en  cuanto  á  la  inde- 
pendencia y  á  la  autonomia  provincial.  El  único 
que  no  se  disculpa  es  quien  vino  después  de  Biva- 
davia  y  cortó  los  faldones  del  traje  político  y  aun 
las  cabezas  que  sobresalían  demasiado,  preten- 
diendo formar  un  pueblo  modelo  y  sobre  todo 
americano  puro. 

Se  han  ensayado,  pues,  todos  los  sistemas  y 
ninguno  ha  conseg^údo  damos  organización  ca- 
paz de  dejar  al  pueblo  que  funcione  reg^ular- 
mente.  En  cuanto  se  requiere  su  acción,  se 
encuentra  embarazado  entre  los  pliegues  de  su 
traje  político,  tropieza  y  si  no  cae  en  la  lucha 
civil,  queda  en  las  mismas  dificultades,  á  pesar 
de  los  discursos  sublimes  que  se  pronuncian,  y 
de  las  leyes  que  se  promulgan. 

Sin  embargo,  el  traje  político  está  bien  corta- 
do, es  una  obra  maestra  copiada  del  mismo  traje 
que  llevan  con  desenvoltura  y  gallardía  otros 
pueblos: — ¿Cómo  se  esplica  el  fenómeno?  No 
es  cosa  de  decir  que  el  que  no  está  hecho  á  bra- 
gas... porque  estos  pueblos,  comease  ha  visto, 
se  han  vestido  y  desnudado  mas  que  un  actor  en 
comedia  antigua,  mientras  que  los  otros  pueblos 
de  los  que  sacamos  el  molde,  no  han  cambiado 
de  traje  desde  que  vinieron  al  mundo. 

Pues  si  la  dificultad  no  está  en  eso,  debe 
^Harlo  en  las  jorobas  sociales  que  hemos  dicho 


tienen  estos  pueblos,  y  que  nosotros  no  vemos  ni 
queremos  ver,  marchando  muy  persuadidos  de 
que  nuestro  dorso  es  recto  y  gracioso  como  una 
I>almera  y  que  nuestras  tibias  se  articulan  en 
línea  irreprochable  con  nuestros  fémures  al  ex- 
tremo de  poder  servir  de  modelo  para  un  Apolo. 

Así  vemos  convocar  al  pueblo  en  los  días  clá- 
sicos; es  decir,  de  elecciones  y  de  manifestacio- 
nes previas,  creemos  asistir  á  grandes  actos  de 
libertad  y  de  autonomia  y  al  fin  lo  que  vemos 
es  á  la  entidad  tal,  seguida  de  sus  eliente$  ó  á  la 
entidad  cual,  seguida  de  los  suyos. 

No  hablamos  de  clientes  de  abogado  sino  de 
unos  caballeros  que  eran  así  llamados  por  los 
romanos,  porque  se  afiliaban  á  la  protección  de 
un  patricio,  lo  seguían,  lo  defendían  y  votaban 
por  él  ó  por  quien  él  votaba. 

Como  en  las  sociedades  americanas  la  guerra 
civil  ha  hecho  gran  consumo  de  pueblo  nacional 
resulta  que  los  artesanos,  los  agricultores,  los 
comerciantes  y  todos  los  que  en  el  nivel  del 
pueblo  tenían  ó  podían  tener  ocupación  indepen- 
diente, han  sido  sustituidos  por  extranjeros  que 
no  se  han  nacionalizado  y  que  por  lo  tanto  no 
ejercen  derechos  políticos;  no  quedan,  pues,  sino 
los  ex- soldados,  los  peones  y  los  vagabundos 
clientes  todos  de  las  entidades  políticas. 

Siquiera  en  tiempo  del  Padre  Castañeda  habia 
dos  pueblos,  el  heroico  ptublo  de  Buenos  Aires  (lo 
mismo  puede  decirse  de  Montevideo  ó  de  cual- 
quier otra  parte,  con  tal  que  sea  de  Sur  América) 
y  el  pueblo  liso  y  llano.  Pero  hoy  no  hay  mas  que 
uno  y  se  divide  en  entidades  y  en  clientes. 

Desde  el  célebre  plebiscito  que  elevó  á  Napo- 
león IH  hemos  desconfiado  mucho  del  sistema 
electoral,  tal  cual  lo  reconoce  nuestro  derecho 
constitucional  actual;  pero  nunca  tanto  como  del 
cónclave  que  elije  Papas,  y,  dada  la  joroba  con  que 
tropezamos  en  el  dorso  de  nuestras  sociedades, 
resulta  que  eliminado  el  cortejo  de  clientes  que 
no  hacen  sino  número,  nos  quedamos  con  un 
cónclave  de  entidades  que  al  fin  vale  tanto  como 
un  cónclave  de  cardenales; — no  hay  mas  diferen- 
cia sino  que  estos  se  encierran  con  lUwe,  que  tal 
cosa  quiere  decir  cónclave,  pero  esta  diferencia  no 
mejora  la  situación  y  pluguiese  á  Dios  que  al 
menos  algunas  de  nuestras  entidades  se  encerré 
sen,  no  con  llave,  sino  herméticamente. 

Beconocida  esta  joroba  constitucional  ¿y  por 
qué  no  reconocerla?  Cervantes  y  Juvenal  son  los 
mayores  patriotas  de  la  España  porqué  dijeron  laa 


20 


AMÉRICA  LITEBARIA 


yerdades,  resultan  mnolias  otras  jorobitas  porqné 
un  brillante  se  hallará  solo  pero  no  otras  cosas  que 
no  brillan.  Las  entidades  de  las  sociedades  ame- 
ricanas son,  pues,  las  dispensadoras  de  nombre  j 
de  fama.  La  jnventnd  tiene  que  ir  ante  ellas  7  ha- 
cer sacrificio  de  independencia  7  de  carácter. 
Quien  quiera  pasar  de  la  categoría  de  aspirante  á 
la  categoría  de  entidad  noTel,  tiene  que  velar  las 
armas  é  ir  á  recibir  el  espaldarazo  puesta  la  rodi- 
lla en  tierra  6  tiene  que  esperar  que  le  abran  la 
boca  como  á  los  cardenales  en  la  imposición  del 
Capelo. 

Ese  gran  tríbunal  de  última  instancia»  al  cual 
se  apela  en  otras  partes,  de  toda  injusticia;  ese 
público  imparcial  que  aprecia  los  mérítos  7  los 
sacrificios  de  los  jóvenes  inteligentes,  esa  sublime 
opinión  pública  que  contiene  á  los  bríbones  7 
castiga  con  el  ridículo  á  las  mediocridades  ambi- 
ciosas, no  existe  ni  puede  existir  en  sociedades 
como  estas. 

Las  entidades  castigan  con  un  silencio  sepul- 
cral el  crimen  de  independencia,  harán  creer  en 
la  no  existencia  de  quien  no  está  armado-caballero 
6  de  quien  no  ha7a  ido  á  que  le  abran  la  boca. 

Cierto  es  que  algunos  jóvenes  mu7  inteligen- 
tes 7  mu7  independientes,  figuran  actualmente 
en  la  política  7  en  las  ciencias,  pero  son  esoep- 
oiones  que  han  conseguido  escapar  á  fuerza  de 
sacrificio,  á  fuerza  de  irradiar  luz  entre  las  ne- 
garas nubes  que  estienden  las  entidades  alrededor 
de  todo  astro  que  quiere  aparecer  en  el  firma- 
mento político  ó  social. 

Digamos,  pues,  claro,  que  en  las  sociedades 
americanas,  como  en  el  gobierno  teocrático,  no 
ha7  opinión  pública, — ^7  como  ella  es  la  base  de 
toda  sociedad  7  de  toda  política,  nada  estraño  es 
que  andemos  oa7endo  7  levantando  como  en  una 
ma-crucü  sin  término. 

De  aquí  porque  se  rinde  tanto  culto  al  becerro 


de  oro;  donde  faltan  los  estímulos  de  la  opinión* 
los  consuelos  del  aprecio,  las  esperanzas  de  la 
gloria,  se  buscan  los  goces  de  la  sensualidad,  las 
apariencias  fastuosas,  el  predominio  del  dinero. 
Cierto  es  que  no  faltan  espíritus  fuertes  que  se 
resignan  á  la  indiferencia  7  aun  al  desprecio  de 
los  contemporáneos  para  abroquelarse  en  la  satis- 
facción  íntima  de  la  conciencia,  pero  estas  son 
las  escepciones. 

Por  esta  razón  no  hemos  tenido  influenois 
exterior.  Las  Bepúblicas  americanas  forman  al- 
rededor  del  Brasil  una  cintura  que  debiera  lia- 
berse  estrechado  hasta  ahogar  la  única  monar- 
quia  de  América  7  por  el  contrario  es  el  Brasil 
quien  ha  ensanchado  el  círculo  de  su  acción  7 
ha  sabido  hacemos  odiar  recíprocamente;  ha 
hecho  que  nuestras  manos  mismas  caven  el  abis« 
mo  que  nos  separa.  El  peso  de  su  esclavitud, 
bastante  para  detener  la  marcha  de  un  pueblo, 
no  ha  sido  tan  pesada  para  él,  como  la  joroba 
que  llevamos  á  cuestas;  como  la  falta  de  opinión 
7  la  falta  de  pueblo  que  hemos  malg^astado  en 
estúpidas  luchas. 

Las  Bepúblicas  americanas  no  pueden  buscar 
entre  sí  sino  soluciones  pacíficas  para  sus  cues- 
tiones. Su  debilidad  relativa  hace  indispensable 
su  alianza  para  defender  sus  intereses  comunes. 
Pero  las  alianzas  no  se  forman  artificialmente; 
vienen  preparadas  por  consideraciones  preceden- 
tes que  acercan  7  confraternizan  á  los  pueblos. 
Las  alianzas  artificiales  no  son  ftlíf^i^^as^  son 
coalisiones  que  siempre  dan  por  resultado,  no  la 
reparación  de  ofensas,  no  la  restitución  de  dere- 
chos, sino  un  pueblo  destrozado  ó  suprimido 
como  la  Polonia. 

Gregorio  Pérez  Qomar. 

Abogndoy  tttento. 
Buenos  Aires,  1879. 


li  I ; 


mío  DEL  BRASIL 


Por  SU  nacimiento  ú  otras  circunstancias  es- 
peciales, pnede  la  mujer  ser  obligada  á  ocupar 
posición  eminente  en  la  sociedad;  pero  á  donde 
la  llaman  con  preferencia  las  leyes  de  la  natura- 
leza j  los  impulsos  de  su  corazón,  es  al  lado  de 
su  esposo  y  de  sus  hijos,  al  frente  de  su  casa, 
junto  al  lecho  de  los  enfermos  y  ante  los  altares 
de  Dios. 

Isabel  Condesa  d'Eü. 

Prtnoem  Regente  del  Imperio. 


Nacido  del  otro  lado  del  Atlántico,  me  he 
ligado  por  los  lazos  del  corazón,  á  esta  tierra 
americana.  Llamado  por  las  circunstancias  á 
mandar  las  fuerzas  militares  del  gran  país  que 
he  adoptado  por  patria,  tuve  la  fortuna  de  atra- 
vesar los  territorios  de  las  naciones  mas  ligadas 
al  Brasil  por  las  relaciones  de  vecindad  y  de 
intereses  comunes,  y  de  conocer  á  sus  hombres 
mas  eminentes.  Se  robusteció  entonces  en  mí  la 
oonviocion  de  que  los  intereses  mutuos  de  todos, 
no  menos  que  las  leyes  de  la  humanidad,  exigen 
la  generosidad  para  oon  el  vencido,  la  perpetui- 
dad de  la  alianza  entonces-  iniciada,  y  el  man- 
tenimiento de  la  paz,  que  es  la  garantía  mas 
segura  del  progreso  general. 

Gastón  de  Obleans  conde  d*Eu. 

IterlM»!  de  BJérelto. 

p€MpoU$  (BrasU),  1875. 


En  los  lances  mas  arriesgados  de  mi  vida 
militar,  nunca  desprecié  los  consejos  y  las  indi- 
caciones que  me  fueron  dados  por  mis  amigos  y 
compañeros  de  armas;  pero  en  aquellos  casos 
sobre  los  que  tenia  ya  formado  mi  juicio,  nunca 
abandoné  los  impulsos  de  mi  corazón  y  de  mi 
carácter,  siendo  siempre  feliz  cuando  seguí  mi 
primera  inspiración;  recordando  incesantemente 
que  si  el  general  Napoleón,  en  la  batalla  de 
Moskou,  hubiese  procedido  en  esa  conformidad, 
sin  dejane  vencer  por  las  reflexiones  de  algunos 
de  sus  subalternos,  tal  vez  hubiese  evitado  los 

famosos  desastres  que  pusieron  fin  á  su  campaña 
de  1812. 

Mabiscal  Duque  de  Caxias, 

Consejero  de  Brtado  7  Ministro  de  la  Guerra. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


No  hace  muchos  meses,  en  una  fiesta  dada  en 
honor  de  un  distinguido  americano  que  residió 
entre  nosotros  como  diplomático,  pronuncié  estas 
palabras  en  la  improvisación  á  que  fui  benévola- 
mente invitado:  ''Estas  regiones  de  América 
carecen  de  paz,  luz  y  trabajo  </. 

La  guerra,  6  es  uno  de  los  castigos  fatales  y 
periódicos  que  nos  acarreó  la  falta  de  nuestro 
primer  padre,  ó  es  una  mancha  que  ha  de  desapa- 
recer del  sol  de  la  civilización  moderna;  lo  que 
no  me  parece  utopia  filantrópica,  porque  el  mundo, 
á  pesar  de  sus  diferencias  exteriores,  marcha 
hacia  la  unidad  moral  é  intelectual  de  los  pueblos, 
límite  en  que  el  género  humano  será  como  un 
reflejo  del  misterio  de  la  Trinidad  Divina. 

La  luz  que  yo  deseo  poderosa  y  abundante  para 


22 


ÁMÉBICA  LITERARIA 


nuestro  oontinente,  no  es  solo  la  instmooion  para- 
mente racional,  sino  también  la  qne  deriva  de  los 
santos  preceptos  de  la  moral  de  Cristo,  sin  los 
cnales  el  hombre  pierde  de  vista  sn  mas  alta  guia, 
la  vida  de  mas  allá  de  la  tnmba,  y  cae  en  los 
mas  tremendos  precipicios  de  sn  senda  terrenal: 
ábeunt  estudia  in  mores.  La  política  del  maestro 
de  escuela  de  que  hablaba  lord  Brougham,  es  un 
programa  completo  de  regeneración  social ;  pero 
es  necesario  elevar  el  nivel  de  capacidad  de  los 
preceptores,  que  son  los  primeros  que  cultivan  é 
inclinan  la  inteligencia  de  la  juventud,  para  que 
sepan  mas  de  lo  que  deben  enseñar,  y  enseñen 
bien  todo  cuanto  se  puede  aprender,  sin  dificultad 
y  basta  por  recreo,  en  las  aulas  primarias  y  secun- 
darias. 

El  trabajo  es  la  redención  de  las  flaquezas  del 
hombre,  su  dignidad  personal,  su  independencia, 
el  seguro  de  la  familia,  el  mas  eficaz  antídoto 
contra  los  vicios,  la  fuente  perenne  de  la  fortuna 
particular  y  pública.  Infunde  con  estos  benéficos 
resultados  el  hábito  de  la  economía,  madre  de  los 
capitales,  y  escita  el  amor  del  prójimo,  dos  pode- 
rosas fuerzas  de  conservación  y  progreso  social. 
La  civilización  de  los  pueblos  debe  ser  juzgada 
menos  por  la  grandeza  material,  que  puede  encu- 
brir muchas  llagas  morales,  que  por  el  desenvol- 
vimiento y  perfección  de  la  enseñanza  popular, 
por  la  buena  administración  de  la  justicia,  por  la 
abundancia  de  las  cajas  de  ahorros  (seguro  indi- 
cio de  buenas  costumbres  entre  las  clases  mas 
numerosas),  por  la  dedicación  individual  al  bien 
público  y  por  el  espíritu  de  bien  entendida  cari- 
dad cristiana  que  haga  innecesaria  la  caridad 
legal,  casi  siempre  dañosa. 

Vizconde  do  Rio  Bbanco. 

EiUdltU,  Director  de  1»  Bsenel»  PoUtéenica  7 
Gonaejero  de  Bitwlo. 

Rio  de  Janeiro,  1876. 


La  forma  de  gobierno  no  es  el  fin,  es  el  medio 
de  oonsegruir  el  mayor  bien  para  la  sociedad, 
mediante  la  garantía  de  los  derechos  naturales 
del  hombre. 

Muchas  veces  bajo  la  forma  republicana  impera 
el  despotismo  y  la  peor  de  las  tiranías — la  de  las 
masas  ignorantes;  y  bajo  la  forma  monárquica, — 


la  bien  entendida  libertad,  que  solo  medra  á  la 
sombra  de  la  paz  y  del  orden. 

Es  lo  que  explica  la  existencia  de  una  mon«r- 
quia  constitucional  en  América. 

Babón  di  Cotioipi. 

BetsdicU,  Ministro  de  Baelendft  j 
NefoeUw  Setru)eroe. 

Rio  de  Janeiro,  1876. 


Por  el  estudio  de  las  letras  y  ciencias  subieron 
Licurgo,  Pisístrato  y  Agesilao  á  reyes  de  Laoe- 
demonia,  y  aquel  Estado  fué  famoso  en  el  mun- 
do, mientras  tuvo  príncipes  sabios. 

Los  Persas  tenian  por  costumbre  elegir  para 
rey  á  aquel  de  entre  sus  conciudadanos  que  les 
parecía  mas  sabio,  y  la  Persia  floreció  mientras 
siguió  esa  regla,  y  decayó  luego  que  la  hubo 
despreciado. 

Un  rey  hubo  en  Sicilia  que  se  dedicaba  oon 
tanto  ardor  al  estudio  de  las  ciencias,  que  llega- 
ron á  hacerle  sentir  que  por  este  motivo  podría 
él  faltar  ú  las  obligaciones  de  su  Estado,  y  res- 
pondió que  no  podia  reinar  sin  sabiduría,  y  que 
á  trueque  de  ella  perdería  contento  su  corona. 

Los  monarcas  constitucionales  procuran  actual- 
mente por  la  ilustración  y  por  la  práctica  de 
virtudes  cívicas  y  domésticas  hacerse  amar  y 
respetar,  empeñándose  en  el  mantenimiento  de 
la  paz  y  en  la  fiel  observancia  de  los  grandes 
principios  de  justicia  y  de  libertad,  en  que  reposa 
el  progreso  de  los  pueblos. 

Fueron  de  esto  admirables  ejemplos,  el  viejo 
rey  de  Bélgica  Leopoldo  y  el  joven  rey  de  Por- 
tugal Don  P^dro  Y.,  ambos  ya  fallecidos. 

Podríamos  citar  como  ejemplo  otro  rey  (1), 
si  no  fuera  osadía  de  nuestra  parte  anticipar  los 
elogios  y  loores  de  la  historia. 

Como  complemento  de  su  vasta  instrucción, 
ese  rey  ha  emprendido,  en  edad  ya  madura,  lar- 
gos y  penosos  viajes,  impelido  por  la  padon 
que  en  él  predomina  desde  la  infancia, — el  estu- 
dio de  las  letras  y  de  las  ciencias. 


Vizconde  db  Abastí. 

EitedlfU  f  Conaejero  de  Batado. 


Rio  de  Janeiro,  1876. 


(1)  Alusión  4  Don  Pedro  11,  AOtoal  empermdor  del  Bruil. 

N.  delE. 


SECCIÓN  POLÍTICA — imperio  del  bbabil 


23 


Toda  mi  vida  he  considerado  qne  al  hombre 
faé  impuesto  por  el  Creador  el  deber  de  hacer  el 
bien  compatible  con  sns  faerzas,  así  en  la  escala 
en  qne  las  manifestaciones  de  esa  idea  se  circnns- 
criben  á  indiridnalidades,  como  en  la  esfera  mas 
alta  en  qne  las  inspiraciones  del  patriotismo 
determinan  actos  en  que  se  consulta  el  bien 
públioo;  y  entiendo  también  que  lo  poco  6  mu- 
cho qne  esté  en  nuestras  manos  conseguir,  en  ese 
terreno,  no  dá  derecho  á  aspirar  á  otra  recom- 
pensa que  la  conciencia  de  haber  cumplido  un 
deber,  al  paso  que  los  actos  que  practicamos  en 
la  carrera  de  la  yida,  que  contrarían  esa  idea, 
nos  colocan  en  rebelión  abierta  contra  un  pre- 
cepto dÍTÍno. 

Vizconde  db  Mauá. 

Flninclrt».  Baoqusro. 


Bio  de  Jemeiiro,  1876. 


En  mas  de  cincuenta  años  de  yida  pública  me 
han  hecho  impresión  el  retroceso  y  las  desg^racias 
de  países  bien  constituidos  y  civilizados,  en  los 
cuales  el  tiempo  ha  creado  intereses  bastardos, 
olvidando  que  una  autoridad  justa  eng^endra  el 
respeto  y  obediencia  espontánea,  y  que  el  ataque 
al  derecho  produce  la  resistencia  y  suprime  el 
deber.  Aquel  que  contribuye  con  sangre  á  la 
existencia  del  Estado  tiene  derecho  á  las  garan- 
tías qne  la  ley  concede  á  todos  los  ciudadanos,  y 
mucho  nos  engañamos  pensando  que  el  pueblo 
es  indiferente  al  desprecio  disfrazado  de  los  que 
mandan. 

Mabqtj¿8  do  Hbbyal. 

(OBKBKAL    OSOBIO) 
Teotonte  0«iwr»l  del  Ejército. 

POoUu  (BrasU),  1876. 


La  prolongada  guerra  que  sostuvo  el  Brasil 
contra  el  Paraguay  habría  tenido  todavía  mayor 
duradon,  si  el  mariscal  dictador  hubiese  sido 
siquiera  mediocre  g^eneral. 

Su  notable  incapacidad  militar  hizo  que  fuese 
parcialmente  batido  su  valiente  y  disciplinado 
9}éráio,  convirtiéndose  en  derrota  mas  de  un 


combate,  en  que  podría  haberle  cabido  la  vic- 
toria. 

Teniendo  por  sí  la  adhesión  de  un  pueblo 
fanático,  y  los  mas  obedientes  soldados  del  mun- 
do, podría  haber  luchado  con  mejor  éxito  y 
salvado  su  patria  de  tan  espantosa  ruina. 

Hay  hombres  que  son  para  las  naciones  un 
horrible  flagelo. 

¡  Desgraciados  los  pueblos  que  hacen  depender 
su  suerte  de  una  sola  voluntad! 

Yizcondb  db  Pblotas. 
(qinibal  camaba) 

Uuriaottlde  Campo. 

Pi>rto  Alegre  (Brasil),  1876. 


El  ejército  que  á  su  frente  pudiere  llevar  á 
los  campos  de  batalla  un  glorioso  pendón  en  que 
inscriba  con  verdad  las  sublimes  palabras — dis- 
ciplina, instrucción  y  moralidad,  —podrá  segura- 
mente agregarles  estas  tan  conocidas:  in  hoc 
eigno  vinces,  y  el  regreso  de  ese  ejército  al  seno 
de  la  paz  será  señalado  en  la  historia  nací  nal 
con  la  gloria  del  triunfo. 

Un  ejército  disciplinado,  con  personal  ir  lí- 
do  y  moralizado,  es  ciertamente  uno  de  Ir  aas 
poderosos  elementos  para  la  prosperidad  y  /  n- 
deza  nacional,  y  la  primera  columna  de  la  :  de- 
pendencia, integridad  y  honra  del  país,  deíen- 
diéndolo  de  sus  enemigos  exteriores  ó  interiores; 
alto  destino  de  la  fuerza  militar,  sabiamente 
preceptuado  en  el  código  fundamental  brasilero. 

Los  ejércitos  indisciplinados  y  sin  la  necesa- 
ria instrucción,  causan  la  pérdida  de  su  país.  De 
ello  nos  presenta  funestos  ejemplos  la  historia. 

La  disciplina  multiplica  la  fuerza  de  los  ejér- 
citos; y  no  pocos  ejemplos  hay  de  que  alg^unos 
mas  numerosos,  hayan  sido  vencidos  por  otros 
menores  en  número,  pero  cuya  disciplina  é  ins- 
trucción les  hayan  granjeado  señaladas  victorias. 

La  necesaria  austeridad  de  la  disciplina  mili- 
tar se  hace  blanda  y  casi  insensible  en  el  subdi- 
to que  sabe  respetar  á  los  superiores,  y  dedicado, 
obedece  con  dig^nidad  al  cumpliente  de  sus  de- 
beres. 

El  militar  jamás  debe  olvidarse  de  dos  de  los 
principales  dog^mas  de  su  profesión, — la  obedien- 
cia y  la  resignación:  con  tales  atributos  podrá 


24 


AMÉEICA  LITERARIA 


fácilmente  soportar  las  infalibles  contrariedades 
y  Tioisitndes  de  la  yida. 

Aquellos  á  qnienes  despnes  de  nna  carrera 
distinguida  en  la  carrera  militar,  no  perdona  la 
muerte  en  el  campo  de  batalla,  dejan  en  pos  de 
sí  una  honrosa  memoria  y  una  provecliosa  lec- 
ción á  los  venideros  que  se  dediquen  sincera- 
mente á  esa  yida  de  trabajos,  en  la  cual  no  se 
teme  la  muerte,  cuando  se  sirve  lealmente  á  la 
patria. 

Las  costumbres,  hábitos,  tradiciones,  amor  de 
la  patria  j  odio  á  la  usurpación  extranjera, 
justifican,  mas  que  todo,  la  existencia  de  los 
ejércitos  permanentes,  tanto  mas  cuanto  que  en 
la  mayor  parte  de  los  hombres  abunda  la  ambi- 
ción de  oro,  de  mando,  y  de  la  ilusoria  gloria 
de  conquistas. 

Vizconde  de  Santa  Thbbeza. 

Teniente  General  y  Comandante  de  la  Bioiiela  Militar. 
Bio  de  Janeiro,  1876. 


Figuran  en  este  libro  los  muertos  y  los  vivos. 
Quiera  Dios  que  de  unos  y  de  otros  aprendan  los 
venideros  que  la  paz  interna  y  extema  es  la 
primera  base  de  la  felicidad  de  los  pueblos.  Cuando 
esta  colección  de  autógrafos  estuviere  concluida, 
se  verá,  creo  yo,  y  felizmente,  que  el  pensamiento 
de  todos  los  Americanos  tiende  al  mismo  fin,  que 
es  el  mayor  desenvolvimiento  de  las  relaciones  de 
amistad  entre  las  naciones  de  América;  y  no  será 
pequeño  servicio  el  contribuir  á  la  manifestación 
de  una  idea  común  de  tanta  magnitud. 


Babón  de  Cabo  Fbio. 

Diplomático. 


Rio  de  Janeiro,  1876. 


Nosotros  los  brasileros  podemos  ufanamos  de 
los  resultados  que  en  un  silencio  fecundo  van  rea- 
lizando algunos  incansables  exploradores  del  por- 
venir. 

Ta  no  somos  una  nación  segreg^ada  en  los 
confines  del  globo,  aislada  del  movimiento  del 
siglo. 

Palpita  en  nosotros  la  grande  alma  de  la  huma- 
nidad, y  sobre  nuestros  destinos  desciende  la  luz 


inmortal  que  alumbra  el  porvenir  de  las  naciones 
cultas. 

Rompiendo  resueltamente  con  el  pasado,  abri- 
mos la  faz  nueva  del  trabajo  libre,  cuyos  núdeos 
irradian  ya  en  una  grande  extensión. 

El  pico  rasga  el  suelo  en  toda?  direcciones;  y 
aun  pocos  dias  há,  vimos  llenos  de  emoción,  la 
locomotiva  llevando  el  anuncio  triunfante  de  la 
civilización  al  seno  de  las  florestas  solo  recorridas 
hasta  entonces  por  la  planta  de  las  tribus  indianas. 
No  tenemos  ahora  la  consoladora  realidad  de  la 
instrucción  diseminada  por  todas  las  capas  socia- 
les, pero  hemos  lanzado  ya  en  los  surcos  del  futu- 
ro la  afirmación  del  gran  principio,  y  tanto  basta 
para  que  este  siga  su  evolución  victoriosa,  derra- 
mando sus  beneficios  sobre  todos  nosotros. 

Podemos  con  segniridad  abrigar  fé  en  los 
destinos  de  una  nacionalidad  que  repudia  oon 
denuedo  la  tradición  de  mas  de  tres  siglos,  y  al 
paso  que  funda  la  escuela,  empuña  la  azada  y  se 
ennoblece  por  la  ley  del  trabajo,  elevando  un 
himno  al  Creador  que  acabó  su  obra  en  seis 
y  descansó  en  el  séptimo. 

Babón  Hombm  db  Mbllo. 

Conwjero.  litante  j  Batadlata. 
Bio  de  Janeiro,  1876. 


Hay  en  la  vida  del  hombre  impresiones  que 
nunca  se  olvidan,  y  que  venciendo  las  vicisitudes 
del  tiempo  se  conservan  siempre  tan  vivas  en  la 
memoria,  como  en  el  momento  en  que  se  sintieron 
polr  primera  vez.  Tales  son  las  que  aun  hoy 
hacen  palpitar  mi  corazón  de  patriótico  entu- 
siasmo al  recordar  el  dia  en  que  vi,  era  entonóos 
muy  joven,  desplegarse  bajo  el  cielo  sereno  de 
mi  provincia  natal  el  hermoso  estandarte  escogido 
para  simbolizar  el  naciente  Imperio  del  Crucero. 

¡Sueños  de  la  juventud!  ¡Qué  espléndido  hori- 
zonte se  abrió  entonces  ante  mis  ojos!  ¡Qué  espe- 
ranzoso porvenir  se  me  figuró  que  sonreía  á  la 
ni^eva  generación  que  recibía  en  legado  del  he- 
roísmo de  BUS  mayores  una  patria  independiente 
y  libre! 

Trabajo,  justicia»  libertad  y  paz :  era  ese  el 
dmblema  que  me  parecía  divisar  en  el  cuadro 
bosquejado  de  nuestra  emancipación  política. 

T  mis  sueños  debian  ser  ciertos,  —  ciertos 
porque,  suelo  virgen  donde  ni  el  despotismo  en  su 


SECCIÓN  POLÍTICA— iMPBBio  del  bbasil 


25 


rápido  pasaje  pndo  profundizar  raices,  ni  la 
desigualdad  de  castas  un  odioso  antagonismo 
entre  las  capas  sociales,  ¿quién  se  atreve  á  dudar 
que  el  continente  americano  fué  destinado  por 
la  Providencia  para  ser  el  albergue  de  la  liber- 
tad  errante,  j  el  asilo  de  todas  las  ideas  nobles 
y  generosas,  que  son  el  fruto  de  la  civilización 
del  siglo? 

Labrando  la  tierra,  el  brazo  del  colono  podrá 
sentir  pesado  el  trabajo,  pues  tendrá  que  extir- 
par de  las  entrañas  de  ella  gigantescos  troncos, 
antes  de  imprimirle  el  sello  de  la  industria  mo- 
derna. Pero  en  el  cultivo  del  espíritu,  en  la 
conquista  de  las  ideas,  ¡  cuántas  facilidades  para 
el  legislador!  A  un  pueblo  que,  rompiendo  con 
las  tradiciones  del  pasado,  se  constituye  indepen- 
diente, y  joven  en  cuyo  corazón  sin  doblez  se 
reflejan  todavía  en  toda  su  pureza  las  virtudes 
con  que  salió  de  las  manos  del  Creador;  á  un 
pueblo  exento  de  los  vicios  que  afligen  á  las 
viejas  sociedades,  con  la  experiencia  acumulada 
de  tantos  siglos,  absorto  aun  en  la  contempla- 
ción del  triunfo  conseguido,  ávido  de  nuevas 
conquistas,  ¿qué  le  falta  para  marchar  certero  á 
sus  grandes  destinos?  Un  genio  inspirado  que 
le  señale  el  camino;  un  espíritu  verdaderamente 
superior  que,  elevándose  á  las  regiones  del  futu- 
ro, y  confiado  en  la  suerte  que  está  reservada  á 
los  pueblos  de  América,  se  coloque  á  la  vanguar- 
dia del  progreso,  é  imprima  el  movimiento  y  la 
vida  en  el  adolescente  cuerpo  social,  dándole  por 
divisa — trabajo,  justicia,  libertad  y  paz. 

¿Cuántas  naciones  de  esta  parte  del  mundo 
podrían  decir  que  recibieron  de  la  Providencia 
esa  preciosa  dádiva?    La  historia  responderá. 

JuAK  LiNs  YisiBA  Cansansao  db  Siniicbú. 

Coniejero,  Bitadltta  y  Seiuulor. 

Bio  de  Janeiro,  1876. 


SOBRE  LA  REFORMA  ELECTORAL 

Separados  en  lo  demás  los  partidos  políticos, 
pueden  confundir  sus  votos  en  la  misma  aspira- 
ción en  presencia  de  un  interés  que  es  de  ambos, 
que  es  de  todos  en  este  país:  deben  unir  sus 
esfuerzos  para  elevar  el  nivel  político  de  la  Na- 
ción, inspirados  por  grandes  principios  y  por  los 
garandes  sentimientos  que  llenan  el  corazón  del 


hombre  público, — el  amor  de  la  patria  y  el  amor 
de  la  libertad. 

Paulino  J.  S.  db  Souza. 

Eitadiata  y  Ooniejero  de  Sitado. 
Bio  de  Janeiro,  1874. 


mEI  proyecto  tiene  imperfecciones;  yo  las 
noté;  pero  el  proyecto  tiene  una  inscripción 
magnífica  que  me  obliga  á  votar  por  él.  He  ahí 
la  inscripción : 

u  En  la  tierra  de  Santa  Cruz,  nadie  mas  nace- 
rá esclavo. « — (Apoyado,  muy  bien,  muy  bien). 

Fueron  estas  las  palabras  con  que  concluí  mi 
discurso,  pronunciado  en  el  Senado  en  la  sesión 
de  26  de  Setiembre  de  1871,  á  favor  de  la  eman- 
cipación de  los  esclavos,  palabras  que  con  plaoer 
registro  en  este  autógrafo. 

José  T.  Nabtjco  db  Abatjjo. 

Bitadiito.  ConMjero  de  Sitado  7  Jnrlioonialto. 


El  déficit  en  las  finanzas  es  camino  cierto  para 
la  ruina  de  los  Estados,  si  estos  no  lo  combaten 
enérgicamente  por  los  dos  únicos  medios  que  la 
ciencia  indica  y  que  la  historia  confirma  como 
eficaces:  el  trabajo  y  la  economía. 

Z.  DB  GKSes  b  Yasconcbllos. 

CooMjero,  Bitadiataj  JoritOMwatto. 


La  emancipación  ó  liberación  c«>mpleta  de  los 
esclavos  en  el  Brasil,  así  como  la  de  sus  hijos 
constituidos  siervos  hasta  su  mayor  edad,  por  la 
ley  de  28  de  Setiembre  de  1871,  es  una  aspira- 
ción de  la  justicia  absoluta  y  relativa,  de  la 
civilización  y  humanidad; — aconsejada  igrual- 
mente  por  las  primeras  conveniencias  sociales, 
políticas  y  económicas. 

Sin  que  la  vanidosa  y  pseudo  filantropía  la 
promueva  de  un  modo  arbitrario,  despótico  é 
inconveniente,  ella  se  ha  de  efectuar  por  fuerza 
propia  de  la  idea,  irresistible  como  las  leyes  del 
Creador,  de  quien  todo  dimana,  y  la  libertad,  que 
es  la  vida. 


26 


AMÉRICA  LITERARIA 


Providencias  adecuadas,  sensatas  y  pmdentes, 
facilitarán  esa  grande  reforma,  y  aproximarian 
sn  época,  sin  peligro  algpuio;  y  mas  bien  con 
positiva  ventaja  para  todos,  ciudadanos  y  pa- 
tria. 

La  bendición  del  Omnipotente  descenderla 
sobre  nosotros,  sobre  el  Imperio  de  Santa  Cruz. 

n 

El  rey  sabio  y  bumano  hace  las  delicias  de  su 
pneblo,  que  vé  en  él  la  imagen  de  Dios. 

Si  en  el  ejercicio  de  sus  elevados  y  sacrosantos 
poderes  (la  mas  alta  delegación  de  la  comunión 
social),  respeta  el  pacto  fundamental,  la  soberanía 
de  la  nación,  sus  derechos,  la  libertad  y  derechos 
de  los  ciudadanos,  hace  observar  las  leyes  y  pro- 
mueve el  bien  público,  las  bendiciones  de  todos 
lo  acompañan  en  todas  partes  y  por  siempre :  y 
mas  allá  de  la  muerte  le  espera  la  inmortalidad. 

Pero  si,  descarriado  por  la  ambición  6  por  la 
I  vanidad,  sigue  otra  senda,  pretende  avasallarlo 
todo,  concentrar  en  sí  todos  los  atributos,  y  hasta 
servicios  y  glorias  ágenos,  desciende  á  nivelarse 
con  los  fatuos,  crea  antipatías  justificadas,  aleja 
é  inutiliza  servidores,  hace  dudar  de  la  sinceri- 
dad de  sus  intenciones,  de  la  verdad  y  perfección 
de  sus  cualidades,  y  aventura  trasmitir  á  la  pos- 
teridad un  nombre,  si  no  desestimado,  á  lo  menos 
indiferente. 

A.  Marques  Pebdioao  Malheibos. 

Jorisoonsulto. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


Pocos  asuntos  merecen  tanto  la  solicitud  del 
Estadista  como  la  educación. 

ELabilitar  al  ciudadano  para  las  múltiples  y 
variadas  funciones  de  la  vida  civil  y  política,  es 
consolidar  el  orden  social,  sin  el  cual  la  libertad 
se  convierte  en  anarquía,  y  el  progreso  no  pasa 
de  un  miraje  fugaz. 

Educar  es  regenerar  por  la  enseñanza,  y,  sobre 
todo,  por  el  ejemplo.  Así,  mal  comprende  la  pro- 
pia responsabilidad  el  gobierno  que,  descuidando 
la  noción  de  la  moral  cristiana,  de  la  luz  de  la 
ciencia  y  de  la  fuerza  del  derecho,  no  mantiene 
en  la  altura  del   sacerdocio  igualmente  santo, 


augusto  y  noble  que  deben  ejercer,  el  uacerdote, 
el  maestro  de  escuela  y  el  juez. 

D.  Velho  Oayalcakti  db  Albuquibqitb. 

Ckmwlero.  Vlnistro  de  Jtutütim. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


La  marina  militar  brasilera,  si  aun  no  puede 
en  algpun  respecto  ser  equiparada  á  la  de  las 
principales  potencias  marítimas  de  uno  y  otro 
hemisferio,  presenta,  sin  duda,  elementos  valiosos 
que,  debidamente  aprovechados  y  desenvueltos, 
han  de  elevarla  á  la  categoría  respetable  que  le 
está  reservada  en  época  no  remota;  haciéndose 
de  ese  modo  digpna  de  corresponder  á  la  posición 
importante  á  que  fué  destinado  un  país  con 
centenares  de  leguas  de  costa,  donde  existen 
muchas  ensenadas  de  abrigo,  vastas  bahías  y 
magrníñcos  puertos;  surcado  por  gran  número  de 
ríos  caudalosos  y  de  largo  curso;  y  que  á  la  par 
de  los  recursos  naturales  de  que  pródigamente  le 
dotara  la  Providencia,  cuenta  en  ancha  escala 
con  la  inteligencia,  denuedo  y  patriotismo  de 
sus  hijos,  los  cuales,  aun  há  poco,  en  la  lucha  que 
el  Brasil  sostuvo  honrosamente  con  el  gobierno 
del  Paraguay,  dieron  las  mas  significativaa  y 
elocuentes  pruebas  de  pericia,  valor  y  abnega- 
ción mas  que  suficientes  para  hacer  concebir  una 
idea  perfecta  y  completa  del  heroísmo  de  un 
pueblo,  aunque  joven,  capaz  de  competir  ya  en 
dignidad  é  intrepidez  con  los  mas  esforzados, 
valerosos  y  aguerridos  del  universo. 

Luis  Antonio  Pbbeiba  Fbanco. 

Conaejero,  lílniatro  do  Hmíim. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


Reservado  á  grandes  destinos  el  Brasil,  lo 
que  mas  necesita  es  ser  conocido  de  los  extran- 
jeros, siempre  bien  venidos  entre  nosotros. 

Aquí,  bajo  la  éjida  protectora  de  la  libertad 
y  á  la  sombra  de  la  paz  que  les  es  garantida  por 
la  estabilidad  de  la  monarquía  constitucional 
y  representativa,  sus  capitales,  el  genio  de  la 


Sección  polítióá— impbuió  i>bl  brásh 


ii 


industria  y  del  oomeroio,  las  artes  y  las  profe- 
siones útiles  encnentran  nn  campo  vastísimo. 

Amigos  de  la  civilización  y  del  progreso,  el 
grande  empeño  de  la  mayoría  de  los  brasileros 
es  cnltivar  bnenas  relaciones  con  las  Bepúblicas 
Tecinas,  sin  interrenir  en  sns  negocios  domésti- 
cos. En  sn  prosperidad  y  adelantamiento  no 
Temos  nn  peligro,  sino  nna  prenda  mas  para  la 
tranquilidad  del  Imperio,  cuyas  aspiraciones  en 
este  asunto  no  Tan  mas  allá  de  la  amistad  y  del 
respeto  mutuo  de  los  pueblos  que  lo  rodean. 

En  la  guerra  de  los  cinco  años  que  sostuTimos 
con  el  apoyo  de  la  aliansa,  dimos  sobradas  prue- 
bas de  ello. 

Inspiradas  en  nobles  motivos,  nuestra  ambición 
y  tttiacidad  no  tuTieron  otro  objetiTO:  los  sacri- 
ficios inmensos  que  hicimos,  (puedo  afirmarlo, 
habiendo  desempeñado  la  cartera  de  Guerra  en 
uno  de  los  periodos  mas  afanosos  de  la  lucha) 
no  se  encaminaron  á  otro  resultado. 

Y  así  debe  ser  siempre,  para  que  podamos 
atraer  de  la  Tieja  Europa  lo  que  allí  sobra  en 
población,  en  luces,  esperiencia  y  riqueza,  que 
los  siglos  acumularon  y  la  naturaleza  en  su 
marcha  proTidencial  tiende  á  repartir  entre  las 
naciones  libres  de  la  joven  América. 

JvÁS  LxrsTOSA  DA  CuNHA  PabanaoxtX. 

OOiueJero  y  Senador. 

Biod*  Janeiro,  1876. 


Los  dos  grandiosos  hechos  de  mi  p&tria, — su 
independencia  y  la  reforma  del  estado  serTÜ, 
ambos  realizados  sin  el  derramamiento  de  una 
sola  gota  de  sangre,  rcTelan  la  energía  sensata 
del  espíritu  público,  y  el  Tenturoso  porTenir  que 
está  reserTado  al  Brasil. 

Si  desde  1850  la  nación  consiguió  labrar  el 
prdlogo  de  la  emancipación,  extinguiendo  por 
sus  únicos  esfuerzos  el  tráfico  de  Africanos,  para 
cuyo  fin  la  fortaleza  de  su  •  espíritu  y  el  amor 
de  la  humanidad  no  desmayaron  ante  las  sus- 
ceptibilidades patrióticas  que  se  enardecieron 
con  las  agresiones  británicas,  fué  mayor  triunfo 
el  de  la  reforma  del  estado  serTÍl,  nobilísima 
oiftdb  consumada  por  la  ley  de  28  de  Setiembre 
de  1871. 

Las  perturbaciones  y  sacrificios  serán  com- 


pensados con  las  Tentajas  materiales  y  morales, 
económicas  y  políticas,  cesando  el  mas  funesto 
legado  que  la  antigrna  metrópoli  dejó  á  un  pue- 
blo americano. 

Jamás  se  dirá  de  él,  que  no  quiso  acompañar 
á  los  otros  pueblos  por  la  senda  de  la  cÍTÍlizacion 
y  de  la  humanidad. 

Tbodobo  M.  F.  Pbbbiba  da  Silta. 

Oonteiero  j  lUgiitnido. 
Rio  de  Jcmeiro,  1877. 


Mientras  la  industria  y  la  economía,  fuerza  y 
carácter  del  actual  siglo,  se  dilatan  por  el  ter- 
ritorio de  los  países  cultos,  y  los  dotan  de  un 
asombroso  sistema  de  creación  excelente  que  Tá 
haciendo  de  la  materia  el  mas  poderoso  auxiliar 
de  la  CÍTÍlizacion  y  de  los  goces  del  espíritu,  no 
olTÍden  los  poderes  públicos  que  la  instrucción  y 
la  educación  de  los  pueblos  debe  ser  el  primer 
objeto  de  su  solicitud;  que  de  la  educación  de  la 
infancia  dependen  los  destinos  futuros  de  los 
Estados;  que  el  pan  del  espíritu,  bien  escogido  y 
sano,  debe  ser  distribuido  á  manos  llenas  en 
medio  de  las  poblaciones;  y  que,  por  consiguien- 
te, la  sociedad  debe  auxiliar  con  todo  su  poder 
el  progreso  de  la  razón  pública,  aun  á  costa  de 
los  mayores  sacrificios,  como  el  mas  poderoso  de 
los  medios  que  la  ciencia  reconoce  para  curar  de 
ndz  las  llagas  sociales,  y  para  hacer  felices  las 
generaciones  que  se  IcTantan. 

No  UcTemos  la  ciencia  á  todas  las  capas  de  la 
sociedad;  una  parte  puede  prescindir  de  ella; 
pero  eduquémoslas  todas,  arrancándolas  de  la 
igfnorancia  en  que  no  pueden  TÍTÍr  sin  grande 
daño  de  la  sociedad. 

Ambbosio  Lbitao  da  Ctjnha. 

Conaejero,  Abogado  y  Senador. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


Entre  los  pequeños  servicios  que  he  prestado 
á  mi  tierra,  me  euTanezco  de  haber  concurrido, 
como  representante  de  la  nación  y  consejero  de 
la  corona,  á  la  extinción  del  estado  servil,  que 


id 


AMÉRICA  LITEBAMA 


ha  de  acabar  en  el  Brasil  por  efecto  de  la  lej  de 
28  de  Setiembre  de  1871. 

Amo  linoeramente  la  libertad,  qne  es  la  idea 
madre  del  derecho,  j  aplando  siempre  sus  legiti- 
mas manifestaciones. 

La  esclavitud  es  repugnante  á  un  país  de 
instituciones  libres,  que  trabaja  constantemente 
por  el  desenvolvimiento  de  la  libertad  política. 
¿  C<Smo  encarecer  las  prerogativas  del  ciudadano, 
si  al  lado  de  él  el  hombre  es  todavía  objeto  de 
propiedad? 

M.  A.  DüABTB  DE  AZEYSDO. 

Ooaa«|«ro.  Abogado  7  ProfMor  JabUado  de  I»  FmiüUuI 
de  Derecho. 

Bio  de  Ja/neiro,  1876. 


como  la  única  base  estable  para  nuestra  futura 
7  recíproca  g^randeza. 


La  solidaridad  americana,  por  mas  que  sea 
todavía  un  sentimiento  no  bien  acentuado,  es, 
sin  embargo,  instintivo  en  el  corazón  de  los 
pueblos  de  América.  Cuando  este  sentimiento 
pase  á  la  esfera  de  las  altas  concepciones,  la 
solidaridad  americana  será  el  principio  funda- 
mental que  rejirá  la  política  de  nuestro  conti- 
nente. 

Para  entonces  la  alianza  oficial  de  los  gobier- 
nos habrá  sido  precedida  por  la  alianza  y  la 
natural  confraternidad  de  los  pueblos. 

Cuando  el  Brasil  entre  en  ese  concierto  inter- 
nacional, ya  habrá  desaparecido  el  único  obstá- 
culo que  hoy  se  opone  á  la  armonía  de  nuestra 
política  continental :  la  monarquía  brasilera, 
como  toda  organización  social  provisoria,  habrá 
completado  su  triunfo  y  cedido  el  puesto  á  la 
idea  democrática  formulada  en  una  constitución 
federal  republicana,  que  será  para  los  brasileros 
la  verdadera  carta  de  su  emancipación  social. 

De  aquí  á  allá,  tres  deberes  esenciales  recla- 
man de  los  pueblos  de  América  estricto  cumpli- 
miento: desarrollar  la  instrucción  popular,  como 
la  mas  sólida  garantia  de  la  libertad  civil  y 
política; — desarrollar  el  trabajo  y  fecundar  el 
desierto,  como  el  medio  mas  seguro  de  asegurar 
con  la  riqueza  del  Estado  y  la  independencia 
individual  el  progreso  moral  de  las  sociedades; 
—cimentar  y  mantener  á  toda  costa  la  paz  in- 
terna y  las  buenas  relaciones  internacionales 


QUINTINO  BCOÁTUYA. 
Periodista. 


Rio  de  Janeiro,  1876. 


Acababa  yo  de  leer  en  El  Oloho,  de  esta  maña- 
na, la  traducción  de  los  conceptuosos  pensamientos 
del  Sr.  Dr.  José  María  Zuviría,  registrados  en 
el  Autógrafo  Americano  del  Sr.  Francisco  Lago- 
maggiore,  cuando  recibí  carta  de  este  caballero, 
admitiéndome  entre  los  colaboradores  de  su  libro. 

El  Sr.  Dr.  Zuviría  concluye  sus  conceptos, 
diciendo  que  Dios  postra  los  Estados  sin  inter- 
mmpir  el  progreso  indefinido  de  la  humanidad. 
— De  esta  bella  tesis  tan  complexa  y  filosófica 
han  dimanado  para  mí,  por  asociación  de  ideas, 
los  siguientes  pensamientos: 

Jesu-Crísto  nos  dictó  en  el  precepto  de  la 
carídad  la  teoría  infalible  de  la  civilización: 
Amar  al  prójimo  como  á  sí  mismo  es  unir  los 
hombres,  y  realizar  así  la  unidad  efectiva  del 
género  humano. 

En  verdad,  la  civilización,  para  ser  legítima  y 
perfecta,  debe  tener  por  supremo  término  la 
identificación  de  nuestra  especie,  tanto  en  el 
orden  social,  como  en  el  moral,  y  aun  tal  ves  en 
el  orden  intelectual;  ahora  bien:  ningnn  método 
es  ton  propio  para  alcanzar  ese  fin,  como  el  per- 
feccionar y  hermanar  á  los  individuos. 

La  fraternidad  de  los  ciudadanos  hace  la  uni- 
dad nacional:  si  esta  se  realiza  en  el  sentido 
evangélico  producirá  necesariamente  la  frater- 
nidad internacional:  el  tercer  término  de  esta 
fórmula  crístiana  será,  pues,  la  uniformidad  de 
la  especie  humana. 

Tal  es  la  civilización  concebida,  enseñada, 
ejemplificada  por  Cristo. 

En  casi  todas  las  naciones  reinan  hoy  grande 
agitación  y  perplejidad :  y  á  juzgar  este  hecho 
por  otros  análogos  consigrnados  y  explicados  en 
la  historía,  no  es  fuera  de  razón  suponer  que  el 
mundo  se  encuentra  en  una  hora  de  transición, 
y  que  la  civilización  vá  á  entrar  en  nueva  ímm. 

De  todos  los  hechos  precursores  de  la  crisis, 
uno  me  parece  digno  de  particular  atención: 
aludo  al  paralelismo  con  que  tanto  en  Europa 


SECCIÓN  política — impebio  del  brasil 


29 


como  en  América  están  sorgriendo  las  oontrover- 
nas  de  religión,  7  las  de  política.  Hé  alií  el 
movimiento  preparatorio  de  la  nueva  era: — para 
fundar  la  alianza  de  las  naciones,  que  es  la  civi- 
lización tal  cual  Jesu-Cristo  la  concibió,  impor- 
ta extirpar  la  alianza  del  altar  y  del  trono, 
principio  fundamental  de  la  civilización  inven- 
tada por  los  hombres  de  Estado. 

Tal  es  el  punto  principal  del  litigio  pendiente 
entre  la  Curia  Romana  y  la  Iglesia  Masónica: 
aquí  está  Jesu-Cristo  simbolizado  en  la  caridad: 
alU  está  Satanás  en  esencia  en  las  llamaradas 
de  la  Inquisición. 

Ocurreme  abora,  muy  á  propósito,  la  siguiente 
observación.  Los  becbos  de  boy  atestiguan  que 
Italia  no  ba  podido  realizar  el  primer  término 
de  la  fórmula  de  la  civilización  cristiana,  sino 
aboliendo  el  poder  temporal  del  Papa,  ¿  Podrá 
la  humanidad  efectuar  el  tercero,  subsistiendo  el 
poder  monárquico? 

Tengo  para  mí  que  mientras  existiere  en  cada 
nao'on,  por  efecto  de  una  distinción  jesuítica, 
nn  circuito  imaginario  intitulado  Estado;  mien- 
tras en  él  se  encastillare  como  propietaria  feudal, 
por  la  teoría  del  uti  possidetiSf  una  familia  invio- 
lable, sagrada  y  perpetua;  mientras  esta  con- 
tratare la  administración  de  su  feudo  con  una 
compañía  de  agentes  especiales  denominados  Es- 
tadistas, la  teoría  de  la  civilización  y  los  princi- 
pios de  la  política  no  podrán  ser  los  de  Cristo; 
continuarán  siendo  los  del  Sr.  Krupp. 

Hechas  estas  reflexiones  cosmopolitas,  es  na- 
tural que  yo,  como  brasilero  y  americano,  las 
particularice  en  conclusión. 

No  me  parece  natural  que  el  Brasil  perpetúe 
la  única  excepción  de  la  regla  americana :  en  me- 
dio de  tanta  democracia  nuestra  monarquía  solo 
podrá  vivir  á  costa  de  modificaciones  que  poco  á 
poco  mudarán  su  esencia:  ella,  por  consiguiente, 
irá  perdiendo  la  condición  capital  de  prindpiOy 
esto  es,  la  iwmAutaJbüiAadi  descenderá  á  la  clase 
de  entidad  condicional,  será  una  transacción 
nada  mas. 

Bien  puede  ser  que  Don  Pedro  11  sea  el  últi- 
mo Emperador  brasilero;  y  á  mi  ver,  ya  impera 
mucho  menos  por  eficacia  del  principio  monár- 
quico, que  por  influjo  de  su  grande  capacidad 
personal.  En  vista  de  los  hechos,  ó  se  ha  de  con- 
fesar que  él  es  hombre  de  esfera  muy  superior, 
ó  se  ha  de  reconocer  que  la  de  sus  Estadistas 


está  muy  abajo  de  la  vulgar:  es  del  propio  pro- 
cedimiento de  estos  que  saco  el  dilema. 

Si  no  me  engaño,  el  modo  como  el  Emperador 
se  condujo  en  los  Estados- Unidos  y  la  conside- 
ración llena  de  afecto  tributada  á  su  mérito  por 
la  nación  americana  tan  positiva  en  todo  sentido, 
lo  han  vuelto  ¿  naturalizar  en  América,  donde 
la  persona  imperial,  inmóvil  y  silenciosa  en  su 
nicho  áulico,  es  mirada  como  un  ser  mucho  mas 
europeo  que  americano,  por  ser  la  encamación 
del  principio  monárquico:  ahora  son  muy  diver- 
sas las  condiciones  en  que  se  encuentra  Don 
Pedro,  y  si  las  supiera  aprovechar,  tal  vez  pueda 
caberle  papel  muy  conspicuo  como  colaborador 
eficaz  en  la  reconstitución  política  y  social  de 
nuestro  continente,  en  el  sentido  de  la  divisa  de 
los  Estados-Unidos:  —  '«E  pluribus  unum  «. 

Para  formar  definitivo  juicio  á  este  respecto, 
conviene  esperar  el  procedimiento  del  Empera- 
dor cuando  regresare  al  Imperio;  ó  él  viene  á 
ser  en  su  patria  lo  que  fué  en  la  de  Washing- 
ton, ó  continuará  siendo  el  nieto  de  Don  Juan  Yi. 

Eu  la  primera  hipótesis  aparecerá  como  la 
mayor  figura  americana  de  este  siglo;  será  de 
hecho  presidente  vitalicio,  transición  racional  y 
pacífica  de  las  fórmulas  europeas  á  las  america- 
nas. En  la  segunda  hipótesis  la  monarquía 
sufrirá  los  efectos  de  la  indignación  y  resenti- 
miento del  decoro  nacional  ofendido. 

En  cada  uno  de  los  puntos  de  este  dilema  se 
verifica,  pues,  la  aserción  del  Sr.  Zuviria.  No 
obstante  los  errores  de  los  hombres,  á  despecho 
de  sus  cavilaciones,  sin  embargo  de  las  inevita- 
bles contingencias  de  los  tiempos,  la  América 
ha  de  formar  su  civilización  según  la  fórmula 
cristiana. 

El  Autógrafo  Americano  es  el  anuncio  del 
término  fundamental  de  esa  civilización.  Así 
como  ahora  el  Sr.  Francisco  Lagomaggiore  reú- 
ne en  estas  páginas,  por  medio  de  la  autografía 
y  de  la  ideología,  tantos  pensadores  de  cada  una 
de  las  naciones  americanas,  así  algún  dia  la 
América  ha  de  convocar  todas  esas  naciones  para 
formar  una  Confederación  de  Repúblicas  centra- 
lizadas en  la  de  los  Estados- Unidos.  ¿Y  quién 
afirmará  que  no  sea  este  libro  el  auto  de  alianza 
por  el  cual  todos  los  americanos  ahí  inscriptos  y 
confraternizados  se  obliguen  sin  cláusula  expre- 
sa, pero  en  buena  conciencia,  á  dar  impulso  á  la 
cohesión  internacional  de  los  pueblos  americanos? 

¡Utopías!  dirán  los  hombres  positivistas,  y  tal 


30 


AMÉRICA  LITERARIA 


▼ez  tengan  rason :  pero  bneno  es  notar  qne  por 
tales  serian  tenidos  en  la  edad  media,  si  entonces 
alguien  los  hubiese  conjeturado,  todos  los  hechos 
de  la  civilización  actual  tan  superior  á  la  de 
aquellos  tiempos,  bien  que  muy  imperfecta  aun 
comparativamente  á  lo  que  habrá  de  ser  en  si- 
glos futuros  7  remotos. 

Si  hay  utopistas  es  porque  la  realidad,  obra 
de  los  políticos  prácticos  por  excelencia,  fué,  es, 
y  será  en  todo  el  mundo,  intriga,  desconfianza, 
discordia,  fuerza  bruta,  y  sangre,  mucha  sangre, 
siempre  sangre. 

José  Mabia.  do  Amabal. 

Conwjero.  Litamto  j  DipIomAtleo. 

Nidheroy  (Brasü),  1876. 


Comprenda  el  pueblo  brasilero  sus  derechos; 
tome  la  iniciativa  en  todo  cuanto  realmente  le 
interesa,  y  prepare  él  mismo  su  porvenir. 

Libértese  de  la  tutela  en  que  ha  permanecido, 
y  emancipado,  dirija  sus  destinos. 

Sírvale  de  norma  el  noble  procedimiento  del 
heroico  pueblo  de  los  Estados- Unidos  de  la  Amé- 
rica del  Norte. 

Tales  son  mis  mas  ardientes  deseos. 

Joaquín  Saldakha  Mabinho. 

Cimaeiero.  JarlaooonUto  7  PabUeltte. 

Rio  de  Janeiro,  1876. 


Partido  católico!  Es  este  el  objeto  especial 
de  mi  reclamación  y  protesta.  No  pretendo  ins- 
tituir estudio  filosófico  en  que  señale  todas  las 
consecuencias  morales,  políticas,  sociales  de  esta 
invasión  de  la  Iglesia  en  la  vida  civil:  empeño 
superior  á  mis  limitados  recursos  intelectuales. 

Pero  me  sobresalta  la  observación  práctica  de 
los  males  que  está  produciendo  y  producirá  en 
larga  escala  el  simple  hecho  de  presentarse  en  la 
arena  electoral  un  partido  católico. 

La  condición  esencial  para  que  dos  parciali- 
dades puedan  disputar  las  elecciones,  los  cargos,  el 
poder,  sin  perturbación  y  desorden,  la  condición 
esencial  es  que  luchen  con  armas  legales  é  igua- 
lee. 


Lo  que  modera  á  la  mayoría  vencedora,  é  ins- 
pira resignación  á  la  minoría  vencida,  es  la 
creencia  y  esperanza  de  que  á  cada  uno  le  Ue- 
grará  su  vez. 

Modifica  los  odios,  suaviza  la  lucha,  permita 
que  advérsanos  políticos  sean  amigos  personaleí^ 
la  convicción  de  cada  uno  de  que  el  otro  está  en 
su  derecho. 

Todas  estas  garantías  de  paz  desi^areoen  ñ 
uno  de  los  combatientes  se  presenta  en  nombre 
de  la  religión  y  de  Dios. 

Imaginad,  en  país  dominado  por  la  f  é  católica, 
ignorante  porque  apenas  la  décima  parte  sabe 
leer,  supersticioso  porque  es  ignorante,  imagi- 
nad á  los  sacerdotes  haciendo  política,  pleiteando 
elecciones,  fanatizando  á  las  mujeres  para  ejer- 
cer presión  por  medio  de  ellas  sobre  los  maridos, 
padres  y  hermanos,  acaso  libre  pensadores  ó  vie- 
jos católicos.  ¿Cuáles  serán  las  consecuencias? 

Si  un  lado  representa  el  partido  de  Dios,  los 
adversarios  son  lógicamente  considerados  emisa- 
rios de  Satanás.  Estos  van  á  las  urnas,  armados 
solamente  con  su  derecho;  aquellos  con  la  reli- 
gión, con  las  pompas  del  culto,  con  el  terror  de 
las  penas  eternas,  con  el  pulpito  y  el  confesiona- 
rio, con  el  fanatismo,  principalmente  de  las  mu- 
jeres. Compréndese  á  qué  altura  deben  subir  los 
odios! 

Partido  católico  es  natural  antagonista  del 
partido  liberal,  y  tiende  á  absorber  el  conserva- 
dor. Ahora  colocad  frente  uno  á  otro  como  en 
Bélgica,  un  partido  liberal  y  un  partido  católico: 
¿Podrán  gobernar  alternativamente P  Dominará 
ora  Dios,  ora  el  diablo?  De  cierto,  con  la  exclu- 
sión perpetua  de  uno  de  los  dos  la  tranquilidad 
pública  no  se  puede  juzgar  segura. 

Mucho  menos  la  paz  doméstica.  Fascinadas 
las  mujeres,  convertidas  en  cabalistas,  cuando 
no  pudieren  convencer  á  los  maridos,  padres  ó 
hermanos,  ¿dónde  irá  á  parar  el  sosiego  de  las 
familias,  la  estimación  recíproca  entre  sus  miem- 
bros?... 

Dividida  la  población  en  partido  de  Dios  y 
partido  del  diablo,  el  principio  de  la  familia  reci- 
birá los  mas  crueles  ataques;  la  sociedad  cami- 
nará hacia  la  mas  completa  anarquía. 

Sabido  es  que  una  parcialidad  política  per- 
diendo toda  esperanza  de  realizar  un  dia  pacífi- 
camente sus  ideas,  piensa  necesariamente  en  el 
derecho  de  revolución.  Este  derecho,  los  ultra- 
montanos virtualmentelo  reconocen  cuando  dicen 


SECCIÓN  política — imperio  dbii  brasil 


31 


como  dijo  uno  de  eoa  obispoe:  Nosotroa  solo 
obedecemos  las  leyes  dviles  cuando  la  fuerza  hu 
sostiene. 

De  eonaigiiieiite,  si  el  partido  oatólico  fuere 
batido  en  las  elecciones,  j  juzgare  que  tiene 
bastante  poder  sobre  las  masas  para  imponerse 
por  las  armas,  será  una  cruzada  santa :  ellos  lo 
están  haciendo  en  alg^unas  repúblicas  de  lengfua 
española.  Pero  si  conquistaren  las  urnas,  j  sus 
adrersarios  apelaren  al  juicio  de  Dios,  ¿quién 
puede  en  buena  conciencia  negarles  igual  dere- 
cho P  Se  deduce  de  esto  que  el  partido  católico, 
si  lo  dejasen  crear  raices,  nos  conducirá  fácil- 
mente á  la  guerra  civil;  y  aun  cuando  no  llegue- 
mos al  estremo  de  las  luchas  á  mano  armada, 
introducirá  en  el  seno  de  las  familias  zizañas  j 
odios  que  nos  harán  retrogradar  cincuenta  ó  cien 
años. 

Tal  es  el  estado  á  que  yá  llegando  la  Bélgica, 
plasa  fuerte  de  jesuitismo  en  Europa:  semejante 
desgracia  quieren  preparar  para  el  Brasil. 

Christiano  Benedicto  Ottoki. 

Oonaejero  j  XatemAtioo. 
Bio  de  Janeiro,  1876. 


FRAGMENTO 

La  parroquia,  el  municipio  y  la  provincia 
constituyen  las  tres  gpradas  ascendentes  por  las 
cuales  se  sube  para  llegar  al  Parlamento;  el 
jusgfado  de  paz,  la  cámara  municipal  y  la  asam- 
blea provincial  forman  las  tres  grandes  divisio- 
nes en  que  se  ejerce  la  acción  popular,  hoy  mas 
administrativa  que  política,  y  de  las  cuales  pasa 
á  la  vida  parlamentaria,  también  hoy  mas  poli- 
tiea  que  administrativa. 

En  la  parroquia  está  el  germen  del  municipio, 
en  este  el  de  la  provincia,  y  en  esta  el  de  la 
unidad  de  la  nación  representada  por  su  cuerpo 
legislativo,  de  donde  debe  irradiarse  la  influen- 
cia que  produzca,  alimente,  conserve  y  desenvuel- 
va la  acción  de  todos  los  otros  poderes  políticos. 

Debilitada  la  parroquia,  como  en  el  Brasil,  la 
consecuencia  es  la  nulidad  del  municipio,  y  con 
esta  la  debilidad  de  las  provincias  que  solo  pue- 
den producir  parlamentos  subservientes,  verdín 


deras  cancillerias  de  los  errores  y  crímenes  de 
los  que  arruinan  el  país  en  vez  de  gobernarlo. 

¿No  es,  desgrraciadamente,  lo  que  se  observa 
en  este  Imperio,  en  el  cual  todo  es  grande  y 
solo  el  hombre  es  pequeño? 

Es  tan  imposible  invertir  las  leyes  sociales, 
como  las  morales  y  las  físicas;  pero  no  es  impo- 
sible intentarlo  aun  á  costa  de  los  severos  casti- 
gos atestiguados  por  la  historia. 

Una  de  estas  tentativas  es  la  teoría  perniciosa, 
fatal  que  pretende  invertir  el  orden  natural 
ascendente  de  la  vida  social,  que  parte  de  la 
parroquia  para  llegar  á  la  unidad  de  la  Patria, 
y  sustituirla  por  el  orden  inverso,  que  parte 
de  un  centro,  oreado  no  sé  cómo,  para  hacer  des- 
cender de  él  la  vida  á  la  provincia,  de  ésta  al 
municipio  y  de  éste  á  la  parroquia. 

Es  partir  de  los  delegados  para  los  delegan- 
tes, de  los  mandatarios  para  los  mandantes,  de 
los  efectos  para  las  causas;  es  mas  todavía:  es  el 
absurdo  de  partir  de  lo  que  es  naturalmente 
mudable,  fluctuante;  é  imaginar  que  así  llega  á 
lo  que  debe  ser  siempre  fijo,  siempre  invariable. 

¿No  basta  acaso  la  experiencia  adquirida P 
¿  Cuál  es  la  influencia  del  juez  de  paz,  cuál  la  de 
la  municipalidad,  la  de  la  Asamblea  provincial, 
la  del  cuerpo  legislativo  P  Ningfuna,  absoluta- 
mente ninguna,  porque  el  tal  centro  reduce  el 
Parlamento  á  cenizas,  que  los  delegados  de  un 
poder  único  esparcen,  como  las  lavas  de  un  vol- 
can, sobre  las  provincias,  los  municipios  y  las 
parroquias. 

Hé  ahí  la  triste  realidad. 

En  el  cuerpo  humano  hay  la  vida  material,  la 
animal  y  la  racional.  Esta  última  es,  sin  duda 
alguna,  la  mas  elevada,  la  mas  dig^na,  la  mas 
noble,  pero  también  la  mas  dependiente:  ¿qué 
puede  la  razón  del  hombre  sobre  su  animalidad 
ó  la  materialidad  de  su  organización  física  P 
Pura  y  simplemente  nada;  sujétase  al  hecho  de 
su  dependencia;  aprovéchase  del  imprescindible 
auxilio  y  concurso  extraños,  y  procura  con  sabi- 
duría desenvolver  esas  fuerzas  como  condición 
sine  gua  non  de  su  propia  existencia. 

Así  debe  acontecer,  así  acontece  en  el  cuerpo 
social.  La  vida  central  es,  sin  duda  alguna,  la  mas 
elevada,  la  mas  noble,  la  mas  dig^na,  porque  es  la 
imagen  de  la  unidad  de  la  pátría,  pero  es  también 
la  mas  dependiente:  ¿qué  puede  eUa  representar 
sino  debilidad  y  abatimiento,  desde  que  recibe 
alimento  der  la  prpyiucia  que  desff^looQ,  d^l  m^« 


32 


.  .AMÉRICA  LITERARIA 


nicipio  que  se  amengua,  y  de  la  parroquia  ya  ' 
cadayéricaP  Acometido  de  verdadera  anazaroa 
todo  el  cuerpo  social,  ha  de  acontecer  qne  el 
corazón  de  la  patria  sucumbirá,  á  proporción 
que  se  efectúe  la  infiltración  de  los  males  que 
parten  de  abajo,  sí,  pero  suben  basta  el  corazón» 
como  se  elevan  á  las  nubes  los  vapores  áridos  de 
la  tierra  que  todo  lo  asolan  y  devastíoi. 

Tito  Franco  d'Almeida. 

Consejero,  Abogado  y  PublicitU. 

Rio  de  Janeiro,  1876. 


El  Brasil  ba  becbo  sin  duda  varios  progresos 
entre  otros  el  de  asegurar  la  tranquilidad  interna, 
pues  desde  1848  no  tenemos  revoluciones.  Fál 
tale,  sin  embargo,  organizar  debidamente  el  go 
biemo  representativo  de  que  solo  existe  la  apa 
riencia.  La  esceáiva  fuerza  de  las  atribuciones 
conferidas  á  la  autoridad  bace  inútil  la  lucha 
política,  dá  siempre  la  victoria  electoral  al  partido 
apoyado  por  el  gobierno,  convierte  al  elector  de 
los  ministros  en  poder  absoluto,  reduce  á  un 
papel  insignificante  el  Parlamento  y  la  prensa, 
produce  el  abatimiento  moral  de  la  nación,  degra- 
da la  administración  y  ya  infiuye  de  un  modo 
deplorable  en  la  prosperidad  pública  por  la  poca 
aptitud  de  los  agentes  que  el  gobierno  capri- 
chosamente escoje,  sin  atender  á  los  talentos  que 
se  aprovechan  en  los  paises  libres  á  causa  de  la 
lucha  política. — Con  el  réjimen  que  tenemos, 
puede  decirse  que  en  el  Brasil  solo  existe  vida 
pública  para  los  que  pertenecen  al  partido  domi- 
nante, y  solo  hay  un  medio  de  grangear  protec- 
ción,— el  patronato. — Hasta  hoy  han  sido  infruc- 
tuosos los  esfuerzos  que  entre  nosotros  se  han 
empleado  para  dar  realidad  á  la  forma  de  gobierno 
que  proclamamos  con  nuestra  independencia  na- 
cional. 

Aktonio  a.  de  Souza  Cabyalho. 

Abogado 

Rio  de  Janeiro,  1876. 


Las  cuestiones  que  deciden  del  porvenir  de 
una  nación,  no  se  resuelven  por  contrariedades 
caprichosas  ó  demoras  injustificables. 

Retroceder  por  cobardía  delante  de  institucio- 


nes que  por  hechos  continuos  reclaman  eetndios 
y  reformas,  no  es  hacerse  benemérito,  sino  pro- 
clamarse incapaz  de  gobernar  un  pueblo  libre; 
es  acumular  combustibles  que,  atizados  un  día, 
anunciarán  con  el  resplandor  siniestro  de  sua 
llamaradas,  el  cuadro  triste  de  culpable  esterili- 
dad; es  en  nombre  del  orden  ser  revolucionario, 
imprevisor  y  peligroso. 

Creer  en  la  democracia,  aco&pañar  su  marcha 
ascendente,  es  tener  confianza  en  un  ideal  mas 
perfecto  para  la  humanidad;  y  la  inteligencia 
solo  por  la  libertad  puede  pretender  conocerlo 
y  convertirlo  en  realidad. 

Tengamos,  pues,  el  coraje  de  la  acción  como 
tenemos  el  de  la  abnegación:  cuidemos  seria- 
mente de  la  reforma  de  la  educación  popular, 
tomando  por  base  amplia  y  segura  la  instruc- 
ción de  la  mujer;  y  marchemos  firmes  y  animo- 
sos al  encuentro  de  los  pueblos  americanos  que 
se  constituyeron  bajo  la  forma  democrática. 

Francisco  Ranobl  Pestaña. 

Publiolita. 
tían  Paulo,  1877. 


Dice  un  escritor  que  el  mundo  entreg^ado  á 
las  luchas  de  las  pasiones  y  de  los  intereses  osci- 
lará siempre  entre  dos  polos  opuestos,  de  lo  ver- 
dadero á  lo  falso,  de  lo  justo  á  lo  injusto,  y  que, 
segrun  la  frase  de  Royer-Collard,  arriba  de  estas 
vicisitudes  reina  la  cuestión  permanente,  la  cues- 
tión suprema  del  orden  ó  del  desorden,  del  bien 
y  del  mal,  de  la  libertad  ó  de  la  servidumbre. 

Pero  el  mal  es  pasajero:  su  dominio  en  el 
mundo  es  un  accidente. 

En  el  orden  moral,  como  en  el  orden  físico, 
la  armonía  tiende  siempre  á  restablecerse,  y  al  fin 
la  razón  es  la  que  domina,  es  siempre  la  suma 
del  bien  la  que  triunfa  definitivamente. 

Estoy  de  acuerdo  con  esta  opinión:  es  por 
eso  que  abrigo  la  convicción  profunda  de  que 
la  institución  monárquica  en  el  Brasil  es  pasa- 
jera. 

Si  el  país  oficial  no  piensa  así,  no  es  por  eso 
menos  cierto  que  en  esa  tranquilidad  inquieta  en 
que  se  encuentra  el  país  real,  se  vé  su  descon- 
tento del  orden  de  cosas  actuaL 

Atendiendo  al  sentimiento  popular,  bien  se 


SECCIÓN  POLÍTICA— iMPBEio  del  brasil. 


33 


pueden  repetir  las  célebres  palabras  de  Serres : 
jf  la  democracia  corre  á  velas  desplegadas  u. 

Es  cuestión  de  mas  6  menos  tiempo:  los  pue- 
blos del  nuevo  mundo  han  de  confraternizar 
por  la  unidad  de  sentimiento  y  de  pensamiento. 

Sin  duda  los  principios  democrátioos,  origi- 
nados de  la  independencia  de  los  Estados-Unidos 
j  de  la  grande  revolución  francesa,  producirán 
las  mas  saludables  consecuencias  en  el  suelo 
americano.  Entonces  será  la  América  el  faro  de 
civilización,  de  donde  irradiará  la  luz  sobre  todos 
los  pueblos. 

Amébico  Bbasilienbs. 


San  PáUo,  1877. 


Abogado. 


En  los  paises  regidos  por  el  sistema  represen- 
tativo no  es  menester  recurrir  á  la  resistencia 
annada  cuando  el  gobierno  traspasa  sus  atribu- 
ciones. 

En  el  seno  de  la  misma  nación  se  opera  lenta- 
mente la  revolución  pacífica  ( si  es  lícito  la  espre- 
sion)  contra  los  desmanes  del  poder;  y  una  vez 
madurada  esa  revolución,  eUa  se  impone  sin  agi- 
taciones basta  en  las  mas  altas  regiones  políticas 
por  todos  los  medios  legítimos  que  abundan  en 
el  sistema  representativo. 

Antonio  Pebbiba.  Pinto. 

Oonaejero  y  PabttoUto. 

Bio  de  Janeiro,  1876. 


Consolídense  sus  instituciones  por  el  consorcio 
de  la  libertad  con  el  orden,  tan  frecuentemente 
perturbado  aUi,  y  el  Perú  será  una  de  las  primeras 
naciones  de  la  América  meridional. 

Alfonso  Celso  de  Assis  Fioueibedo. 

OoDMjero.  Abogado  7  Feriodlst». 
Bio  de  Janeiro,  1876. 


En  las  lentas  evoluciones  del  espíritu  humano 
que  se  desenvuelve  en  los  grandes  periodos  de  la 
vida  de  las  naciones,  contemplan  los  espíritus 
profétícos  de  la  democracia  los  triunfos  de  la 


libertad,  que  son  los  eternos  designios  de  la  Pro- 
videncia. 

Fortificada  por  el  espectáculo  de  las  ruinas  de 
los  Imperios  la  inteligencia  del  filósofo  político 
recorre  el  horizonte  del  mundo,  guiada  por  la  luz 
de  la  historia,  y  estudia  la  marcha  de  la  civiliza- 
ción hacia  el  Chanaan  de  los  pueblos,  sobre  el 
cual  brilla  al  través  de  las  tinieblas  del  futuro 
la  estrella  eterna  del  espíritu  de  Dios. 

Y  en  el  semblante  majestuoso  de  Colon,  ergui- 
do cual  coloso  inmenso  sobre  la  tierra  americana, 
ella  vé  reflejarse  el  espíritu  divino,  como  indi- 
cando á  las  generaciones  humanas  el  último 
espectáculo  de  su  Éxodo. 

José  LlBEBATO  BABBOSO. 


CoQMjero,  Abogado  j  PnbUoiite. 


Rio  de  Janeiro,  1876. 


En  el  dia  en  que  por  todas  las  selvas  vírgenes 
de  América  penetren  la  cruz,  el  libro,  la  electri- 
cidad y  el  vapor,  en  ese  dia  grande,  el  genio 
de  la  civilización,  abandonando  los  agostados  cam- 
pos del  viejo  mundo,  traspondrá  el  Atlántico  y 
vendrá  á  sentarse  en  el  vasto  y  opulentísimo 
continente  que  dio  Colon  al  orbe,  y  que  la  Provi- 
dencia ha  reservado  para  el  destino  mas  glorioso. 

Para  apresurar  la  venida  de  ese  dia  magnífico, 
que  nuestras  fuerzas  no  conozcan  fatiga,  y  que  sea 
divisa  común  de  las  naciones  americanas — paz, 
amor  y  trabajo. 

Benjamín  Fbanklin  Bamiz  Galyao. 

Literato  j  Diraetor  da  la  BibUotaoa  PúbUoa. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


El  primer  cuidado  de  los  educadores  de  la 
juventud  debe  ser  grabarle  en  el  espíritu  y  en  el 
corazón  la  idea  y  el  amor  de  la  justicia. 

Desde  los  paternos  lares  hasta  las  casas  desti- 
nadas á  la  enseñanza  superior,  cumple  que  á  la 
par  de  la  instrucción,  el  alumno  reciba  lecciones 
de  justicia  práctica  y  teórica,  las  que  servirán 
para  guiarle  con  seguridad  en  los  escabrosos 
caminos  de  la  vida  real. 


34 


AMÉRICA  LITERARIA 


Mientras  la  idea  de  lo  justo  perfectamente 
clara  y  definida  no  predominare  en  todas  las  rela- 
ciones sociales,  el  sueño  de  la  paz  universal  será 
una  quimera  generosa,  porque  faltará  la  base 
imprescindible  á  su  realización. 

La  historia  en  todas  sus  fases  no  es  sino  la 
descripción  de  las  eyoluciones  efectuadas  por  la 
humanidad  para  la  conquista  de  ese  objeto,  hacia 
el  cual  la  impele  un  instinto  providencial. 

En  el  profundo  seno  de  la  naturaleza  humana 
se  agita  brillante  é  imperioso  el  ideal  de  justicia, 
que  á  través  de  los  siglos  afirma  incesantemente 
su  dominio,  superando  poco  á  poco  los  obstáculos 
que  estorban  su  desenvolvimiento. 

Así,  el  hombre  reputa  bien  compensados  los 
mayores  sacrificios,  cuando  á  ese  precio  consigue 
cimentar  un  principio  en  el  terreno  del  derecho, 
agregando  una  nueva  columna  al  edificio  del 
porvenir. 

La  justicia  en  la  familia  estinguió  la  tiranía 
del  jefe,  representante  de  la  fuerza,  título  de 
autoridad  en  las  sociedades  antiguas;  proclamó 
en  los  gobiernos  la  soberanía  de  los  pueblos ;  en 
el  fuero  interno  la  libertad  del  pensamiento;  en 
las  relaciones  individuales  el  respeto  recíproco 
y  la  responsabilidad  personal,  y  entre  las  nacio- 
nes la  fraternidad  universal. 

Estamos  muy  lejos,  ciertamente,  de  ver  realiza- 
dos en  toda  su  pureza  esos  principios  fundamen- 
tales. 

Pero  es  inmensa  la  distancia  recorrida;  y 
existe  ya  en  todas  partes  la  noble  emulación  de 
educar  con  esa  tendencia  las  nuevas  generaciones, 
que  al  calor  benéfico  de  la  luz  de  tales  principios, 
verán  deshacerse  sucesivamente,  como  los  férreos 
muros  de  una  vieja  fortaleza,  las  leyes  compre- 
sivas, los  privilegios  de  nacimiento,  la  rivalidad 
entre  el  capital  y  el  trabajo,  la  lucha  entre  la 
codicia  y  la  propiedad,  las  preocupaciones  retró- 
gradas, y,  finalmente,  las  susceptibilidades  inter- 
nacionales que  han  conmovido  el  mundo  haciendo 
derramar  torrentes  de  sangre. 

De  en  medio  de  las  ruinas  del  oscurantismo  de 
que  la  injusticia  es  forzosa  compañera,  surgirá 
con  magfestad  el  templo  de  la  justicia  universal. 

Se  dirá  tal  vez  que  esta  es  una  ilusión,  que  la 
justicia  plena  nunca  reinará  en  la  tierra,  porque 
Dios  solo  es  soberanamente  justo. 

No  importa:  soñaremos  imitando  á  Jesu- Cristo, 
el  sublime  soñador,  el  cual,  para  dirigirlos  en  el 
camino  de  la  felicidad  indicó  á  los  hombres  el 


faro  de  la  justicia,  diciéndoles:    "sed  perfectos 
como  mi  Padre  lo  es  en  el  Cielo,  u 

G.  A.  DO  Prado  Pimehtbl. 

AboftMloy  Fttriodiita. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


EL  FUTURO 


^enso  que  la  confratemizacion  de  la  humani- 
dad, que  traerá  la  estincion  de  las  guerras  y  la 
de  esos  parásitos  necesarios,  pero  devoradores  del 
trabajo  humano, — los  ejércitos  permanentes  y  las 
armadas,  ha  de  ser  realizada  por  la  civilización 
del  nuevo  mundo.  Dos  únicas  lenguas, — el  inglés 
y  el  portugués  ó  el  español — serán  el  vehículo  casi 
exclusivo  de  la  civilización  en  menos  de  doscientos 
años,  y  gracias  á  nuestra  América. 

José  Y.  Coxtto  de  Maoaxhasb. 

Litoimto. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


La  aproximación  simpática  de  los  pueblos  de 
América  hacia  un  fin  de  equidad  y  de  paz,  podrá 
parecer  una  quimera  á  los  ateos  del  progreso 
que  niegan  el  perfeccionamiento  humano. 

Ellos  dicen  que  el  hombre  es  naturalmente 
propenso  á  la  lucha,  y  que,  de  consiguiente,  se 
agita;  pero  olvidan  que  Dios  es  quien  lo  guia. 

¿  Y  para  dónde  nos  encaminará  Él,  sino  para 
el  bien? 

La  humanidad  nada  seria  sin  la  esperanza,  y 
esta  es  consoladora  en  grado  sumo. 

Además,  prestamos  oído  al  rumor  que  se 
hace  en  tomo  de  nosotros;  ¿qué  vemos  en  lo 
pasado? 

A  despecho  de  las  resistencias  parciales,  de 
los  desfallecimientos  momentáneos,  la  conciencia 
escucha  la  mejora  de  la  sociedad. 

Los  impacientes  olvidan  que  no  ha  mucho 
tiempo  era  la  Europa  entera  una  victima  de  la 
servidumbre  y  del  fanatismo:  á  eso  ha  sucedido 
la  igualdad  civil. 

El  arbitrario  ha  cedido  el  lugar  á  la  sobera- 
nía de  la  ley;  la  esclavitud  está  abolida  en  prin- 


SECCIÓN  POLÍTICA — imperio  del  brasil 


85 


cipio  7  oasi  extinguida  de  hecho:  la  justicia  se 
engrandece  y  marcha. 

£21  progreso  no  es  un  sueño,  j  si  cada  siglo 
trae  su  tributo  á  la  mejora  universal,  está  reser- 
vado á  la  América  el  glorioso  destino  de  dar 
oima  á  las  conquistas  de  la  civilización. 

£1  siglo  XVIII  nos  di6  la  tolerancia  y  la  ra- 
zón filosófica:  el  siglo  XIX  nos  ha  dado  la  ga- 
rantía representativa  y  el  dominio  casi  general 
de  la  soberanía  popular.  Dénos  el  siglo  venidero 
aquello  que  los  positivistas  de  la  Europa  en 
guerra  llaman  una  utopía: — la  paz  universal. 

Joaquín  Serra. 

Poeta  y  Feríodlsta. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


Cntre  las  hermosas  aspiraciones  de  la  humani- 
dad, ningfuna  hay  mas  digna  de  simpatía  que  la  de 
la  inviolabilidad  de  la  vida  del  hombre.  A  un  ilus- 
tre defensor  de  la  noble  doctrina  sometí  yo,  ha 
poco,  estas  palabras: 

Pena  de  muerie 

— Delito  social,  que  nada  justifica. 

— Usurpación  del  derecho  divino. 

— Venganza  cobarde. 

— Impedimento  de  rehabilitación. 

— Castigo  ineficaz. 

— Supuesto  derecho  de  hacer  colectivamente  lo 
que  individualmente  se  califica  como  crimen. 

— Supremo  egoísmo  del  Estado,  elevado  á  la 
categoría  de  principio. 

— ^Amputación  de  un  miembro  susceptible  de 
cura. 

— Bestablecimiento  de  la  infame  pena  del 
talion. 

— Castigo  instantáneo,  é  inferior,  por  lo  tanto, 
al  del  encarcelamiento  y  del  remordimiento  perpe- 
tuo, y  al  aislamiento  del  mundo. 

— ^Arma,  empleada  ya  contra  el  crimen,  ya  con- 
tra la  virtud,  6  contra  la  opinión  inocente. 

— Interés  ó  voluntad  de  los  muchos,  que  no  solo 
por  eso  ha  de  ser  considerada  como  justicia. 

— ^Yoz  de  una  llamada  necesidad  pública,  sofo- 
cando la  voz  de  la  conciencia  humana. 

— ^Inversión  del  instinto  que  nos  advierte  que 
nadie  tiene  derecho  sobre  la  vida  de  nadie. 

— ^Delegación  imposible  á  la  sociedad  de  una 
¿acuitad  que  á  nadie  pertenece. 


— Imitación  del  bárbaro  vencedor,  que  en  otro 
tiempo  mataba  á  los  prisioneros  cautivos. 

— Exceso  de  severidad,  sustituyendo  la  eficacia 
del  castigo. 

— Medio  de  convertir  á  un  criminal  en  objeto 
de  conmiseración  y  simpatía. 

— Institución  de  una  pena  de  crimen  mutuo,  en 
que  se  pague, — el  asesinato  con  el  asesinato, — la 
violencia  con  la  violencia, — el  suplicio  con  el 
suplicio, — con  virtiendo  la  sociedad  en  una  arena 
de  gladiadores. 

— Irrevocabilidad  de  la  muerte,  en  frente  de  la 
falibilidad  de  los  jueces. 

— Pena  indivisible  que  ofrece  sanción  igual 
para  delitos  desiguales. 

— Nivel  brutal  que  anula  la  ley  de  las  grada- 
ciones. 

— Patíbulo  que  inmola  al  descarriado,  en  ves 
de  bálsamo  que  lo  mejore  y  moralice. 

— Insulto  á  la  razón,  denominando  necesario  á 
lo  que  es  atroz. 

— Desmentido  á  las  estadísticas,  que  dan  como 
disminuido  el  número  de  los  crímenes  en  los  Esta- 
dos donde  ha  sido  suprimida  la  pena  de  muerte. 

— Espectáculo  escandaloso,  esencialmente  des- 
moralizador y  provocador  del  crimen. 

— Trasgresion  del  principio  de  respeto  á  la 
vida  humana,  por  cuyas  gradas  se  ha  descendido 
á  las  hecatombes  causadas  por  las  pasiones  reli- 
giosas y  políticas. 

— Mancha  en  los  códigos,  que  arrastra  muchas 
veces  á  los  jueces  á  mentir  á  su  propia  conciencia 
para  evadir  la  aplicación  de  ella. 

— Espantajo  que  cambia  el  horror  al  crimen 
en  parcialidad  á  favor  del  delincuente. 

— Injuria  al  progreso  y  á  la  mayor  apaoi- 
bilidad  de  las  costumbres. 

— Retroceso  á  las  eras  en  que  clavaban  al 
Justo  en  la  cruz. 

Formemos  votos  porque  este  baldón  desapa- 
rezca de  los  códigos  y  de  los  usos  de  todas  las 
naciones. 

José  Feliciano  de  Castilho. 

C(ma«Jeco  y  Ut«mto. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


Los  elementos  de  grandeza  que  el  Brasil  en- 
cierra le  aseguran  en  el  porvenir  los  mas  prós- 
peros y  brillantes  destinos. 


36 


AMÉRICA  LITERARIA 


Estos  se  realizarán  á  despecho  de  cnalesqnier 
reveses  y  embarazos  que  por  ventura  enonentre 
en  su  camino,  porqne  son  inmutables  é  infalibles 
los  designios  de  la  Providencia. 

Cuando,  en  lo  futuro,  el  lector  del  Autógrafo  , 
Americano  contemplare  la  realidad  del  cuadro 
que  ahora  vemos  bosquejado  apenas  en  los  hori-  I 
sontes  de  este  vasto  Imperio,  comprenderá  sin 
duda  que  instados  á  inscribir  nuestro  nombre   , 
humilde  entre  los  de  los  brasileros  ilustres  que 
enriquecen  estas  páginas,  no  podíamos  escoger 
asunto  mas  adecuado  que  esa  previsión,  la  cual 
es  al  mismo  tiempo  el  voto  mas  sincero  j  mas 
ardiente  de  nuestro  corasen. 

José  P.  ds  Azbtbdo  Pecanha. 


Bio  de  Janeiro,  1876. 


Bwrltor. 


Los  cuidados  de  un  buen  gobierno,  en  relación 
á  la  población  del  pafs,  deben  consistir  no  tanto 
en  procurar  aumentarla  por  medio  de  colonos 
extraños,  sino  en  mejorar  la  suerte  de  los  natu- 
rales. Así  lo  dice  el  economista  Rossi,  y  yo 
adopto  sin  restricciones  su  pensamiento. 

Tenemos  en  el  Brasil  diversas  cuestiones  á 
resolver  en  este  sentido.  El  catequismo  de  los 
salvajes  que  viven  en  constante  guerra  entre 
sí  y  con  la  población  civilizada;  la  transforma- 
ción de  los  esclavos  en  colonos  libres,  ligados 
al  suelo  por  medio  de  la  propiedad;  la  creación 
de  núcleos  agrícolas  donde  se  concentre  el  escó- 
dente de  la  población  de  las  grandes  ciudades  y 
la  que  vive  dispersa  en  los  campos;  y,  finalmente, 
el  establecimiento  de  escuelas  industriales,  donde 
desde  la  infancia  se  acostumbre  el  hombre  al 
trabajo  moralizador;  tales  son  los  votos  que 
siempre  hice  en  pro  del  Brasil. 

Deseo  que  ciudadanos  de  todas  las  nacionali- 
dades vengan  á  habitar  nuestro  país,  y  que  á  la 
sombra  de  nuestras  instituciones  políticas  gocen 
de  la  libertad  de  que  todos  nosotros  disfrutamos, 
pero  quiero  que  lo  hagan  espontáneamente,  y  no 
por  medio  de  esa  especie  de  tráfico,  que  después 
de  enormes  sacrificios  pecuniarios  ha  contribuido 
no  poco  á  nuestro  descrédito  en  el  exterior. 

Henbiqub  de  Beaübbpaibe  Rohan. 

Oenaral  é  Ingeniero  Oedgnfo. 

Bio  de  Janeiro,  1876. 


He  procurado  siempre  incitar  á  miz  conciu- 
dadanos á  volver  la  vista  hacia  el  magno  asunto 
de  la  instrucción  popular.  Lo  hago  en  la  supo- 
sición de  que  la  instrucción  será  bálsamo,  y  no 
veneno  para  el  alma.  No  basta  para  la  prospe- 
ridad de  los  Estados  que  el  pueblo  sea  instruido: 
cumple  que  la  instrucción  en  él  fortalezca  los 
preceptos  de  la  virtud  y  del  deber. 

Manuel  Fbancibco  Cobbbia. 

Consejero  y  Senador. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


MI  OPINIÓN  política 

Una  de  las  mayores  obligaciones  de  un  buen 
gobierno  es  promover  la  instrucción  y  la  educa- 
ción del  pueblo,  ilustrándolo  sinceramente,  no  solo 
sobre  sus  derechos  y  deberes,  sino  también  sobre 
los  embustes  y  embelecos  con  que  los  clérigos  y 
los  demagogos,  que  son  dos  especies  análogas, 
acostumbran  abusar  de  la  pública  credulidad  en 
su  interés,  una  abusando  del  nombre  de  Dios,  y 
otra  del  nombre  de  la  libertad.  Estos  abusos 
toman  mucha  fuerza  entre  un  pueblo  ignorante 
y  desprevenido,  haciéndole  creer  en  poderes  miste* 
riosos,  que  ya  mostraron  de  cuántos  males  son 
capaces,  de  los  cuales  solo  nos  podemos  librar  con 
la  instrucción  profunda  de  la  historia  de  las  na- 
ciones. 

Hoy  se  procura  arraigar  entre  nosotros  la 
opinión  de  que  el  gobierno  puramente  democrá- 
tico es  el  mejor  de  todos,  pero  el  hombre  ilustrado 
fácilmente  se  convence  de  que  es  uno  de  los 
peores,  y  mas  pelig^roso  en  la  mayor  parte  de  las 
condiciones  sociales,  porque  es  donde  pueden  mas 
fácilmente  predominar  las  malas  pasiones  del 
hombre,  es  donde  el  sentimiento  de  una  libertad 
desenfrenada  puede  traer  las  mas  funestas  conse- 
cuencias, siendo  la  mas  cierta  y  frecuente  el 
consentimiento  tácito  6  manifiesto  de  los  hombres 
buenos  para  el  establecimiento  del  despotismo, 
porque  reconocen  que  es  mejor  sufrir  los  capri- 
chos de  un  solo  hombre,  que  el  de  muchos,  que 
nunca  dejan  de  aparecer  á  la  sombra  de  la  liber- 
tad. En  todo  caso,  es  necesario  muchas  veces  que 
el  pueblo  se  resigrne  á  sufrir  menos,  para  no  sufrir 
después  mas,  y  que  se  conserve  en  los  límites  de 
lo  posible,  de  lo  justo  y  de  lo  razonable,  lo  que 


SECCIÓN  POLÍTICA— iMPEEio  del  brasil 


37 


ciertamente  no  hará  sin  la  prudencia  que  es  hija 
de  la  instmooion,  para  qne  no  se  aferré  á  las 
costumbres  de  los  Franceses,  que  los  Ingleses 
censuran  fuertemente,  esto  es,  correr  siempre  en 
busca  de  un  gobierno  perfecto,  que  no  es  compa- 
tible con  la  imi>erfeccion  humana,  además,  profe- 
sar nn  odio  implacable  á  su  gobierno,  como  si 
fuese  una  entidad  maléfica,  y  no  un  poder  nece- 
sario é  indispensable  para  proteger  á  los  débiles 
contra  los  fuertes,  y  á  los  buenos  contra  los 
malos,  que  siempre  abundan,  y  son  los  mas  osa- 
dos en  todas  las  sociedades  humanas.  Son  estos 
mis  sentimientos,  que  me  hicieron  siempre  pro- 
pender mas  hacia  el  partido  conservador,  que 
hacia  el  liberal  exaltado,  y  recelar  mucho  de  las 
mudanzas  radicales,  tan  peligrosas,  á  fin  de  poder 
perfeccionar  lo  que  ya  existe,  teniendo  presente 
el  bien  de  todos  para  que  prevalezca  sobre  el 
egoísmo  que  es  la  muerte  de  las  naciones. 

Joai  Mabtins  da  Cbuz  Jobim. 

Ccmaejero,  Saiuulor. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


Jesu-Cristo,  proclamando  la  reforma  del  Viejo 
Testamento,  transforma  las  bases  orgánicas  de 
las  naciones  y  afirma  para  siempre  el  principio 
de  la  soberanía  del  pueblo. 

Diez  y  nueve  siglos  han  pasado  casi  y  aun  no 
es  completa  la  victoria  de  la  doctrina,  porque  á 
las  masas  populares  falta  educación. 

El  Congreso  de  Yiena  en  1815  decretó  la  abo- 
lición de  la  esclavitud;  el  de  París  en  1856  pro- 
clamó la  igfualdad  de  las  naciones  ante  el  derecho 
internacional;  ¿cuándo  se  reunirá  aquel  que  ha 
de  completar  la  obra  de  la  civilización  cristiana, 
aboliendo  el  harem? 

Tomás  Altes  Junios. 

Abogado  y  Profeior  de  1»  Baenel»  Militar. 
Bio  de  Janeiro,  1876. 


¿Qué  será  el  Brasil  en  el  próximo  futuro  siglo 
en  relación  al  principio  religioso? 

¿Instituciones  atrasadas  habrán  venido  á  sus- 
tituirse á  las  liberales  que  ya  posee?    ¿En  lo 


alto  de  sus  montañas,  en  sus  risueñas  costas,  en 
sus  frescos  y  amenos  valles  se  mostrarán,  por 
desventura,  no  las  escuelas,  los  liceos  de  Artes  y 
Oficios,  las  academias,  las  bibliotecas,  sino  los 
colegios  de  Jesuítas,  los  monasterios,  los  recogri- 
mientos  de  monjas? 

No  ha  de  ser  así.  El  nivel  de  la  moral  social 
sube  y  no  baja.  Ahí  9stán  los  diarios,  que  es 
imposible  suprimir;  los  libros  que  es  imposible 
sofocar;  las  asociaciones  que  se  generalizan;  la 
tribuna  política  ó  literaria  que  se  reproduce  por 
todas  partes  para  alentar  el  fuego  del  amor  de  la 
patria,  consolidar  la  libertad  y  abrir  horizontes 
nuevos  á  la  civilización. 


JüAK  Fbanklin  Tayoba. 

Literato. 


JBto  de  Janeiro,  1876. 


¡Oh  Brasil!  mis  ojos  se  cerrarán  antes  que 
hayas  asumido  el  g^randioso  rango  que  te  cabrá 
en  la  historia ;  i>ero  tus  dias  de  gloria  se  aproxi- 
man. 

Te  nutrieron  con  leche  de  la  mujer  esclava; 
I>ero  ya  has  libertado  á  los  hijos  de  la  bárbara 
africana  que  te  amamantó,  sollozando  las  tris- 
tes endechas  del  cautiverio.  La  vieja  esclava  en 
breve  desaparecerá,  y  sus  hijos,  para  quienes 
abriste  las  puertas  de  las  escuelas;  sus  hijos,  que 
convidaste  á  los  festines  de  la  inteligencia  y  al 
uso  del  derecho,  instruidos,  ennoblecidos,  no  en- 
torpecerán tu  marcha  triunfal. 

Libre,  fuerte,  rico,  sin  las  tradiciones,  esas 
pesadas  corrientes  que  ligfan  al  Europeo  á  un 
pasado  siniestro,  amaestrado  por  la  experiencia 
de  los  pueblos  que  te  precedieron,  podrás  dar 
expansión  á  los  nobles  sentimientos  que  dilatan 
tu  corazón. 

¡  Oh,  patria  mia!  no  te  arredres  ante  los  obstá- 
culos del  presente;  trabaja,  combate  y  alcanzarás 
los  mas  altos  destinos. 

Fbakcisco  P.  Guimabass. 

Genana.  poeta,  perlodieta.  Profesor  de  la  Faeoltad  de  líedioioa. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


38 


AMÉRICA  LITERARIA 


Puedan  los  prínoipios  de  una  filosofía  digrna 
de  la  humanidad  j  del  Creador,  j  las  inspira- 
ciones de  nna  educación  moral  verdaderamente 
piadosa  j  sencilla,  reparar  de  ahora  en  adelante 
esos  inmensos  estragos  de  la  superstición  j  del 
fanatismo,  é  introducir  la  luz  en  el  caos  en  que 
la  imbecilidad  de  unos  j  la  hipocresía  de  otros 
ha  sumido  al  mundo  por  dilatados  siglos  j  que 
aun  en  el  presente,  procura  tenazmente  explo- 
tar en  su  provecho. 

Juan  Silyeiba  db  Souza. 

OoQMjaro,  Oatedrátioo  da  te  UnlTenidAd  da  BSCXVB. 

Ree^é  (BrasU),  1876. 


De  todas  las  cuestiones  políticas  j  adminis- 
trativas que  se  agitan  actualmente  en  el  Brasil, 
que  son  muchas  j  graves,  la  de  mas  alcance  es  la 
cuestión  religiosa,  aunque  entre  nosotros  gene- 
ralmente no  se  la  haya  apercibido  todavía  esa 
importancia  singular. 

El  ultramontanismo  que,  há  pocos  años,  como 
partido,  no  conocíamos  sino  de  nombre,  intenta 
ahora  asumir  esa  organización  funesta. 

El  peligro  es  serio,  no  porque  haya  en  el  país 
muchos  gérmenes  de  ese  azote,  sino  porque  nos 
faltan  contra  él  los  centros  de  resistencia,  en  la 
legislación,  en  la  iniciativa  individual,  que  es 
lánguida,  en  el  espíritu  d8  asociación,  que  no 
existe,  y  porque  la  propaganda  clerical  encuentra 
en  una  población  indocta  un  medio  de  aceptar 
toda  especie  de  simiente,  buena  ó  mala. 

El  pueblo  brasilero  está  exento  de  la  pasión 
del  fanatismo,  ni  propende  á  ella;  i>ero  la  estag- 
nación de  la  vida  política  y  la  indiferencia  reli- 
giosa en  las  capitales  en  las  clases  sui>eriores  y 
en  los  distritos  rurales;  en  las  clases  inferiores 
una  población  profundamente  ig^norante,  casi 
analfabeta,  ofrecen  al  proselitismo  de  la  supersti- 
ción óptimo  terreno. 

El  conflicto  clerical  aquí  está,  por  tanto,  apenas 
en  su  primer  periodo;  y  su  gfravedad  irá  crecien- 
do de  dia  en  dia  fatalmente  mientras  no  recibiere, 
en  la  separación  absoluta  entre  la  Iglesia  y  el 
Estado,  su  solución  liberal  y  definitiva. 

Ruy  Babbosa. 

Abogado  7  periodiato. 

Bio  de  Janeiro,  1876. 


Están  en  error  los  que  prefieren  el  acaso  de  la 
sucesión  al  criterio  popular  de  la  elección  del 
Jefe  de  Estado. 

La  electividad,  base  característica  de  la  forma 
republicana,  tomando  accesible  á  todas  las  capa- 
cidades superiores  el  mas  alto  puesto  del  gobier- 
no de  la  nación,  es  un  nuevo  incentivo  para 
obligar  á  los  hombres  públicos  á  aproximarse  al 
pueblo,  á  estudiar  de  cerca  las  necesidades  de  sus 
c(mciudadanos,  é  identificarse  con  los  destinos  de 
la  patria. 

Solo  en  las  luchas  diarias,  en  el  contacto  inme- 
diato y  continuo  con  el  pueblo,  y  no  en  las  regio- 
nes olímpicas  en  que  habitan  los  miembros  de 
las  familias  reinantes,  es  donde  el  Estadista 
prueba  su  capacidad  para  el  gobierno  del  Estado. 

El  elegido  del  pueblo  es  una  esperanza:  el 
heredero  de  la  corona  es  el  acaso. 

En  la  monarquía,  la  prosperidad  de  la  nación 
depende  del  carácter  del  imperante.  La  herencia 
transfiere  el  trono,  pero  no  trasmite  las  virtudes. 

En  la  república,  la  libertad,  fuente  de  toda 
felicidad  pública,  tiene  su  salvaguardia  en  la  pro- 
pLik  índole  de  las  instituciones. 

Manubl  F.  Campos  Sallbs. 

Abogado  7  periodltta. 
Campinae,  1877. 


La  República  es  la  mejor  forma  de  gobierno, 
porque  inspirándose  en  el  interés  general  y 
común,  reposa  en  la  plena  libertad  del  ciuda- 
dano, que  solo  tiene  por  límite  los  principios 
absolutos  de  justicia. 

Mas,  para  que  ese  régimen  político  pueda  pro- 
ducir todos  sus  benéficos  resultados,  se  haoe 
necesario  que  el  pueblo  sea  debidamente  educado 
en  los  verdaderos  principios  democráticos. 

Convencido  de  estas  ideas,  juzgo  que  en  el 
Brasil  Ho  se  podrá  jamás  establecer  con  ventaja 
el  gobierno  republicano  mientras  no  hubiere 
educación  cívica,  y  principalmente  existiendo  la 
institución  de  la  esclavitud. 

Dése  primeramente  libertad  á  los  esclavos 
para  ampliarse  después  la  de  que  gozan  los  que 
no  lo  son. 

Joaquín  Robbbto. 

Periodista. 
San  Pablo,  1877. 


1 

I 


SECCIÓN  POLÍTICA — imfebio  del  bbasil 


39 


A  LOS  QUE  GOBIERNAN 

¿QnereÍB  de  buena  fé  la  felicidad  del  pueblo 
qn»  gt>bemaÍ8? 

Bespetad  esorapulosamente  su  libertad. 

¿  Queréis  que  esa  libertad  sea  un  hecho,  j  no 
una  simple  y  vana  aspiración? 

Haced  efectiyos  todos  los  derechos  j  beiíeficios 
que  de  ella  dimanaren. 

¿  Queréis,  en  fin,  para  el  pueblo  la  efeotiyidad 
de  tales  derechos  y  el  goce  de  tales  beneficios? 

No  le  faltéis  con  la  justicia,  porque  siendo 
esta  la  fuente  del  derecho  y  el  mas  seguro  lazo 
que  une  ¿  los  gobernados  con  los  gobernantes,  su 
denegación  seria  la  tumba  del  orden  público,  y  al 
mismo  tiempo,  cuna  inevitable  de  anarquía. 

Juan  J.  Fbbbbiba  db  Aguiab. 

Oonaejaro,  Oatodrátioo  de  1»  Facolted  de  Derecho  de 

ReoUé. 

Bio  de  Jcuuiro,  1877. 


Por  el  amor  de  la  patria  llega  un  pueblo  á  la 
práctica  de  las  mas  sólidas  virtudes,  perfecciona 


sus  costumbres,  se  fortalece,  evita  la  irrupción 
del  despotismo  y  conquista  el  respeto  y  admira- 
ción de  sus  hermanos. 

Roma — república,  fué  grande  y  admirable  por 
el  civismo;  Boma,  feudo  de  los  Césares,  se  hiio 
despreciable  por  el  aniquilamiento  de  las  virtu- 
des cívicas  y  por  su  desvío  de  las  tradiciones  y 
de  las  leyes.  ¿Y  qué  viene  á  ser  el  amor  de  la 
patria?  ¿Será.  Codro  muriendo  voluntariamente 
á  manos  del  enemigo  para  que  la  patria  no  fuese 
vencida?  jMucio  Scévola  quemando  su  mano  en 
un  brasero  para  obligar  á  Pórsena  á  levantar  el 
sitio  de  Boma?  ({Será  Catón  condenándose  al 
suicidio,  para  no  ver  alzarse  la  tiranía  sobre  los 
destrozos  del  altar  de  las  libertades  patrias?  ¿Será 
Juana  de  Are  conduciendo  los  ejércitos  de  Fran- 
cia á  los  campos  de  batalla,  para  rechazar  á  los 
invasores  del  patrio  suelo?  Sí,  todo  eso  es,  y  mas 
todavía :  es  Cristo,  el  ciudadadano  universal,  doc- 
trinando á  la  humanidad,  y  por  eUa  exhalando 
el  postrer  aliento  en  ese  leño  sacrosanto,  de  don- 
de irradiaron  los  primeros  destellos  de  la  aurora 
de  la  libertad  y  redención  del  universo. 

Casimibo  B.  Godikho  db  Assis. 

Literato. 
Rio  de  Janeiro,  1876. 


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I 

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REPÚBLICA  DE  CHILE 


LAS  REVOLUCIONES  AMERICANAS 

Las  naciones  europeas  miran  con  ojo  frío  y 
hasta  desdeñoso  á  las  repúblicas  amerícanas,  á 
causa  de  las  continuas  revoluciones  que  las  agitan 
7  que  producen  tan  repentinos  é  inesperados 
cambios  en  el  personal  j  en  las  tendencias  j 
marcha  de  sus  gobiernos. 

Lo  que  sucede  en  Améríca  es  natural  y  lógico. 
Desprendida  de  la  España  mediante  una  violenta 
y  porfiada  lucha,  no  pudo  sacudirse  en  ese  primer 
momento  de  todos  los  malos  gérmenes  que  ella  le 
había  inoculado;  y  para  desterrarlos  y  hacerlos 
desaparecer  se  ha  hecho  necesarío  sostener  una 
recia  y  constante  contienda  entre  los  intereses, 
las  preocupaciones  y  los  hábitos  engendrados  por 
la  colonia  y  las  aspiraciones  legrítimas  de  los  pue- 
blos encendidos  por  el  amor  á  la  libertad. 

La  Améríca  fué  educada  y  despotizada  por  la 
España.  Se  la  mantuvo  mañosa  y  calculadamente 
en  la  ignorancia,  y  se  la  enseñó  que  solo  habia 
dos  ideas  que  debia  acaríciar,  representadas  por 
dos  palabras  también,  á  saber,  Dios  y  el  Bey, 

Se  le  comunicó  la  idea  de  Dios  bajo  conceptos 
absurdos  y  formas  idolátrícas;  y  la  idea  del  Bey 
bajo  la  forma  de  un  poder  sin  límites  emanado 
de  Dios,  que  hacia  de  la  persona  de  aquel  algo 
igual  ó  parecido  á  este. 

La  organización  social,  política  y  moral  de  la 
Améríca  reposaba  sobre  este  único  fundamento: 
el  fanatismo  religioso  y  el  despotismo  político. 

La  Améríca  libre  ha  luchado  y  luchará  todavia 
durante  largos  años  por  desprenderse  de  esta 


repugnante  mortaja.  Esta  lucha  es  la  que  se  ha 
manifestado  por  constantes  revoluciones  que  los 
caudillos  y  los  partidos  han  hecho  degenerar  á 
veces,  acompañándolas  de  sucesos  odiosos. 

Las  pasiones  humanas,  aun  inspiradas  por 
nobles  arranques  y  elevados  propósitos,  suelen 
convertirse  en  una  fragua  que  todo  lo  devora. 

Otras  causas  han  contríbuido  también  á  man- 
tener este  continuo  estado  convulsivo  en  Amé- 
ríca. 

La  revolución  de  la  independencia  dio  vida  al 
militarísmo;  y  los  caudillos  tríunfiantes  en  el 
campo  de  batalla  creyeron  que  el  mando  supremo 
era  herencia  que  les  correspondía  de  derecho.  Se 
lo  han  disputado  tenazmente  y  aun  se  lo  disputan 
en  muchas  partes  sus  tenientes.  La  gloria  aturde 
de  continuo  á  los  que  la  alcanzan,  como  &8cina 
también  á  los  pueblos  en  que  se  reflejan  los  rayos 
de  aquella. 

Si  los  vibres  de  la  gloria  no  hubieran  em- 
bríagado  á  Bolívar  y  extraviado  su  corazón  y  su 
genio,  tendría  un  pedestal  tan  sólido  y  tan  alto 
como  el  del  virtuoso  Washington. 

Hemos  pagado  también  tríbuto  á  fantásticas 
ilusiones.  Sin  acordarse  de  ordinarío  del  estado 
social  de  la  Améríca  y  seducidos  por  deslumbra- 
doras teorías  políticas,  algunos  hombres  de  Es- 
tado han  pretendido  dar  á  los  pueblos  amerícanos 
una  prematura  ó  viciosa  orgpanizacion,  resultando 
de  aquí  que  el  desconcierto  haya  traído  el  desen- 
canto, á  veces  el  arrepentimiento  y  casi  siempre 
una  tenaz  pelea. 

Las  revoluciones  amerícanas  son  la  espresion 
de  ese  choque  violento  entre  una  organización 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  db  chile 


41 


social  depresivm  de  todo  dereolio,  basada  sobre  el 
despotismo  religioso  j  el  despotismo  político  y  otra 
organización  social  qne  tiene  por  único  cimiento 
la  libertad  individual  j  la  libertad  política. 

Aun  continuarán  las  revoluciones  con  sus  vér- 
tigos j  sus  estravíos;  todavía  habremos  de  espan- 
tamos de  sus  sangrientas  violencias  j  de  muchas 
de  sus  atroces  injusticias;  pero  dia  llegará  en  que, 
depurada  la  América  de  la  carcoma  que  la  roe, 
presente  las  formas  de  un  cuerpo  robusto,  sano  j 
vigoroso. 

La  Europa  no  tiene  derecho  para  acusamos 
6  desdeñamos. 

La  Francia  se  revoluciona  calda  diez  6  veinte 
años  para  sacudirse  del  despotismo  que  la  agobia 
y  proclamar  una  república  que  todavía  no  com- 
prende. Si  después  de  sus  sangrientas  agitacio- 
nes descansa  tranquila,  no  es  para  reposar  á  la 
sombra  de  la  libertad,  sino  para  dormirse  mecida 
por  el  ambiente  mortífero  de  un  nuevo  despo- 
tismo. 

La  Italia  despedazada  durante  siglos  ha  vivido 
en  la  brecha  sin  lograr  todavía  consolidar  su 
suspirada  unidad.  Aun  mantiene  en  su  seno  ele- 
mentos deletéreos  que  darán  en  tierra  con  sus 
esfuerzos  si  no  tiene  valor  bastante  para  arrojar- 
los  de  su  seno. 

En  Inglaterra  no  es  oro  todo  lo  que  brilla. 
Ayer  no  mas  los  católicos  y  los  judíos  ingleses 
no  podían  sentarse  en  el  Parlamento,  pues  solo 
los  protestantes  tenían  inteligencia  y  probidad 
para  discutir  la  cosa  pública.  Hoy  todavía  la 
aristocracia  inglesa,  que  ha  perdido  mucho  de 
sus  antiguos  quilates,  olvida  que  el  pueblo  inglés 
no  tiene  pan  seguro,  ni  tierra  que  comprar  y  de 
qué  disponer.  Dia  llegará  en  que  el  suelo  inglés 
comience  á  hundirse. 

La  España,  nuestra  nodriza  y  nuestra  institu- 
triz, tiene  el  cuerpo  cubierto  de  lepra,  sin  encon- 
trar médico  que  corrija  sus  malos  humores.  Está 
también  recogriondo  los  frutos  de  la  fatal  ense- 
ñanza que  nos  dio.  Puesta  en  el  tormento  por  el 
fanatismo  religioso,  ha  sido  justamente  vapuleada 
por  el  despotismo  político. 

Domingo  Santa  Mabia. 

Hombre  de  Estado  y  Pablioist*. 
Santiago  de  ChíU,  1874. 


EDUCACIÓN  POPULAR 

Los  peregrinos  que  vinieron  de  Escocia  á  po- 
blar la  América  del  Norte  traían  en  una  mano 
la  Biblia  y  en  la  otra  la  Cartilla. — ^Por  eso,  en 
tomo  de  sus  primeras  viviendas  se  levantaron 
simultáneamente  el  templo  y  la  escuela.  Laa 
poblaciones  crecieron  y  se  transformaron,  mer- 
ced al  genio  emprendedor  y  perseverante  de 
aquellos  colonos,  en  grandes  ciudades,  en  empo- 
rios comerciales  que  pronto  rivalizaron  con  los 
principales  centros  del  Viejo  Mundo,  y  en  ellas 
crecieron  también  y  se  desarrollaron,  sustentán- 
dose una  á  otra,  la  Iglesia  y  la  Escuela. 

Tal  es  el  secreto  de  la  admirable  prosperidad 
de  la  Union  Norte  Americana. 

Los  Sud  americanos  miramos  con  justa  envi* 
dia  la  grandeza  de  aquel  pueblo,  y  convencidos 
de  que  ella  se  debe  al  adelanto  de  la  educación 
popular,  aspiramos  á  alcanzar  ese  ideal. — ^Des- 
graciadamente, sin  tomar  en  cuenta  las  especia- 
lísimas  condiciones  de  aquella  comunidad,  nos 
hacemos  la  ilusión  de  creer  que  imitando  fiel- 
mente los  progresos  que  allí  ha  alcanzado  la 
educación  pública,  lograremos  iguales  resulta- 
dos. 

En  efecto,  son  tan  diversas  las  condiciones  en 
que  se  han  formado  las  secciones  de  este  Conti- 
nente y  los  elementos  que  han  contribuido  á  su 
desarrollo,  que  se  necesita  de  parte  del  estadista 
un  concienzudo  estudio  de  la  organización  social 
de  cada  una  de  ellas  para  aplicar  con  acierto  los 
principios  de  ese  complicado  problema  que  se 
llama  '^  educación  popular  ". 

Chile,  como  la  Kepública  Argentina, — entre 
otros  de  los  Estados  Sud-americanos — ha  con- 
sagrado generosos  esfuerzos  á  la  causa  de  la 
educación,  pero  en  ambos  países  nos  hemos  de- 
jado llevar  demasiado  del  espíritu  de  imitación. 
— Hemos  querido  implantar  y  ver  realizados  en 
un  momento  los  mas  avanzados  progresos  de  la 
ciencia,  y  nuestra  impaciencia  por  nivelar  el  es- 
tado intelectual  de  nuestros  conciudadanos  nos  ha 
llevado  á  consagrar  gruesas  sumas  y  no  pocos 
sacrificios  á  la  enseñanza  científica  y  literaria. 

Mientras  tanto,  la  educación  popular,  la  edu^ 
cardón  comtm, — como  es  llamada  en  Estados 
Unidos, — la  que  debe  transformar  los  hábitos, 
las  tendencias,  y  levantar  el  carácter  de  nuestro 
pueblo,  la  educación  que  debe  hacer  del  huaao 


42 


AMÉRICA  LITERARIA 


chileno,  como  del  gaucho  argentino,  un  ciudadano 
laborioso,  honrado  j  respetuoso  de  la  ley,  la  qne 
está  llamada  á  preparar  al  obrero  moral  é  inteli- 
gente, esa  educación  no  desciende  á  cumplir  su 
grande  obra  de  regeneración  en  la  clase  inferior 
de  nuestro  pueblo. — Y  no  desciende  porque  en 
nuestras  escuelas,  en  nuestros  maestros,  en  nues- 
tros textos  de  estudio  j  en  general  en  toda  nues- 
tra organización  escolar  predomina  una  marcada 
tendencia  á  la  instrucción  teórica  y,  casi  podría 
decirse,  literaria. — Prestamos  escasa  atención  á 
la  enseñanza  práctica  de  los  conocimientos  mas 
útiles  6  mas  apropiados  á  cada  localidad  j  olvida- 
mos á  menudo  que  ante  todo  la  educación  tiene 
por  fin:  formar  el  carácter  de  un  pueblo. 

Si  antes  de  examinar  los  conocimientos  profe- 
sionales de  nuestros  maestros  de  escuela,  traba- 
jamos por  levantar  su  condición,  por  formar 
hombres  de  espíritu  ilustrado  j  recto,  capaces  de 
comprender  los  fines  de  su  elevada  misión,  y  les 
procuramos,  además,  el  mas  completo  conocimien- 
to de  su  país,  debemos  confiar  que  tales  maestros 
sabrán  educar  á  nuestro  pueblo  y  que  harán  de 
la  Escuela,  en  la  Améríca  del  Sud,  lo  que  ha 
llegado  á  ser  en  los  Estados  Unidos  del  Norte: 
la  base  de  la  libertad,  del  progreso  y  de  la 
fuerza. 

J.  Abelardo  Nuííez. 

Educacionista. 

Santiago  de  Chüe,  1877. 


INMIGRACIÓN 


Un  notable  estadista  argentino  ha  dicho:  'da 
civilización  es  como  la  vid:  prende  de  gajo/'. 

Los  pueblos  y  los  gobiernos  de  la  Améríca 
latina  no  deberían  olvidar  jamás  ese  símil  tan 
exacto  como  verdadero. 

Los  problemas  sociales  y  políticos  en  que  la 
mayor  parte  de  ellos  aun  se  encuentran  envuel- 
tos, no  pueden  obtener  una  solución  favorable 
sino  por  la  práctica  del  principio  que  ese  mismo 
símil  encierra. 

Sin  la  civilización  europea  no  hay  progreso 
verdadero  y  estable,  y  esa  civilización  nunca 
llegará  completa  si  no  viene  encamada  en  el 
inmigrante  que  es  el  gajo  de  la  vid  destinado  á 
producir  frutos  de  adelanto  y  de  bienestar. 


¿De  qué  vale  tener  cátedras,  bibliotecas,  es- 
cuelas, máquinas,  si  no  contamos  con  el  elemento 
vivo,  inteligent-e  y  esperimentado  que  dé  impulso, 
animación,  voz  y  movimiento  regular  ¿  lo  que 
sin  tales  condiciones  apenas  si  sirve  como  modelo 
ó  como  estímulo? 

Un  solo  inmigrante  en  Chile,  el  sabio  actual 
rector  de  su  Universidad — ^ha  desarrollado  en  po- 
cos años  maselementos  de  ríqueza  que  los  que  hu- 
bieran podido  producir  ingentes  capitales. — Así 
lo  atestiguan  los  minerales  del  Norte  que  pros- 
peraron bajo  su  científica  dirección. 

Unos  cuantos  centenares  de  colonos  han  dado 
vida  y  porvenir  á  tres  de  nuestras  provincias 
mas  australes,  que  sin  ellos  permanecerían  hoy 
envueltas  en  la  oscurídad  y  el  abandono. 

La  inmigración,  y  solo  la  inmigración  hará 
que  las  revoluciones  cesen,  porque  estas  nacen  j 
se  fomentan  al  amparo  del  desierto,  por  una 
parte,  y  al  de  nuestros  vicios  heredados  de  la 
colonia,  por  la  otra. 

Solo  la  inmigración  introducirá  en  nuestro 
bajo  pueblo,  hábitos  de  economía,  de  higiene  j 
de  moralidad  de  que  tanto  há  menester  para  que 
la  muerte  no  lo  diezme  año  á  año,  como  ahora 
sucede. 

Fomentar,  pues,  la  inmigración  europea,  sos- 
tenerla, desarrollarla,  es  la  tarea  mas  benéfica  y 
patriótica  d  que  pueden  consagrarse  los  pueblos 
y  los  gobiernos  de  la  Améríca  latina.  Los  que 
la  realicen  habrán  conseguido  echar  los  funda- 
mentos mas  sólidos  de  su  grandeza. 


Adolfo  Ibaítez. 

Diplomático  y  Hugiatrado. 


Santiago  de  Chile,  1877. 


política  sud- americana 

Una  política  de  particularísmo  que,  merced  al 
aislamiento  y  á  las  alianzas,  según  los  casos, 
aspire  y  llegue  á  mayor  poder  y  prestigio,  tra- 
yendo á  la  postre,  para  todas  las  secciones  Sud- 
amerícanas,  la  discordia  y  la  guerra  en  pro  de 
la  supremacía  que  se  ha  de  convertir  forzosa- 
mente en  la  absorción  violenta  de  todas  ellas, 
por  la  que  sea  mas  astuta  y  mas  poderosa; — es 
decir,  la  que  tenga  menos  escrúpulos  y  mas 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  de  chile 


43 


reonrsos; — ó  una  política  de  oonfratemidad  que, 
merced  á  la  xmion,  preparada  ó  efectuada  en  to- 
das las  manifestaciones  posibles  de  la  industria, 
el  comercio,  el  arte,  la  literatura,  la  ciencia,  la 
legislación,  agrupe  y  confedere  en  una  sola  Na- 
ción á  todas  nuestras  secciones,  sin  desdorosa 
sumisión  de  ninguna  de  ellas,  dando  asf  realidad 
á  la  aspiración  á  una  Patria  Continental  de  to- 
dos los  grandes  hombres  de  la  emancipación  y 
asegurando,  á  lo  menos,  para  sus  liijos  y  sus  ha- 
bitantes, la  paz  en  Sud- América:  bé  ahí  los 
únicos  dos  caminos  entre  los  cuales  han  debido,  y 
no  han  querido  elegir ,  hombres,  partidos,  gobier- 
nos y  pueblos,  después  de  la  conclusión  de  la 
lucha  por  la  Independencia. 

Los  que  hemos  hecho  nuestra  elección,  y  prin- 
cipalmente, los  que  hemos  tomado  y  seguimos  el 
camino  de  la  confraternidad,  ejercemos  un  dere- 
cho y  cumplimos  un  deber  cuando  repetimos  á 
gobernantes  y  gobernados  de  Sud  -  América,  que 
si  sus  actos  y  sus  palabras,  ya  tendentes  á  hos- 
tilidades tan  inicuas  como  absurdas,  6  á  fusiones 
tan  estrafalarias  como  imposibles,  entre  paises 
hermanos,  resultan  siempre  ineficaces,  es  porque 
88  contradicen  y  no  pueden  dejar  de  contradecir- 
se entre  sí. 

De  ahí  viene  también  que,  después  de  las  mas 
solemnes  situaciones  Sud  -  Americanas, — como 
son  la  de  la  guerra  franco -inglesa  contra  la  Be- 
pública  Argentina,  la  de  la  expedición  borbónico- 
floreana  contra  el  Ecuador,  la  de  la  guerra  de 
España  contra  el  Perú  y  sus  aliados, — floten 
ecos  de  palabras  y  sobrenaden  consecuencias  de 
actos  que  están  probando,  á  un  tiempo,  la  casi 
omnipotencia  de  los  sentimientos  fraternales  y 
la  casi-  impotencia  de  los  conatos  particularistas 
en  Sud -América. 

Manuel  Antonio  Matta. 

Polttioo  y  Literato. 
Copiapó  ( ChiU  h  1877. 


Tengo  la  desgracia  de  atribuir  muy  pequeña 
importancia  práctica  al  pensamiento  de  la  unien 
Americana,  sueño  intermitente  de  muchos  esta- 
distas, tema  simpático  para  el  lirismo  patriótico, 
▼istosa  decoración,  que,  ya  se  arrolla  en  el  polvo 
de  los  bastidores,  6  ya  domina  el  primer  término 
del  escenario. 


La  estrecha  relación  política  entre  naciones 
diversas,  depende  ante  todo  de  circunstancias 
accidentales.  Los  vínculos  originarios  de  la  co- 
munidad de  lengua,  de  instituciones,  de  historia, 
tienen  que  relajarse  á  medida  que  se  diseña  en 
las  nubes  de  la  propia  oprganizacion,  la  fisonomía 
individual  de  cada  país.  Cada  cual  deriva  de 
antecedentes  especiales  los  elementos  del  carác- 
ter que  forma  y  representa  su  autonomía;  y  en 
la  proporción  en  que  esta  crece  y  se  materializa, 
por  el  territorio,  por  la  industria,  por  el  gobier- 
no, aquellos  antiguos  lazos,  convertidos  en  sim- 
patías de  recuerdos  y  benevolencias,  van  perdiendo 
su  eficacia. 

El  progreso,  diferentes  intereses  resultados 
de  aspiraciones  6  necesidades  peculiares,  alejan 
mas  y  mas  la  posibilidad  de  emerjencias  que 
comprometan  algún  principio  exclusivamente 
Americano.  Hoy  vivimos  con  todas  las  naciones 
bajo  el  imperio  de  la  misma  ley  internacional; 
y  la  cómica  cruzada  de  Flores,  la  trajedia  de 
Querétaro  y  la  manchega  calaverada  de  Mazar- 
redo,  no  han  hecho  mas  que  confirmar  nuestra 
filiación  de  pueblos  independientes. 

Joaquín  Blest  Gana. 

Abogado.  Polltloo. 
Santiago  de  Chile,  1877. 


Los  pueblos  latino -americanos  son  bastante 
inteligentes  y  tienen  la  suficiente  ilustración 
para  aspirar  á  los  mas  altos  destinos.  Lo  que 
necesitan  es  mas  espíritu  de  orden  y  de  trabajo, 
que  el  que  han  adquirido  hasta  el  presente.  — La 
política,  que  es  la  preocupación  dominante  de 
estos  pueblos,  viene  degenerando  en  un  juego  de 
intereses  personales,  que  son  los  que  engendran 
las  revoluciones  y  los  que  alejan  de  los  negocios 
públicos  á  los  hombres  de  posición  social,  de  ca- 
rácter independiente  y  de  aspiraciones  sabiamen- 
te conservadoras.  Esto  debe  entenderse  con 
escepciones  honrosas,  tanto  respecto  á  algpuna  6 
algunas  de  nuestras  Repúblicas,  cuanto  respecto 
á  muchos  buenos  ciudadanos  que  militan  en  la 
política  activa. 

Hago  votos  fervientes  porque  la  educación 
popular  y  los  gobiernos  ilustrados  produzcan,  en 
estos  privilegiados  'paises,  el  consorcio  de  las 


44 


AMÉRICA  LITERARIA 


ideas  de  libertad  y  orden  en  la  República  j  de 
sensatez  y  desprendimiento  en  los  Repúblioos. 

Mabcial  Mabtinez. 


Abogado  y  Diplomático. 


Santiago  de  Chile,  1874. 


Si  los  Estados  bispano-amerioanos  bnbieran 
empezado  á  bacer  el  camino  de  la  libertad  por 
la  descentralización  administrativa,  en  lugar  de 
principiar  por  la  descentralización  política,  ten- 
drían mas  libertades  positivas,  aunque  menos 
libertades  en  el  papel. 

La  descentralización  administrativa  forma  bá- 
bitos  democráticos  y  educa  á  los  ciudadanos  para 
el  régimen  de  la  libertad.  Los  pueblos  mas  ad- 
ministrados son  los  mas  gobernados.  La  restric- 
ción de  la  esfera  administrativa  de  la  autoridad, 
traerá  forzosamente  la  de  su  acción  política. 

Melchor  Concha  y  Tobo. 

EeonomUta. 

Santiago  de  ChUe,  1877. 


Pámfos  de  una  carta  á  mis  electores,  fechada  en  Valparaiao 

el  19  de  Febrero  de  1876. 

u  He  profesado  y  sostenido  siempre,  como  ba- 
se fundamental  de  mi  credo  político,  la  noción 
de  que  sobre  el  Estado  pesa  ante  todo  el  deber 
de  asegfurar  á  todos  sus  habitantes,  cualquiera 
que  sea  su  condición,  cualquiera  que  sea  su  creen- 
cia, la  mas  amplia  libertad  en  el  ejercicio  de  todos 
los  derechos  individuales,  resguardando  estos  con 
sólidas  y  eficaces  garantías,  tanto  en  las  leyes 
fundamentales,  como  en  las  secundarias,  u 

u  Cuanto  tienda  á  la  realización  de  este  fin 
primordial,  y  á  igualar  bajo  todos  respectos,  la 
condición  legal  de  cuantos  individuos  habitan  en 
la  República,  contará,  como  ha  contado  siempre 
en  mí,  con  un  decidido  y  entusiasta  partidario,  n 

JOBGE  HüNBEUS. 
Abogado  7  profesor  de  Derecho  Público  on  la  Uiilrertld«d. 


En  Chile,  como  en  las  demás  Repúblicas 
Hispano  -  Americanas,  hay  de  sobra  elementos 
de  vitalidad  para  prosperar  é  instituciones  gene- 
ralmente adecuadas  para  labrar  su  felicidad.  Hay 
también  en  sus  hijos  generosos  sentimientos  y 
un  patriotismo  elevado  para  propender  al  bien 
común. 

Hay  algo,  sin  embargo,  que  nos  hace  profun- 
do daño  y  que  esteriliza  en  g^^an  parte  los  bue- 
nos esfuerzos  que  se  hacen  en  obsequio  del 
adelanto  y  bienestar  general. 

Tenemos  una  marcada  tendencia  y  una  acti- 
vidad incesante  para  fabricar  y  aglomerar  nuevas 
instituciones  y  leyes,  como  tenemos  al  mismo 
tiempo  una  inconstancia  lamentable  para  su  ob- 
servancia. 

Perseguimos  el  bien  con  empeño,  y  lo  dejamos 
en  abandono  tan  luego  como  hemos  reunido  los 
elementos  para  alcanzarlo. 

Hay  tal  vez  en  nuestro  espíritu  público  mas 
inclinación  y  una  complacencia  mas  sensible  en 
formar  gruesos  boletines,  que  en  observar  las 
diversas  necesidades  de  nuestra  vida  práctica 
para  que  haya  garantías  para  todos  y  un  bienes- 
tar y  seguridad  efectivos  en  las  distintas  cir- 
cunstancias y  faces  de  la  existencia  del  aso- 
ciado. 

Siempre  estamos  queriéndonos  sacudir  de  la 
gruesa  herencia  de  preocupaciones  legada  por 
la  madre  patria  á  todos  nuestros  países,  y  no  ad- 
vertimos que  cada  dia  á  semejanza  de  ella  entre- 
tenemos nuestro  tiempo  en  combinaciones  abs- 
tractas sobre  política  y  en  teorías  legrislativas 
que  por  cierto  ni  impulsan  la  industria,  ni  ade- 
lantan la  ciencia,  ni  mejoran  nuestro  vivir,  ni 
atienden  á  premiosas  necesidades,  ni  garantizan 
mejor  los  derechos  del  que  tiene,  como  no  prote- 
gen mejor  tampoco  ni  las  libertades  ni  las  pe- 
queneces del  que  nada  tiene  y  que  mucho  amparo 
necesita. 

Los  países  mas  libres  y  felices  de  la  tierra,  no 
son  los  que  hacen  mas  política  ni  mas  encuader- 
nación  de  leyes,  sino  aquellos  en  que  ciudadanos, 
gobiernos  y  legisladores  hacen  de  la  vida  social 
un  reflejo  práctico  de  la  vida  individual,  aten- 
diendo con  buena  providencia,  primero  á  lo 
necesario  y  después  á  lo  superfino. 

Yo  haría  votos  por  que  estas  tendencias  mas 
observantes  de  la  práctica  que  de  bellas  teorías 
se  arraigasen  mas  en  nuestros  hábitos  políticos 
y  en  nuestras  costumbres  nacionales. 


SECCIÓN  POLÍTICA— EEPÍBLicÁ  de  chile 


45 


Haríamos  as{,  sin  duda,  mas  beneficios  á  la 
libertad  no  comprometiéndola  á  menudo  en  dis- 
cusiones y  agfitaciones  para  las  qne  no  siempre 
bay  calma  y  tranquilidad  suficientes ;  y  baría- 
mos  ¿  los  pueblos  mas  servicios  efectivos  aten- 
diendo de  una  manera  mas  positiva  á  sus  intere- 
ses,  á  sus  garantías  y  á  su  bienestar  consultado 
con  solicitud  y  con  oportunidad. 

Fbancibco  Echáübben. 

FnDeUnuurio  Administnitílro. 

BúMtiaio  de  Ch\U,  1877. 


EL  ARBITRAGE 


La  civilización  babrá  tocado  á  su  apogeo^ 
cuando  el  arbitrage  baya  asumido  el  carácter  de 
una  institución  permanente,  destinada  á  dirimir 
las  desastrosas  controversias  que  tan  frecuente- 
mente ocurren  entre  las  naciones.  El  pondría 
término  al  empleo  de  la  fuerza  bruta,  y  estable- 
cería el  imperio  de  la  razón  y  de  la  justicia,  ver- 
dadera y  cumplida  síntesis  del  progreso  bumano. 

Gabbiel  Ocampo. 

Abogado. 

aaudiago  de  ChUe,  1877. 


EL  ARBITRAGE 


Sería  un  timbre  de  bonor  y  gloria  para  todo 
el  continente  Sud  -  Americano  si  todos  los  Esta- 
dos que  lo  componen  pudieran  arribar  al  arreglo 
de  un  Código  internacional  en  que  se  adoptase 
el  arbitraje,  como  sistema  general  y  único,  para 
dirimir  todas  las  cuestiones  y  contiendas  que  se 
suscitasen  entre  las  partes  contratantes.  El  re- 
conocimiento y  práctica  de  este  principio  ejerce- 
ría una  influencia  civilizadora  en  nuestras  rela- 
ciones y  alentaría  el  celo  de  los  amigos  de  la  paz 
y  la  cordura  de  los  Gobiernos. 

La  teoría  del  arbitraje  ba  becbo  un  inmenso 
camino  para  que  pueda  ser  desdeñada  como  uto- 
pía. Controversias  enojosas  y  difíciles  ban  sido 
Bolucionadas  satisfactoriamente  por  medio  del 
arbitraje.  Seria  xm  paso  importante  para  la  con- 


federación de  los  Estados  Sud-Amerícanos  la 
estipulación  del  arbitraje  como  solución  para 
todas  las  cuestiones  que  en  la  actualidad  son  un 
embarazo  para  la  buena  inteligencia  y  relaciones 
fraternales  que  deben  existir  entre  todos  los 
pueblos  que  babitan  el  bermoso  continente  de 
Colon. 

Pedbo  Nolasco  Videla. 

Ministro  de  Chite  en  BoIItIa. 
La  Paz,  (BoUvia)  1878. 


ORIGEN  DE  LA  JUSTICIA 


Al  traducir  el  precioso  libro  de  Edgar  Quinet, 
intitulado  El  Espíritu  Nuevo,  llamó  con  fuerza 
mi  atención  el  párrafo  que  dedica  á  probar  su 
tesis,  esto  es:  "  que  la  Justicia  nació  del  amor 
y  que  solo  él  bizo  ese  milagro :  n  suscitándome 
las  reflexiones  que  siguen,  y  que  expuse  en  una 
nota. 

Atríbuir  el  origen  de  la  justicia  al  amor,  es, 
sin  duda,  á  juicio  mió,  una  bellísima  idea,  aun 
cuando  no  sea  exacta.  Los  becbos  observados  y 
aducidos  en  prueba,  ni  son  barto  numerosos,  ni 
resisten  al  análisis;  y  quizás  en  lo  que  el  autor 
cree  ver  actos  de  justicia  sólo  los  bay  de  amor. 
En  efecto,  cuando  un  animal,  ave  ó  flera,  distrí- 
buye  el  alimento  á  su  prole,  no  ejecuta  un  acto 
de  razón,  decidiéndose  á  ello  en  virtud  de  consi- 
deraciones fundadas  en  el  derecbo  que  tienen  los 
pequeñuelos  á  ser  alimentados,  y  en  el  deber  que 
tienen  los  progenitores  de  sustentarlos ;  obede- 
cen solo  á  la  ley  natural  de  la  conservación  de 
la  especie,  y  á  los  instintos  del  amor.  Para  que 
así  no  fuera,  menester  seria  demostrar  con  inne- 
gables experíencias  que  en  el  reino  animal  esa 
operación  era  resultante  de  un  juicio  anteríor. 
Lo  mismo  que  de  la  ave  ó  flera,  debe  decirse  de 
la  mujer  en  estado  salvaje  cuando  esta  amaman- 
ta á  sus  bijos  y  se  impone  por  ellos  prívaciones. 
A  ser  posible  interrogar  á  esas  madres  estoy  se- 
guro que  contestarían  corroborando  lo  que  dejo 
expuesto. 

La  justicia,  que  es  la  consagración  del  invio- 
lable derecbo  de  todos  y  de  cada  uno,  tanto  en  el 
orden  moral  y  político  como  en  el  material,  pre- 
supone en  quien  la  ejerce  la  noción  del  deber  y 


46 


AMÉRICA  LITERARIA 


la  noción  del  bien  y  del  mal;  nociones  que  son 
patrimonio  exclusivo  del  hombre ;  j  de  aquí  la 
responsabilidad  de  sus  acciones,  la  que  no  al- 
canza á  las  demás  especies  del  reino  animal. 

La  justicia,  como  el  amor,  sin  sacar  de  este 
su  origen,  bien  que  la  purifique  y  la  fortalezca 
en  la  vida,  nace  con  el  Hombre,  desarrollándose 
en  él,  lo  mismo  que  sus  demás  facultades,  á  me- 
dida que  crece  y  que  adquiere  conocimiento  de 
los  mundos  interno  y  externo  que  le  rodean. 

Para  pensar  así  me  asisten  razones  deducidas 
de  las  distintas  funciones  inherentes,  ora  al 
amor,  ora  á  la  justicia ;  esta  se  dirige  al  buen 
orden,  al  progreso  y  á  la  libertad  é  igualdad  de 
los  Hombres,  no  siendo  dado  sin  ella  ningún  per- 
feccionamiento en  la  humanidad ;  aquel  vá  á  la 
propagación  de  la  especie.  No  es,  pues,  el  amor 
origen  de  la  justicia. 

Pedbo  León  Gallo. 

PoUUoo  7  Literato. 

Bantiago  de  ChiU,  1877. 


La  historia  de  las  Repúblicas  hispano -ameri- 
canas, es  un  tejido  de  vaivenes  y  trastornos. 
Desde  la  guerra  de  su  independencia  hasta  el 
momento  presente,  ninguno  de  estos  paises,  si 
se  esceptúa  Chile,  ha  tenido  una  época  de  paz 
estable  y  duradera.  En  ellas  se  han  sucedido  las 
revoluciones^  unas  á  otras,  como  las  olas  del  mar. 
Diríase  que  la  guerra  civil  es  su  estado  natural 
y  permanente. 

Y  por  desgracia  no  siempre  han  campeado  las 
nobles  pasiones  y  los  grandes  principios  en  esta 
cadena  interminable  de  luchas  fratricidas.  Mi- 
serables  ambiciones  de  oscuros  caudillejos,  ri- 
validades do  aldea,  viejos  é  implacables  rencores 
de  familia,  hé  aquí  los  mas  conspicuos  caracté- 
res  de  esta  triste  historia ;  hé  aquí  el  fondo  de 
este  vasto  cuadro  de  anarquía,  de  sangre,  de 
luto. 

Educados  en  la  esclavitud  mas  abyecta,  los 
pueblos  hispano-americanos  se  vieron  de  repente 
viviendo  en  una  atmósfera  totalmente  estraña, 
la  atmósfera  de  la  libertad.  Este  súbito  cam- 
bio de  condición  política  y  social  ha  sido  para 
ellos  lo  que  es  para  la  planta  el  cambio  de 
suelo  y  de  clima.  Han  tenido  que  sufrir  una 
transformación  radical  y  profunda;  prueba  do- 


lorosa,  por  la  que  están  todavía  pasando,  sin 
qne  sea  posible  divisar  su  fin. 

I  Consecuencias  forzosas  de  los  principios  ab- 
solutistas !  I  Resultado  necesario  de  una  organi- 
zación social  en  qu»  han  sido  de  todo  ponto 
olvidados  los  derechos  primordiales  é  inomisi- 
bles  de  que  la  naturaleza  ha  revestido  al  indivi- 
duo y  al  género  humano ! 

¿  Qué  lección  nos  ofrece  á  este  respecto  la  hia- 
toria  de  la  Union  Americana? 

En  un  siglo  de  vida  independiente,  este  país 
no  ha  visto  sino  una  sola  vez  perturbada  su  paz 
interior.  Desde  el  gobierno  de  Washington  hasta 
el  de  Lincoln;  es  decir,  desde  la  aurora  de  su  li- 
bertad hasta  nuestros  dias,  la  vida  doméstica  del 
pueblo  Americano  ha  corrido  sosegada,  como 
corre  la  nave  al  impulso  de  suaves  brisas  en  un 
mar  sin  bajíos  ni  escollos.  Nada  de  miras  pe- 
queñas; nada  de  intereses  ruines,  nada  de  rivali- 
dades mezquinas.  Las  ambiciones  vulgrares  y 
rastreras  se  han  avergonzado  de  presentarse  en 
un  teatro  que  no  es  el  suyo.  Las  pasiones  bas- 
tardas no  han  podido  vivir  bajo  ese  cielo  puro  y 
hermoso,  bajo  ese  cielo  limpio  de  los  miafgnas 
infectos  que  las  engendran,  y  solo  en  los  cuales 
hallan  los  elementos  y  las  condiciones  de  su 
odiosa  existencia. 

Una  sola  vez  ha  sido  perturbada  la  paz,  y  el 
mundo  entero  sabe  por  qué  sobrevino  la  pertur- 
bación. 

El  pueblo  americano  quiso  extirpar  un  vicio 
de  su  organización  original,  que  entorpecia  su 
progreso,  que  afeaba  sus  libres  instituciones,  y 
que  importaba  un  insulto  á  la  razón  y  una  atroz 
ofensa  á  la  humanidad.  El  vicio  fué  extirpado 
mediante  un  esfuerzo  digfno  de  un  grran  pueblo. 
La  generación  contemporánea  ha  contemplado 
atónita  una  lucha  de  titanes,  en  que  se  ha  pelea- 
do, no  por  el  triunfo  de  tal  ó  cual  caudillo,  no 
por  este  ó  aquel  miserable  interés  de  círculo,  si- 
no por  el  interés  de  un  principio,  de  una  noble 
idea,  de  un  sublime  sentimiento,  por  el  interés 
de  una  desgraciada  porción  del  género  humano. 

Después  de  cuatro  años  de  tremendos  comba- 
tes, en  que  la.sangre  corrió  á  torrentes,  muchos 
millones  de  esclavos  vieron  romperse  sus  cade- 
nas y  lucir  el  sol  benéfico  de  su  redención;  y  la 
nación  americana,  lavada  su  mancha,  se  presento 
con  la  frente  limpia  y  enhiesta  ante  las  demás 
naciones. 

Así  se  curan  las  llagas  sociales  por  los  pue- 


SECCIÓN  POLÍTICA—REPÚBLICA  de  chile 


47 


blos  que  quieren  curarlas,  por  los  pueblos  dota- 
dos de  una  gran  Toluntad. 

Es  la  libertad  la  que  obra  tales  maravillas  de 
fortaleza  j  abnegación. 

¡Bendición  para  esos  combates!  ¡bendición  pa- 
ra la  sangre  encelles  derramada!  ¡bendición  para 
el  pueblo  que  generosamente  la  derramó!  ¡Eter- 
no loor  á  su  triunfo! 

Fbancisco  Vabgas  Fontecillá. 

Hombre  de  Estado. 
Sa'ñtíago  de  ChiUt  1875. 


Las  democracias,  por  las  agitaciones  que  pro- 
ducen, j  por  los  intereses  y  pasiones  que  ponen 
en  juego,  suelen  llevar  recelos  á  algunos  espíri- 
tus demasiado  amantes  del  reposo  y  de  la  quietud, 
y  que  solo  divisan  el  lado  desfavorable  y  peligroso 
de  las  luclias  que  se  pueden  considerar  como  una 
condición  esencial  á  la  vida  de  los  pueblos  libres. 
Mas,  desde  que  sea  forzoso  aceptar  como  una 
verdad  incontrovertible  que  no  deben  existir  cas- 
tas, familias  ni  individuos  predestinados  al  gobier- 
no de  las  naciones,  sino  en  cuanto  merezcan  su 
confianza,  verdad  que  tiende  á  ser  cada  dia  mas 
universal;  desde  que  el  gobierno  del  pueblo  por 
si  mismo,  y  de  la  forma  que  las  leyes  determinen, 
cualesquiera  que  sean  sus  inconvenientes,  es  el 
que  mejor  que  cualquier  otro  consulta  el  goce  de 
los  derechos  del  inmenso  número,  y  el  que  mas 
bien  se  conforma  á  la  voluntad  del  verdadero  y 
único  interesado,  que  es  el  mismo  pueblo,  debe 
establecerse  que  la  democracia  es  el  ideal  de  go- 
bierno de  las  sociedades  humanas,  y  que,  tarde  ó 
temprano,  mejorándose  y  difundiéndose  la  ins- 
trucción, y  afianzándose  la  moralidad,  será  el  que 
adopten  todas  ellas,  con  aquellas  modificaciones 
que  su  índole  y  antecedentes  especiales  hagan 
necesarias. 


José  Alfonso. 

FoUtioo  y  Hinlatro  de  Estado. 


SmUiago  de  Chüe,  1877. 


La  incompatibilidad  de  funciones  entre  los 
^presentantes  de  las  diversas  ramas  del  poder 


político  es  de  una  importada  trascendental  en 
los  países  gobernados  por  el  reglen  democrático. 

Este  principio,  que  tiene  su  fundamento  en  la 
necesidad  de  evitar  la  aglomeración  de  cargos  de 
distinto  orden  gerárquico  en  manos  de  un  solo 
individuo,  debe  figurar  en  las  constituciones  de 
América,  como  una  de  las  bases  del  sistema  re- 
publicano. 

La  incompatibilidad  de  funciones  es  la  primera 
de  las  garantías  que  conviene  consultar  en  la 
legislación  de  un  pueblo,  si  se  quiere  mantener 
el  equilibrio,  la  fiscalización  y  la  independencia 
de  los  grandes  poderes  del  Estado. 

El  gobierno  representativo  se  aparta  de  los 
fines  sociales  que  está  llamado  á  servir,  siempre 
que  se  permite  la  confusión  de  atribuciones  que 
corresponden  á  poderes  diferentes.  La  acumula- 
cion  de  facultades  legislativas  con  otras  del  orden 
judicial,  ó  bien  del  administrativo,  mina  y  destru- 
ye el  contrapeso  que  deben  conservar  entre  sí 
las  divisiones  del  poder  social,  comprometiéndose 
por  el  mismo  hecho  la  armonía  y  la  libertad  que 
les  pertenecen  dentro  de  su  esfera  particular  de 
acción. 

La  experiencia  histórica  nos  enseña  que  la 
libertad  política  es  una  quimera,  si  no  se  mantiene 
rigurosamente  la  independencia  de  cada  poder  en 
el  desempeño  de  sus  deberes  y  facultades  al  abrigo 
de  toda  invasión  de  parte  de  los  otros.  La  repú- 
blica degenera  entonces  y  se  convierte  en  oligar- 
quía de  familias  6  en  un  sistema  de  intereses 
personales,  y  se  forma  una  clase  privilegiada  de 
ciudadanos,  que  son  al  propio  tiempo  miembros 
del  Congreso,  altos  dignatarios  de  la  adminis- 
tración y  ministros  de  los  tribunales  de  justicia. 

Se  concibe  fácilmente  que  este  estado  de  cosas 
trae  como  consecuencia  ineludible  la  existencia 
de  mandatarios  irresponsables  que,  desvirtuando 
su  cometido,  sirven  á  su  ambición  personal  antes 
que  á  la  felicidad  y  progreso  de  la  nación. 

El  principio  de  incompatibilidad  aplicado  con 
lógica  produciría  las  siguientes  ventajas: 

1^  Impediría  la  acumulación  de  facultades  de 
orden  diverso  en  un  mismo  f uncionarío,  haciendo 
desaparecer  las  dualidades  de  carácter  que  son 
tan  embarazosas  y  perjudiciales  al  buen  servicio 
público. 

2^  Garantizaría  el  equilibrio  é  independencia 
de  los  altos  poderes  del  Estado,  impidiendo  que 
se  invadan  en  su  acción  ó  que  prepondere  el  uno 
sobre  los  otros. 


48 


AMÉRICA  LITERARIA 


3^  Qnitaria,  ó  á  lo  menos  debilitaría  el  interés 
qne  tienen  los  gobiernos  en  las  elecciones  popu- 
lares, porque  sin  el  estímalo  de  hacer  elegir 
miembros  del  Congreso  á  los  empleados  de  su 
dependencia  inmediata,  no  ejercerían  presión,  ni 
tomarían  partido  en  estos  actos,  reduciendo  su 
papel  al  de  simples  ejecutores  de  las  leyes. 

4^  El  poder  judicial  alcanzaría  la  imparciali- 
dad, el  prestigio  y  el  respeto  que  solo  puede 
atraerle  el  alejamiento  de  sus  miembros  de  las 
luchas  políticas;  y  conseguiría  colocarse  en  apti- 
tud de  aplicar  la  ley  con  espírítu  desapasionado, 
dirimiendo  los  conflictos  de  las  otras  autorídades 
y  las  contiendas  entre  estas  y  los  ciudadanos. 

Aniceto  Vebgaba  Albano. 

Abogado.  FoUtioo  7  Diplomático. 
Santiago  de  Chile,  1872. 


Los  contituyentes  de  1833  quisieron  robuste- 
cer la  autorídad,  aniquilar  la  anarquía.  Este  fué 
su  punto  de  mira,  y  á  f  é  que  supieron  llegar  á 
él  con  habilidad  y  con  fortuna. 

La  Constitución  toda  entera,  de  principio  á 
fin,  converge  á  ese  propósito.  La  autorídad  del 
Presidente  de  la  República  lo  domina  todo:  tiene 
en  su  mano  la  provisión  de  los  cargos  públicos, 
civiles  y  militares;  le  pertenece  por  completo  la 
administración  del  Estado;  la  acción  municipal 
está  subordinada  á  su  voluntad;  los  ascensos  y 
promociones  de  la  judicatura  le  dan  una  vasta 
influencia  en  ese  ramo;  se  halla  investido  del 
derecho  de  gracia  para  suspender  la  aplicación 
de  las  leyes;  ¿qné  se  escapa,  pues,  á  su  enorme 
poder  P 

Esta  máquina  formidable  de  omnipotencia  no 
podría  ser  debilitada  con  solo  cambiarse  un  ro- 
daje aquí,  una  pieza  mas  allá.  Para  que  se 
restablezca  el  conveniente  equiHbrío  entre  los 
poderes  públicos;  para  que  no  sea  posible  en 
momento  alguno  que  una  voluntad  soberana 
grravite  sin  contrapeso  en  los  destinos  de  la  Re- 
pública; para  que  se  refleje,  en  fin,  en  la  ley 
orgánica  del  Estado  la  situación  política  y  social 
que  hemos  alcanzado  después  de  cuarenta  años 
de  lenta,  pero  segura  marcha  en  la  senda  del 
progpreso  y  en  las  prácticas  de  la  vida  libre,  es 
indispensable  que  la  Constitución  de  1833,  mo- 
numento erijido  en  homenage  al  principio  de 


autorídad,  sea  revisada  en  todos  sus  detalles,  y 
corregida  en  una  forma  armónica. 

El  vicio  capital  de  nuestra  vida  poHtioa,  la 
intervención  electoral  que  falsea  períódicamente 
la  voluntad  de  los  pueblos,  minando  por  sa  base 
el  sistema  representativo,  no  será  estirpado  mnó 
el  dia  en  que  el  poder  ejecutivo  no  tenga  los 
medios  de  llevar  á  todas  partes  el  peso  irresisti- 
ble de  su  influencia.  Mientras  eso  no  suoeda,  de 
nada  servirán  nuestros  vanos  lamentos:  la  ame- 
naza, la  seducción,  todas  las  malas  artes  que 
aseguran  y  robustecen  la  dominación»  seguirán 
haciendo  su  juego. 

No  hay  que  dudarlo:  con  una  reforma  muti- 
lada, incompleta,  medrosa,  de  la  Carta  Funda- 
mental, no  se  satisfarían  los  legítimos  intereses 
de  ningruno  de  los  partidos  que  militan  en  la 
política:  se  satisfaría  mucho  menos  el  vivo  anhe- 
lo manifestado  por  el  pais  de  que  sus  institu- 
ciones fundamentales  dejen  de  ser  la  base  de 
granito  de  la  omnipotencia  del  Ejecutivo  para 
no  ser  otra  cosa  que  el  escudo  del  derecho,  la 
palanca  del  progreso. 

YlCBKTB  RbTBS. 
Abosado. 
Santiago  de  Chüe,  1877. 


(Fragmento  de  un  diioano  pronunciado  en  el  Congrefo  de 
Cbile,  sobre  libertad  de  la  tamba) 

Me  despido,  pues,  de  la  discusión  en  el  terreno 
propio  de  la  iglesia,  porque  en  materias  espiri- 
tuales y  de  su  privativa  apreciación,  le  recono- 
cemos su  mas  completa  libertad  é  independencia. 

Yamos  entonces  al  Estado,  á  reflexionar  un 

instante  sobre  nuestra  organización  política,  sobre 

las  consecuencias  que  se  derivan  del  fondo  liberal 

de  la  República,  sobre  nuestros  deberes  como 
hombres  de  convicciones,  como  representantes  del 

pueblo,  como  lejisladores  que  anhelamos  el  desar- 
rollo armónico  de  las  fuerzas  productoras  del 
progreso  moral  é  intelectual  del  país. 

Señores:  nuestro  disentimiento  consiste  en  los 
flnes  complejos  que  nuestros  adversarios  atribu- 
yen al  Estado,  y  el  fin  restringido  á  que  nosotros 
lo  aplicamos,  como  organización  del  poder  público 
encargado  de  regular  la  acción  del  hombre  social. 
Este  disentimiento  ajita  al  mundo  civilizado  y  lo 
conmueve  en  sus  fundamentos  políticos,  produ* 


SECCIÓN  POLÍTICA — bbpública  de  chilb 


49 


oiendo  dos  tendencias  bien  oaracteriEadas,  de 
clara  7  distinta  fisonomia. 

La  una  tendencia,  de  {ndole  reUgriosa,  sojuzga 
al  Estado,  imponiéndole  su  fé,  manteniendo  pri- 
vilegios, cargas  y  escepoiones,  qne  emanan  de  la 
ñatnraleía  propia  de  la  idea  religiosa.  La  otra, 
de  índole  puramente  humana,  civil,  tiende  á  limi- 
tar la  aooion  del  Estado,  en  sus  formas  mas  sim- 
ples, encargándole  de  garantir  la  propiedad  y  la 
libertad. 

Asf,  señores,  mientras  una  tendencia  anhela 
los  favores  del  Estado  para  invadir  ó  restringir 
la  libertad,  la  otra  busca  en  el  Estadd  el  amparo 
de  una  libertad  sin  restricciones,  igual  para  todos, 
de  una  libertad  que  en  la  ley  y  en  los  actos  cor- 
responda á  la  noción  del  derecho. 

Estas  tendencias  políticas  son  de  carácter 
general,  afectan  al  movimiento  universal  del 
progreso  humano,  engpendrando  corrientes  de  opi- 
nión que  se  contradicen,  antagonismo  de  intere- 
ses, partidos  políticos  que  luchan  activamente 
por  influir  en  los  destinos  del  mundo. 

Lo8  señores  conservadores,  que  representan 
una  de  estas  tendencias  en  Chile,  quieren,  como 
todos  los  políticos  de  su  escuela,  dominar  al  país 
dentro  de  su  f  é  religriosa  y  de  las  prácticas  de  la 
tradición;  nosotros,  los  liberales,  queremos,  como 
lo  he  dicho  ya,  el  dominio  del  derecho  fundado 
en  la  raaon  pública,  y  desarrollado  sobre  la  mas 
amplia  libertad  individual  y  sobre  la  mas  com- 
pleta igualdad  civil. 

Son  estas  intenciones  y  estas  tendencias  las 
qne  provocan  esta  viva  discusión,  la  lucha  en  que 
estamos  emi>eñado8.  Noble  y  legrítima  lucha,  sin 
duda,  porque  arranca  su  origen  de  nuestro  amor 
á  la  verdad  y  de  nuestra  mutua  consagración  á 
la  prosperidad  y  al  engrandecimiento  público. 

Los  liberales  sostenemos,  como  acabo  de  decir- 
lo, que  el  Estado  es  la  organización  del  poder 
publico  encargado  de  garantir  la  propiedad  y  la 
libertad. 

Apliquemos  el  principio  al  proyecto  de  ley  que 
nos  ocupa. 

La  propiedad  es  sagrada,  pues  ella  sirve  de 
base  al  bienestar  y  á  la  actividad  del  hombre.  Y 
la  libertad  es  igualmente  sagrada,  porque  ella 
interesa  necesariamente  al  desarrollo  moral  é 
intelectual  del  individuo. 

Prevalecen  así,  dos  ideas  capitales :  la  propiedad 
y  la  libertad. 

Sabemos  muy  bien  que  la  propiedad  es  mate- 


rial é  intelectual.  La  ley  de  cementerios  no  tiene 
relación  con  la  propiedad  intelectual.  Y  en  cuan- 
to á  la  propiedad  material,  al  dominio  que  se 
atribuye  á  la  iglesia,  ya  probaré  muy  luego  cémo 
la  ley  no  vulnera  derecho  algruno  legítimo,  y 
asegura,  por  el  contrario,  la  acción  legal  de  aque* 
líos  que  en  nombre  de  la  autoridad  eclesiástica 
pretenden  la  absoluta  propiedad  de  los  oemMite* 
ríos  del  Estado. 

Conformándonos  con  nuestra  teoría,  y  llenan- 
do nuestros  deberes  de  legisladores,  no  solo  debe- 
mos asegurar  la  propiedad,  pues  tenemos  el  deber 
estríete  de  garantir  la  libertad.  Ella  se  refiere 
sustancialmente  al  pensamiento  y  abraza  sus 
naturales  manifestaciones.  Luego  debemos  con- 
firmar en  nuestras  leyes  la  libertad  del  pensa- 
miento en  la  palabra,  verbo  de  la  idea,  y  espresion 
la  mas  alta  de  las  concepciones  de  la  inteligencia. 

El  pensamiento,  señores,  sea  individual  ó  colec- 
tivo, no  puede  producirse  ni  vivir  en  el  Estado, 
sino  á  condición  de  que  exista  la  mas  completa 
libertad: 

1°  En  la  palabra  hablada; 

2^  En  la  palabra  escríta; 

3*>  En  la  palabra  profesada. 

La  palabra  hablada  principia  en  la  familia  y 
crea  la  necesidad  de  la  libertad  individual ;  con- 
tinua en  varías  familias  ó  en  sus  relaciones 
particulares  y  crea  la  necesidad  de  la  libertad 
civil;  y  termina  en  la  colectividad  de  los  ciuda- 
danos creando  la  necesidad  de  la  libertad  polí- 
tica. 

La  palabra  escríta,  sea  en  el  folleto,  en  el 
libro  ó  en  el  diarío,  crea  la  necesidad  de  la  li- 
bertad de  la  prensa,  este  agente  poderoso  de  la 
actividad  general,  esta  fuerza  eléctríca,  sin  duda 
la  mas  útil  y  provechosa  del  progreso  moderno. 

Y  por  último,  la  palabra  profesada,  que  naoe 
de  los  sentimientos  de  la  fé,  de  las  relaciones 
del  hombre  con  Dios,  de  la  esperanza  en  la  vida 
futura,  crea  la  necesidad  de  la  libertad  de  con- 
ciencia. 

La  presente  ley  no  tiene  relación  con  la  liber- 
tad de  la  palabra  hablada  y  escríta,  pues  la  tie- 
ne íntima  y  considerable  con  la  libertad  de  la 
palabra  profesada,  6  sea  la  libertad  de  conciencia. 

Evitemos  todo  equívoco.  jQué  debemos  en- 
tender  por  libertad  de  conciencia?  No  otra 
cosa,  á  mi  juicio,  que  la  facultad  de  dirígirse  á 
Dios,  de  servirle  segpun  la  fé,  y  de  tríbutarle 
culto. 


50 


AMÉRICA  LITERARIA 


Esta  facultad  es  interna  y  extema.  Como  la 
interna  se  refiere  á  relaciones  de  carácter  pura- 
mente moral  ó  intelectual,  no  cae  bajo  la  acción 
de  la  ley  positiva  humana. 

La  facultad  extema  puede  ser  privada  6  pú- 
blica. Ocupándonos  de  cementerios  públicos, 
debemos  discurrir  con  prescindencia  de  todo 
aquello  que  se  refiere  al  cuitó  privado. 

Es  indudable  que  en  los  cementerios  se  prac- 
tican públicamente  ceremonias  religiosas,  que 
la  ley  debe  amparar  permitiendo  su  libre  mani- 
festación. 

Es  a^dmismo  evidente  que  en  los  cementerios 
públicos  no  es  posible  autorizar  la  inhumación 
de  los  cadáveres  con  las  ceremonias  religiosas 
de  un  solo  culto,  pues  ello  ofendería  á  todos 
aquellos  que  no  lo  profesen.  Luego,  para  que 
haya  perfecta  libertad  de  conciencia  en  los  ce- 
méntenos del  Estado,  es  menester  que  cada  uno 
pueda  descender  á  la  tumba  con  las  preces  y 
con  las  prácticas  religiosas  de  su  fé,  de  su  con- 
ciencia. 

T  bien,  señores,  ¿la  libertad  de  conciencia  que 
sostienen  nuestros  advérsanos  es  acaso  la  misma 
libertad  de  conciencia  que  nosotros  defendemos? 
Parece  que  la  libertad  de  conciencia  de  sus 
señorías  es  parcial,  esclusiva,  para  los  católicos; 
al  paso  que  la  nuestra  es  absoluta,  para  todos, 
y  esto  por  razón  de  verdad  política  y  de  sana 
lógica. 

Porque  al  fin,  ¿qué  es  la  L'bertad  y  en  qué 
consiste  P  Nuestros  adversaríos  lo  saben  muy 
bien:  es  el  conjunto  de  cualidades  en  virtud  de 
las  cuales  el  derecho  de  cada  uno  puede  coexis- 
tir en  el  derecho  de  todos. 

Ahora  bien :  la  f  é  religiosa,  las  relaciones 
del  hombre  con  Dios,  ¿suponen  el  derecho  de 
tríbutarle  culto  P  Esto  es  indudable. 

No  ha  existido  pueblo,  sociedad  ó  individuo, 
que  no  sienta  en  su  alma  esta  necesidad  que 
procede  de  la  inmortalidad  del  espíritu,  de  la 
idea  de  la  vida  futura,  de  la  afirmación  de  Dios. 
Luego  el  derecho  de  adorar  á  Dios  y  de  tríbu- 
tarle culto  es  un  derecho  imprescríptible,  eterno, 
que  se  funda  en  nuestra  naturaleza  y  en  senti- 
mientos de  carácter  universal. 

Mas  no  todos  los  pueblos,  ni  todos  los  hom- 
bres, ni  todos  los  chilenos,  tríbutan  culto  á 
Dios  del  mismo  modo.  No  ha  habido  antes  ver- 
dadera unidad  de  creencias,  ni  la  habrá  jamás. 
Luego  no  practicando  todos  los  chilenos  un 


mismo  culto,  una  misma  f  é,  y  teniendo  todos  un 
mismo  derecho  para  dirígrirse  á  Dios  y  tríbu- 
tarle culto,  es  claro  que  este  derecho  no  puede 
existir  de  un  modo  parcial,  esclusivo  para  los 
unos  y  de  esclusion  para  los  otros;  luego,  es 
necesarío  que  el  derecho  de  cada  uno  pueda 
coexistir  en  el  derecho  de  todos,  porque  sólo  así 
el  derecho  será  perfecto,  y  porque  sólo  así  habr¿ 
la  libertad  de  conciencia  que  sirve  de  funda- 
mento al  proyecto  que  debatimos. 

No  olviden  nuestros  adversaríos  que  el  dere- 
cho único  y  esclusivo  de  la  verdad  católica» 
puede  ser  una  doctrina  de  la  Iglesia;  pero  no 
olviden  también  que  las  necesidades  de  los 
tiempos,  la  diversidad  de  opiniones,  de  creencias, 
de  sentimientos  y  aun  de  intereses,  hacen  nece- 
saría  la  tolerancia  que  el  legislador,  aun  siendo 
católico,  y  aun  sosteniendo  la  verdad  católica» 
debe  aplicar  políticamente  para  consag^rar  el 
derecho  de  todos,  sobre  bases  de  verdadera  liber- 
tad. Y  esto  porque  si  la  libertad  de  conciencia 
no  permite  que  se  oprima  a  la  f é  católica  en 
nombre  de  otra  religión  ó  del  libre  pensamiento, 
tampoco  permite  que  en  nombre  de  la  Iglesia  se 
opríma  á  los  que  no  piensan  como  ella,  á  los 
que,  creyendo  en  la  vida  futura,  no  creen  sin 
embargo  que  por  solo  el  camino  del  catolicismo 
se  sube  hasta  Dios. 

Hé  aquí,  señores,  nuestra  libertad  de  con- 
ciencia. 

La  invocamos  para  todos,  para  los  católicos 
en  primer  lugar,  y  para  aquellos  que,  no  siendo 
católicos,  tienen  no  obstante  los  favores  con  que 
á  todos  protege  la  ley  común. 

Esta  es  nuestra  fé  política,  y  este  el  críterío 
que  aplicamos  á  la  ley  de  cementeríos,  que  tan 
viva  discusión  produce  en  la  opinión  y  en  el 
seno  del  Congreso. 

José  Manuel  Balmacsda. 

Polltleo,  OnMlor  7  Dlplomátíoo. 
Santiago  de  Chüe,  1877. 


(Del  discorso  de  apertura  de  la  Exposidon  Intemaeional 
de  Chile— Setiembre  16  de  1876.) 

El  progreso  debe  marchar  paralelo  con  todas 
las  manifestaciones  de  la  actividad,  y  solamen- 
te así  puede  corresponder  á  una  civilización 
completa.  Si  el  libre  movimiento  de  los  intere- 
ses industriales  en  Chile  ha  aumentado  la  ríque- 


SECCIÓN  POLÍTICA — república  db  ouilb 


51 


la  nacional  y  el  bienestar  del  pueblo,  también 
ha  ensanobado  los  borízontes  intelectuales  y 
morales;  y  es  lógico  que,  al  tratar  de  conocer  el 
ponto  á  qne  bemos  llegado,  nos  presentemos  on 
cnadro  general  de  todo  el  desarrollo.  No  podría- 
mos apreciar  de  otro  modo  la  importancia  de  las 
necesidades  ni  el  valor  de  las  fuerzas  que  nos 
harán  marchar  «delante.  Y  es  necesario  que 
marchemos,  porque  necesitamos  rehacer  nuestra 
Tida,  adecuando  nuestro  pasado  social  á  la  civi- 
liíacion  moderna,  mediante  la  paz  y  el  progreso 
que  en  ella  se  multipUca,  y  que  presta  á  las 
instituciones  democráticas  una  base  sólida.  En 
la  paz  prospera  el  trabajo  y  se  aprende  el  cum- 
plimiento del  deber,  premisas  que  llevan  ú  los 
pueblos  al  pleno  goce  de  sus  derechos. 

Federico  Errázuriz. 

Hombrt  «U  Bafeado.  «(«PrealdmiU  (U  la  Eepúblim. 


(Del  Mennije  diri^do  al  Congreso  Naoioxial  en  lo  de 

Junio  de  1877.) 

En  el  año  que  ha  transcurrido  ha  dado  nuestro 
pueblo  la  prueba  mas  elocuente  de  los  progresos 
que  ha  hecho  en  la  práctica  de  las  instituciones 
republicanas.  Pasada  la  excitación  que  ocasionó 
la  renovación  de  todos  los  poderes  constituciona- 
les, los  ciudadanos  volvieron  á  sus  ocupaciones 
ordinarias,  sin  llevar  en  el  corazón  ningún  resen- 
timiento por  las  divisiones  pasadas,  y  persuadidos 
de  que  cada  uno,  en  la  conducta  observada,  habia 
obedecido  á  sus  convicciones. 

Esta  disposición  general  de  los  ánimos  ha  faci- 
litado la  marcha  del  gobierno  y  este  ha  podido 
dedicarse  á  la  misión  de  ejecutar  las  leyes  y  diri- 
gir la  administración  pública  sin  ver  turbada  su 
acción  por  el  espíritu  de  partido. 

Los  progresos  con  tanta  facilidad  realizados 
deben  servimos  de  estímulo  para  continuar  la 
obra  de  regeneración  que  desde  el  establecimiento 
de  la  república  viene  persiguiendo  nuestro  país. 
Si  las  reformas  inconsultas  ó  violentas  son  causa 
ordinaria  de  conflictos,  las  que  aconta  ja  la  ezps- 
riencia  y  se  realizan  deipuas  de  una  libre  y  razo- 
nada discusión,  estrechan  los  lazos  qua  unen  á  los 
ciudadanos  y  afianzan  los  intereses  legítimos  de 
la  nación. 


I 


Somitiago  d$  CMU,  1877. 


Aníbal  Pinto. 

PreaidenU  de  le  Bepúblloe. 


FRAGMENTO 

No  habia  paises  peor  preparados  para  la  repú- 
blica que  las  colonias  españolas.  Por  las  venas  de 
sus  moradores  corría  la  sangre  del  pueblo  maa 
monárquico  de  la  Europa,  de  un  pueblo  que  profe- 
sa idolatría  á  sus  reyes,  de  un  pueblo  que  tal  vez 
ha  hecho  mas  sacrificios  para  defender  el  absolu- 
tismo de  sus  soberanos,  que  otros  para  conquis- 
tar la  libertad.  La  educación  del  coloniaje  habia 
robustecido,  en  lugar  de  combatirlas,  esas  ten- 
dencias de  raza.  El  gobierno  mas  despótico  y 
arbitrarío  habia  creado  en  el  Nuevo  Mundo 
costumbres  é  ideas  favorables  á  la  forma  monár- 
quica. Así,  los  americanos,  por  su  origen,  por  «I 
atraso  de  su  civilización,  por  sus  hábitos,  parecían 
predestinados  á  darse  un  nuevo  amo  en  el  momen- 
to de  renegar  á  la  España  como  á  dura  y  desapia- 
dada madrastra. 

Sin  embargo,  la  revolución  de  1810,  en  vea 
de  dos  6  tres  monarquías,  como  algunos  lo 
aguardaban,  crea  en  América  diez  ú  once  repú- 
blicas. 

¿  Por  qué,  señores  ? 

Durante  aquella  época  memorable,  no  faltan 
los  partidarios  de  esa  forma  de  gobierno.  Ese 
sistema  cuenta  con  hombres  de  ciencia  y  con 
hombres  de  espada,  con  hombres  que  ponen  á  su 
servicio  todo  el  prestijio  del  saber,  todas  las 
intrigas  de  la  diplomacia,  con  hombres  que  poseen 
la  fuerza,  que  mandan  ejércitos!  La  mayoría  de 
los  crioUos  está  educada  para  la  tiranía,  está 
habituada  al  servilismo.  ¿Cómo  es  entonces  que 
no  triunfa  ese  sistema? 

La  razón  es  muy  sencilla. 

Eso  depende  de  que,  por  mas  que  los  buscan, 
no  encuentran  en  ning^una  parte  ni  monarca  que 
sentar  sobre  el  trono,  ni  nobles  que  compongran 
su  corte.  Todos  los  americanos  se  consideran 
iguales  entre  sí,  se  consideran  iguales  á  los 
europeos,  iguales  á  todos  los  hombres.  Nadie  cree 
en  las  castas;  nadie  admite  la  predestinación  de 
ciertas  familias  y  de  ciertos  individuos  para  el 
mando.  Cuando  en  una  sociedad  hay  tAles  convic- 
ciones, no  puede  colocarse  á  una  sola  persona 
bajo  el  solio;  es  preciso  que  todos  los  ciudadanos 
se  coloquen  á  su  sombra.  El  pueblo  es  el  único 
soberano  posible. 

Hé  ahí  el  motivo  que  impidió,  que  impedirá 
siempre  en  América,  el  establecimiento  de  monar- 
quías ó  de  oosas  que  se  les  parezcan. 


52 


AMÉBICA  LITEBABIÁ 


Estimándose  todos  iguales,  liay  machos  que  se 
oreen  oon  derecho  de  aspirar  al  honor  de  dirigir 
BU  nación.  Con  semejante  conyencimiento,  la 
reyeoía  y  ooalqmer  otro  gobierno  de  por  vida, 
■on  una  quimera,  nn  absurdo. 

Para  qae  no  quedara  la  menor  duda  sobre  esta 
▼erdad,  qniso  Dios  qne  desde  el  principio  de 
nuestra  revelación  se  intentara  sin  fruto  y  sin 
eonsecuencias  saludabled  el  ensayo  de  las  dos 
combinaciones  conocidas  de  esa  forma  de  gobier- 
no, y  que  tuvieran  por  padrinos  á  los  dos  hombres 
mas  eminentes  de  la  independencia,  á  los  dos 
héroes  mas  ilustres  de  la  América  moderna. 

Bolívar  y  San  Martin  no  eran  republicanos. 
El  primero  trabajó  por  constituir  en  las  colonias 
emancipadas  presidencias  vitalicias,  creadas  en 
favor  de  los  jefes  militares  que  mas  hablan  sobre- 
salido en  la  guerra  contra  la  metrópoli;  es  decir, 
en  provecho  suyo.  El  segundo  deseó  fundar 
monarquías  constitucionales  con  príncipes  traí- 
dos de  las  dinastías  europeas.  El  uno  se  lisonjeó 
de  improvisar  reyes  por  la  gracia  de  la  victoria, 
y  buscó  sus  títulos  en  los  grandes  servicios  pres- 
tados á  la  patria:  el  otro  procuró  continuar  en  el 
nuevo  mundo  y  en  el  siglo  diez  y  nueve,  los  reyes 
por  la  gracia  de  Dios,  y  buscó  un  apoyo  á  sus 
tronos  en  el  principio  gastado  de  la  l^itimidad, 
lios  dos  quedaron  burlados  en  sus  planes,  y  los 
dos  llevaron  á  la  tumba,  como  justo  castigo  de  su 
error,  el  pesar  de  un  triste  desengaño. 

El  sistema  de  San  Martin,  menos  ambicioso, 
pero  mas  quimérico  que  el  de  su  émulo,  no  fué 
•inó  el  pensamiento,  el  sueño  de  ciertos  políticos 
que,  como  sucede  á  veces,  por  ser  demasiado  previ- 
sores, demasiado  sabios,  no  supieron  apreciar 
oonvenientemente  la  marcha  de  la  revolución  y  el 
tetado  de  las  ideas.  Notaron  las  dificultades  que 
ee  ofrecían  para  que  la  América  fuera  republica- 
na, y  no  vieron  que  las  habia  mayores  para  que 
fuese  monárquica.  Ese  falso  juicio  los  precipitó 
en  una  orasa  equivocación.  La  esperiencia  no 
tardó  en  dar  á  sus  ilusiones  un  completo  desmen- 
tido. Así  es  que  la  historia  de  esos  proyectos 
monárquicos  está  reducida  á  unas  cuantas  nego- 
eiaoiones  estériles.  Todo  el  ]K)der  de  los  soberanos 
europeos  que  los  fomentaban,  todo  el  genio  de 
Chateaubriand  que  los  patrocinaba,  no  alcanzaron 
á  hacerlos  triunfar. 

El  gobierno  de  Buenos  Aires  ofreció  la  corona 
primero  al  infante  D.  Francisco  de  Paula,  hijo 
de  Carlos  lY,  y  en  seguida  á  un  príncipe  de  Luoa: 


después  de  varias  notas  cambiadas  y  de  algunas 
estipulaciones,  uno  y  otro  rehusaron  el  regalo. 

Entre  tantos  vastagos  de  sangre  real,  sin 
patrimonio,  no  se  presentó  uno  solo  que  quisiera 
admitir  el  obsequio  de  un  reino ! 

Es  que  la  donación  no  era  gratuita;  es  que  eee 
reino  tenian  que  conquistarlo  á  la  oábesa  de  un 
ejército;  es  que  para  empuñar  el  cetro  que  ee  lee 
prometía,  necesitaban  sostener  una  guerra  larga, 
sangrienta,  de  resultados  mas  que  dudosos  para 
el  príncipe  aventurero  que  lo  pretendiese. 

¿De  dónde  sacaba  ese  ejército?  ¿de  dónde 
desenterraba  los  millones  que  habia  menester 
para  la  empresa?  ¿dónde  encontraba  los  hombres 
que  hablan  de  formar  su  cortejo? 

Ese  monarca  que,  á  despecho  de  las  cosas,  se 
trataba  de  improvisar,  ó  era  un  Borbon,  ó  se 
escogía  entre  las  demás  familias  reales  del  Yiejo 
Mundo.  En  el  primer  caso,  ¿  cómo  hablan  jamás 
los  criollos  de  doblar  la  rodilla  ante  uno  de  los 
miembros  de  esa  dinastía  que  detestaban,  contra 
la  cual  hablan  combatido  á  costa  de  tantos  sacrifi- 
cios, que  hablan  vencido  en  los  campos  de  batalla? 
En  el  segundo  caso,  ¿  cómo  hablan  de  obedecer  á 
unp  ríncipe  extranjero,  cuyo  idioma  no  entende- 
rían, que  profesaría  tal  vez  una  religfion  distinta, 
que  no  tendría  con  ellos  ning^una  de  las  relacio- 
nes que  ligan  á  los  hombres? 

Se  presta  á  Bolívar  una  frase  espirítual  que 
envuelve  la  crítica,  mas  completa  de  semejante 
sistema.  uJJn  rey  europeo  en  Améríca,  deoia  el 
fundador  de  Colombia,  será  el  rey  de  las  ranas «. 
Efectivamente,  un  monarca  como  lo  concebía  San 
Martin,  no  habría  podido  gobernar,  porque  no 
habría  hallado  subditos  que  le  respetasen.  La 
duración  de  su  reinado  se  habría  contado  por 
meses  y  no  por  años. 

Pero  si  este  plan  era  irrealizable,  el  de  Bolívar 
lo  era  poco  menos.  ¿  Quién  seria  el  presidente 
vitalicio  entre  tantos  jefes  de  un  méríto  poco 
más  ó  menos  igual,  ambiciosos,  llenos  de  un  noble 
orgullo  por  sus  servicios,  que  no  estaban  dispues- 
tos por  ningim  pienso  á  reconocer  superíoresP 

Si  alguien  lo  hubiera  merecido,  habría  sido 
Bolívar,  el  primer  guerrero  amerícano,  el  liber- 
tador de  cinco  repúblicas.  Bolívar  lo  intentó; 
pero  su  pronta  calda  suministró  una  prueba  irre- 
cusable de  la  vanidad  de  sus  proyectos.  Ese  grande 
hombre,  cuyas  sienes  rodeaba  una  tan  brillante 
aureola  de  gloría,  fué  á  morír  oscura  y  misera- 
blemente en  un  destierro,  olvidado  de  sus  anií- 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  de  chile 


53 


gaos  compañeros  de  armas,  maldecido  quizás  por 
los  pueblos  mismos  que  habia  emancipado,  ;él, 
qne  había  soñado  para  s{  la  dominación  de  toda 
la  América  del  Sud!  T^todavía  en  sus  últimos 
momentos  pudo  mny  bien  dar  gracias  al  cielo  de 
que  no  se  hubiera  cambiado  en  un  cadalso  el  trono 
que  habia  ambicionado. 

Lo  que  BolÍTar  no  consignó,  ¿quién  lo  conse- 
gruiríaP 

Frescos  están  los  ejemplos  de  las  espantosas 
oaidas  que  han  dado  cuantos  después  han  tenido 
la  pretensión  de  imitarle.  La  triste  suerte  que 
han  corrido  todos  esos  ambiciosos  imprevisores  j 
▼iflionarios,  debe  ser  un  escarmiento  para  los  que 
participen  de  sus  ideas.  La  desgracia  que  los  ha 
seguido  en  sus  empresas,  como  el  remordimiento 
al  culpable,  debe  infundirles  el  convencimiento 
de  que  en  América  las  dictaduras,  las  presiden- 
cias vitalicias,  son  imposibles. 

Los  semi-dioses  no  son  de  este  tiempo. 

Desde  que  el  mérito  personal,  j  no  la  casuali- 
dad del  nacimiento,  es  el  título  legítimo  para 
obtener  los  honores  j  las  dignidades,  hay  muchos 
que  se  creen  con  derecho  de  alcanzarlos,  y  esos 
no  tolerarán  nunca  que  otro,  quien  quiera  que 
sea,  se  los  arrebate  para  siempre. 

En  esta  época  el  monopolio  del  poder  no  pue- 
de ser  duradero.  La  creencia  en  la  igualdad  de 
todos  los  hombres  trae  consigo  la  participación 
de  todos,  según  sus  capacidades  y  virtudes,  en  el 
gobierno  de  las  sociedades.  Ni  la  monarquía 
hereditaria,  ni  la  monarquía  electiva  6  presiden- 
cia vitalicia  cumplen  con  esa  condición.  Esas  dos 
f<»mas  de  gobierno  tienen  por  base  el  privilegio, 
la  esclusion.  Es  eso  lo  que  las  condena,  lo  que 
hace  de  ellas  un  anacronismo  en  el  siglo  xix,  lo 
que  las  convierte,  para  la  América  sobre  todo, 
en  un  plagio'  impracticable. 

He  dicho  mas  arriba  que  Bolívar  habia  resu- 
mido'en  una  corta  frase  la  crítica  del  sistema 
propuesto  por  San  Martin.  Este  último  le  pagó 
la  deuda,  y  le  criticó  el  suyo  con  otra  frase  mas 
pintoresca  y  no  menos  profunda :  u'No  podremos 
nunca,  decia  San  Martin,  hablando  de  las  dicta, 
doras  soñadas  por  Bolívar,  obedecer  como  á  sobe- 
rano á  un  individuo  con  quien  habremos  fumado 
nuestro  cigarro  en  el  campamento /^  Este  pensa- 
miento, trivial  en  su  espresion,  comprensivo  en  su 
significado,  envuelve  una  verdad  incontestable. 
Laesperiencia  ha  probado  con  hechos  toda  la  exac- 
titud y  todo  el  alcance  de  esa  sagaz  observación* 


Bolívar  y  San  Martin,  el  uno  con  su  proyecto 
de  monarquías  exóticas,  el  otro  con  su  plan  de 
presidencias  vitalicias,  se  equivocaban  grande- 
mente. La  América  no  podia,  no  puede  ser  sino 
republicana. 

El  gran  Washington,  mas  hábil,  mas  moral 
que  San  Martin  y  que  Bolívar,  lo  comprendió 
así,  iluminado  por.su  admirable  buen  sentido,  y 
guiado  por  la  austeridad  de  su  conciencia.  Si 
alguien  en  un  pueblo  moderno  hubiera  contado 
con  probabilidades  de  ser  rey,  habría  sido  ese 
santo  de  la  demacrocia,  ese  guerrero  esforzado, 
ese  varón  respetable  que  habia  conducido  sus 
compatriotas  á  la  gloria  y  á  la  libertad.  Si 
alguien  hubiera  podido  alegur  títulos  para  man- 
dar perpetuamente,  habria  sido  por  cierto  ese 
hombre  sobre  cuya  tumba  se  pronunciaron  por 
oración  fúnebre  estas  palabras,  que  seguramente 
merecía:  ^Ha  sido  el  primero  en  la  guerra,  el 
primero  en  la  paz,  el  primero  en  el  amor  de  sus 
conciudadanos '^  Sin  embargo,  Washing^ton,  que 
disponía  de  tantos  recursos  para  sostenerse,  reci- 
bió con  horror  y  desechó  con  indignación  la 
propuesta  que  le  hizo  su  ejército  de  proclamarle 
rey.  Habria  mirado,  su  admisión  no  solo  como  un 
crimen  de  lesa-pátria,  sino  también  como  una 
torpeza  política.  La  verdad  es  que  Washigton 
mismo  no  se  habria  sostenido  sobre  un  trono. 

Miguel  Luis  Amunátsgui. 

Hombre  de  Eetado  é  Hletorlador. 


LECCIONES  DE  POLÍTICA  POSITIVA 


(Sección  quinta,  párrafo  ix) 

La  libertad  individual  es  en  la  práctica  la 
primera  víctima  de  los  resabios  del  antiguo 
régimen.  Esta  libertad  es  compleja,  porque 
consiste  en  el  uso  de  varios  derechos,  cada  uno 
de  los  cuales  dá  nombre  á  una  libertad.  Todas 
estas  libertades  constituyen  la  personalidad  hu- 
mana. Sin  ellas,  ó  sin  una  parte  de  ellas,  el 
hombre  deja  de  ser  lo  que  la  naturaleza  quiere 
que  sea,  pierde  su  integridad  y  su  dignidad,  y 
de  consiguiente  su  vida  se  limita  y  reduce  en  su 
intensidad  y  desarrollo. 


54 


AMÉRICA  LITERARIA 


El  primer  derecho  que  se  comprende  en  la 
libertad  individual  es  el  de  disponer  de  nuestra 
persona  para  estar,  ir  y  venir  en  donde  quiera 
y  entregamos  á  cualquiera  ocupación,  sin  ser 
estorbados,  impedidos  ó  insultados  por  nadie. 
Esta  es  la  libertad  personal,  que  no  puede  existir 
completa,  si  la  ley  no  la  garantiza,  fijando  con 
claridad  y  precisión  los  caso§  ie  delito  positivo  y 
no  imaginario,  y  la  forma  en  que  uno  puede  ser 
arrestado  mientras  sea  necesario  para  asegurar 
su  responsabilidad,  por  orden  de  magistrados 
autorizados  y  responsables  ante  la  ley. 

El  segundo  derecho  es  el  que  tenemos  para 
usar  de  nuestra  inteligencia,  segfun  nuestro  libre 
albedrío,  y  con  toda  la  amplitud  con  que  usamos 
de  la  luz,  del  aire,  del  calor,  porque  el  goce  de 
la  inteligencia,  como  el  de  todos  estos  dones  co- 
munes, admite  hasta  lo  infinito  la  concurrencia 
de  todos,  sin  peligro  de  estorbos  ni  conflictos. 
Este  derecho  comprende  el  de  pensar  y  de  opi- 
nar, el  de  creer  y  practicar  un  culto,  el  de  ense- 
ñar, y,  por  consiguiente,  el  de  completar  nuestro 
pensamiento  por  medio  de  la  palabra  escrita  6 
hablada.  Esto  es  lo  que  se  llama  el  dogma  del 
libre  examen  que  hasta  ahora  solo  es  garantizado 
y  practicado  en  los  pueblos  de  origen  británico. 
El  derecho  de  pensar  6  de  juzgar,  el  de  tener 
una  creencia  religiosa  y  practicar  libremente  su 
culto,  el  de  enseñar  y  comunicar  por  medio  de 
la  palabra  lo  que  tenemos  por  verdadero,  cons- 
tituyen de  tal  modo  nuestra  individualidad,  que 
si  los  enagenáramos,  ó  si  la  ley,  el  poder  público, 
ó  la  mayoría  de  la  sociedad,  á  título  de  mayoría, 
nos  pusieran  límites  en  su  uso,  6  se  arrogasen 
la  facultad  de  dirigimos  imponiéndonos  un  juicio, 
una  creencia,  un  culto,  una  enseñanza,  una  ver- 
dad, no  podríamos  desarrollar  libremente  nuestra 
personalidad,  y  estaríamos  sometidos  á  la  mas 
injustificable  esclavitud.  Ni  la  ley,  ni  la  socie- 
dad pueden  imponemos  la  abdicación  de  nuestra 
inteligencia,  que  cada  uno  de  nosotros  puede  apH- 
oar  con  toda  independencia,  sin  peligro  de  aten- 
tar contra  la  libertad  de  los  demás. 

El  tercer  derecho  que  comprende  la  libertad 
individual  es  el  de  aplicar  nuestras  fuerzas  al 
trabajo  que  creamos  conveniente,  y  de  hacemos 
dueños  absolutos  de  los  bienes  que  adquiramos 
por  esta  aplicación,  por  contratos  6  por  sucesión 
hereditaria,  sin  que  la  sociedad  ni  la  ley,  el  poder 
público  ni  los  demás  individuos,  puedan  ponemos 
obstáculos,  mientras  respetemos  en  nuestros  se- 


mejantes un  derecho  igual  á  la  aplicación  de  su 
trabajo  y  á  la  disposición  de  sus  propiedades. 

El  cuarto  derecho  es  el  de  reunión  y  asociación, 
consecuencia  indispen%able  de  los  derechos  enu- 
merados ya,  pues  el  hombre  no  puede  usar  com- 
pletamente de  ellos  si  no  tiene  el  derecho  de 
asociarse  para  hacer,  en  unión  de  otros,  lo  que 
cada  cual  puede  hacer  personalmente.  Sobre  todo, 
la  libertad  de  pensamiento,  la  de  trabajo  y  de 
comercio  serian  nulas,  ó  por  lo  menos  limitadas, 
si  los  hombres  no  tuvieran  el  derecho  de  reunirse 
para  practicar  una  creencia,  para  comunicarse 
sus  sentimientos,  sus  ideas,  sus  opiniones  y  dis- 
cutirlos, 6  enseñarlos,  6  tomar  resoluciones  de 
interés  colectivo,  y  si  no  pudieran  asociarse  para 
hacer  un  trabajo  en  común  6  practicar  cualquier 
arreglo  de  interés. 

Finalmente,  y  como  complemento  de  todos  los 
derechos  de  la  libertad  individual,  el  hombre  tie- 
ne el  de  exigir  la  igualdad  de  todos  ante  la  ley* 
Esta  es  la  igualdad  de  derechos,  condición  indis- 
pensable de  la  libertad  individual,  pues  ella  no 
puede  existir  en  el  orden  social  ni  en  el  polítioo, 
si  todos  no  tienen  un  mismo  derecho  al  goce  de 
su  vida,  al  desarrollo  de  sus  facultades,  al  uso  da 
sus  derechos  civiles  y  políticos,  y,  en  fin,  á  que  no 
haya  exenciones  ni  privilegios  que  escluyan  a  los 
unos  de  lo  que  se  concede  á  los  demás  en  las 
mismas  circunstancias. 

Estas  son  las  leyes  universales  de  la  natura- 
leza humana  que  reglan  el  modo  de  proceder  de 
las  fuerzas  del  hombre  y  de  la  sociedad  pan 
alcanzar  su  fin,  que  es  el  desarrollo  de  la  vida  en 
toda  su  intensidad.  Mas  para  no  deducir  de  ellss 
una  teoría  abstracta  que  fracasaría  en  la  prHotica, 
pasemos  en  revista  los  sentimientos  y  los  hábitos 
que  en  la  sociedad  moderna  se  oponen  ni  cumpli- 
miento  de  aquellas  leyes ;  y  así  tendremos  la  ver- 
dadera teoría  política,  que  en  estos  casos  consiste 
en  reconocer  cuáles  son  los  hechos  cuya  evolución 
deben  favorecer  los  pueblos  y  sus  directores,  y 
cuáles  son  aquellos  que  deben  contrariar,  ó,  si  •• 
posible,  sofocar  en  su  nacimiento. 

Josa  YlCTOBINO  LA.8TABBIA. 

Hombrt  d«  Bftado  f  PabUeUta. 

Santiago  de  ChiUt  1875. 


SECCIÓN  POLÍTICA— BBPÍBLicA  de  chile 


55 


VIVIR  EN  LA  PATRIA  LIBRE 

8e  ha  olyidado  la  solidaridad  sublime  que  existe 
entre  la  libertad  de  la  patria  y  la  libertad  del 
hombre. 

La  verdadera  noción  de  la  patria  envuelve  la 
idea  de  sn  dignidad,  y  no  hay  dignidad  posible  sin 
la  seguridad  del  derecho,  sin  la  práctica  de  la 
soberanía,  sin  la  propiedad  absoluta  de  su  terri- 
torio, sin  la  inviolabilidad  de  sus  fronteras  físicas 
que  forman  el  honor  nacional,  y  sin  la  inviola- 
bilidad de  las  fronteras  morales  que  es  la  inde- 
pendencia del  hombre  y  la  libertad  del  ciudadano. 

El  hombre  que  se  separa,  que  se  aisla  en  su 
egoísmo,  vive  fuera  de  la  patria;  es  una  planta  de 
su  territorio  que  respira  su  aire,  absorbe  la  vita- 
lidad de  la  tierra  y  de  su  cielo,  pero  no  es  el 
miembro  de  la  sociedad,  no  es  la  personalidad 
humana. 

£1  honor  del  ciudadano  es  solidario  del  honor  de 
la  patria.  La  responsabilidad  del  hombre  es  tam- 
bién solidaria  de  su  gobierno.  El  deshonor  social 
recae  sobre  todos.  Hé  ahí  por  qué  la  invasión  debe 
ser  combatida  hasta  estinguirla  ó  hasta  la  muerte 
del  último  hombre.  Hé .  ahí  también  por  qué  el 
despotismo,  que  es  la  invasión  del  fratricida,  debe 
ser  combatido  hasta  la  muerte,  porque  infama  á 
todo  el  que  se  somete.  Hé  ahí,  por  fin,  por  qué  la 
humanidad  ha  honrado  á  los  proscritos  por  la 

tí  rutila^, 

De  otro  modo  los  pueblos  que  doblan  la  cerviz 
4  BUS  gobiernos  son  cómplices  de  todos  sus  crí- 
menes, de  las  guerras,  de  las  invasiones,  de  todas 
las  violaciones  del  derecho.  Es  por  eso  que  los 
que  se  llaman  inocentes  sufren  las  calamidades 
de  la  venganza  y  de  la  indiferencia,  porque  esos 
inocentes  son  cómplices  con  su  cobardía  é  indife- 
rencia. 

La  vida  completa  del  derecho  no  puede  existir 
sino  con  la  libertad  de  la  patria.  El  honor  del 
ciudadano  no  puede  existir  sino  con  el  honor  de 
la  patria,  y  hay  deshonra  donde  quiera  que  haya 
tiranía.  Así  lo  creyó  Catón.  La  vida  para  él  era 
la  libertad  de  Boma. 

César  vencedor,  la  vida  habia  cesado  para 
Catón.  Hé  ahí  una  concepción  sublime  de  la 
solidaridad  de  la  patria  y  del  hombre,  de  la  liber- 
tad, del  honor  de  la  República  y  de  la  libertad 
y  del  honor  del  ciudadano. 

Es  así  como  después  de  muerto,  se  merece  estas 


palabras  en  boca  del  enemigo  vencedor,  de  Marco 
Antonio  delante  del  cadáver  de  M.  Bruto: 

His  life  waa  gentU,  and  the  elementa 

So  min'd  in  him,  th  t  natura  m  ght  stand  np. 

And  saj  to  all  the  world,  *ThÍ8  waa  á  man'. 

¿Qué  importa  el  éxito?  ¿No  es  la  verdadera 
ciudad  vivir,  servir  y  morir  por  el  ideal  de  la 
'vida  de  los  héroes? 

Y  tú  mundo,  tú  humanidad  que  pasas  despre- 
ciando, olvidando  y  no  comprendiendo  á  los  que 
han  honrado  el  título  de  hombre,  cuanto  no 
debes  á  tus  mártires,  á  los  que  has  vilipendiado 
ó  crucificado? 

¿  Quién  te  ha  abierto  el  cráneo  á  la  luz,  quién 
te  arrebata  los  temores  del  diluvio,  quién  levan- 
ta tu  frente  humillada  por  los  sacerdocios,  por 
los  reyes  ó  por  los  ricos  injustos;  quién  te  dá  la 
posesión  del  mundo,  las  riquezas  de  la  creación, 
los  elementos  del  arte,  la  elevación  del  alma,  la 
verdadera  noción  de  Dios,  de  la  ley  y  del  destino, 
la  regla  de  las  sociedades,  la  tranquilidad  en  el 
goce  de  tus  derechos  y  las  esperanzas  de  la  fé  y 
del  corazón  sublimado,  quién,  sino  esa  serie  de 
mártires,  de  héroes,  de  genios  cuyos  nombres 
ignoras  ó  cuyos  recuerdos  te  atosigan,  porque 
la  gratitud  es  un  peso  para  las  almas  peque- 
ñas? 

Triste  es  que  la  mayoría  se  doblegue,  pero 
eso  mismo  prueba  la  necesidad  del  héroe,  la  ini- 
ciación del  sacrificio. 

Francisco  Bilbao. 

PoblIcUta. 


FAZ  ACTUAL  DE  LA  DEMOCRACIA 

A  medida  que  los  pueblos  se  alejan  de  las 
leyes  morales,  pierden  el  dominio  de  sus  intere- 
ses y  el  goce  de  sus  derechos. 

La  democracia  no  ha  existido  ni  ha  progre- 
sado sino  al  amparo  del  sentimiento  de  la  inmor- 
talidad. 

La  lucha  que  agita  á  la  humanidad  pone  en 
gran  peligro  la  libertad  de  los  hombres;  porque 
las  fuerzas  que  impulsan  á  los  amigos  de  ella 
están  combatidas  por  otras  fuerzas  mas  resis- 
tentes y  que  se  desenvuelven  con  mayor  rapi- 
dez. 


56 


AMÉRICA  LITERARIA 


El  progreso  material  é  inteleotnal  qae  oarao- 
teriza  al  dglo  en  que  nos  enoontramos,  no  tiene 
una  dirección  moral.  Las  ideas  que  han  plan- 
teado el  problema  de  la  democracia,  tienen  qne 
decidir  de  antemano  onál  de  las  escnelas  reinan- 
tes ha  de  qnedar  dominando  la  conciencia  hu- 
mana. 

Los  que  sostienen  la  limitación  de  la  vida  del 
hombre  á  la  duración  del  organismo,  aranzan  á 
grandes  pasos  abatiendo  la  causa  de  la  inmor- 
talidad del  ser  que  piensa. 

De  allí  el  que  la  moral  se  encuentre  en  desni- 
vel con  la  inteligencia. 

El  materialismo  es  hoy  dia  una  irrupción  que 
mata  las  aspiraciones  de  la  humanidad;  se  des- 
borda sobre  las  creencias  religiosas,  Ticia  las 
nociones  políticas  j  gangrena  hasta  el  senti- 
miento cívico.  Ha  penetrado  en  la  educación, 
ha  envenenado  la  desgracia  de  los  desgraciados, 
ha  roto  los  vínculos  de  la  familia  j  ha  llegado 
á  connaturalizamos  con  la  corrupción. 

Cuando  se  alcanza  el  convencimiento,  por 
esfuerzos  de  la  inteligencia,  que  el  hombre  pier- 
da la  conciencia  de  lo  eterno,  se  consigue  limitar 
las  aspiraciones  á  las  satisfacciones  de  las  nece- 
sidades sensuales. 

La  última  espresion  de  esa  civilización  tiene 
que  ser  la  anonadación  del  alma  individual,  que 
viene  á  ser  á  la  vez  la  muerte  del  alma  de  un 
pueblo. 

Si  desatamos  los  vínculos  que  nos  unen  á  las 
leyes  reguladoras  de  la  conciencia,  habremos 
encontrado  la  esplicacion  del  desborde  de  las 
sociedades  que  buscan  en  el  refinamiento  del 
sensualismo  el  ideal  de  la  existencia. 

¿  Para  qué  sirve  la  libertad  cuando  no  se  le 
acuerda  en  el  drama  de  la  vida  otro  papel  que 
el  de  agente  utilitario  P 

El  desnivel  en  que  se  encuentran  los  pue- 
blos, entre  su  moralidad  y  su  progreso  intelec- 
tual, es  el  mas  grande  de  los  peligros  que  corre 
la  democracia  americana.  Hay  que  grabar  con 
letras  de  fuego  en  el  corazón  de  las  razas  viriles 
que  no  hay  democracia  donde  no  hay  virtudes. 

El  primer  albor  de  la  libertad  no  fué  por 
cierto  en  los  horizontes  dorados  de  los  pueblos 
prostituidos  del  Oriente.  Surgfió  en  un  pedazo 
de  tierra  que  se  Uamó  Grecia,  cuna  de  la  filoso- 
fía que  aun  nos  irradia,  de  la  política  democrá- 
tica, sirviendo  de  enseñanza  al  heroísmo  y  de 
escuela  de  amor  á  la  patria,  á  lo  bello,  al  arte, 


á  la  poesía.  El  dia  en  que  la  Grecia  se  oorrompié 
y  fué  el  escenario  del  escándalo,  como  antes 
habia  sido  el  espectáculo  edificante  de  la  reha- 
bilitación del  hombre,  ese  dia  perdió  hasta  sa 
independencia. 

La  democracia  de  Norte-América  no  fué  sino 
el  fruto  de  las  virtudes  de  los  colonos  que  huiaa 
de  la  vieja  corrupción  europea,  en  busca  de  una 
tierra  en  donde  poder  comunicar  libremente 'con 
la  eternidad. 

¿Ha  habido  algo  de  comparable  á  la  vida 
iibre  de  esa  nación,  durante  reinó  el  espíritu 
moral  y  religioso  de  sus  fundadores?  Desde 
que  aUí  se  ha  perdido  ese  espíritu,  ha  venido  el 
desnivel  entre  el  progreso  intelectual  con  el 
sentimiento  moral,  y  la  caida  de  las  creencias 
puritanas  que  levantaron  á  esa  colosal  sociedad 
como  el  fuego  de  las  entrañas  de  la  tierra  levan- 
tó las  montañas,  ha  puesto  en  peligro  la  demo- 
cracia, llenando  de  serios  temores  á  sus  estadis- 
tas. 

La  democracia  de  las  repúblicas  que  antes 
fueron  ^colonias  de  España,  tuvo  su  punto  de 
partida  en  el  alma  moral,  pero  á  la  vei  enferma 
por  las  creencias  que  dominaban  á  nuestros 
antepasados. 

Si  á  aquella  generación  se  le  hubiese  dicho 
que  no  habia  otra  existencia  que  la  determinada 
por  la  circulación  de  la  sangre;  que  nada  habia 
fuera  de  los  goces  de  la  edad;  que  la  gloria  aca- 
baba donde  concluye  de  latir  el  corazón,  es  posi- 
ble su]K)ner  que  no  habríamos  tenido  héroes  y 
que,  entregados  á  la  conservación  del  cuerpo,  en 
vez  de  haber  combatido  durante  veinte  años  por 
la  libertad,  habríanse  contentado  con  trabajar 
por  sus  conveniencias  personales. 

El  sentimiento  democrático  no  estaba  en  ar- 
monía con  la  ilustración  del  pueblo.  La  pugna 
de  ese  sentimiento  con  la  ignorancia  en  que 
encontró  á  las  sociedades  emancipadas,  fué  la 
causa  de  los  ensayos  y  de  la  desorg^anizacion 
en  que  se  ha  pasado  una  gran  parte  de  la  exis- 
tencia independiente. 

A  pesar  de  esa  lucha  constante,  la  ilustración 
hacia  camino;  pero  á  la  vez  se  desarrollaba  el 
germen  del  sentimiento  utilitario,  que  inoculaba 
en  el  organismo  joven  el  virus  de  la  desmorali- 
zación, creciendo  á  medida  que  las  necesidades 
materiales  se  sobreponían  á  las  morales. 

La  democracia  ha  participado  de  las  manifes- 
taciones que  revelaban  el  tránsito  de  las  ideas, 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  de  chile 


67 


llegando  unas  veces  á  revestir  en  sus  adelantos 
la  espresion  mas  acabada  del  progreso  de  la 
ciencia  política,  como  en  otras  el  desconocimien- 
to de  la  misma  soberanía  popular. 

Alternando  entre  las  dictaduras  y  los  gobier- 
nos libres,  ensayando  sistemas  y  teorías,  al  fin 
se  han  llegado  á  establecer  las  organizaciones  de 
estos  pueblos,  al  amparo  de  los  mas  avanzados 
principios. 

Cuando  estas  sociedades  llegaron  al  período 
de  la  conciencia  de  la  ley,  se  encontraron  con  el 
desnivel  en  que  quedaba  la  moral,  en  relación  al 
adelanto  intelectual. 

Habiase  perdido  la  base  moral  que  diera  naci- 
miento á  la  democracia  en  Sud  América.  Si  en 
su  primera  manifestación  la  moral  estaba  en 
desarmonia  con  la  ilustración,  ahora  resultaba 
.  que  ésta  habia  avanzado,  dejando  en  olvido  á 
aquella. 

Si  se  hubiera  podido  hacer  marchar  unidas  la 
civilisaoion  y  la  moral,  la  democracia  habria 
realiíado  el  gobierno  de  la  leg^dad  y  de  la 
moralidad. 

Desgraciadamente  no  ha  sido  asi. 

£1  sentimiento  utilitario,  apoyado  en  la  creen- 
da  de  la  materialidad  'de  la  existencia,  haciendo 
un  camino  veloi  como  el  contagio  de  las  epide- 
mias, se  sobrepuso  al  culto  de  la  verdad  republi- 
cana. La  conciencia  pública  perdió  su  punto 
olqetivo,  7  la  esplotacion  de  las  grandes  conquis- 
tas de  la  libertad  en  las  instituciones,  vino  á 
ser  el  criterio  de  los  partidos  que  subian  al  poder 
6  luchaban  por  alcanaarlo. 

Ko  ha  debido  sorprendemos  el  estado  deplo- 
rable en  que  se  encuentra  la  democracia  en  Amé- 
rica,  después  que  se  estudian  los  elementos  que 
han  agitado  y  agitan  i  estas  sociedades. 

Sin  temor  de  lastimar  la  verdad,  puede  decir- 
se que  la  democracia  ha  desaparecido  de  cada 
•  pueblo  del  continente;  hecho  digno  de  constatar- 
se en  castigo  del  régimen  de  la  mentira  que  se 
exhibe  victorioso. 

En  ninguna  de  nuestras  repúblicas  se  conoce 
la  prictioa  del  sufragio  libre.  Monopolisado  por 
la  corrupción,  en  ves  de  la  espresion  de  las 
mayorías,  se  encuentra  en  su  lugar  la  violencia, 
el  soborno,  el  fraude  y  la  falsificación. 

Viciado  el  punto  de  partida  del  gobierno 
democráüoo,  la  democracia  se  mantiene  como  un 
telón  de  boca.,  para  cubrir  la  podredumbre  que 
lleva  en  los  labios  las  palabras  mas  santas  del 


decálogo  humano  y  en  el  corasen  el  sentimiento 
utilitarío. 

¿Qué  principio,  qué  libertad  no  ha  sido  lleva- 
do al  repertorío  de  las  leyes,  y  cuál  de  ellas  no 
ha  sido  proscrípta,  borrada  por  los  mismosjque 
las  tomaban  como  pasábante  para  conspirar  en 
contra  de  la  democracia,  buscando  la  protección 
de  sus  conveniencias  particulares? 

En  muchos  pueblos  ha  sido  el  gobierno  una 
especulación  como  cualquiera  otra.  Es  que  la 
conciencia  encuentra  un  precio  cuando  la  moral 
es  vencida  por  la  materialisacion  de  las  creen- 
cias. 

Despotizar  á  nombre  de  la  libertad,  robar  á 
nombre  de  ln  honradez,  monopolizar  el  sufragio 
á  nombre  del  derecho  electoral,  convertir  las 
administraciones  en  factorías  á  esplotar  por  los 
correligionaríos,  ha  sido  en  unas  partes  la  fai 
real  de  lo  que  llaman  democracia. 

En  otras  se  ha  visto  la  idolatría  por  los  cau- 
dillos, que  eran  para  las  multitudes  la  expresión 
de  la  ley,  la  encamación  de  la  soberanía. 

Pervertido  el  sentimiento  moral,  la  verdad  ha 
llegado  á  ser  el  enemigo  capital  de  estas  demo- 
cracias,  que  en  sos  ratos  de  espansion  no  ha  tre- 
pidado en  calificar  de  traición  el  acto  que  levan- 
taba la  justicia,  á  despecho  de  la  falsía  y  del 
engaño. 

Los  pueblos  se  apegan  tanto  á  los  vicios  que 
contraen  y  por  el  fomento  de  los  cuales  se  les 
domina,  que  confunden  el  patríotismo  con  el  cri- 
men, el  charlatanismo  declamatorio  con  la  auste. 
ridad  del  republicano,  y  temen  mas  á  la  razón 
que  á  la  ignorancia  en  que  vejetan. 

El  falso  principio  del  sufragio  universal,  que 
han  aclamado  como  fundamento  del  gobierno 
€|0mocrático,  es,  á  no  dudarlo,  una  de  las  causas 
que  mas  dificultan  la  rehabilitación  del  principio 
republicano. 

Se  ha  creido  que  el  sufragio  es  inherente  al 
hombre,  sin  exigírsele  condición  alguna.  Las 
masas,  mayorías  ignorantes,  inconcientes  y  Tido- 
sas,  son  las  llamadas  i  ser  representadas  en  el 
poder  político,  venciendo  á  las  minorías  ilustra- 
das y  concientes. 

Los  que  entienden  por  democracia  el  gobierno 
de  las  mayorías  bárbaras  ó  incapaces,  debian  ser 
lógicos  en  reconocer  que  sus  aspiraciones  les 
llevaban  á  ser  gobernados  por  la  universal  igno- 
rancia de  las  multitudes. 

Pero  son  ellos  mismos  los  que  les  niegan  su 


58 


AMÉRICA  LITERARIA 


representación,  defendiendo  el  sufragio  absoluto 
como  recurso  que  les  permite  esplotar  esa  fuerza 
ciegra  de  instrumentos,  en  daño  de  estos  y  en 
beneficio  de  los  falseadores  de  la  soberanía. 

En  el  campo  de  la  acción  electoral,  el  teatro 
elegido  para  librar  la  batalla  ha  sido  j  es  la 
igfuorancia  de  las  masas. 

Quien  consigne  engañarlas  más,  dominarlas, 
corromperlas  y  ponerlas  á  su  servicio,  ese  es  el 
que  entona  cantos  de  victoria. 

El  resultado  tiene  que  ser  lógico.  La  demo- 
cracia desaparece  y  deja  en  su  lugur  un  sistema 
de  gobierno  que  consiste  en  recompensar  con  los 
dineros  del  pueblo  á  los  que  trabajaran  por  el 
triunfo  de  la  compañía  política  formada  con  un 
propósito  utilitario. 

Un  reglen  tal,  que  desmoraliza  cada  vez  mas, 
produce  el  indiferentismo,  adormece,  fatiga  las 
conciencias  y  acaba  por  entronizar  la  corrupción 
política,  fomentando  la  social. 

Pero  la  corrupción  social  y  política  impone 
necesidades  que  no  pueden  eludirse  y  para  cuya 
•atisfaocion  no  basta  el  engrano  ni  la  charla. 

Es  entonces  que  se  ven  producirse  las  enfer- 
medades que  buscan  una  salida,  demandando  á 
los  gobernantes  la  felicidad  y  la  abundancia  que 
les  ofrecieron  y  que  no  han  podido  encontrar. 
Entonces  ocurren  las  defecciones,  las  transaccio- 
nes que  obran  en  las  multitudes  el  descreimiento, 
y  mas  de  una  vez  la  anarquía. 

La  habilidad  de  los  gobiernos  y  partidos  se 
contrae  en  semejantes  conflictos  á  buscar  cau- 
sas que  impresionen  á  las  multitudes,  inventando 
cuestiones  que  despierten  el  sentimiento  de  la 
nacionalidad. 

¡  Cuántas  guerras  nacionales  no  han  sido  orea- 
das como  un  recurso  contra  la  efervescencia  de 
los  partidos  internos! 

La  democracia  en  las  repúblicas  americanas 
ha  ofrecido  estos  dos  estremos:  en  su  nacimiento 
combatía  por  la  libertad;  en  su  decadencia  com- 
bate por  intereses  materiales. 

El  espectáculo  que  ofrece  la  América  del  Sud 
es  bastante  tétrico  para  poderlo  justificar. 

Con  razón  se  ha  dicho  por  pensadores  de  nues- 
tros dias,  que  cada  sociabilidad  es  la  espresion 
latente  de  sus  dogmas. 

El  dogma  reinante  al  nacer  la  democracia  en 
el  suelo  americano  era  el  católico.  De  allí  el  que 
viese  la  luz  enferma  y  maniatada. 

El  dogma  reinante  en  estos  tiempos,  es  la  incre- 


dulidad alimentada  por  el  utilitarismo.  De  allí  el 
que  la  conciencia  política  haya  desaparecido  y 
.  reemplazádosela  por  las  conveniencias  que  impe- 
ran á  merced  de  las  necesidadas  materiales. 

Si  hubiera  de  continuarse  el  desarrollo  de  los 
elementos  constitutivos  de  las  actuales  democra- 
cias, valdría  mas  pensar,  como  han  pensado  ya  en 
los  Estados  Unidos  de  la  Améríca  del  Norte,  en 
salvar  la  pureza  de  la  república  adoptando  como 
punición  la  idea  monárquica. 

Es  preferible  que  la  verdad  se  estampe,  á  oon^ 
tinuar  viviendo  en  el  eng^o. 

Todo  el  trabajo  del  presente  tiene  que  din jirse 
á  dar  fuerza  á  la  propagranda  de  los  pocos  que  bata- 
llan por  la  revindicacion  de  la  verdad  democrática. 


Manubl  Bilbao. 

Abogado  jr  PabUoUla. 


Buenos  Airei,  1880. 


LOS  EJÉRCITOS  PERMANENTES 

EK  LAS  BEPÍÍBLICAS  8ÜD-AKBBIOAKA8 

Los  ejércitos  permanentes  han  causado  mJales 
muy  serios  en  aquellos  Estados  americanos  donde 
han  desarrollado  el  militarismo  hasta  hacerlo  la 
clase  grobemante.  Ya  hemos  visto  reproducirse 
en  ellos  las  escenas  de  los  pretorianos  de  Boma, 
y  ya  hemos  visto  á  los  grobiemos  dispensarse  de 
todo  respeto  á  las  voluntades  de  los  pueblos, 
segruros  de  la  adhesión  de  sus  soldados  y  fiados  en 
el  número  de  estos. 

Mas  no  por  ello  debemos  condenar  esos  ejérci- 
tos, menos  aun  el  espíritu  militar  que  educa  en 
la  energía  y  dignidad,  en  la  rectitud  del  carácter, 
el  valor  y  respeto  profundo  al  deber.  Es  su  exage- 
ración la  que  merece  ser  condenada  como  amenaza 
para  una  paz  sólida  y  fecunda  en  el  interior  y  en 
el  exterior.  Pero  los  ejércitos  permanentes  que 
sirvan  de  base  para  alistar  y  disciplinar  las  fuer- 
zas de  la  nación  encarg^adas  de  defender  su  honra 
é  integrridad  territorial,  son  una  de  las  necesidades 
primordiales  de  todo  país  bienorg^anizado.  Enton- 
ces se  tiene  una  nación  de  soldados  y  se  conjuran 
todos  los  peligros  del  militarismo. 


Justo  Abteaoa. 


Santiago  de  ChiU,  1877. 


SECCIÓN  POLÍTICA— EEPÚBLicA  db  chile 


59 


El  ejército  de  Cliile,  aunque  reducido  en  su 
númerOflia  contribuido  poderosamente  al  progre- 
so del  país  en  todas  sus  manifestaciones. 

Ha  ahogado  la  demagogia  en  su  cuna;  y  en 
consecuencia  el  trabajo  j  la  industria  que  solo  se 
desarrollan  á  la  sombra  del  orden,  encontrándose 
sin  trabas  que  la  enerven,  inician  ya  su  carrera 
j  tomarán  en  el  porvenir  un  ruelo  desconocido. 

Estricto  observante  de  la  disciplina,  ha  estado 
siempre  del  lado  de  la  ley  y  cooperado  así  al  afian- 
samiento  de  las  libertades  públicas. 

A  la  vez  que,  con  pesar,  se  vé  enervado  el  desar- 
rollo de  las  Bepúblicas  americanas  por  repetidas 
luchas  intestinas,  admira  ver  á  Chile  seguir  la 
senda  del  progreso  sin  que  la  contagie  aquel  mal 
endémico.  Ello  tiene  una  sola  explicación:  la 
moralidad  de  sus  tropas. 

Ese  ejército  que  ha  dado  tantas  glorias  á  su 
país;  que  mantiene  tan  alto  su  nombre  en  punto 
á  virtudes  militares,  y  que  si  la  ocasión  se  presenta 
cosechará  aún  nuevos  laureles,  es  la  base  sobre  la 
cual  Chile  puede  contar  para  organizar  fuerzas 
respetables  en  breve  tiempo;  y  si  es  verdad  que  á 
las  buenas  tropas  se  debe  la  estabilidad  de  los 
gobiernos,  el  respeto  de  las  naciones,  y,  por  consi- 
guiente, el  incremento  de  su  comercio  y  riqueza, 
el  ejército  de  Chile  tiene  conquistado  el  derecho 
á  la  gratitud  de  su  patria. 

Ebásmo  Escala. 

GenenU,  Bz-Dirootor  de  L»  ▲eademia  Militar. 
Santiago  de  Chüe,  1877. 


CHILE  Y  SU  MARINA 

Creo  no  equivocarme  al  pensar  que  la  mayoria 
de  nuestros  hombres  públicos  abriga  el  conven- 
oimiento  de  que  Chile,  por  infinidad  de  causas, 
debe  contar  con  sus  elementos  maritimos  como 
indispensables  á  su  prosperidad  y  engprandeci- 
miento. 

Muy  pocos  son  los  que  desconocen  la  poderosa 
influencia  que  nuestra  marina  mercante  está  lla- 
mada á  ejercer  en  el  desarrollo  del  comercio  y 
riqueza  nacional. 

¿Quién  puede  poner  en  duda  que  nuestra  mari- 
na de  guerra  es  el  baluarte  de  la  BepúblicaP 

Establecida  esta  verdad,  se  me  ocourre  una 
idM. 


Atendida  nuestra  situación  geográfica,  ¿cuál 
seria  el  porvenir  de  Chile  si  se  llegara  á  realizar 
el  pensamiento  de  abrir  una  via  de  comunicación 
interoceánica  en  el  Istmo  de  Panamá  ó  en  sus 
inmediaciones? 

Es  indudable  que  llevado  á  cabo  esta  proyecto 
— que  es  muy  posible  que  algún  dia  se  realice — 
Chile  sufriria  una  depresión  considerable  en  su 
prosperidad  é  importancia  política. 

Creada  aquella  situación,  ¿cómo  conjurar  •! 
mal? 

En  mi  concepto,  nuestras  marinas  de  guerra 
y  mercante  son  las  llamadas  á  salvar  al  país. 

Un  acontecimiento  tan  trascendental  para  la 
Kepública,  aunque  remoto  todavía,  debe  desde 
luego  preocupamos;  pues  es  necesario  no  olvidar 
que  la  Europa  y  la  América  del  Norte  tienen 
intereses  muy  considerables  y  un  comercio  bas- 
tante activo  en  todo  este  continente,  para  renun- 
ciar á  un  proyecto  que  es  considerado  practicable. 

Juan  Williams  Rebolledo. 

Oapltan  de  Navio  (U  la  Marin»  Nadonal. 
Valparaíso,  1877. 


En  el  centro  de  un  hermoso  paseo  y  entre  los 
de  sus  preclaros  hijos,  ostenta  la  Capital  de  Chile 
el  grandioso  é  imperecedero  monumento,  por  la 
gfratitud  del  pueblo  chileno  elevado  á  la  memoria 
del  ilustre  General  Don  José  de  San  Martin. 

El  General  San  Martin  no  era  chileno! 

El  vino,  sin  embargo,  del  otro  lado  de  los 
Andes  á  dar,  en  esta  tierra  agradecida,  el  golpe 
de  muerte  á  la  amenazante  dominación  española, 
para  ir  después,  á  la  cabeza  de  un  ejército  de 
chilenos  y  argentinos,  á  combatirla  en  el  centro 
mismo  de  su  poder. 

Así  pensaban  y  obraban  los  héroes  de  la  revo- 
lución americana. 

Para  éUos  no  habia  aquí  diversas  nacionalida- 
des, para  ellos  la  América  entera  no  era  mas  que 
una  sola  nación,  una  patria  común,  siempre  que 
se  trataba  de  su  independencia  y  libertad. 

Si  mantuviéramos  vivo  y  activo  el  espíritu  de 
nuestros  padres,  \  cuánto  podríamos  acelerar  la 
prosperidad  y  engrandecimiento  de  esta  vasta  y 
rica  porción  del  universo! 

Domina  en  este  precioso  libro  el  pensamiento 
de  la  unidad  de  la  gran  familia  americana,  y  por 


60 


AMÉRICA   LITERARIA 


eso  tribntamoB  á  sa  antor  nuestros  sinceros  y  j  positivos.  Y  qne  la'  palabra  de  orden  de  todo 
entusiastas  aplausos.  hombre  de  progreso  sea: 

— ;  Fuera  de  las  aulas  la  mitología  profana  j 
religiosa! 

¡Paso  ¿  la  ciencia  que  di  alas  á  la  industria! 


Jo8Í  Bkbnabdo  Liba. 

▲bogado.  Profator  de  Práetim  Fofrenwc  eo  la  UBireraidMl 
de  Santlaco  de  Chile. 


SonKoyo  dé  ChiU,  1877. 


DuriBL  Fbliú. 

▲bocudo  jr  PerlodMa.* 


Vdlparaiio,  1877. 


HEMOS  ERRADO  EL  RUMBO 


La  industria  j  la  ciencia  son  las  dos  mas  pode- 
rosas palancas  de  que  la  civilisacion  moderna  se 
Tale  para  operar  verdaderas  maravillas. 

La  ciencia  y  la  industria  están  removiendo  y 
concluirán  por  arrojar  muy  lejos  las  moles  in- 
mensas del  vicio,  de  la  ignorancia,  de  las  preo- 
cupaciones  

Por  medio  de  la  industria,  el  hombre  hace 
suyas  todas  las  fuersas  de  la  naturaleza  y  dá 
útil  empleo  á  los  productos  mas  insig^nificantes 
de  la  tierra. 

Por  medio  de  la  ciencia,  la  industria  perfec- 
ciona cada  dia  sus  procedimientos,  y  ambas  f  uer- 
las  reunidas  han  elevado  al  hombre  á  la  sublime 
categoría  de  creador. 

Sin  ciencia,  sin  industria,  ¿  qué  vale  hoy  un 
pueblo  P 

Con  ellas  todo  lo  tendremos. 

Sin  ellas  no  existirían  ni  telégrafos,  ni  ferro- 
carriles, ni  vapores,  ni  imprentas... 

Pero  no  eran  leguleyos,  ni  teólogos,  ni  siquie- 
ra bachilleres  los  que  idearon  esos  y  otros  gran- 
des inventos,  que  hoy  nos  son  familiares  y  que 
habrían  asombrado  en  épocas  recien  pasadas. 

T,  sin  embargo,  son  bachilleres,  teólogos  6 
leguleyos  los  que  la  Améríca  latina  forma  en 
sus  oolejios,  con  el  vicioso  sistema  de  enseñanza 
que  hoy  impera. 

Estadistas  amerícanos : 

Si  queréis  que  Améríca  sea  próspera  y  flore- 
ciente, rectificad  el  rumbo  dado  á  la  instrucción. 
Qne  cese  la  era  de  las  palabras  contradiotorías 
que  solo  reposan  en  la  autoridad  de  uno  6  de 
muchos  hombres,  y  que  empiece  de  una  vez  el 
imperio  de  los  hechos  fundados  en  la  observa- 
ción y  la  experiencia.  Que  las  sofisterías  de  una 
estéril  metafísica  cedan  su  lugar  á  conocimientos 


Si  la  noción  de  patria  se  redujera  á  vejetar 
tranquilamente  en  un  rincón  de  tierra  mas  6 
menos  feraz,  en  compañía  de  una  comunidad  mas 
ó  menos  reducida  y  ordenada,  diría:  ¡tengo  una 
patrial  Pero,  desgraciadamente — para  mf,  yo 
habia  asociado,  desde  niño,  en  mi  espíritu,  á  esa 
idea,  á  ese  sentimiento,  algo  de  gnu^oao,  que 
parecía  dilatarse  indefinidamente  en  vastos  y 
radiantes  horízontes...  Saliendo  de  los  límites 
materiales,  yo  habia  soñado  en  una  patria  moral, 
en  que  cupieran  todas  las  aspiraciones  destinadas 
á  realizar  los  altos  fines  de  la  vida  humana; — 
que  fuera  á  la  vez,  recuerdo  y  esperanza, — ^tradi- 
ción gloríosa,  presente  cargado  de  promesas, 
futuro  ilimitado. . .  Que  fuera  libertad,  descentra- 
lización, gobierno  propio,  expansión  y  cultivo  de 
nuestras  vírgenes  regiones,  extinción  del  estonco, 
del  inquilinaje,  y  de  todos  los  rastros  denunciado- 
res de  nuestra  pasada  esclavitud  colonial . . .  Qne 
fuera,  en  suma,  vida  activa  y  fecunda,  anhelo  juve- 
nil, impulso  vigoroso,  ilustración,  industria,  ríque- 
za,  engrandecimiento  y  progreso  incesante! . . . 

¿Te  has  aproximado  á  ese  ideal,  ¡oh!  cara 
patríaP... 

AlBJANDBO  CÁBBA.8CO  AXBAHO. 

Beerltor. 

Santiago  dé  ChiU,  1877. 


La  Religión  libre,  el  Estado  libre,  la  Ley.  igual, 
equitativa  y  justa,  hé  aquí  lo  que  siempre  he  esti- 
mado como  el  bello  ideal  de  toda  sociedad  que 
aspira  á  organizarse  sobre  bases  sólidas  y  eternas. 

£1  predominio  de  uno  ú  otro  de  esos  elementos 
sobre  el  otro,  ó  su  degeneración,  constituye,  á  mi 
juicio,  una  tiranía;  su  violenta  separaoion,  la 
anarquía;  su  choque,  la  revuelta. 


SECCIÓN  POLÍTICA— EEPÍ^LicA  de  chile 


61 


Y  en  cnanto  ¿  partidos,  no  comprendo  otro  qne 
el  de  la  patria;  el  de  sn  gloria  y  sn  prosperidad, 
ñn  sujeción  ¿  intereses  mesqninos,  sin  odios  ni 
rencores  sino  al  mal. 

Este  jMiriuIo— el  de  las  gentes  de  bnen  sentido, 
de  patriotismo  y  bnena  fé — ^pidiendo  á  cada  parti- 
do, 6  mas  bien  al  país,  sin  distinción  de  partidos 
— todas  sns  capacidades,  todas  sns  probidades, 
todas  sos  ideas,  todas  sns  luces  y  todas  sns  abne- 
gaciones, es,  segnn  creo,  á  la  vei  el  único  qne  no 
ha  existido  basta  el  presente,  el  único  qne  debiera 
existir  en  el  porvenir. 

Por  qné,  entonces,  ese  partido  tarda  tanto  en 
organiíarseP 

Dante  vio  á  la  entrada  del  Infierno,  á  los  iner- 
tm,ytn  limbo:  «nocbe  sombría,  en  qne  no  brilla 
luí  alguna  ** ;  pero  conducido  por  Beatriz,  derrotó 
las  bestias  feroces  y  penetró  en  las  moradas  sin 
límite,  ni  espacio. 

La  humanidad  tiene  un  guía  mas  seguro  que 
Dante:  la  Libertad — Y  cuando,  hastiada  del 
espectáculo  de  Tulgrares  ambiciones,  de  necios 
adornados  de  vanos  títulos,  de  abusos,  de  errores, 
de  autoridades  con  librea,  y  libreas  con  autorida- 
dad,  de  dioses  de  yeso  á  quienes  una  gota  de 
agua  reduce  á  polvo,  lo  quiera  sinceramente,  ese 
partido  se  habrá  organisado,  y  sobre  esa  base,  un 
edificio  del  que  pueda  decirse,  como  Cristo  de  la 
Iglesia: 

Loi  puerUu  del  infierno  no  prevalecerán  con- 
tra él 

Josa  J.  LA.BBAIN  ZáSjlutv  (a)  Athos. 

OompUador. 
SaiUiago  de  CMU,  1877. 


Coneiliar  la  libertad  con  el  orden,  es  el  gran 
problema  de  los  hombres  de  Estado. 

Su  resolución  no  depende  exclusivamente  de 
kyes  mas  6  menos  liberales.  La  ilustración,  los 
hábitos  sociales  y  la  industria,  son  los  elementos 
decisivos;  y  aunque  las  ciencias  tienen  parte  en 
esa  grande  obra,  su  generalización,  á  la  par  de 
imposible,  seria  infructuosa. 

La  educación  en  los  diversos  ramos  de  indus- 
tria y  su  libre  ejercicio,  son  los  medios  de  adqui- 
rir los  bienes  necesarios  al  hombre;  y  el  trabajo 
empleado  con  inteligencia,  engendra  la  prospe- 
ridad pública  y  particular,  forma  costumbres 
■ooiales,  produce  el  orden,  y  con  él  la  libertad. 


I 


No  son,  pues,  las  mejores  leyes,  ni  la  imposible 
generalización  de  las  ciencias,  las  que  dan  la  liber- 
tad y  el  orden,  son  la  instrucción  industrial  y  el 
trabajo;  y  esto  es  lo  que  debe  llamar  la  atención 
de  los  gobiernos  y  de  los  hombres  públicos. 

La  Inglaterra  y  los  Estados-Unidos  de  la 
América  del  Norte,  testifican  estas  verdades. 
Sigamos  su  ejemplo,  y  las  nuevas  Repúblicas  de 
la  América  Española  llegarán  á  ser  verdadera- 
mente libres  y  felices. 

Maküel  Camilo  Vial. 

FiaoU  de  la  Suprenuí  Odrte  de  JaetteúL 
Santiago  d$  Chüe,  1877. 


Las  naciones  americanas  de  origen  latino  ven 
aproximarse  el  momento  de  solucionar  gravísi- 
mas cuestiones  sociales  y  políticas,  que  pueden 
producir  notables  y  dolorosas  perturbaciones,  si 
al  resolverlas  no  se  procede  con  patriotismo  y 
circunspección. 

Al  establecer  en  la  legislación  la  libertad  de 
cultos,  el  matrimonio  civil,  la  comunidad  de  las 
tumbas  y  la  conveniencia  de  que  el  Estado  dirija 
la  enseñanza  pública,  es  deber  de  los  hombres 
públicos  llamados  á  intervenir  en  las  decisiones 
de  la  autoridad  sobre  estas  materias,  ya  sean 
defensores  de  los  derechos  del  Estado,  ya  sostene- 
dores de  los  fueros  de  la  Iglesia  Católica,  procu- 
rar que  la  solución  sea  prudente  y  práctica,  sin 
que  por  una  parte  pueda  importar  opresión,  ni 
por  la  otra  terca  6  tenaz  resistencia. 

José  Antonio  Gandasillas. 

Miniatro  de  Is  Corte  de  ApelMotosee. 
Santiago  de  Chile,  1877. 


Uno  de  los  fines  primordiales  de  los  gobiernos 
es  promover  y  fomentar  el  verdadero  progreso 
de  las  naciones,  es  decir,  el  armónico  desarrollo 
é  incremento  de  la  riqueza  y  prosperidad  gene- 
ral, de  la  instrucción,  ciencias,  artes  y  de  la  mo- 
ralidad de  los  ciudadanos,  respetando  el  derecho 
y  la  libertad  y  dentro  de  los  límites  de  la  justicia. 

Los  bienes  materiales  proporcionan  á  los  pue- 
blos los  medios  necesarios  á  su  crecimiento  y 
bienestar:  la  instrucción,  las  ciencias  dilatan  la 
razón,  ensanchan  la  esfera  de  la  inteligencia  en 


62 


ÁMÉBICA  LITERARIA 


todos  los  órdenes  de  las  relaciones  del  ser  humano, 
le  dan  el  mas  perfecto  conocimiento  de  su  propia 
naturaleza,  de  su  dignidad;  y  la  moral,  cuya 
base  mas  poderosa  es  la  religión,  patentisándole 
sus  deberes,  le  engrandece  j  purifica  con  el  bri- 
llo de  la  virtud  j  con  la  conciencia  de  la  plenitud 
de  sus  destinos, 

El  equilibrio  j  armonía  en  estos  tres  ramos 
del  progreso,  así  concebido,  es  una  ley  natural  é 
invariable  y  cuyo  quebrantamiento  conduce  á 
los  Estados  á  la  corrupción,  pobreza  y  atraso,  y 
los  precipita  en  la  decadencia. 

En  aquellas  Repúblicas  latino-americanas,  en 
que  ya  el  orden  tiene  sólidas  raices,  y  sus  ante- 
cedentes y  costumbres  se  han  amoldado  á  las 
instituciones  que  adoptaron  al  separase  de  Espa- 
ña, es  menos  difícil  para  sus  gobernantes  desem- 
peñar esta  alta  é  importantísima  misión. 

Sin  el  pauperismo  que  existe  en  naciones  de 
otros  continentes,  con  una  población  muy  infe- 
rior á  la  extensión  y  riqueza  de  sus  territorios, 
sin  necesidad  de  grandes  ejércitos  permanentes, 
sin  divisiones  de  sectas  religiosas  y  sin  bandos 
políticos  que  pretendan  cambios  fundamentales 
en  la  forma  de  sus  gobiernos,  esto  es,  que  inten- 
ten sustituir  el  sistema  republicano  democrático 
por  el  monárquico,  no  tienen  los  gobernantes  los 
fuertes  obstáculos  que  pueden  embarazar  á  los  de 
los  imperios  europeos,  y  están  en  condiciones 
propicias  para  impulsar  á  sus  gobernados  por 
este  verdadero  progreso  que  debe  hacer  desple- 
giur  á  la  raza  latina  en  América,  con  todo  su 
esplendor,  las  nobles  cualidades  y  las  virtudes 
que  le  son  propias. 

Jos¿  Nicolás  Httbtado. 

Diputado  ftl  OoncTMO,  «x-IMploinátioo. 

Basnüag^  d$  Chile,  1877. 


El  Ministro  de  Instrucción  Pública,  Miguel 
L.  Amunátegui,  se  ha  puesto  en  Chile  al  frente 
de  ese  movimiento  tardío,  pero  incesante  de  las 
sociedades  mas  adelantadas  que  la  nuestra,  para 
emancipar  á  la  mujer,  dándola  condiciones  de 
vida  independiente,  adquiridas  por  su  propia 
actividad. 

Ha  abierto  liceos  de  niñas,  para  poner  la  ins- 
trucción de  las  ciencias  á  su  alcance. 


Ha  buscado  oficios  é  industrias  en  que  ganen 
su  sustento. 

Y  el  trabajo  de  sus  manos  y  el  cultivo  de  n 
espíritu  conquistará  para  la  mujer  el  respeto 
del  hombre  y  su  independencia  en  la  familia. 

Amunátegui  ha  sacrificado  sin  escrúpulos  la 
estendida  tendencia  de  ciertos  literatos  que  sob 
rodean  de  poesía  á  la  mujer,  contemplándola  en 
el  mudo  retiro  del  hogiur  como  deidad  misterion 
velada  entre  las  sombras  del  santuario. 

Esto  nos  lleva  á  un  noble  progreso  sooiaL 

Concluye  un  odioso  despotismo  de  sexo. 

El  rayo  de  luz  que  arroje  la  ciencia  sobre  el 
espíritu  y  la  inteligencia  de  la  mujer,  fecundar* 
su  pensamiento,  elevándola  al  nivel  social  que  la 
corresponde. 

Y  si,  para  abrirse  camino  en  la  lucha  de  la  vids» 
comparte  el  trabajo  del  obrero,  del  escritor  6  del 
artista,  no  hace  sino  enaltecerse,  obedeciendo  á  im 
progreso,  á  una  ley  moral  promulgada  desde  lar- 
go tiempo  en  la  conciencia  humana. 


Moisés  Yaroás. 

BMrttor. 


SanHago  dé  Chü$,  1877. 


Uno  de  los  mayores  beneficios  que*  puede  lia- 
cerse  á  las  sociedades  americanas,  es  el  de  procu- 
rar su  unión  y  su  conocimiento  mutuo. 

Separados  por  vastos  desiertos,  por  caudalo- 
sos ríos  ó  por  elevadísimas  montañas,  necesitan 
poblar  los  primeros,  cruzar  por  activa  navega- 
ción los  segundos  y  trasmontar  los  últimos  por 
medio  de  los  ferro-carriles,  esos  soberbios  caba- 
llos de  fuego  y  de  humo  que  tan  dócilmente  obe- 
decen á  la  mano  del  hombre. 

Mientras  que  la  inmigración  llene  los  darof 
de  nuestras  tierras  y  que  el  comercio  estreche 
nuestras  fronteras,  los  hombres  de  buena  volim* 
tad  deben  trabajar  y  deben  unirse  para  hacer  la 
propaganda  de  nuestra  unión  por  medio  del  dia- 
río,  del  libro,  de  la  cátedra  y  de  la  tribuna. 


Santisígo  d$  ChiU,  1874. 


Adolfo  Mübillo. 

Hédtoo. 


SECCIÓN  POLÍTICA— EBPÚBLicA  de  chile 


63 


Si  Ift  América  de  cuyos  actuales  prohombres 
86  ocupa  el  Autógrafo,  es  hoy  el  refugio  de  algu- 
nos aflijidos»  mañana  será  la  regeneradora  átü 
mundo,  por  sus  instituciones  demoor&tíoas  y  repu- 
blicanas. Será  también  la  que  marche  á  la  cabeza 
de  la  humanidad,  por  sus  descubrimientos  y  por 
su  progreso,  y  la  que  está  llamada  á  satisfacer 
las  necesidades  del  hombre  con  su  producción  y 
con  su  abundancia:  producción  emanada  del  tra- 
bajo libre  de  inteligentes  y  viriles  pueblos;  y 
abundancia  desparramada  sobre  todo  este  prívi- 


legfiado  suelo  por  la  voluntad   omnipotente  y 
miaerioordiosa  del  Supremo  Hacedor. 

La  América  será,  pues,  el  futuro  Edén  en 
que  venga  á  gozar  y  regocijarse  la  humanidad 
entera,  así  como  es  ya  hoy  el  variado  é  inagota- 
ble almacén  del  que  se  surte  y  del  que  aprovecha 
la  gran  mayoría  de  los  habitantes  del  globo. 


Mastín  Palma. 

Baorifeor. 


Folporaifo,  1877. 


REPÚBLICA  DEL  PERÚ 


EL  AMERICANISMO 


Si  no  hñ  de  oonyertirse  en  miserable  egoismo, 
8Í  ha  de  corresponder  á  la  grandeza  del  NneTO 
Mnndo,  necesario  es  que  el  americanismo  junte 
la  heroica  abnegación  del  amor  á  la  patria  con 
las  sublimes  inspiraciones  de  la  sabiduría:  ha  de 
ser  una  gran  virtud  mas  bien  que  un  sentimiento 
irreflexivo.  El  nombre  de  América,  sag^^ado  para 
el  verdadero  patriota,  puede  ser  invocado  ya  por 
las  pasiones  mas  ruines,  ya  con  miras  insensatas: 
con  el  mas  hermoso  y  benéfico  sentimiento  quer- 
rán ennoblecerse  y  adquirir  popularidad  la  ambi- 
ción sin  escrúpulos,  la  codicia  sin  entrañas,  el 
charlatanismo  sin  pudor,  la  ruin  envidia,  la  ciega 
repulsión  de  toda  mejora  procedente  del  exterior, 
cuantas  resistencias  torpes  y  cuantas  aspiraciones 
bastardas  retraen  á  los  pueblos  del  progreso  gene- 
ral ó  los  sacrifican  á  intereses  mezquinos.  Mas 
el  sincero  americanismo,  hijo  del  Evangelio, 
heredero  de  la  civilización  europea,  desarrollán- 
dose sin  los  ingentes  obstáculos,  que  en  las  viejas 
sociedades  ha  amontonado  el  tiempo,  y  pudiendo 
desplegar  su  actividad  en  regiones  inmensas 
vírgenes,  ricamente  dotadas  por  la  Divina  Pro- 
videncia, debe  ofrecer  el  mas  bello  modelo  del 
espíritu  público,  espíritu  de  fé  y  amor,  espíritu 
de  libertad  y  orden,  espíritu  de  paz  y  progreso, 
espíritu  que  á  las  aspiraciones  humanitarias  de 
la  fraternidad  cristiana  reúna  el  intenso  patrio- 
tismo de  las  repúblicas  antiguas.  En  el  mundo 
de  Colon,  donde  la  miseria  social  no  tiene  que 
luchar  con  la  fatal  escasez  de  recursos,  sino  que 
siempre  es  facticia  y  reconoce  por  causas  acciden- 
tales faltas  reparables  de  los  gobiernos  6  de  los 
pueblos,  el  trabajo  recibiendo  los  honores  y  estí- 


mulos, que  en  otras  partes  fomentan  la  ooioddad 
estéril  ó  las  profesiones  desmoralizadoras,  puede 
realizar  prodigrios  de  bienestar  y  cultura;  domi- 
nando una  democracia  ilustrada,  sin  privilegios 
de  nacimiento  y  sin  predominio  de  ninguna  dsse, 
establecida  la  solidaridad  en  el  destino  de  los 
ciudadanos  por  la  igualdad  de  derechos  y  por  el 
sentimiento  de  los  deberes,  comunes,  cesará  de 
estar  expuesta  la  vida  de  cada  república  á  lu 
perturbaciones  violentas  de  la  fuerza  bruta,  y  á 
las  convulsiones  duraderas  que  nacen  de  la  opre- 
sión, de  la  ignorancia  y  de  la  discordia.  Hacién- 
dose también  solidaria  la  suerte  de  los  Estados 
americanos  por  la  comunidad  de  miras  y  de 
esfuerzos,  la  paz  internacional  favorecerá  sos 
adelantos  recíprocos,  y  cualquier  desacuerdo  que 
pudiera  dar  ocasión  á  los  horrores  de  la  guem, 
será  cortado  por  el  imparcial  arbitraje;  el  ascen- 
diente de  todo  un  mundo,  rebosando  vida  y  aq^i* 
raudo  sinceramente  á  ensanchar  sus  relaciones 
pacíficas  con  todas  las  naciones  cultas,  acabará 
con  las  agresiones  de  potencias  extrañas,  cuya 
osadía  solo  puede  tomar  bríos  del  aislamiento  y 
rivalidades,  que  debilitan  á  la  América.  Al  núsmo 
tiempo  las  simpatías  de  origen,  la  necesidad  de 
inmigración,  las  costumbres  hospitalarias,  las 
instituciones  liberales,  la  fundada  confianza  de 
mejorar  su  situación,  todo  atraerá  á  estos  afor* 
tunados  países,  si  en  ellos  prevalece  el  americz- 
nismo  de  buena  ley,  á  los  hombres  de  inteligenois 
y  de  trabajo;  su  eficaz  cooperación,  cuando  no  sn 
fusión  en  la  gran  ñunilia  americana,  que  cuenta 
con  tan  poderosos  elementos,  facilitará  los  mss 
sorprendentes  adelantos  en  la  industria»  la  cien- 
cia, las  bellas  artes  y  demás  ramos  de  la  actividad 
humana;  la  América,  llegada  de  las  últimas  á  la 
civiUzaoion  cristiana,  podrá  marchar  la  primera 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  del  pekü 


65 


en  el  camino  de  la  libertad,  de  la  paz,  de  la  ilus- 
tración, de  la  regeneración  social,  de  la  gloria  y 
del  engrandecimiento. 

Sbbastl/ln  Lobbnte. 


HittorlAdor,  Dmauo  de  la  FMulted  de  letras 
de  la  Unirenidad. 


lÁma,íS77. 


Dos  nneyas  razas  de  hombres  se  están  fundan- 
do en  América  por  la  f  nsion  de  varias :  una  en  los 
£stados-ünidos  del  Norte  j  otra  en  la  América 
española;  j  como  los  problemas  de  la  población 
son  los  mas  importantes  para  el  progreso  social, 
político  j  económico,  las  naciones  americanas  que 
mas  feliz  j  rápida  solución  les  den  serán  las  pri- 
meras que  lleguen  al  apogeo  de  su  poder. 

Manuel  Pabdo. 


£«010,1875. 


Fre*ldente  de  la  República,  hombre  de 
Betado  j  Literato. 


INSTRUCCIÓN  POPULAR 

Pienso  como  Juvenal;  no  considero  el  progreso 
de  los  pueblos  por  sus  hombres  de  Estado,  sus 
universidades,  sus  oradores,  sus  publicistas  y  sus 
poetas,  ni  por  sus  grandes  industrias  j  monumen- 
tos nacionales;  los  pueblos  pueden  tener  todo  esto 
y  ser,  no  obtante,  pequeños,  porque  todavía  se 
encuentran  lejos  de  la  civilización  real  y  fecunda. 
He  recorrido  toda  la  Europa  del  Norte  j  Occi- 
dente j  cuasi  toda  la  América,  y  he  visto,  obser- 
vado y  comparado  unos  pueblos  con  otros;  y  be 
deducido  que  los  mas  cultos  y  mas  grandes  son 
aquellos  que  cuentan  mayor  número  de  escuelas 
de  instrucción  popular,  porque  tienen  mayor 
número  de  ciudadanos,  mayor  número  de  hombres 
ilustrados  en  la  conciencia  de  sus  derechos  y  sus 
deberes,  mayor  número  de  fuerzas  militantes  y 
activas  al  presente  y  para  el  porvenir;  por  esto, 
la  Alemania  y  la  gran  Kepública  americana  han 
demostrado  ser  y  son  verdaderamente  grandes  y 
dominarán  el  mundo  moderno. 

Porque  la  instrucción  primaria  ha  estado  des- 
cuidada en  la  América  española,  porque  los  de  la 
indo-americana  no  hemos  tenido  suficiente 


instrucción  popular;  por  esto  somos  todavía  muy 
pequeños,  después  de  cincuenta  años  de  emanci- 
pación política;  después  que  hemos  heredado 
gratuitamente  todas  las  conquistas  filosóficas, 
jurídicas  y  económicas  de  los  enciclopedistas  del 
siglo  XYIH,  como  doctrina ;  el  calvario  de  Luis 
XVI,  Danton  y  Yergniaud  en  la  revolución  fran- 
cesa, como  terrible  lección;  y  medio  siglo  de  la 
República  democrática  de  Franklin  y  de  Was- 
hington, como  ejemplo  y  enseñanza. 

Y  porque  Domingo  Faustino  Sarmiento,  en  la 
Kepública  Argentina,  y  Manuel  Fardo,  en  la 
nuestra,  son  los  que  mas  se  han  contraido,  como 
jefes  del  Estado,  á  la  instrucción  popular,  contri- 
buyendo á  la  verdadera  cultura,  desenvolvimiento 
y  progreso  moral  c  intelectual  de  sus  compatrio- 
tas, por  eso  los  considero  tan  acreedores  y  tan 
dignos,  como  San  Martin  y  Bolívar,  al  reconoci- 
miento de  la  posteridad. 

El  día  que  se  levante  un  hombre,  de  grande  y 
elevado  espíritu,  que  trabaje  tanto  ó  mas  que 
aquellos  por  la  instrucción  popular  de  los  pueblos 
indo-americanos,  ese  hombre  merecerá,  como 
corona  cívica,  una  inmortal  corona  de  estrellas. 


Febnando  Casos. 

Jurieoonsiüto,  Orador  y  Publioiita. 


Lima,  1877. 


Las  sociedades  modernas  reposan  sobre  funda- 
mentos diametralmente  opuestos  á  los  que  sirvie- 
ran de  base  al  modo  de  ser  de  los  pueblos  antiguos. 
La  diferencia  cardinal  que  existe  entre  el  espíri- 
tu del  cristianismo  que  inspira  á  las  primeras  y 
la  índole  de  las  teogonias  pagpanas  que  domina- 
ban en  los  últimos,  explica  esa  distinta  condición 
de  las  comunidades  humanas  en  tan  apartadas 
épocas;  y  si  todavía  hay  algunas  que  esquivando, 
con  más  ó  menos  franqueza,  la  bienhechora 
influencia  de  una  civilización  realzada  por  diea 
y  nueve  siglos  de  tan  fecundos  como  gloriosos 
triunfos,  se  esfuerzan  en  retemplar  los  gastados 
resortes  del  régimen  feudal  y  del  sistema  de  los 
privilegios,  palpable  es,  sobre  todo  en  América, 
que  nos  acercamos  rápidamente  al  dia  venturoso 
en  que  los  pueblos  se  habrán  emancipado  para 
siempre  de  aquellas  inveteradas  usurpaciones  y 
de  los  errores  que  las  engendraran. 

El  perfeccionamiento  progresivo  del  ser  racio- 

9 


ee 


AMÉRICA  LITERARIA 


nal  lissta  volver  al  seno  del  Creador,  qne  es  la 
perfección  misma,  constituye  la  afortunada  ley 
de  su  destino;  y  esta  se  cumplirá  en  el  orden 
moral,  á  despecho  de  los  que  quieran  retardar  6 
impedir  su  realización  guiando  al  hombre  por  las 
tenebrosas  sendas  de  la  ignorancia,  así  como  en 
el  mundo  físico  las  aguas  que  de  la  eminencia 
descienden  á  la  bonda  sima,  arrollando  los  valla- 
dares que  se  alzan  en  su  camino  buscan  presuro- 
sas y  llegan  de  un  modo  necesario  á  su  nivel. 
Pero  la  perfectibilidad  de  que  somos  susceptibles 
y  que  estriba  en  el  concierto  de  la  razón,  en  la 
armonía  del  sentimiento  y  en  la  conformidad  de 
las  acciones  del  ser  inteligente  con  los  eternos 
principios  de  la  verdad,  del  bien  y  de  la  virtud, 
solo  puede  este  alcanzarla  de  un  modo  cierto  y 
fructuoso  por  medio  de  la  instrucción,  que  es  la 
luz  del  entendimiento.  Difundirla  es,  pues,  la 
primera  necesidad  y  el  primer  deber  del  Estado, 
mas  imperiosa  aquella  y  mas  serio  é  imprescindi- 
ble este  en  los  pueblos  del  Nuevo  Mundo,  porque 
aparte  de  ser  estos  las  personalidades  ma^  inci- 
pientes en  la  sociedad  de  las  naciones,  están 
llamados  por  el  carácter  de  sus  instituciones,  por 
el  espíritu  cada  dia  mas  levantado  y  mas  greneroso 
de  sus  habitantes  y  hasta  por  la  especialidad  mis- 
ma de  sus  costumbres  y  de  sus  hábitos,  á  afianzar 
la  verdadera  libertad,  la  justa  igpialdad  y  la  san- 
ta confraternidad  humanas,  en  que  se  resume  el 
credo  de  la  democracia. 

Cumple  esta  misión  salvadora  á  gobernantes  y 
gobernados.  La  asociación  así  de  las  voluntades, 
como  de  los  esfuerzos  y  de  los  recursos  de  todos, 
sin  imponer  á  nadie  especial  sacrificio,  es  el  agen- 
te mas  poderoso  del  progreso  en  las  tareas  de  la 
instrucción  popular.  El  preceptor  y  el  libro,  la 
escuela  y  la  prensa  en  sus  múltiples  manifesta- 
ciones, son  las  fuentes  inmediatas  de  tan  precioso 
bien. 

Que  la  prensa,  la  escuela  y  la  asociación  de 
todos  los  nobles  corazones  llenen  su  deber,  y  la 
América  llegará  á  ser  aquello  para  que  el  cielo 
parece  haberla  formado:  la  patria  anhelada  del 
hombre  justo  en  la  familia  moral,  del  hombre 
ilustrado  en  la  sociedad  ordenada  y  culta,  que  es 
el  verdadero  hombre  libre — el  hombre  creado  por 
Dios. 

José  Antonio  Gabcía  y  Gabcía. 

Jarlaoonsolto  j  PublicitU. 
£ima«  1877. 


LA  EDUCACIÓN  DE  LA  MUJER 

Es  innegable  que  la  educación  de  la  mujer  vá 
tomando  en  las  repúblicas  Sud-americanas  la 
importancia  que  reclama  asunto  tan  trascenden- 
tal, puesto  que  tiene  que  influir  de  una  manera 
eficaz  y  decisiva  en  la  felicidad  de  las  familias  y 
en  el  porvenir  de  las  naciones.  Pero  no  basta 
ilustrar  la  inteligencia  de  la  mujer,  dotándola 
de  ciertos  conocimientos  que  casi  siempre  olvida 
poco  después  de  haberlos  adquirido,  sin  que 
llegruen  á  producir  un  resultado  práctico;  es 
necesario  que  esa  educación  comprenda  alguno  ó 
algunos  ramos  que  puedan  aseg^urar  á  las  educan- 
das  en  el  curso  de  su  vida  una  subsistencia  inde- 
pendiente y  decorosa,  según  sus  facultades  y 
especiales  condiciones,  á  fin  de  que  puedan 
cuando  la  necesidad  lo  requiera,  vivir  cómoda- 
mente con  los  recursos  de  su  profesión,  arte  6 
industria,  sin  tener  que  recurrir  á  extrañas  pro- 
tecciones, ni  implorar  la  caridad  pública  6  priva- 
da, ni  sacrificar  su  existendlt  en  el  ímprobo  y 
casi  improductivo  trabajo  á  que  hoy  se  vé  redu- 
cida la  mujer  que,  careciendo  de  bienes  de  fortu- 
na, no  cuenta,  al  menos,  con  el  apoyo  de  un 
padre,  un  esposo  6  un  hermano. 

Cuando  esa  educación  no  sea  de  simple  adorno 
y  de  meras  teorías,  sino  de  práctica  aplicación 
en  las  diversas  emergencias  de  la  vida,  y  cuando 
se  abra  paso  á  la  mujer  á  diversas  y  lucrativas 
ocupaciones,  que  se  armonicen  con  la  debilidad 
y  delicadeza  de  su  sexo,  su  posición  social  estará 
debidamente  garantida;  entonces  buscará  en  el 
matrimonióla  felicidad  doméstica,  y  no  abrazará 
tan  delicado  estado  por  cálculos  egoistas  y  como 
refugio  contra  la  indigencia;  entonces  contará 
su  moralidad  con  un  poderoso  auxiliar,  que  la 
pontra  al  abrigo  de  los  riesgos  que  trae  consigo 
la  miseria;  entóneos,  en  fin,  se  habrá  completado 
la  obra  de  la  emancipación  de  esa  preciosa  mitad 
del  género  humano,  y  no  veremos  tristísimos 
cuadros  de  virtuosas  familias,  á  quienes  la  pér- 
dida de  su  jefe  y  único  amparo  dejan  abando- 
nadas á  la  mendicidad  y  expuestas  á  grandes 
é  irreparable  desgracias. 

José  JO&OB  LOAYZA. 
Joriaoonaollo  y  Pobttoiat*. 


Lima,  1877. 


SECCIÓN  POLÍTICA — rbpítblica  dbl  pbeú 


67 


Dos  gnuáes  destinos,  dos  misiones  importan- 
tes reserva  la  Providencia  á  la  raza  hispano- 
americana;— ^la  completa  realización  del  sistema 
representativo  en  sus  amplias  y  genninas  condi- 
ciones de  libertad  civil,  j  la  abolición  del  cadalso, 
empleado  basta  abora  como  medio  de  represión  j 
de  castig'o.  Ambas  conquistas  las  ba  iniciado  el 
espíritu  humano,  desde  fines  del  siglo  anterior  j 
principios  del  presente;  pero  la  una,  tanto  como 
la  otra  pasan  por  esas  intermitencias  que  experi- 
mentan todas  las  verdades,  que  nacen  boy  para 
morir  mañana,  sin  perjuicio  de  volver  á  la  vida 
de  la  sociedad,  con  doble  vigor  y  mas  medios  de 
aplicación. 

Nuestras  repúblicas  vacilan,  pero  no  caen; 
sufren,  pero  progresan:  sus  adelantos  se  mani- 
fiestan, no  obstante  todas  las  alternativas  de  su 
historia.  El  Perú  signe  á  sus  hermanas  en  este 
desarrollo  lento,  si  bien  seguro  de  todas  las  ins- 
tituciones políticas,  y  de  todas  las  artes  de  la 
civilización  moderna. 

JxTAN  Antonio  Bibeybo. 

Jorlaooiiialto,  PubUeist»  7  Hagiatndo. 


Contemporáneo  de  los  grandes  hechos  que  han 
dado  por  resultado  la  emancipación  del  continen- 
te americano,  nacido  en  esa  época  de  gloria,  tan 
fecunda  en  los  mas  admirables  rasgos  de  valor, 
de  abnegación,  de  heroísmo,  de  desinterés,  he 
visto  con  placer  los  progresos  de  nuestras  repú- 
blicas. Data  de  medio  siglo  tan  solo  su  vida 
independiente,  y,  sin  embargo,  en  tan  pocos  años, 
¡cuántos  adelantos  cuentan,  cuan  gigantescos 
pasos  han  dado  en  la  senda  del  progreso! 

La  odiosa  y  degradante  esclavitud  no  existe 
ya  sino  como  un  recuerdo,  y  millares  de  hombres 
libres  bendicen  hoy  en  todas  las  secciones  del 
mundo  de  Colon  la  aurora  de  nuestra  indepen- 
dencia. La  soberanía  popular  es  reconocida  y 
acatada  por  doquiera;  la  instrucción  fomentada 
y  protejida  por  los  gobiernos,  por  la  administra- 
ción local  y  por  los  particulares,  porque  todos 
han  comprendido  que  el  porvenir  de  estos  países 
dstá  cifrado  en  la  ilustración  de  las  masas;  la 
riqueza  pública  decuplada  en  algunas  de  nuestras 
repúblicas,  y  en  todas  triplicada,  cuando  menos. 
Nuestros  códigos,  basados  casi  siempre  en  la 
justioia  y  la  equidad,  están  á  la  altura  de  muchas 


de  las  mejores  leyes  europeas.  La  agricultura 
en  el  Perú,  en  Chile  y  otros  países,  ha  progresado 
inmensamente;  y  hasta  las  comodidades  de  la 
vida,  que  han  llegado  al  nivel  de  las  del  Viejo 
Mundo,  han  cambiado  el  modo  de  ser  de  estos 
pueblos. 

No  por  esto  diré  que  hemos  obtenido  todo  el 
fruto  que  debíamos  esperar  de  nuestra  gloriosa 
independencia.  Las  convulsiones  políticas  que, 
como  los  estremecimientos  del  suelo,  trastornan 
á  menudo  la  América  del  Sud,  desvian  de  su 
noble  objeto  la  actividad  que  impulsa  á  estas 
naciones.  Nuestros  ensayos  sobre  el  modo  de 
gobernarnos,  son  todavía  muy  imperfectos,  y 
necesitamos  adquirir  los  hábitos  de  respeto  á  la 
ley  mas  que  al  mandatario,  para  que  el  orden 
público  sea  inconmovible.  Cuando  llegruemos  á 
ese  estado  y  nuestras  elecciones  no  traspasen  los 
límites  de  la  ley,  entonces  habremos  logrado  todo 
el  fruto  de  nuestra  independencia. 


Josa  Vicente  Oyagüe. 

Banquero. 


Lima,  1877. 


La  buena  administración  de  justicia  es  no  solo 
la  primera  y  mas  imperiosa  necesidad  de  los  pue- 
blos civilizados,  que  aspiran  á  ocupar  un  puesto 
distinguido  en  el  rol  de  las  naciones,  sino  que  es 
un  fiel  reflejo  de  su  estado  de  cultura  y  moralidad: 
ella  garantiza  el  sagrado  derecho  de  propiedad, 
base  de  la  riqueza  social;  conserva  incólume  el 
precioso  derecho  de  libertad,  reprimiendo  los 
extravíos  de  los  ciudadanos  y  los  excesos  del  poder^ 
á  quien  contiene  dentro  de  sus  límites,  estable- 
ciendo así  la  armonía  entre  el  orden,  que  este  debe 
mantener,  y  la  libertad  de  acción,  de  que  deben 
gozar  la  sociedad  y  el  individuo;  ella  fomenta 
poderosamente  la  inmigración  de  brazos  y  capita- 
les, trayendo  al  seno  de  la  nación  la  ciencia  y  la 
riqueza,  la  industria  y  el  trabajo. 

No  puede  consegpiirse  una  buena  administra- 
ción de  justicia,  sino  á  la  sombra  de  la  paz:  la 
guerra  civil  la  corrompe  y  llega  hasta  hacerla 
degenerar  en  arma  peligrosa  de  la  facción  domi- 
nante. 

No  puede  formarse  sino  á  fuerza  de  severidad 
en  la  elección  de  sus  miembros  y  de  constancia 


J 


68 


AMÉBICA  LITEBABIA 


en  el  onmplimiento  de  ens  deberes  de  parte  de  los 
encargados  de  tan  augustas  fnnoiones. 

Los  pueblos  libres  7  morales,  que  bnsoan  en 
las  inspiraciones  de  la  justicia  la  regla  modera- 
dora  de  sus  acciones,  7  en  el  trabajo  7  la  indus- 
tria, la  fuente  de  su  riqueza,  son  los  únicos  que 
pueden  alcanzar  7  poseer  tan  gran  bien. 

José  Abanibab. 

Jurisconsulto  y  Magittnulo. 

Lima,  1877. 


En  algfunas  de  las  repúblicas  de  América,  al 
calor  de  las  instituciones  democráticas  está  ger- 
minando 7  alimentándose  la  tiranía  mas  odiosa 
que  puede  afligir  á  un  pueblo,  la  tiranía  de  las 
facciones. 

Al  advenimiento  al  poder  de  una  facción  6 
llámese  impropiamente  partido,  la  República 
dejó  de  ser  el  gobierno  de  todos  para  todos,  con- 
virtiéndose simplemente  en  el  gobierno  de  la 
facción  para  la  facción. 

Fuera  del  grupo  no  lia7  mas  que  parias  des- 
heredados 6  proscriptos. 

Y  es  de  todos  bien  sabido  que  no  lia7  tiranía 
que  mas  cruelmente  persiga  á  la  Libertad,  que 
la  de  un  bando  que  se  eleva  proclamándola,  7 
que  la  toma  por  lema  de  su  bandera. 

En  posesión  del  poder,  la  facción  marcha  hacia 
sus  fines  sin  detenerse  ante  los  obstáculos,  7  todos 
los  medios  son  lícitos  para  satisfacer  su  misión 
— el  provecho  de  los  afiliados. 

Entre  las  prevaricaciones  de  la  facción,  nin- 
guna mas  irritante  ni  que  revista  mas  el  carác- 
ter de  la  tiranía,  que  la  usurpación  del  sufragio 
público  que  vicia  7  falsea  con  el  mas  audaz  des- 
caro en  la  época  de  la  renovación  periódica. 

La  prerrogativa  parlamentaria  de  calificar  á 
sus  miembros,  importa  para  el  partido  el  derecho 
de  repudiar  la  mas  legítima  votación,  si  eUa  ha 
recaído  en  persona  indiferente  ó  profana.  Una 
fingida  elección,  una  supuesta  dualidad,  son  el 
medio  de  sustituir  al  legítimo  representante  con 
un  cofrade  de  su  comunión. 

A  fuer  de  republicano  7  amante  de  la  libertad 
á  CU70  servicio  he  consagrado  una  larga  vida, 
quisiera  para  mi  patria  la  reforma  de  sus  insti- 
tuciones en  sentido  diverso  al  de  los  estadistas 
que  las  dictaron.  Quisiera  un  poder  fuerte,  mu7 


fuerte,  que  matase  con  la  autoridad  la  hidz»  que 
nos  devora,  que  estableciese  en  los  pueblos  la 
moral  política  7  les  impusiese  los  hábitos  7  las 
prácticas  de  la  Bepúbliea,  como  los  conquistado- 
res imponían  á  los  pueblos  que  dominaban,  su 
religión,  su  civilización  7  sus  costumbres. 

El  Mabiscax  Antonio  G.  db  La-Fihbntb. 

Antlgao  J«lé  BaprMDO  de  te  BtpúMIe». 
Lima,  1877. 


FRAGMENTO 

Yo  recuerdo  que  el  célebre  libertador  de  la 
Lrlanda  supo  mantener  el  orden  en  su  pueblo, 
repitiéndole  siempre  esta  máxima  digna  de  la 
grandeza  de  su  alma*.  «El  que  viola  las  le7es 
vende  á  su  patria  u,  ¡  Oh,  señores!  Mu7  pocos  son 
los  que  entienden  por  completo  la  profunda  ver- 
dad que  encierra  este  pensamiento  del  inmortsl 
O'ConneU.  El  crimen  de  alta  traición  patriótioa 
no  se  comete  únicamente,  vendiendo  la  Patria  á 
un  soberano  extranjero;  también  se  comete  degra- 
dando la  libertad  nacional;  7  esa  libertad  se 
degrada  cuando  las  pasiones  imperan  sobre  la  107. 
Entonces  tiene  lugar  el  mas  humillante  colonia- 
je :  un  coloniaje  en  el  que  los  vicios  desempeñan 
el  papel  de  amo  despótico,  7  el  orden  se  trastor- 
na, 7  la  vida  de  la  Patria  se  vá  extinguiendo 
lentamente,  hasta  que  termina  por  un  marasmo 
espantoso. 

Juan  Ambbosio  Hubbta. 

Antlgno  Obifpo  de  Pono,  PnbUdeU  y  Orador  Sagrado 
Lima,  1877. 


Absorto  en  el  interés  con  que  siempre  se  eeeu* 
cha  al  sabio  7  en  la  admiración  que  despierta  una 
sólida  7  probada  virtud,  conversaba  en  P^dn, 
allá  por  Febrero  de  1874,  con  monseñor  de  La 
Place,  arzobispo  de  tan  remota  arquidiooesis.  Bo- 
daba  nuestra  amistosa  plática  sobre  los  recientes 
progresos  del  catolicismo  en  el  dilatado  7  populo- 
so Celeste  impeifio,  7  oomo  le  manifestase  lo 
sorprendentes  que  para  mí  eran  las  oonversionei, 
por  ellos  alcanzadas,  me  dijo:  atribÚTalo  usted 


SECCÍON  política— KBPéBLICA  dbl  pbbó 


6d 


iodo  el  1111670  sistema  que  hemos  adoptado — la 
edmeaeum  de  lo9  niñoB,  Merced  á  ella  se  ha  hecho 
en  los  últimos  Teinte  años  lo  que  nuestros  ante- 
pasados no  pudieron  lofirrar  en  dos  centurias. 
Persuadir  á  ignorantes  idólatras,  enyejeoidos  en 
el  error,  equivale  á  querer  enderesar  el  árbol  tor- 
cido que  ha  llegado  ¿  su  pleno  desarrollo. 

Hoy  con  los  buenos  ejemplos  7  la  enseñanza 
formamos  el  corazón  7  la  inteligencia  de  las  gene- 
raciones que  Tan  levantándose,  las  cuales  anima- 
das por  el  entusiasmo  7  fuerza  que  dan  el  propio 
convencimiento,  realizan  en  lo  íntimo  de  la 
familia,  donde  nosotros  no  podíamos  llegar,  los 
prodigios  de  propaganda  que  usted  admira. 

Estos  hábiles  oonceptos,  fruto  de  la  mas  dila- 
tada experiencia  7  perseverante  observación, 
fuenm  semilla  caida  en  buen  campo,  puesto  que 
no  haoian  mas  que  fortificar  mis  propias  convic- 
ciones; con  las  palabras  de  aquel  apóstol,  creo 
como  pensaba  antes:  que  lo  hecho  ahora  con  tan 
buen  éxito  para  el  orden  religioso  en  el  extremo 
Oriental,  es  igualmente  en  el  orden  político  la 
única  salvación  para  apartar  del  abismo  á  que  en 
los  últimos  tiempos  camina  la  democracia  en  el 
Perú. 

Fundando  la  escuela  que  generalizará  la  ins- 
tmooion  hasta  en  los  mas  apartados  de  nuestros 
pueblos,  7  no  de  otra  manera,  de  ninguna  otra, 
tendremos  hombres  que,  cumpliendo  sus  deberes 
para  con  la  sociedad,  hagan  á  su  vez  respetar  á 
los  gobernantes  los  derechos  individuales;  quiero 
decir,  verdaderos  ciudadanos. 

Solo  así,  se  pondrá  dique  á  la  revolución,  ale- 
jando de  la  escena  política  á  la  ignorancia,  la 
intriga  7  la  osadía;  triple  amenaza  para  nuestro 
sistema  republicano:  único  posible  en  el  nuevo 
aundo. 

AvBBLio  Gabcía  t  Gabcí  a. 

O»piteo  do  Nftrio  y  Diplomáttoo. 

Imm,  18T7. 


Ninguna  forma  de  gobierno  exige  mas  virtud, 
en  los  ciudadanos,  que  la  republicana;  pero  no 
hs7  virtud  sin  instrucción,  porque  esta  es  la  luz 
que  hace  conocer  á  los  hombres  sus  obligaciones 
7  sus  derechos. 

La  república  no  existe  allí  donde  los  ciudada- 
nos se  mueven  al  menor  impulso  de  ágenos  inte- 
rnes, mas  6  menos  egoístas. 


El  legislador  que  quiera  hacer  á  un  pueblo 
libre,  hágalo  ilustrado;  entonces  será  también 
laborioso,  7  el  hombre  ligado  á  su  patria  por  el 
noble  vínculo  del  amor  7  de  la  justicia  será  el 
sostenedor  de  la  paz  interna  7  el  soldado  de  la 
independencia. 


Lima,  1877. 


Bafael  Yblabdb. 

A1x>gwlo. 


A  MI  PATRIA 

Los  pueblos  que  miran  indiferentes  7  toleran 
impasibles,  que  las  le7es  solo  sirvan  para  hacer 
á  sus  gobiernos  déspotas  7  á  sus  conciudadanos 
víctimas,  son  pueblos  desgraciados  7  dignos  de 
su  mala  suerte. 

Los  que  se  esfuerzan  7  luchan  por  recuperar 
su  libertad  perdida,  por  revindicar  su  nombre 
mancillado  7  sus  instituciones  escarnecidas,  están 
en  camino  de  ser  grandes,  7  tienen  justo  título 
á  la  estimación  de  los  demás. 

Los  que  á  costa  de  su  sangre  7  del  martirio, 
consiguen  hacer  prácticos  los  preceptos  de  la 
moral,  real  el  imperio  de  la  107,  respetada  la  jus- 
ticia, 7  amada  la  honra  nacional,  son  pueblos 
heroicos  7  deben  ser  libres. 

Estos  pueblos,  7  solo  estos,  son  los  únicos  que 
tienen  derecho  de  llamarse  republicanos:  aque- 
llos, se  llamarán  como  les  plazca;  pero  no  por 
eso  serán  mas  que  los  humildes  vasallos  de  un 
tirano. 


Pbdbo  a.  dbl  Solab. 

Abogado  y  Boeiltor. 


lAma,  1877. 


Así  como  el  crimen  es  contemporáneo  del  lina- 
ge  humano,  así  también  lo  es  la  justicia. 

El  anatema  de  Caín,  la  sentencia  Salomónica, 
el  laudo  de  Ginebra  son  expresiones  de  la  justicia. 

Sentimiento,  noción,  clara  conciencia  de  los 
elementos  que  la  constitu7en,  la  justicia  es  el 
garito  de  la  naturaleza  que  clama  castigo,  repa- 
ración! equidad!... 

El  individuo,  la  familia,  las  personas  morales 


70 


AMÉRICA  LITERARIA 


Tiven  sometidos  á  un  juez  cuyos  verediotos  se 
invocan,  se  temen  y  acatan ! 

Por  eso  la  justicia  es  en  los  pneblos  cultos 
prenda  de  pas  y  la  mas  sólida  garantía  de 
libertad. 

Únicamente  las  naciones  no  Han  constituido 
su  Juez,  el  supremo  tribunal  de  la  Razón,  que- 
dando todavía  en  pleno  siglo  diez  y  nueve,  las 
débiles  á  merced  de  las  poderosas,  y  desempeñan- 
do la  fuerza  el  papel  de  arbitro  en  sus  diferen- 
cias. 

Los  Parlamentos  de  las  naciones,  así  en  Amé- 
rica como  en  Europa,  deberían  imponer  á  sus 
gobiernos  la  misión  de  discutir,  de  acordar,  de 
establecer  la  fundación  de  ese  tribunal  de  la  Paz. 

jPor  qué  América,  en  su  continente  no  reali- 
zaría con  mejores  auspicios  el  pensamiento? 

¿  Acaso  no  fué  la  primera,  antes  que  la  Euro- 
pa, en  proclamar  el  Evangelio  de  los  derecbos 
del  hombre?... 


Lima,  1877* 


J.  C.  Julio  Rospioliosi. 

Jorlaooniatto  y  PoblldaU. 


Cuando  se  trata  de  intereses  generales  y  par- 
ticulares, es  muy  sabido  que  aquellos  deben  ser 
preferidos  á  estos,  y  no  habrá  quién  no  haga 
suya  la  sentencia  del  virtuoso  y  amable  Fenelon, 
que  así  decia: — -prefiero  mi  familia  á  mi,  mi 
patria  á  mi  familia,  y  el  género  humano  á  mi 
patria.  Mas  esta  espresion  puede  y  debe  emplear- 
se únicamente  en  los  casos  posibles  de  conflicto : 
fuera  de  eUos,  el  individuo  de  familia  se  complace 
en  servirla  sin  hacer  comparación,  y  el  ciudadano 
en  el  servicio  de  su  patria,  sin  olvidar  uno  y  otro 
que  son  hombres,  y  precisamente  por  ser  hom- 
bres. jNo  es  verdad  que  el  padre  de  familia 
sirve  á  la  patria  al  educar  &  sus  hijos?  ¿Y  que 
el  buen  ciudadano  en  la  nación  á  que  pertenece, 
sería  bueno  igrualmente  en  otra  nación,  y  en  la 
nación  inmensa  de  la  humanidad? 

Una  reflexión  mas  respecto  de  nuestra  Amé- 
rica. Las  relaciones  que  actualmente  existen  entre 
sus  repúblicas,  no  bastan  á  satisfacer  los  deseos 
de  un  sincero  y  puro  americanismo.  Hace  algu- 
nos años  que  publiqué  un  opúsculo  intitulado — 
Faz  perpetua  en  América  ó  Federación  am^- 
cana,  del  que  copiaré  los  periodos  siguientes:  — 
u  Conviene  á  las  repúblicas  hispano-americanas 


no  permanecer  por  mas  tiempo  como  se  hallan 
todavía,  separadas  unas  de  otras,  sin  otros  vín- 
culos que  los  universales  de  fraternidad,  y  espnes- 
tas  al  peligro  de  la  g^uerra  con  sus  funestos 
resultados,  porque  no  se  han  prevenido  para 
evitarla.  Conserven  su  independencia  en  los  asun- 
tos domésticos»  pero  júntense  en  los  comunes  y 
generales,  y  sean  todas  representadas  por  auto- 
ridades que  cuiden  de  ellas  y  de  las  relaciimes 
exteriores,  y  aparezcan  á  la  ^  de  Europa  y  del 
universo  como  una  gran  nación  i/. 

Me  contraje  después  á  examinar  cuál  seria  la 
forma  mas  conveniente  en  la  asociación  denuestns 
repúblicas;  sostuve  que  no  era  suficiente  la  alian- 
*a,  y  ocurrí  á  hk  federación,  proponiendo  el  ejem- 
plo de  los  estados  anglo-amerícanos,  que  unidos 
al  principio  en  estrecha  álianta,  sintieron  su 
inconvenientes,  establecieron  un  gobierno  gene- 
ral, y  dieron  la  Constitución  de  1787  que  rige 
hasta  ahora  con  algunas  pequeñas  modificaciones 
bajo  la  forma  estríctamente  federal. 

En  el  mismo  escríto  decia  también: — «No 
proponemos  un  cambio  súbito,  porque  enemigos 
de  toda  precipitación,  hemos  dicho  antes  de  ahori» 
que  el  bien  mismo  hace  mal,  cuando  se  procede 
con  violencia  ó  sin  preparación... «  «Levánten- 
se en  nuestras  repúblicas  sociedades  federales, 
que  tomen  á  su  cargo  la  discusión  de  este  asunto 
imporíantísimo,  y  consignen  sus  ideas  en  perió- 
dicos al  caso,  comunicándose  unas  con  otras, 
llevando  cuenta  de  sus  tareas,  y  publicando  nn 
resumen  en  tiempos  determinados «. 

Lo  que  dije  entonces  lo  repito  ahora,  deseando 
que  nuestras  repúblicas  se  acerquen  mas  de  lo 
que  actualmente  se  hallan,  y  aviven  el  dnloa 
sentimiento  de  fraternidad,  no  contentándoso 
con  la  palabra,  hasta  que  algún  dia  puedan  decir 
los  amerícanos — Améríca  es  la  patria. 


Fbakcisco  db  Paula  G.  Víqil. 

PoblloItU,  Sx-BibUotaoaHo. 


Lima,  1874. 


Al  recordar  los  nobles  esfuerzos  hechos  por  loi 
pueblos  Sud-amerícanos  para  conseguir  su  eman- 
cipación de  la  antigrua  metrópoli,  se  presenta 
magestuoso  Buenos  Aires,  iniciando  en  1810  tan 
grande  causa,  y  fomentándola  con  los  elementos 
que  en  su  patríótico  afán  pudo  reunir  y  confiar 


SECCIÓN  POLÍTICA—EBPÚBLiCA  del  pbbú 


71 


i  los  ilustres  caudillos  Belgrano  y  San  Martin, 
que  en  tenas  lucha,  supieron  leyantar  triunfante 
sobre  el  poder  de  tres  siglos  el  hermoso  pabellón 
que  el  primero  designara  como  el  emblema  de  la 
nueva  nacionalidad  argentina.  Si  á  Buenos  Aires 
le  pertenece  la  gloria  de  semejante  iniciativa,  al 
Perú  le  toca  la  de  haber  respondido  á  ella  con  el 
himno  de  la  completa  victoria,  que  después  de  un 
largo  periodo  de  abnegación  y  de  sacrificios,  y  de 
un  designad  y  denodado  combate,  resonó  al  pié 
del  memorable  Condorcanqui.  Por  eso  es  que 
Buenos  Aires  y  Ayacucho  son  las  dos  páginas 
mas  gloriosas  de  esa  heroica  epopeya. 

¡  Ojalá,  pues,  que  esta  feliz  circunstancia  cons- 
tituya siempre  un  vínculo  de  la  mas  estrecha 
nidon  entre  ambos  pueblos,  á  fin  de  que  asi  logre- 
moa  alcansar  los  grandes  destinos,  que  sin  duda 
les  están  reservados  en  el  brillante  porvenir  de 
1*  América. 

Pedbo  Dibz-Canseco. 

General,  ex-VÍoe-FreaÍdeiite  de  la  República. 
Arequipa  (Perú)  1876. 


Ia  oivilisacion  debe  á  la  marina  gran  parte  de 
sa  notable  desarrollo;  donde  quiera  que  arribe  un 
buque  Ueva  un  germen  de  progreso:  las  ciencias, 
las  artes,  el  comercio,  la  industria  han  sido  espar- 
cidas en  el  mundo,  por  medio  de  la  navegación  y 
por  ella  las  naciones  mas  separada^  han  estrecha- 
do sus  relaciones  y  tienden  al  engrandecimiento 
oomun. 

Los  primeros  navegrantes,  Fenicios  y  Cartagi- 
neses, adquirieron  su  mayor  preponderancia  á 
impulsos  de  la  navegación,  que  entonces  se  con- 
cretaba á  recorrer  las  costas  vecinas;  mas  tarde, 
el  siglo  catorce  nos  dio  la  brújula,  invento  pro- 
digioso y  guia  seguro,  por  cuyo  medio  los  nave- 
gnjites  pudieron  dirig^irse  con  acierto  á  todos  los 
pontos  del  horísonte;  y  así,  un  siglo  después,  las 
naves  de  Colon  trajeron  al  nuevo  mundo  las  luces 
del  Oriente. 

Hasta  principios  del  presente  siglo,  el  viento 
agitado  por  las  leyes  de  la  naturaleza  era  el  único 
agente  que  impelía  los  buques  á  su  destino;  pero 
desde  esa  época  el  vapor  aplicado  á4a  navegación, 
nuevo  propulsor  sugeto  á  la  voluntad  del  hombre, 
dio  á  la  marina  un  poderoso  é  importante  auxilio. 

A  medida  que  las  ciencias  y  las  artes  han  ido 


perfeccionando  la  rapidez  y  seguridad  de  la  nave- 
gación, esta,  á  su  ves,  ha  contribuido  en  mucho» 
á  esparcir  sobre  la  faz  de  la  tierra  la  civilización 
y  sus  efectos  materiales  é  intelectuales. 

El  adelanto  progresivo  de  las  repúblicas  Sud- 
americanas desde  el  año  1840,  en  que  por  primera 
vez  surcaron  sus  aguas  los  buques  á  vapor,  es  el 
mejor  testimonio  de  su  influencia  marítima. 

Una  misión  importante  y  transcendental  está 
reservada  á  la  marina  de  nuestras  repúblicas,  el 
sostenimiento  de  su  autonomía  y  de  sus  institu- 
ciones; cuando  por  principios  y  oonveniencias 
aparezcan  en  un  caso  dado  formando  una  sola 
nación,  cuando  una  marina  respetable  enarbolan- 
do  el  pabellón  de  la  alianza  haga  prevalecer  sus 
derechos,  nada  tendremos  entonces  que  temer; 
nuestros  actos  serán  juzgados  con  la  justicia  que 
debe  reinar  en  el  mundo  de  la  civilización  y  habre- 
mos afianzado  nuestro  porvenir. 

A  la  presente  generación  toca,  pues,  preparar 
el  camino  de  la  preponderancia  americana. 

MiGUBL  Gbau. 

Contra*  Almirante. 

Callao,  1877. 


Cuando  se  considera  que  á  pesar  de  las  garan- 
des conquistas  de  la  civilización,  el  mar,  ese 
inmenso  y  magnífico  patrimonio  de  la  humanidad 
es  todavía  un  elemento  á  cuyo  dominio  pretenden 
tener  solo  derecho  las  naciones  poderosas,  un 
sentimiento  de  honda  tristeza  se  apodera  de  los 
que  siempre  han  luchado  por  la  Libertad. 

Mirando  la  cuestión  bajo  el  punto  de  vista 
americano,  hay  que  convenir  en  que  es  deber 
para  todos  nuestros  hombres  de  Estado  trabajar 
por  el  aumento  de  poderío  de  nuestras  nacientes 
repúblicas,  casi  desheredadas  hoy  por  su  impo- 
tencia marítima,  de  aquel  derecho  universal. 

Las  leyes  internacionales  tienen  aun  una 
página  en  blanco  que  es  preciso  llenar,  y  las 
naciones  débiles,  las  de  nuestra  América  en  espe- 
cial, á  fin  de  llegar  á  ese  estado  de  preponderan- 
cia que  tanto  necesitan  en  sus  mares,  para  hacer 
respetar  no  solo  su  independencia,  sino  todos  sus 
derechos  soberanos,  deben  propender  al  afianza- 
miento de  las  instituciones  liberales,  y  al  fomento 
de  la  navegación  y  de  su  poder  marítimo,  que  son 
los  verdaderos  elementos  impulsivos  del  desarro- 
llo moral  y  material  de  los  pueblos  modernos. 


72 


AMÉRICA  LITEBABIA 


Estrechando  cada  dia  mas  sus  relaciones,  7  for- 
mando cansa  oomnn  en  todas  las  cnestiones  inter- 
nacionales, la  América  latina  pnede  hacer  qne 
BU  bandera  sea  en  los  mares,  7  ante  las  demás 
naciones  del  globo,  símbolo  de  unión,  de  libertad 
7  de  fuerza. 


Lima,  1877. 


LiZABDO  MOKTBBO. 

Oonfcra*  Almirante. 


Los  hombres  de  corazón  que  trabajan  por  el 
triunfo  de  un  principio  político  7  marchan  en 
línea  recta  al  fin  que  se  proponen — ora  aplau- 
diendo el  bien  que  hacen  sus  contrarios  6  sus 
correligionarios — ora  censurando  razonablemen- 
te los  males  que  unos  otros  causan,  son  incapaces 
de  dejarse  arrastrar  por  el  huracán  de  las  pasio- 
nes exaltadas  del  partidarismo  7  los  únicos  que» 
lleg^ada  la  vez,  conservan  el  ánimo  sereno  7  pue- 
den salvar  á  la  sociedad  de  los  peligros  que  la 
amenacen. 

La  tranquilidad  del  espíritu  7  la  meditación 
son  poderosos  elementos  con  que  debe  contarse 
para  resolver  los  grandes  problemas  sociales. 


II 


En  medio  de  la  tempestad  que  las  pasiones 
políticas  han  hecho  desencadenar  sobre  nuestra 
joven  América,  cubriendo  su  hermoso  cielo  con 
negras  7  espesas  nubes;  divísase  en  lontananza 
un  pequeño  espacio  del  firmamento,  brillante  por 
sus  magníficos  colores,  7  que  hace  presagiar,  para 
mas  tarde,  un  tiempo  bellísimo.  Ese  foco  de  luz 
es  la  vigorosa  juventud  americana  que  mañana  se 
levantará  fuerte  7  amaestrada  por  una  dolorosa 
esperiencia  para  trabajar  por  el  completo  desar- 
rollo de  las  instituciones  liberales  7  por  la  estre- 
cha 7  sincera  unión  de  todas  las  repúblicas  del 
oontinente,  único  medio  de  arribar  mas  pronto  á 
la  altura  á  que  están  llamadas. 

Adelante,  pues,  obreros  del  porvenir.  Vuestra 
tarea  es  grande  7  bella.  Estudiad  el  pasado. 
Aprovechad  de  la  esperiencia  de  las  generaciones 
que  7a  no  existen;  7  dando  un  vigoroso  impulso 
á  vuestro  gigantesco  trabajo,  haced  que  desapa- 


rezcan las  nubes  que  cubren  el  hermoso  délo  de 
nuestra  patria,  la  América^  á  fin  de  merecer  las 
bendiciones  de  las  generaciones  futuras. 

Aníbal  Y.  de  la  Tobbb. 

Mfdatnáo  j  Dlplomátlflo  Xlnlatro  FlenlpotaiieUrl9  dd 
Peni  en  1»  Bepübttoft  Axieattm^ 

BumoB  Aires,  1878. 


El  patriotismo  que  se  alimenta  perennemente 
con  las  reminiscencias  de  la  inibncia  7  de  la  ju- 
ventud, recordando  el  tierno  hog«r  de  nuestros 
padres;  que  nos  liga  al  país  en  que  nacimos,  soñan- 
do siempre  con  su  bienestar  7  mejora,  que  asimila 
nuestro  ser  á  las  instituciones  que  nos  rigen,  7 
al  carácter  nacional  que  determinan,  es  el  senti- 
miento que  mas  heroicos  hechos  realiza,  que  mas 
heroicos  sacrificios  exige. 

Por  esto  es  que  el  patriotismo  ejerce  una  eficaz 
infiuencia  en  la  moralidad  de  las  naciones  7  abre 
el  camino  que  las  conduce  á  la  prosperidad  7  á 
la  gloria. 

Nada  contríbu7e  mas  al  mantenimiento  7  pro- 
greso de  las  sociedades,  que  el  amor  á  la  patria 
en  los  hombres  del  poder.  La  autoridad  ensan- 
chando las  facultades  individuales,  añade  la  acdon 
al  sentimiento,  que  unidos,  engendran  el  movi- 
miento, la  actividad  7  la  vida  en  la  obra  de  la 
prosperidad  general. 

£1  dia  en  que  los  Estados  Sud-Americanos, 
obedeciendo  á  Jas  inspiraciones  del  patriotismo» 
7  aprovechando  de  sus  luces  7  esperiencia,  rin- 
dan un  homenaje  sincero  á  los  derechos  del 
individuo,  7  á  los  intereses  sociales,  prestándose 
sin  egoísmo  recíprocos  auxilios;  entonces  serán 
fáciles  para  todos  ellos  las  vías  del  progreso,  7 
sus  glorias  serán  eternas,  porque  habrán  reali- 
zado los  sublimes  destinos  de  la  América  del  Sud* 

GeKBBAL  MABLA.KO  I.  PaBDO. 
Preeldeote  de  1»  BepúMleft. 

Lima,  Octubre  14  de  1877. 


Ha7  hombres  virtuosos  que  se  aislan  del  mo- 
vimiento de  los  asuntos  públicos  de  su  patria  por 
creerse  impotentes  para  variar  la  corriente  im- 
petuosa del  mal,  ó  por  las  decepciones  que  han 
sufrido. 


SECCIÓN  POLÍTICA — república  del  perú 


73 


Es  sfrave  daño  para  nn  país  el  retraimiento 
de  sos  mejores  hijos:  él  produce  la  perversión  7 
aniquilamiento  de  las  f  uersas  yiriles  de  un  pue- 
blo 7  es  el  precursor  de  la  anarquía. 

Ni  la  decepción  ni  la  impotencia  justifican  el 
escepticismo  qne  es  la  destmccion  del  espíritu. 

El  hombre  honrado  con  solo  serlo  7  cumplir 
sus  deberes,  oontribu7e  eficazmente  al  bien  de 
loe  demás;  por  que  las  fecundas  fuentes  de  ilus- 
tración 7  de  enseñanza  para  las  sociedades  son 
el  ejemplo  de  la  práctica  del  bien;  esa  grande 
escuela  propagando  las  luces  del  individuo  á  la 
familia,  7  de  ésta  á  la  patria,  dá  á  los  ciudada- 
nos la  conciencia  de  sus  deberes. 

Entonces  la  influencia  de  los  pueblos  en  la  di- 
rección de  sus  propios  negocios  será  una  verdad 
evidente,  como  lo  es  el  dogma  de  la  soberana 
libertad  del  hombre. 


lÁma,  1877. 


General  Luis  La- Puerta. 

Vioe*Pref{dente  de  la  RepúbUo». 


En  esta  segunda  mitad  del  siglo  XIX,  se  ha 
inventado  para  los  ejércitos  7  la  marina,  armas 
de  fuego  7  elementos  de  destrucción  de  tan  devas- 
tador poder,  que  la  gpierra  podria  hacerse  cada 
dia  mas  desastrosa  para  las  naciones,  si  los  inte- 
reses recíprocos  derivados  de  la  humanidad,  de 
la  política  7  del  comercio,  no  tendiesen  á  evitarla 
mediante  las  sabias  combinaciones  de  la  diplo- 
macia. 

En  las  nacientes  repúblicas  de  la  América, 
mas  que  en  ninguna  otra  parte  del  mundo,  con- 
viene evitar,  siempre  que  el  honor  7  esos  altos 
intereses  no  estén  seriamente  comprometidos,  no 
solo  las  gpierras  internacionales,  sino  las  luchas 
fratricidas  que  desgarran  el  seno  de  la  patria  7 
arrancan  brazos  al  trabajo,  base  de  toda  pros- 
peridad 7  único  fundamento  de  la  paz  7  del  pro- 
greso de  las  instituciones  que  han  proclamado. 

General  Juan  Buendia. 

Presidente  del  Coneejo  de  Mlnietros. 
Lima,  1877. 


halla  en  vísperas  de  alcanzarse  por  la  grnerra 
misma. 

Los  elementos  bélicos  se  perfeccionan  7  sim* 
plifioan  de  tal  manera,  que  pronto  no  servirán  7a 
para  destruir  á  los  hombres,  sino  meramente  a<2 
effectwm  videndi  ó  mas  bien  ad  terrorem. 

La  guerra  habrá  desaparecido  del  orbe  en  fuer* 
za  de  la  guerra  misma,  7  se  habrá  cumplido  en 
todo  su  rigor  material,  7  pasará  á  ser  una  pro* 
fesía  este  antiguo  axioma  de  la  ciencia  interna- 
cional :  8%  vis  paceUf  para  hellum. 

Antonio  A.  de  la  Haza. 

Contra  •  Almirante. 
Lima,  1877. 


Hallándose  la  juventud  llamada  necesaria- 
mente á  dirijir  mas  tarde  todos  los  negocios  7  la 
administración  misma  del  Estado,  debe  cuidarse, 
con  el  ma7or  esmero  de  su  educación;  impidiendo 
que  en  los  establecimientos  destinados  á  la  ins- 
trucción pública  se  enseñen  ó  propaguen  doctñ- 
trinas  que  puedan  estraviar  la  inteligencia  ó 
corromper  el  corazón  7  la  moral. 

Escabroso  es,  en  verdad,  el  camino  de  la  vida, 
7  conviene  allanarlo,  en  cuanto  sea  posible,  á  los 
que  por  él  transitan,  para  evitarles  su  propia 
caida  7  el  daño  que  pudieran  ocasionar  á  la 
sociedad. 

Manuel  Morales. 

MinUtro  de  Jaatlci». 
Lima,  1877. 


Lo  que  la  filosofía  7  la  religión  no  han  podido 
^^^'¡Uñgmr  en  tantos  siglos,  la  paz   perpetua,  se 


Las  avanzadas  instituciones  políticas  de  los 
Estados  de  la  América  Española,  en  tan  visible 
contraste  con  su  educación  social,  han  sido  el 
origen  de  esas  constantes  perturbaciones  é  ins* 
tabilidad  de  todo  régimen;  7  han  hecho  oreer  á 
los  que  son  estraños  á  nuestra  raza,  que  estos 
pueblos  son  los  menos  aptos  para  la  vida  propia 
é  independiente,  7  en  particular  para  compren- 
der 7  practicar  el  gobierno  democrático. 

Pero  ese  fenómeno  cu7a  espHoacion  aa  tan 
desconsoladora  para  los  estadistas  europeos,  es 
el  efecto  natural  de  la  diferencia  de  condicio- 
nes sociales  entre  los  pueblos  del  antiguo  7  del 
nuevo  continente.  En  los  pueblos  de  Europa,  la 


74 


AMÉBICA  LITEBABIA 


profunda  diferencia  de  clases  establecida  por  la 
tradición  de  la  servidombre  7  por  el  gran  dese- 
quilibrio económico  entre  ellas,  requiere  todo  el 
poder  de  sus  gobiernos  j  la  sagacidad  de  sus 
Hombres  de  Estado  y  de  sus  economistas,  para 
establecer  instituciones  libres  que  no  se  con- 
viertan en  desborde  por  una  brusca  transición* 
En  América,  por  el  contrario,  la  libertad 
civil  nacida  junto  con  la  libertad  política  y 
los  inagotables  tesoros  de  una  naturaleza  exbu- 
berante,  no  han  permitido  el  antagonismo  de 
xdases  ni  que  aparezca  el  pavoroso  problema  del 
pauperismo;  y  el  espíritu  móvil  y  ardiente  de 
sus  razas  ba  concentrado  en  la  vida  política  toda 
su  actividad  y  su  enerjía.  En  los  pueblos  euro- 
peos  se  necesita  la  mas  consumada  obra  de  arte 
para  adaptar  á  sus  condiciones  sociales  las  ins- 
tituciones políticas;  en  América,  la  libertad  no 
necesita  espansion  ni  correctivo,  dando  los  pue- 
blos  paulatinamente  á  sus  gobiernos  lo  que  en  el 
antigpio  continente  reciben  de  ellos.  Por  eso  en 
este  último,  todo  cambio  político  es  la  amenaza  y 
casi  el  principio  de  un  cataclismo  social;  y  en 
América,  todo  el  esfuerzo  de  los  mas  ardientes 
demagogos  para  producir  una  revolución  social, 
terminará  siempre  por  un  simple  cambio  po- 
lítico. 


Bamok  Bibeybo. 

Abogado  7  Eacritor. 


Lima,  1877. 


La  gran  extensión  del  territorio  que  ocupan 
los  paises  bispano-americanos  fué  la  causa  de  que 
se  emanciparan  sucesivamente,  y  de  que  forma- 
sen diversos  Estados,  regoldos  por  gobiernos  y 
leyes  diferentes.  Esta  división  de  pueblos  que 
tienen  el  mismo  origen,  que  durante  alg^unos 
siglos  estuvieron  reg^idos  por  las  mismas  leyes  y 
que,  desgraciadamente,  no  hablan  alcanzado  el 
grado  de  cultura  y  prosperidad  que  habrían  adqui- 
do  bajo  el  gobierno  de  una  metrópoli  menos  preo- 
cupada que  la  España  y  que  conociera  mejor  sus 
propios  intereses,  ha  debilitado  sus  fuerzas,  ha 
fomentado  ambiciones  personales,  de  fácil  realiza- 
ción en  pequeños  Estados  que  principian  su  vida 
independiente,  y  ha  debilitado  también  los  víncu- 
los que  entre  ellos  existían. 

Robustecer  esos  vínculos  entre  los  Estados 


hispano-amerícanos,  uniformar  la  leg^islacion  civü 
y  comercial  que  en  estos  rige,  abolir  para  sis 
productos  los  derechos  de  importación,  mult^H- 
car  las  vias  de  comunicación  y  promover  el  desar- 
rollo de  sus  relaciones  mercantiles,  es  uno  de  los 
mas  imperiosos  deberes  de  los  que  gobiernan  á 
estos  pueblos;  así  se  consegfuirá  que  sea  ben^ca 
la  división  en  pequeños  Estados  que  la  naturale- 
za y  los  acontecimientos  impusieron  á  la  América 
española. 

Alejandbo  Abskás. 

▲boftado  7  Btorltor. 
Lima,  1877. 


Las  naciones,  cuyos  gobiernos  tienen  la  verda- 
dera obediencia  de  sus  pueblos,  siguen  la  via  del 
positivo  progreso,  porque  se  hallan  á  cubierto 
de  las  funestas  consecuencias  de  la  traición,  sedi- 
ción ó  rebelión;  porque  cuentan  siempre  con  la 
muy  importante  cooperación  de  todos  los  subditos 
del  Estado;  porque  emplean  y  pueden  emplear 
los  medios  apropiados,  con  la  precisa  oportunidad; 
y  porque  solo  así  es  posible  el  orden,  á  cuja 
sombra  se  establecen  y  desarrollan  las  indus- 
trias, fuente  inagotable  de  la  creciente  é  impere- 
cedera riqueza  de  las  naciones. 

Y  las  secciones  Sud- Americanas  que,  durante 
mas  de  tres  siglos,  permanecieron  bajo  la  mas 
abyecta  sumisión,  sin  otros  derechos,  que  los  que 
plugo  á  su  amo  y  señor  acordar  á  las  colonias  que 
le  pertenecían,  al  reconquistar  su  libertad  perdi- 
da, establecer  su  independencia,  y  recuperar  sa 
autonomía,  á  la  manera  que  un  resorte  oprimido 
por  una  fuerza  muy  superior  á  su  resistencia 
natural,  que  queda  brusca  y  repentinamente  libre 
da  la  causa  de  su  opresión,  al  prestar  obediencia 
á  la  ley  fatal  que  le  obliga  á  restablecerse,  se 
despedaza,  se  destruye  y  aun  se  aniquila,  las  se- 
ciones  Sud-Amerfcanas  que,  elevando  su  impo- 
nente voz,  levantando  su  poderoso  brazo,  y 
descargándolo  centra  el  usurpador  de  sus  mas 
sagrados  derechos,  rompieron  para  siempre  la 
ignominiosa  cadena  que  atara  sus  libertades,  al 
cumplir  la  ley  moral  que  les  obligaba  á  restable- 
cer el  orden  naturalmente  alterado,  sin  el  tiempo, 
sin  la  previsión  necesaria  para  preparar  á  sus 
pueblos  á  rendir  una  obediencia  racional,  justa  y 
legal,  sin  los  hábitos  indispensables  para  regir 
los  destinos  de  los  Estados;  sin  la  abnegación 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  del  perú 


75 


debida  para  deponer,  en  bien  general,  aun  las 
mas  nobles  aspiraciones  personales;  y  en  nna 
palabra,  sin  los  elementos  de  todo  pnnto  precisos 
para  implantar  el  sistema  republicano,  eatre 
individúes  que  de  cosas  pasaban  á  ser,  no  como 
quiera  personas,  no  como  pudieran  ciudadanos, 
sino  ciudadanos  libres  de  Repúblicas  esencial- 
mente democráticas,  la  anarquía  con  sus  mas 
funestas  consecuencias,  kan  detenido  mas  ó  menos 
el  curso  natural  del  desarrollo  á  que  están  llama- 
das, por  la  inteligpencia  de  sus  bijos,  por  la  vasta 
ostensión  de  sus  terrenos,  por  la  fertilidad  de  ellos, 
y  por  las  diversas  j  escepcionales  riquezas  con 
que  la  Providencia  ba  sido  pródiga  para  ellas. 

La  felicidad  de  los  Estados,  constituida  por  el 
desarrollo  prog^resivo  de  todas  las  industrias  que 
es  posible  establecer  en  ellos,  exige  indispensable- 
mente la  mas  perfecta  paz  y  permanente  tran- 
quilidad de  todas  sus  dependencias.  Será,  pues, 
mas  felis  la  nación,  cuyos  gobiernos  sean  cons- 
tituidos y  sostenidos,  en  todo  tiempo,  por  la 
positiva  7  espontánea  voluntad  de  la  verdadera 
mayoría  de  sus  pueblos. 

Fernando  Palacios. 

Abogado. 

Linuí,  1877. 


La  empleomanía,  que  es  una  plagia  en  las  ag^ru- 
paciones  políticas  en  la  América  del  Sud,  es 
especialmente  en  mi  patria  un  verdadero  cáncer 
fiscal. 

Todo  empleado  escódente  para  el  movimiento 
de  la  máquina  administrativa  es  una  fuerza  de 
producción  que  se  paraliza  y  un  elemento  de 


consumo  que  se  aumenta:  el  doble  efecto  de  estas 

fuerzas  encontradas  y  en  constante  actividad  se 

traduce  en  el  orden  social  y  económico  bajo  la 

siguiente  fórmula: — '^descapitalizacion  pública  y 

desnivel  del  presupuesto  ó  sea  decadencia  del 

Estado,  u 

Combatir  la  empleomanía  en  la  generación 

naciente  es  un  deber  impuesto  á  los  políticos 

contemporáneos. 

Adán  Melgar. 

Médico  7  FttriodlMa. 
Lima,  1878. 


La  prosperidad  económica  de  un  Estado,  trae 
necesariamente  como  consecuencia  su  prosperi- 
dad moral,  política  y  social.  La  dignidad  del 
bombre  se  bace  tanto  mas  exquisita  y  ostensible, 
cuanto  mayor  es  su  seguridad  de  satisfacer  por 
la  independencia  de  su  renta,  las  necesidades  de 
su  vida. 

Los  bombres  pensadores  de  todas  las  naciones 
deben,  pues,  emplear  su  inteligencia  y  baoer 
converger  sus  esfuerzos  todos  á  aumentar  la 
producción  de  riqueza,  á  facilitar  su  circulación, 
á  bacer  su  distribución  equitativa  y  su  oonsumo 
provecboso;  es  decir,  á  cimentar  el  principio  de 
propiedad  y  á  bonrar  el  trabajo  por  todos  los 
medios  posibles. 

Solo  de  esta  manera  podrá  oonseguirse  la 
independencia  individual,  y  con  ella  el  Hfiania- 
miento  de  todas  las  libertades  y  la  elevación 
moral  de  la  persona  bumana. 

Joaquín  Capelo. 

Lima,  1877.  '^'^' 


REPÚBLICA  DE  BOLIVIA 


Para  el  hombre  pensador  hay  en  las  repúbli- 
cas nacientes  de  la  América  del  Sud  nn  problema 
cuya  solución  está  librada  al  porvenir.  Las  almas 
superficiales,  las  que  juzgan  de  los  grandes 
acontecimientos  con  lijereza  ó  atolondramiento, 
oreen  que  la  ley  del  progreso  jamás  se  cumplirá 
en  esta  hermosa  porción  del  globo  llamada  Boli- 
▼ia.  Yo,  que  fortalecido  con  el  estudio  de  la  histo- 
ria tengo  té  en  los  destinos  de  la  humanidad;  70, 
que  creo  que  el  porrenir  de  todas  las  naciones  es 
la  democracia,  aguardo  tranquilo  el  cumplimien- 
to de  los  designios  de  la  ProTÍdencia. 

Cierto  es  que  los  espíritus  elevados  y  justos  se 
llenan  de  una  santa  indignación  al  ver  los  males 
que  añijen  á  Bolivia,  7  las  mas  veces  para  curar 
esos  males  ocurren  á  la  revolución.  Hé  aquí  el 
motivo  por  qué  en  cincuenta  7  dos  años  de  exis- 
tencia independiente,  Bolivia  no  ha  podido  llegar 
al  estado  de  progreso  material,  moral  é  intelec- 
tual que  han  alcanzado  los  otros  Estados  de  Sud- 
América. 

La  anarquía  nacida  de  las  impaciencias  de  la 
libertad  produce  el  despotismo,  7  el  despotismo 
engendra  la  anarquía.  Cual  de  estos  males  sea 
mayor,  solo  puede  decir  el  que  ha7a  presenciado 
los  horrores  causados  por  la  soldadesca  desenfre- 
nada, 6  por  el  populacho  ebrio  y  delirante  invo- 
cando la  libertad. 

El  despotismo  es  odioso  bajo  todos  sus  as- 
pectos. 

El  examen  atento  de  nuestra  situación  econó- 
mica y  política;  una  mirada  á  la  época  del 
ooloniage  español;  los  hábitos  de  abyección  y 
servidumbre  de  entonces;  la  ignorancia  general 
de  las  clases  sociales  á  escepcion  de  los  pocos 


conocimientos  del  derecho  romano  y  de  te(4og{s 
metafísica,  nos  manifiestan  que  á  pesar  de  nues- 
tra deplorable  situación  topográfica  y  de  nuestros 
constantes  disturbios,  hemos  adelantado  algo  en 
el  camino  de  la  civilización  moderna.  La  cues- 
tión compleja  de  progrreso  político,  material  é 
intelectual,  marchan  á  su  solución. 

Fé  en  los  destinos  del  género  humano;  amor 
al  trabajo  y  á  la  industria,  y,  sobre  todo,  amor 
decidido,  pero  calmado  y  reflexivo  por  la  libertad 
en  todas  sus  manifestaciones,  he  aquí  lo  que 
necesita  Bolivia  para  borrar  las  huellas  profnn- 
das  que  aun  quedan  del  coloniage. 

Todo  esto  solo  puede  consegirse  gastando  en 
la  instrucción  del  pueblo  los  caudales  que  hoy 
consumimos  en  las  estériles  luchas  del  partída- 
rismo  personal. 

Cuando  el  pueblo  sea  ilustrado  y  fuerte,  los 
mandatarios  aprenderán  á  respetar  las  instita- 
ciones,  y  no  oiremos  ya  á  algunos  hombres  de 
Estado  repetir  la  blasfemia  política  de  qne 
Bolivia,  pais  escepcional  debe  grorbemarse  sin 
asamblea,  sin  municipio,  sin  libertad  de  impre- 
ta  y  sin  instituciones  constitucionales. 


José  Manuel  dbl  Caspio, 

MuffUtrado  7  OooM^OTO  de  Estado. 


La  Pos,  1877 


¿QUE  ES  LO  QUE  BOLIVIA  NECESITA? 


u Bolivia  neeesiia  un  bautismo  de  sangre',  dijo 
en  su  cólera  el  General  Belsu.     Y  hay  quiáiei 


SECCIÓN  POLÍTICA— EEPüBLicÁ  Di  fióLiVíÁ 


77 


repiten  todavía  esas  fatídicas  palabras.  ¡Qué 
delirio! 

Al  Teñir  al  mundo,  recibió  ya  Bolivia  un  pro- 
longado banti«o  de  sangre;  y  mas  tarde  confir- 
mó también  oon  sangre  sn  autonomía  nacional, 
bajo  el  sol  de  este  glorioso  dia.  En  su  trabajosa 
Tida,  sangfre  igualmente  es  lo  qne  ba  transpirado 
por  todos  sns  poros,  hasta  convertirse  en  nn 
espectro  qne  espanta  y  ahuyenta  4  las  nacio- 
nes... 

Pues  qne  su  destino  es  vivir  lidiando,  lo  que 
BoUüia  necesita  e$: — cambiar  de  armas  sin  tar- 
dansa,  y  trasladar  el  teatro  de  la  lid  á  sus  quie- 
bras profundas  y  á  sus  escabrosas  sierras;  ya  que 
por  Sud  y  Norte  la  provocan  el  conductor  eléc- 
trico y  el  silbato  del  vapor. 

El  pueblo  boliviano,  tan  acostumbrado  á  la 
fatiga,  recogerá  abundantes  é  inmarcesibles  lau- 
ros en  este  nuevo  género  de  combate. 

Y  la  patria,  hoy  tan  mal  vista  por  las  gentee 
wtk  en  el  mundo  internacional  lo  que  la  natura- 
leía  quiso  que  fuera  en  el  mundo  material: — fe- 
cunda, como  sus  valles;  lujosa,  como  sus  bosques; 
rica  y  poderosa,  como  sus  inagotables  minerales; 
magestuosa  y  espléndida,  como  sus  cordilleras  de 
nieve. 

Entonces,  y  solo  entonces,  podrá  gloriarse  de 
haber  sido — "la  hija  predilecta  del  Gran  Bo- 

LTVABií!!! 


Gbne&al  Narciso  Campbbo, 

Hombre  dfl  Letraa. 


Toto9(,   1S75. 


Dos  cosas  son  de  desear  que  se  acrecienten  en 
Bolivia,  un  gran  odio  y  una  gran  fuersa:  el  gran 
odio  es  el  de  las  vias  de  hecho,  de  las  asonadas 
populares  y  de  los  motines  de  cuartel,  que  llama- 
mos nuestras  revoluciones;  la  grande  fuerza  es  la 
conciencia  páblica... 

Mientras  la  soberanía  no  se  ejerza  realmente; 
mientras  no  se  traslade  de  la  vociferación  tumul- 
tuosa de  las  calles  á  la  lej^  escrita,  buena  6  mala, 
pero  reformable  y  progresiva  con  su  propia  fuer- 
sa, no  habrá  criterio  para  las  acciones  políticas . . . 
Hi  conclusión  es  sencilla.  No  busquemos  el 
imperio  de  la  justicia  en  las  evoluciones  inoon- 
eientes  de  las  masas.     Persigamos  sin  descanso 


la  noción  legid.     Salvemos  sus  fragmentos  por 
entre  los  escombros  del  hecho,  pasado  ó  venidero. 

Mariano  Baptista, 

Hombre  de  BtUdo  7  QnAon  PAriamMiUrio 
La  Pos,  1875. 


El  militarismo  que  hoy  ha  dispuesto  de  Espa- 
ña, que  avasalla  la  Francia,  tiene  en  compresión 
las  partes  componentes  del  Imperio  Alemán,  y 
que  amenaza  destruir  la  libertad  de  la  gran  nación 
americana;  no  abandonará  sin  combates  repetidos 
el  suelo  hispano-americano. 

A  la  Confederación  Argentina  aun  le  esperan 
luchas.  El  Perú  y  Bolivia  deben  contar  verlo  otra 
vez  en  el  poder.  Mientras  los  militares  sean  regi- 
dos por  leyes  escepcionales,  y  tengan  hábito 
especial  formando  castas  no  habrá  paz  en  Sud- 
América. 

A  Bolivia  la  amenaza,  además,  la  oclocracia  de 
la  clase  proletaria  y  de  los  aborígenes,  quienes 
ven  todavía  á  aquellos  con  desconfianza. 

La  influencia  de  los  gobiernos  que  la  rodean 
disminuirá  su  autonomia;  y  al  formar  en  el  cen- 
tro de  esta  parte  del  continente  un  Estado  nece- 
sario para  su  equilibrio  político,  á  causa  de  las 
rivalidades  de  sus  limítrofes,  tiene  de  recoger 
mas  daño  que  beneficio  de  ellos. 


Pedro  José  de  Guerra. 

Hombre  de  Estado  7  INpIomátieo. 


La  Pos,  1875. 


La  neutralización  perpetua  y  el  gobierno  fede- 
ral son  condiciones  lógicas  en  teoría  política,  y 
constantes  en  la  historia. 

Sin  paz  internacional  la  descentralización  po- 
lítica del  poder  es  un  peligro  extemo.  La  forma 
unitaria  es  el  carácter  de  los  pueblos  guerreros; 
y  la  federal  la  de  los  neutralizados. 

La  primera  federación  embrionaria  fué  la 
griBgtk,  que  ejerció  la  neutralización  virtual  de 
las  guerras  defensivas.  La  Confederación  helvé- 
tica es  neutral  y  federal;  y  los  Estados  Unidos 
de  la  América  del  Norte  han  sido  y  serán,  por 
su  distancia  geográfiioa,  neutrales  ante  la  bélica 
Europa. 


78 


AMÉRICA   LITERARIA 


No  en  lejano  porvenir  el  Nnevo  Continente, 
deliberará  la  neutralización  perpetua  de  Bolivia, 
como  medio  de  garantizar  el  equilibrio  de  las 
naciones  que  lo  pueblan;  7  esa  deliberación  será 
la  invencible  causa  de  que  se  constituya  en  ella 
el  gobierno  federal,  si  antes  no  lo  realiza  la  pre- 
sente generación  directamente. 

Llegado  este  caso,  ¿dónde  funcionará  la  capital 
federal?  Sobre  el  Pacifico,  en  el  litoral.  Recor- 
dar las  tres  zonas  hidrográficas  de  que  está 
compuesta  Solivia,  es  lo  mismo  que  reconocer  lo 
vario  7  alternativo  de  su  destino.  Mientras  se 
halle  sujeta  á  la  única  influencia  del  Pacífico, 
quedando  en  reserva  las  del  Plata  7  Amazonas, 
la  capital  debe  buscarse  sobre  la  región  corres- 
pondiente. La  Paz  Bustitu7e  actualmente  á  Chu- 
quisaca  bajo  el  imperio  de  esta  le7  natural, 
aunque  de  un  modo  imperfecto. 

La  capital  de  Chuquisaca  fué  generadora  de 
la  civilización  colonial  alto-peruana  durante  el 
período  históríco  del  Yireinato  de  Buenos  Aires; 
roto  el  vínculo  sintió  debilitada  su  infiuencia: 
volverá  mas  poderosa  el  dia  que  el  Plata  nos 
vuelva  á  su  comunidad. 

La  capitalía  de  Cochabamba  espera  el  mas 
lejano  imperio  de  la  influencia  amazónica. 

La  capitalía  es  una  función  de  las  mas  com- 
plejas; la  ciudad  convertida  en  funcionaría:  la 
constitución  debiera  inscríbir  el  derecho  de 
elegfirla  en  todas  las  gerarquías  de  la  cirouns- 
orípcion  administrativa.  En  ella  se  concretan 
tantísimas  le7es  sociales. 

Reconocida  la  geografía  á  que  corresponde 
la  capital  en  el  actual  período,  indicamos  á  Chiw 
ehiu  colocada  en  el  encuentro  de  las  mesetas  de 
la  sierra  7  de  la  costa  atacameña.  El  agua  que 
falta  en  el  Litoral  es  allí  potable  7  apropiada 
para  regfar,  debiendo  mejorar  cuando  se  ejecu- 
ten trabajos  de  canalización  que  separen  la 
corríente  mineral  de  la  buena. 

Colocado  el  gobierno  boliviano  en  el  litoral, 
recibiría  la  influencia  benéfica  7  amigable  de 
Chile  7  el  Perú;  desenvolvería  los  intereses 
marítimos  7  aduaneros;  7  lanzaría  sobre  los 
departamentos  federales  del  interíor,  el  ferro- 
oarríl  central  boliviano  7  continental  hispano- 
ameríoano,  que  hemos  diseñado  en  otra  parte. 

Este  pensamiento  no  es  provincialista;  Chiu 
éhiu  está  en  el  Sud. 

Julio  Méndez 

PabUeiite. 
La  PoM,  1877. 


Todo  el  mundo  sabe  que  el  suelo  de  BoIítís 
es  uno  de  los  mas  favorecidos  por  la  naturaleza, 
con  una  varíedad  asombrosa  de  producciones  que 
supera  á  todo  encarecimiento.  Lo  que  el  paíi 
debe  tener  en  mira  para  explotar  7  hacer  valer 
sus  ríquezas,  es  vencer  los  obstáculos  que  pro- 
vienen de  su  posición  mediterránea.  El  espirita 
de  empresa  tendrá  una  parte  considerable  en 
esta  obra  trascendental;  pero  es  innegable  qos 
una  política  elevada,  proseguida  con  volimtad 
constante,  como  una  tradición  sagrada  jamás 
puesta  en  olvido,  7  CU70  numen  de  inspiraciones 
sea  el  objetivo  invariable  de  exhibir  á  Boliría 
ante  el  mundo  civilizado  7  en  el  rango  que  la 
corresponde  por  los  designios  de  la  Providencia, 
una  política  semejante,  digo,  será  la  causa  efi- 
ciente 7  primordial  que  la  arranque  de  su  estado  de 
postración  7  la  coloque  resueltamente  en  el  cami- 
no de  BUS  futuros  destinos.  Esto  quiere  decir  que 
Bolivia  necesita  fomentar  7  mantener  su  diplo- 
macia, sin  interrupción,  oon  esmerad»  solicitud, 
f  como  objeto  de  predilección,  á  fin  de  oultÍTir 
sólidas  7  cordiales  relaciones,  7  para  concluir 
tratados  7  convenciones  que,  eliminando  de  una 
vez  para  siempre  la  enojosa  cuestión  de  limites, 
funden  las  bases  de  amistad,  paz  7  comercio  que 
han  de  estrechar  mas  7  mas  sus  vínculos  oon  los 
Estados  vecinos.  El  punto  cardinal  que  esa 
política  debe  consagrar  como  doctrina  predomi- 
nante del  derecho  internacional  Sud-Amerícano, 
es  el  principio  del  libre  tránsito,  que  la  justida 
proclama,  las  conveniencias  mutuas  aconsejan 
7  el  sentimiento  de  fraternidad  amerícana  invoca. 
Bolivia  sostiene  7  deberá  sostener  en  el  porvenir 
mas  acentuadamente  todavía  la  doctrina  del  libre 
tránsito,  como  su  bandera  favoríta  7  el  emblema 
de  los  principios  preponderantes  en  su  política 
tradicional.  Pero  no  se  contentará  oon  invocar 
un  derecho  perfecto;  anhela  granjearse  la  bene- 
volencia 7  la  cordial  amistad  de  sus  vecinos; 
quiere  que  el  noble  7  fecundo  principio  de  lasoli- 
darídad  Sud- Amerícana  sea  una  realidad. 


La  PoM,  1878. 


Antonio  Qüijabbo, 

PtiiAiioiaU  7  mplomáüoo. 


Pensemos  un  poco  en  Améríca — 7  lo  sabéis — 
pensar  en  Améríca  es  pensar  en  Europa,  en  el 
mundo  todo.  La  solidarídad  humana  no  es  un 


SECCIÓN  POLÍTICA — república  de  bolivia 


79 


mito  poétíoo:  como  dog^ma,  es  la  revelación  del 
arcano  mas  ang^oato:  como  lógica,  es  la  fórmula 
mas  científica:  como  Mstoria,  empiesa  con  Adán 
en  el  Paraíso,  continúa  en  el  Ctólgota  con  la 
sangre  qne  vertiera  el  Dios  mártir  para  la  reden- 
ción del  mondo;  7  la  última  palabra  se  pierde 
allá,  en  el  dintel  qne  guarda  el  arcángel  del 
Apocalipsis. 

En  ese  concierto  misterioso  y  armónico,  cada 
pueblo,  cada  región  tiene  marcada  su  hora  7  su 
labor. — La  civilización,  obedeciendo  la  ley  tan 
inescrutable  como  omnipotente,  que  impele  los 
mundos  del  Oriente  al  Ocaso,  desoribe  su  órbita 
en  el  mismo  sentido;  y  Colon  al  dirigir  al  Po- 
niente la  proa  de  sus  naves  tenia  la  mas  sublime 
intuición. 

La  América  es  el  mundo  del  porvenir,  es  la 
válvula  de  seguridad  de  la  civilización  moderna. 

La  Europa  está  al  borde  del  abismo;  tiene 
sobre  su  cabeza,  pendiente  de  un  hilo,  la  espada 
ezterminadora  de  la  guerra  continental.  Un 
duelo  á  muerte  rigurosamente  titánico,  es  inelu- 
dible, entre  ejércitos  casi  fabulosos,  henchidos 
de  odio,  sedientos  de  venganza,  armados  con  esas 
máquinas  de  destrucción  que  el  genio  del  mal 
improvisa  cada  dia  para  consumar  la  devasta- 
ción del  mundo. 

Y  como  si  se  acercara  la  hora  suprema  de  los 
tiempos,  oleadas  de  muchedumbre  hambrienta  y 
desesperada  zapan  por  la  base  el  edificio  social;  el 
altar,  el  trono,  la  libertad,  la  propiedad:  la  civi- 
lización toda  está  minada,  y  esas  furias  inferna- 
les, mas  terribles  que  las  hordas  del  Norte* 
amenazan  talar  la  Europa  como  el  casco  del  ca- 
ballo de  Atila. 

Pero  ved  aquí  la  América  para  salvar  á  la 
Europa. 

Allí  la  plétora  de  población,  aquí  el  desierto; 
allá  la  ciencia,  la  máquina,  el  capital,  aquí  la  tier- 
ra prometida,  el  jardín  de  las  Hespéridos,  la 
montaña  que  atesora  en  su  seno  el  oro  y  la  pla- 
ta, bosques  vírgenes  que  ostentan  la  magostad 
de  la  creación,  y  la  riqueza  y  variedad  de  los 
frutos  mas  opimos;  pero  todo  eso  al  estado  de 
vellocino,  secuestrado  por  el  dragón  de  la  dis- 
cordia, por  el  genio  del  error. 

¡Siempre,  en  todas  partes,  las  sublimes  armo- 
nías de  la  Providencia  que  lo  vé  todo,  que  cuida 
de  todo,  que  provee  á  todo! 

Los  hijos  desheredados  del  viejo  mundo  están 


invitados  en  el  nuevo  á  un  banquete  espléndido 
de  porvenir  y  de  ventura. 

La  América  salvará  á  la  Europa,  y  la  Europa 
levantará  la  América  á  la  altura  de  sus  glorio- 
sos destinos. 

¿  Y  por  qué  no  contemplamos  ya  ese  hermoso 
espectáculo?  ¿por  qué  no  se  realiza  esa  noble  y 
santa  predestinación  P  lo  diremos  francamente. 

Porque  los  pueblos  de  América  escandalizan 
al  mundo  con  sus  locuras  y  sus  crímenes,  porque 
esta  tierra  volcánica,  sacudida  siempre  por  el 
huracán  de  las  pasiones  mas  candentes  no  inspira 
seguridad  ni  al  capital,  ni  al  trabajo;  y  en  vez  de 
atraer  al  hombre  de  Europa,  lo  ahuyenta  y  aterra 
con  el  estampido  del  canon  fratricida  y  la  brutal 
algazara  del  motin. 

La  revolución  no  solo  es  el  oprobio  de  Améri- 
ca, sino  el  obstáculo  para  todo  progreso. 

¿  Pero  de  dónde  salen  las  revoluciones  P  de  los 
cuarteles,  dice  el  grito  uniforme  de  los  salones, 
de  la  prensa,  de  la  tribuna.  El  ejército,  noble  y 
generosa  institución  destinada  á  sostener  el  impe- 
rio de  la  ley  y  las  libertades  públicas,  está  acusa- 
do por  el  mundo  entero  de  ser  casi  siempre  el 
elemento  del  desorden. 

iQué!  ¿La  ley  y  la  libertad  son  incompatibles 
con  el  cuartel?  Los  pretorianos  trasladaron  la 
soberanía  del  foro  al  vivac;  vendían  el  Imperio 
al  mejor  postor,  y  destrozaban  el  ídolo  de  la  vís- 
pera con  el  mismo  brutal  capricho  que  le  colo- 
cara sobre  el  altar.  Los  motines  y  las  tiranías 
corrompen  y  envilecen  de  tal  modo  á  los  pue- 
blos, que  bastaron  unas  hordas  salvajes  para 
derribar  el  trono  de  los  Césares. 

No  puede  concebirse  un  pueblo  mas  infortu- 
nado que  aquel  que  sufre  el  yugo  del  cuartel. 
Todo  el  sudor  de  su  frente,  toda  la  sangre  de  sus 
venas  no  bastan  para  saciar  la  voracidad,  siem- 
pre creciente,  de  este  monstruo. 

¿Y  sabéis  cómo  paga  el  cuartel  esa  sangre, 
esos  sacrificios  P  Levanta  hoy  sobre  el  pavés  un 
sangriento  tirano,  y  para  sostenerlo,  degüella 
las  poblaciones,  las  saquea  y  las  incendia  y  rom~ 
pe  mañana  las  instituciones  mas  venerandas, 
secuestra  toda  libertad,  paraliza  todo  progreso, 
y  veis  un  pueblo  mustio,  aterrado;  un  silencio 
sepulcral,  apenas  interrumpido  por  las  orgías 
del  cuartel,  y  el  compás  duro  y  monótono  del 
batallón  que  marcha  para  ejecutar  la  pantomi- 
ma de  todos  los  dias,  para  amaestrarse  en  el  arte 


80 


AMÉBICA  LITEBABIA 


bárbaro  de  matar  hombres  con  la  velocidad  del 
rayo  y  la  preoisioii  del  cálculo. 

Pero  el  cetro  del  cuartel  solo  puede  erguirse 
en  pueblos  tímidos,  inermes,  ignorantes.  Civili- 
zad las  masas,  inspiradles  amor  á  las  leyes  y  la 
libertad,  retemplad  su  espíritu  en  la  fragua  del 
trabajo  y  de  la  independencia;  y  ningún  grupo 
de  soldados  será  bastante  fuerte  para  imponerse 
á  un  pueblo  libre  y  viril. 

Mientras  en  America  se  conserve  salvaje  la 
mitad  de  la  población,  para  dominarla  y  esplotar- 
la,8erá  imposible  el  orden,  imposible  la  libertad. 

Una  ley  inexorable  del  mundo  moral,  vengadora 
de  la  libertad  y  del  derecho,  condena  á  todos  los 
tiranos,  gobiernos  ó  pueblos,  al  tormento  de  Pro- 
meteo. En  vano  el  déspota  pediría  un  instante  de 
tregpia  á  la  implacable  Nemesis  que  tortura  sus 
entrañas,  ni  á  la  sombra  de  Hamlet  que  conturba 
y  aterra  su  sueño.  Sí,  en  vano.  Dios  maldice  la 
tiranía  como  el  delito  mas  atroz.  Todo  tirano 
tiene  que  expiar  el  crímen  de  la  tiranía,  y  la 
espada  del  ángel  vengador  amenaza  dia  y  noche 
su  cabeza.  ¡Oh!  nadie  puede  ser  tirano  impune- 
mente. Solo  la  libertad  hace  dichosos  á  todos; 
á  los  que  mandan  y  á  los  que  obedecen.  Solo  ella 
teje  guirnaldas  y  levanta  aliares  para  los  héroes 
que,  como  Sucre,  rinden  culto  á  la  ley,  al  honor 
y  á  la  gloría. 

¡  Sublime  concierto  de  sabiduría  y  de  justicia 
que  protege  las  naciones  y  sanciona  y  garantiza 
los  destinos  del  mundo.  ¡Plegué  al  cielo  que  lo 
comprendan  bien  todos  los  autócratas  de  la  tierra! 


Mabiako  Bbyes  Cardona. 

lUgtstrado  y  niplomátioo. 


La  Paz,  1878, 


En  Solivia,  como  en  otros  Estados  america- 
nos, existe  un  funesto  principio  de  derecho 
político  consuetudinario,  que  parece  ha  fijado 
poco  la  atención  de  sus  hombres  públicos,  y  al 
que  atribuyo  sus  infortunios  y  las  anomalias  de 
su  vida.  Me  refiero  á  "  La  legitimación  de  los 
Foderes  de  usurpación" :  simulacro  de  libertad 
pública  y  sarcasmo  á  la  soberanía  popular. 

En  mas  de  medio  siglo  de  constante  lucha 
constitucional,  esa  nación  no  ha  podido  todavía 
cimentar  sus  instituciones  democráticas.  ({Por 
qué?    Porque  ha  aceptado  como   inconcusa  la 


doctrina  que  llevamos  insinuada,  y  no  solo  no 
trata  de  condenarla,  sino  que  la  acata  como  ans 
ley  de  la  fatalidad:  dolorosa  y  terrible,  al  miimo 
tiempo  que  ineludible  y  forzosa. 

Becorred  su  historia,  y  ved  lo  que  ella  ofrece 
en  todas  sus  páginas. 

Incesante  anhelo  de  poseer  las  mejores  instita- 
ciones;  personajes  de  ideas  avanzadas  que  concur- 
ren á  sus  legislaturas;  cartas  fundamentales  que 
se  promulgan  hoy,  asaltadores  del  poder  que  lat 
abrogan  mañana,  apoteosis  del  usurpador  en  los 
altares  de  la  primera  magistratura;  formación  de 
nueva  carta  que  consulta  el  carácter  de  este, 
antes  que  las  condiciones  de  la  sociedad;  repetí- 
cienes  subsiguientes  de  las  mismas  escenas  y  de 
los  mismos  escándalos;  edificación  en  un  diz, 
demolición  en  otro;  tal  es  el  círculo  de  hierro  eo 
que  gfira  esa  sociedad,  verdadera  Penélope  que  no 
levanta  las  manos  de  su  labor,  sin  llegar  á  termi- 
nar la  obra  que  está  en  espectacion  del  mundo 
entero. 

¡Cómo!  Un  pueblo  que  se  precia  de  soberano 
¿  consiente  en  ser  impunemente  despojado  de  su 
soberanía?  Tin  atentado  criminoso  que  merece 
severo  castigo,  ¿ha  de  no  solo  ser  consentido, 
sino  premiado  y  glorificado f  ¿Dónde  está  enton- 
ces la  justicia,  dónde  la  moral  pública  y  dónde 
la  autonomía  nacional  ? 

No  viola  el  hombre  impunemente  las  eternzs 
leyes  de  la  lógica  y  de  la  moral,  ni  pueden  las 
naciones  olvidarlas,  sin  correr  en  rápido  descen- 
so á  los  abismos  del  error  y  del  envilecimiento. 

¿  Cómo  se  quiere  deducir  lo  permanente  de  li 
contingencia,  ni  fundar  instituciones  estables  en 
la  movible  base  de  una  persona  mortal  ?  ¿  No  vale 
esto  tanto  como  "edificar  en  la  arena?  « 

¿  Cómo  asegurar  aquellas  contra  los  siniestros 
revolucionarios  ni  tenerlas  á  cubierto  de  frecnen- 
tes  mudanzas,  cuando  se  permite  á  la  osadía  el 
suprimirlas,  si  su  ambición  lo  exije;  cuando  se 
ensalza  y  se  aplaude  el  acto  criminoso  y  cuando 
complacientes  hasta  la  delincuencia  los  represen* 
tantos  de  la  soberanía,  no  solo  no  atematisan  el 
atentado,  sino  que  aprueban  y  sancionan  todo  lo 
obrado  bajo  sus  auspicios  y  se  apresuran  á  forma- 
lar  las  nuevas  leyes  que  él  les  demanda? 

¿  Cómo,  en  fin,  sequiere  fundar  costumbres  re- 
publicanas, si  aceptando  los  golpes  de  Estado  de 
ayer,  se  preparan  los  golpes  de  Estado  de  maña- 
na, y  si  laureando  á  bastardos  ambiciosos,  se  les 
deifica  ante  los  ojos  de  la  muchedumbre  y  se  dejas 


SECCIÓN  POLÍTICA— BBPüBUCA  dk  solivia 


81 


sin  g'loria  la  Tirtud  del  patriotismo  y  la  mora- 
lidad política? 

El  día  en  qne  Bolivia  escriba  en  la  bandera  de 
sus  conquistas  el  lema :  Todo  poder  de  hecho  es 
üegiUnuible;  el  dia  en  qne  comprenda  que  sn 
soberanía  no  es  nna  palabra  vana,  sino  la  indis- 
pensable condición  de  su  existencia;  es  decir,  qne 
es  sn  voluntad  libremente  manifestada,  sin  impo- 
sición del  qne  manda  ni  de  la  fuerza  material  qne 
la  amenaza,  j  siempre  dirigida  en  sentido  del  bien 
procomunal;  el  dia  en  qne  así  piense  y  en  qne 
para  sostener  sn  idea,  oponga  á  la  organización 
gubernamental  la  organización  social,  ese  dia 
comenzará  para  ella  el  reinado  del  derecho  en 
sus  gobiernos  y  el  reinado  de  la  libertad  en  el 
pueblo. 

Elbodobo  Camacho. 

Coronel,  Bsoritor. 
Tacna,  1878. 


NO  MAS  GUERRA 

La  moral  que  condena  el  robo  y  el  asesinato 
anatematiza  la  guerra,  que  es  el  robo  y  el  asesi- 
nato en  grande  escala. 

La  humanidad,  ofuscada  por  el  brillo  de  una 
falsa  gloría,  La  prestado  hasta  ahora  un  culto 
estúpido  á  esos  grandes  devastadores  que  se  lla- 
man héroes. 

Es  tiempo  ya  de  que  los  horrores  de  la  guer- 
ra figuren  al  lado  de  la  ordalia  y  de  las  torturas 

de  la  edad  media. 

Que  las  soluciones  que  dicta  el  cañón  sean 
reemplazadas  por  los  cánones  de  la  justicia  en 
un  códigt)  internacional  destinado  á  toda  la 
humanidad. 


Luis  Mabiano  Guzman, 

Jurlaoonanlto  é  Hiatorlador. 


Cochabamha,  1874. 


EL  PROGRESO 


Todos  confiesan  que  el  mundo  marcha  con  una 
Tertigiuosa  precipitación  á  su  progreso  moral, 
material  é  intelectaal,  desde  cien  años  atrás. 


Y  en  verdad  que  un  atento  estudio  de  todo  lo 
que  sucede,  no  puede  menos  que  producir  una 
grande  admiración  al  ver  el  estupendo  movi- 
miento que  en  este  siglo  se  ha  apoderado  del 
género  humano,  con  motivo  de  los  transcenden- 
tales descubrimientos  científicos;  con  la  aplica- 
ción del  vapor,  de  la  electricidad  y  de  otros  nue- 
vos agentes  á  la  mecánica,  á  la  industria  y  al 
comercio;  con  la  aceptación  y  adopción  de  cier- 
tas instituciones  sociales  en  el  sentido  de  la  liber- 
tad; con  el  triunfo  de  los  verdaderos  principios 
derivados  del  estudio  de  la  religión,  la  filosofía 
y  la  historia,  que  han  emancipado  la  conciencia 
la  razón  y  el  derecho;  y  con  otros  tantos  adelan- 
tos, perfeccionamientos  y  reconquistas  que  se 
están  efectuando  todos  los  dias. 

Hoy  se  han  suprimido  las  distancias:  se  puede 
comunicar  una  noticia  en  pocos  instantes,  de 
cualquiera  parte  del  mundo:  no  se  pregunta  ya 
cuántas  leguas  hay  para  llegar  á  un  punto  deter- 
minado, sino  cuántas  horas.  El  tiempo  ha  susti- 
tuido al  espacio.  Y  en  virtud  de  este  grande 
adelanto,  las  naciones  se  han  aproximado;  y  los 
pueblos  de  remotas  regiones  se  han  puesto  en 
contacto  estableciendo  un  comercio  recíproco  de 
ideas,  costumbres,  intereses,  industrias  y  pro- 
ducciones. 

Es  un  hecho  que  el  género  humano  se  enca- 
mina apresuradamente  á  realizar  el  giun  dogma 
democrático  de  la  Fraternidad  Universal, 

Hace  19  siglos  que  el  Mártir  del  GhSlgota 
proclamó  la  fórmula  del  progreso  en  pocas  pala- 
bras:— //Amaos  los  unos  á  los  otros,  dijo;  porque 
//todos  somos  hijos  de  ese  Padre  común,  que  es 
//Espíritu  y  Verdad,  y  á  quien  debemos  orar, 
//pidiéndole:  venga  anos  tu  reino,  para  que  se 
//haga  tu  voluntad,  así  en  la  tierra  como  en  el 
//cielo,  fr 

Desde  entonces  han  comenzado  á  modificarse 
completamente  los  errores  y  preocupaciones,  las 
supersticiones  y  el  fanatismo  que  en  todo  orden 
de  ideas  y  sentimientos  servían  de  barrera  al 
progreso,  perfección  y  libertad  del  hombre  y  de 
la  sociedad:  y  desde  entonces  ha  comenzado  la 
lucha  entre  el  oscurantismo  y  la  civilización, 
entre  los  opresores  y  los  oprimidos,  entre  los 
hombres  del  retroceso  y  los  hombres  de  pro- 
greso. 

Dios  es  nuestro  Padre:  á  todos  nos  quiere 
igualmente;  y  para  todos  ha  dictado  indudable- 
mente las   mismas  leyes,  dándoles  los  mismos 


82 


AMÉRICA  LITERARIA 


dereolios  j  oblig^ttoiones.  Esas  leyes  no  pueden 
menos  que  ser  de  bondad,  de  jnstioia,  de  verdad  y 
de  libertad,  como  son  los  atributos  de  Dios :  y  es 
indudable  también  que  la  humanidad  debe  mar- 
char á  la  realisacion  y  cumplimiento  de  esas  leyes 
sobre  la  tierra,  para  obedecer  la  voluntad  del 
Soberano  Legislador. 

A  ello  tiende  fatalmente  el  género  humano,  tal 
Tei  sin  apercibirse  claramente;  y  para  ello  se 
encaminan  todos  los  pueblos  y  naciones  á  aproxi- 
marse, unirse  y  asimilarse,  combatiendo  los  obs- 
táculos morales  y  materiales  que  se  oponían  al 
supremo  fin  de  formar  una  sola  familia  de  todos 
los  hombres  y  de  conyertir  el  mundo  en  la  patria 
común  para  el  bienestar  de  todos. 

Y  esto  es  tan  cierto,  que  no  tiene  otra  esplica- 
cion  esa  admirable  y  rápida  transformación  que 
se  está  yerificando  en  el  mundo,  en  la  religión, 
en  el  derecho  de  gentes,  en  la  legislación,  en  el 
comercio,  en  la  adopción  de  los  mismos  pesos, 
medidas  y  monedas,  y  hasta  en  el  idioma,  cos- 
tumbres, intereses  y  oonyeniencias  sociales,  que 
tienden  á  uniformarse,  identiñcarse  y  uniyersa- 
lizarse. 

Dia  yendrá  en  que  esta  transformación  sea  un 
hecho  en  el  mundo. 

Verdad  es  que  aun  hay  muchas  resistencias 
que  yencer  para  Ueg^  á  ese  fin.  La  obra  es 
garande  y  difícil;  pero  también  es  cierto  que  en 
este  siglo  se  ha  avanzado  mucho,  merced  á  la 
sostenida  batalla  que  dia  por  dia  libran  los  hom- 
bres del  progreso  contra  los  tiranos  de  la  inteli- 
gencia, contra  los  opresores  de  la  conciencia, 
contra  los  enemigos  de  todo  derecho  y  de  toda 
ley  y  contra  los  adyersarios  de  toda  libertad  y 
de  todo  adelantamiento. 

Felices  los  que  contribuyen,  aunque  sea  con 
un  grano  de  arena,  al  triunfo  de  las  buenas  ideas, 
combatiendo  en  su  esfera  á  los  que  se  oponen  á 
la  instrucción,  libertad  y  dignificación  del  pue- 
blo por  medio  del  trabajo,  de  la  yirtud,  de  la 
honradei  y  del  amor  sincero  á  sus  semejantes. 
Felices  los  que  utilizan  en  tan  santo  objeto  el 
pulpito,  la  tribuna,  la  prensa,  las  asambleas  del 
pueblo,  el  gabinete  del  sabio  y  hasta  el  modesto 
taller  del  artesano.  Felices,  porque  cumplen 
con  un  deber  como  individuos  de  la  gran  fami- 
lia humana,  consagrando  su  vida  en  beneficio  de 
la  vida  de  la  humanidad.  Trabajar,  y  sacrificarse 
por  los  verdaderos  intereses  y  conveniencias  del 
pueblo,  es  cumplir  la  voluntad  de  Dios. 


Trabajemos,  pues,  hasta  conseguir  que  dest- 
parezcan  las  preocupaciones  de  raza,  de  religión, 
de  nacionalidad  y  hasta  de  familia:  trabajemos 
en  la  extirpación  de  los  errores  que  hacen  vene- 
rar á  los  tiranos  y  opresores  de  sus  semejantes: 
trabajemos,  en  fin,  hasta  obtener  que  el  himibre 
en  cualquiera  parte  donde  esté,  viva  como  en  su 
patria,  con  las  mismas  g^arantfas  y  deberes,  sin 
que  nadie  fiscalice  sus  creencias  políticas  ó  reli- 
giosas, sin  que  le  averigüen  á  qué  raza  6  naci<a 
6  familia  pertenece;  y  sin  que  nadie  ponga  en 
discusión  la  mayor  6  menor  amplitud  de  dere- 
chos y  obligraciones  que  le  corresponden.  £1  db 
que  reinen  las  mismas  leyes  en  toda  la  tierra,  qne 
serán,  á  no  dudarlo,  las  leyes  de  Dios,  ese  dia  el 
hombre  tendrá  al  mundo  por  patria,  á  la  huma- 
nidad por  familia,  y  al  individuo  por  hermano, 
sin  mas  autoridad  que  la  ley. 

Esto,  que  alguno  calificará  de  utopía,  es  mi 
creencia:  y  es  el  modo  como  veo  marchar  al  géne- 
ro humano  á  su  creciente  adelantamiento  y  civili- 
zación. 


Casimibo  Cobbal, 

▲bosMlo  r  PobUoista. 


Tacna,  1878. 


FRAGMENTO 

!>■  UNA  COmTNICACION  DIBIGIDA  AL  MIKISTBO 
PLENIPOTSNCIABIO    DV   BOLIVIA.    VM  BUSHOS  AIBM 
DOCTOS  DON  ANTONIO  QÜIJA&BO 

El  angustioso  cúmulo  de  calamidades  que  en 
los  dos  años  precedentes  oprimieron  á  Bolivia  de 
improviso,  ha  comprometido  mas  seriamente  qne 
nunca  antes  de  su  autonomía  geográfica,  y  no 
puede  ya  contraponérseles  la  fuerza  improvisads 
de  alianzas  bélicas,  que  es  siempre  equívoca.  Si 
los  cincuenta  años  en  que  ella  por  sí  sola  persi- 
guió esa  autonomía  con  tantos  sacrificios,  no 
hubieran  sido  esterilizados,  por  falta  de  constan- 
cia en  la  devoción  de  sus  gobiernos  á  ese  fin 
primordial,  desde  que  recibió  su  emancipación, 
consag^rándola  con  su  nombre  nacional,  ntdie 
tendría  por  aventurado  el  afirmar,  como  yo  afir- 
mo, que  ahora  quince  años  tasadamente  habris 
entrado  en  real  posesión  de  su  terrítorío  maríti- 
mo, en  vez  de  haberlo  comprometido  á  la  suerte 
que  tiene  de  ser  teatro  y  estímulo  de  guerrts 
seculares.  La  actual  puede  ya  suspenderse  por  el 
agotamiento  mas  ó  menos  próximo  de  cada  nns 


SECCIÓN  POLÍTICA — eepública  de  solivia 


83 


de  Ias  tres  Bepúblioas  beligerantes.  Usted  lo  lia 
espresado  con  previsioii.   Pero  ese  agotamiento, 
¿será  acaso  compensado  con  la  enseñanza  que 
deja  para  no  mas  perder  de  vista  su  fin  primor- 
dial de  geográfica  nacionalidad?  En  este  pnnto, 
tampoco  es  aventurado  decir,  qne  no  cabe  otra 
seguridad  qne  la  organización  militar  á  la  mo- 
derna que  está  basada  sobre  el  servicio  obligato- 
rio para  todos,  así  como  las  constituciones  libe- 
rales se   basan   sobre   la  instrucción  primaria 
obligatoria  de  igual  modo,   según  dije  en  otra 
ooamon.  Bastaría  para  eso,  que  no  se  subordine, 
como  hasta  aquí,  en  sus  Congresos,  el  fin  primor- 
dial á  los  secundarios,  la  existencia  á  los  realoes 
de  ella;  bastarla,  que  dejando  á  un  lado  teorías 
mas  bien  filosóficas  que  políticas,  se  preocupen 
de  hechos  del  orden  natural  que  por  ser  del  inte- 
rés de  todo  el  mundo,  toman  el  nombre  genérico 
de  intereses.  Por  tanto  felicito  á  usted  cordial- 
mente,  á  mi  ves,  por  los  resultados  que  en  ese 
orden  ha  comenzado  usted  á  obtener,  así  en  esa 
capital  como  en  el  Paraguay,  de  posición  tan 
fatalmente  análoga  á  la  de  Boliyia 

Con  las  armas  de  precisión  y  con  la  maquina- 
ria poderosísima  con  que  se  hace  ahora  la  gpuerra, 
el  servicio  militar  tiene  que  ser  como  el  taller 
inmenso  de  una  industria  única,  cuya  dirección 
absorberá  forzosamente  la  atención  de  su  Direc- 
torio por  mas  altas  que  sean  sus  facultades  inte- 
lectuales y  morales,  como  sucede  con  los  de  tantas 
empresas  industriales  de  primer  orden  en  Ban- 
cos, Ferro-carriles,  empresas  mineras,  en  fin,  en 
la  producción  6  ya  en  la  distribución  y  consumo 
económicos  modernos. 

En  lo  que  importa  fijarse  es,  en  el  gran  beneficio 
de  la  evolución  ec<mómica  de  la  antigua  indus- 
tria á  la  grande  de  hoy.  Este  se  reduce  á  dismi- 
nuir y  aún  á  suprimir  el  trabajo  humano  material, 
reemplazándolo  con  las  fuerzas  naturales,  mil 
Teces  mas  poderosas  y  menos  costosas — Así  en 
la  g^nerra  se  han  suprimido  las  dos  décimas  partes 
del  trabajo  y  fatigas  del  soldado^Es  cierto  que 
n  ha  agravado  en  la  misma  proporción  el  riesgo 
de  la  vida;  lo  que  importa  decir  que  ahora  nece- 
nta  en  fuerza  moral  é  intelectual  todo  lo  que 
^tes  gastaba  en  fuerza  física  y  muscular.  Lo 
que  importa  á  la  vez  decir,  que  la  parte  mecá- 
lúca  de  la  gpuerra  es  menos  gravosa  en  la  propor- 
<úcn  que  la  parte  directiva  es  mas  difícil  y 
«aerada.  De  ahí  viene,  que  el  servicio  militar  se 


hace  umversalmente  obligatorio,  así  como  la  ins- 
trucción primaria  en  los  Estados  modernos. 

TomXs  Fbias. 

Bz-Presidente  de  1»  Sapúblto*,  hombre  de  Bstedo  j  Dlplomákle* 
Parit,  1880. 


CORRIENTE  BENÉFICA 

A  medida  que  las  sociedades  humanas  pro- 
gresan, y  según  las  condiciones  peculiares  en  que 
llegan  á  encontrarse  al  cruzar  por  las  distintas 
épocas  de  su  existencia  política,  sienten,  acaso 
sin  pensarlo,  la  necesidad  de  dar  aliento  á  cierto 
género  de  ideas,  y  hacer  preponderar  ciertos 
principios,  que  no  son  sino  el  producto  de  las 
exigencias  de  la  época  y  del  giro  que  sucesivamen- 
te van  tomando  los  destinos  de  la  humanidad. 

A  mi  juicio,  la  marcha  que  esa  desconocida  é 
irresistible  corriente  imprime  en  nuestros  dias  á 
las  leyes  de  la  moral  internacional,  ha  sido  reve- 
lada en  1856 — por  la  memorable,  aunque  incom- 
pleta declaración  de  16  de  Abril  de  aquel  año;  y 
es  hoy,  sin  duda,  una  de  sus  mas  espléndidas 
manifestaciones,  el  progreso  de  la  doctrina  que 
consagra  el  respeto  general  de  la  propiedad  pH' 
vada  durante  la  guerra. 

Tengo  fé  en  que  bien  pronto  su  triunfo  defi- 
nitivo dejará  á  los  pacíficos  é  industriosos  habi- 
tantes de  todos  los  países,  libres  de  la  gran  parte 
de  calamidades  y  sufrimientos  de  que  hoy  se  les 
hace  participar,  sin  razón  algnina,  en  todas  esas 
guerras  provocadas  por  la  ligereza,  el  capricho 
ó  la  ambición  de  los  malos  gobernantes. 

Fbdbbico  Diez  db  Mbdina. 

JarlMODBulto  7  PobUeiita. 
iki  Pos,  1877. 


El  Nuevo  mundo,  obedeciendo  á  la  ley  de  sus 
condiciones  geogrráficas,  al  origen  de  las  razas 
que  lo  pueblan  y  á  su  sistema  político  orgánico, 
está  llamado  á  consumar  definitivamente  la  civi- 
lización humana,  resolviendo  el  problema  de  la 
perfectibilidad  ind^nida,  por  la  perfectibilidad 
posible,  bajo  el  doble  carácter  que  constituye  y 
de  que  es  susceptible  el  hombre. 

El  germen  civilizador  pertenece  á  la  raza  aria- 


J 


84 


AMÉRICA  LITERARIA 


na;  surgió  del  Oriente,  se  ha  trasformado  y 
desenvuelto  en  el  Mediodía  j  debe  perfeccionar 
7  terminar  su  elaboración  en  Occidente. 

Tres  acontecimientos  presagian  esta  consu- 
mación: la  colonización  de  America  por  las  razas 
indo-europeas  (ananas);  la  aplicación  del  princi- 
pio de  libertad  en  su  forma  genuina  mas  amplia 
7  mas  exacta;  7  la  unidad  del  sistema  del  gobier- 
no americano — la  democracia. 

Tres  cuestiones,  á  su  vez,  debe  resolver  el  pre- 
sente, para  prevenir  la  solución  futura:  la  cons- 
titución federativa  de  los  Estados  americanos, 
determinando  por  el  equilibrio  económico-polí- 
tico, la  demarcación  de  sus  fronteras  limítrofes; 
la  uniformidad  del  derecho  público  americano, 
resultante  de  la  identidad  de  instituciones  civiles 
7  políticas;  7  la  declaración  de  comunidad  de 
ciudadanía  entre  los  pueblos  americanos,  base 
moral  de  la  ciudadanía  universal,  última  expre- 
sión de  la  civilización  mas  perfecta. 

Santiago  V.  Guzman. 

▲bog*do  y  Escritor. 

Buenoi  Aires,  1874. 


Los  funestos  resultados  del  aislamiento  acon- 
sejarán un  poco  mas  tarde,  á  las  Repúblicas  Sud 
americanas  á  fortalecer  su  vitalidad,  agrupán- 
dose en  confederaciones  que  las  hagan  mas 
consistentes  7  respetables. 

Manuel  Buitbaoo. 

Hftslvtnulo. 


Me  preocupa  la  situación  de  mi  patria,  tanto 
mas  dolorosa,  cuanto  es  mas  próspero  el  estado 
de  otras  secciones  americanas,  7  es  por  eso  que 
repito  mi  modo  de  pensar,  toda  vez  que  para  ello 
encuentro  ocasión. 

Ningún  pueblo  se  ha  levantado,  ni  es  dable 
que  se  levante  sino  á  influjo  de  estas  dos  causas: 
la  cultura  intelectual  de  su  población  7  el  des- 
arrollo de  su  industria.  Y  tan  poderosa  es  la 
primera,  que  por  sí  sola  promueve  7  facilita  el 
advenimiento  de  la  segunda.  El  régimen  mas 
beneficioso,  el  gobierno  mas  digfno  de  su  alta  mi- 
sión es,  pues,  el  que  consagra  en  ma7or  escala  los 
recursos  nacionales  á  la  difusión  de  los  conocí* 


miento3.  Ejemplo  palpitante  de  esta  verdad  son 
los  Estados-Unidos  del  Norte. 

Bolivia,  fatalmente  alejada,  por  su  posición 
mediterránea,  de  las  corrientes  civilizadoras  del 
exterior;  pobre  é  inactiva,  porque  no  sabe  ni 
puede  explotar  sus  inmensas  riquezas  naturales, 
esparcidas  en  el  seno  de  un  vasto  territorio;  presa 
del  predominio  militar,  7  por  esto  mismo,  sujeta 
á  incesantes  perturbaciones  engendradas  por  las 
luchas  de  la  libertad  contra  los  poderes  de  origen 
7  carácter  violento;  desprovista  de  costumbres, 
republicanas  7  sintiendo  amenguarse,  en  raion 
de  sus  propias  desgracias,  la  energfía  del  espíritu 
público  que  solo  se  mantiene  7  robustece  allá 
donde  la  opinión  es  la  gran  fuena  moral  de  la 
sociedad, — no  saldrá  de  tan  aflictivo  estado,  sino 
cuando  la  instrucción  se  estienda  de  las  clases 
acomodadas  que  ho7  forman  una  débil  minoría» 
á  la  generalidad  de  los  habitantes,  en  cu7a  acción 
conciente  7  armónica  está  cifrada  toda  transfor- 
mación seria,  capas  de  producir,  en  pos  del  des- 
envolvimiento intelectual  el  adelanto  moral,  polí- 
tico 7  económico  de  la  nación. 

Obrar  en  este  sentido  importa  tanto  como  em- 
pujar la  suerte  del  país  hacia  las  saludables 
conquistas  del  porvenir.  T  para  que  se  apresure 
ese  resultado,  solo  ha7  un  medio :  —abandonar  las 
controversias  sobre  formas  constitucionales  que 
nos  entretienen  7  dividen,  sirviendo  de  remora 
á  las  ideas  útiles  7  á  las  sólidas  convicciones;  7 
llamar  el  esfuerzo  decidido  7  perseverante  de 
nuestros  legisladores,  de  nuestros  hombres  de  Es- 
tado 7  de  nuestras  ilustraciones  sobre  el  problema 
de  la  regeneración  positiva  de  la  República,  con* 
sistente,  á  mi  juicio,  en  la  multipUoaoion  de  los 
focos  de  enseñanza,  7  por  ahora  á  lo  menos,  en 
la  mejora  de  las  vias  de  comunicación  que  habrán 
de  influir  por  su  lado  en  los  progresos  de  la  in« 
dustria. 

Dar  luz  á  la  inteligencia,  aplicación  al  traba- 
jo 7  arrimo  á  las  instituciones,  oolocándolas  baje 
el  amparo  de  la  opinión  ilustrada, — ^hé  ahí  el  se- 
creto de  los  futuros  destinos  de  Bolivia. 


Mblchob  Tbbbazas. 

(Hombre  d«  Estado). 


Coehahcmba,  1877. 


L  i  actual  rdunion  de  una  Asamblea  Constitn- 
7ento  en  la  ciudad  de  La  Paz,  dá  lugar  ¿  graves, 


SECCIÓN  POLÍTICA — ebpública  db  solivia 


85 


pero  tristes  oonsidenicioiies,  que  sino  al  presente, 
mas  tarde  qnizá  podrán  tener  algún  valor  é  in- 
fluencia en  la  política  de  la  República. 

Nadie  ignora  qne  Bolivia  es  el  país  clásico  de 
las  Constituciones;  qne  estas  desde  Sucre,  su  pri- 
mer Presidente,  liasta  nuestros  días,  lian  venido 
atropellándose  unas  á  otras,  con  tan  vertiginosa 
rapidez,  que  no  nos  han  dado  tiempo  ni  lugar 
para  esplicar  esa  asombrosa  y  desconsolante  ins- 
tabilidad de  instituciones,  que  dio  orígpen  al  cé- 
lebre dicho  del  General  Belzu,  uno  de  sus  muchos 
mandatarios:  éiBolivia  es  ingobernable,  u 

Mas  no;  lo  que  estas  terribles,  y  hasta  cierto 
punto  justificadas  palabras  significan  es:  que  un 
pueblo  donde  ha  penetrado  escasamente  la  luz  de 
la  eivilisacion,  donde  la  revolución  ha  fallado  por 
completo  en  la  principal  de  sus  bases,  la  de  las 
ideas,  dejando  en  pié  la  ignorancia,  las  preocu- 
paciones, el  fanatismo,  la  ociosidad,  con  el  cortejo 
de  todos  los  vicios  bajo  un  régpimen  absolutista  y 
teocrático,  como  el  que  le  habia  dominado,  por 
tan  dilatados  años;  que  semejante  pueblo,  mien- 
tras no  se  regenere,  no  podrá  jamás  constituirse 
democráticamente;  esto  y  no  mas  significan  esas 
tres  palabras. 

Por  ello  fué,  sin  duda,  que  el  experto  político 
Sucre,  desde  la  aurora  de  nuestra  independencia, 
al  sentar  las  bases  de  la  futura  Bepública,  no 
vaciló  en  acometer  con  mano  firme  reformas  ra- 
dicales, para  prepararla  convenientemente  á  la 
nueva  vida  política  en  que  iba  á  entrar  de  lleno, 
en  unión  y  armonía  con  las  demás  Repúblicas 
sns  vecinas  y  hermanas  y  realizar  de  esta  manera 
las  esperanzas,  no  solo  de  la  América,  sino  de  la 
humanidad  entera. 

¡Qué  poco  duró  aquella  venturosa  época  de 
nuestra  regeneración!  pasó  ella,  y  todo  volvió  á 
sepultarse  en  las  tinieblas  del  caos. 

Vuélvase,  pues,  al  punto  de  partida;  retroce- 
damos cronológficamente,  para  avanzar  lógica- 
mente por  el  sendero  del  progreso;  y  si  se  quiere 
de  buena  fé  que  la  nueva  carta  de  1877,  no  corra 
la  triste  suerte  de  sus  antepasadas,  que  enarbole 
resueltamente  la  banderado  las  reformas;  el  país 
estará  siempre  al  lado  de  una  Constitución  que, 
consultando  sus  verdaderos  intereses,  los  ponga 
á  cubierto  de  las  góticas  pretensiones  de  la  igno- 
rancia y  el  fanatismo. 


REFLEXIONES 


Domingo  Dblgadillo. 

Hombre  de  Estado. 


8n€!n,Vm, 


Con  el  propósito  de  curar  la  instabilidad  polí- 
tica de  casi  la  totalidad  de  las  repúblicas  hispano- 
americanas, se  han  tenido  generalmente  en  consi- 
deración solo  sus  causas  de  segfundo  término :  el 
pretorianismo,  la  falta  de  industria,  la  igfnorancia 
del  pueblo,  la  situación  geográfica;  mas  los 
esfuerzos  que  se  han  hecho  para  combatirlas  han 
sido  golpes  de  hacha,  mas  ó  menos  ineficaces,  que 
han  herido  únicamente  las  ramas  sin  llegar  al 
tronco.  Este,  de  donde  brotan  aquellas,  que  las 
'  alimenta  y  dá  vida  perniciosa,  cual  planta  de 
maldición,  es  la  inmoralidad  política,  que  tenien- 
do su  raiz  en  muchos  puntos  de  las  altas  regio- 
nes de  los  pueblos,  ha  llegado  á  cubrir  con  su 
follaje  hasta  las  mas  bajas,  secando  y  exting^uien- 
do  con  su  sombra  venenosa  todas  las  virtudes  y 
abnegaciones  cívicas  de  que  vive  la  república. 

Aun  en  las  monarquías  de  Europa  y  de  Amé- 
rica se  observa  que  el  imperio  de  la  ley  es  todo,  y 
el  hombre  nada;  pero,  en  la  mayoría  de  los  pue- 
blos Sud  americanos  es  lo  contrario :  el  hombre 
es  todo,  y  la  ley  es  nada.  De  aquí  la  falta  de 
poder  legal  de  los  gobiernos,  el  desprestigio  de 
las  instituciones,  el  escarnio  de  las  verdades  y 
principios  políticos,  la  carencia  de  fé  y  de  con- 
vicciones, el  menosprecio  del  derecho,  la  omnipo- 
tencia de  la  fuerza  y  la  deplorable  debilitación 
de  la  dignidad  del  ciudadano ■. 

En  Bolivia  está  actualmente  reunida  la  décima 
Asamblea  constituyente  para  dar  la  décima 
constitución  á  los  bolivianos.  ¡  Triste  fecundidad ! 
¡Lamentable  engaao!  ¡Se  busca  el  remedio  en 
las  variantes  de  la  ley  que  no  se  comprende;  que 
no  se  ama  ni  respeta;  que  se  la  ha  hecho  siempre 
pavesas  al  fuego  de  los  rifles  y  entre  la  algazara 
de  las  muchedumbres  y  de  las  que  no  son  mu- 
chedumbres!—  ¿Y  será  difícil  prever  el  destino 
que  le  aguarda  al  niño  que  se  trata  de  dar  á  luz  ? 

Montesquieu  ha  dicho :  *>  la  república  vive  de  la 
virtud  »,  Enséñese  esta  é  inspírese  asiduamente 
al  pueblo  y  á  la  juventud  en  las  escuelas  y  en 
las  universidades,  en  los  talleres  y  en  las  plazas, 
en  los  meetings  y  en  los  templos;  den  los  garan- 
das á  Io3  peíiuaños,  los  ilustrados  á  los  ignoran- 
tes ejemplos  pr«vcfcico3  de  respeto  y  sometimiento 
á  la  ley;  dense  treguas  las  ambiciones  en  un 
régimen  legal  y  esperen  su  hora;  en  resumen. 


86 


AMÉRICA  LITEBABIA 


llágase  la  moralidad  polftioa,  7  estará  hecha  la 
rerdadera  república. 

José  Manübl  di  la  Bbza. 

Abogado. 

Coehahamha,  1878. 


u  La  marcha  de  toda  institución  nneya  es  lar- 
go tiempo  una  lucha  u,  ha  dicho  el  prisionero  de 
Sedan. 

Esta  verdad,  confirmada  por  una  larga  expe- 
riencia 7  explicada  por  la  inperfeccion  natural 
de  toda  obra  humana,  sirve  de  justificativo  á  los 
desaciertos  del  viejo  mundo,  á  la  vez  que  de  tema 
para  las  acusaciones  mas  injustificables  7  para  la 
censura  mas  cruel  contra  la  América  española. 
Para  aquel,  esta  es  inquieta,  turbulenta  7  hasta 
salvaje.  Su  emancipación  fué  un  hecho  prema- 
turo :-^stá  en  estado  de  conquista. 

¿Por  qué? — Por  la  instabilidad  de  sus  gobier- 
nos;— por  la  continua  perturbación  del  orden 
público; — por  el  estado  de  agitación  normal  que 
constitu7e  su  modo  de  ser  político. 

Los  que  así  juzgan  de  la  América  olvidan  la 
naturaleza  de  las  cosas; — carecen  en  lo  absoluto 
del  talento  práctico  de  la  observación; — descono- 
cen que  todo  en  la  naturaleza  está  sujeto  á  la 
le7  de  la  evolución  como  condición  de  desarrollo. 

En  la  naturaleza  física, — ^los  misterios  de  la 
creación  del  mundo,  el  diluvio,  los  terremotos,  las 
tempestades,  etc.,  etc.,  no  son  sino  otras  tantas 
evoluciones  que  el  globo  terrestre  ha  sufrido  7 
sufre  todavía  en  el  sentido  de  su  perfecciona- 
miento. 

En  el  reino  vegetal, — la  fior,  el  fruto,  la  simien- 
te, su  germinación  en  la  tierra;  la  aparición  de 
la  planta,  su  crecimiento,  etc.,  no  son  sino  evolu- 
ciones 6  modificaciones  indispensables  para  su 
desarrollo  7  perfección. 

En  el  reino  animal,  del  que  forma  parte  el 
hombre  por  su  organización,  7  del  que  difiere  por 
la  chispa  celeste  que  lo  anima;  los  secretos  de  la 
generación;  el  nacimiento;  los  tropiezos  7  las 
caídas,  á  pesar  de  los  cuidados  en  la  primera 
edad;  la  alucinación,  los  peligros  7  fracasos  de  la 
juventud,  7  las  lecciones  de  la  vida  práctica,  son 
otras  tantas  condiciones  de  vida  6  evoluciones 
indispensables  para  su  desarrollo  físico  7  moral. 

Y  lo  que  digo  del  hombre  individual  es  exac- 


tamente aplicable  al  hombre  colectivo  llamado 
sociedad,  nación  6  Estado. 

Según  esto;  ¿por  qué  estrañar,  pues,  la  conti- 
nua agitación  política,  el  estado  normal  de 
revolución  en  que  vivimos?  Son  otras  tantu 
condiciones  de  vida  7  desarrollo. 

La  república  en  América  es  una  aimiaiite 
implantada  aiyer  en  un  tenfeno  amasado  oon  Ui 
lágrimas  del  despecho  que  arrancaba  el  odio 
hacia  una  dominación  orgnllosa.  Tierna  planta 
ho7  todavía,  lucha  por  aclimatarse  contra  la 
aridez  del  terreno  7  la  inclemencia  del  tiempo. 
Cuando  ha7a  triunfado  de  los  obstáculos  que  se 
oponen  á  su  leg^ítima  aspiración  7  llegado  á  ser 
planta  robusta,  desafiará  tranquila  el  furor  delta 
tempestades  7  las  ahogará  en  su  cuna.  Doblegue 
entonces  todo  á  su  pujanza,  reposará  tranquila, 
como  reposa  el  obrero  después  de  concluir  su 
obra,  como  descansó  Dios  al  séptimo  día  de  la 
creación. 

La  agitación  política  en  América  es,  pues, 
síntoma  de  vida,  oondidon  de  desarrollo,  elemento 
de  perfección. 

Lo  que  debe  alarmar,  por  consigrniente,  no  son 
esas  evoluciones  tempestuosas  de  la  polítict, 
propias  de  nuestra  edad  7  expresión  de  nuestrts 
legrítimas  aspiraciones,  sino  la  enervación  de  k 
vejes  en  el  periodo  de  la  juventud. 

Zoilo  Flobes. 


Dlplomátleo,   Miembro  del  OoDfrMO 
de  Joiieeoaealtoe 


Lima,  1877. 


Fanático  por  el  principio  del  ¿rden,  como 
simple  ciudadano  ó  en  el  poder,  vencedor  6  ven- 
cido, constante  predicador  de  ese  principio  en  la 
prensa,  en  la  cátedra,  en  la  tribuna,  en  los  clubs, 
no  me  apartaré  de  ese  programa  de  mi  vida  públi* 
ca,  porque  sé  bien  que  solo  en  el  terreno  del 
orden  se  cultiva  frondoso  el  árbol  de  las  instila* 
clones  liberales:  solo  de  sus  fuentes  puras  pueden 
desprenderse  los  torrentes  que  fecundizan  Is 
prosperidad  nacional. 

Sebapio  Bbybs  Obtiz. 

Jarieeonialto  f  üecletrmdo. 

Sucre,  1876. 


SECCIÓN  POLÍTICA — república  de  boliyia 


87 


Haj  una  yerdad  que  amarga  el  patñotismo: 
que  Bolivia  no  ha  podido  constitiiirse  de  una 
manera  definiÜTa  en  mas  de  medio  siglo  que 
UeTa  de  existencia  política  independiente. 

La  instabilidad  de  sos  gobiernos  j  de  sus 
instituciones,  que  caen  al  embate  de  sus  revolu- 
ciones, le  han  creado  un  estado  anormal  que,  si 
no  la  llera  al  retroceso,  la  tiene  por  lo  menos 
estacionaria;  lo  que  importa  lo  mismo  al  frente 
del  progreso  de  los  Estados  vecinos. 

La  cansa  de  tan  lamentable  situación  la  ban 
oreido  encontrar  mucbos  en  su  posición  mediter- 
ránea; en  su  falta  de  industria  y  de  cómoda 
viabilidad. 

A  mi  juicio,  se  toman  los  efectos  por  las 
causas.  La  verdadera  paréceme  encontrarla  en 
su  forma  de  gobierno — la  unitaria,  que  absoluta- 
mente  es  conveniente  á  Bolivia. 

La  mas  bella  forma  de  gobierno,  es  sin  duda 
la  federativa. 

La  federación  es  la  perfección  de  la  Bepública: 
■olo  en  ella  son  una  verdad  los  principios  demo- 
crátioos.  El  unitarismo  los  desvirtúa,  sino  los 
baoe  ilusorios. 

El  gobierno  unitario  es  la  absorción,  la  con- 
centración de  toda  acción  j  todo  poder. 

Por  su  misma  naturaleía  tiende  al  despotismo. 
Si  no  ahogra  la  libertad  y  las  garantías,  las 
dispensa  al  pueblo  como  un  favor  y  con  odiosas 
restricciones. 

La  desoentralizacion  es  la  tendencia  natural 
y  universal:  ella  es  imposible  bajo  el  régimen 
unitario. 

Bolivift,  territorio  vasto,  comprende  pueblos 
heterogéneos  por  muchos  aspectos  y  separados 
por  largas  distancias,  poco  menos  que  desiertos. 

Están  fuera  del  alcance  de  la  acción  adminis- 
trativa, ó  les  llega  tardía  y  extemporáneamente. 
Y  cuando  sus  necesidades  no  son  llenadas  en  la 
medida  de  sus  justas  exigencias,  nace  el  descon- 
tento que  no  tarda  en  traducirse  por  resistencia 
armada  contra  ese  poder  de  quien  no  recibe  bene- 
ficios. « 

Este  es  el  origen  de  la  guerra  civil. 

En  el  régimen  federativo  el  poder  local  atien- 
de con  ventaja  las  necesidades  de  sus  últimos 
cantones.  Ueva  la  luz  y  el  trabajo  á  sus  últimas 
aldeas. 

Escuelas  y  caminos,  y  con  estos  elementos  no 
será  posible  el  despotismo. 


La  federación  permite  á  cada  localidad  inver- 
tir sus  recursos  en  provecho  suyo. 

De  Bolivia  hay  que  hacer  un  pueblo  mas  indus- 
trioso y  menos  político  y  militar.  Que  sus  hijos 
sepan  explotar  las  inmensas  riquesas  oon  que  la 
mano  de  Dios  ha  favorecido  su  suelo. 

La  experiencia  ha  demostrado  hasta  la  convic- 
ción que  Bolivia  no  adelanta  en  el  camino  del 
progreso.  Su  remedio  es  la  federación.  T  el  dia 
en  que  llegue  á  implantarse  este  principio  rege- 
nerador, conforme  á  la  aspiración  general,  se 
habrá  colocado  en  la  via  de  su  felicidad  para 
tocar  á  su  fin  anhelado, — á  su  venturoso  porvenir. 

Bblisabio  Salinas. 

PoUtiooyBMritor. 


La  FoM,  1877. 


Bolivia,  que  formaba  parte  del  Yireinato  de 
Buenos  Aires  en  la  época  del  coloniaje,  con  el 
nombre  de  Alto  Perú,  fué  la  primera  que  lanzó 
el  grito  de  Independencia  y  Libertad  contra  la 
dominación  española  el  25  de  Mayo  de  1809  en  la 
ciudad  de  Chuquisaca,  asiento  de  la  sede  metro- 
politana; grito  secundado  por  los  moradores  de  las 
riberas  del  Plata,  en  ig^ual  dia  del  año  siguiente 
y  seguido  casi  simultáneamente  por  la  Paz  en  16 
de  Julio  y  por  Coohabamba  en  14  de  Setiembre  del 
mismo  año  diez,  con  la  notable  circunstancia  de 
que  los  inermes  é  indisciplinados  hijos  de  la 
última  ciudad,  obtuvieron  el  primero  y  el  mas 
espléndido  triunfo  contra  las  aguerridas  y  disci- 
plinadas huestes  españolas,  el  memorable  14  de 
Noviembre  de  1810,  en  los  campos  de  Aroma, 
triunfo  que  demostró  á  toda  la  América  que  era 
posible  sacudir  el  ominioso  jugo  que  por  tres 
centurias  la  habia  oprimido,  y  cuya  verdad  ha 
comprobado  la  terminación  de  la  guerra  de  los 
quince  años,  guerra  que  la  iniciaron  los  Arze,  los 
Quiten,  los  Rivera  y  los  Guzman,  vencedores  en 
Aroma,  y  la  continuaron  los  Belgfrano,  los  Cas- 
telli,  los  Diaz-Yelez  y  tantos  otros  esclarecidos 
patriotas. 

Obtenida  la  independencia  por  el  esfuerzo  co- 
mún, era  de  esperar  que  las  dos  nacionalidades 
que  surgieron  del  antiguo  Yireinato  de  Buenos 
Aires,  corrieran  paralelas  en  la  via  del  progreso; 
pero  la  diversa  forma  de  gobierno  que  adoptaron, 
federal  la  República  Argentina  y  unitaria  la  da 


88 


AMÉRICA   LITERARIA 


Bolivia,  ha  sido  una  de  las  principales  causas  del 
adelanto  de  la  primera  y  el  atraso  de  la  segunda. 

Para  salvar  á  Solivia  de  esta  desventajosa  si- 
tuación, se  intentó  en  la  Asamblea  constituyente 
de  1871  mudar  la  forma  unitaria  sustituyéndola 
con  la  federal;  pero  la  desmesurada  ambición 
del  mandatario  de  entonces  y  sus  tendencias  orgá- 
nicas á  la  arbitrariedad  y  á  la  dictadura,  f  ustraron 
las  nobles  y  patrióticas  miras  de  los  Diputados 
que,  aunque  en  minoría,  sostuvieron  en  el  Par- 
lamento, la  oportunidad  y  las  ventajas  de  adop- 
tar el  sistema  federal. 

Desde  entonces,  el  pensamiento  se  ha  propa- 
gado de  una  manera  asombrosa,  en  todos  los 
círculos  políticos  y  especialmente  en  la  juventud 
ilustrada  del  país;  y  es  de  esperar  que  un  dia, 
acaso  no  lejano,  se  implantará  pacíficamente  la 
federación  en  Solivia  y  entonces  se  llenarán  los 
deseos  y  aspiraciones  del  suscrito. 

José  Mabia  Gütiebbbz  MutiscAL. 

(Jariaoontnlto  7  Mai^istrado) 
Cochabamba,  1878. 


EL  SISTEMA  FEDERAL 

El  sistema  federal  es  seductivo  y  alucinante 
para  todo  pueblo,  porque  á  primera  vista  ofrece 
libertad  en  la  ley.  Satisface  también  donde  pue- 
de aclimatarse  tan  preciosa  planta  las  justas 
aspiraciones  que  alimenta  toda  sociedad,  de  mane- 
jar por  sí  y  en  su  propio  provecho  sus  intereses 
locales,  con  el  noble  fin  de  dirigirlos  al  importan- 
te objeto  de  labrar  el  procomunal;  pero  ese  siste- 
ma de  tan  hermosa  estructura  supone  para  ser 
sólidamente  establecido,  que  el  pueblo  no  solo 
comprenda  todo  su  mecanismo  y  sus  esenciales 
fines,  sino  que  además  esté  dispuesto  á  sostenerlo 
y  defenderlo  contra  los  embates  de  una  ambición, 
y  las  demasías  de  cualquiera  facción  que  conspire 
por  destruirlo. 

¿Qué  sucedería  en  Filadelfia,  por  ejemplo,  si 
algún  genio  audaz  y  sediento  del  mando,  se 
levantara  á  la  cabeza  de  algunos  facciosos  á  asal- 
tar el  poder  público  y  destruir  el  orden  legal 
establecido  ?  Segruro  es  que  en  el  momento  toma- 
rían las  armas  millares  de  ciudadanos,  con  el 
objeto  de  aniquilar  al  ambicioso  y  sus  cómplices 
y  restablecer  inmediatamente  el  orden  perturba- 


do, ¿  y  por  qué  ? — porque  ese  pueblo  conoce  y 
comprende  sus  instituciones,  y  sabe  que  de  sa 
estabilidad  proviene  la  garantía  del  trabajo  y  de 
la  industria  que  lo  alimenta.  Sabe  muy  bien  que 
destruido  el  poder  legal,  el  ciudadano,  su  f amilii 
y  su  grande  ó  pequeña  domesticidad,  quedan  i 
merced  de  la  rapacidad  y  de  la  violencia  de  loe 
conspiradores. 

¿Se  halla  Solivia  en  semejantes  condiciones? 

— Melgarejo  atacó  á  la  cabeza  de  200  rifleros 
el  palacio  presidencial,  depuso  al  mandatario 
constitucional,  y  al  dia  siguiente  se  proclamó 
por  sí  y  ante  sí  Presidente  provisorio  de  li 
República. 

El  pueblo  inteligente,  pero  muy  reducido  en 
número  relativamente  á  la  población,  lamentó  en 
secreto  el  atentado,  y  guardó  silencio.  La  gene- 
ralidad de  ese  mismo  pueblo,  admirando  el  valor 
del  ambicioso,  se  mostró  indiferente  porque  no 
comprendia  lo  que  pasaba  en  el  escenario  político 
que  tenia  á  su  vista.  Esa  indiferencia  es  una 
prueba  concluyente  de  que  ninguna  combinación 
política  puede  ser  estable  si  el  pueblo  no  la  oom- 
prende  y  tiene  la  resolución  de  sostenerla. 

Melgarejo  tiranizó  á  Bolivia  por  espacio  de 
seis  años,  ofreciendo  á  la  vista  de  todos  los  boU- 
víanos  un  conjunto  de  atentados  y  de  vicios,  y 
de  prodigalidades  de  que  solo  hay  ejemplo  en  Is 
historia  del  bajo  imperio.  Es  verdad  que  hubo 
tentativas  en  todas  partes  de  la  República  pan 
destruir  ese  monstruoso  poder,  pero  esos  esfuer- 
zos por  débiles  é  impotentes  que  fueron,  no  llega- 
ron á  tener  un  éxito  feliz. 

Decidnos  vosotros,  jóvenes  animosos  que  com- 
batisteis esa  inmoral  y  corruptora  tiranía,  ¿por 
qué  no  os  fué  dado  coronar  con  la  victoria  vues- 
tros heroicos  sacrificios  en  defensa  de  las  insti- 
tuciones y  de  la  libertad  del  país?  ¿No  es  cierto 
que  vuestros  esfuerzos  se  hicieron  impotentes 
ante  el  frió  egoísmo  de  la  alta  clase  de  la  socie- 
dad y  ante  el  indiferentismo  de  la  generalidad 
del  pueblo? 

T  lo  que  sucedió  con  Melgarejo  en  1864,  tuvo 
ya  su  precedente  en  1848,  en  que  Belzu  con  igual 
audacia  que  Melgarejo,  detentó  la  autoridad  Su- 
prema, la  retuvo  en  sus  manos  por  siete  años,  y  la 
dejó  cuando  hastiado  del  poder  quiso  bajar  de  ¿1 
espontáneamente,  porque  nuestros  lectores  no 
ignoran  que  muchos  personajes  del  país  y  algunas 
representaciones  de  artesanos,  le  rogaban  que 
permaneciese  á  la  cabeza  de  la  administración.  £1 


SECCIÓN  POLÍTICA — bepüblica  db  solivia 


89 


pueblo  en  general,  j  salvas  muy  honrosas  escep- 
ciones  en  la  alta  clase  social,  se  mostraba  impa- 
sible, por  no  decir  contento,  delante  de  esa  dicta- 
dura que  tuvo  por  tan  largo  tiempo  encadenado 
el  progfreso  moral  del  país. 

De  estos  hechos  históricos  y  de  otros  que  nos 
escusamoB  de  citar,  se  deduce,  que  existe  una 
muy  esencial  diferencia  entre  el  pueblo  Norte 
Americano  que  en  todos  sus  actos  se  muestra 
conaeonente  á  esas  virtudes  de  amor  al  trabajo, 
de  dignidad  personal'y  de  respeto  á  la  autoridad 
que  tradicionalmente  heredó  de  los  Padres  pere- 
grinos de  Moravia  y  del  austero  cuákero  Gui- 
llermo Peen;  y  el  de  Bolivia  que,  dividido  en 
razas  antipáticas,  hablando  diferentes  idiomas 
que  oponen  á  la  entrada  de  la  civilización  una 
barrera  de  granito,  y  que  por  fin  no  se  ha  des- 
prendido de  los  usos  y  costumbres  del  vasallaje, 
no  comprende  todavía  el  organismo  del  régimen 
representativo  bajo  la  forma  de  unidad,  y  en  tal 
estado  de  atraso,  ¿  será  posible  que  pase  de  un 
sistema,  aun  no  conocido,  á  otro  mas  desconocido 
y  cuya  base  es  la  industria  y  un  grado  mayor  de 
ci?ilizacion  ? 

Algunas  monarquías  del  continente  Europeo, 
pobladas,  industriosas  y  civilizadas,  se  afanan 
por  implantar  en  su  suelo  el  régimen  constitu- 
cional inglés,  pero  hasta  ahora  no  se  puede 
asegurar  que  lo  hayan  conseguido  en  toda  su 
regularidad;  y  la  Francia,  particularmente,  que 
anhela  por  esa  constitucionalidad  desde  hace  90 
años,  después  de  haber  atravesado  nueve  grandes 
y  sangrientas  revoluciones,  no  sabe  hoy '.si  la 
conseguirá,  volviendo  á  la  dinastía  de  Luis  Felipe 
ó  forcejeando  en  dar  estabilidad  á  la  reaparecida 
Bspública.  T  Bolivia,  escasa  de  población,  pobre 
de  industria  y  mas  pobre  todavía  en  luces,  ¿po- 
drá sin  g^vísimos  inconvenientes  hacer  una 
transición  política,  para  la  cual  no  tiene  prepara- 
ción alguna? 

Se  nos  dice  que  la  América  de  1810  empren- 
dió la  difícil  obra  de  independizarse  sin  estar 
preparada  debidamente  para  el  tránsito  de  un 
gobierno  colonial  á  otro  doméstico,  y  que  sin 
embargo  consiguió  su  fin,  de  cuyo  beneficio  esta- 
mos disfrutando.  Nosotros  decimos  que  ño  fué 
así.  Los  paises  litorales  de  América  tuvieron  en 
1810  conciencia  de  lo  que  hacían,  y  los  centrales 
dieron  instintivamente  el  grito  de  independen- 
cia, porque  en  ellos  dominaba  la  idea  de  libertarse 
de  los  españoles,  sus  señores  de  mas  de  300  años. 


Bolivia,  por  no  estar  suficientemente  predis- 
puesta y  bastante  civilizada,  para  variar  en  fede- 
ral su  forma  unitaria  actual,  no  puede  pensar  en 
ese  cambio.  Muy  á  la  ligera  hemos  insinuado  las 
dificultades  que  tocan  las  viejas  naciones  del 
antiguo  mundo,  para  implantar  en  su  suelo  la 
nueva  organización  política  á  que  aspiran;  y 
aparte  de  esos  ejemplos  que  pueden  ó  no  ser 
aplicables  á  nuestro  caso,  está  bajo  nuestros  ojos 
la  vecina  República  Argentina,  que  en  30  años 
de  guerra  civil  permanente,  no  ha  podido  aclima- 
tar la  planta  Norte  Americana,  puesto  que  mar- 
cha á  tropiezos  en  esa  difícil  empresa. 

Miguel  María  db  AauíBBS. 

PubUolstft. 
CochcLbamba,  1871. 


El  Autógrafo  Americano  es  un  documento  para 
la  posteridad. 

IJn  pensamiento  del  pasado,  una  hoja  cualquie- 
ra suelta  abre  ancho  horizonte  al  hombre  pensa- 
dor. Se  llega  á  conocer  el  grado  de  civilización 
de  un  país,  sus  costumbres  y  sus  ideas. 

El  estilo  es  el  hombre;  y  el  estilo  es  también 
el  pueblo:  revela  todo  su  carácter  y  el  de  la 
misma  época. 

Característico  fué  del  pueblo  oriental  el  estilo 
alegórico,  como  lo  fué  el  picante  y  conciso  del 
pueblo  de  Atenas,  como  ardiente  lo  es  el  del 
francés. 

Por  los  escritores  americanos  se  vé  que,  á  pesar 
de  ser  hijos  de  una  misma  raza,  las  maneras  de 
la  espresion  de  ideas  varían  de  nación  á  nación. 

Si  todo  esto  se  manifiesta  en  lo  literario,  mani- 
fiéstase también  en  los  intereses,  tendencias  y 
preocupaciones  dominantes  en  cada  localidad,  y 
revela  todo  el  modo  de  ser  de  un  pueblo. 

En  el  Autógrafo  vemos,  por  ejemplo,  que  los 
mas  de  los  manuscritos  bolivianos  son  de  política. 

Hé  ahí  Bolivia. 

La  política  es  la  gran  preocupación  de  este 
país;  y  porque  su  código  fundamental  es  esen- 
cialmente político,  es  por  esto  que  se  prefiere 
emplear  el  tiempo  en  discutirlo,  á  fin  de  formular 
uno  nuevo  y  mejor,  que  en  escogitar  medios  de 
prosperidad  material,  industrial  é  intelectual. 

Es  que  todo  esto  no  es  político. 

El  pensamiento  argentino,  chileno  ó  peruano, 
estampado  en  aquel  repertorio  de  ideas,  en  aquel 


90 


AMÉRICA  LITERARIA 


reflejo  de  la  presente  civilización — el  Autógrafo 
—dirá  inmigración,  libertad  de  enseñanza,  tra- 
bajo, comercio,  ferro-carril,  gas,  vapor,  etc.,  y 
ofrecerá  nn  contraste  digrno  de  estudiarse  y  me- 
ditarse. 

Por  eso  decimos,  qne  el  trabajo  del  inteligente 
señor  Lagomaggiore,  es  un  documento  histórico, 
una  bruñida  página  de  los  anales  americanos. 

La  posteridad — nuestros  descendientes,  verán 
y  contemplarán  las  firmas  de  los  que  boy  estam- 
pamos en  aquel  proceso,  y  quizá  compadecerán, 
y  quizá  maldecirán,  y  quizá  también  admirarán 
la  época  circunscrita  en  la  septengentésima  cen- 
tena del  siglo  diez  y  nueve. 

Hé  aquí  un  pensamiento  destinado  al  Autó- 
grafo:— i/ el  estado  normal  de  Solivia  ba  sido  el 
desorden  u, 

Hé  aquí  otro:  '/las  escuelas  y  los  caminos  son 
de  preferente  necesidad,  porque  ni  caminos  ni 
escuelas  tiene  Solivia  </,  etc.,  etc. 

MHola!  —  esclamará  la  posteridad:  —  ¿pues 
qué  hicieron  nuestros  padres?  u 

Cuántas  otras  consideraciones  podríamos  espre- 
sar  como  naturalmente  fluidas  de  unos  pocos 
renglones  consig^nados  en  ese  gran  álbum  de  la 
América! 

CésAR  Sevilla. 

FertodUta. 
La  Paz,  1878. 


Solivia,  para  ocupar  un  lugar  preferente  en 
la  América  del  Sud,  necesita  ilustrar  las  razas 
indias  de  Quichuas  y  Aimaraes,  que  forman  una 
gran  mayoría  de  su  población.  Esta  obra  dífloil 
y  necesaria,  hasta  hoy,  ha  sido  descuidada  por 
sus  hombres  de  Estado,  quienes  han  pretendido 
levantar  el  ediflcio  de  una  democracia,  teniendo 
por  base  la  ignorancia  y  la  miseria  de  las  razas 
indias. 

Otra  de  sus  necesidades  consiste  en  la  carencia 
de  caminos  en  sus  bosques,  en  sus  valles,  serra- 
nías y  su  estensa  altiplanicie. 

Escuelas  y  caminos  deben  formar  el  objetivo 
de  BUS  miras  actuales,  para  alcanzar  un  porvenir 
de  ilustración  y  riqueza. 

Si  la  inmigración  tiene  que  ser  real  y  efectiva 
en  el  suelo  boliviano,  prepárese  este  con  buenas 
vías  de  comunicación;  y,  sus  naturales  dispon- 


ganse,  por  medio  de  la  educación,  á  recibir  el 
ósculo  fraternal  de  los  inmigrantes  del  viejo 
mundo. 

Abdok  S.  Okdabza. 

Sacritor. 
La  PoM,  1878. 


Si  en  Solivia,  mi  patria,  no  se  hace  de  li 
carrera  militar  una  verdadera  profesión;  si  no  se 
educa  debidamente  á  sus  distintas  clases,  no  sdo 
en  los  diversos  conocimientos  de  la  institución, 
sino  también,  respectivamente,  en  los  generales 
que  lo  ilustren  y  le  hagan  comprender  su  elevada 
misión,  forzoso  es  declararlo : — la  paz  y  el  orden, 
de  que  tanto  necesita  esta  naciente  y  preciosa 
porción  Sud- Americana  no  llegarán  á  implan- 
tarse; y  el  militar  por  su  modo  de  ser,  obrando 
bajo  la  influencia  de  los  que  se  llaman  ilustrados, 
seguirá  sirviendo  siempre  no  mas,  que  intereses 
de  explotadores  políticos. 

General  Claudio  Agosta. 

Inspector  Q«neral  del  Ejército. 
La  Pa»,  1878. 


La  sola  idea  del  desorden  me  ha  inspirado 
desde  mi  niñez  la  aversión  mas  profunda;— sea 
que  él  nazca  del  seno  íntimo  de  la  familia,  en  la 
que  todo  debe  ser  fraternidad  y  armonía; — sea 
que  surja  del  fondo  de  la  organización  política, 
en  la  que  no  debe  admitirse  mas  choque  que  el 
de  los  principios  y  de  las  ideas,  diferentes  en  su 
camino,  pero  tendentes  á  un  mismo  fin; — sea,  por 
último,  producido  por  la  pug^na  de  Estados  oítí- 
lizados,  en  los  que  el  respeto  mutuo  y  la  gran 
ley  de  la  solidaridad  humana  solamente  deben 
imperar. 

Esa  instintiva  repugnancia  al  desorden  ha  ido 
progresivamente  creciendo  en  mi  ánimo,  á  me- 
dida que  lo  he  ido  encontrando  casi  santificado 
en  mi  patria,  donde  parece  el  único  conato,  el  solo 
medio  que  conocen  las  aspiraciones  de  todo  género 
para  surgir. 

¡  Insensatez !  Nadie  busca  la  meta  por  los  es- 
calones del  trabajo,  de  la  virtud,  del  valor  y  del 
talento !  Son  sendas  inexploradas  que  no  oondn- 
cen  sino  al  desierto.  Así  que  se  confunden  hon- 


91 


SECCIÓN  POLÍTICA— BBpéBLicA  db  solivia 


ludes  y  vicio,  virtud  y  crimen,  en  ese  caos  de  la 
anarquía,  y  se  pierde  la  noción  de  lo  jnsto  y  de 
lo  injnsto  en  donde  se  tiene  por  único  dogma  la 
inmoral  máxima  de  qne  ''el  fin  justifica  los 
medios. " 

Tal  espectáculo  es  desconsolador,  pero  no  al- 
cansa  á  producir  decepción  completa.  Tengo  f é 
profunda  en  los  destinos  de  mi  patria.  Hay  en 
ella  mucha  virilidad,  muchos  elementos  vírgenes 
que  tarde  ó  temprano  se  han  de  sobreponer  á 
nuestros  vicios  tradicionales  y  han  de  hacer  de 
Bolivia  la  Suiza  americana  por  el  trabajo  y  la 
libertad, 

Nicolás  Agosta. 

Eteritor  biblióttlo. 

La  PoM,  1877. 


No  se  desespere  del  porvenir  de  la  raza  abori- 
gfene  en  nuestra  América.  La  figura  histórica 
de  Benito  Juárez  es  la  muestra  de  lo  que  puede 
ser  esa  raza,  regenerada  por  la  aura  vivificante 
de  la  verdadera  civilización.  Procurémosla,  pues, 
y  quizá  podremos  decir  como  nuestros  hermanos 
del  Norte,  ''la  América  para  los  americanos". 

Una  República  en  que  domine  el  militarismo 
solo  por  sarcasmo  puede  llamarse  república, 
cuando  no  es  sino  un  cuerpo  sin  alma  ni  voluntad 
propia,  un  gran  cuerpo... de  guardia. 

Algpunos  llaman  "pobre  hombre"  al  que  no 
capituló  jamás  con  su  conciencia;  pero  si  en  las 
escenas  del  gran  mundo  solo  es  visible  su  pobreza, 
allí,  en  las  regiones  de  la  moral  se  le  llama  "un 
hombre  de  bien". 


Sum,  1878. 


Jos£  Mabía  Yalda. 

JurÍw(mtalto. 


El  mas  grande  beneficio  que  puede  hacerse  á 
un  individuo,  es  darle  educación;  porque  con  este 
bien  se  le  habilita  para  el  goce  de  los  derechos 
políticos,  se  le  hace  creyente  ilustrado,  y  miem- 
bro honorable  de  la  familia  y  de  la  sociedad.  La 
limosna  que  se  dá  á  un  pordiosero,  no  produce 
tan  inmenso  beneficio:  satisface  una  necesidad 
de  momento.  La  educación  que  se  dá  á  un  niño, 
pordiosero  de  conocimientos,  dura  mientras  vida 


tiene  éste.  Mas  importante  es  el  pan  que  nutre 
el  espíritu  que  el  que  sustenta  el  cuerpo. 

La  educación  es  la  mas  grande  fuerza  de  que 
se  puede  disponer  para  levantar  desde  sus  bases 
la  sociedad,  cambiarla  y  transformarla;  con  ella 
puede  hac;irse  mucho  bien,  y  también  mucho 
mal:  es  un  instrumento  como  la  libertad.  No 
debe,  por  lo  tanto,  encomendarse  la  suprema  di- 
rección de  este  motor  á  quiénes  no  conocen  ni  la 
potencia  que  tiene,  ni  el  fin  para  el  cual  sirve. 
Desgraciadamente  la  generación,  cuyo  destino 
ha  sido  mal  comprendido,  y  la  dirección  hacia  él 
pésimamente  determinada  y  ejecutada. 

La  educación  es  un  medio  de  creación.  Se  pue- 
de formar  de  los  individuos  de  una  generación 
naciente  un  pueblo  á  nuestro  modo  á  imagen  y 
semejanza  de  un  tipo  ideal,  como  ha  hecho  Dios 
al  hombre  á  su  imagen  y  semejanza.  Mediante 
este  poder  se  levantará  la  república  ó  la  monar- 
quía, la  teocracia  ó  la  burocracia,  la  autocria  ó 
bien  la  oclocracia;  ó  cualquier  otra  cosa  que 
se  quiera.  Poroso  ha  dicho  Leibnitz:— dadme 
la  educación  y  yo  cambiaré  el  mundo. 


Cbispin  Andbade  y  Pobtugal. 

▲bogado  y  Edooaoloniat». 


La  PoM,  1878. 


NEUTRALIDAD  DEL  PODER  JUDICIAL 

Jusgo  que  los  magistrados  del  Poder  Judicial 
deben  ser  neutrales  y  prescindentes  en  la  con- 
tienda de  la  política  de  partidos.  Así  como  el 
sacerdote  prodiga  los  socorros  de  la  religión  al 
vencedor  y  al  vencido,  tienen  aquellos  que  sus- 
tentar con  el  pan  de  la  justicia  á  vencedores  y 
vencidos,  sin  distinción ;  y  como  la  pasión  política 
es  intolerante,  perderían  los  magistrados  que  se 
alistasen  en  los  bandos  políticos  aquella  tranquila 
imparcialidad,  tan  necesaría  en  el  jusgador.  Sus 
fallos  serían  muchas  veces  el  refiejo  de  ocultas 
prevenciones. 

Jamás  deben  los  jueces  suscribir  esos  docu- 
mentos que  en  las  guerras  civiles  abundan  con 
el  nombre  de  protesUu,  y  que  casi  siempre  son, 
ó  la  expresión  de  un  exagerado  servilismo,  ó 
pasquines  en  que  se  tortura  la  honra  del  adver- 
sario. 

Otro  es  el  medio  levado  y  digno  qne  la  Ma- 


92 


AMÉRICA  LITERARIA 


gistratara  tiene  á  su  alcance  para  protestar 
contra  las  tiranías  y  los  poderes  abusivos,  que, 
saliéndose  de  la  esfera  de  sus  funciones,  se  entro- 
meten á  dictar  leyes  que  se  oponen  á  la  Consti- 
tución del  Estado,  6  hacen  cometer  violencias 
que  deprimen  al  ciudadano. 

Protesta  juzgando  con  valor  y  severa  rectitud 
los  desmanes  de  los  agentes  del  Poder,  retando 
en  caso  necesario  al  poder  mismo.  T  desde  que 
el  dereclio  público  moderno  ba  escrito  en  las 
constituciones  la  facultad  del  mas  alto  tribunal 
de  justicia  para  declarar  la  inconstitucionalidad 
de  las  leyes,  protesta  también,  cuando  se  presenta 
un  caso  concreto,  rehusando  la  aplicación  de 
actos  legislativos  contrarios  4  la  Constitución, 
vengan  ellos  del  gobierno  ó  de  las  asambleas. 

De  este  modo  la  autoridad  judicial,  reprimien- 
do las  arbitrariedades  ó  declarando  la  inconsti- 
tucionalidad  de  las  leyes,  prepara  en  el  orden 
político  el  reinado  de  las  garantías  y  del  respeto 
á  la  carta  fundamental. 

La  magistratura  en  Bolivia  ba  dado  en  oca- 
siones ejemplos  de  tan  digfuas  y  significativas 
protestas;  y  es  consolador  decir,  que  en  el  nau- 
fragio de  las  instituciones  patrias  y  en  medio  de 
escollos,  ha  guardado  el  arca  santa  de  la  justicia. 

Melquíades  Loayza. 

Juritooninlto  y  Compilador  de  leyei. 

La  Paz,  1878. 


IDEAS  SOBRE  DtlRECHO  CONSTITUCIONAL 


Hf^''' ;."■■»  15 


La  Constitución  es  la  cúpula  que  corona  el 
gran  edificio  social,  y  la  Suprema  ley  del  Estado 
que  sirve  para  ejercitar  de  una  manera  fácil  é 
independiente  los  eternos  principios  de  libertad 
é  igualdad. 

Una  Constitución  nunca  crea  derechos,  no  es 
otra  cosa  que  un  Código  político  que  declara  los 
derechos  del  hombre  dándole  garantía,  y  que 
señala  los  deberes  de  los  altos  poderes  de  una 
Nación. 

La  Constitución  debe  ser  siempre  la  carta  fun- 
damental que  se  dá  un  pueblo  en  virtud  de  su 
soberanía.  Esta  soberanía  se  puede  delegar,  pero 
jamás  adjudicar  á  uno  ó  muchos  individuos  y 
haoerlo  así,  es  proclamar  el  absolutismo.  Negar 


á  un  pueblo  el  poder  supremo  de  la  soberanía,  es 
destituirlo,  deja  de  ser  nación  en  el  sentido  cien- 
tífico de  la  palabra,  porque  este  como  cualquier 
otro  derecho  está  fundado  en  su  naturaleza  mismi 
de  pueblo.  Es  negar  á  ese  pueblo  el  derecho  de 
pensar,  de  tener  voluntad;  es  privarle  del  sagrado 

derecho  de  decidir  de  su  suerte.  Por  estas  consi- 

« 

deraciones,  en  una  nación  verdaderamente  demo- 
cnítica,  se  debe  tender  muy  especialmente  á  que 
no  exista  individuo  de  ella  que  no  pueda  ser 
electo  ó  elegido,  esto  es,  representante  6  rq^ 
sentado. 

JuAK  Fedebico  Zuazo. 

Abogado, 

La  Paz,  1878. 


La  precipitación,  el  despotismo  ó  la  anarqníi 
serán  siempre  la  fisonomía  del  Poder  Legisla- 
tivo, organizado  en  una  sola  Cámara,  ya  sea  en 
las  repúblicas  democráticas  constituidas  bajo  el 
régimen  federal  ó  del  unitario,  ya  sea  en  las 
monarquías  constitucionales. 

La  sabiduría  y  el  acierto,  la  prudencia  y  la 
circunspección  en  las  deliberaciones  legislativas, 
estaran  aseguradas  solo  en  el  sistema  bicama- 
rista. 

La  Cámara  única,  siempre  veleido«i  por  su 
continua  renovación,  carece  de  precedentes  tra- 
dicionales, y  no  puede  contar  en  su  seno  con  el 
I  elemento  conservador,  que  es  la  columna  mas 
firme  que  apoya  la  estabilidad  de  las  leyes. 

Mariano  Nayabko. 

Juriaocmaolto  j  Hiifftttndo. 
La  Paz,  1877. 


BOLIVIA  MI  PATRIA 


Tan  feliz  por  los  dones  de  Dios,  como  desgra- 
ciada por  la  incuria  de  sus  hijos,  marcha  moy 
lenta  en  la  senda  del  progreso;  porque  le  cierran 
el  paso  cuatro  obstáculos :  pauperismo,  anarquía, 
militarismo  y  aislamiento. 

Para  removerlos,  necesitan  sus  gobiernos  em- 
plear con  férrea  constancia  los  medios  siguientes: 

Sistema  prusiano  de  educación  popular.— 
Sistema  norte  americano  de  guardias  nacionales. 


SECCIÓN  POLÍTICA— REPÚBLICA  de  bolivia 


93 


—  Sistema  inglés  de  finanzas  y  crédito. — Sistema 
federal  de  administración ;  j — todos  los  esf  aerzos 
de  su  diplomacia  en  el  exterior,  para  atraerle 
brazos,  industria  y  capitales  extranjeros,  abriendo 
con  el  rapor  su  clausura  geográfica. 

Dos  lustros  juzgo  bastantes  para  la  aplicación 
de  esos  medios;  y  en  los  tres  restantes  del  siglo 
XIX,  el  desarrollo  de  sus  dormidos  elementos  de 
futura  grandeza,  seria  tan  rápido  como  la  elec- 
tricidad y  tan  pujante  como  el  vapor. 


Benedicto  Medinaceli. 

EMritor. 


Sucre,  1875. 


gencias  de  la  larga  y  heroica  lucha  sostenida 
contra  la  España.  Estas  concesiones  debilitaron 
el  poder  civil,  y  terminada  aquella  lucha,  era 
preciso  ahogar  en  su  origen  ese  formidable  poder 
de  los  cuarteles  que  con  los  atentados  del  14  de 
Noviembre  de  1826  y  25  de  Diciembre  de  1827, 
se  presentaba  ya  como  una  amenaza  constante 
contra  las  garantías  sociales. 

El  General  Pedro  Blanco  se  afrontó  contra 
ese  poder,  que,  con  la  viciosa  organización  social 
legada  por  el  coloniaje,  y  las  influencias  con  que 
el  gran  Protector  lo  ensanchó,  ha  causado  tantos 
males  á  Bolivia,  inaugurando  esa  era  de  conspi- 
raciones y  despotismo  que  ha  hecho  de  la  fuerza 
armada  el  titulo  de  todo  poder. 


El  militarismo  es  una  consecuencia  necesaria   | 
de  las  concesiones  hechas  á  las  necesidades  6  exi-    '    Cochaba.nba,  1377. 


Federico  Blanco 

Escritor. 


ESTADOS  UNIDOS  DE  COLOMBIA 


En  lo  que  lia  de  hacer  consistir  nn  gobierno 
honrado  bu  digfnidad,  es  en  mantener  el  sufragio 
popular,  única  fuente  del  poder  legítimo,  en  la 
mayor  pureza  j  libertad.  Sin  tales  condiciones 
en  el  sufragio,  la  República  es  la  mas  costosa  de 
las  ficciones,  la  menos  aceptable  de  las  tiranías; 
porque  sin  ellas,  el  gobierno  queda  reducido  al 
caudillaje  anónimo  de  los  intrigantes,  á  la  co- 
barde oligarquía  de  los  falsarios  y  suplantado- 
res  de  la  voluntad  de  los  pueblos.  Por  el  con- 
trario, asegurada  en  la  práctica  la  libertad 
electoral,  toda  opinión  en  mayoría  se  abre  in- 
defectiblemente camino  al  poder;  y  con  esto,  la 
alternación  providencial  de  los  partidos  tiene 
lugar,  como  la  rotación  de  la  tierra,  sin  sacudi- 
mientos ni  desorden.  Con  el  respeto  al  sufragio, 
el  predominio  de  la  mayoría  se  establece  y  man- 
tiene cual  debe  ser;  esto  es,  moralizado  por  la 
acción  subordinada,  pero  legítima  y  benéfica  de 
las  minorías,  á  las  cuales  no  hay  obligación  de 
obedecer,  pero  tampoco  derecho  de  exasperar,  ni 
prudencia  en  proscribir. 

Santiago  Pebez, 

Ex-Presidente  de  U  BepúbUea,  literato 
y  hombre  de  Estado. 


LA  NUEVA  ADMINISTRACIÓN  NACIONAL 

{Fragmento  de  un  artículo  escrito  en  1868). 

ünpaís  libre  no  puede  ^gober> 
nado  Binó  por  hombree  honrados  j 
republicanos. 

Acaba  de  cumplirse  en  la  República  un  suce- 
so importante. 

Ha  tomado  posesión  de  la  Presidencia  Nacio- 
nal un  hombre  honrado  y  republicano. 

Para  llenar  la  difícil  misión  que  se  le  con- 
fia, se  asocia  á  hombres  honrados  y  republicanos 
también. 

El  nueyo  Presidente,  se  sienta  en  la  silla  de 
los  Boliyar  y  de  los  Santander  aclamado  y  apo- 
yado por  sus  compatriotas. 

El  país  lo  ha  elegido,  con  admirable  uno,  do 
por  las  dotes  militares  que  todos  reconocen,  sin6 
por  sus  títulos  de  hombre  de  bien. 

El  país  lo  espera  todo  de  la  probidad,  pues 
'/está  cansado  de  palabras  y  busca  resultados,  ft 

Tenemos  confianza  en  que  esos  resultados  serán 
muy  satisfactorios  para  el  patriotismo. 

Hay  labios  que  no  mienten  y  palabras  qne 
salen  de  la  conciencia  en  las  grandes  horas  de  la 
vida. 


SECCIÓN  POLÍTICA—E.  fnidos  de  Colombia 


95 


El  General  Gutiérrez  ha  pronunciado  algunas 
de  esas  palabras  qne  se  repetirán  con  entusiasmo. 
Ha  dicho : 

«  Convencido  de  qne  el  extravío  de  las  pasiones 
políticas  es  la  cansa  principal  de  las  desgracias 
de  nuestra  patria,  yo  os  prometo  consagrar  todos 
mis  esfuerzos  á  la  obra  de  la  reconciliación  entre 
mis  compatriotas,  i/ 

T  llamando  en  su  auxilio  á  todos  los  colom- 
bianos, para  sostener  limpia  y  honrada  la  bandera 
nacional,  ha  dicho  también : 

*»Ciudcídano9:  Elejido  popularmente  para  ejer- 
cer el  Poder  Ejecutivo,  después  de  encargarme  de 
él  ante  el  Congreso  Nacional,  creo  llenar  un 
deber  renovando  ante  todos  vosotros  la  promesa 
que  he  prestado  de  cumplir  y  hacer  cumplir  la 
Constitución  y  las  leyes  de  la  Union.  Esta  es  la 
la  tarea  señalada  al  primer  Magistrado  y  por 
consiguiente  la  quo  forma  su  programa;  por 
que  si  á  los  ciudadanos  la  República  exige  que 
le  sirvan  en  cuanto  lo  puedan  hacer,  á  los  funcio- 
narios públicos  ella  no  acepta  otros  servicios  que 
los  que  la  Constitución  les  impone,  ni  de  otro 
modo  que  el  que  las  leyes  prescriben. 

La  práctica  honrada  de  las  instituciones  es  el 
medio  único  de  demostrar  su  bondad  ó  su  inconve- 
niencia, luego  en  esa  práctica  deben  estar  intere- 
sados los  que  las  quieran  conservar  como  los  que 
las  quieran  variar,  sin  olvidar  unos  ni  otros  que 
la  decisión  de  los  gobernantes  es  insuficiente  al 
faltar  la  buena  voluntad  de  los  ciudadanos.  La 
elección  con  que  me  habéis  honrado  comprueba 
que  hacéis  la  justicia  de  reconocer  en  mí  patrio- 
tismo y  buena  fé;  solo,  pues,  por  procedimientos 
mios  que  sean  contrarios  á  esas  cualidades  y  que 
no  provengan  del  error  á  que  todos  estamos  suje- 
tos, podréis  negaros  á  rodearme  sin  distinciones 
banderizas  ningunas,  para  que  me  sea  posible 
seg^uir  una  política  nacional  y  moralizadora, 
que  cambie  nuestra  agitación  belicosa  en  bené- 
fica actividad,  una  vez  que  la  paz  es  nuestra 
primera  necesidad  y  la  libertad  nuestra  común 
aspiración,  u 

Los  que  gustan  de  frases  pomposas,  que  en  lo 
general  solo  contienen  promesas  frágiles  y  pérfi- 
das, no  darán  tal  vez  á  las  que  hemos  trascrito 
todo  el  mérito  que  tienen  por  su  sencillez  y  su 
verdad.  Así  hablan  los  hombres  modestos  que 
desean  gobernar  de  acuerdo  con  la  ley  y  apoya- 
dos por  la  opinión  pública.  Palabras  de  igual 
sencillez  pronunciaban  los  Washington  y  Lincoln 


'  cuando  se  encargaban  de  gobernar  con  honradez 
y  firmeza  á  la  gran  nación  americana. 

T  ellos  conquistaron  la  inmortalidad  oon  accio- 
nes de  honradez  y  de  justicia. 

Ellos  probaron,  no  con  palabras  sino  oon  he- 
chos, que  amaban  á  su  pueblo. 

Cuando  juraban  sobre  los  Evangelios  cumplir 
sus  deberes,  los  mártires  de  Bunker  HUÍ  y  de 
cien  campos  mas  dictaban  esa  feliz  inspiración. 

Y  hoy  ved  sus  tumbas!  El  pueblo  americano 
vá  á  ellas  siempre  en  respetuosa  peregrinación. 
*íPor  qué?  Porque  esos  hombres  tuvieron  la 
grandeza  de  la  honradez,  de  la  virtud. 

Y  ved  la  historia.  ¿Q,né  dice  de  olios?  "Fue- 
ron leales  á  sus  promesas,  amaron  á  su  pueblo, 
trabajaron  por  la  libertad,  ti 

Hé  aquí  la  gloria  verdadera:  un  pueblo  que 
llora  aún  al  recordar  esos  nombres,  y  la  vida  de 
los  dos  insignes  ciudadanos  que  servirá  de  ejem- 
plo á  sus  descendientes  hasta  la  mas  remota 
posteridad. 

Adriano  Páez, 

Litemtu  y  periodista. 


Me  pide  usted  un  autógrafo,  con  el  fin  de  agre- 
garlo á  un!>  colección  que  se  ocupa  en  formar, 
para  hacer  conocer  algunos  escritores  am arícanos. 

Yo  no  me  he  atrevido  jamás  á  pretender  tal 
título:  <í Por  qué? — se  muy  bien  porque;  pero 
no  considero  oportuno  dar  la  esplicacion  en  este 
momento. 

Obligación  será,  sin  embargo,  complacer  á 
usted,  que  tan  gtilantemente  sabe  pedir  las  cosas. 

Sabrá  usted,  señor  mió,  que  los  colombianos 
acabamos  de  pasar  una  sangríenta  guerra  de 
batallas.  Yá  esa  guerra  concluyó;  mas  sigpue  la 
lidia  en  otra  forma;  cañoneo  de  ideas  y  de  prin- 
cipios; revolución  grave,  en  que  todo  se  debate 
con  calor,  y  en  que  la  itepública  parece  haber 
entrado  en  un  periodo  de  fiebre  inflamatoria. 

Ayer,  al  doblar  la  esquina,  me  encontré  con 
un  joven  amigo  mió,  porque,  entienda  usted,  que 
aunque  viejo,  tengo  dos  cualidades  que  no  pare- 
cen de  mi  edad : 

If ;  Mucho  interés  por  la  educación  de  las  masas, 
para  formar  pueblo  republicano:  y, 
2» ;  un  intenso  cariño  por  la  juventud. 

— Buenos  dias,  abuelo,  me  dijo  Arturo. 
— Buenos  dias,  hijo,  ¿y  qué  hay  de  bueno? 


96 


AMÉRICA   LITERARIA 


Eáo  me  dijo  el  amigo,  y  eso  le  dije  y  le  pre- 
gante. 

— <J  De  bueno  ?  \  Cáspita!  Macho,  machísimo, 
agregó  alegremente.  La  idea  marcha,  los  princi^ 
pios  trianfan,  la  libertad  se  entroniza.  Sí,  persaá. 
dase  usted  de  eso;  andamos  con  rapidez  de  telé- 
grafo, con  velocidad  de  pensamiento. 

— Seria  mejor,  me  atreví  á  decirle,  qae  anda- 
vicsemos  menos  á  la  ligera,  si  tenemos  la  pre- 
tensión de  llegar  á  las  tierras  prometidas,  por  la 
libertad. 

— Ideas  fósiles,  ideas  añejas,  ideas  inacepta- 
bles. Nos  ha  llegado  la  época  de  romper  lanzas 
con  el  pasado;  la  demolición  total,  es  el  único 
programa  posible,  y  la  prontitud  el  mas  seguro 
medio  de  obtener  la  reforma.  En  la  rapidez  de 
acción  consiste  el  triunfo. 

— Vea  usted,  hijo,  le  observé:  Quien  anda  muy 
de  prisa,  tropieza  con  frecuencia.  La  locomoto- 
ra para  no  descarrilar  necesita  dos  cosas ;  válvula 
de  seguridad  y  medida  racional  del  movimiento. 
De  otra  manera,  es  fácil  ó  que  estalle  ó  que  haga 
falsa  ruta.  Por  el  camino  del  progreso  social  ó 
por  la  senda  de  la  perfectibilidad  política,  sino 
se  vá  con  tiento,  se  suele  tomar  por  el  atajo  y 
llegar  á  la  anarquía.  Las  conquistas  hechas  por 
la  civilización,  para  que  sean  fructuosas,  sólidas 
y  estables,  deben  ser  lentas,  bien  calculadas  y 
metódicamente  fundadas. 

— Ideas  de  anciano.  Sin  embargo,  está  usted 
en  su  derecho;  ya  hizo  usted  su  camino;  nosotros 
vamos  en  busca  de  la  luz  y  de  la  vida — la  luz  es 
la  verdad — la  vida  es  la  civilización. 

— Sea  en  buenahora,  repliqué.  Nosotros  va- 
mos por  el  camino  de  la  tumba  y  de  la  muerte; 
la  tumba  es  la  oscuridad  y  el  olvido;  la  muerte 
es  el  aniquilamiento  en  un  tiempo  relativo.  En 
el  porvenir  nos  encontraremos,  v  allá  aplaudi- 
remos á  la  juv(  ntud  si  hubiese  llenado  digna- 
mente su  misión.  Ella,  por  lo  menos,  nos  hura 
justicia. 

—  ¿De  qué  porvenir  me  habla  usted? 

— Pues,  claro  esta,  del  porvenir  en  el  sentido 
profano  de  la  frase:  de  la  Historia, 

Manuel  TJbibe  Akoel. 


Geólof^  y  Mtnermloglstft. 


Medellin  {Colonilia),  1877. 


UNION  UTINO-AMERICANA 

Discurio  pronunciado  el  29  de  Enero  de  1879  en  Parit. 

Señores  t  queridos  compatriotas: 

Habiéndoos  reunido  en  este  banquete  ¿  todos 
vosotros  que  gentilmente  habéis  correspondido 
á  nuestro  llamado  no  es  intención  nuestra  de 
entrar  en  cuestiones  teóricas,  ni  filosóficas;  no 
queremos  tratar  de  un  humanitarismo  estéril, 
sino  el  proponeros  establecer  una  asociación  prác- 
tica con  tendencias  claramente  definidas,  y  medios 
de  acción  enérgicos  y  leales;  queremos  que  los 
países  divididos  por  su  historia  reciente,  pero 
pert'Cnecientes  á  un  mismo  tranco  se  asocien  y  se 
unan;  que  los  hombres  nacidos  bajo  diferentes 
grados  de  latitud,  pero  de  una  misma  familia 
social,  lleguen  á  convencerse  que  en  la  anión  de 
la3  nacionalidades,  como  de  los  individuos,  está 
la  influencia  y  la  fuerza;  queremos,  en  una  pala- 
bra, que  desde  las  orillas  del  Orinoco  hasta  lis 
riberas  del  Plata,  la  América  Latina  tenga  lo 
mas  pronto  posible  una  sola  bandera  que  Heve 
escrita  esta  divisa:  ¡UNION  LATINO- AME- 
CANA! 

En  verdad,  la  humanidad  es  una  y  nosotros 
sabemos  que  el  hombre  doquiera  tiene,  á  mas  de 
la  misma  naturaleza,  los  mismos  derechos,  los 
mismos  deberes  y  las  mismas  responaabilidades; 
nosotros  oreemos  del  mismo  modo  que  no  habrii 
de  haber  mas  cuestiones  que  respecto  á  la  diver- 
sidad de  aptitudes,  y  que  es  una  ofensa  a  la  Din- 
nidad  deducir  de  esta  diversidad  de  aptitudes  ana 
diferencia  respecto  á  la  participación  del  adelanto 
personal  y  social.  Por  cuanto  que  las  cuestiones, 
así  normales  como  ficticias,  de  que  nos  habla  U 
etnografía,  creemos  que  no  deben  salir  del  círculo 
de  la  teoría  científica,  y  que  vendrá  un  tiempo 
en  que  no  existirá  otra  diferencia  entre  estas 
nacionalidades  que  la  psioológfica,  fisiológica  o 
lengüística,  entonces  siendo  así  la  paz  general  lua 
consecuencia  de  los  principios  de  justicia  y  déla 
solidaridad  de  intereses,  no  habrá  mas  lucha  qoe 
la  que  se  librará  en  el  campo  pacífico  del  comer- 
cio y  de  la  industria. 

Mas  mientras  esperamos  este  tiempo  feUi*  mi> 
consideración  imperiosa  invade  nuestro  espirito. 

En  vista  de  los  progresos  del panslavismo,  del 
pangermanÍ6ino  y  sobre  todo  del  onglO'Sajonisntíi^ 
bajo  todo  punto  respetables,  creemos  que  por 


SECCIÓN  POLÍTICA — e.  unidos  db  Colombia 


97 


nosotros  los  latinos  y  latino- americanos  es  nece- 
sario afirmar  altamente  este  noble  7  grande 
sentimiento,  este  deber  sagrado  qne  se  llama 
patriolUmOf  y  de  desplegar  resueltamente  nues- 
tro pabellón,  convidando  á  estrecharse  á  su  alre- 
dedor todas  las  razas  latinas,  donde  el  espíritu  de 
iniciatíya  y  el  trabajo  fecundo  ban  traido  los  mas 
grandes  inventos,  y  en  todas  partes  han  hecho 
predominar  los  principios  del  derecho,  de  la 
igualdad,  de  la  independencia  y  de  la  confrater- 
nidad. 

Todos  nosotros  conocemos  la  historia  de  la 
America  anglo-sajona;  todos  nosotros  admiramos 
su  gran  producción  industrial,  agrícola  y  mine- 
ral; nosotros  amamos  á  sus  ciudadanos  libres  y 
trabajadores;  nosotros  envidiamos  casi  su  pre- 
sente y  no  dudamos  de  su  porvenir.  Si  al  con- 
trarío, nosotros  volvemos  la  mirada  hacia  la 
Améríca  latina,  donde  la  inteligencia  es  tan  clara, 
la  imaginación  tan  viva,  las  cualidades  naturales 
tan  brillantes,  nosotros  vemos  muy  á  menudo  al 
lado  de  grandes  ríquezas  naturales  faltar  los 
medios  de  esplotacion,  y  las  mas  serías  empresas 
paralizadas  por  falta  de  una  ñrme  dirección  ó  de 
nna  unidad  de  vista  y  de  acción  de  parte  de  los 
gobernantes. 

La  Améfiea  del  Norte  es  fuerte  porque  está 
Unida;  La  América  Latina  es  débil  jporque  está 
dividida. 

¿Qué  se  hará  para  remediar  este  estado  de 
cosas? 

Bealizar  resueltamente  el  dorado  sueño  de  Bo' 
LIVAB:  La  unión  Latino- Americana.  ¿  La  unión 
política?  No:  la  cuestión  política  pertenece  al 
porvenir:  vendrá  á  su  tiempo. 

Lo  que  importa  ahora,  por  la  falta  de  pobla- 
ción, los  inmensos  terrenos  aún  incultos,  las 
grandes  distancias  á  recorrer,  y  los  caminos  de 
oomunicacion  defectuosos,  es  hacer  desaparecer 
la  inferioridad  que  el  aislamiento  produce  á  cada 
uno  de  los  Estados  latino- americanos  en  ma- 
teria de  diplomacia,  de  tratados  de  comercio  y 
de  relaciones  internacionales,  por  la  creación  de 
una  confederación,  liga  6  unión  que  reúna  en  un 
solo  y  robusto  haz  todas  las  fuerzas  esparcidas 
de  la  Améríca  central  y  merídional  para  formar 
una  gran  Nación,  mientras  que  cada  Estado  con- 
servaría su  autonomía  particular,  adhiriéndose 
á  ciertos  garandes  principios  generales  discutidos 
en  común  y  que  se  podrían  formular  de  este 
modo: 


PRINCIPIOS  GENERALES 

1^  Admisión  del  principio  de  la  nacionalidad 
común  respecto  de  los  hijos  de  todos  los  Estados 
latino- amerícanos,  que  se  considerarán  como  ciu- 
dadanos de  una  misma  patria,  y  deberán,  cual- 
quiera que  sea  el  lugar  de  su  nacimiento,  gozar 
de  los  mismos  derechos  civiles  y  políticos  en  toda 
la  confederación. 

2°  Adopción  de  un  principio  fijo  en  materia  de 
límites  terrítoriales,  cuyo  punto  de  partida  será 
q\  uti  possidetis  de  1810;  base  adicional;  admi- 
sión de  límites  naturales,  no  escluyendo  siempre 
las  compensaciones  territoríales  cuando  fuere 
necesarío  fijar  de  una  manera  definitiva  y  justa 
las  fronteras  del  territorio  disputado  y  que  con- 
vendría conceder  á  un  Estado  mas  que  á  otro. 

3^  Creación  de  un  ZoUverein  americano  mas 
liberal  que  el  ZoUverein  alemán. 

4°  Adopción  de  los  mismos  códigos,  pesos,  me- 
didas y  monedas. 

5^  Establecimiento  de  un  Tríbunal  Supremo, 
al  cual  se  deducirán  las  cuestiones  que  pudieren 
surgir  entre  dos  ó  mas  Repúblicas  Confederadas, 
y  que,  en  caso  de  necesidad,  haría  ejecutar  sus 
sentencias  con  la  fuerza. 

6^  Adopción  de  un  sistema  liberal  de  conven- 
ciones postales,  estableciendo  la  libertad  y  fran- 
quicia absoluta  para  los  diarios,  revistas,  boleti- 
nes, libros,  etc. 

7°  Admisión  en  todo  el  terrítorío  de  la  Confe- 
deración con  carácter  obligatorío  en  la  parte 
sustantiva,  de  la  validez  de  todo  acto  público  y 
prívado  de  una  ú  otra  de  las  Repúblicas  Confe- 
deradas. 

8^  Establecimiento  de  un  sistema  federal  en 
matería  de  comercio,  sin  esceptuar  el  comercio  de 
cabotaje. 

9^  Adopción  de  un  sistema  uniforme  de  ense- 
ñanza, declarando  obligatoría  y  g^tuita  la  ins- 
trucción primaría. 

10.  Consagración  del  gran  principio  de  la  liber- 
tad de  conciencia  y  de  la  tolerancia  de  los  cultos. 

11.  Adopción  de  los  principios  modernos  en 
materia  de  extradición,  admitida  por  delitos  de 
derecho  común,  jamás  por  delitos  políticos. 

12.  Abolición  de  los  pasaportes,  de  todo  sistema 

de  bloqueo  y  de  los  privilegios  de  marca,  esoepto 

en  la  guerra  que  podría  haber  entre  una  ó  mas 

Repúblicas  Confederadas,  y  una  ó  mas  potencias 

estranjeras. 

13 


98 


AMÉRICA  LITERARIA 


13.  Fijación  de  un  contingente  de  tropa  para 
la  defensa  común. 

14.  Fijación  del  modo  y  de  lo3  términos  en  los 
cuales  se  deberá,  llegado  el  caso,  declarar  el  casiis 

15.  Adopción  de  principios  en  materia  de  tra- 
tados de  comercio  y  de  convenciones  consulares; 
adopción  de  los  mismos  principios  en  lo  tocante  á 
los  hijos  nacidos  de  estranjeros  en  el  país. 

16.  Admisión  de  este  principio:  que  no  sola- 
mente el  pabellón  defiende  la  propiedad;  mas  aun, 
que  las  mercadenas  enemigas  son  libros  bajo  el 
mismo  pabellón  enemigo,  limitando  siempre  la 
naturaleza  de  los  artículos  que  deben  considerarse 
como  contrabando  de  guerra. 

17.  Obligación  para  todos  los  Estados  latino- 
americanos de  uo  ceder  jamás  parte  alguna  del 
territorio  confederado,  á  poder  estranjero,  ni  de 
aceptar  el  protectorado  de  ningún  gobierno  es- 
tranjero. 

18.  Creación  de  una  Dieta  latino- americana, 
que  cada  año  se  reunirá  en  un  punto  designado 
del  territorio  confederado,  á  ñn  de  estudiar  las 
grandes  cuestiones  de  interés  general,  de  quien 
las  decisiones  tendrán  fuerza  de  ley. 

19.  Proclamación  de  este  principio  salvador 
de  todo  Estado  débil,  que  un  gobierno  legítimo 
no  es  responsable  respecto  de  los  estranjeros  de 
todas  las  pérdidas  causadas  por  facciones  ó  guer- 
ras civiles,  que  es  la  misma  medida  que  aplica  á 
sus  nacionales. 

20.  Propaganda  activa  contra  la  esplotacion 
del  hombre  por  el  hombre ;  y  poco  importa  que 
el  esclavo  sea  negro,  amarillo  ó  blanco. 

21.  Fundación  de  un  diario  redactado  en  idio- 
ma francés,  cuya  misión  será  defender  los  in- 
tereses laimo-americanos,  y  de  hacer  conocer  las 
leyes,  las  riquezas,  los  progresos,  las  instituciones, 
de  hacer  ver  la  geografía  y  la  topografía  misma 
de  cada  Estado,  que  constituye  la  gran  patria 
I  itino-a/mericana, 

CONCLUSIÓN 

Bajo  estas  bases,  creemos  posible  la  Union; 
creemos  que  se  puede  hacer  en  América  lo  que  se 
pudo  hacer  en  todos  los  países  europeos. 

Recordemos  á  la  Francia  bajo  la  Ligue,  la 
Grecia  bajo  los  Jarls,  la  Rusia  bajo  los  Grays,  y 
mas  cerca  de  nosotros  la  Italia  bajo  sus  prínci. 
pes.  Todos  estos  paises  han  conseguido  su  uni- 
dad. ¿  Por  qué  no  la  conseguirá  la  América, 
puesto  que  ella  no  aspira  tan  alto,  ni  tan  lejos. 


y  que  no  tiene  necesidad  mas  que  de  su  unidad 
económica? 

No,  yo  no  me  alucino.  Esta  idea  grande  y 
noble  de  la  Union  latino -amei^icana  traerá  sus 
f rutoá,  porque  todos  vosotros,  señores,  qu3  tan 
gentilmente  habéis  querido  corresponder  á  nues- 
tro llamado,  vosotros  conocéis  aquel  país  por 
la  vegetación  exhuberante  y  magestuosa,  y  voso- 
tros sabéis  como  yo,  que  si  aquel  está  llamado  á 
ser  fuerte  y  próspero,  no  es  solamente  porque  aUí 
se  crian  árboles  magníficos  y  plantas  útiles,  mas 
porque  allí  hay  aun  el  germen  de  las  ideas  gene- 
rosas. Tengamos  fé  y  con  la  fé  la  perseverancia; 
en  los  pliegues  de  nuestba  bandera  es- 
tán abeigados  los  destinos  de  un  mundo. 

José  M.  Tobbbs  Caicsdo. 

Áhox^o,  l'octs  7  Diplom&tioo. 


DISCURSO 

Inaufirnml  de  la  Exposición  Nacional  Colombiana  de  1872, 
diripi 'o  al  ciudadano  Presidente  de  la  Repúbli.»  porel 
de  la  Junta  Directiva  de  dicha  Exposición. 

CIUDADANO  PREEIDENTE  : 

Habiendo  merecido  do  mis  colegas  de  la  Junta 
Directiva  de  la  Exposición  Nacional,  la  alta  dis- 
tinción de  presidirlos,  me  corresponde  también  el 
honor,  constituyéndome  en  int^érprete  de  los  sen- 
timientos del  pueblo  'colombiano,  de  presentaros 
las  felicitaciones  mas  cordiales  por  la  perseve- 
rancia con  que  habéis  llevado  á  cabo,  coadyuvado 
por  nuestros  ilustrados  Legisladores  y  vuestros 
dignos  Secretarios,  la  feliz  idea  de  aclimatar  entre 
nosotros  esas  fiestas  civilizadoras  de  moderna 
creación,  conocidas  con  el  nombre  de  Exposiciones^ 
y  que  tan  poderosamente  han  contribuido  al  ade- 
lantamiento de  las  artes,  al  desarrollo  de  la  in- 
dustria y  del  comercio,  y  á  estrechar  los  vínculos 
de  fi*atemidad  entre  las  naciones. 

Si  el  primer  ensayo  que  de  esas  fiestas  hicimos 
entre  nosotrr.s  en  el  último  aniversario  de  nuestra 
gloriosa  Independencia,  superó  por  sus  resulta- 
dos á  lo  que  todos  nos  habíamos  prometido,  la 
que  hoy  se  inaugura  no  cede  á  aquella  ni  por  el 
número,  ni  por  la  variedad,  ni  por  la  importancia 
de  los  objetos  que  van  á  exhibirse,  como  podréis 
juzgarlo  vos  mismo  cuando  honréis  sus  salones 
con  vuestra  visita.  No  esperéis,  sin  embargo, 
encontrar  agrupadas  allí  esas  obras  portentosas 
del  genio  que  inmortalizan  los   nombres  de  sos 


SECCIÓN  POLÍTICA — e.  unidos  de  Colombia 


99 


aatorea,  ni  esos  artísticos  productos  que  la  in- 
dustria se  vé  obligada  á  perfeccionar  y  aiín  á 
inventar  constantemente  para  satisfacer  hasta 
los  capnclios  del  goisto,  tanto  mas  refinado  y 
exigente  cuanto  mas  avania  la  civilización:  no, 
que  la  mayor  parte  de  los  objetos  que  constituyen 
nuestra  modesta  Exposición,  son  estraidos  del 
seno  de  nuestras  majestuosas  montañas,  cosecba- 
dos  en  nuestros  campos  todavía  imperfectamente 
cultivados,  ó  recogidos  al  acaso  en  nuestras  esten- 
sas  y  feraces  selvas,  que  los  brotan  como  brotan 
las  estrellas  en  nuestro  espléndido  firmamento  al 
ocultarse  en  el  Occidente  el  astro  de  la  luz. 

Mas,  si  poco  bay  allí  que  pueda  servir  de  ha- 
lago á  los  sentidos,  en  cambio  la  imaginación  se 
asombra  al  contemplar  la  prodigalidad  con  que 
la  mano  benefactora  del  Creador  derramó  tan 
preciosos  dones  en  nuestro  vasto  territorio;  y  si 
al  asombro  sigue  la  reflexión,  el  espíritu  patrió- 
tico se  contrista  al  recordar  cudn  pobres  somos 
en  medio  de  tantas  riquezas.  Y  ¿por  qué?  Por- 
que, insensatos,  hemos  sacrificado  una  gran  parte 
de  nuestra  robusta  juventud  en  sangrientas  lu- 
chas fratricidas,  privando  á  las  industrias  de  tan 
útiles  brazos,  y  dilapidado  en  la  adquisición  de 
elementos  destructores  nuestros  exiguos  recursos, 
que  de  preferencia  debiéramos  haber  destinado  á 
procuramos  elementos  de  labor.  Felizmente  la 
paz  vá  afianzando  su  dominio  entre  nosotros;  el 
goce  de  sus  beneficios  nos  la  hace  apreciar  cada 
vez  mas;  á  su  abrigo  los  pueblos  aprenden  a 
conocer  sus  legítimos  derechos  y  sus  verdaderas 
obligaciones,  formándose  así  los  buenos  ciudada- 
nos, con  lo  cual  se  dificultan  las  revueltas,  por- 
que ellos  no  se  prestan  fácilmente  á  ser  los  viles 
instrumentos  de  muerte  y  devastación. 

Mas,  para  que  las  riquezas  naturales  que  en  tan- 
ta abundancia  y  variedad  poseemos,  produzcan  to- 
do el  fruto  que  de  su  explotación  debemos  derivar, 
no  basta  solamente  que  las  cobije  la  sombra  bené- 
fica de  la  paz,  sino  que  es  indispensable  facilitarles 
la  salida,  abriendo  vias  de  comunicación  por  las 
cuales  podamos  trasportarlas  á  poco  costo  y  con 
rapidez.   Felizmente  también,  este  fué  el  pensa- 
miento dominante  en  el  Congreso  de  1871,  que 
dejó  echados  los  fundamentos  del  progreso  en  la 
memorable  ley  sobre  "  fomento  de  varias  mejoras 
materiales  ^;  y  aunque  os  ha  faltado  tiempo  para 
dejar  cumplidas  las  disposiciones  de  esa  ley,  habéis 
iniciado  su  desarrollo,  que  vuestro  digno  sucesor 
impulsará,  no  lo  dudemos,  con  entusiasmo,  porque 


su  clara  inteligencia  le  hará  comprender  que  sin 
el  uso  del  vapor  en  nuestros  caminos,  nos  quedare- 
mos rezagados  en  la  marcha  veloz  de  la  cirilizacíon. 
La  ejecución  de  las  obras  ordenadas  en  la  ley 
de  que  he  hablado  es  muy  superior  á  nuestros  pro- 
pios recursos  pecuniarios,  y  para  realizarlas  ten- 
dremos que  solicitar  el  concurso  de  los  capitalistas 
extranjeros.  Tino  de  los  medios  más  adecuados 
para  inducirlos  á  que  nos  presten  ese  concurso, 
es  hacer  llegf^r  hasta  ellos  la  fama  de  los  inago- 
tables  tesoros  que  en  su  seno  guarda  nuestro 
extenso  territorio,  y  á  este  resultado  tiende  sin 
duda  la  Exposición  que  hoy  inauguramos:  ella 
es,  pues,  oportuna  y  sus  consecuencias  serán  bené- 
ficas para  el  país.  T  aunque  el  número  de  los 
productos  que  no  figuran  en  sus  salones  escode  al 
de  los  que  vamos  á  presentar,  allí  se  verán  reuni- 
dos, sin  embargo,  todos  los  materiales  necesarios 
para  la  construcción  de  las  vias  férreas  y  todos  los 
elementos  que  requiere  la  rápida  locomoción.  Allí 
están  representados  también  los  productos  de 
nuestras  actuales  industrias,  tan  variados  oomo 
variados  son  los  climas  de  donde  proceden,  y  que 
si  hoy  limitamos  á  nuestras  necesidades  interiores, 
podremos  multiplicarlos  indefinidamente  para  su- 
plir  las  escaseces  de  otros  países,  cuando  aquella^ 
vías  nos  faciliten  su  trasporte.  Veremos  también 
las  muestras  de  innumerables  productos  natura- 
les, que  hoy  no  tienen  valor  alguno  para  noso- 
tros, y  que,  sin  embargo,  podrán  ser  objeto  de 
especulaciones  gigantescas,  cuando  repercutién- 
dose por  todos  los  ámbitos  de  la  República  el 
agudo  silbido  de  la  locomotiva  de  vapor,  nos  anun- 
cie que  ha  llegado  para  nosotros  la  era  de  la 
prosperidad  y  del  engrandecimiento. 

Como  la  Exposición  del  año  anterior  tuvo  lugar 
durante  el  receso  de  las  Cámaras  legislativas» 
creísteis  justo  y  conveniente  decretar  su  reaper- 
tura en  el  presente  mes,  para  presentar  á  los 
honorables  miembros  del  Congreso,  actualmente 
reunidos  en  esta  capital,  la  ocasión  de  visitarla,  no 
con  la  mira  de  procurarles  un  recreo,  sino  para 
que  pudiesen  juzgar  por  sí  mismos  de  la  conve- 
niencia de  provocar  de  vez  en  cuando  ese  pacífico 
concurso  de  los  hombres  del  trabajo  y  de  la  indus- 
tria. Esperemos  que  si  el  juicio  que  ellos  for- 
men fuere  favorable  á  esa  idea,  otra  Exposición 
llenará  cumplidamente  su  objeto,  pues  al  regreso 
á  sus  hogares  los  delegados  del  pueblo  harán 
comprender  á  este  las  tendencias  de  esos  actos. 

Largo  seria  nombrar,  para  recomendarlos  á  la 


100 


AMÉRICA  LITERARIA 


gratitud  nacional,  á  los  qne  han  coadyuvado 
patrióticamente  ji  vuestras  miras  y  correspondido 
á  las  oscitaciones  de  la  Junta  Directiva,  envian- 
do objetos  á  la  Exposición.  Sus  nombres  serán 
conocidos  mas  tarde,  cuando  se  dó  publicidad  al 
Catálogo  en  el  cual  se  consignarán.  Disimúlese- 
me, sin  embargo,  que  haga  ahora  mención  espe- 
cial de  determinado  grupo  de  expositores,  porque 
este  lo  forman  compatriotas  nuestros,  que  entu- 
siastas como  son  por  todo  lo  bello,  se  han  censa- 
grado  con  particular  esmero  y  por  vía  de  recreo, 
al  cultivo  de  las  flores ;  del)i«'ii(lo.se,  sin  duda 
alguna,  á  la  circunstancia  que  de  estas  cuiden 
manos  tan  delicadas,  el  que  nuestros  jardines  las 
ostenten  tan  hermosas  y  lozanas.  Creyóse  que 
las  flores  podrían  exhibirse  con  ventaja  al  lado 
de  los  demils  productos  de  nuesíro  suelo,  y  con 
tal  fin  se  creó  para  ellas  una  sección  especial, 
encomendando  principalmente  su  abastecimiento 
al  bello  sexo  de  esta  ciudad,  cuya  natural  bene- 
volencia nos  dá  derecho  á  esperar  qne  habrán 
enviado  las  mas  delicadas  producciones  de  sus 
pensiles.  Permitidme,  pues,  ciudadano  Presidente, 
que  asocie  vuestro  nombre  á  los  de  los  miembros 
de  la  Junta  Directiva  y  comisarios  especiales  de 
aquella  sección,  para  presentarles  un  público 
testimonio  de  nuestra  gratitud,  tributándoles  las 
mas  rendidas  gracias. 

Ag^rupados  están  aquí  á  mi  red  odor  la  mayor 
parte  de  los  estimables  caballeros  que  han  inter- 
venido en  los  trabajos  de  la  Exposición:  si  los 
resultados  de  esta  satisficieren  á  sus  visitantes,  se 
deberá  únicamente  á  sus  esfuerzos,  pues  yo  no  he 
hecho  otra  cosa  que  ser  el  fiel  ejecutor  de  sus  ins- 
piraciones. Los  recomiendo  ala  gratitud  nacional. 

Llevasteis  al  solio  presidencial  altas  miras 
patríóticas,  rectitud  de  intenciones  y  buena  volun- 
tad: durante  vuestra  administración  habéis  satis- 
fecho las  aspiraciones  de  los  colombianos,  que  se 
resumen  en  estas  dos  palabras :  paz  y  progreso; — 
dentro  de  pocos  dias  descenderéis  do  aquel  puesto 
para  confundiros  con  vuestros  conciudadanos, 
feliz  el  magistrado  que  como  vos  puede  hacerlo 
volviendo  al  hogar  doméstico  acompañado  de  la 
gratitud  de  los  pueblos,  porque  esta  es  la  mas 
digna  de  las  recompensas  á  que  debe  aspirar  el 
sincero  republicano. 

Termino,  ciudadano  Presidente,  pidiéndoos  que 
declaréis  abierta  la  Exposición  Nacional  de  1872. 

Gbegobio  Obbeoon. 

Economista. 


CRITERIO  EN  LEGISLACIÓN 

Las  leyes  son  buenas  siempre  qne  acierten  i 
espresar  verdaderamente  una  necesidad  sociid, 
y  asegurar  los  medios  de  satisfacerla.  Fnera  de 
este  oficio,  son,  ó  superfinas  ó  perjudiciales,  ors 
supongan  necesidades  que  no  existen  en  la  natn- 
raleza  humana,  ora  estorben  la  satisfacción  de  las 
que  realmente  existen,  restríngiendo  la  libre 
acción  omnímoda  de  las  facultades  del  hombre 
con  prohibiciones  arbitrarias,  que  en  los  malos 
sistemas  de  leyes  forman  el  largo  catálogo  de  los 
delitos  artificiales  creados  por  ellas. 

Luego  el  punto  de  partida  de  la  Ciencia  de  la 
Legislación  debe  ser  el  examen  y  la  clasificación 
de  las  necesidades  del  hombre  como  individuo  y 
como  asociado  á  sus  semejantes,  de  los  medios 
adecuados  para  satisfacerlas,  y  de  la  consiguiente 
libertad  de  acción  para  hacerlos  efectivos.  Todo 
lo  que  asegure  esta  libertad  será  justo  y  bueno: 
lo  que  la  restrinja  6  anule,  sea  por  disposición  de 
la  ley,  ó  por  oposición  del  hombre,  será  injusto  y 
malo. 

¡  Cuan  sencilla  y  clara  se  presentaría  la  Cien- 
cia de  las  leyes  tratada  de  esta  manera,  y  reda- 
cida  á  una  exacta  observación  de  los  hechos 
humanos,  resultantes  de  las  necesidades  físicas, 
intelectuales  y  morales  inherentes  al  hombre! 

Manuel  Ancízab. 

Hombre  de  Estado  y  PubUotat». 


Si  es  necesarío  que  una  constitución  polítíea 
determine  cuilles  son  los  derechos  que  los  ciuda- 
danos de  un  pueblo  libre  poseen  de  una  manera 
absoluta,  sin  que  los  poderes  constituidos  puedan 
variarlos,  restringirlos  ó  anularlos,  no  lo  es  me- 
nos el  que  establezca  medios  adecuados  para  que 
tales  derechos  se  hagan  efectivos,  cuando  sean 
contestados  ó  atropellados  por  los  que  ejercen 
autoridad  pública.  Toda  ley  fundamental  qne 
declara  derechos  y  no  comprende  al  mismo  tiempo 
una  combinación  idónea  de  medios  para  asegurar 
su  posesión  á  los  ciudadanos  contra  todo  ataque 
ó  invasión  do  ellos  por  los  encargados  del  poder 
empleado  en  regir  la  sociedad  política,  es  una 
constitución  incompleta  é  inefioas  para  realixar 


SECCIÓN  POLÍTICA — e.  unidos  de  Colombia 


101 


el  propósito  social  bajo  los  auspicios  de  la  libertad 
j  del  derecbo. 

Florentino  González. 

Profesor  de  Derecho  Conatitnctonitl  de  1» 
UniTenddiid  de  Baeuos  Airea. 

Buenos  Airet,  1874. 


La  estabilidad  en  los  goces  no  solo  les  qnita 
la  fealdad  anexa  á  todo  desorden,  sino  qne  les 
comnnica  la  belleza  y  la  respetabilidad  que  Dios 
ha  fincado  en  el  orden. 

Toda  adquisición  súbita  y  casual  viola  el  orden, 
es  inmoral.  La  esposa  es  respetable,  la  prostituta 
es  vil.  La  riqueza  adquirida  regrularmente  por 
el  trabajo,  dá  bonor;  la  que  se  adquiere  repenti- 
namente por  combinaciones  de  suerte  y  azar,  se 
reputa  deshonrosa. 

Pues,  ({cómo  no  habia  de  ser  aplicable  esta 
misma  sanción  al  poder  público?  Nada  mas  res- 
petable que  las  funciones  públicas  cuando  son 
permanentes  y  se  han  obtenido  por  promoción 
gradual  6  á  virtud  de  licitación  ó  examen,  lo 
que  supone  siempre  una  preparación  progresiva. 
Nada  mas  despreciable  que  las  mismas  funciones 
cuando  son  transitorias,  inseguras,  y  obtenidas 
por  medio  de  esas  loterías  públicas  que  se  llaman 
elecciones. 

Miguel  Antonio  Caro. 

Hamanista,  Poeta  y  Eeoritor. 


ciudadanía  política  de  la  mujer 

No  negamos  que  la  mujer  tenga,  6  pueda  lle- 
gar á  tener,  —  lo  propio  que  el  hombre, — capaci- 
dad para  comprender  la  importancia  de  la  función 
política  del  snfrajio,  así  como  también  la  de  todas 
las  otras  funciones  de  igual  clase;  y  ni  aun  que 
tenga  en  circunstancias  dadas,  6  pueda  llegar  á 
tener  de  ordinario  la  independencia  que  el  ejer- 
cido de  cualquiera  de  esas  mismas  funciones 
exija,  lo  negamos  tampoco.  Pero  sí  negamos  en 
absoluto,  la  conveniencia  de  llamarla  al  ejercicio 
de  cualquiera  de  ellas,  por  ser  incompatible  ese 
ejercicio  con  el  destino  que  la  naturaleza  parece 
haber  dado  á  la  mujer  en  la  sociedad.  La  mujer, 
menos  fuerte  que  el  hombre,  tanto  en  lo  físico 
como  en  lo  intelectual,  se  muestra  donde  quiera, 
y  en  cualesquiera  circustancias,  mas  ó  menos 
dependiente  de  él,  como  si  no  pudiese  existir  sino 


bajo  su  amparo  y  protección.  En  una  palabra, 
aparece  formada  por  Dios,  primero  que  para  la 
sociedad  en  general,  para  la  familia;  y,  para  ocu- 
par dignamente  su  puesto  en  e^ta,  há  menester 
virtudes, — ^virtudes  inactivas,  si  se  quiere,  pero 
inestimables, — que  perdería  infaliblemente  en  las 
luchas  donde  pugnan  los  hombres  por  la  posesión 
del  poder  público.  Modestia,  recato,  pudor,  honra, 
— todo  lo  que  constituye  el  encanto  y  la  verdadera 
valía  de  su  sexo,  lo  perdería  allí  la  mujer;  y  tal 
perdida  sería  no  menos  dolorosa  para  el  hombre 
que  para  ella  misma.  Dejémosla,  pues,  donde 
principalmente,  sin  duda,  ha  querido  Dios  colo- 
carla; que  ahí,  en  el  goce  de  sus  naturales  exen- 
ciones y  prívilejios,  es  ella  mas  feliz,  y  oontríbuye 
mejor  á  la  felicidad  común.  Ella  puede  prestar 
directamente  á  la  sociedad  en  general  servicios 
de  otra  especie,  y  coronar  así  su  misión  en  el 
mundo.  De  institutora  pública,  por  ejemplo,  su 
parte  en  la  labor  social  del  hombre  es  tan  fecun- 
da como  beneméríta. 

JiL  COLTJNJE. 
Poeta,  Escritor  y  Magistrado. 


La  civilización  actual  y  la  benevolencia  de  las 
instituciones  democráticas  que  rigen  en  las  repú- 
blicas de  Améríca  esplican  satisfactoriamente  la 
existencia  tranquila  de  una  monarquía  constitu- 
cional en  ese  continente. 

No  medra  la  libertad  donde  se  la  mutila  en 
beneficio  de  clases  prívilegiadas. 

Antonio  González  Cabazo. 

PabUcista. 


Cartagena  de  Colombia,  1877. 


Habiendo  ido  Franklin  con  un  nieto  suyo  á 
visitar  4  Voltaire,  dijo  el  Kuácaro  al  niño; 
//  Arrodíllate  delante  de  este  grande  hombre,  u 
El  filósofo  dio  al  niño  su  bendición  con  estas 
palabras:  Dios  y  Libertad, 

La  profundidad  de  estas  frases,  dada  la  ocasión 
y  las  circunstancias,  es  una  de  las  muchas  prue- 
bas del  gran  talento  de  Yoltaire.  La  palabra 
DioSf  es  el  vínculo  de  las  generaciones  en  la  eter- 
nidad, y  la  palabra  Libertad,  el  vínculo  de  estas 
mismas  en  el  tiempo.  Nunca  hubo,  pues,  una 
fórmula  mas  completa  de  cosmopolitismo  religio- 
so y  político,  ni  un  mejor  saludo   del  Yiejo  al 

Nuevo  Mundo. 

Felipe  Pebez. 

Bogotá,  1878. 


Publicista. 


ESTADOS  UNIDOS  DE  VENEZUELA 


La  inteligencia,  el  valor  y  el  patriotismo  de 
sus  hijos,  •hacen  de  Venezuela  y  la  República 
Argentina,  los  pueblos  mas  semejantes  de  la 
América  del  Sud,  y  Bolívar  y  San  Martin  son  sn 
gloria  inmarcesible. 

GuzMAN  Blanco. 

Gonrral,  Presidente  de  1a  Eepúbllca  y  hombre  de  Estado. 
Caracas,  1830. 


Hay  dos  políticas:  la  política  de  las  circuns- 
tancias, y  la  política  trascendental  de  los  grandes 
hombres  de  estado  que  trabajan  sobre  los  inte- 
reses permanentes  de  los  pueblos  con  la  vista  fija 
en  el  porvenir:  la  política  del  dia  y  la  política 
de  siempre. 

Para  llenar  las  necesidades  de  la  primera, 
basta  tener  el  conocimiento  actual  de  los  porme- 
nores transitorios,  y  llamar  por  consiguiente  á 
Tulio  á  un  Ministerio,  a  Craso  al  Consejo,  á  Se- 
yano  á  la  Magistratura:  y  cubrir  tal  posición 
con  el  valor  de  uno,  y  aquella  con  la  lealtad  de 
otro,  y  dictar  esta  medida  que  concilie  y  aquella 
que  reprima,  para  ir  sosteniendo  el  equilibrio  coti- 
diano que  responda  del  reposo  que  se  necesita 
para  continuar  la  marcha  administrativa  durante 
el  periodo  que  nos  toca  gobernar.  Esta  política, 
aunque  no  es  fácil,  según  nos  lo  dá  á  entender  el 
hecho  de  no  haberla  sabido  practicar  siquiera  la 
mayoría  de  los  gobernantes  que  ha  tenido  Vene- 
zuela, está,  sin  embargo,  al  alcance  de  mayor  nú- 
mero de  capacidades;  y  si  bien  es  útil,  sus  bene- 
ficios no  traspasan  los  límites  de  su  tiempo: 
tienen  la  vida  del  periódico  y  la  condición  del 
cohete,  que  sirven  en  su  momento,  y  al  dia  si- 
guiente no  tienen  utilidad  alguna.  Esa  es  Fran- 
cia gobernada  por  el  paraguas  de  Luis  Felipe. 


Para  la  otra  se  necesitan  dotes  especiales, 
concedidas  á  pocos  hombres,  que  por  eso  se  des- 
tacan tanto  en  el  Gobierno  de  los  pueblos  y  fun- 
dan época  y  dan  su  nombre  á  aquella  en  que  han 
figurado.  Esta  política  consiste  en  no  tomar  el 
presente  sino  como  elemento  y  semilla  del  porve- 
nir, en  hacerse  superior  á  las  preocupaciones 
existentes  en  vez  de  lisonjearlas,  en  subir  á  la 
mas  alta  cumbre  para  distinguir  los  mas  dilata- 
dos horizontes,  y  echar  puentes  sobre  las  honda- 
nadas,  y  aplanar  las  colinas,  y  trazar  en  la  mente 
y  ejecutar  después  en  la  obra  la  anchurísima  via 
por  donde  ha  de  empujarse  á  la  Nación  hada 
grandes,  seguros  y  gloriosos  destinos.  Bismark 
en  Prusia;  Cavour  en  Italia;  Napoleón  en  Fran- 
cia. 

Consagrarse  al  porvenir  pacientemente,  ha- 
ciendo de  lo  presente  un  elemento  y  del  tiempo 
un  colaborador;  con  planta  firme  sobre  su  cúspi- 
de para  que  la  ola  irritada  de  la  contradicción 
inconsciente  se  rompa  á  sus  pies  sin  conmo?erlo, 
y  con  el  intenso  fuego  del  patriotismo  en  el  alma 
sirviéndole  de  inspiración,  de  faro  y  de  estrella 
conductora  en  el  agrio  camino  de  su  gfigantesca 
empresa, — tal  es  la  misión  de  esos  hombres, — 
jamás  comprendidos  por  la  mediania,  siempre 
combatidos  por  la  emulación,  eternamente  inju- 
riados por  los  últimos  dispersos  del  pasado  en 
derrota.  Pero  al  mismo  tiempo,  siempre  com- 
prendidos, justificados  y  apoyados  por  las  masas 
populares,  cuyo  buen  sentido  no  tuerce  vanidad 
alguna,  cuyo  criterio  no  trastorna  ninguna  am- 
bición, cuya  conciencia  no  tiene  mas  luz  que  la 
razón,  inocente  de  los  corruptores  consejos  de 
las  pasiones  desordenadas. 

Esa  ha  sido  la  política,  y  la  talla  y  la  suerte 
de  Guzman  Blanco  en  Venezuela. 

Pero  él  ha  seguido  imperturbable  en  su  gran- 


SECCIÓN  POLÍTICA — b.  unidos  de  Venezuela 


103 


de  obr»,  ya  santificada  por  los  espléndidos  resal- 
tados que  ha  ofrecido  á  la  Nación. 

Basgo  de  esa  política  eminente  y  trascenden- 
tal del  verdadero  hombre  de  Estado,  es  el  pode- 
roso esfuerzo  que  acaba  de  hacer  en  Europa  para 
traer  á  la  Bepública  los  capitales  y  los  brazos 
que  operarán  la  definitiva  redención  del  pais,  ele- 
Tándolo  á  la  categoría  de  un  gran  pueblo,  des- 
pués de  haber  barrído  todos  los  obstáculos  que 
embarazan  su  marcha  y  le  crean  la  vida  difícil, 
tormentosa  y  oscura  que  lleva  en  presencia  de 
otras  naciones  que,  en  idénticas  condiciones  an- 
teriores, se  le  han  adelantado  por  los  mismos 
medios  que  hoy  se  propone  realizar  el  Regene- 
rador de  la  patria. 

Ouráau,  1879. 

Eduardo  Calcaí^o. 

Poeta,  PoUtioo  y  Utareto. 


EL  CIRCULO  DE  VICO,  EN  LA  DEMOCRACIA 

La  historia  se  repite,  dice  Vico;  y  esto  no 
contradice  la  ley  del  progreso,  que  no  es  un  círcu- 
lo eterno  el  que  describe  la  vida  humana  sino 
una  espiral  infinita.  Es  un  drama  en  que  repre- 
•entan  siempre  los  mismos  actores — los  hombres — 
en  un  mismo  lugar —  el  universo — al  mismo  tiem- 
po—  los  siglos — la  misma  acción — el  progreso  6 
sea  el  ennoblecimiento  de  la  conciencia  huma- 
na, la  espirítnalizacion  indefinida  del  ser  moral 
liasta  su  endiosamiento;  todo  esto  bajo  el  mismo 
apunte,  EL  pensamiento  de  dios.  Lo  que  cam- 
bia son  los  trajes,  el  lenguaje,  el  estilo,  las  deco- 
raciones del  teatro.  La  acción  en  sí  misma  es  una 
combinación  de  cuatro  letras,  que  puede,  desde 
luego  sufrir  infinitas  metamorfosis,  con  solo  ha- 
cerlas cambiar  de  lugar,  pues  en  realidad  los 
sistemas  filosóficos  que  los  hombres  se  han  figu- 
rado creaciones  suyas  para  explicar  el  mundo 
moral,  no  son  mas  que  diversas  traducciones  de 
un  solo  oríginal  formado  por  la  síntesis  ecléctica, 
pero  críterizada  por  la  verdad  del  materialismo, 
el  esplritualismo,  el  misticismo  y  el  escepticis- 
mo... 

Una  colección  de  hombres  quiere  vivir  en  el 
mismo  territorio:  los  fundadores  se  habitúan  á  vi- 
vir á  su  modo  y  estrañan  el  espíritu  innovador  de 
Im  generaciones  vinientes,  mas  cerca  por  supuesto 


que  ellos,  del  más  allá  faro  del  progreso;  dasde 
luego  se  ven  sin  puesto  y  piden  lugar;  los  otros 
para  cederlo  ponen  condiciones;  aquellos  insis- 
ten, no  comprendiendo  la  razón  que  tengan  los 
primeros  para  alegar  mejor  derecho,  pues  el 
derecho  no  tiene  edad,  ni  la  justicia  prescripción; 
la  conciliación  se  hace  difícil,  imposible,  porque 
la  conciliación  de  intereses  supone  mutuas  renun- 
cias que  apenas  duran  el  tiempo  de  convalecen- 
cia que  emplean  en  reponer  sus  fuerzas;  llega 
aquí  la  época  de  los  legistas,  que  conservan  las 
fórmulas  del  tiempo  pasado  creyendo  poder  hacer- 
las pasar  por  eternas;  ^"  sigue  la  época  de  los 
Flavio  y  Elío;  esclavos  que  se  roban  las  doctri- 
nas secretas  de  los  amos  y  las  revelan  á  sus 
co-ex-herederos;  todavía  quedan  recursos  á  los  del 
monopolio,  llaman  en  su  auxilio  á  sus  cómplices 
sagrados,  adivinos,  agoreros,  falsos  profetas, 
periodistas,  según  la  época,  que  conjuran  los  mi- 
lagros de  Moisés,  falsificando  ellos  los  suyos,  nie- 
gan la  verdad  y  los  principios,  las  leyes  de  Dios 
ó  las  proclaman  unísonos  con  el  eco  desinteresa- 
do, pero  á  reserva  de  bastardearlas  ó  explotar- 
las en  su  aplicación ...  ley  atea!  ...ya  esta  es 
señal  de  ruina  y  sometimiento  que  prolongan 
cuanto  paeden,  aunque  sea  á  costa  de  destrozos 
materiales  y  morales... ya  no  luchan  con  espe- 
ranzas, se  vengan  con  desesperación:  llega  la 
época  de  Sila  á  quien  nunca  falta  un  Mario,  la 
de  Cicerón  á  quien  no  le  falta  un  Catilina,  la  de 
Antonio,  y  Pompeyo,  y  César. .  que  al  fin  se  pone 
á  la  cabeza  del  pueblo,  atraviesa  el  mar  rojo  y  se 
interna  en  el  Desierto  por  tiempo  indefinido. . . 
que  aunque  espuesto  á  vacilaciones,  dificultades 
y  caldas,  promete  la  entrada  á  Canaan  á  todo 
aquel  que  no  haya  vacilado  en  su  fé. 

Hé  aquí  la  historia  eterna  de  la  vida  humana, 
siempre  girando  sobre  sí  misma,  pero  siempre 
adelantando;  siempre  tendiendo  á  separarse  en 
línea  recta  para  alejarse  del  centro,  pero  siempre 
volviendo  á  él  atraída  por  esa  fuerza  misteriosa 
que  armoniza  las  perturbaciones  celestes,  físicas 
y  morales,  llamada  fuerza  de  las  cosas  por  los 
impíos,  Providencia  por  los  cristianos. 

Ramón  Eamibez. 

Abogado  7  pnbliciit*. 


(1)  Llciiifo  j  Solón  M  destermron  de  tn  patii»  creyendo  asi  haoer 
eternas  sua  leyes.    Moda  se  ha  hecho  en  las  constituciones  moderaaa 

Soner  trabas  al  "soberano"  para  su  refonna.  I<os  pueblos  al  parecer 
an  hecho  promesas,  como  los  oatt^licos  fanáticos,  de  no  llegar  al 
"Sanota-Santorum"  sino  andando  de  rodillas,  con  U  lus  de  la  refle- 
xión en  sus  manos.  Fórmulas  de  los  lexistas.que  solo  han  conseguido 
que  la  Democr&cia  obtenga  "per  saltium"  lo  que  sin  ellas  podría  obte* 
Q9r  llenando  pacificamente  )o«  interstloloa  de  la  Ignorancia. 


104 


AMÉRICA  LITERARIA 


La  Inclia  es  la  primera  condición  de  la  huma- 
nidad. 

Los  pueblos,  de  suyo  esencialmente  progresis- 
tas, Tiven  en  agitaciones  continuas.  Triunfan 
hoy  para  ser  vencidos  mañana.  Caen  y  alterna- 
tivamente se  levantan;  pero  la  semilla  dnl  pro- 
greso, regada  con  el  sudor  y  la  sangre  de  esos 
combates  fecunda  y  dá  opimos  frutos  de  civiliza- 
ción para  las  naciones. 

Caracas,  1873. 

Jacinto  11.  Pachano. 

Genoriil  y  Ewiltor. 


La  revolución  que  se  efectuó  en  Snd- América 
en  1810 — fué  obra  de  sus  hombres  mas  ilustra- 
dos, adinerados  y  muchos  condecorados  con  títu- 
los nobiliarios,  quienes  con  abnegación  acome- 
tieron la  ardua  empresa  de  la  emancipación 
americana,  proclamando  en  alta  voz  los  derechos 
del  hombre,  sustentando  en  los  plebiscitos  popu- 
lares y  en  las  asambleas  legislativas  la  República, 
la  Independencia  y  la  Democracia;  lo  que  es 
mas,  empuñaron  las  armas  y  arrastrando  á  los 
suyos  todos  á  los  campos  de  batalla,  en  defensa 
de  tan  santa  causa,  allí  derramaron  con  profu- 
sión su  generosa  sangre — muchos,  muchísimos 
hasta  perder  su  existencia  en  holocausto  de  la 
patria.  Mas  tarde  empezaron  á  comprender  sus 
derechos  los  hijos  del  pueblo,  lo  que  los  indujo  á 
enrolarse  en  las  filas  libertadoras;  prestaron 
servicios  inapreciables;  gran  número  de  ellos 
conquistaron  merecido  puesto  y  ocuparon  rango 


conspicuo  en  el  ejército  y  en  la  magistratura, 
inmortalizando  sus  nombres.  Quince  años  de 
combates  cruentos  y  millares  de  victorias  esplén- 
didas dieron  por  resultado  la  independencia  Sad- 
Americana,  y  el  establecimiento  del  gobierno  re- 
publicano desde  "  las  bocas  del  Orinoco  "  hasta 
el  "Cabo  de  Hornos". 

Me  asalta  en  este  momento  un  triste  recuerdo 
¡  la  recompensa  que  dieron  á  sus  egregios  liber- 
tadores los  mismos  libertados!  ¡  Bolívar,  elmag- 
Ufánimo,  el  libertador  de  cinco  repúblicas!  en 
1828  en  la  noche  del  25  de  Setiembre,  de  funes- 
ta recordación,  en  Bogotá  y  en  su  propio  palacio, 
fué  acometido  puñal  en  mano.  ¡Salvó!  por- 
que la  Providencia  no  quiso  que  se  consnmaae 
tan  horrendo  parricidio.  ¡  Sucre,  el  soldado  án 
nube  ni  mancha,  el  gran  mariscal  de  Ayacucho, 
es  asesinado  en  las  lóbregas  montañas  de  Ber- 
ruecos, el  4  de  Junio  de  1830!  ¿y  cuántos  otros 
varones  ilustres  fueron  víctimas  del  puñal  homi- 
cida ? . . . 

Los  que  escaparon  de  la  muerte  fueron  víctimas 
de  las  persecuciones  mas  injustas  y  tenaces,  en- 
tre otros,  San  Martin  y  Belgrano,  argentinos; 
0*Higgins  y  Mackena,  chilenos;  Pando,  perua- 
no: Arce,  centro-americano;  Bravo,  mejicano, 
y  otros,  y  otros!  Desventurados  de  los  anti- 
guos soldados  y  servidores  de  los  tiempos  heroi- 
cos que  hemos  tenido  la  desdicha  de  sobrevivirlos! 
¡Oh,  Repúblicas!!! 

Estado  de  Carabobo  {Venezuela)  1875. 

Clemente  Zábbaga, 

Ooner»l,  Guerrero  de  la  Indepeii<l«ndft. 


DIVERSAS  REPÚBLICAS 


Si  el  militarismo^  puesto  al  servicio  de  una 
oaosa  bastarda,  ha  sido  funesto  para  las  naciones; 
mantenien4o  la  tiranía,  conculcando  los  derechos 
de  los  pueblos  j  conquistándolos  con  detrimento 
de  sus  fueros;  también  en  el  mayor  número  de 
casos  ha  servido  con  gran  provecho  á  la  gran 
causa  de  la  humanidad. 

Jamás  pueden  constituir  una  regla  general 
para  formular  un  juicio  histórico  los  casos  par- 
ciales que  deben  observarse,  como  manchas  en  el 
despejado  cielo  de  todas  las  naciones. 

En  América,  como  en  el  mundo  todo,  la  espada 
ha  sido  la  redentora  de  la  humanidad.  Solo 
Jesucristo  conquistó  prosélitos  con  la  palabra  j 
el  ejemplo;  pero  las  revoluciones  políticas  no  han 
podido  fian  su  contingente  de  sangre,  para  des- 
gracia de  los  pueblos,  llegar  al  término  de  su  an- 
siado bienestar — La  revolución  francesa,  cruenta 
por  los  medios  que  empleó,  dio  el  toque  de  alarma 
á  todos  los  oprimidos.  Las  colonias  del  Norte 
entraron  en  lucha  con  sus  dominadores,  y  aquel 
pueblo  viril,  reconociendo  por  Jefe  á  Washing- 
ton, consumó  su  independencia.  Se  constituyeron 
como  república-modelo  los  puritanos  del  Norte,  y 
á  la  fecha  constituyen  esa  nación  poderosa  por 
su  forma  de  gobierno,  por  su  industria,  por  su 
ciencia,  y  mas  que  todo  por  el  dogma  republicano 
que  sabe  practicar.  La  esclavitud  habia  de  termi- 
nar casi  totalmente  con  la  guerra  del  Sur,  que 
es  tan  memorable  en  los  fastos  de  la  historia,  y 
que  tanto  nombre  dio  á  Abrahan  Lincoln,  liber- 
tador de  centenares  de  esclavos. 

También  en  la  América-española  observamos 
el  militarismo  en  persecución  de  la  realización 
de  la  Lidependencia  de  la  metrópoli  española,  y 
entre  sus  mas  notables  caudillos,  tenemos  á  Bo- 
lívar, Pies,  Sucre  y  San  Martin. 


Si  después  de  consumada  aquella,  tenemos 
ejemplos  tan  tristemente  célebres  como  Kosas, 
Santa  Ana,  Carrera  (Centro- América),  Melga- 
rejo y  tantos  otros  que  ahogaron  los  últimos  sus- 
piros de  su  patria;  también  hay  Jefes  como 
Ghizman  Blanco,  Mitre,  Morozan,  Gronzalez, 
Cabanas  y  tantos  otros  que  son  honra  de  la  Amé- 
rica. 

En  Centro- América,  constituyendo  estos  esta- 
dos una  sola  familia,  casi  no  hemos  soportado  la 
funesta  influencia  del  militarismo.  Las  revolu- 
ciones se  han  fraguado  en  el  pueblo  vecino,  y 
una  política  mal  entendida  ha  venido  desgarrán- 
donos por  mucho  tiempo.  La  fuerza  armada  en 
la  mayor  parte  de  los  casos  ha  estado  al  servicio 
del  orden  y  de  la  autoridad.  La  revolución  de 
1871  que  acaudilló  el  Mariscal  González  no 
entronizó  el  militarismo  corruptor;  antes  bien 
ha  contribuido  con  notable  éxito  á  moralizar 
al  soldado  mas  y  mas,  y  á  estimular  esa  carrera 
que  puede  acarrear  grandes  males  á  la  sociedad, 
cuando  no  se  la  sabe  dirijir  debidamente. 

El  establecimiento  de  la  Escuela  en  el  cuartel 
es  una  prueba  innegable  de  lo  que  afirmamos.  La 
tropa  al  presente  dista  mucho  en  su  educación  y 
disciplina  de  lo  que  era  anteriormente.  ¡Feliz 
consecuencia  de  tan  acertada  medida ! 

En  el  Colegfio  Militar  se  instruye  al  soldado 
desde  ^  niñez,  •siendo  ventajosos  los  resultados 
hasta  ahora  obtenidos. 

Aun  los  países  mejor  constituidos  ó  colocados 
en  privilegiadas  zonas,  tienen  también  siempre 
que  hacer  uso  de  la  fuerza  armada  para  mantener 
el  orden  y  para  dar  garantías  á  la  sociedad.  Bien 
estipulada  aquella,  no  es  una  amenaza  inminente 
para  la  sociedad,  sino  una  arma  poderosa  contra 
todos  los  desafueros. 


106 


AMÉRICA     LITERARIA 


Juzgar  á  nna  oomniiioii  cualquiera  por  una 
de  BUS  faces,  juzgando  mal  de  ella  por  desvíos 
que  se  hayan  notado  en  algunos  casos,  es  un 
error  fatal.  El  hombre  tiende  siempre  á  perfeccio- 
narse :  en  la  vía  de  esa  perfección  debe  procurar 
ser  consecuente  con  lo  que  enseña  la  razón.  La 
educación  republicana  es  la  que  mejora  la  condi- 
ción de  todas  las  clases  sociales:  esa  educación  es 
la  que  en  el  Salvador  se  imprime  á  sus  hijos:  la 
fuerza  armada  como  elemento  de  autoridad,  para 
velar  por  la  conservación  del  orden,  y  garantizar 
los  derechos  de  los  ciudadanos,  no  como  enseña 
del  desenfreno,  de  la  tiranía  y  el  despotismo. 

Baltasab  Estupikian. 

PabUeitta  Centro   Americuio. 
8an  Salvador— 1875. 


{Estraño  contraste  el  que  presentan  los  pueblos 
todos  de  la  tierra  con  el  prodigioso  pueblo  Norte 
Americano!  Aquellos  parten  de  la  mas  oprobiosa 
esclavitud:  marchan  por  una' vía  de  dolores  y  de 
sangrel:  luchan  sin  tregua'ni  descanso  para  alean* 
Bar  cada  derecho:  la  fuerza,  unida  a  la  injusticia 
se  alza  siempre  ante  ellos,  como  una  barrera  in- 
franqueable, '¿y  solo  en  un  núcleo  de  errores  y 
desgracias  os  que  llegan  á  columbrar  el  suspira- 
do  dia  de  la  justicia.  Este,  por  el  contrario,  nace 
en  medio  de  las  selvas  sin  sujeción,  sin  trabas, 
amparado  por  la  tolerancia  y  desde  el  primer 
dia  navega  viento  en  popa  y  á  velas  desplegadas 
por  el  libérrimo  mar  de  las  instituciones  popu- 
lares. 

Y  es  porque  en  las  primeras,  la  comuna  em- 
brionaria durante  un  periodo  interminable,  ha 
tenido  que  vencer  la  inmensa  resistencia  de  las 
castas,  de  los  privilegios,  de  la  intolerancia,  de 
los  abusos,  apoyados  todos  en  la  fuerza  bruta, 
mientras  que  en  el  segundo,  la  comuna  ha  nacido 
en  completo  desarrollo :  allá  el  municipio  ha  sido 
el  medio  de  transición,  aquí  ha  sido  el  punto  de 
partida;  en  los  demás  pueblos  el  municipio  se 
encuentra  ahogado,  maniatado  por  el  centralismo 
administrativo;  en  el  Norte- Americano  es  libre 
como  el  aire,  y  nadie  puede  ni  aun  pretender 
cortar  sus  alas;  en  aquellos  el  autoritarismo  es 
una  remora  que  retarda  el  completo  desarrollo 
de  las  instituciones  libres;  en  este  solo  es  una 
palabra  sin  sentido.  Por  eso  es  que  el  pueblo  de 
Washington  se  presenta  grande  y  sublime  ante 


los  ojos  del  mundo  y  en  tan  breve  plazo  ha  alcan- 
zado mayores  conquistas  que  ningún  otro  pueblo 
sobre  la  tierra ;  por  eso  es  que  con  mano  poderosa 
empuña  el  glorioso  estandarte  con  que  dentr*)  de 
muy  poco  guiará  á  la  humanidad. 

Aquel  pueblo  que  como  jug^ando  realiza  loi 
mas  portentosos  progresos  en  todos  los  ramos  que 
imaginarse  pueden,  ha  comprendido  que  bu  gran- 
deza descansa  solo  en  el  derecho  de  la  libertad* 
el  derecho  del  ciudadano  que  solo  se  halla  limi- 
tado por  el  derecho  de  los  otros;  la  libertad 
individual  que  solo  termina,  donde  comienza  la 
libertad  de  los  demás;  se  ha  penetrado  que  tan 
sagrado  depósito  no  puede  confiarse  á  un  hom- 
bre solo,  y  lo  ha  colocado  en  las  manos  de  la 
libertad  de  sus  ciudadanos:  ha  visto  que  tan  po- 
derosa carga  no  puede  descansar  en  los  hom- 
bros de  un  individuo,  y  la  ha  asentado  en  los  de 
toda  la  nación :  se  ha  convencido  de  que  el  auto- 
ritarismo, centralizador  y  absorbente,  es  una 
institución  de  muerte  para  la  libertad,  porque  es 
la  negación  del  municipio,  esclusivo  sostén  de 
aqueUa,  y  ha  borrado  esa  palabra  de  su  idioma: 
sabe  que  el  municipio  no  puede  tener  existencia 
propia,  firmeza  incontrastable,  sino  con  ciudada- 
nos que  conozcan  sus  deberes  para  cumplirlos, 
sus  derechos  para  hacerlos  respetar,  y  ha  plan- 
teado la  instrucción  gratuita  y  obligatoria;  y 
semejante  descentralización  como  la  que  impera 
en  ese  pueblo  de  prodigios  es  el  primer  baluarte 
de  su  poderosa  unidad.  ¡  Tal  es  el  fruto  del  Muni- 
cipio en  la  América  del  Nort« ! 

La  ola  de  la  democracia  avanza  por  todas  par- 
tes en  alas  de  la  instrucción ;  no  de  esa  instmc- 
cion  abortada  que  solo  dá  conocimientos  estériles, 
sino  de  la  que  lleva  consigo  la  educación  social 
del  individuo;  que  le  muestra  sus  derechos/ 
deberes,  que  le  enseña  el  rol  que  debe  desempeñar: 
resistir  á  semejante  empuje,  no  es  mas  que  pro- 
vocar sangrientos  conflictos  y  conducir  á  lospue- 
blos  á  la  destrucción  y  al  abismo. 

No  basta  escribir  en  un  código  la  hipótesis 
de  que  todos  deben  conocer  la  ley;  es  necesario 
poner  al  ciudadano  en  aptitud  de  cumplir  aquel 
precepto.  Do  nada  sirve  que  se  pronuncien  las 
mágicas  palabras  de  libertad,  igualdad,  fraterni- 
dad, cuando  la  libertad  solo  es  mito,  la  igualdad, 
una  hermosa  mentira;  y  cuando  en  lugar  déla 
fraternidad,  solo  existe  el  mezquino  y  sangriento 
espíritu  de  partido. 

Y  este,  aunque  mi  corazón  mane  sangre  al 


SECCIÓN  POLÍTICA— DIVERSAS  rbpóblioas 


107 


afinaarlo,  es  el  estado  de  easi  toda  la  América 
española;  por  eso  se  agita  sin  término  y  sin  fin, 
en  nna  serie  de  insens'^tas  revolnciones;  por  eso 
se  exhibe  ante  el  mando  convnlsa  y  desangrada, 
porque  dirige  su  vitalidad  y  energía,  á  aniquilar- 
se en  estúpidas  guerras,  de  bandos  mas  estúpidos 
aún. 

Beeorramos  con  una  ojeada  la  historia  de  nues- 
tras Bepúblioas  desde  el  dia  de  su  independencia 
y  veremos  á  sus  pueblos,  siempre  sedientos  de 
derecho,  hambrientos  de  libertad! 

Matemos  su  hambre;  ahoguomos  su  sed:  halla- 
remos que  el  municipio  se  asfixia;  que  sea  nuestra 
mano  la  que  lleve  el  aire  á  su  pecho,  y  con  el 
aire  la  vida  de  que  carece:  el  autoritarismo  este- 
rilisador  y  absorbente  solo  ha  producido  cruentas 
revoluciones:  hagamos  la  última  contra  tan  absur- 
do sistema,  disipando  las  tinieblas  que  cercan  á 
los  pueblos,  borrando  la  fea  mancha  de  la  igno. 
rancia  que  oscurece  su  conciencia. 

Las  revoluciones  no  son  mas  que  la  reacción 
contra  todo  sistema  opresor :  aniquilemos  la  reac- 
ción, inundándola  en  un  torrente  de  luz,  ahogán- 
dola en  un  océano  de  libertad ! 

Manuel  J.  Morales. 

Abofado,  político  j  pabliolit»  Oontro  Americano. 
Son  Salvador— 1879. 


No  me  puedo  esplicar  porque  hemos  descui- 
dido  el  establecer  y  definir  las  relaciones  entre 
todos  los  Estados  que  antes  formaron  una  sola 
¿milia  bajo  la  corona  de  España,  mientras  que 
nos  hemos  afanado  en  hacerlo  respecto  de  los 
Estados  Unidos  de  Norte- América  y  con  Europa. 
Triste  es  que,  tratándose  de  pueblos  hermanos, 
apenas  conservemos  esas  relaciones  de  pura  cor- 
tesía, para  anunciamos  los  cambios  de  adminis- 
tración; y,  sin  embargo,  creo  que  no  habrá  quien 
niegue  la  necesidad  de  fijar  los  principios  de  nues- 
tro derecho  internacional  particular  fundado  en 
los  intereses  puramente  americanos. 

Vicente  Herrera. 

Jorifcontolto  r  hombre  de  Bftado,  Preai- 
dente  de  CoaU-Eioa  (Oeatro-Amérioa). 


Es  de  notarse,  que  el  sentimiento  en  favor  de 
la  paz,  de  la  justicia  y  del  trabajo,  es  el  que  hoy 
predomina  en  el  ánimo  de  los  pueblos,  y  me  satis- 
face en  alto  grado  que  ese  sentimiento  forme  la 
segura  base  de  nuestra  política  internacional. 
Podemos,  pues,  felicitarnos  porque  en  nuestros 
países  se  ha  dado  de  mano  al  antiguo  y  ruinoso 
sistema  de  promover  y  fomentar  rivalidades  sin 
fundamento,  intervenciones  sin  justificación  y 
guerras  sin  objeto,  de  todo  en  todo  atentatorias 
al  derecho,  y  aun  á  la  dignidad  y  decoro  de  los 
pueblos  Centro- Americanos. 

Esta  beUa  porción  del  globo  atrae  en  la  actua- 
lidad las  miradas  del  mundo  oivilisado,  pues  vá  á 
resolverse  sobre  la  realización  del  Canal  de  Nica- 
ragua,  mejor  dicho,  del  Canal  Centro- Americano, 
obra  de  gigantescas  proporciones  que  hará  de 
nuestros  países,  pobres  y  desiertos,  el  centro  del 
comercio  y  de  la  civilización  del  continente. 

Para  el  logro  de  obra  tan  benéfica,  llamada  á 
asegurar  el  porvenir  de  nuestros  pueblos,  entran 
por  mucho  el  buen  sentido,  la  cordura  y  la  amis- 
tosa inteligencia  de  nuestros  gobiernos,  que  por 
sus  rectos  principios  y  generosas  tendencias, 
satisfarán  cumplidamente  los  sagrados  deberes, 
que  en  la  espectativa  del  mas  grande  aconteci- 
miento de  nuestra  Historia,  hoy  mas  que  nunca 
nos  impone  con  fuerza  irresistible,  la  alta  conve- 
niencia de  los  pueblos,  y  las  exigencias  mas  lejf- 
timas  del  patriotismo  ilustrado. 

MARCO  Aurelio  Soto. 

Prealdente  da  la  BepdbUea  da  UoDdorM. 
Tegueigalpa  (Honduras)  1880. 


Harto  notorio  es  que  las  íntimas  relaciones  que 
dichosamente  existen  entre  nuestros  Estados,  no 
pueden  ser  mas  francas  ni  mas  leales;  pero  eso 
no  obstante,  entra  en  los  propósitos  de  nuestros 
gobiernos,  el  no  prescindir  de  todo  acto,  de  toda 
manifestación,  que  contribuyan  á  evidenciar  la 
sinceridad  de  esas  relaciones,  y  á  robustecerla 
mas  y  mas,  si  ello  fuera  posible;  máxime,  si  se 
tiene  en  mira,  como  hasta  hoy,  asegpuiu*  la  paz, 
porque  asi  también  se  asegura  la  prosperidad  de 
nuestras  naciones. 

To  me  entusiasmo,  ante  la  perspectiva  de  una 
paz  sólida  y  permanente  para  estas  Bepúblioas; 
deseo  como  el  que  mas,  su  positivo  progreso  y 
adelanto,  y  juzgo,  que  viviendo  la  vida  de  la 


108 


AMÉRICA  LITERARIA 


confraternidad  en  las  aspiraciones  levantadas  y 
la  identidad  de  trabajos  en  pro  del  mejoramien- 
to de  los  pueblos  que  se  gobiernan,  llegará  á  ser 
un  hecho  el  que  los  países  Centro- Americanos 
se  levanten  basta  la  altura  que  les  corresponde,  y 
aparezcan  ante  el  mundo,  grandes,  prósperos  y 
felices. 

Cayetano  Díaz. 

Aboi^ndo  y  Diploro&tico  Centro  Americano. 


El  dia  que  impere  por  completo  la  unión  entre 
las  naciones  latino-americanas  seremos  grandes, 
fuertes  y  poderosos :  la  dificultad  está  en  la  rea- 
lisacion  práctica  de  esta  unión,  que  tanto  nos 
interesa. 

Benito  Juabbz. 

Libertador  de  México.  Jnriiicontalto.  Literato  7 
Hombre  de  Bstado. 


Cuando  el  Continente  Americano  llegue  á 
poblarse  tan  densamente  como  ahora  lo  está  el 
europeo,  el  emporio  del  globo  terrestre  se  fijará 
en  el  mundo  de  Colon.  La  América  del  Sud 
Berá  entonces,  no  solo  por  sus  inmensos  ríos,  sus 
grandes  llanuras  y  sus  elevadas  sierras,  sino  tam- 
bién por  su  posición  geográfica,  el  centro  del 
universo ;  y  la  República  Argentina,  con  su  cau- 
daloso Plata  y  sus  inmensas  pampas,  llegará  á 
tener  el  monopolio  natural  de  los  productos  ani- 
males tanto  para  la  subsistencia  como  para  la 
industria. 


Matías  Romebo. 

PoIItloo.  DiplomAtieo.  7  pubUoiata  Hexloano. 


MéxicQ,  1879. 


El  que  menospreciando  su  propia  dignidad 
hace  alarde  ^e  su  vileza,  no  reconoce  sagrado  en 
la  patria,  en  la  amistad,  ni  en  la  familia,  y  siem- 
pre ettá  dispuesto  á  sacrificar  por  un  puñado  de 
oro  todos  estos  bienes  celestiales. 


Memo,  1879. 


Tbinidad  Gabcia. 

l'oHtloo  y  Literato  Hexicaoo. 


La  libertad  gloriosa  que  alcanzaron  Tiuestros 
padres  y  que  concibieron  en  su  mente  para  1a  * 
redención  social  de  nuestros  pueblos,  ¿en  dónde 
está  ?  ¿  cuáles  son  sus  frutos  después  de  sesenta  j 
siete  años  que  resonara  por  la  vez  primera  el 
siempre  memorable  25  de  Mayo  de  1810? 

¿Para  qué  negarlo?  gi,  la  libertad  entre  noso- 
tros  poco  ha  sido  conocida,  poco  ha  dominado  en 
nuestras  sociedades,  donde  desgraciadamente  des- 
de los  dias  de  nuestra  emancipación  política  á 
nombre  de  la  libertad,  se  han  llevado  á  cabo  todas 
las  tiranías  mas  odiosas  y  execrables:  no  ha  sido 
en  muchos  pueblos  de  la  virgen  América,  im 
derecho  ó  una  institución  social  alcanzada  á  costa 
de  tan  terribles  sacrificios ;  ni  una  idea  grande, 
gloriosa  y  fecunda  que  fuera  la  fuente  de  todo 
orden  y  de  todo  progreso;  no,  la  libertad  ameri- 
cana ha  sido  profanada,  contrariada  y  detenida 
en  su  majestuosa  carrera  de  civilización.  En 
vano  la  vemos  proclamada  á  grandes  gritos  en 
todas  partes:  ella  está  inscripta  cx>n  caracteres 
indelebles  al  f  ^nte  de  nuestros  códigos,  en  el 
libro  de  las  constituciones  que  rigen  á  los  pue- 
blos americanos  y  grabada  en  la  conciencia  de 
todos  y  cada  uno  de  los  buenos  ciudadanos.  Más 
después  de  todo  esto,  ¿en  dónde  la  encontraremos? 
Ella  no  existe  en  medio  de  nosotros,  desde  que 
nuestras  falsas  apariencias  de  libertad,  no  son 
mas  que  una  tiranía  encubierta,  á  la  manera  qne 
bajo  las  elegantes  formas  de  un  precioso  monu- 
mento se  cubren  las  miserias  de  la  corrupción  de 
un  cadáver  que  mana  podredumbre  para  después 
convertirse  en  cenizas. 

La  libertad  solo  ha  sido  el  dogal  con  que  el 
fuerte,  el  poderoso  y  el  grande,  han  oprimido  al 
débil,  al  humilde  y  al  pequeño. 

Los  frutos  de  la  libertad  solo  han  sido  las  am- 
biciones y  las  tiranías,  los  crímenes  y  las  ingra- 
titudes. 

Y  esas  ambiciones  nos  han  dividido  y  subdiri- 
dido;  han  enervado  nuestras  fuerzas,  han  sido  el 
mayor  y  mas  grande  de  los  obstáculos  que  se  han 
interpuesto  en  nuestro  camino,  pues  cuando  los 
pueblos  americanos  debian  ser  hoy  garandes,  ricos, 
temibles  y  poderosos  á  la  Europa  entera,  presen- 
tándose como  grandes  colosos,  por  su  fuerza,  sa 
poder  y  sus  virtudes,  no  son  sino  naciones  pobres, 
desiertas  y  abandonadas,  cuyos  campos,  en  ves  de 
presentarse  cubiertos  de  doradas  mieses,  solo  m 
ven  teñidos  con  la  sangre  de  sus  mismos  hijos... 

Nuestras  llanuras  y  nuestros  bosques  y  aun  las 


SECCIÓN  POLÍTICA — divebsás  repúblicas 


109 


mismas  ciadades,  se  lian  aoostombrado  ya  a  esa 
Tida  inqnieta  y  agitada,  oyendo  con  frecuencia  el 
ronco  estallido  de  las  armas  de  fuego  y  el  choque 
de  las  espadas,  para  sufrir  sin  intermisión  y  sin 
descanso,  ora  aquf,  ora  allá,  las  funestas  conse- 
cuencias de  la  guerra  fratricida  que  trae  en  pos 
de  sí,  las  lágnrimas  y  el  esterminio... 

¡  Hé  aquí  bosquejada  la  libertad  americana! 

José  Agustín  de  Escudero. 

Abogado  7  PnbUetat*  Mexioaiio. 


DEMOCRACIA 

No  intento  tratar  ampliamente  de  la  democra- 
cia, á  que  hoy  tienden  todos  los  pueblos  con 
pavura  de  las  decrépitas  monarquías ;  solo  diré 
dos  palabras  sobre  su  lema:   «/Igualdad,  libertad 
y  fraternidad  M,  precioso  fundamento  del  derecho 
poUtioo  de  las  naciones  modernas,  bella  trinidad 
que  simbolisa  los  mas  caros  intereses  humanos. 
Nada  mas  importante  y  trascendental  para  los 
destinos  de  la  humanidad,  para  su  marcha  firme 
hacia  el  progreso  indefinido  que  debe  perfeccio- 
narla, como  fijar  bien  el  sentido  en  este  lema, 
como  esplicarlo  debidamente  para  que  no  se  con- 
vierta  en  triste  enseña  de  desolación  y  llanto. 
Con  frecuencia  se  lo  toma  como  un  engañoso 
pretesto  para  encender  los  corazones  y  provocar 
esas  funestas  luchas  de  partido,  en  que  no  se 
debaten  sino   intereses  particulares  de   ciertas 
indiyidualidades,  en  que  no  se  defienden  los  sagra- 
dos derechos  del  pueblo,   sino,  por  el  contrario, 
se  conculcan,  simulando  el  bien  de  la  patria. 

La  democracia  debe,  pues,  definir  su  lema  para 
que  la  astucia  de  los  que  suspiran  por  galvanizar 
la  aristocracia  del  feudalismo  no -lo  tome  en  ter- 
rible fantasma  que  llene  el  alma  de  pavoroso 
espanto;  debe  definirlo  para  que  aparezca  su  ver- 
dad palingenésica  como  una  dulce  esperanza, 
como  una  noble  aspiración  que  dé  alas  al  pensa- 
miento, y  encauoe  la  filosofía  y  la  política  por  la 
senda  de  la  regeneración  moral  é  intelectual  del 

■ér  humano. 
Proclamar  la  igualdad  de  todos  los  hombres 

no  debe  ser  pretender,  como  Licurgo,  abolir  el 

desarrollo  de  la  razón  ni  comprimir  el  libre 

yjuüo  de  la  acción  individual  con  el  comunismo 

7  nefastas  teorisa  socialistas  para  lograr  un 


absurdo  é  insensato  nivel  que  degradarla  la  espe-  , 
cié  humana.  El  perfeccionamiento  popular,  el 
perfeccionamiento  de  las  masas  llevará  á  la  igual- 
dad que  se  propone  la  verdadera  democracia,  á 
esa  igualdad  que  enaltece,  y  que  acabará  por 
resolver  todas  las  cuestiones  sociales,  cuyo  plan- 
teo tan  difícil  es  hoy  por  el  orden  de  cosas,  que 
viene  estableciendo  el  abominable  monopolio  de 
la  inteligencia  y  de  los  mas  queridos  derechos 
del  hombre,  los  aun  subsistentes  privilegios  que 
legara  el  feudalismo.  Ser  todos  iguales  en  sus 
derechos  y  deberes;  estar  todos  sometidos  á  las 
mismas  leyes,  es  la  igualdad  democrática,  y  no 
esa  igualdad  natural  que  en  nada  existe,  y  no  esa 
igualdad  de  escuelas  comunistas  que  lleva  consi- 
go las  bayaderas,  bacantes,  familismo,  rehabilita- 
ción de  la  carne  y  asquerosa  promiscuidad. 

También  figuran  en  Jí  lema  la  libertad;  ine- 
fable sentimiento  que  enciende  el  alma;  sagrado 
principio  que  los  griegos  dejaron  triunfante  con 
heroísmo  en  los  campos  de  Marathón,  Platea  y 
Salamina;  sublime  culto  porque  se  inmolaron 
Bruto,  Casio  y  tantos  otros  mártires  de  la  reden- 
ción humana.  Empero,  al  calor  del  ardoroso  entu- 
siasmo que  inspira  el  santo  amor  á  la  libertad, 
pueden  arder  revoluciones  desastrosas  que  con- 
muevan, que  devoren  la  humanidad,  si  no  se 
reflexiona  que  solo  la  virtud  y  el  saber  hacen 
libre  al  hombre,  como  decían  Platón,  Sócrates  y 
Zenon.  Bajo  el  nombre  de  libertad,  los  romanos, 
á  semejanza  de  los  griegos,  concebían  un  estado 
en  que  nadie  era  subdito  sino  de  la  ley,  y  en  que 
esta  era  mas  poderosa  que  todos.  Obrar  conforme 
á  la  ley,  sujetar  á  esta  el  pensamiento,  la  pala- 
bra y  las  acciones,  y  no  á  autócracas  individuales 
ni  dictaduras  tiránicas  y  despóticas,  es  ser  libre. 
Así  debe  serlo  el  verdadero  demócrata. 

Y  si  esto  no  bastara  á  contener  los  tristes 
efectos  que  pudieran  surgir  del  exagperado  entu- 
siasmo por  la  igualdad  y  la  libertad,'  vienen  los 
lazos  solidarios  á  estrechamos  en  dulce  frater- 
nidad para  apaciguar  la  fiera,  sí,  pero  noble 
altivez  de  la  democracia.  Dios  mismo  formó  her- 
manos á  todos  los  hombres,  por  cuanto  en  los 
actos  apostólicos  escrito  está  //que  hizo  salir  de 
uno  soloá  todos  los  hombres  que  habían  de  llenar 
la  superficie  de  la  tierra//.  Por  esto  sacó  la  mu- 
jer de  una  costilla  del  hombre  para  que  todo 
fuese  uno  en  el  género  humano,  y  por  esto  que 
en  la  renovación  de  la  humanidad  hizo  que  todos 
procediésemos  de  Noé  y  su  familia,  á  fin  de  que. 


lio 


AMÉRICA  LITERARIA 


teniendo  un  mismo  padre,  todos  fuésemos  her- 
manos. En  tal  verdad  están  unánimes  las  tradi- 
ciones genésicas  de  todos  los  pueblos,  que  vienen 
á  dar  realidad  tangible  á  la  fraternidad  demo- 
crática. 

Véase,  pues,  cómo  nada  es  mas  sabio  que  el 
lema  democrático,  ni  nada  puede  contener  mas 
sanos  elementos  para  baoer  de  la  humanidad  una 
sola  familia,  noble  aspiración  de  la  democracia 
que  echa  abajo  las  castas,  los  señores  feudales  y 


los  reyes  de  derecho  divino.  Llevémoslo  al  pue- 
blo para  que  logre  su  redención  por  el  perfecto 
conocimiento  de  sus  derechos  y  deberes,  y  así  m 
habrá  dado  un  gnu  paso  hacia  la  perfeotahilidad 
humana. 

J08¿  M.  YlLLAFAftl  T  YltALS. 
BaOTttor  7  ÜMánaÉtíao  (Oubaao). 


SECCIÓN  LITERARIA 


KEPÚBLICA  AEGENTINA 


CENTENARIO  DE  RIVADAVIA 

OBAOIOV  FUVXBBS  PBOKÜirClÁDA  XN  LA  PLASÁ  D>  LA  TICTOftXA 

D>  VUmmOB  AIBX8 


El  Tazón  ilustre  que  ha  aabido  llenar  la 
Tida.  no  títíó  para  al,  no; — ririó  para  an 
patria,  para  an  especie... Aaí  briUa  el  hom- 
bre de  bien  t  la  dignidad  del  ciudadano, 
como  reaplandeoe  la  magostad  del  hombre. 

BITAOATIA. 


C0NCIUDADO8:  Estamos  aqaf  congregfados 
hombres  de  todas  las  rasas  y  pueblos  del  mondo, 
ancianos,  mnjeres,  niños,  antiguos  guerreros, 
jóvenes  trabajadores  j  magistrados  del  pueblo, 
para  conmemorar  el  primer  centenario  del  nata- 
licio de  D.  Bbbkabdino  Biyadayia,  el  mas 
grande  hombre  civil  de  la  tierra  de  los  argentinos, 
padre  de  sus  instituciones  libres,  cuyo  espíritu 
renace  en  este  dia  á  la  vida  de  la  inmortalidad 
en  los  siglos.  Bepúblico  abnegado,  estadista  pro- 
fundo, genio  inspirado  por  el  anhelo  del  bien, 
de  este  varón  justo,  para  quien  la  verdad  fue  un 
numen  y  la  virtud  una  fuerza,  puedo  decirse  en 
presencia  de  su  posteridad  secular,  que  pertenece 
i  la  raza  de  los  hombres  selectos,  cuyo  molde 
rompen  y  renuevan  las  naciones  cada  cien  años. 

Para  comprobar  la  rigurosa  exactitud  histórica 


de  este  postulado,  basta  mirar  hacia  el  pasado  y 
luego  interrogar  nuestra  conciencia. 

De  las  instituciones  políticas  y  sociales  de 
nuestro  país  durante  el  siglo  trancurrido,  ¿  cuá- 
les son  las  que  sobreviven  por  su  propia  virtud 
á  mas  de  las  que  Bivadavia  fundó  hace  sesenta 
años?  Sin  ellas,  ¿cómo  habría  encontrado  su 
fórmula  constitucional  la  revolución  argentina? 
Sin  las  semillas  que  con  previsión  depositas  en  el 
surco  del  trabajo  y  sin  los  elementos  de  vida 
orgánica  que  nos  legó,  ¿cómo  habría  sido  posi* 
ble  la  resurrección  inmediata  de  la  república, 
apta  para  funcionar  en  bu  complicado  mecanismo 
y  equilibrada  en  sus  necesidades,  después  del  caos 
y  la  misería  que  nos  dejó  la  tiranía  de  veinte 
años? 

Y  si  nos  estudiamos  á  nosotros  mismos,  para 
investigar  qué  ideas  y  sentimientos  tradiciona- 
les constituyen  una  parte  de  nuestro  ser,  qué 
doctrinas  y  qué  moral  pública  profesamos  como 
herencia  del  pasado,  ante  qué  formas  consagradas 
nos  inclinamos  con  respeto,  qué  fuerzas  vitales 
trasmitidas  nos  impulsan  en  el  camino  de  las  me- 
joras, encontraremos,  que  el  alma,  la  mente  y  la 
fuerza  inicial  de  Bivadavia  está  en  nosotros;  que 
su  acción  benéfica  se  prolonga  en  nuestra  exis- 
tencia, y  que  junto  con  nosotros  su  sombra  vá 
todavía  en  marcha  hacia  mejores  destinos,  á  la 


112 


AMÉRICA  LITERARIA 


cabeza  de  la  gran  columna  de  los  jornaleros  del 
progreso. 

Esta  grandeza,  paramente  civil,  inteleotnal  y 
moral,  ha  sido  sometida  á  todas  las  pruebas  que 
determinan  la  acción  eficiente  de  la  potencia  hu- 
mana, que  obra  intensamente  sobre  los  hechos  j 
las  conciencias;  y  ha  triunfado  del  tiempo  y  del 
espacio,  imponiéndose  á  los  venideros  como  un 
espíritu  de  vida  durable  que  realiza  la  comunión 
de  las  almas  de  todos  los  tiempos. 

Pasó  por  la  prueba  del  poder  supremo,  la  prue- 
ba del  fuego,  que  convierte  en  cenizas  las  ambi- 
ciones mezquinas,  y  purifica  las  generosas  aspira- 
ciones. 

Pasó  por  la  prueba  de  la  iniciativa  y  del 
esperimento  en  tierra  inexplorada,  y  en  la  huella 
de  sus  pasos  dejó  marcado  un  itinerario  que 
muestra  que  tuvo  rumbo  fijo,  y  que  si  alguna  vez 
se  extravió,  fue  persiguiendo  un  ideal  sublime. 

Pasó  por  la  prueba  de  la  incredulidad,  de  las 
resistencias  brutales,  de  la  inercia  cobarde  ó  pere- 
zosa, y  hasta  de  la  amarga  burla  de  amigos  y 
enemigos;  y  llegó  al  término  de  su  jornada,  ani- 
mado por  la  fortaleza  de  sus  creencias. 

Pasó  por  la  dura  prueba  de  la  persecución,  de 
la  calumnia,  del  ostracismo,  de  la  ingratitud,  del 
olvido,  de  la  soledad  triste,  de  la  patria  esclavi- 
zada, y  si  en  sus  últimos  momentos  pudo  pensar 
que  sus  instituciones  hablan  sucumbido  para 
siempre,  la  reparación  postuma  y  el  apoteúids  de 
BU  pueblo  le  esperaban. 

Ha  pasado  por  la  última  y  definitiva  prueba, 
que  cuenta  y  tasa  la  labor  de  cada  jornalero  en  la 
existencia  colectiva  de  sus  semejantes;  y  cuando 
BUS  bendiciones  nos  alcanzan,  cuando  sus  institu- 
ciones retoñan,  cuando  sus  sueños  se  realizan, 
cuando  la  ilustración  que  promovió  se  difunde, 
cuando  la  inmigración  que  él  llamó  afluye  como 
una  nueva  corriente  de  vida  á  nuestras  playas* 
cuando  nuestros  campos  producen  los  opimos  fru- 
tos cuya  semilla  tardía  depositó  en  sus  entrañas 
vírgenes  y  fecundas,  cuando  el  tiempo  le  ha  dado 
la  razón  y  nosotros  recogemos  la  cosecha,  pode- 
mos decir  que  ya  no  le  queda  sino  la  prueba  eter- 
na del  tiempo  que  hoy  registra  en  letras  de  oro 
y  bronce  su  primer  centenario. 

Por  eso  su  figura  se  agranda  mas  y  mas  á  me- 
dida que  se  aleja  el  tiempo,  como  se  alargan  las 
sombras  de  la  montaña  cuando  el  sol  traspone  su 
meridiano,  que  diseña  sus  grandes  perfiles  aún 
después  de  ocultarse  en  el  horizonte  remoto. 


Y  por  eso,  hoy  tributamos  á  su  memoria  este 
homenaje  secular,  examinando  á  la  luz  moribim* 
da  del  siglo  que  se  vá  y  al  resplandor  de  la  au- 
rora del  siglo  que  viene,  cuáles  son  los  títulos 
legítimos  de  don  Bebkabdiko  Riyadayia  ala 
admiración  de  los  siglos  venideros  en  presencia 
de  su  posteridad  agradecida,  que  por  los  labios 
de  mas  de  dos  millones  de  hombres  libres,  lo  acla- 
ma grande  y  padre  de  la  patria 


No  cabe  en  el  cuadro  de  una  oración  Gonme- 
morativa,  ni  aún  el  bosquejo  de  la  reforma  liberal 
y  social  que  Rivadavia  inició  y  llevó  á  cabo;  pero 
procuraremos  sintentizarla  y  condensarla. 

La  creación  y  la  distribución  de  la  riqueza  pú- 
blica, es  la  parte  mas  difícil  de  la  ciencia  del  go- 
bierno. A  Rivadavia  cabe  haberse  adelantado  á 
su  tiempo  en  su  práctica  y  en  su  teoría,  reflejando 
sobre  nosotros  la  gloria  de  que  Chevalier,  uno  de 
los  primeros  economistas  de  nuestro  tiempo,  di- 
jese treinta  años  después  de  su  primer  esperi- 
mento, estudiando  nuestra  legislación  económica, 
que  las  semillas  sembradas  á  orillas  del  Sena  á 
fines  del  siglo  pasado,  únicamente  hablan  flore- 
cido en  las  márgenes  del  Plata.  ¡Bendito  sea  el 
que  nos  trn  jo  su  semilla ! 

Con  los  escritos  de  Adam  Smith,  Say  y  el  pa- 
dre de  Stuart  Mili  por  delante,  él,  primero  que 
ningún  hombre  de  Estado  en  el  mundo,  antes  que 
Huckinson,  Roberto  Peel  y  Cobden,  proclamó  la 
libertad  de  industria  y  de  comercio  como  el  pri' 
mer  derecho  y  la  primera  necesidad  de  la  especie 
humana,  según  muy  exactamente  se  ha  dicboi 
Como  Bastiat,  después  de  él,  pensó  que  los  inte- 
reses de  las  naciones  eran  armónicos  y  solidarios, 
y  que  no  existia  antagonismo  posible  entre  su 
riqueza,  su  progreso  y  sus  cambios  respectivos. 

Conforme  á  estas  doctrinas,  operó  la  reforma 
aduanera,  aboliendo  las  prohibiciones  oomeroiales 
y  bajando  todos  los  altos  derechos  al  quince  p<ff 
ciento.  Sobre  esta  base  fundó  un  nuevo  sistema 
de  hacienda,  acabando  con  las  contribuciones 
tiránicas  de  la  colonia,  con  los  auxilios  espoliado- 
res  y  los  empréstitos  forzosos  de  la  revolución  j 
creó  las  contribuciones  regulares  que  hasta  boy 
alimentan  el  tesoro  público  para  bien  de  los  go- 
bernados. 

Atrajo  el  capital  estranjero  por  el  vehículo 
del  comercio  y  por  medio  del  crédito  esterior 


SECCIÓN  LITERARIA— HKPi^BLici.  aboentina 


113 


nsado  por  la  primera  vez,  dejando  abierta  la  puer-  ' 
ta  de  los  meroados  y  bolsas  europeas  para  el 
futuro.  La  acción  fecundante  del  capital  fué 
acrecentada  por  el  establecimiento  del  crédito 
público  y  fondos  con  renta  y  amortización,  que 
hasta  hoy  vive.  Por  la  primera  ve«  hiío  conocer 
en  América  el  mecanismo  y  la  potencia  de  los 
grandes  establecimientos  de  crédito,  de  cuyas 
ruinas  hemos  formado  un  poderoso  agente  de 
prosperidad,  que  redimirá  el  pasado  y  nos  habi- 
lita para  ensanchar  la  esfera  de  nuestra  activi- 
dad. La  deuda  interna  fué  consolidada,  hacién- 
dola productiva;  planteó  las  cajas  de  ahorros 
para  los  pobres;  decretó  la  primera  Bolsa  mer- 
cantil ;  y  dejó  en  las  tierras  públicas,  revindican- 
do  su  dominio  y  entregando  el  usufruto  á  los 
contemporáneos  por  el  enfiteusis,  la  mas  rica 
herencia  de  los  propietarios  del  suelo.  Esta  parte 
de  su  reforma  fué  coronada  introduciendo  por  la 
primera  vez  en  América,  el  estudio  profesional 
de  la  economía  política.  —  Poco  mas  se  ha  hecho 
después. 


VI 


Pero  Rivadaviano  cifraba  la  riqueza  única- 
mente en  el  capital  y  el  comercio  que  lo  hace 
circular.—  Como  él  mismo  lo  dijo:  "La  mas  ó 
menos  abundancia  de  los  elementos  naturales  de 
riqueza,  no  determina  los  diferentes  grados  de 
prosperidad  de  las  naciones;  porque  el  .hombre 
moral,  no  el  hombre  de  la  naturaleza  ni  sus  ins- 
trumentos materiales,  es  el  verdadero  agente  de 
la  riqueza  pública. " — Por  eso  se  contrajo  n  sis- 
temar la  educación  pública,  aun  antes  que  en  los 
Edtodos- Unidos  se  pronunciase  el  movimiento 
que  la  ha  incorporado  á  su  organismo  constitu- 
cional, proclamando  esta  máxima,  que  después 
se  ha  vulgarizado: — La  Escuela  es   el  se- 

CBETO  DB  LA  PB08PEBIDAD  DE  LOS   PUEBLOS 
NACIENTES. " 

Emprendiendo  por  medio  de  la  escuela  la  re- 
forma y  la  mejora  social,  generalizó  las  escuelas 
para  niños  de  ambos  sexos  en  la  ciudad  y  campaña 
y  fundó  colegios  especiales  para  niñas.  Presin- 
tiendo una  verdad  que  la  esperiencia  ha  revelado, 
á  saber,  que  el  local  es  el  primer  agente  educador, 
erigió  los  primeros  edificios  adecuados  á  la  ense- 
ñanza primaria,  asegrurándose  su  propiedad  per- 
petua. Introdujo  nuevos  métodos  y  textos  de 
enseñanza  que  popularizaron  los  conocimientos 


elementales  en  Sud- América,  y  al  inaugurar  en 
un  pueblo  de  campaña  la  primera  escuela  Lan- 
casteriana  que  se  conoció  en  esta  parte  del  mun- 
do, dijo:  u  La  ilustración  pública  es  la  base  de 
té  todo  sistema  social  bien  arreglado :  cuando  la 
u  ignorancia  cubre  á  los  habitantes  de  un  país» 
«^  ni  las  autoridades  pueden  con  suoeso  promover 
u  su  prosperidad,  ni  ellos  mismos  proporcionarse 
u  las  ventajas  reales  que  esparce  el  imperio  de 
u  las  luces  //. 

En  esta  lucha  contra  el  pasado  y  esta  elabora- 
ción casi  improvisada  de  los  elementos  sociales 
del  porvenir,  el  tiempo  no  daba  espera:  — la  masa 
de  la  ignorancia  aumentaba,  y  los  combatientes 
eran  pocos  para  contener  en  los  límites  del  dere- 
cho su  irrupción  barbarizadora  en  la  vida  públi- 
ca: — era  necesario  dotar  á  la  sociedad  con  nuevas 
y  bien  templadas  armas  para  defenderse,  mientras 
las  luces  se  difundían  y  las  instituciones  adqui- 
rían consistencia.  Para  proveer  á  esta  exigencia 
de  conservación  vital,  multiplicó  las  fuerzas 
educadoras,  levantando  el  nivel  de  los  estudios 
superiores,  y  fundó  la  Universidad  bnjo  el  plan 
adelantado  que  aun  subsiste,  dando  á  la  ense- 
ñanza secundaría  una  amplitud  hasta  entonces 
desconocida  en  Sud- Améríca.  Con  el  mismo  obje- 
to organizó  el  Colegio  de  u  Ciencias  Morales  </, 
que  nacionalizó  los  estudios  preparatorios  llaman- 
do á  la  juventud  de  las  provincias  á  educarse  en 
él,  lo  que  le  ha  dado  su  temple  á  una  gpeneraoion, 
creando  una  raza  de  monitores  apta  para  propa* 
gar  la  enseñanza  mutua  por  todas  partes  y  bien 
preparada  para  el  combate  de  la  vida  en  pro  de 
la  civilización. 

Pero  la  educación,  lo  mismo  que  la  ríqueza  sin 
bases  científicas,  no  tenia  para  él  ningún  valor,  y 
así  decia  al  romper  con  el  arado  perfeccionado 
las  entrañas  vírgenes  de  la  tierra  patria,  y  de- 
positar en  el  surco  la  semilla:  ^Nada  importa- 
u  ría  que  nuestro  fértil  suelo  encerrase  tesoros 
u  inapreciables  en  los  tres  reinos  de  la  natura - 
u  leza,  si  prívados  del  auxilio  de  las  ciencias,  ig- 
it  norásemos  lo  mismo  que  poseemos,  u  Conse- 
cuente á  esta  premisa,  que  hoy  mismo  es  un 
desiderátum,  introdujo  el  estudio  de  la  química» 
de  la  física,  de  las  matemáticas,  de  la  medicina  y 
la  cirugía,  de  1&  botánica,  de  la  astronomía  y  del 
dibujo.  Para  dar  aplicación  práctica  á  esta  masa 
de  conocimientos  indispensables,  hoy  vulgariza- 
dos, promovió  la  instrucción  profesional  de  la 
agrícultura,  de  la  aclimatación  de  plantas  y  ani- 


114 


AMERICA  LITERARIA 


males  exóticos,  de  la  geodesia,  de  la  metereolo- 
gía,  de  la  industria  y  de  las  artes,  de  la  arqnitec- 
tura  civil  j  de  la  ingeniería,  importando  para 
ganar  tiempo,  la  ciencia  ¿  la  vez  qne  el  sabio 
que  la  traia  almacenada  en  sn  cabeza  como  rica 
simiente  qne  debia  prodncir  mil  por  uno,  multi- 
plicándose al  infinito. 

Este  programa  enciclopédico  y  racional, — que 
fué  llenado, — señala  la  mas  luminosa  esplosion 
de  los  conocimientos  humanos  entre  nosotros,  y  es 
el  punto  de  partida  del  sólido  sistema  de  educa- 
ción que  definitivamente  hemos  adoptado,  dándole 
por  base  la  ciencia  positiva,  sin  la  cual  todo  sa> 
ber  es  estéril. 

vn 

La  luz  de  la  educación  intelectual  y  moral, 
que  se  difundía  por  las  ciudades  y  los  campos,  y 
gubia  á  las  cátedras  magistrales,  penetró  á  los 
hogares,  brilló  como  una  llama  celeste  en  la  ca- 
beza de  la  madre  de  familia,  alumbró  la  cuna  del 
recien  nacido,  y  derramó  sus  suaves  resplandores 
sobre  el  lecho  del  enfermo  desvalido,  confiando  á 
la  mujer  el  cuidado  de  mantener  encendido  este 
fuego  sagrado. 

Rivadavia  fué  el  primero  que  entre  nosotros 
se  ocupó  seriamente  de  la  educación  de  la  mujer, 
imitando  en  esto  el  ejemplo  dado  por  Beigrano, 
su  compañero  y  su  amigo  en  la  revoluciotí,  que 
desde  los  tiempos  coloniales  la  habia  promovido 
con  amor;  pero  fué  mas  original,  y  en  la  manera 
de  realizarlo  se  anticipó  mas  que  en  ningfuna  otra 
de  sus  creaciones  á  la  ciencia  y  la  esperiencia  de 
BU  tiempo. 

Antes  de  él,  se  habia  hablado  de  la  mujer  como 
factor  en  la  labor  colectiva  de  la  humanidad,  pero 
aun  no  se  habia  encontrado  la  fórmula  que  esta- 
blece que  ''el  hombre  y  la  mujer,  constituyen  el 
individuo  social  ",  Rivadavia  planteó  el  problema 
y  lo  resolvió  prácticamente,  introduciendo  á  la 
mujer  á  la  vida  pública  por  las  puertas  de  la  ca- 
ridad y  de  la  educación  común,  asignándole  debe- 
res activos  apropiados  á  su  naturaleza  en  la 
dirección  de  los  negocios  sociales.  Recien  en 
estos  últimos  años,  la  Inglaterra  ha  llamado  á  la 
mujer  por  medio  del  voto  público  á  intervenir 
en  la  educación,  y  en  los  Estados  unidos,  la 
práctica  mas  que  la  ley  autoriza  su  presencia  en 
los  consejos  oficiales  de  este  género.  Por  oso 
admira  aun  hoy  mismo,  la  creación  de  la  Socie- 


dad DE  Bensficekcii.,  á  la  que  encomendó 
esa  misión  moralizadora,  habilitándola  para  es- 
timular y  premiar  las  virtudes  sociales. 

Las  palabras  con  que  se  promulgó  el  decreto 
de  esta. nueva  institución,  muestran  que  su  fun- 
dador tenia  la  conciencia  del  alcance  y  del  sig- 
nificado de  su  obra,  u  La  existencia  de  la  mujer, 
^  decia,  es  aun  vaga  é  incierta.  La  naturaleza 
'/  dio  á  la  mujer  distintos  destinos  y  medios  de 
»  hacer  servicios,  que  con  los  que  rinde  al  hombre 
>/  satisfacen  sus  necesidades  y  llenan  su  vida..., 
'z  y  el  hombre  se  alejaría  de  la  civilización  smó 
»  asociase  á  sus  ideas  y  sentimientos  á  la  mitad 
''  preciosa  de  su  especie.  No  hay  medio  ni  se- 
/'  oreto  para  dar  permanencia  á  todas  las  reía- 
»  clones  políticas  y  sociales,  sino  el  de  ilustrar 
»  y  perfeccionar  asi  hombres  como  mujeres,  j  á 
'/  individuos  y  á  pueblos,  u 

Esta  Sociedad  de  Beneficencia,  la  hij¿ 
predilecta  de  Rivadavia,  que  aun  vive  derraman- 
do en  tomo  suyo  las  bendiciones  de  la  vida,  es  la 
que  treinta  y  cinco  años  mas  tarde,  imitando  el 
ejemplo  de  la  Antígonegríega,  trajo  de  la  tierra 
de  la  proscrípcion  los  huesos  de  su  ilustre  padre, 
y  la  misma  que  hoy  vá  á  fijar  sobre  su  sepulcro, 
que  piadosamente  custodia  como  el  altar  de  su 
apoteosis,  la  plancha  de  bronce  que  eternice  sn 
oentenarío. 

vin 

La  reforma  política  y  social,  que  dio  consis- 
tencia á  las  instituciones  libres  y  regeneró  los 
hombres,  penetró  al  templo  lo  mismo  que  al  ho- 
gar doméstico,  y  equilibrando  las  conciencias,  se 
infiltró  en  las  cosas  y  presidió  todos  los  actos  de 
la  vidaordinaría,  asimilándose  las  mismas  fuenas 
que  modificaba  y  aplicaba  con  mano  firme  y  pru- 
dente. 

La  reforma  eclesiástica,  que  fué  su  obra  mas 
controvertida,  en  que  atacó  de  frente  las  preocu- 
paciones y  los  abusos  inveterados,  tuvo  por  efi- 
caces colaboradores  á  los  mas  ilustrados  y  vir- 
tuosos sacerdotes  del  clero  argentino.  Ellos, 
en  sus  libros,  en  la  prensa  y  en  la^  tríbuna,  pro- 
clamaron también  la  tolerancia  de  cultos,  sostu- 
vieron los  matrimonios  mixtos  y  entre  disidentes, 
la  redención  de  los  censos  y  capellanías,  la  abo- 
lición del  fuero  personal  de  los  eclesiásticos,  así 
como  de  los  diezmos  y  primicias,  la  jurisdicción 
de  los  tribunales  en  la  materia  que  no  oorrespon* 


SECCIOIí  LITERARIA— república  abgentika 


115 


de  á  los  saoramentos,  el  registro  civil,  atributo 
del  Estado,  la  estincion  de  las  oomnnidades  pa- 
rásitas, la  supresión  de  las  propiedades  de  mano 
muerta,  sin  retroceder  ante  la  suspensión  de  los 
Totos  perpetuos,  haciendo  estensiva  la  seculari- 
saoion  libre  hasta  fi  las  mujeres  sujetas  a  perpe- 
tua esclavitud  bajo  la  protección  tiránica  de  la 
fnena  pública,  Todo  esto  constituye  hoy  nues- 
tro corpu8  juris  en  la  materia,  y  puede  decirse 
del  reformador,  que  fué  el  verdadero  fundador 
de  la  Iglesia  Argentina,  que  siguiendo  las  tra- 
diciones de  la  escuela  regalista  de  Campomanes» 
selló  su  hermandad  con  todas  las  comuniones 
religiosas  del  mundo  civilizado  levantando  la 
autoridad  de  la  razón  y  de  la  filosofía,  sin  violar 
las  creencias  sagradas  del  alma  ni  turbar  las  con- 
ciencias piadosas. 

Y  la  reforma  alcanzó  á  los  muertos  lo  mismo 
que  á  los  vivos.  Las  sepulturas,  que  convertian 
las  iglesias  en  focos  de  infección,  fueron  sacadas 
de  su  recinto;  — la  campana  que  por  ellos  dobla, 
ba,  fué  medida  en  sus  vibraciones; — el  cadáver 
dejó  de  ser  un  objeto  con  que  se  traficaba  en  los 
templos;  — los  cementerios  fueron  colocados  bajo 
la  administración  civil,  y  no  hubo  ya  reprobos 
en  presencia  de  la  muerte.  Estos  adelantos,  que 
la  iglesia  ha  sancionado,  son  todavía  materia  de 
cuestión  en  muchos  países  civilizados,  y  no  eran 
muy  numerosas  las  naciones  que  entonces  los 
hubiesen  alcanzado. 

T  ha  sido  necesario  quo  pasase  medio  siglo,  y 
que  la  peste  nos  azotase  por  tres  veces  arreba- 
tando treinta  mil  víctimas,  para  aprender  las 
lecciones  higiénicas  que  aquel  sabio  maestro  nos 
enseñó,  fundando  nuevos  cementerios  fuera  de  las 
grandes  aglomeraciones  humanas! 

IX 

Sigamos  á  Rivadavia  en  el  gran  escenario  de 
la  política  nacional  é  internacional,  y  veremos 
ftoentuarse  los  magistrales  contomos  de  su  figura 
histórica. 

La  organización  constitucional  de  la  provincia 
de  Buenos  Aires  como  Estado  autonómico,  fué 
la  célula  orgánica  de  la  futura  vida  nacional;  la 
nebulosa  quó  apareció  en  el  cielo  oscurecido  de 
la  patria  hace  sesenta  años,  como  núcleo  do  la 
constelación  de  las'^catoroe  estellas  argentinas, 
que  hoy  giran  en  su  órbita  de  atracción  obede- 
ciendo á  la  impulsión  inicial- 
De  esta  ooncepoion  tan  original  como  sencilla, 


nacieron  las  constituciones  locales  vaciadas  en  el 
molde  típico,  animándose  por  el  soplo  vital  del 
derecho  las  partes  rudimentales  del  conjunto, 
dotado  de  movimiento  propio  y  subordinado  á 
una  ley  suprema.  Esto,  que  entonces  fué  como 
una  revelación,  y  que  en  nuestros  dias  hemos 
complementado  y  perfeccionado  dando  coheren- 
cia al  gran  todo,  respondía  al  instinto  de  la  con- 
servación, á  la  vez  quo  al  progreso  gradual  en  el 
orden  político. 

Las  grandes  novedades  de  la  reforma, — que  lo 
eran  en  la  mayor  parte  del  mundo,  con  escepcion 
de  los  Estados- Unidos,  y  parcialmente  en  Ingla- 
terra,— penetraron  á  las  provincias  argrentinas, 
que  postradas  por  la  anarquía  y  mansas  víctimas 
de  los  cacicazgos  arbitrarios,  vegetaban  en  el 
aislamiento  y  la  miseria.  Ellas  crearon  un  nuevo 
vínculo  moral  en  la  familia  dispersa  y  reanima- 
ron su  organismo  rudimental,  incitándolas  á 
arreglarse  n  derecho,  establecer  representaciones 
populares  y  gobiernos  amovibles.  Estas  innova- 
ciones, que  al  menos  obtuvieron  una  sanción 
teórica,  formaron  á  imagen  y  semejanza  de  las 
instituciones  de  Rivadavia,  Estados  autonómi- 
cos, con  su  mecanismo  propio  y  su  articulación 
orgánica  y  constitucional. 


El  impulso  de  la  propaganda  no  se  detuvo  en 
|os  límites  nacionales:  con  el  vuelo  de  sus  robus- 
tas alas,  esas  instituciones  atravesaron  las  fron- 
teras, y  como  las  armas  argentinas  en  sus  tiem- 
pos heroicos,  dieron  la  vuelta  de  la  América 
Meridional,  y  enseñaron  á  pueblos  y  gobiernos 
lo  que  era  el  sistema  representativo  en  que  el 
orden  y  la  libertad  se  ponderan,  y  le  demostró 
cómo  se  cierran  las  revoluciones  bajo  los  auspi- 
cios de  los  mismos  principios  que  las  inauguran. 

Este  era  el  complemento  pacífico  de  la  revolu- 
ción americana,  que  tuvo  por  objetivo  fundar 
gobiernos  justos  y  pueblos  libres.  Faltábale  toda- 
vía su  corona  cívica  de  luces  apacibles,  y  vais  á 
ver  al  hombre  civil,  sin  mas  armas  que  las  del 
pensamiento,  ofrecerla  á  la  América  redimida  de 
las  viejas  instituciones  de  la  colonia,  corrigiendo 
sus  estravíos  y  luchando  con  serenidad  y  con 
éxito  contra  el  coloso  que  habia  fulminado  los 
últimos  rayos  de  la  guerra  de  la  independencia, 
y  que  aún  era  el  arbitro  de  los  destinos  de  las 
nuevas  repúblicas  triunfantes,  merced  á  su  genio 
y  á  su  espada. 


lie 


AMERICA  LITERARIA 


Cuando  las  Pbovincias  Unidas  del  Rio 
DE  LA  Plata,  renovaron  en  1825  el  pacto  nacio- 
nal del  Acta  de  sn  emancipación,  y  colocaron  á 
BU  cabeza  como  Presidente  legal  á  D.  Bernardino 
RiTadavia,  habíase  disparado  el  último  cañonazo 
de  la  guerra  de  la  independencia  en  Ayacucbo. 
Boliyar  con  su  ejército  triunfante,  acampaba  en 
la  frontera  norte  de  la  República  Argentina, 
Ueno  de  gloria,  de  ambición  j  de  soberbia.  Fun- 
daba allí  dándole  su  nombre,  una  república  oligár- 
quica con  una  presidencia  vitaUcia,  un  sistema 
de  elección  hereditario  para  la  trasmisión  del 
poder,  7  una  constitución  cuasi-monarquica,  la 
cual  debia  servir  de  modelo  á  las  tres  repúblicas 
á  la  sazón  sometidas  á  su  espada.  Soñando  ser  el 
gran  protector  ó  regulador  supremo  de  una  heje- 
monia  continental,  habia  convocado  su  Congreso 
de  anfictiones  en  Panamá  para  formar  una  con- 
federación americana,  que  evocando  los  recuerdos 
del  Istmo  de  Corinto  llevase  sus  armas  redento- 
ras al  archipiélago  de  las  Antillas  y  hasta  las 
Canarias  j  Filipinas. 

El  Libertador  de  Colombia  y  redentor  de  tres 
repúblicas,  se  habia  trazado  su  itinerario  político 
y  militar,  desde  las  bocas  del  Orinoco  y  las  costas 
del  Pacífico  hasta  el  estuario  del  Plata  y  sus  rios 
superiores  en  el  Atlántico,  meditando  subordinar 
á  su  poderío  las  Provincias  Unidas,  conquistar  el 
Paraguay,  y  derribar  el  único  trono  lenvantado 
en  América,  remontando  de  regreso  la  corriente 
del  Amazonas  en  su  marcha  triunfal  al  través 
del  continente  subyugado  por  su  genio. — Estos 
gigantescos  planes  son  en  parte  del  dominio  de 
la  historia  conocida,  y  lo  demás  consta  de  docu- 
mentos diplomáticos  que  aún  no  han  visto  la  luz 
pública,  pero  que  existen  en  nuestros  archivos. 

En  víspera  de  su  famosa  conferencia  con  San 
Martin  en  Guayaquil,  Bolívar  habia  brindado 
cuatro  años  antes  en  presencia  de  varios  jefes 
argentinos,  por  el  dia  en  que  desplegase  sus 
banderas  libertadoras  en  la  Plaza  de  la  Victoria 
de  Buenos  Aires.  En  Arequipa,  después  de  Aya- 
cucho,  trepó  delirante  á  la  mesa  de  un  banquete 
ofrecido  por  el  General  argentino  Alvarado,  y 
rompiendo  con  furor  copas  y  platos  bajo  el  taco 
de  su  bota,  prorrumpió:  » Así  pisotearé  la  Repú- 
blica Argentina ! « — Dueño  á  la  sazón  de  Bolivia, 
teniendo  por  reserva  á  su  espalda  el  Perú  y  Co- 
lombia que  le  obedecían  ciegamente,  meditaba 
intervenir  en  el  régimen  de  las  Provincias  Uni- 
das, único  obstáculo  al  logro  de  su  dominación 


absoluta.  Con  tal  propósito  las  amenazaba  con  la 
guerra,  desmembraba  su  territorio  y  organizaba 
alianzas  en  su  daño,  para  poner  á  raya, — segnn 
lo  hacia  decir  oficialmente,  u  — los  amaños  éá 
u  gobierno  de  Buenos  Aires  y  sus  máximat 
ü  divergentes  del  plan  político  y  organitacum 
u  social  (á  la  Bolívar)  que  convenía  á  la  Amé- 
u  rica  u.  (Instrucciones  del  Ministro  Pando  al 
Enviado  del  Perú  cerca  de  Bolivia  en  1826>  : 

Estasamanazas  y  estos  proyectos,  encontraban 
eco  simpático  en  el  partido  de  oposición  á  Bivt- 
davia,  así  en  Buenos  Aires  como  en  las  provin- 
cias, cuyos  jefes  iban  á  pedir  á  Bolívar  sos 
inspiraciones  en  Chuquisaca,  mientras  su  nom- 
bre resonaba  en  los  disturbios  de  Tarija  y  Cór- 
doba; y  la  prensa  oposicionista  propiciaba  su 
intervención  armada,  declarando  que  la  Repúbli- 
ca Argentina  era  incapaz  de  ser  libre  y  triunfar 
por  sí  sola  del  Emperador  del  Brasil,  ni  organi- 
zarse sin  la  asistencia  del  ^'génio  de  la  América,* 
como  por  antonomasia  le  llamaba. 

Fué  entonces  cuando  Rivadavia,  poniéndose 
al  frente  del  gobierno  supremo  de  las  Provincias 
Unidas,  aceptó  el  reto,  y  dijo  con  resolución: — 
»  Ha  llegado  el  momento  de  oponer  los  principios 
á  la  espada." — Esta  actitud  salvó  en  aqudUa 
ocasión  el  porvenir  de  las  instituciones  verdade- 
ramente republicanas  en  la  América  Meridional. 

El  gobierno  argentino,  fuerte  en  sus  princi- 
pios, reaccionó  contra  el  plan  absorbente  del 
Congreso  de  Panamá,  compuesto  de  cinco  Repú- 
blicas sometidas  á  la  influencia  de  Bolívar,  y  el 
proyecto  quedó  desautorizado,  La  prensa  del 
litoral  del  Rio  de  la  Plata,  empezó  simultánea- 
mente á  analizar  los  planes  ambiciosos  de  aquella 
democracia  confusa,  que  era  la  negación  del  sis- 
tema representativo-republicano;  y  estos  escrítoé 
que  repercutieron  en  toda  la  América,  encontra- 
ron eco  hasta  en  la  opinión  general  de  Colombia 
y  en  sus  poderes  públicos. 

El  ejemplo  de  nuestras  instituciones  demo- 
cráticas,, había  ido  conquistando  voluntades  7 
gobiernos,  hasta  convertirse  en  opinión  y  con- 
ciencia continental.  Chile,  donde  los  principios 
argentinos  habían  cundido,  bajo  una  administra- 
ción modelada  por  la  de  Rivadavia,  fué  la  primera 

república  que  se  unió  á  la  resistencia  de  las  Pro- 

• 

víncias  Unidas.  El  Congreso  del  Perú,  que  Bolí- 
var habia  disuelto  y  vuelto  á  convocar  para 
imponerle  su  constitución  de  gobierno  vitaUcio— 
como  se  la  impuso  momentáneamente» — se  snble- 


SECCIÓN  LirERARlA— BEPtJBLlCA  a&óSIítiná 


117 


t6  en  masa,  y  se  emancipó  de  su  pesada  inflnen» 
oía.  La  República  de  Bolivia,  levantándose  contra 
sn  Presidente  yitalicio  j  rompiendo  sn  constitu- 
ción impuesta,  convocó  nna  convención  popular 
y  nniformó  sn  sistema  con  los  principios  argen- 
tinos. Y  hasta  Colombia,  base  militar  de  sn  glo- 
riosa hejemonia,  protestó  contra  sus  planes  de 
engrandecimiento  personal,  con  su  congreso  civil- 
mente acaudillado  por  el  Yice-Presidente  Santan- 
der, segundo  de  Bolívar,  que  era  y  fué  basta  sus 
últimos  dias  un  admirador  de  Rivadavia. 

Fué  aquella  una  verdadera  insurrección  parla- 
mentaria, en  que  toda  la  América  republicana 
levantó  sus  escudos  contra  la  monocracia  de  un 
grande  hombre,  que  tuvo  que  retroceder  vencido 
ante  los  principios  que  se  habia  imaginado  poder 
pisotear  como  las  copas  del  festín  de  Arequipa! 

Así  fué  cómo  el  genio  polítíco  de  RIvadavia 
hizo  prevalecer  los  principios  de  las  instítuoiones 
libres  en  las  repúblicas  independizadas  por  el 
genio  militar  j  polítíco  de  San  Martin  y  Bolívar. 
— Los  tres  murieron  en  el  ostracismo,  pero  de 
cada  uno  de  ellos  se  conserva  la  obra  que  los  glo- 
rifica   

XIV 

El  programa  de  trabajos  que  Rivadavia  formu- 
ló dentro  de  grandes  lincamientos,  no  está  llenado 
aún.  Las  instítuoiones  que  él  planteó,  unas  viven 
todavía,  7  las  ruinas  de  otras  han  servido  para 
fundar  sobre  sus  antiguos  cimientos,  fábricas 
mas  acabadas: — el  tiempo  ha  dado  el  fruto  que 
él  le  confiara ;  los  presentes  continúan  la  obra, 
perfeccionándola;  pero  aún  queda  á  los  venideros 
mucho  por  hacer.  Por  eso  Rivadavia  sigue  presi- 
diendo con  su  espíritu  á  la  tarea  de  cada  día,  y 
gobierna  hoy  mas  que  en  vida,  siendo  sus  manda- 
tos mejor  comprendidos,  porque  se  imponen,  va- 
liéndonos de  sus  propias  palabras,  ^como  leyes 
irresistíbles  del  imperio  del  bien  u 

El  plan  de  viabilidad  que  él  concibió  para  dar 
articulaciones  ál  comercio  interior,  es  el  que  está 
en  ejecución.  El  Bermejo  cuya  esploracion  confió 
¿  Soria  en  un  barquichuelo  sin  vela  ni  remos 
(histórico )  para  poner  en  comunicación  á  las  pro- 
vincias del  Norte  de  la  República  con  el  litoral, 
Be  navega  hoy;  y  el  Ferro-carril  Central  respon- 
de á  la  misma  idea.  El  canal  de  los  Andes,  cal- 
onlado  para  dar  puerto  á  las  provincias  del  Oeste, 
batido  ejecutado  con  rieles  de  fierro;  pero  el 


canal  acuátíco  que  él  proyectó,  tiene  que  hacerse 
y  se  hará,  porque  es  posible  y  porque  es  mas  bara- 
to para  el  transporte,  como  lo  prueban  el  canal 
del  Erie  en  competencia  con  los  ferro-carriles, 
siendo  otra  idea  suya  que  cambia  simplemente  de 
forma  por  los  progresos  de  la  mecánica.  El  Ferro- 
carril de  la  Ensenada,  está  fundado  sobre  el  pri- 
mer camino  macademizado  que  él  hizo  construir. 

El  puerto  de  Buenos  Aires,  cuyos  planos  mandó 
levantar,  aún  está  por  realizarse,  como  está  por 

realizarse  la  perfección  ideal  con  que  soñó  su  al- 
ma generosa. 

Calculando  la  multiplicación  de  la  oveja  fina 
por  él  introducida,  previo  que  habia  de  necesitar- 
se del  agua  inagotable  de  que  carecen  nuestros 
campos,  y  dio  el  típo  de  la  noria  que  después  se 
ha  generalizado,  y  buscó  el  agua  artesiana  en  las 
entrañas  de  la  tierra  en  medio  de  las  burlas  de 
sus  contemporáneos.  Y  el  agua  artesiana,  que  él 
no  encontró,  pero  que  adivinaba,  existe!  Perfo- 
rada la  capa  impermeable  del  sub- suelo,  el  pozo 
inagotable  se  forma;  quedando  únicamente  al 
porvenir  resolver  el  problema  del  agua  surgente 
que  él  buscaba  como  un  nuevo  Moisés  en  el  de- 
sierto. 

Previendo  que  una  gran  ciudad  necesita  aire, 
luz  y  agua  como  condición  de  vida  sana,  delineó 
sus  plazas  y  ensanchó  sus  calles,  proyectó  las 
aguas  corrientes  del  municipio,  y  es  obedeciendo 
á  su  traza  y  sus  inspiraciones,  después  de  haber 
sido  dolorosamente  aleccionados  por  la  esperien- 
cia,  que  caen  diariamente  las  casas  que  obstruyen 
las  anchas  avenidas  que  él  reservó  para  sus  des- 
cendientes; que  se  ochavan  las  esquinas  geomé- 
tricamente, como  él  lo  mandó,  después  de  haber 
olvidado  por  largo  tiempo  la  saludable  prescrip- 
ción ;  y  que  las  fuentes  urbanas  manan  agua  pura 
como  una  bendición  del  cielo. 

El  está  presente  en  el  gobierno,  como  el  ideal 
del  mandatario  por  su  iniciativa,  su  moderación 
animada,  y  su  virtud  cívica.  Preside  nuestros 
parlamentos,  como  el  genio  que  les  dio  vida  y  los 
adiestró  en  su  táctíca;  — está  en  efigie  en  la  es- 
cuela, como  el  maestro  que  puso  la  cartilla  en 
manos  del  niño.  Proteje  todas  las  creencias  y  la 
igualdad  de  los  derechos  civiles,  por  la  ley  que 
declaró  unas  y  otros  eternamente  inviolables. 
Activa  las  corrientes  de  la  inmigración  y  del  capi- 
tal, que  él  fué  el  primero  en  atraer  y  promover. 
Es  el  inspirador  del  progreso  continuo,  cuyo 
impulso  invisible,  pero  eficiente,  obra  constante- 


lis 


AMÉRICA  Literaria 


mente  en  el  sentido  del  bien.  Está  vivo  en  nues- 
tras almas,  y  vela  hasta  el  sueño  de  los  muertos, 
en  ouja  morada  proyectó  grabar  esta  insoripoion: 
u  Pasaron^  y  deicaman  esperando  I  *» 

BABTOLOMé  MlTBE, 

GeMbnU,  Bz*Pre>ident«  de  la  B«pilbUea  Argentina, 
hombre  de  Estado,  Literato  é  Historiador. 


EL  GENERAL  BELGRANO 


(Discü&so  DSL  Fresidkktb  dx  la  Rkpdbica,  eh  la  imaüoü- 

BACIOM  DB  LA  ESTATUA  DEL  GXHXKAL  BbLORAVO.  ) 

Conciudadanos: 

Llenamos  uno  de  los  mas  nobles  deberes  de  la 
vida  social,  rindiendo  homenaje  á  la  memoria  de 
los  altos  hechos  que  inmortalizan  el  nombre  de 
uno  de  nuestros  antepasados.  Un  montículo  de 
tierra  sobre  los  restos  mortales  de  un  héroe,  fué 
el  primer  monumento  humano.  Las  pirámides 
eternas  del  Ejipto  conservan  aun  el  plan  de  esta 
arquitectura  primitiva,  y  es  hoy  idea  aceptada 
que,  alrededor  de  una  tumba,  se  despertó  en  el 
hombre,  aun  salvaje,  el  sentimiento  religioso  que 
nos  liga  al  Ser  Supremo,  y  empezaron  á  bos- 
quejarse la  familia,  el  orden  social  y  las  leyes. 

Cuando  el  sentimiento  artístico,  innato  como 
el  religioso  en  nuestra  alma,  se  hubo  espresado 
en  las  formas  plásticas  de  la  belleza,  la  estatua 
suplantó  al  Mausoleo;  y  nosotros  mismos,  los 
últimos  venidos  á  participar  de  las  bendiciones 
de  la  civilización,  repetimos  lo  que  la  Grecia  y 
Roma  haoian  para  perpetuar  la  memoria  de  sus 
héroes,  de  sus  padres  y  de  sus  grandes  ciudada- 
nos. Ante  la  imagen  de  uno  de  nuestros  hom- 
bres públicos,  repetimos  este  acto  instintivo  de 
nuestra  especie,  volviendo  á  lo  pasado,  trayendo 
hacia  nuestra  época,  y  legando  á  la  posteridad 
el  recuerdo  en  hombres  y  hechos  de  nuestro  orí- 
gen,  como  pueblo  que  tiene  hoy  su  puesto  con- 
quistado y  aceptado  entre  las  naciones  del  mundo. 

Aunque  nuestra  alma  sea  inmortal,  la  vida, 
en  los  estrechos  límites  que  la  naturaleza  ha 
asignado  al  hombre,  es  pasajera.  Pero  la  especie 
humana  se  perpetúa  hace  mil  siglos,  dejando 
tras  sí,  entre  el  humo  de  las  generaciones  que  se 
disipan  en  el  espacio,  una  corriente  de  chispas 


•que  brillan  un  momento,  y  pueden,  segim  ra 
intensidad  y  duración,  convertirse  en  lumina- 
res,  en  llama  viva,  en  rayos  perpetuos  de  luz, 
que  pasen  de  una  á  otra  generación,  y  se  irradien 
de  un  pueblo  á  otro,  de  un  siglo  4  otro  si^^o, 
hasta  asociarse  á  todos  los  progresos  futuros  de 
la  sociedad  y  ser  parte  del  alma  humana. 

¿  Quién  se  profesa  republicano,  y  no  siente  oi 
su  espíritu  rebullirse  el  alma  de  Washington,  la 
última  y  mas  acabada  personificación  de  las  vir- 
tudes públicas;  la  mayor  de  todas,  hacer  triunfar 
el  derecho  sin  apropiarse  los  despojos  de  la  vic- 
toria, trazando  el  camino  por  donde  habrán  de 
avanzar  los  demás  pueblos  hacia  la  conquista  de 
la  libertad? 

Hay,  pues,  una  inmortalidad  humana  que  se 
adquiere  por  el  genio,  la  abnegación  ó  el  sacrifi- 
cio; pudiendo  estenderse,  según  la  perfección  é 
influencia  de  aquellas  virtudes,  á  un  pueblo,  á 
toda  la  tierra,  á  un  siglo,  á  todos  los  que  le  snee- 
dan  mientras  exista  la  raza  humana.  Belgrano, 
cuya  efijie  contemplamos,  participa  para  nos- 
otros, y  en  la  medida  concedida  á  cada  uno,  de 
esas  cualidades  que  hacen  al  hombre  vivir  mía 
allá  de  su  época.  Hace  cincuenta  años  que  desapa- 
reció de  la  escena,  y  no  ha  muerto,  sin  embargo. 
Apenas  se  oorserva  el  recuerdo  de  la  casa  en  qae 
nació  aquí,  y  todas  las  ciudades  y  pueblos  argen- 
tinos lo  reclaman  como  suyo.  Su  apellido  puede 
estinguirse  según  la  sucesión  de  las  generacio- 
nes; pero  dos  millones  de  habitantes  desde  ahora 
lo  aclaman  Padre  de  la  Patria. 

No  es  la  biografía  del  General  Belg  rano  la  que 
intentaría  trazar,  para  dar  mas  vida  al  bronce, 
que  la  que  le  ha  comunicado  el  artista.  Belgrano 
era  muy  hombre  de  la  época  crespnscular  en  qne 
apareció.  General  sin  las  dotes  del  genio  militar, 
hombre  de  estado  sin  fisonomía  acentuada.  Sos 
virtudes  fueron  la  resignación  y  la  esperanza,  la 
honradez  del  propósito  y  el  trabajo  desintere- 
sado. 

Su  nombre,  empero,  sin  descollar  demasiado, 
se  liga  á  las  mas  grandes  faces  de  nuestra  Lide- 
pendencia,  y  por  mas  de  un  camino,  si  queranos 
volver  hacia  el  pasado,  la  candorosa  figura  de 
Belgrano  ha  de  salimos  al  paso. 

Cuando  el  Gobierno,  agradecido,  quiso  premiar- 
lo, por  la  memorable  victoria  ganada  en  Tnon- 
man  en  este  dia,  disminuyendo  su  pobreza  fundó 
con  el  premio  cuatro  Escuelas  Primarias,  las 
primeras,  que  cuatro  ciudades,  que  son  hoy  capí- 


SECCIÓN  LITERAEIA— BBPÚBLiCA  argentina 


119 


tales  de  Provincia,  yeian  abrirse  para  la  educa- 
ción de  8U8  hijos.  Acaso  algun  Senador  hoy, 
asistdó  á  alguna  de  ellas  en  su  niñez. 

Estos  desYelos  por  levantar  al  pueblo  de  su 
postración  intelectual,  sin  lo  cual  no  hay  liber- 
tad duradera;  su  empeño  de  establecer  la  moral 
relajada  en  escuelas  y  ejércitos;  su  profundo 
sentimiento  religioso  que  difundía  sobre  el  solda- 
do, para  santificar  la  causa  de  la  Independencia, 
poniéndola  bajo  la  protección  de  la  Virgen  de 
Mercedes  que  conserva  aun  el  bastón  del  mando, 
depositado  por  él  al  pié  de  su  imagen  en  Tucu- 
man ;  su  eclipse  de  la  escena,  cuando  en  los  tiem- 
pos de  discordia  y  de  guerra  civil  como  dice 
Tácito,  t*  el  poder  pertenece  á  los  mas  perversos,  u 
su  muerte  oscura;  su  carrera  tan  gloriosa,  tan 
olvidada,  todo  esto  lo  caracteriza  como  á  Riva- 
davia,  como  el  General  Paz  y  á  otros;  y  es  esa 
la  base  firme  que  se  asienta  la  estatua  que  hoy 
levantamos  en  su  honor. 

Los  primeros  movimientos  del  patriotismo 
americano,  se  sienten  en  el  alma  de  Belgrano. 
Funda  la  primera  Escuela  de  Educación  Cien- 
tífica que  existió  en  Buenos  Aires,  pues  Charcas 
y  Córdoba  eran  hasta  entonces  el  centro  de  la 
civilización  colonial. 

Como  el  malogrado  Montgomery  que  llevó  en 
vano  al  frí jido  Canadá  la  noticia  de  que  sus  her- 
manos estaban  en  armas  para  conquistar  la  liber- 
tad, Belgrano  llevó  al  tórrido  Paraguay  la  ense- 
na de  la  nueva  patria.  La  historia  castiga  á  los 
retardatarios  de  la  primera  hora.  El  Canadá  es 
todavía  dominio  de  la  corona,  como  el  Paraguay 
menos  feliz,  por  haberse  tapado  los  oídos  al  llama- 
do de  sus  hermanos,  entonces,  cayó  en  las  redes 
sombrías  del  tirano  Francia,  en  las  garras  del 
tigre  López,  y  todavía  no  ha  visto  el  último  dia 
de  sus  tribulaciones. 

Como  Franklin,  Belgrano  fué  á  buscar  acomo- 
do con  la  dinastía  real,  para  poner  término  al 
conflicto,  y  como  Franklin  volvió  desesperando 
de  la  prudencia  y  de  la  previsión  humana  á  acti- 
var el  Acta  de  nuestra  Independencia. 

En  nombre  del  pueblo  argentino  abandono  á  la 
contemplación  de  loa  presentes,  la  Estatua  Ecues- 
tre del  General  D.  Manuel  Belgrano,  y  lego  á  las 
generaciones  futuras  en  el  duro  bronce  de  que  está 
formado,  el  recuerdo  de  su  imájen  y  de  sus  vir- 
tudes. 

Que  la  bandera  que  sostiene  su  brozo  flamee  por 
siempre  sobre  nuestras  murallas  y  fortalezas,  á  lo 


alto  de  los  mÁstiles  de  nuestras  naves,  y  ala  cabe» 
za  de  nuestras  legiones ;  que  el  honor  sea  su  alien' 
to,  la  gloria  su  aureola,  la  justicia  su  empresa! 

Todos  los  Capitanes  pueden  ser  presentados 
como  en  esta  estatua,  tremolando  la  enseña  que 
arrastra  las  huestes  á  la  victoria^ 

En  el  caso  presente,  el  artista  ha  conmemorado 
un  hecho  casi  único  en  la  historia,  y  es  la  inven- 
ción de  la  Bandera  con  que  una  Nueva  Nación 
surjió  de  la  nada  colonial,  conduciéndola  el  mis- 
mo inventor,  como  Porta-Estandarte.  Nuestro 
signo,  como  nación  reconocida  por  todos  los  pue- 
blos de  la  tierra,  ahora  y  por  siempre,  es  esa 
Bandera,  ya  sea  que  nuestras  huestes  trepasen 
los  Andes  con  San  Martin,  ya  sea  que  surcaran 
ambos  Océanos  con  Brown,  ya  sea,  en  fin,  que 
en  los  tiempos  tranquilos  que  ella  presagió,  se 
cobije  á  su  sombra  la  inmigración  de  nuevos 
arribantes,  trayendo  las  Bellas  Artes,  la  Indus- 
tria y  el  Comercio. 

Tal  dia  como  hoy,  el  General  Belgrano  en  los 
campos  de  Tucuman,  con  esa  Bandera  en  la  mano, 
opuso  un  muro  de  pechos  generosos  á  las  tropas 
españolas;  que  desde  entonces  retrocedieron  y  no 
volvieron  á  pisar  el  suelo  de  nuestra  Patria, 
siendo  nuestra  gloriosa  tarea,  de  allí  en  adelante, 
buscarlas  donde  quiera  conservasen  un  palmo  de 
tierra  en  la  América  del  Sur,  hasta  que  por  el 
glorioso  camino  de  Chacabuco  y  Maipú  fueron 
solo  escalones,  nos  dimos  la  mano  en  Junin  y 
Ayacucho  con  el  resto  de  la  América,  indepen- 
diente ya  de  todo  poder  estraño. 

Y  sea  dicho  en  honor  y  gloria  de  esta  Bande- 
ra. Muchas  repúblicas  la  reconocen  como  salva- 
dora, como  auxiliar,  como  guía  en  la  difícil  tarea 
de  emanciparse.  Algrmas,  se  fecundaron  á  su 
sombra;  otras,  brotaron  de  los  jirones  en  que  la 
lid  la  desgarró.  Ningún  territorio  fué,  sin  em- 
bargo, añadido  á  su  dominio;  ningfun  pueblo 
absorvido  en  sus  anchos  pliegues;  ninguna  retri- 
bución exijida  por  los  grandes  sacrificios  que  nos 
impuso. 

En  la  vasta  ostensión  de  un  continente  entero» 
no  siempre  son  claros  y  lejibles  los  términos  que 
Dios  y  la  naturaleza  imponen  á  la  actividad  de 
las  grandes  familias  humanas  que  pueblan  la 
tierra.  ¿  Cuál  es  la  ostensión  de  la  que  cubre  hoy 
y  protejo  nuestra  bandera? 

La  Itepública  Argentina  ha  sido  trazada  por 
la  regla  y  el  compás  del  Creador  del  Universo. 
Ese  anchuroso  Bio  que  nos  dá  nombre,  es  el 


120 


AMÉRICA  LITERAEIA 


alma  y  el  cerebro  de  todas  las  rejiones  qne  sus 
agftias  bañan.  Puerta  de  esta  América  que  abre 
bácia  el  ancho  mar  que  toca  al  umbral  de  todas 
las  naciones,  por  ahí  subirían  ríos  arriba  con  la 
alta  marea  del  desarrollo,  las  oleadas  de  hombres, 
de  ideas,  de  ci^lisacion  que  acabarán  por  trans- 
formar el  desierto  en  Nación,  en  pueblo.  Aquí, 
en  estas  playas,  han  de  cambiarse  los  productos 
de  tan  vasta  oya,  de  tantos  climas,  por  los  que 
hayan  en  todo  el  globo  preparado  siglos  de  cul- 
tura, y  la  lenta  acumulación  de  la  ríqueza.  Aquí 
ha  de  hacerse  la  trasmutación  de  las  ideas;  aquí 
se  amalgamarán  las  de  todos  los  pueblos;  aqui 
se  hará  su  adaptación  definitiva,  para  aplicarse 
á  las  nuevas  condiciones  de  la  existencia  de  pue- 
blos nuevos  sobre  tierra  nueva. 

No  hablo  del  porvenir.  Es  ya,  este  sueño  de 
nuestros  padres,  un  hecho  presente. 

Hé  ahí,  en  esos  millares  de  naves,  nuestros 
misioneros  hasta  el  seno  de  la  América.  Ved  ahí 
en  la  masa  de  este  pueblo  el  ejecutor  de  la  gran- 
de obra,  acudiendo  de  todas  partes  á  alistarse  en 
nuestras  filas,  y  por  el  trabajo,  la  industria,  el 
capital,  las  virtudes  cívicas,  hacerse  miembro  de 
la  congregación  humana  que  lleva  por  enseña  en 
la  procesión  de  los  siglos  hacia  el  engrandeci- 
miento pacífico,  la  Bandera  bi-celeste  y  blanca. 

Esta  Bandera  cumplió  ya  la  promesa  que  el 
signo  ideográfico  de  nuestras  armas  espresa.  Las 
Naciones,  hijas  de  la  guerra,  levantaron  por 
insignias,  para  anunciarse  á  los  otros  pueblos, 
lobos  y  águilas  carniceras,  leones,  grifos,  y  leo- 
pardos. Pero  en  las  de  nuestro  escudo,  ni  hipó- 
garifos  fabulosos,  ni  unicornios,  ni  aves  de  dos 
cabezas,  ni  leones  atados,  pretenden  amedrentar 
al  estranjero.  El  Sol  de  la  civilización  que  albo- 
reaba para  fecundar  la  vida  nueva;  la  libertad 
con  el  gorro  frijio  sostenido  por  manos  fraterna- 
les, como  objeto  y  fin  de  nuestra  vida;  una  oliva 
para  los  hombres  de  buena  voluntad;  un  laurel 
paralas  nobles  virtudes;  he  aquí  cuanto  ofrecieron 
nuestros  padres,  y  lo  que  hemos  venido  cumplien- 
do nosotros,  como  repúbli^^a,  y  harán  ostensivo  á 
todas  estas  regiones  como  Nación,  nuestros  hijos. 

Hasta  la  esclusion  del  sangriento  rojo,  del 
blazon  de  todos  los  pueblos,  hasta  el  color  celeste 
quo  no  tiene  escrutura  propia  en  la  heráldica,  se 
avienen  con  la  idea  dominante  en  este  emblema. 

Las  fajas  celestes  y  blancas  son  el  símbolo  de 
la  soberanía  de  los  reyes  españoles  sobre  los  domi- 
nios, nó  de  España,  sino  de  la  corona,  que  se 


estendian  á  Flandes,  á  Ñapóles,  á  las  Indias;  y 
de  esa  banda  real  hicieron  nuestros  padres  divist 
y  escarapela,  el  25  de  Mayo,  para  mostrar  que 
del  pecho  de  un  Bey  cautivo,  tomábamos  nuestra 
propia  Soberanía  como  pueblo,  que  no  dependió 
del  Consejo  de  Castilla,  ni  de  ahí  en  adelante,  del 
disuelto  Consejo  de  Indias. 

El  General  Belgrano  fué  el  primero  en  hacer 
flotar  á  los  vientos  la  Banda  Real,  para  coronar- 
nos con  nuestras  propias  manos.  Soberanos  de 
esta  tierra,  é  inscríbimos  en  el  gran  libro  de  las 
naciones  que  llenan  un  destino  en  la  historia  de 
nuetra  raza.  Por  este  acto  levantamos  una  esta- 
tua en  el  centro  de  la  plaza  de  la  revolución  de 
Mayo  al  General  Porta- Estandarte  de  la  Repú- 
blica Argentina. 

Y  si  la  barbaríe  indíjena,  6  las  pasiones  per- 
versas intentaron  alguna  vez  desviamos  de  aquel 
blanco  que  los  colores  y  el  escudo  de  nuestra 
Bandera  señalaban  á  todas  las  jeneraciones  que 
vinieran  en  pos,  reconociéndose  argentinas  á  su 
sombra,  los  bárbaros,  los  tiranos  y  los  traidores 
inventaron  pabellones  nuevos,  oscureciendo  lo 
celeste  para  que  las  sombras  infernales  reinasen  y 
enrojeciendo  sus  cuarteles  para  que  la  violencia 
y  la  sangre  fuesen  la  ley  de  la  tierra.  En  Caseros 
esta  era  la  Bandera  que  enarbolaba  el  Tirano  con- 
tra el  proscrito  pabellón  que  volvía  para  ^lastar 
la  sierpe,  con  sus  hijos  dispersos  en  toda  la  Amé- 
ríca.  En  Caseros  por  la  unión  de  los  partidos, 
reaparecieron  esas  dos  manos  entrelazadas,  como 
siempre  lo  estarán  en  defensa  de  la  Patria.  Al 
dia  siguiente  de  Caseros  vuestras  madres  y  her- 
manas; ¡  oh  pueblo  de  Buenos  Aires!  tiñeron  de 
celeste  telas,  para  victoriar  á  los  libertadores; 
porque,  sea  dicho  para  recuerdo  del  odio  de  los 
tiranos  á  nuestra  Bandera,  en  1852,  no  habiaen 
una  gran  ciudad  civilizada,  emporío  de  un  gran 
comercio,  una  vara  de  tela  celeste  para  improvi- 
sar un  pabellón ;  y  una  generación  entera  existía, 
que  no  conoció  los  colores  de  la  Bandera  de  sa 
Patria.  Eáe  pendón  negro  con  sus  gorros  san- 
grientos es,  por  fortuna  nuestra,  el  que  en  los  In- 
válidos de  París,  recuerda  la  ruptura  de  la  cadena 
con  que  Rosas  intentó  amarrar  la  libre  navega- 
ción de  los  ríos. 

La  Bandera  blanca  y  celeste,  ¡Dios  sea  loado! 
no  ha  sido  atada  jamás  al  carro  tríunfal  de  nin- 
gún vencedor  de  la  tierra. 

La  petipieza  de  la  horríble  trajedia  que  con- 
cluyó en  Caseros  se  está  representando  ahora  es 


SECCIÓN  LITEEARIA — república  argentina 


121 


la  otra  márjen  del  paterno  Kio;  y  no  seria  estra- 
go que  oyéramos  desde  aquí  los  cañonazos  con 
qne  acaso  en  estos  momentos,  nuestro  pabellón 
somete  los  últimos  restos  de  la  barbarie  y  de  los 
oandillos.  Hé  aquí  el  pendón  de  la  rebelión,  qne 
solo  pide,  al  parecer,  empapar  en  sangre  el  de  la 
Bepública.  Habíalo  dejado  olvidado  el  General 
ürqnisa  al  tomar  la  Bandera  Nacional  por  saya, 
á  fin  de  hacer  servir  la  victoria  para  fnndar  la 
Magna  Carta  de  nnestras  libertades.  XJn  asesino 
la  reoojió  del  suelo  y  para  simbolizar  la  barbarie 
y  el  crimen  lo  opone  rebelado  á  la  Bandera  Na- 
cional. La  traición  á  la  Patria  está  detrás  de  ese 
sangriento  trapo. 

Al  abandonarlo  á  la  execración  de  los  presen- 
tes y  de  los  venideros,  no  temáis  qne  hiera  senti- 
mientos, ni  ann  preocupaciones  nobles  del  pueblo, 
ni  de  las  masas  entre-rianas.  Allí,  en  aquella  esco- 
jida  fracción  de  nuestro  territorio,  el  sentimiento 
nacional  se  agita  mas  vivo,  si  cabe,  que  en  parte 
alguna  de  él. 

La  vil  trama  del  rebelde  vencido,  sorprendió 
^  las  poblaciones,  merced  de  las  tinieblas  de  la 
noche,  y  amanecieron  bajo  el  imperio  de  la  rebe- 
lión, que  muchos  aceptaron  por  las  funestas  divi- 
siones de  partido,  que  á  tantos  estravian. 

Cerremos  los  ojos  sobre  ese  cuadro  y  contem- 
plemos el  presente,  que  él  vindica  el  nombre 
entre-riano  del  baldón  que  han  querido  arrojarle 
los  traidores. 

Batallones  de  infantería  entre-rianos   guar- 
neciendo las  ciudades;  los  ejércitos  nacionales 
considerablemente  aumentados  por  regimientos 
numerosos  de  caballeria  de  la  misma  Provincia; 
el  guardia  nacional  Miguel  Ocampo,  arrancan- 
do de  la  mano  de  un  traidor  la  enseña   de  la 
rebelión  y  empapándola  en  su  propia  sangre, 
realizando  con  ese  hecho,  acción  igualmente  he- 
roica que  el  lejendario  Falucho,  muriendo  al  pié 
de  esta  misma  Bandera  en  las  fortalezas  del 
Callao,  libradas   por  traición   al   enemigo;    la 
Banda  Oriental  llena  de  emigrados,  los  bosques 
pululando  de  prófugos,  las  islas  pobladas  de  esca- 
pados, ¿dónde  está  el  pueblo  rebelde  entre-riano, 
en  que  quiere  apoyarse  la  traición  ?  Si :  hay  trai- 
dores es  cierto;  hay  algunos  miles  de  oprimidos, 
liay  niños  y  ancianos  arrastrados  por  la  leva, 
retenidos  por  el  terror  del  degüello,  generales  y 
aventureros  estranjeros:  hé  ahí  el  ejército  y  el 
poder  de  la  rebelión. 

Quiero  que  el  último  paisano  que  en  este 


momento  sufre  los  rigores  de  la  estación  y  las 
fatigas  de  la  guerra  por  vivir  siempre  &  la  som- 
bra de  esta  Bandera,  sepa  que  el  Gobierno  de  su 
Patria  tiene  en  cuenta  su  humilde,  pero  valioso 
sacrificio,  porque  dá  lo  único  que  posee,  que  es 
la  vida,  pues  ni  un  hombre  tiene  el  pueblo  anó- 
nimo que  en'la  guerra  se  Uama  sAdado.  Sepan 
los  valientes  y  fíeles  entre-rianos  que  están  com- 
batiendo, que  con  ello  ponen  el  capital  al  edificio 
de  nuestra  nacionalidad,  y  cierran  para  siempre 
el  abismo  de  las  segregaciones  del  territorio  que 
recibimos  en  herencia  de  los  fundadores  de  la 
Bandera  Nacional. 

Al  terminar  la  historia,  la  misión  y  los  obstá- 
culos con  que  ha  luchado  esta  Bandera,  necesito 
añadir  que  aun  le  falta  recibir  como  hijos  suyos, 
millares  de  los  que  aquí  están  presentes  y  que  la 
acatan  y  saludan  como  huéspedes. 

En  los  Estados- Unidos,  nuestros  predecesores 
y  compañeros  de  peregrinación  en  este  Nuevo 
Mundo,  no  hay  estrangeros,  sino  los  viageros 
que  visitan  sus  playas.  Hay  dos  millones  de  ale- 
manes ciudadanos,  y  otros  tantos  irlandeses,  in- 
gleses y  de  todo  orí  jen,  hasta  venidos  del  Celeste 
Lnperio:  Aquí  la  amalgamación  marcha  con  mas 
lentitud.  Acaso  el  fuego  sagrado  de  la  Libertad 
no  es  tan  vivo  todavía,  para  fundir  las  naciona- 
lidades y  hacer  correr  el  duro  bronce  del  pueblo 
regenerado,  en  que  la  humanidad  vá  á  presentar 
un  nuevo  tipo  americano. 

No  importa.  La  Providencia  sigue  aquí  otro 
sendero,  tal  vez.  Debemos  á  la  España  la  sangre 
que  corre  en  nuestras  venas,  y  cuando  la  desgra- 
cia afiije  á  sus  hijos,  podemos  pagar  las  de  sus 
héroes,  los  Solís,  los  Ayalas,  los  Irala,  los  Gkuray, 
que  se  sacrificaron  por  fundar  estos  pueblos.  Ha- 
brá patria  y  tierra,  libertad  y  trabajo  para  los 
españoles,  cuando  en  masa  vengan  á  pedírnosla 
como  una  deuda.  Y  para  los  Italianos,  cuya  histo- 
ria es  la  de  los  pueblos  de  nuestra  lengua,  cuya 
arquitectura  es  el  ornamento  de  nuestros  edificios 
cuyas  bellas  artes  con  intérpretes  como  Bistori, 
Tamberlick,  Mansoni  y  tantos  otros,  que  nos  han 
visitado  embelleciendo  la  existencia,  habrá  siem- 
pre una  carta  de  ciudadanía  para  ellos  y  sus  des- 
cendientes; y  nuestros  ríos  y  nuestras  ciudades 
y  nuestros  campos,  para  teatro  de  sus  variadas 
industrias. 

Y  los  hijos  de  la  Francia,  que  tanto  ha  sufri- 
do por  la  redención  de  la  inteligencia,  que  tantos 
errores  ha  cometido,  rescatándolos  y  rescatan- 


122 


AMERICA  LITERARIA 


doBe  por  la  gloría  6  el  patríotismo,  tendrán  bajo 
esta  bandera,  ancho  Ingar  en  nuestros  gustos,  en 
nuestra  cultura  y  en  nuestras  ideas. 

T  la  poderosa  Albion,  laenérjica  raza  inglesa, 
cuya  misión  parece  ser  someter  el  mundo  bárbaro 
de  Asia,  Af ríca  y  de  los  nuevos  continentes  é 
islas  al  influjo  del  comercio,  é  improvisar  nacio- 
nes que  trasplantan  el  Habeas  Corpus,  la  libertad 
sin  tumulto,  la  máquina  y  la  industria  bienveni- 
da fué  siempre,  y  bien  empleados  serán  sus  capi- 
tales en  las  grandes  empresas  que  completan 
nuestra  existencia  como  nación  civilizada. 

Y  á  todas  las  nacionalidades  de  la  tierra,  cuyos 
hijos  tocan  estas  playas  en  busca  de  un  lugar 
para  hacerse  un  domicilio  y  una  pátría,  ofrezco- 
les  en  nombre  del  pueblo  que  esta  Bandera  repre- 
senta, la  protección  que  ella  dá  gratuitamente, 
recordándoles  solo,  que  el  hombre  es  familia, 
tribu,  nación,  con  deberes  para  con  los  demús,  y 
que  los  sentimientos  mas  generosos,  el  heroismo, 
la  gloria,  el  amor  de  la  patria,  se  amortiguan  no 
ejercitándolos;  y  que  la  elevación  del  alma  huma- 
na desciende  y  desaparece  con  la  satisfacción 
esclusiva  de  las  necesidades  materiales. 

Conciudadanos : 

Una  nación  está  destinada  á  prevalecer,  cuan- 
do obedece  en  su  propio  seno  á  las  inmutables 
leyes  del  desenvolvimiento  humano. 

Sin  el  espíritu  de  conquista,  Roma  vive  en 
nosotros  con  sus  códigos,  como  Grecia  con  sus 
artes  plásticas,  su  lengua  y  sus  instituciones 
republicanas,  completadas  por  el  sistema  repre- 
sentativo: Acaso  es  Providencial  que  debamos 
existencia  y  nombre  á  Colon  y  á  Américo  Yes- 
puoio;  y  si  Chkribaldi  ha  de  tener  su  parte  en  la 
reconstrucción  de  la  Italia  romanizada,  su  lugar 
en  la  historia  lo  eonquistará,  mezclando  aquí  su 
sangre  á  la  nuestra,  para  endurecer  los  cimien- 
tos de  nuestra  constitución,  libre,  republicana, 
representativa. 

Hagamos  fervientes  votos,  porque,  si  á  la  con- 
sumación de  los  siglos,  el  Supremo  Hacedor  lla- 
mase á  las  naciones  de  la  tierra  para  pedirlas 
cuenta  del  uso  que  hicieron  de  los  dones  que  les 
deparó,  y  del  libre  albedrio  y  la  inteligencia  con 
que  dotó  á  sus  criaturas,  nuestra  Bandera,  blan- 
ca y  celeste,  pueda  ser  todavía  discernida  entre 
el  polvo  de  los  pueblos  en  marcha,  acaudillando 
cien  millones  de  argentinos,  hijos  de  nuestros 
hijos  hasta  la  última  generación,  y  deponiéndola 


¡  sin  mancha  ante  el  solio  del  Altísimo,  puedan 
mostrar  todos  los  que  la  siguieren  que  en  civili. 
zacion,  moral  y  cultura  intelectual,  aspiraroa 
sus  padres  á  evidenciar,  que  en  efecto  fué  creído 
el  hombre  á  imagen  y  semejanza  de  Dios. 

Domingo  F.  Sarmiento. 

GrmL.  rrt»«tdent«  de  la  RepúbHo».  Literato  y  hombre  d«  Bitodo. 


INAUGURACIÓN  DEL  PARQUE  "TRES  DE 

FEBRERO" 


(Dúcurso  del  Presidente  de  la  Bepública) 

Señores: 

He  obedecido  la  indicación  del  Presidente  de 
la  Comisión,  y  queda  plantado  por  mis  manoe 
un  árbol  en  conmemoración  de  esta  fiesta. 

Es  la  Magnolia  Americana  del  bosque  primi- 
tivo, con  BU  blanca  flor  salvaje,  que  pueblos 
numerosos  de  la  América  enredaban  en  el  suelto 
cabello  de  sus  jóvenes  mujeres,  como  símbolo  de 
pui*eza.  Podemos  nosotros  adoptarla  como  em* 
blema  de  la  intención  sana  y  del  propósito  bueno 
que  hemos  tenido  al  ejecutar  las  obras  de  este 
Paseo  público  que  entregamos  hoy  al  solaz  del 
pueblo,  con  sus  lagos,  sus  sombras  y  sus  grandes 
avenidas,  que  encuadran  dentro  del  horizonte 
vasto  y  solemne, — por  un  lado  los  monumentos 
de  la  ciudad  vecina,  y  por  otro  el  espectáculo  de 
las  aguas  del  Plata,  dilatándose  en  ondulaciones 
vagas,  azuladas,  infinitas. 

Habéis  espresado,  señor  Presidente  de  la  Co- 
misión, el  pensamiento  de  todos,  al  afirmar  qne 
la  Nación  debe  estar  presente  con  su  aynda, 
donde  quiera  que  se  agita  un  proyecto  de  interés 
público  buscando  medios  para  su  realización.  Lo 
había  dicho  en  otra  ocasión,  y  lo  repito  bajo  U 
solemnidad  del  momento,  en  presencia  de  nüs 
conciudadanos.  Esta  obra  de  un  paseo  público 
en  la  grande  y  bella  ciudad  de  la  BepúbUot, 
cosmopolita  para  los  extranjeros,  común  psrs 
los  argentinos,  es  una  obra  eminentemente  nacio- 
nal según  la  Constitución  que  llevamos  escrita 
en  nuestros  corazones.  ¿  Quién,  después  de  haber- 
se asociado  á  nuestra  vida,  puede  ignorar  lo  qne 
esta  ciudad  de  Buenos  Aires  es  para  nosotros,  y 
oomo  todo  lo  que  contribuye  á  ataviarla  en  sos 
galas  de  pueblo  civilizado  y  libre,  dá  tono  y  grtn. 
deza  al  orgullo,  al  sentimiento,  á  la  dignidad 


SECCIÓN  LITEEARIA — bepublica  abgentina 


123 


argentina?  Podemos  nombrarla  como  el  poeta 
latino  á  Boma :  — alma  parens. 

Habéis  llamado,  señores  de  la  Comisión,  al 
nuevo  Paseo,  «Parque  3  de  Febrero  «,  ligándolo 
al  recuerdo  de  la  victoria  obtenida  sobre  la  tira- 
nía de  Rosas. 

Debíamos  apresuramos.  El  tirano  que  vive 
en  Southampton  cuenta  ya  ochenta  años,  j  pues- 
to que  le  ha  sido  acordada  vida  tan  larga,  era 
necesario  que  no  continuara  arrojándonos  al 
rostro  una  ironía  sangrienta,  al  mostrar  en  su 
« Palermo  de  San  Benito  u  el  Paseo  favorito  de 
Buenos  Aires.  El  viejo  y  rústico  Palermo  es 
desde  hoy  mas  el  Parque  3  de  Febrero,  y  osten- 
tará pronto  en  sus  fuentes  de  aguas  surgentes, 
en  sus  estatuas,  en  sus  calles  rectas  6  curvas,  y 
en  sus  bosques  artísticamente  formados  para  dar 
sombras  y  luz  al  paisaje,  cuanto  las  artes,  el 
buen  gusto  y  el  sentimiento  de  lo  bello  ofrecen 
en  los  parques  de  Santiago  de  Chile,  de  New- 
Tork,  de  París  y  de  Londres,  como  una  suave 
voluptuosidad  á  los  sentidos,  como  un  encanto  á 
la  imaginación  ó  un  llamamiento  á  los  senti- 
mientos mas  elevados  del  hombre. 

Después  de  haber  visto  levantarse  en  las  már- 
genes del  Sena  aquella  Comuna  de  París  ilus- 
trando su  horror  á  la  tiranía  con  los  resplandores 
de  la  antorcha  del  incendiarío,  cuando  la  llama 
del  petróleo  habia  quemado  el  Louvre  porque  la 
edificaron  los  monarcas  del  derecho  divino,  y  las 
Tullerias  porque  se  desplegara  allí  entre  pompas 
imperiales  el  despotismo  armado  que  gobernó  la 
Europa  al  redoble  de  sus  tambores,  no  debimos 
ni  pudimos  pensar  que  era  menester,  en  odio  al 
tirano,  sembrar  de  sal  este  suelo,  y  abandonarlo 
para  siempre,  dejando  crecer  la  yerba  en  los 
caminos. 

Pensamos  mas  acertadamente.  Creímos  que  el 
horror  á  las  tiranías  puede  convertirse  en  un 
sentimiento  de  destrucción  ciega,  cuando  no  se 
halla  vivificado  por  el  amor  al  progreso  y  á  la 
libertad.  El  espírítu  de  los  pueblos  libres  es 
cristiano.  No  es  iconoclasta.  Depura,  restaura, 
santifica  el  monumento  por  nuevas  advocaciones; 
pero  no  lo  destruye. 

Era  mejor  convertir  la  mansión  sombría  del 
tirano  cauteloso  en  jardines  cultivados  al  uso  del 
pueblo.  ¿  Dónde  hay,  á  la  verdad,  otro  espectá- 
culo igualmente  democrático  demostrando  mejor 
nivelados  los  rangos,  y  que  cada  hombre  por  fin 
es  siempre  igual  á  otro  hombre,  como  el  que  se 


presenta  cada  dia  en  un  paseo  público?  Las  con- 
diciones sociales  desaparecen.  Todo  lo  que  pue- 
den mostrar  de  precioso  ó  raro  los  favorecidos 
de  la  fortuna  en  sus  jardines  ostentosos,  es  aquí 
el  patrimonio  común. 

El  hijo  d^l  pobre  y  el  hijo  del  ríoo  mesolarán 
bajo  estos  árboles  al  gríto  jubiloso  de  los  pája- 
ros, sus  juegos  igualmente  inocentes.  No  son 
gotas  de  sudor  ilustre  ú  oscuro  sino  gotas  de 
sudor  humano,  las  que  vendremos  á  secar  por  la 
tarde  en  la  frescura  de  las  fuentes,  tras  del  tra- 
bajo afanoso  del  dia,  como  no  son  trístezas  de 
pobres  ó  de  ricos  las  que  sentiremos  removerse 
en  nuestras  almas,  cuando  atraídos  por  los  silen- 
cios de  la  noche  callada,  hayamos  penetrado  en 
la  gran  avenida  del  bosque,  escuchando  el  ruido 
de  las  hojas  que  se  despiertan  bajo  nuestros  pa- 
sos, y  viendo  á  lo  lejos  las  cimas  oscuras  y  ele- 
vadas de  los  últimos  árboles  caer  en  sombras 
gigantescas  sobres  las  aguas. 

Estos  trabajos,  como  los  otros  que  la  Nación 
tiene  emprendidos,  no  han  cesado  durante  la 
guerra,  y  serán  proseguidos  activamente,  á  pesar 
de  la  disminución  de  las  rentas  públicas.  Así, 
después  de  dejar  instalada  en  el  extremo  límite 
de  nuestro  dominio  civilizado  una  Estación  de 
ferro-carril,  que  reemplaza  al  fortin  militar  de 
las  fronteras,  vengo  á  presidir  esta  fiesta  deco- 
rada por  los  esplendores  de  la  cultura  mas  avan- 
zada, al  mismo  tiempo  que  escuchamos  el  silbato 
de  la  locomotora  que  nos  llamará  pronto  á  pre- 
senciar su  entrada  tríunfal  en  las  lejanas  Pro- 
vincias del  Norte  de  la  República.  Oigo,  sin 
embargo,  decir  que  estos  hechos  son'citados  como 
signos  de  decadencia.  Debe  haber  una  pasión 
visible  ó  encubierta  tras  de  estas  afirmaciones; 
— y  solo  querría  advertir  á  los  que  las  profieren, 
con  la  gran  voz  del  Dante  Allghieri — «Tomáis 
por  una  noche  profunda  vuestra  sombra  que  pasa 
llena  de  vanidad  «. 

Señores  de  la  Comisión  Auxiliar  del  Parque  3 
de  Febrero :  Habéis  desempeñado  cumplidamente 
vuestra  tarea — Señor  Presidente  de  la  Comisión: 
Después  de  haber  tenido  el  honor  de  la  iniciativa, 
os  ha  tocado  una  parte  principal  en  la  ejecución, 
y  debo  recordar  que  habéis  así  siempre  comple- 
tado las  grandes  faces  de  vuestra  vida  pública, 
uniendo  el  pensamiento  á  la  acción. 

Señor  Gobernador  de  Buenos  Aires — Señores 
de  la  Comisión — Señoras  y  Señores:  Reunámo- 
nos todos  para  entregar  al  dominio  de  la  culta 


124 


AMÉRICA  LITERARIA 


Ciudad  de  Baenos  Aires,  la  primera  sección  de 
sn  vasto  Paseo.  Principiaremos  desde  mañana 
á  consignar  la  estadística  de  sus  concurrentes,  7 
estos  crecerán  cada  ano  por  millares  y  hasta  por 
millones,  cambiándose  de  este  modo  radicalmente 
las  habitudes  sedentarias  que  distinguen  á  las 
poblaciones  de  nuestro  origen.  Los  paseos  públi- 
cos, ejerciendo  una  atracción  irresistible  sobre  la 
masa  de  los  habitantes,  sirven  para  mejorar, 
ennoblecer  y  elevar  los  sentimientos  de  las  mul- 
titudes, y  pueden  contribuir  á  dar  formas  cultas 
y  suaves  á  las  luchas  duras  y  severas  que  engen- 
dra la  vida  democrática.  Hago  votos  para  que 
nuestra  Comisión  escriba  en  uno  de  sus  próxi- 
mos informes,  estas  palabras  que  encuentro  en 
un  discurso  del  Presidente  de  la  Comisión  del 
Parque  Central  de  New- York:  —  //Desde  que 
nuestros  paseos  públicos  son  mas  concurridos, 
nuestras  elecciones  políticas  empiezan  á  ser 
menos  agitadas  //. 

Horas  melancólicas  del  crepúsculo  de  las  tar- 
des, rayos  primeros  del  Sol  naciente,  murmullos 
de  los  vientos  que  formáis  sobre  las  aguas  y 
en  los  bosques  la  voz  doliente  de  las  noches, 
coloco  bajo  vuestros  inefables  misterios  que  os 
ligan  con  los  movimientos  mas  secretos  del  cora- 
zón humano,  las  avenidas,  los  lagos,  los  jardines 
del  Parque  3  de  Febrero.  Cada  generación  ven- 
drá á  mezclar  verdades,  sueños,  pasiones,  al  mo- 
vimiento de  las  hojas  de  sus  árboles,  hasta  que 
la  naturaleza  y  el  hombre,  con  sus  estrechos 
enlaces  y  sus  afinidades  íntimas,  desciendan 
igualmente  bajo  el  eterno  reposo. 

Nicolás  Avellaneda. 

Presidente  de  la  BepúbUoa,  Literato  y  Hombre  de  Estado. 
Buenos  Aires,  1875. 


INAUGURACIÓN  DEL  FERRO-CARRIL  CEN- 
TRAL DEL  NORTE 


(Digotino  del  Presidente  de  la  Bepública) 
SeÑOBES  : 

La  primera  y  la  mas  estensa  Sección  del  Fer- 
ro-Carril del  Norte  queda  inaugurada. 

La  locomotora,  después  de  haber  recorrido 
centenares  de  leguas,  ha  entrado,  por  fin,  en  la 
tierra  prometida, — la  tierra  del  Sol  ardiente,  del 


suelo  fecundo  y  del  laurel  altivo  que  ha  abatido 
sus  frondosas  hojas  para  alfombrar  su  paso. 

Ella  ha  venido:  —  y  ella  es  la  industria,  el 
comercio,  el  arte,  la  ciencia,  la  poesía,  la  condne- 
tora  de  hombres  y  la  regeneradora  de  pueblos. 

Esta  tierra  es  desde  hoy  suya;  y  yo  le  entrego 
en  dominio  perpetuo  los  árboles  de  la  selva  vir- 
gen, la  caña  azucarada,  el  café  aromático,  el  añil 
con  sus  vivos  tintes  y  los  productos  todos  del 
suelo  intertropical,  para  que  los  derrame  pródiga 
y  triunfante  por  los  demás  pueblos  privados  de 
estos  dones. 

Las  creaciones  geológicas  han  pasado  pan 
dar  lugar  á  una  nueva  que  no  es  producida  por 
cataclismos  ciegos — la  transformación  del  mon- 
do por  el  ingenio  humano.  Vivimos  en  esta 
América  los  dias  maravillosos  de  otro  Génesis, 
— y  será  contado  entre  ellos  el  día  en  que  le  vio 
por  vez  primera  á  la  locomotora  partir  desde  el 
magestuoso  Estuario  del  Plata,  agitando  sus  alas 
de  relámpago  y  volando  sobre  rieles  de  acero, 
para  detener,  después  de  breves  horas,  su  carrera 
vertiginosa,  en  el  centro  del  Continente  y  á  la 
falda  del  Anconquija. 

Subiremos  luego  la  montaña  y  espaciando  lai 
miradas  por  los  horizontes  luminosos,  divisare- 
mos desde  las  excelsas  cumbres  los  nuevos  desti- 
nos de  estas  regiones. 

El  primero  y  grande  esfuerzo  está  realindo. 

— La  locomotora  se  encuentra  al  pié  de  los 
Andes. — Los  Andes  están  en  la  América,  para 
atestiguar  nuestros  grandes  hechos.  ^Cnando 
queremos  contar  la  epopeya  de  la  guerra,  deei- 
mos :  —  »  Traspusimos  con  San  Martin  los  An* 
des  tt, — No  ejecutamos  ya  otras  hazañas  sino  las 
del  trabajo  creador  y  pacífico,  pero  no  daremos 
por  terminada  la  tarea,  sino  cuando  podamos 
también  decir: —  u  Hé  ahí  el  último  canto  de  la 
nueva  epopeya. — Las  ramificaciones  de  los  An- 
des no  nos  han  detenido  y  tendemos  el  último  rí^ 
de  fierro  al  frente  de  la  frontera  boliviana. — He- 
mos luchado  con  el  coloso  mismo ;  y  éste  ha  incli- 
nado de  nuevo  ala  ardua  frente  para  ^^paseotn 
vez  el  vencedor^, — Hé  ahí  á  la  locomotora  triun- 
fante, cambiando  la  geografía  del  Continente  f 
ligando  el  Océano  Atlántico  al  Océano  Paoífieo". 

Pero  detengámonos  en  esta  jomada  del  gn^ 
camino. — Hé  ahí  la  gran  Ciudad  del  Tucuman;— 
y  quiero  presentarla  á  los  recien  venidos. 

Era  apenas  una  aldea  y  fué  elegida  como  nna 
trípode,  por  el  genio  de  la  revolución,  para  !»• 


SECCIÓN  LITÉRABIA— BBPÍBLiCA  aegíntina 


125 


sar  desde  su  recinto  aquel  grito  que  hizo  alborear 
los  korisontes  de  medio  mondo.  Creció  desde 
entonces  amando  la  libertad  7  execrando  á  los 
tiranos;  y  cnando  nno  de  eUos  estendia  por  la 
tierra  del  Argentino  sn  ominoso  imperio,  Tnon- 
man  se  levantó  casi  sola  en  santa  y  patriótica 
lucha,  oonyooó  á  sns  hermanas  del  Norte  y  fué 
á  la  gnerra. 

¿Para  vencer P  Nó.  Tenia  tan  solo  la  sed  de 
la  consagración  y  del  martirio :  y  el  noble  pueblo 
se  abrió  estoicamente  las  venas,  para  que  noso- 
tros podamos  hoy  decir  qne  las  tiranías  no  aver- 
güenzan, cnando  han  suscitado  héroes  por  la 
desesperación  y  derramado  hasta  la  fatiga,  san- 
gre de  mártires. 

Todo  esto  ya  pasó.  No  tenemos  hoy  por  delante 
sino  á  Tncnman,  la  industriosa  y  la  bella. 

¿  La  veía  elevando  con  esfuerzo  los  blancos 
campanarios  de  sus  iglesias  sobre  la  corona  de 
naranjos  y  limoneros  que  la  circundan?  El 
naranjo  y  el  limonero  que  producen  flores  y  fru- 
tos, que  embalsaman  el  ambiente  de  las  tardes 
con  sus  perfumes,  alimentan  al  pueblo  y  dan 
techumbre  á  sus  hogares,  son  sus  árboles  predi- 
lectos porque  son  su  emblema,  asociando  lo  útil 
á  lo  bello.^No  hay  suelo  hermoso,  sino  el  suelo 
fecundo. 

Buscaremos  mañana  al  Tucuman  de  la  leyenda 
poética  y  lo  encontraremos  penetrando  en  la 
espesura  de  las  selvas,  escuchando  sus  rumores 
sordos  que  parecen  los  ecos  doloridos  de  una 
lejana  y  vaga  tristeza,  ó  viendo  descomponerse 
los  rayos  vividos  del  sol  sobre  las  copas  movedi- 
zas de  los  árboles,  para  caer  en  hebras  de  luz 
matizadas  de  colores  infinitos. 

Pero  lo  encontraremos  aun  mas,  cuando  haya- 
mos ascendido  sobre  la  cumbre  de  las  montañas, 
en  medio  de  la  transparencia  de  la  atmósfera  que 
aleja  y  hace  desaparecer  los  horizontes,  viendo 
los  bosques  descender  en  graderías  hasta  la  lla- 
nura, y  ésta  abrirse  y  dilatarse  en  panoramas 
formados  por  los  árboles,  por  las  sombras  y  por 
los  variados  matices  del  campo  fértil;  al  mismo 
tíempo  que  el  ojo  abarca  el  mayor  espacio  some- 
tido jamás  á  su  inspección,  el  pecho  se  dilata  y 
se  respira  con  espansion  indecible,  repitiendo 
instintivamente  los  versos  de  Goethe  que  Hum- 
boldt  recordó  en  las  cimas  del  Chimborazo. 
u  Sobre  la  montaña  mora  la  libertad  u. 

Oigo  decir  que  este  Tucuman  poético  desapa- 
recerá en  breve,  porque  el  humo  de  la  locomo- 


tora espesa  la  atmósfera  y  empaña  los  cielos. 
No  lo  creo. 

XJn  país  es  doblemente  hermoso,  cuando  á  los 
maravillosos  aspectos  de  la  naturaleza  se  han 
agregfado  las  creaciones  del  arte.  La  Grecia  no 
desplegó  por  completo  la  fascinación  de  sus 
prestigios,  que  después  de  veinte  siglos  encantan 
aun  la  memoria,  sino  cuando  el  pincel  de  Fidias 
animó  los  blancos  mármoles  de  Paros,  y  cuando 
hubo  atraído  por  el  comercio,  las  industrias  y  los 
cultivos  de  otros  pueblos,  al  mismo  tiempo  que 
los  pintores  imitaban  en  la  pureza  de  sus  líneas 
la  suavidad  de  sus  horizontes  y  los  poetas  busca- 
ban la  luz  fulgente  de  sus  creaciones  en  el  ma- 
jestuoso esplendor  de  sus  cielos. 

La  naturaleza  se  embelleoe  y  se  completa  bajo 
la  acción  fertilizante  de  la  industria. — Lo  que 
vemos,  lo  que  admiramos  en  los  valles  y  en  las 
montañas,  no  ha  tenido  hasta  hoy  por  autores, 
sino  los  tres  artífices  primitivos: — el  aire,  el 
agua  y  la  luz  del  sol.  ¿Cuántos  prodigios  se 
producirán,  cuando  se  agregue  á  ellos  el  trabajo 
viril  é  inteligente,  cuando  ningún  hilo  de  agua 
descienda  de  la  montaña  para  insumirse  estéril, 
cuando  el  árbol  espontáneo  y  el  árbol  cultivado, 
la  fior  de  las  praderas  y  la  fior  de  los  jardines, 
entretejan  sus  ramajes  ó  confundan  sus  per- 
fumes? 

La  inteligencia  humana  habrá  entonóos  pasa- 
do como  un  soplo  de  vida  animando  la  segunda 
creación.  El  nuevo  Tucuman  se  presentará  al 
viajero  transformado  y  embellecido — y  si  Dios 
nos  depara  la  suerte  de  verlo  otra  vez,  lo  saluda- 
remos con  el  grito  de  admiración  del  poeta 
latino:  ¡Oh  mater  pulcra  filia  pulcrior! — Oh  hija 
mas  hermosa  que  iu  madre  hermosa!! 

Señores:  —  El  ferro-carril  que  hoy  inaugura- 
mos, vá  á  ponerse  al  servicio  de  un  pueblo  que 
practica  las  instituciones  libres,  cultiva  el  suelo 
y  educa  á  sus  hijos.' — Ha  sido  acogido  entre 
transportes  de  entusiasmo,  porque  viene  en  hora 
oportuna,  cuando  las  industrias  creadas  lo  espe. 
raban  para  dar  otros  mercados  á  sus  productos. 
— El  azúcar  tucumana  se  consume  después  de 
veinte  dias  en  Córdoba  y  llega  en  estos  momen- 
tos al  Litoral.  La  apertura  de  esta  via  es  así 
bajo  todos  los  aspectos  un  acontecimiento  nacio- 
nal, y  su  influencia  se  hará  muy  pronto  sentir 
en  los  consumos  del  país  entero. 

Señores: — El  hecho  presente,  es  garande,  pero 
no  debemos  absorbemos  en  su  contemplación.— 


126 


AMÉRICA    LITERARIA 


No  nos  es  permitido  olvidar  que  solo  estamos  en 
una  estación  del  camino,  que  las  dos  grandes 
yias  férreas  que  bascan  por  el  Oeste  y  el  Norte 
los  confines  de  la  República,  no  pueden  quedar 
suspendidas,  porque  ellas  llevan  dentro  de  sus 
líneas  paralelas  el  progrreso  para  los  pueblos  j 
la  unidad  para  la  República.  No  hay  crisis  para 
los  trabajos  necesarios  y  ampliamente  reproduc- 
tivos; y  deben  ser  siempre  atendidos  en  los  dias 
de  escasez,  con  poco,  y  en  los  dias  de  abundancia 
con  mucho. 

Permitidme  ahora  una  espansion  personal,  que 
es  la  primera  y  que  será  la  última  en  mis  discur- 
sos públicos. 

He  vuelto  á  mi  ciudad  natal  tras  de  largos 
años — Quería  despuee  de  tantas  fatigas  ver  nue- 
vamente los  rayos  de  su  sol  y  esperaba  anhelante 
las  brisas  tibias  de  la  tarde  que  jugaron  con  mis 
cabellos  de  niño,  para  que  refrescaran  mi  frente 
con  su  blando  y  perfumado  aliento — Doy  gracias 
á  todos,  por  haber  encontrado  esas  acogidas 
penetradas  de  cariño  y  palpitantes  en  su  efu- 
sión, que  identifican  á  un  hombre  con  millares 
de  hombres  y  que  hacen  esperímentar  la  suprema 
de  las  emociones, — la  ebriedad  del  corazón. 

Nicolás  Avellaneda. 

PrMldente  de  la  BepáblicA.  Literato  y  Hombre  de  EeUdo 

Tueuman,  1876. 


LA  poesía 


El  Correo  abre  desde  hoy  una  sección  que 
llevará  por  título  Poesía  Americana.  En  ella 
trataremos  de  reunir  las  inspiraciones  notables, 
las  verdaderas  perlas  de  la  Musa  del  Nuevo 
Mundo,  pensadas  y  escritas  en  el  hermoso  idioma 
castellano,  desde  el  €h)lfo  de  Méjico  hasta  el 
Rio  de  la  Plata,  sin  predilección  hacia  ninguno 
de  los  Estados  en  que  se  halla  subdividida  la 
vasta  tierra  que  fué  conquista  española. 

Una  clasificación  trazada  á  compás,  es  útil 
para  el  estudio  de  las  flores  de  un  herbario;  pero 
importuna  y  fastidiosa  cuando  se  trata  de  flores 
poéticas,  cuya  lozanía  se  agosta  y  cuyo  aroma  se 
desvanece,  desde  que  la  palpa  la  mano  avejentada 
y  pedantesca  de  la  retórica.  Las  nuestras  apare- 
cerán en  desorden,  como  producen  las  suyas  las 
márjenes  de  los  rios  patrios,  desiguales  en  el 


tamaño,  en  el  color,  en  la  forma;  humildes  unai 
y  melancólicas  como  la  flor-del-aire  y  la  pasio- 
naria; otras  arrogantes,  embriagradoras  y  volup- 
tuosas como  la  roaa  de  todo  el  año,  la  díamela  y 
las  encendidas  arirumas. 

Pero  no  por  esto  habremos  de  proceder  tm 
alguna  regla.  Será  la  que  nos  guie,  la  que  está 
escrita  con  caracteres  misteriosos,  en  el  corazón 
de  quien  le  tiene  acostumbrado  á  recojer  tcdaí 
las  gotas  generosas  del  sentimiento,  todas  Us 
chispas  del  entusiasmo,  antes  que  caldas  al  suelo 
se  mezclen  con  el  lodo  ó  con  la  ceniza.  Cuando 
una  página  en  verso  nos  haga  pensar,  ó  nos 
oprima  el  pecho,  ó  nos  acelere  el  movimiento  de 
la  sangre,  la  trasladaremos  inmediatamente  á  lai 
del  Correo,  seguros  de  que  producirá  en  sus  lec- 
tores la  misma  impresión  que  nos  causó  á  nos- 
otros; mostrando  así,  que,  lo  que  se  llama  el  buen 
gusto,  no  es  otra  cosa  mas  que  una  centeUa, 
componente  indispensable  de  toda  alma  humana, 
que  si  no  brilla  á  veces,  es  por  falta  de  un  wp\o 
que  la  avive.  Hé  aquí  nuestra  estética  y  noestrt 
arte  poético. 

Ah!  no  desdeñéis  los  versos,  vosotros  espiritas 
positivos  que  os  afanáis  en  prosa  por  lograr  los 
bienes  tangibles  de  este  mundo !  Reflexioniid  nn 
momento  y  veréis  que  un  endecasílabo  bien  hecho 
tiene  todas  las  calidades  de  una  guinea  inglesa 
—el  sonido  metálico,  el  brillo,  la  gracia  perfec- 
ta del  sello,  la  buena  ley  y  el  peso  íntegro,— 
y  que  por  esta  razón  los  renglones  que  acuñaba 
el  genio  de  Byron,  se  cotizaban  á  la  par  de 
las  libras  esterlinas  sobre  el  mostrador  de  sn 
librero. 

Hay  pobres  de  espíritu,  que  en  servicio  de  lo 
que  entienden  por  moral,  levantan  como  á  mane- 
ra de  un  cordón  sanitario  de  libros  indi  jestos,  en 
tomo  de  las  mariposas  de  su  cariño  que  consti- 
tuyen la  ventura  de  sus  hogares.  Pero  qué,  ¿no 
se  aperciben  que  con  esa  táctica  paraguaya,  las 
echan  á  volar  por  los  desiertos,  espuestas  al  pico 
voraz  de  mil  aves  de  pésima  ralea?  Denlas  por 
el  contrario  un  rumbo  salvador  en  las  correrías 
de  la  imaginación.  Su  mejor  piloto  será  un  poeta, 
y  la  mas  segura  barquilla  de  su  aerostático,  na 
libro  de  versos  selectos.  La  mujer  nacida  en  el 
Paraíso  en  medio  de  fantasías,  seducciones  j 
deseos,  fraguará  á  su  modo,  entre  puntada  J 
puntada  de  su  costura,  poemas  enmarañados  é 
imposibles  que  la  produzcan  vértigo  y  caldas,  si 
no  se  los  dan  hechos  de  antemano  por  algnno  de 


SECCIÓN  LITERARIA — república  argentina 


127 


esos  maest]?os  del  corazón,  diestros  en  educarla 
j  en  oonduoirle  con  riendas  de  seda. 

Las  cosas  mas  vitibles  se  nos  esconden  entre 
las  sombras  d«  nuestras  distracciones.  Desdeña- 
mos la  poe^ia  mientras  que  todo  es  música  7 
poesía  en  la  naturaleía,  puesto  que  cantan  las 
sTes,  susurran  las  ram^  y  los  arroyos,  y  silba 
el  huracán,  tn  las  montañas,  en  la  cima  de  las 
ondas  hinchadas  del  mar.  £1  libro  por  excelen, 
cia,  la  fuentf  perenne  df  la  mejor  moral,  el  que 
rabosa  en  espíritu  de  sabiduría,  ya  que  le  dictó 
el  Espíritu  Santo;  el  código  de  nuestra  religión, 
en  una  palabra,  está  escrito  en  verso  con  el  cála- 
mo de  los  Tates.  David  lo  era,  y  compuso  en  rima 
sa  Salterio  para  que  fuese  mas  digno  de  Jehová. 
Job  se  lamenta  en  consonantes  hebraicos,  y  los 
Profetas  vieron  lo  futuro  porque  estaban  dota- 
dos con  los  ojos  inspirados  de  aquellos  seres  que 
Tíven  en  el  porvenir. 

Por  consentimiento  unánime  de  las  naciones 
eivilisadas,  los  maestros  primeros  de  la  juventud 
8on  los  poetas.  Virgilio,  Horacio,  desde  que  rena- 
cieron las  letras,  son  quienes  abren  las  puertas 
del  alma  á  la  claridad  de  lo  bello,  imprimiendo 
el  carácter  de  su  inteligencia  á  cuantos  cultivan 
sus  facultades  intelectuales  en  las  escuelas  y 
liceos.  Sus  nombres,  sus  gustos,  sus  ideas,  á 
manera  de  ondas  que  cunden  sin  detenerse  ni 
agotarse,  pasan  de  generación  en  generación, 
rejuveneciéndose  por  medio  de  mil  traducciones 
y  comentarios  que  dan  á  luz  las  imprentas  de 
ambos  mundos. 

Los  grandes  reyes  y  los  héroes  famosos,  nece- 
sitan para  no  caer  en  profundo  olvido,  que  la 
muio  piadosa  de  la  historia  los  levante,  de  tiem- 
po en  tiempo,  de  sus  tumbas.  Los  grandes  poetas 
áempre  están  vivos  en  la  memoria,  y  nacen  dia 
á  dia,  como  soles,  sobre  el  inmenso  horizonte  de 
la  literatura. 

El  poeta  es  el  único  mortal  que  se  trasustan- 
cie  en  pueblo  y  se  convierta  en  muchedumbre;  el 
único  capaz  de  interpretar  en  lo  presente,  en  el 
üempo  que  fué,  en  el  que  ha  de  venir,  la  índole, 
el  sentimiento  y  las  aspiraciones  de  toda  una 
nación.  El  alma  de  Schiller  es  el  alma  de  la 
Alemania.  Dante  es  después  de  seis  siglos,  el 
representante  lejítimo  de  la  Italia,  en  el  dia  que 
se  incorpora  unida  y  casi  íntegra  en  la  Asam- 
blea de  las  naciones  independientes.  Los  dias  de 
esos  mortales  se  cuentan  por  centurias,  y  las 
fiestas  natalicias  que  se  les  consagra,  son  solem- 


nidades seculares  como  las  que  la  antig^io^lad 
consagraba  á  los  Dioses. 

El  hálito  de  los  pechos  que  ellos  saben  conmo- 
ver, es  el  fluido  que  los  levanta  á  tan  eminentes 
alturas.  Todas  las  opiniones,  todas  las  ciencias, 
los  intereses  mas  rivales,  se  ponen  de  acuerdo 
para  aplaudirlos  y  para  amarlos.  Son  como  luce- 
ros del  cielo  estrellado,  sublimes,  hermosos  para 
cuantos  pueden  levantar  la  vista  mas  arriba  del 
techo  de  sus  casas. 

La  sing^aridad  de  este  destino  de  los  poetas 
se  esplica  por  la  función  que  desempeñan:  está 
prevista  por  el  mismo  Dios.  Si  el  océano  oare' 
ciese  de  ciertas  sales  con  que  le  dotó  aquel  gran 
químico,  sus  aguas  estarían  muertas  y  pestilen- 
tes como  las  de  un  lago  maldito.  La  poesía  es  el 
grano  de  aroma  que  mantiene  incorruptible  á  la 
sociedad  que  se  ajita  en  el  piélago  de  sus  malas 
pasiones.  Es  la  oración  al  cielo  que  nos  le  vuelve 
propicio  y  nos  alcanza  su  misericordia;  es  el 
vínculo  de  unión  de  nuestros  espíritus  con  el 
eterno  espíritu.  Allí  donde  hay  poesía,  hay  san- 
tidad, consuelo,  alegría,  porque  ella  es  bálsamo, 
brísa  y  luz. 

Su  poder  se  manifiesta  y  se  encierra  en  un 
átomo,  como  el  incendio  en  una  chispa.  Tanto 
puede  contenerse  en  un  poema  como  en  un  ren- 
glón, y  basta  una  pajina  inspirada  de  poesía 
para  inmortalizar  el  nombre  de  quien  la  sus- 
cribe. Santillana,  Manriquez,  Cetina,  Alcázar, 
son  nombres  imperecederos  en  la  literatura  poé- 
tica de  la  España,  y  sin  embargo  las  obras 
completas  de  estos  afamados  autores  podrían 
contenerse  en  veinte  pajinas  in  8°.  Con  la  mejor 
prosa  no  habrian  conseguido  semejante  milagro, 
ni  llegar  hasta  los  tiempos  actuales  presentando 
tan  cortos  renglones  como  título  á  la  celebridad. 
D.  Alfonso  Tostado,  por  ejemplo,  con  todo  el 
bagaje  de  sus  veintisiete  infolios  de  opera  amma, 
apenas  es  conocido  per  uno  que  otro  teologazo  y 
por  la  polilla,  y  solo  ha  conseguido  con  su  prodi- 
giosa facundia  que  se  le  tenga  por  modelo,  un 
tanto  irrisorio,  de  constancia  en  ennegrecer 
papel  blanco. 

La  lectura  de  los  poetas  es  una  necesidad 
impuesta  por  la  naturaleza,  é  impera  tanto  en 
nosotros  como  la  de  nutrimos.  Hasta  las  horas 
de  este  pasto  de  nuestra  sensibilidad,  están  seña- 
ladas en  la  sabiduria  de  su  código.  Al  comenzar 
el  dia,  entre  el  rumor  de  los  aires  mansos  y  las 
agracias  á  Dios  u  de  los  seres  que  despiertan  del 


128 


AMERICA  LITERARIA 


rueño;  en  la  tarde,  á  la  liu  mustia  del  último 
rayo  del  sol  que  nos  abandona,  esperímentamos 
ciertas  sensaciones  yagas  j  melancólicas  caja 
significación  solo  pnede  dárnosla  la  ciencia  del 
alma,  que  es  la  poesía.  Entonces  apelamos  á  los 
poetas,  7  ellos  nos  preparan  con  sus  himnos 
armoniosos  á  comprender  la  solemnidad  del  dia 
6  de  la  noche  en  que  Tamos  á  entrar,  y  á  condu- 
cimos como  hombres  durante  las  veinte  y  cuatro 
horas  de  ese  instante  que  media  entre  la  aurora 
j  el  ocaso  del  sol. 

8i  hay  cielos  y  climas  propicios  á  la  imajina- 
oion  como  los  de  Grecia  é  Italia,  deben  contarse 
entre  ellos  los  del  Nuevo  Mundo,  en  donde  sus 
primeros  descubridores  creyeron  hallar  el  Pa- 
raíso terrenal,  y  admiraron  constelaciones  desco- 
nocidas y  esplendentes.  No  solo  el  mundo  mate- 
rial se  agrandó  con  el  hallazgo  de  América, 
sino  que  tomó  creces  con  él  la  fuerza  intelectual 
del  hombre,  á  quien  vemos  desde  ñnes  del  siglo 
XY,  desplegar  mayor  inventiva  y  audacia.  Colon, 
piloto  y  cosmógrafo,  se  transforma  en  poeta  en 
presencia  de  las  primitivas  y  fragantes  florestas, 
y  dirijo  á  los  Reyes  Católicos  aquellos  bellísimos 
trozos  de  poesía  descriptiva,  rebosando  en  pro- 
fundo sentimiento  de  la  naturaleza,  que  la  histo- 
ria nos  ha  dado  á  conocer  con  el  humilde  título 
de  cartas.  Su  vida  misma  es  una  odi<«ea,  así 
como  las  narraciones  de  las  proezas  de  los  con- 
quistadores  pueden  considerarse  como  Romance- 
ros escritos  con  sus  espadas  tintas  en  sangre  de 
indíjenas. 

Pero  existen  hechos  mas  positivos  para  demos- 
trar la  influencia  que  nuestro  continente  ejerce 
sobre  las  facultades  de  crear  y  de  sentir.  Los 
españoles  no  han  notado  esos  hechos  ó  intenoio- 
nalmente  los  han  dejado  sin  mención,  siendo  así 
que  se  manifiestan  por  sí  mismo.  ¿  Cómo  podrá 
negarse  que  la  musa  épica  de  los  castellanos,  es 
Una  Amazona  americana?  En  sus  manifestacio- 
nes mas  robustas  y  bellas,  es  hija  lejítima  y  fruto 
propio  de  las  rejiones  vírjenes  en  donde  la  luz, 
el  aire,  el  agfua,  los  vejetales,  revelan  misterios 
al  pensamiento  y  á  la  espresion  de  quienes  com- 
prenden y  oyen  ese  lenguaje. 

Convienen  los  mejores  críticos  en  que  los  poe- 
mas sobresalientes  del  parnaso  de  nuestros  padres 
son  tres:  la  Araucana,  el  Bernardo  y  la  Cristia- 
da.  Pues  bien,  todos  tres  fueron  escritos  en 
América.  El  primero,  por  el  noble  batallador 
EroiUa;  el  segundo  por  un  obispo,  maestro  tanto 


ó  mas  que  Ovidio  y  Petrarca  en  achaques  dri 
corazón,  apellidado  Yalbuena;  el  tercero  por  u 
santo  varón  que  parece  embriagado  en  el  amor 
del  crucificado  cual  hubiera  bebido  el  vino  hecho 
sangre  de  la  última  cena.  En  estas  tres  produe- 
clones  resalta  sin  esfuerzo  el  sello  impreso  por  al 
lugar  en  que  fueron  concebidos.  Las  octavas  de 
Ercilla  resuenan  como  clarines  de  guerra  y  pin- 
tan caracteres  inquebrantables  y  hechos  de  bra- 
vura y  de  patriotismo  dignos  de  los  hijos  jtmis 
domados  de  las  selvas  y  breñas  de  Araaoo.  Ls 
impetuosa  fantasía  de  Yalbuena  corre  con  extre- 
mada libertad  en  sus  cantos  y  compUcadoe  ^iso- 
dios,  á  remedo  del  magnífico  desorden  con  qos 
la  naturaleza  sembró  los  bosques  de  ceibas  y 
desató  los  tortuosos  torrentes  sobre  el  suelo  de 
las  Antillas.  T,  bajo  la  apacible  atmósfera  de  ls 
ciudad  de  los  Reyes  ¿  qué  otras  inspiraciones  que 
las  del  amor  y  de  la  caridad  pudieran  despertane 
en  las  sensibles  entrañas  del  Padre  OjedaP 

Antes  que  la  civilización  cristiana  penetrtse 
en  América,  era  ya  muy  estimado  en  eUa  el 
talento  poético. 

Algunos  príncipes  mejicanos,  difundieron  lie 
máximas  de  la  moral,  lloraron  su  esplendor  de- 
caído y  celebraron  los  primores  de  la  naturale- 
za, bajo  las  formas  de  la  poesía.  El  nombre  de 
Haravicus  con  que  se  distinguían  los  vates  du- 
rante el  reinado  de  los  Incas  Peruanos,  significa 
en  lengua  de  los  mismos,  inmenlor,  probando  ssi 
que  exijian  de  sus  cantores  el  ejercicio  de  la  nuu 
alta  facultad  del  espíritu  humano.  La  voz  de  los 
haravicus,  según  el  testimonio  de  Garsilaso,  se 
alzaba  en  los  triunfos,  en  las  grandes  solemnida- 
des del  imperio;  y  sus  poesías  como  la  historia 
estaban  destinadas  á  perpetuar  el  recuerdo  de  las 
hazañas  y  de  los  acontecimientos  nacionales. 

Mas  no  por  eso  estaba  encerrada  esclusivamen- 
te  la  poesía  en  aquellos  emporios  de  civilisaci(m 
antigua.  Las  tribus  indómitas  que  inspiraron 
los  cantos  de  Ercilla,  tenían  sus  Jempin  nombre 
espresivo  que  significa  «'dueños  del  decir*, y  qne 
comviene  perfectamente  á  los  poetas  de  Araaoo, 
estando  á  la  opinión  de  uno  de  sus  mas  afamados 
cronistas. 

Quienes  adoraron  al  astro  del  dia  como  ánade 
sus  primeras  divinidades,  debieron  esperimentar 
el  entusiasmo  que  distingue  al  poeta,  ayudándo- 
se para  espresarlo  de  las  imajénes  pintorescas 
propias  de  los  idiomi^  primitivos.  Por  esa  raion 
I   es,  que  según  los  viajeros  en  América  y  sus  M" 


dECCION  LlTEBABIA—BiPÚBLiCÁ  aroentiná 


129 


BMroK»  biftoriadores,  oad  no  haj  una  tribu,  ya 
mmn  en  las  llanuras  6  en  las  montañas,  que  no 
p<í6ea  sus  Yarones  inspirados  y  su  poesía  mas  6 
menos  rústioa. 

Cuando  la  lengua  de  Castilla  se  arraigó  en  la 
parte  meridional  de  nuestro  oontinente,  sus  hijos 
eariqueeieron  á  la  madre  patria  ^no  menos  oon 
les  tesoros  de  su  suelo  que  oon  sus  aventajados 
talentos  que  íeoundisa  un  sol  ardiente  y  desar^ 
rolla  una  naturaleía  grandiosa  y  magnítíca^v  <i). 
Ellos  oantaron  en  el  habla  de  Mena  y  de  León, 

no  oon  rodft  uunpoña 
tino  oon  lira  grare    <2) 

y  muchas  y  muy  losanas  hojas  del  Laurel  de 
Apolo,  dejó  caer  el  monstruo  de  los  ingenios 
españoles  sobre  sienes  amerioanas. 

D.  Juan  de  Alaroon,  guia  del  gran  Oomeille 
en  sus  mas  celebrados  adertos,  y  la  virgen  meji- 
osna  (Sor  Juana  Liés  de  la  Cruz),  no  son  los 
unióos  nombres  gloriosos  del  Parnaso  Ameri- 
cano en  la  época  colonial.  Oña,  Castellanos* 
Agoirre,  Delso,  Olayide  son  los  precursores  de 
Nsfarrete,  que  riyaUsa  con  el  autor  de  la  i'  Noche 
Serena^  en  elevación  y  candor;  de  Gbrostisa, 
que  logró  colocarse  á  la  par  de  Moratin,  entre 
Martines  de  la  Bosa  y  el  fecundo  Bretón  de  los 
Herreros,  y  de  otros  muchos  que,  como  Lavarden 
en  el  Bio  de  la  Plata,  cultivaban  la  literatura 
poética  espontáneamente  y  casi  sin  estímulo. 

Por  entonces  el  sonido  de  las  liras  americanas 
se  perdia  entre  el  grande  concierto  de  las  espa- 
ñolas: el  hilo  de  agua,  por  decirlo  así,  se  engol- 
faba sin  dejar  huella  en  el  mar  ¿  cuyo  aliento 
oontribuia.  Pero  la  revolución  política  que  con- 
virtió los  Vireynatos  en  Repúblicas,  encordó  con 
bronce  aquella  lira.  Y  como  la  única  ocupación 
de  los  braios  fué  el  manejo  de  la  espada,  y  la 
vieloria  la  esclusiva  inspiratrix  del  ingenio,  el 
carácter  de  la  poesía,  durante  la  lucha  de  la 
emancipación,  fué  puramente  guerrero. 

Entonces  canta  Femandes  Madrid  al  Podre 
de  Colombia  y  á  los  LibertadoreM  de  VeneMuela ; 
Lopes  entona  su  himno  imperecedero;  Olmedo 
etemisa  el  nombre  de  Juntn  á  par  del  suyo;  y 
otros  muchos,  entusiastas  y  nobles,  siguen  el 
Mrre  de  la  victoria  hasta  el  término  de  su 


(1)  D.  I.  Ochoa—TMoro  del  Teatro  Español,  T.  Y. 

(2)  Lope  do  Vega — 'Laarel  de  Apolo*,  publicado  por  pri* 
Tes  en  1080,  haUando  de  nn  antiguo  poeta  dtOeno. 


De  entonces  hasta  los  dias  actuales,  toma  la 
poesía  otra  dirección  en  América. 

Los  poetas  pudieron  pensar  en  sí  mismos  é 
interesar  oon  sus  dolores  ó  con  sus  dichas  perso- 
nales. Las  flores,  el  cielo,  la  mujer,  la  natura- 
leza, la  tradición  histórica,  los  recuerdos,  en  ñn, 
Idjos  del  silencio,  entraron  como  colorido  en  el 
pincel  del  poeta.  Aquellos  mismos  que  antes  can- 
taron á  los  héroes,  cantan  á  las  Roscu,  ó  vierten 
á  la  lengua  materna  las  descripciones  de  Delille 
ó  los  pensamientos  de  Pope.  Pesado  traduce  á 
David  y  se  inspira  en  los  sagrados  libros.  Várela 
(infatigable  atleta  poético)  traduce  á  Horacio  y 
muere  con  la  Eneida  en  la  mano,  esforzándose 
por  continuar  la  versión  de  este  poema. 

Todos  nuestros  escritores  en  verso  han  res- 
petado religiosamente  las  conveniencias  de  la 
decencia  y  de  la  moralidad  y  cada  uno  ha  podido 
escribir  al  frente  de  sus  producciones  estas  pala- 
bras de  un  vate  de  la  antigüedad:  ^ Sacerdote 
de  las  Musas,  canto  para  las  almas  inocentes  y 
puras,  u  La  trivialidad  no  tiene  sonido  en  la  lira 
americana.  Sus  notas  son  levantadas  y  nobles, 
como  son  grandiosos  los  objetos  de  la  naturaleza 
que  la  inspira.  El  cinismo  y  las  provocaciones  á 
la  risa,  propias  de  las  literaturas  aolycosas  y 
artificiales,  se  buscarán  en  vano  entre  los  bue- 
nos versos  firmados  por  nuestros  poetas. 

Téngase  presente  que  el  poeta  americano  es 
un  ser  activo,  mezclado  al  movimiento  de  la  vida 
social;  ya  magistrado,  ya  orador  parlamentario, 
ora  ministro  de  Estado,  ora  capitán  de  una  com- 
pañía ó  general  de  un  ejército:  escribe  en  verso 
cuando  el  sentimiento  ahoga  por  su  abundancia 
la  idea  que  solo  en  prosa  tendria  representación 
adecuada,  ó  cuando  quiere  apoderarse  de  la  ima- 
gpinacion  de  sus  conciudadanos. 

Esta  gran  familia  que  sentamos  en  el  hogar 
de  estas  páginas,  no  se  compone  de  miembros 
contemplativos,  aislados  de  la  sociedad  á  que 
pertenecen,  ni  de  meros  artifioes  de  producciones 
literarias  encomendadas  por  un  editor,  ó  escritas 
por  oficio.  Es  la  familia  de  la  América  militante 
representada  por  sus  hijos  mas  genuinos,  por  los 
corazones  mas  ardioites,  por  las  mentes  mas 
claras:  es  la  América  pensadora  revelando  su 
civilización  actual  y  anunciando  la  que  la  espera 
para  lo  futuro.  Léanse  sus  cantos  y  se  verá  que 
esa  civilización  es  tan  perfecta  como  puede  exi- 
girla el  siglo;  que  tiene  por  base  la  generosa 
libertad,  amor  al  hombre  oomo  á  lo  bello,  interés 


130 


ÁMÉEICA  LITEEAEIA 


hacia  todos  los  problemas  cuya  resolución  inte- 
resa á  la  humanidad  y  nna  fé  ciega  en  los  bie- 
nes prometidos  por  la  democracia,  cuyo  estable- 
cimiento radical  es  la  obra  del  presente  para 
repúblicas  del  habla  española. 

Juan  Mabia  Gutiérrez, 

Utento.  Poeto  «  Htttoiiador. 


LAMARTINE 

La  noticia  de  la  muerte  de  Mr.  de  Lamartine, 
cundió  por  el  mundo  como  un  relámpago  que 
iluminase  una  tumba;  tumba  sagrada  del  genio, 
cuya  herencia  recoge  ya  la  posteridad  enterne- 
cida. La  gran  voz  que  se  ha  apagado  para  siem- 
pre, no  resonó  solamente  en  el  corazón  de  la 
Francia.  Esa  voz  pura  y  melodiosa  en  sus  cantos, 
atronadora  y  sublime  en  las  borrascas  políticas  y 
en  la  defensa  de  la  humanidad,  de  la  libertad,  de 
la  justicia  y  de  la  patria,  se  derramó  por  los 
ámbitos  de  la  tierra  durante  medio  siglo  en 
ondas  vibrantes  de  grandiosa  elocuencia. 

Y  taiibien  nosotros  poníamos  el  oido  á  esos 
acentos  inspirados,  ya  nos  llegasen  bajo  la  forma 
de  tiernas  elegías,  de  flamantes  odas,  ya  en  ora- 
ciones magníficas,  y  fijos  los  ojos  en  la  brillante 
constelación  de  las  obras  del  insigne  escritor,  no 
nos  cansábamos  de  admirar  hasta  en  las  negli- 
gencias y  en  las  rápidas  improvisaciones  de  su 
fecunda  vena,  la  variedad  maravillosa  y  la  vasta 
plenitud  de  su  talento.  El  manantial  copioso 
dónde  todos  hemos  ido  á  refrescar,  á  ennoblecer 
nuestro  espíritu,  ha  cesado  ya  de  brindamos  sus 
cristalinas  aguas.  ;  Lamartine  no  existe ! . . . 

Si  la  naturaleza  tuviese  el  sentimiento  de  las 
cosas.  Horaria,  sin  duda,  al  mas  gentil  de  sus 
amantes.  El  meditó  sobre  sus  secretos  augustos, 
la  contempló  reconcentrado  en  sí  mismo  oon  el 
pensamiento  en  las  alturas,  de  donde  bajaba  for- 
talecido á  sondear  los  abismos  del  corazón  huma- 
no; habló  de  ella  en  el  idioma  de  Platón  cuando 
á  orillas  del  Iliso  dejaba  correr  su  libre  y  gene- 
rosa facundia;  la  pintó  oon  los  colores  arrebata- 
dos al  iris;  aprendió  para  traducírnoslo  en  versos 
fáciles,  imitativos  y  cadentes,  el  murmullo  de  los 
vientos,  el  canto  de  los  pájaros,  el  fragor  de  los 
torrentes  en  la  agreste  montaña  y  las  ondula- 
ciones armónicas  de  aquel  lago  romántico,  tran- 


quilo espejo  de  los  délos,  donde  todos  hemos 
navegado  alguna  vei,  y  que  columpió  en  su 
olas  suspirantes  la  frágil  barca  de  su  felicidad  y 
de  su  amor,  eternizado  por  su  numen  divino. 

¿En  qué  tiempos,  bajo  qué  estrella  pareció 
en  las  letras  el  inspirado  vateP  ¿Cuál  fué  ú 
carácter  de  sus  obras,  su  influencia  literaria  7 
el  papel  que  le  tocó  representar  en  su  peregri- 
nación por  este  mundo  P  A  tales  interrogadones 
apenas  se  puede  contestar  en  el  limitado  eq>aoio 
de  un  periódico.  Pero  haremos  lo  que  los  viaje- 
ros que  pasan  rápidamente  por  las  costas  de  Is 
Ática:  dibujaremos  las  clásicas  cumbres  á  Is 
vista  y  las  columnas  en  pié  de  los  templos  der- 
ruidos. 

La  época  en  que  el  poeta  empezó  á  flgurar,  es 
ya  del  dominio  de  la  historia. 

Alejandro,  dice  Séneca,  arrebató  á  las  ciuda- 
des de  la  Grecia  lo  mejor  que  tenían :  la  libertad 
á  los  Lacedemonios,  la  elocuencia  á  los  atenien- 
ses. Otro  tanto  pudo  decirse  de  Napoleón  i  y  de 
la  Francia.  Allí  el  canon  tenia  la  palabra.  £1 
estro  radiante  de  juventud  de  Andrés  Ghenier 
se  habia  eclipsado  entre  vapores  de  sangre,  mien- 
tras el  eco  de  sus  himnos  se  perdía  confundido 
en  el  estrépito  de  los  clarines  de  Austerlitz  y 
Marengo.  Las  3f  usas,  estremecidas,  habían  huido 
al  fondo  de  los  bosques  sagrados.  Entretanto, 
las  huestes  imperiales,  en  la  embriaguez  de  sa 
gloria,  soñaban  con  avasallar  el  universo,  olvi- 
dando lastimosamente  el  César,  su  soberbio  cau- 
dillo, que  no  las  armas,  sino  las  ideas,  tienen  el 
poder  de  perpetuar  sus  conquistas.  Vino  la  Bes- 
tauracion  y  con  ella  una  especie  de  renacimiento 
de  las  buenas  letras,  que  hacia  recordar  la  época 
de  Luis  ziv  ó  de  los  Médicis. 

Lamartine  ha  narrado  con  maestría  ese  perio- 
do brillante  de  la  historia  y  de  la  literatura  de 
su  patria,  pero  sin  asignarse  en  éí  la  parte  prin- 
cipal que  le  cupo  en  la  dirección  de  los  ánimos, 
al  lado  de  Mme.  de  Stael  y  de  Mr.  de  Chateau- 
briand, ni  señalar  el  encanto  oon  que  mas  pro- 
fundamente que  nadie  penetró  en  las  almas  y  se 
inmortalizó  en  la  memoria  de  los  hombres. 

Sus  Meditaciones  cayeron  sobre  la  frente  dolo- 
rida de  la  Francia  como  una  guirnalda  de  flores 
venida  del  Olimpo.  Todos  se  apresuraron  á  aspirar 
aquellos  perfumes  nuevos  y  agrestes,  que  al  diz 
siguiente  de  las  pavorosas  refriegas,  hacían  soñar 
con  las  delicias  de  la  Arcadia.  Aquellos  versos  He- 
nos de  luz  y  de  rocío  refrescaban  el  alma.    Lss 


SECÓION  LITERABIA— REPÚBLICA  argentina 


131 


armonías  de  la  radiante  juventad  se  desprendían 
de  aquella  Ura  de  oro,  como  de  un  manantial  guar- 
dado por  el  ángel  de  los  dulces  recuerdos  y  de  las 
lágrimas  espontáneas  y  puras.  El  Parnaso  fran- 
cés no  conocía  esos  acordes.  Bonsard,  coronado  en 
los  juegos  florales,  que  á  pesar  de  su  pedantesca 
erudición  j  de  sus  extravagantes  neologismos, 
tuTO  en  la  oda  titulada:  i' De  la  elección  de  mi 
sepulcro  n  acentos  de  verdadera  ternura:  Du  Be- 
llay,  ensalsando  á  Venus  en  sus  u  Juegos  rústi- 
cos «  con  ligereza  y  gracia  inimitables:  Bertaut, 
cantando  en  ondulantes  estrofas,  que  un  siglo 
entero  lia  repetido,  el  recuerdo  de  la  felicidad 
pasada:  Mallierbe,  el  severo  y  cadencioso  depu- 
rador de  la  lengua:  Juan  Bautista  Rousseau,  en 
sus  odas  solemnes  y  sus  angélicas  cantatas:  Le- 
franc  de  Pompignan,  en  los  raptos  líricos  de  sus 
poesías  místicas  tomadas  de  los  salmos  y  de  las 
profecías:  los  enamorados  caballeros  Bertin,  y 
de  Pamy,  comparado  por  sus  contemporáneos  á 
Tibulo:  Millevoye,  el  conmovido  cantor  de  ^El 
poeta  moribundo  u  j  áe  ^  La  caída  de  las  hojas  » ; 
Andrés  Cbenier,  bañado  en  los  esplendores  in- 
mortales de  la  musa  antigua,  todos  ellos  repre- 
sentantes del  lirismo  francés  en  su  mas  alta 
espresion,  no  dan  una  idea  de  la  nueva  poesía 
que  se  presentaba  llena  de  unción  patética,  de 
elegíante  molicie,  de   voluptuosa  morbidez,   de 
incensado  misticismo,  de  melancolía  arrobadora 
y  estática.  Circulaba  en  esos  versos  radiosos  el 
soplo  virginal  de  la  aurora  y  brillaba  en  ellos 
como  un  reflejo  del  alma  tierna  de  Petrarca- 
Tenían  la  transparencia,  la  melodía  que  se  ad- 
mira en  las  composiciones  de  Kacine,  y  á  veces 
la  vigorosa  entonación  y  la  sublimidad  de  Cor- 
neille.  El  poeta  había  bebido  en  todas  las  fuentes 
de  la  inspiración :  Dios,  la  naturaleza,  el  arte  y 
el  amor.  Empero  lo  que  dominaba  en  sus  cua- 
dros era  principalmente  el  colorido,  la  frescura, 
la  luz.     El  numen  de  Lamartine  flotaba  en  el 
éter  como  en  su  elemento  natural.  El  conocía 
las  altas  cumbres  donde  tronaba  el  genio  volcá- 
nico de  Byron,  y  donde  mas  tarde  debía  remon- 
tarse el  genio  de  Hugo,  para  recorrer  los  espa- 
cios como  el  profeta  Elias  en  su  carro  dé  fuego; 
pero  amaba  mas  los  valles  nativos,  llenos  de  re* 
cuerdos  y  de  apacibles  sombras, — la  gruta  mus- 
gosa donde  la  Náyade  murmura  á  las  violetas 
pálidas  «US  mas  dulces  secretos, — el  penacho  de 
humo  de  la  cabana  del  pastor  perdiéndose  entre 
los  celajes  de  una  tarde  de  otoño, — ^las  frescas 


islas  del  golfo  de  Ñápeles  donde  un  día  debía  de 
encontrar  á  Grazíella,  semejantes  en  su  perpetuo 
júbilo  á  las  cestas  de  flores  que  las  canéforas 
griegas  alzaban  graciosamente  en  sus  brazos  en 
las  fiestas  de  las  Panaténeas. 

Confidente  de  la  naturaleza,  dejábase  arrullar 
por  todas  sus  caricias.  La  índole  de  su  talento 
se  avenía  mal  á  los  impetuosos  arranques  de  la 
imaginación,  de  donde  proviene  que  el  horror, 
las  pasiones  en  convulsivo  tumulto,  no  entraban 
en  el  dominio  de  su  imperio.  La  poe^a,  decía  él, 
*t  es  la  emoción  por  lo  bello  n,  y  bajo  el  influjo 
de  esta  idea  y  de  este  sentimiento,  hermoseó 
cuántos  objetos  rozaron  las  alas  de  su  rutilante 
fantasía.  No  es  esto  decir  que  no  se  encumbrase 
á  elevadas  esferas.  Su  vuelo,  sin  embargo,  no  es 
el  del  águila,  sino  el  de  la  paloma;  la  paloma 
que  lleva  en  el  pico  la  rama  de  olivo,  símbolo 
de  paz  y  de  esperanza.  Lamartine  entró,  pues, 
triunfante  por  las  puertas  de  la  vida.  A  sus  pri- 
meros ensayos,  acogidos  con  tan  calorosos  aplau- 
sos, siguieron  multitud  de  poemas,  ora  coleccio- 
nados, ora  sueltos,  raudal  armonioso  de  noble  y 
elevada  poesía. 

¿A  qué  reflexiones,  á  qué  influjo  se  sometió  su 
ingenio?  (jQué  rayo  celeste  coloreó  y  maduró  el 
fruto  de  su  imaginación  ?  ¿  Cuál  era,  según  él,  la 
misión  excelsa  reservada  á  la  poesía  en  la  socie- 
dad moderna?  Nosotros  principalmente  creemos 
en  los  instintos  soberanos,  que  en  las  naturalezas 
superiores  atizan  el  fuego  de  la  inspiración.  No 
obstante,  dejemos  hablar  á  Lamartine;  él  nos 
dará  la  clave  de  sus  convicciones  artísticas.  En 
el  prólogo  de  las  '^ Meditaciones^,  interrogán- 
dose respecto  al  carácter  que  debe  revestir  la 
poesía  en  nuestros  días,  y  á  su  tendencia  mas 
natural  y  declarada,  se  contesta  á  sí  propio:  '  la 
poesía  será  la  razón  cantada;  hé  ahí  por  largo 
tiempo  su  destino;  será  filosófica,  política,  social, 
como  las  épocas  que  el  género  humano  vá  á 
atravesar;  será  íntima,  sobretodo,  personal,  me- 
didativa  y  grave;  no  ya  un  juego  del  espíritu, 
un  capricho  melodioso  del  pensamiento  ligero  y 
superficial,  sino  el  eco  profundo,  real,  sincero, 
de  las  mas  altas  concepciones  de  la  inteligencia, 
de  las  impresiones  mas  misteriosas  del  alma; 
será  el  hombre  mismo  y  no  solo  su  imagen,  el 
hombre  sencillo  en  su  perfecta  integridad,  u 

No  bastaba  á  la  poderosa  organización  del 
poeta  el  dulce  clima  de  las  verdes  colinas  donde 
le  coronaron  las  Musas.   Necesitaba  mas  ámbito 


láá 


AMÉRICA  tilTÉÉAftíA 


y  mas  luz:  partió  para  el  Oriente.  Lnegfo  él 
mismo  escribió  su  espléndida  odisea,  llena  de 
interesantes  peripecias,  de  mórbidos  y  pastosos 
paisajes,  de  resplandecientes  descripciones,  de 
reflexiones  profundas,  de  amena  y  galana  emdi. 
cion.  De  melta  á  sus  bog^ares,  despnes  de  la 
revolución  de  Julio,  el  Toto  de  sus  conciudadanos 
lo  elevó  al  Parlamento.  La  tribuna  fué  para 
Lamiurtine  el  Sinaí  dónde  la  libertad  vino  ¿ 
iniciarle  en  sus  grandezas.  Allí  el  idealista  soña- 
dor, e8pai;piendo  tesoros  de  sublime  doctrina, 
mientras  bombres  prácticos  discuten  las  cuestio- 
nes políticas,  se  ocupa  de  las  cuestiones  sociales 
bajo  el  punto  de  vista  humanitario  y  filosófico. 
Sus  colegas,  que  admiran  su  facundia,  se  sonrien 
de  su  fé  candorosa.  Mas  el  mundo,  poco  atento  á 
los  detalles  administrativos  calorosamente  deba- 
tidos en  la  Cámara  francesa,  escucba  con  entu- 
siasmo creciente  al  fervoroso  tribuno  que  defien- 
de la  libertad  en  las  costumbres  y  en  las  leyes, 
y  que,  inspirándose  en  el  evangelio,  propugna  en 
magníficas  arenga.s  por  la  emancipación  de  los 
esclavos,  la  abolicicm  de  la  pena  de  muerte  y  la 
fraternidad  universal. 

Cercano  estaba  el  tiempo  en  que,  conquistan- 
do la  opinión,  bablaria  al  pueblo  desde  una  mas 
encumbrada  eminencia.  El  orador,  como  si  qui- 
siera levantar  un  pórtico  por  donde  pasase  la  Be- 
pública,  escribe  la  »  Historia  de  los  Girondinos  </, 
que  no  es  sino  la  dramática  epopeya  de  la  revo- 
lución francesa.  En  vano  ba  de  buscarse  en  este 
libro  famoso  aquella  simplicidad  tan  recomenda- 
da por  Quintiliano  y  por  Lengüino.  El  pensa- 
miento, en  él,  á  modo  de  una  ave  de  riquísimo 
plumaje,  se  guarece  en  la  frondosidad  del  estilo, 
que  corre  oon  un  clarisimo  resplandor  de  pala- 
bras, fluido,  insinuante  y  vivaz,  á  través  de  las 
atrevidas  metáforas  y  de  deslumbrantes  hipér- 
boles, buscando  el  cauce  profundo  de  las  ideas 
que  por  todas  partes  se  desbordan.  En  esa  obra 
monumental  y  excesiva,  que  seduce,  contra  los 
preceptos  del  arte,  y  en  que  el  historiador  parece 
haber  escrito  sus  juicios  sobre  la  tripode  ardiente 
de  la  Pitonisa,  todo,  hasta  el  crimen,  se  encuen- 
tra embellecido. — Si  hiciéramos  una  critica,  con- 
denariamos  esa  falta  de  energía  moral.  Pero  lo 
que  por  una  parte  es  censurable,  viene  por  otra 
á  atestiguar  el  mágico  poder  del  escritor,  que  en 
«u  bondad  ingénita,  en  su  candoroso  optimismo, 
se  inclina  oon  frecuencia  á  las  atenuaciones, 
como  si  el  hombre,  frágil  instrumento  de  la 


voluntad  suprema,  arrastrado  por  la  ola  su. 
grienta  de  las  revolucicmes,  no  mereciete  ónó  U 
compasión  acá  abajo  y  el  perdón  en  el  seno  de 
la  misericordia  divina. 

Sea  como  fuere,  los  Girondidos  son  mas  qae 
un  libro.  En  ese  drama  se  encuentra  una  gakrla 
de  estatuas  severas,  iracundas,   nobles,  bdks, 

« 

gloriosas;  las  sombras  de  los  verdugos  y  las  We- 
timas  contemplan  oon  asombro  la  patria  rege- 
nerada al  resplandor  del  incendio  que  loa  unos 
atizan  y  en  que  la  mayor  parte  perecen :  inmo- 
lación expiatoria  de  muchos  siglos  de  degrada- 
ción y  esclavitud.  En  el  fondo  del  tremendo 
cuadro,  se  alza  velado  entre  nubes  el  tea^^o 
egregio  de  la  Libertad,  y  en  el  santuario  de  es» 
templo,  como  un  lábaro  de  redención,  la  bandera 
de  la  República,  que  el  pueblo  enardecido  ante  el 
grandioso  espectáculo  y  los  heroicos  recuerdos 
del  pasado,  se  lanza  á  arrebatar  para  ir  á  golpear 
oon  su  asta  fuerte  el  viejo  alcázar  de  los  reyes, 
que  antes  de  preguntar  quién  les  demanda,  huyen 
despavoridos  entre  la  turba  de  sus  fámulos  azo- 
rados, á  ocultar  en  el  extranjero  su  derrota  y  sn 
afrenta. 

La  revolución  del  cuarenta  y  ocho  llevó  al 
poder  á  Mr.  de  Lamartine:  nueva  y  culminante 
faz  de  su  t^npestuosa  carrera. — Due&oyade  la 
autoridad,  fortalecida  por  su  elocuencia  que  se 
ha  tomado  formidable,  realiza  inmediatamente, 
en  comunidad  oon  sus  colegas,  los  sueños  que  los 
incrédulos  calificaban  ayer  no  mas  de  ilusorias 
utopias.  Proclámase  la  República,  las  penas  mas 
bárbaras  desaparecen  de  la  legislación,  suprfmsse 
el  juramento  y  la  pena  de  muerte  por  delitos 
políticos,  dictándose  al  mismo  tiempo  la  libertad 
de  los  esclavos.  Los  huérhmos,  los  proletarios, 
los  desvalidos,  encuentran  en  el  gobierno  prori- 
sorio  protección  y  amparo.  Semejante  reaookm 
no  podia  efectuarse  sin  un  sacudimiento  terrible. 
Las  corrientes  subterráneas  que  minan  al  suelo 
de  la  Francia,  estallaban  á  la  ves  y  remontaban 
en  olas  aterrantes  hasta  el  Ejecutivo,  amena- 
zando inundar  la  nación  entera  con  desoiadara 
pujanza.  En  el  momento  supremo  Lamartine 
tomó  sobre  hÍ  el  empeño  de  conjurar  la  teaq)e8- 
tad.  Armándose  con  la  espada  de  la  palabra, 
según  la  expresión  bíblica,  fulminó  la  anar- 
quía, conquistando  para  sí  en  el  puita<to  de  la 
historia  su  rango  al  lado  de  los  maa  .gvandN 
oradores. 

Algunos  han  abrigado  dudas  x«spaot<>  á«ui 


áÜCCIOÍT    LITEHÁBIÁ— BBPÚBLIOA   ÁBOBNTINA 


m 


íáoaltades  de  gobierno,  y  hasta  se  le  ha  acusado  ' 
Béríamente  de  haber  torcido  el  curso  de  la  revoln- 
eion.  La  historia  dará  sn  fallo  sobre  tan  graves 
hechos.  "En  cnanto  á  nosotros,  no  nos  sentimos 
en  disposición  de  acriminarle  hoy  estemporánea- 
mente.  8i  acaso  cometió  alguna  falta,  la  Francia 
no  podría  exonerarse  ie  su  responsabilidad.  Solo 
los  pueblos  enyilecidos  acusan  de  sus  errores  á 
BUS  dueños.  El  que  tiene  en  sus  manos  el  destino 
de  las  naciones,  es  el  único  juez  imparcial  de  los 
sucesos  sancionados  por  la  multitud. 

Destruida  la  Bepública,  Lamartine  cayó  en 
Tuelto  en  sus  ruinas.  Empero,  su  ánimo  robusto 
no  se  dejó  abatir.    £1  hacha  que  hirió  el  tronco 
del  árbol  gfeneroso,  hizo  brotar  de  nuevo  su  per- 
fame  y  su  savia.    Lamartine  salvó  su  pluma  de 
entre  el  polvo  del  combate,  en  que  sus  virtudes 
cívicas  y  su  valor  antiguo  le  sirvieran  de  auréola, 
y  recorríendo  con  rapidez  pasmosa  la  escala  del 
pensamiento  humano,  nos  da  esa  serie  no  inter- 
rompida  hasta  su  muerte,  de  historias,  de  bio- 
grafías, de  sentimentales  novelas,  de  espansiones 
íntimas,  de  trabajos  literaríos  de  toda  especie, 
magníficas  pinturas  al  fresco  ó  graciosas  agina- 
das, que  llevan,  cual  mas,  cual  menos,  el  sello  de 
su  ingenio  vivaz  y  de  la  florida  belleza  de  su 
estilo.    En  esta  ímproba  labor  las  fuerzas  de  la 
vida  se  fueron  agotando.    El  grande  obrero  que 
en  la  prodigiosa  actividad  de  su  mente,  no  tuvo 
tiempo  de  ocuparse  de  sus  intereses  materiales, 
se  vio  de  súbito  en  la  necesidad  de  vender  hasta 
el  sagrado  techo  de  sus  antepasados.    Entonces 
no  pudo  contener  un  grito  de  dolor.  La  vanidad 
humana  no  soporta  sin  sarcasmo  estas  humilla- 
ciones del  gánio;  gózase  en  el  espectáculo  de  las 
garandes  caídas,  habiendo  llegado  en  este  easo 
hasta  el  extremo  de  mofarse  de  la  debilidad  y  la 
miseria  d^  varón  ilustre  que  reclamaba  en  voz 
alta  el  pan  de  cada  dia,  después  de  haber  dado 
alimento  intelectual  durante  una  larga  vida  á 
millares  de  sus  semejantes.    Nosotros  debemos 
considerar  oon  mas  blandura  los  desfaUecimien- 
toa  de  quien  gtwtó  sus  fuerzas  en  busca  de  la 
Jerasalen  «eleste.  Quizá  consideró  que  era  dema- 
siado tarde  para  viajar  mendicante  de  ciudad  en 
eiudad  como  el  ciego  de  Smima;  quizá  el  que 
había  emancipado  tantos  hombres,  no  tuvo,  como 
Ctmoens,  un  esclavo,  un  amigo,  diremos  mejor, 
que  pidiese  Hmoana  por  las  calles  para,  socorrer. 
W  en  sn  penuria.  Por  ñn  su  patria  eseuchó  la  voz 
de  iiis  afanes.     La  Francia  no  quiso  dehonrarse 


desatendiendo  el  clamor  de  la  ancianidad  de  uno 
de  sus  hijos  mas  preclaros. 

Estas  nubes  aglomeradas  sobre  una  existencia 
tan  llena  y  luminosa,  las  ha  disipado  ya  el  vien- 
to de  la  muerte.  Queda  solo  frente  á  frente  de  la 
posteridad  su  noble  imagen-.  Ella  dirá  que  si 
Mr.  de  Lamiurtine  no  fué  un  faro  inconmovible 
en  medio  del  océano,  habiendo  participado  de  las 
oscilaciones  de  su  siglo,  hubo  en  él  la  unidad 
del  pensamiento  en  la  virtud;  dirá  que  fué  una 
de  las  inteligencias  mas  vastas,  de  las  naturale- 
zas mas  prodigiosas,  conjunto  múltiple  de  facul- 
tades eminentes,  y  que  en  su  pecho  tierno  y 
varonil  latió  un  corazón  formado  para  compren- 
der y  para  amar  todas  las  cosas  grandes  de  la 
tierra  y  del  cielo. 

Si  ya  en  la  decadencia  de  su  vida  y  en  el 
eclipse  de  sus  facultades  mentales,  se  mostró  al- 
guna vez  injusto  hacia  la  América,  no  seamos 
demasiado  severos  con  ese  augusto  peregrino  de 
viaje  al  infinito.  Antes  bien  estemos  persuadidos 
de  que  á  haber  fijado  la  vista  en  nuestro  Conti- 
nente, la  rectitud  de  su  juicio  nos  habría  hecho 
justicia,  mayormente  cuando  llegase  á  conven- 
cerse que  él  era  el  padre  intelectual  de  toda  una 
familia  de  poetas,  ornato  y  prez  de  la  naciente 
literatura  americana.  Es  especialmente  bajo  la 
faz  literaria  que  le  hemos  amado  á  la  distancia, 
que  nuestro  pensamiento  le  acompaña  oon  vene- 
ración hasta  el  humilde  sepulcro  de  sus  padres, 
donde  hoy  reposan  sus  cenizas.  Ese  sepulcro  eri- 
gido en  el  fresco  valle  de  Saint  Point,  asilo  de 
su  infancia,  fué  levantado  por  él  mismo.  //Entre 
el  cementerio  y  el  jardín,  u  dioe  en  su  carta  á 
Mr.  de  Esgrigny,  la  cual  sirve  de  íntroduooíon 
á  sus  Armonios,  uhñ  fabricado  yo,  (siendo  este 
el  único  edificio  que  haya  fabricado  en  este  mun- 
do) un  monumento  fúnebre:  una  capilla  de  ar- 
quitectura gótica,  rodeada  de  un  claustro,  oon 
piedras  esculpidas  señalando  tumbas,  y  que  pro- 
tejen  algunas  fiores  tristes.  Tal  fué  el  paraje 
donde  deposité  los  negrros  atMides  de  las  perso- 
nas que  mas  había  amado,  y  cuya  pérdida  me 
causara  mayor  desolación  en  este  valle  de  lágri- 
mas//.  ^Siempre  que  visito  á  Saint  Point,  agrega 
con  ternura,  ó  me  ausento  de  esta  heredad, 
voy  solo,  al  ponerse  el  sol,  á  decir  da  yodíUas 
una  palabra  de  despedida  á  esos  huéspedes  de  la 
paz  eterna,  en  ese  lugar  intermedio  entre  el 
destierro  y  la  felicidad;  y  con  la  frente  apoyada 
en  la  piedra  que  me  separa  de  sus  nsios,  les 


134 


ÁMfiEICA  LITEBAElA 


liablo  en  secreto  snplioiindoles  que  amenicen  la 
aridez  de  nuestra  existencia  con  un  rayo  de  amor, 
con  un  rayo  de  pas  nuestras  dudas,  con  un  rayo 
de  verdad  nuestras  tinieblas,  u 

Hoy  nos  toca  á  nosotros  inclinamos  ante  esa 
fosa  veneranda,  meditando  en  la  fragrüidad  de 
las  cosas  humanas  y  en  los  misterios  inexcruta- 
bles  de  la  eternidad.  No  lo  liaremos,  con  todo, 
sin  repetir  á  nuestros  compatriotas  aquella  voz 
solemne  que  oyó  el  Dante  en  la  mansión  del 
dolor,  cuando  vio  aproximársele  el  grupo  glo- 
rioso en  que  descollaba  la  figura  de  Homero : 

Onoraie  L'altiisimo  Poeta 

CÁBL08  Guido  y  Spano. 

PoeU  y  Literato. 


LA  GLORIA 


Contradice  la  tendencia  de  la  revolución,  en 
vez  de  continuarla,  esa  independencia  altiva, 
insolente,  salvaje,  insociable,  como  el  hombre 
que  la  proclama,  (Bosas)  y  que  se  oculta  siem- 
pre á  los  representantes  de  las  naciones  extran- 
jeras. ¡Tanto  es  el  odio  que  las  profesa! 

Un  caudillo  semejante  puede  ser  grande,  céle- 
bre; pero  no  es  glorioso.  ¿Cuáles  son  las  condi- 
ciones de  la  gloria  del  siglo  ?  Ella  no  bautiza  la 
fama  sino  de  los  hombres  bienhechores  de  la 
humanidad,  de  aquellos  cuyo  corazón  palpita  en 
presencia  del  infortunio  de  los  pueblos  y  cuya 
mente  se  abre  á  las  luces  de  la  civilización 
actual. 

¿Cuáles  son  los  caracteres  de  esa  civilización? 
Ella  es  religiosa  y  positiva  á  la  vez.  Religiosa, 
porque  en  ning^una  época,  tanto  como  en  la  pre- 
sente, se  han  inspirado  las  ciencias  sociales  del 
espíritu  evangélico  en  favor  de  las  clases  menes- 
terosas de  la  humanidad.  Positiva,  porque  nunca 
mas  que  hoy  los  intereses  de  la  industria  dan 
impulso  al  adelanto  de  los  pueblos. 

La  gloria  del  dia  es,  por  lo  mismo,  mas  vir- 
tuosa que  la  de  los  pasados  tiempo.  Por  esto  van 
desapareciendo  las  grandes  reputaciones  perso- 
nales; por  lo  menos  las  hijas  de  la  ambición 
militar  y  egoísta.  Napoleón  sabia  que  no  bastaba 
ser  guerrero  en  el  siglo  xix,  y  se  hizo  legislador. 
La  abneg«cion,  el  desinterés,  son  los  títulos  de 
las  celebridades  contemporáneas.   Asi  Washing- 


ton, 0*Connell,  son  los  tipos  de  la  gloria  mo- 
derna. 

Bosas  es  grande,  sin  duda,  pero  lo  es  por  el 
crimen.  El  crimen  nunca  fué  glorioso;  lejos  da 
eso,  él  empaña  la  mas  bella  gloria.  £1  que 
asesina  á  un  grande  hombre  ó  abate  una  gran 
institución,  hereda  convertida  en  oprobio  toda 
la  gloria  del  hombre  ó  de  la  cosa.  ¿Qué  diré  de 
los  tiranos  enemigos  de  toda  reputación  y  de 
toda  ley? 

Bosas  es  grande. — Se  necesita  un  brazo  ro- 
busto, un  pecho  de  bronce,  para  asesinar  á  un 
pueblo,  para  quitarle  una  á  una  todas  sus  liber- 
tades, todos  sus  derechos,  todas  sus  afeodomeá 
de  honor  y  dignidad. 

I  Cómo  no  ha  de  mostrarse  grande!  Está  de 
pié  sobre  los  trofeos  conquistados  en  cien  campos 
de  victoria,  sobre  los  cadáveres  de  millares  de 
mártires  de  la  patria  sacrificados  á  sus  bárbaras 
venganzas,  sobre  las  mas  altas  pirámides  que  la 
libertad  fabricó  en  el  suelo  americano.  Por  esas 
gradas  de  oro  ha  subido  al  apojeo  de  su  grande- 
za, y  el  pueblo  que  venció  al  leopardo  de  AIVíod 
y  al  león  de  España,  está  postrado  á  sus  plantas. 
¡  Cómo  no  ha  de  aparecer  grande  el  hombre  que 
se  ha  colocado  en  medio  de  la  Pampa  sobre  todas 
esas  grandes  cosas! 

Pero  esa  grandeza  de  Bosas  no  es  la  gloria. 
Cuando  contemplo  esta  celebridad  americana,  me 
imagino  delante  de  una  de  esas  altas  montañas, 
cuya  cima  nevada  siempre  é  insensible  á  los 
rayos  del  sol,  no  baja  sus  aguas  para  fecundar 
los  terrenos  que  la  circundan.  To  nunca  he  sabi- 
do para  lo  qué  sirven  en  la  organización  del 
mundo  esos  gigantes  de  la  naturaleza,  ni  be 
sentido  la  curiosidad  de  preguntar  este  secreto  á 
la  gfeologfía.  Lo  que  yo  sé  es  que  el  hombre  de 
la  libertad  y  de  la  industria  jamás  plantó  sos 
estandartes  en  esas  alturas.  Lo  que  yo  sé  es 
que  ni  Bolívar  ni  Humboldt  pudieron  trepar  al 
Chimborazo.  En  esas  elevaciones  falta  el  aire 
para  el  pecho  del  hombre,  aunque  este  hombre 
sea  el  genio  de  la  libertad  ó  el  de  la  ciencia.  A 
esas  regiones  de  los  altos  cerros  solo  se  Üega  en 
las  ligeras  alas  de  la  imaginación  del  poeta. 

Solo  el  fuego  de  los  volcanes  derrite  de  ves 
en  cuando  esas  nieves.  Así  es  Bosas,  á  cuyo  <ádo 
jamás  alcanza  la  voz  del  pueblo,  ó  insensible, 
frió  á  sus  padecimientos  y  esperanzas,  ó  arreba- 
tado por  el  fuego  destructor  del  terror  y  la  vwi* 
gtmza.  Jamás  n^  abrigó  en  su  pecho  el  oalnroso 


SECCIÓN  LITEBABIA— BBPbBLiCA  aboentina 


135 


entnsiaamo  de  simpátioa  y  generosa  adheúon  al 
decoro  j  los  intereses  nacionales. 

Así  es  Rosas  grande,  sí.  En  la  altara  á  que 
el  demonio  del  crimen  lo  ha  elevado,  no  hay 
rincón  del  mundo  del  que  no  pueda  ser  visto. 
Pero  no  por  eso  es  glorioso :  como  no  lo  fué  el 
que  puso  fuego  al  templo  de  Diana,  no  lo  es  este 
incendiario  de  los  altares  de  la  patria  argentina. 
Todos  lo  miran,  en  verdad,  pero  ¿cuáles  son  los 
que  lo  admiran  de  buena  féP 

En  los  espectáculos  de  la  naturalesa,  como  en 
las  escenas  de  la  política,  yo  amo  la  llanura, 
porque  amo  la  civilisacion,  que  no  habita  los 
bosques  ni  las  montañas.  Nunca  he  sentido  mas 
exaltado  en  mi  pecho  el  amor  de  la  propia  na- 
eionalidad,  que  cuando  me  he  visto  solo  en  la 
Pampa,  pisando  su  verde  alfombra,  aspirando 
el  purísimo  aroma  de  su  modesta  vegetación, 
mirando  extasiado  &  mi  frente  el  lejano  hori- 
lonte,  cuyos  lindos  y  dorados  colores  anuncian 
ks  promesas  risueñas  del  porvenir;  sobre  mi 
eabeía  el  cielo  magestuoso  y  sublime  siempre, 
sea  que  el  Pampero  ahuyente  sus  nubes  hacia  el 
Plata,  sea  que  el  trueno  y  el  rayo  me  recuerden 
U  omnipotencia  de  Dios. 

Me  parece  que  la  Pampa  es  el  mas  bello  sím- 
bolo de  la  igualdad  política  y  por  eso  la  quiero. 
Todo  lo  colosal  es,  á  mis  ojos,  monstruoso  en  el 
mondo  social.  Así  me  imagino  siempre  á  Dios, 
la  grandeía  suprema,  tal  cual  la  Iglesia  Católica 
nos  lo  pinta,  del  tamaño  del  hombre. 

Para  mí,  Rosas,  en  ves  de  haber  aumentado  un 
solo  timbre  á  las  glorias  de  Mayo,  las  ha  deslus- 
trado. Las  manchas  de  sangrre  que  veo  en  el  sol 
de  nuestros  padres,  han  sido  puestas  en  él  por  su 
mano  criminal;  y  si  el  sol  de  las  revoluciones  no 
fuera  un  astro  fijo  y  brillante  siempre  para  el 
destino  de  los  pueblos,  Rosas  hubiera  apagado 
su  lumbre. 

Esa  gloria  no  es,  pues,  legfítima,  6  mas  bien* 
no  hay  gloria  alguna  en  la  grandeza  de  Rosas. 
Conosco  que  muchos  colores  tomará  el  pincel  del 
poeta  de  esta  existencia  extraordinaria  para  la 
composición  de  sus  dramas  y  romances  ^^K  Los 
futuros  Shakespeare  se  felicitarán  de  su  terrible 
aparición  en  el  Rio  de  la  Plata.  Lo  deforme,  lo 
grotesco,  lo  oolosal  impresiona  vivamente  ]a<; 
ímaginacionas  poéticas.    Pero,  aunque  en  el  dia 


(1)  En  el  dÍ*M  publica  una  DOTela  en  los  £«t»dot-Unido«, 
títolwlA  «La  Dolorea',  cujro  asunto  es  tomado  de  las  trajedias 
poUUcas  del  Bio  de  la  Plata. 


las  doctrinas  del  romanticismo  no  estuvieran  en 
decadencia,  yo,  patriota  argentino,  contemporá- 
neo del  oolosal  despotismo,  lo  maldigo;  y  prefiero 
en  la  política  las  bellezas  clásicas,  esas  belleías 
que  se  ajustan  á  las  reglas  eternas  é  inmutables 
de  la  religión  y  la  libertad;  prefiero  la  llanura  y 
el  curso  tranquilo  del  rio  de  mi  patria  á  los 
torrentes  devastadores,  que  lanzan  de  su  cumbre 
las  montañas. 

No  pienso  que  opiniones  semejantes  relativa- 
mente a  Rosas  sean  diotadas  por  las  prevenciones 
del  espíritu  de  partido.  La  historia  lo  juzgará 
así,  lo  clasificará  en  la  raza  do  los  Nerones, 
Calígulas,  Robespierre,  lo  llamará  famoso  han- 
dido,  como  Thiers;  y  deplorará  las  derrotas  de 
sus  adversarios  políticos,  á  cuyos  mártires  tribu- 
tará únicamente  los  honores  de  la  gloria.  Hablo 
de  la  historia,  tal  cual  Tácito  la  entendía,  ver- 
daderamente filosófica,  que  no  cree  en  el  fatalis- 
mo, ni  aplaude  todas  las  victorias.  Ella  dirá  al 
maldecir  esta  celebridad  oprobiosa  lo  que  Cha- 
teaubriand, que  el  crimen,  lejos  de  ser  uno  de  los 
medios  de  las  revoluciones,  es  el  obstáculo  que 
embaraza  su  marcha  y  la  retarda. 

¿Cuál  será  la  suerte  de  la  América  desde  que 
arrojemos  de  sus  altares  los  ídolos  de  la  revolu- 
ción para  ensalzar  la  lejitimidad  de  la  fuerza 
victoriosa?  No,  yo  no  respeto  esas  patentes  de 
inmortalidad  dadas  al  crimen  por  la  victoria. 
¡El  que  clava  el  puñal  alevoso  en  el  pecho  de  un 
hombre  será  execrado,  y  el  que  degrüella  por 
centenares  á  sus  semejantes  glorificado!  ¡Con- 
sagraremos así  el  patíbulo  para  el  asesino  de  un 
hombre  y  la  apoteosis  para  el  verdugo  de  los 
pueblos! 

Atroz  política  seria  esa  que  aconsejara  lavar 
con  sangre  las  manchas  de  sangre;  la  que  dictara 
este  réjimen  homeopático  para  curar  las  heridas 
de  la  conciencia.  Así  el  criminal  pudiera  profe- 
sar para  llegar  á  una  honrosa  celebridad  una  doc- 
trina análoga  á  esta  profunda  máxima  de  un 
filósofo:  //Poca  filosofía,  aleja  de  la  religión;  mu- 
cha filosofía,  conduce  á  ella  u.  De  esta  manera, 
á  medida  que  subiera  el  delincuente  las  gradas 
del  crimen  se  aproximarla  al  templo  de  la  glo- 
ria; y  los  Sud-americanos  nos  inclinaríamos  en 
presencia  de  esta  nueva  aristocracia  de  sangre! 

FÉLIX  Frías. 

PolUieo.  Diplomático  y  Publicltto. 


136 


AMÉRICA  LITERARIA 


EL  MAL  DE  LA  ¿POCA 


Las  oondioiones  especiales  del  centro  social  en 
que  nos  hallamos,  y  las  doctrinas  que  se  propa- 
gmn  en  la  edad  contemporánea,  urgen  á  los  cató- 
licos á  oongregturse  y  trabajar  de  consnno  en  la 
difosion  del  dogma  y  de  la  moral  de  sn  santa 
religión.  Somos  nn  pueblo  apasionado,  imitativo, 
alucinable.  Nuestros  padres,  favorecidos  por  la 
Providencia  que  indudablemente  quería  se  cum- 
pliera en  estos  paises  la  ley  en  cuya  virtud  las 
sociedades  se  independizan  cuando  están  en  apti- 
tud de  bastarse  á  sí  mismas,  nos  desligaron  de  la 
antigua  metrópoli.  Fuimos  independientes,  y  des* 
pues  de  largas  luchas,  somos  libres.  Pero  nuestra 
situación  es  grave  y  está  preñada  de  peligros. 
La  libertad  es  un  don  precioso  que  dignifica  á  los 
hombres  y  á  los  pueblos;  entre  tanto,  si  ella  no 
obedece  á  la  ley  moral,  cuya  base  es  la  idea  reli- 
giosa, se  convierte,  de  un  modo  inevitable,  en 
licencia  y  en  depravación.  Ahora  bien,  es  preci- 
samente la  ley  moral  y  la  idea  religiosa;  son  los 
intereses  del  alma,  y,  en  consecuencia,  los  funda- 
mentos mismos  de  la  sociedad,  lo  que  se  encuen- 
tra profundamente  conmovido  en  nuestros  dias. 

La  raiz  del  mal  consiste,  á  mi  juicio,  en  la 
filosofía  de  la  época  presente,  en  la  doctrina 
positivista  que  rechaza  como  objeto  de  investiga- 
ción, todo  cuanto  no  sea  los  fenómenos  ó  las  con- 
diciones en  que  se  producen.  Esta  filosofía  baja 
y  perver&ora  influye  necesariamente  en  la  vida  de 
los  individuos  y  de  los  pueblos.  Su  carácter  con- 
creto, su  alianza  con  las  ciencias  naturales,  que 
son  las  que  en  la  actualidad  se  desenvuelven  casi 
exclusivamente,  y  los  halagos  que  ofrece  á  los 
hombres  sensuales,  le  dan  boga  y  la  hacen  cómo- 
da y  atractiva. 

Oímos  á  cada  momento  hablar  de  las  maravillas 
de  la  ciencia  contemporánea,  y  nos  llega  en  mil 
formas  el  resultado  de  sus  aplicaciones.  ¿Qué 
cosa  no  podrá  realizar  la  humanidad?  se  exclama 
en  presencia  de  los  descubrimientos  hechos  ya  y 
de  tantos  secretos  arrancados  al  seno  de  la  natu- 
raleza. Los  hombre  están  absortos  los  unos, 
ensoberbecidos  los  otros,  al  contemplar  esas  con- 
quistas de  la  inteligencia.  Los  jóvenes,  sobre 
todo,  mas  vivamente  sensitivos  y  en  quienes  el 
org^o  de  la  vida  es  mas  impetuoso,  parecen 
creer  que  el  entendimiento  humano  no  tiene 
limites  en  el  porvenir,  y  esperan^por  consiguiente, 


que  tampoco  los  tendrá  el  humano  pod^r.  IM 
mismo  modo  que  en  los  primeros  dias  del  mundo, 
se  escucha  en  los  nuestros,  aquel  pérfido: — $ems 
como  Dioset!  de  la  serpiente  hAaL  La  ciencia 
social  por  excelencia  es  la  que  trata  de  las  rique- 
zas, y  se  cree  habernos  dicho  todo  lo  que  nos  coa- 
viene  saber,  cuando,  según  el  criterio  epicúreo,  n 
nos  ha  enseñado  cómo  se  producen,  se  distribiiyeii 
y  se  consumen  aquellas.  La  abneg^acion  y  la  nn- 
tidad  van  en  camino  de  ser  olvidadas.  Se  quiere 
reemplazar  el  Evangelio  por  el  Código  de  Comer- 
cio. La  aptitud  para  adquirir  los  bienes  de  la  tier- 
ra y  la  ostentación  de  esos  bienes,  son  el  objeto 
preferente  de  la  consideración  y  del  respeto. 
Estudiar  la  naturaleza  física  y  aprovecharse  de 
eUa,  tal  es  el  programa  y  la  síntesis  de  nuesfciz 
época. 

La  infatuación  de  la  cienda  es,  mientras  tanto, 
castigada  terriblemente.  La  naturaleza  abre  n 
seno  á  los  que  la  escudriñan  con  anhelo  cual  a 
fuera  el  único  objeto  digno  de  ser  conocido,  pero 
cuando  nuestros  sabios  creen  vanidosamente  que 
la  conquistan  como  sus  únicos  señores,  olvidán- 
dose de  Dios,  la  materia  se  toma  en  conquista- 
dora de  los  mismos  sabios,  los  baja  á  su  nivel  y 
los  absorbe.  Ellos  no  se  cuidan  del  alma,  ni  del 
Creador;  no  se  interesan  sino  por  el  mundo 
extemo,  le  observan,  le  penetran  en  todas  direo- 
clones,  le  analizan  minuciosamente,  pero  aoabín 
por  identificarse  con  él  y  oondderarse  un  detsUe 
del  vasto  conjunto.  Uno  de  esos  sabios,  deq^nM 
'  de  largas  investigaciones,  nos  dirá  oomo  la  pela- 
bra  suprema  sobre  nuestro  origen,  que  sobos  na 
perfeccionamiento  del  mono;  otro  afirmará  qi» 
es  un  síntoma  de  locura  creer  en  Dios.  Partiflndo 
de  ahí,  no  es  extraño  que  toda  la  moral  se  redns- 
ca  á  la  higri^ne  y  que  se  considere  la  priméis 
ciencia  social,  aquella  que  trata  de  la  produooioB 
y  el  consumo  de  los  objetos  materiales.  Ls  dig- 
nidad humana  es,  de  esta  manera,  profuadsounte 
rebajada.  El  hombre  creado  por  Dios  para  nn 
destino  inmortal,  es  asimilado  á  las  cosas  y  á  los 
bmtos.  La  muerte  es  para  los  filósofos  de  nues- 
tro tiempo,  la  última  línea  de  las  oosas,  vlüm 
linea  rervm,  como  dijo  el  escéptico  Horacio  en 
■una  de  sus  epístolas. 

¿Qué  puede  esperarse  de  todo  esto,  señereei 
sino  la  mas  espantosa  perturbación  social?  üi 
pueblo  gobernado  por  tales  ideas,  podrá  desenTol- 
verse  materialmente  con  mucha  rápidos,  pero 
llevará  en  su  seno  el  germen  de  la  muerte.   E*- 


SECCIÓN  LITERABIA— BEPÚBLiCA   aboentiná 


137 


oritores  sensatos  de  los  dos  pueblos  mas  grandes 
en  el  orden  de  la  industria  y  del  comercio,  pintan 
Tivamente  el  espectáculo  disgustante  de  esas 
sociedades,  que  espíritus  poco  reflexivos  conside- 
ran como  modelos  intachables.  Las  creaciones 
de  la  escuela  positivista,  hielan  el  corazón  con  el 
desencanto  6  inspiran  esa  natural  repugnancia 
que  el  espíritu  cristiano  debe  transformar  en 
amorosa  compasión.  Allá  en  la  patria  del  capital 
y  del  crédito,  allá  en  la  patria  de  la  riqueza  y  la 
prosperidad  material,  el  ser  humano  u  es  duro, 
es  áspero,  es  avaro;  no  ve  en  la  vida  mas  que 
pérdidas  y  ganancias;  es  banquero,  negociante, 
estadístico;  pero  no  es  ya  hombre  u.  Cuando  ha 
pagado  su  cuota  para  el  socorro  de  los  pobres, 
no  es  estraño  que  oiga  con  perfecta  indiferencia, 
los  lamentos  del  infeliz  que  se  muere  de  hambre 
y  de  frío  á  bus  puertas,  mientras  el,  con  la  pereza 
de  su  hartura,  se  arrellana  cómodamente  en  un 
sillón  al  lado  del  fuego.  La  caridad  es  solo  una 
cuestión  de  impuesto.  T  en  la  pátría  de  los 
grandes  inventos  y  de  la  poderosa  iniciativa 
en  las  empresas  industríales,  el  positivismo  nos 
muestra  igualmente  espectáculos  repugnantes,  la 
corrupción  administrativa,  el  fraude  y  la  venali- 
dad dominando  el  sufragio,  y  el  lucro,  la  ganan- 
cia c<Smo  ley  suprema  de  la  existencia. 

({Pueden  estas  llamarse  sociedades  crístianas? 
Señores,  el  positivismo,  el  materíalismo  es  el  mal 
de  nuestra  época.  No  nos  dejemos  pervertir  por 
él.  £1  hombre  es,  ante  todo,  una  alma.  El  cuer- 
po es  la  condición  de  su  vida  terrestre,  pero  esta 
vida  no  es  mas  que  una  preparación  para  la  vida 
inmortal  en  el  seno  de  Dios.  El  poeta  latino 
deoia,  hablando  de  la  muerte,  que  ella  nos  lleva 
al  destierro  eterno,  in  ee^emicm  exüium;  y  uno  de 
los  mas  grandes  santos  que  venera  la  Iglesia, 
dice  que  1a  muerte  nos  vuelve  á  nuestra  pátría 
verdadera.  En  estas  dos  espresiones  está  marca- 
da la  diferencia  entre  la  doctrina  del  paganismo, 
que  es  la  de  la  ñlosof  ía  contemporánea,  y  el  dog- 
ma y  la  moral  del  «atolicismo.  El  hombre  tiende 
á  la  belleza  por  el  sentimiento,  á  la  verdad  por 
la  inteligencia,  al  bien  por  la  voluntad.  Nuestro 
destino,  pues,  no  se  realiza  en  el  mundo;  nues- 
tro destino  debe  realizarse  en  Dios,  que  es  la 
eterna  belleza,  la  eterna  verdad  y  el  sumo  bien. 
Así,  dijo  el  Cristo,  nuestro  Salvador,  á  los  que 
se  afanan  por  los  tesoros  de  la  tierra:  buscad 
primeramente  el  reino  de  Dios  y  su  justicia,  y 
todas  estas  cosas  os  s^rán  añadidas, 


Nada  de  cuanto  nos  ofrece  la  naturaleza  puede 
calmar  el  anhelo  del  alma.  Por  eso  vemos  que 
fuera  de  Dios,  aun  en  medio  de  los  mas  preciosos 
dones  de  la  vida,  aun  con  la  posesión  de  grandes 
talentos,  de  estenso  poder  y  refinados  placeres, 
el  alma  de  los  preferídos  del  mundo  llega  á  en- 
contrarse tríste  hasta  la  muerte.  Tomemos  tipos 
salientes  de  nuestro  siglo,  y  veamos  cuál  fué  su 
destino  sin  el  suave  amparo  y  los  consuelos  de 
la  religión.  El  celebre  Lord  Byron  definía  la 
vida  tal  como  la  habia  sentido:  un  poco  de  vino, 
un  poco  de  voluptuosidad  y  mucho  fastidio. 
Alfredo  de  Musset  y  Enríque  Heine,  dos  poetas 
galanos,  chispeantes  de  imaginación  y  de  gracia, 
sensitivos,  apasionados,  quisieron  renovar  la  vida 
pagana,  la  adornaron  con  todos  los  atavíos  de  la 
fantasía,  y  ceronados  de  flores  y  con  la  copa  de 
la  orgfía  en  la  mano,  se  extinguieron  lamentable- 
mente en  la  sensualidad.  Ninguno  de  los  dos  fué 
dichoso.  Los  que  sigan  sus  huellas,  los  que  se 
dejen  impregnar  por  el  espírítu  de  la  literatura 
enfermiza  que  ellos  han  creado,  y  busquen  el 
ideal  allí  donde  los  paganos  lo  pusieron,  no  pue- 
den esperar  un  porvenir  mejor. 

Así  el  materialismo,  bajo  cualquiera  forma 
que  se  manifieste,  en  la  ciencia,  en  la  sociedad, 
en  el  arte,  es  siempre  corruptor  y  deletéreo. 
Nos  presenta  al  hombre  perdiéndose  y  confun- 
diéndose en  el  mundo  material,  cómo  algo  que  le 
está  del  todo  subordinado,  por  mas  que  se  orea 
su  dominador;  nos  presenta  sociedades  indus- 
triales y  mercantiles  donde  no  hay  lugar  para 
lo  mas  noble  que  tiene  el  ser  humano,  la  piedad, 
el  amor,  la  carídad,  el  temor  de  Dios;  y  en  el 
orden  político  nos  ofrece  el  espectáculo  de  la 
venalidad  ó  de  la  fuerza,  de  la  fuerza  bruta 
suplantando  á  la  justicia  y  al  derecho.  En  el 
arte,  solo  reproduce  las  formas  de  placeres  de- 
gradantes siempre,  ya  sea  que  se  ostenten  en 
grosera  desnudez,  ya  sea  que  se  encubran  con  las 
galas  de  la  imaginación. 

T  no  se  piense  que  desdeño  la  ciencia,  y  no 
se  diga  que  soy  un  enemigo  de  la  industría  y 
del  comercio,  que  viene  á  predicar  el  misticismo 
universal,  la  transformación  de  todos  los  hom- 
bres en  monjes  y  del  mundo  en  un  convento. 

No,  señores;  el  hombre  ha  sido  creado  por 
Dios  con  facultades  que  lo  hacen  apto  para  la 
formación  de  las  ciencias,  y  estas  son  el  resulta- 
do de  la  aplicación  metódica  de  aquellas  faculta- 
des á  s^s  objetos.  Pero  toda  ciencia  bien  organi^. 

18 


138 


AMÉRICA  LITERARIA 


sada  termina  en  Dios,  razón  final  de  todas  las 
cosas.  Hay,  por  otra  parte,  verdades  que  no  por 
ser  inexplicables  para  nnestra  inteligencia,  dejan 
de  ser  tales  Terdades.  Debemos  inclinamos  con 
profundo  respeto  ante  la  bondad  de  Dios  que  ba 
querido  revelárnoslas  para  nuestro  bien.  Empeño 
temerario  é  indisculpable  es  en  nuestros  dias, 
después  de  diez  y  nueve  siglos  de  fecundísimos 
resultados  producidos  por  el  Catolicismo,  preten- 
der sustituir  á  los  dog^mas  de  la  Iglesia,  sistemas 
filosóficos  que  desde  entonces,  y  desde  mucho 
antes,  ban  oscilado  perp(^tuamente  en  la  contra- 
dicción, sin  producir  nada  estable  y  definitivo. 
Sobre  el  origen  del  hombre,  sobre  su  destino, 
sobre  Dios,  ¿  qué  han  dicho  los  filósofos,  antes  y 
después  del  Cristianismo,  que  no  sea  deficiente  y 
vacilante  ?  La  Iglesia  nos  da  la  solución  de  esos 
grandes  problemas.  Las  mas  elevadas  escuelas 
filosóficas  solo  llegan  á  un  deismo  frío,  á  un 
Dios  casi  desvinculado  de  sus  críaturas,  respecto 
del  cual  no  se  sabe  hi  oye  los  megos  del  alma 
afiigida  que  le  pide  consuelos  en  la  tríbulacion- 
La  Iglesia  nos  enseña  á  Dios  de  otra  manera,  y 
nos  exhorta  á  levantar  hacia  Él  nuestros  corazo- 
nes, con  amor  y  esperanza  filiales,  que  jamás  ins- 
piró la  filosofía.  El  Dios  de  los  filósofos  es  el 
objeto  del  concepto  racional.  El  Dios  del  Catoli- 
cismo es  el  Dios  vivo  que  ha  venido  á  la  tierra, 
y  en  la  inefable  sublimidad  del  misterío,  se  ha 
hecho  hombre,  ha  cargado  el  peso  de  nuestras 
iniquidades,  ha  sufrido  el  contacto  de  nuestras 
miserias  y  nos  ha  redimido  con  sangre  cuya 
pureza  el  labio  humano  no  sabria  decir.  Nada 
igual  han  visto,  ni  verán  los  siglos!  Nada  com- 
parable siquiera  sospecharon  los  filósofos.  Puedo 
asegurarlo,  porque  he  consagrado  algunos  años 
de  mi  vida  al  estudio  de  sus  sistemas  y  de  sus 
teorías.  La  filosofía  es  un  eterno  crepúsculo.  El 
Yerbo  es  la  luz;  el  Yerbo  es  la  via,  la  vida  y  la 
verdad. 

T  volviendo  ahora  al  otro  punto  de  vista,  á  la 
vida  individual  y  á  la  vida  social,  que  varian 
según  las  doctrinas  imperantes,  he  señalado 
ligeramente  las  consecuencias  que  se  derivan  del 
sistema  filosófico  preconizado  en  este  tiempo. 
Ciertamente,  seria  desconocer  las  mas  vulgares 
exigencias  de  la  vida  humana  sobre  la  tierra, 
combatir  la  industria  y  el  comercio,  la  adquisi- 
ción y  formación  de  objetos  adecuados  á  la  satis- 
facción de  las  necesidades  físicas.  La  tierra  ha 
sido,  sin  duda,  entregada  á  nuestra*  actividad 


cómo  un  campo  explotable.   La  organización  del 
hombre  y  las  propiedades  de  los  objetos  que  le 
rodean,  muestran  á  las  claras  y  sin  necesidid 
de  minucioso  examen,  que  debe  aquel  tener  con 
estos  indispensables  relaciones.  Es  evidente,  por 
otra  parte,  que  desde  que  el  hombre  ha  de  con- 
servarse y  desenvolverse,  poniendo  á  contribu- 
ción  tales  objetos,  desigualmente   distribuidos, 
debe  combinar  su  acción  con  la  de  sus  semejan- 
tes, para  obtenerlos  con  mayor  facilidad  y  en 
mejores  condiciones.  Pero  hay  una  grande,  enor- 
mísima distancia  de  aquí  á  reconocer  que  en  ves 
de  ser  las  cosas  para  el  hombre,  el  hombre  ha  de 
ser  para  las  cosas;  que  en  lugar  de  hacerlas  ser- 
vir, en  la  medida  de  lo  lícito,  á  la  satisfacción 
de  sus  necesidades  presentes  y  futuras,  ha  de 
esclavizarse,  por  avaricia  ó  sensualidad,  hasta  el 
punto  de  consagrar,  por  entero,  á  su  obtención 
el  ejercicio  de  sus  facultades,  como  si  ningún 
otro  fin  le  estuviera  deparado.   Es  indigno  de  la 
naturaleza  humana  dar  por  base  principal  á  las 
relaciones  entre  los  hombres,  la  necesidad  ó  las 
conveniencias  del  comercio.  Ellas  los  vinculan 
entre  sí,  y  esta  vinculación  es  provechosa;  pero 
hay  sentimientos  mas  altos  en  el  corazón,  que 
aquellos  á  cuyo  impulso  obedecemos  al  asumir  el 
carácter  de  vendedores  y  compradores,  de  pro- 
ductores y  consumidores,  ó   de  intermediarios 
entre  unos  y  otros.    Las  relaciones  de  indivi- 
duo á   individuo,    de  nación   á   nación,  deben 
estar  regidas  por  principios  de  mn  orden  diver- 
so.   La  timocracia  no  es  el  gobierno  de  la  jus- 
ticia.    El    Evangelio   ha   traído  al   mundo  la 
verdadera  doctrina  en   esta  materia  como  en 
todas  las  demás  que  interesan  á  la  humanidad. 
Santifica  el    trabajo  y   lo  premia    en  cuanto 
es   el    cumplimiento   de   la  ley    divina;   pero 
lejos  de  colocar  en  la  riqueza  la  excelencia  del 
hombre,  le  dice:  «atesorad  para  vosotros  tesoros 
en  el  cielo  en  donde  no  los  consume  orin  y  poli- 
lla y  en  dónde  ladrones  no  los  desentierran,  ni 
roban. « 

Es  el  perfeccionamiento  del  alma,  es  la  santi- 
dad de  la  vida  lo  que  hace  crecer  á  los  hombres 
en  mérito  ante  los  ojos  de  Dios.  Y  sin  duda  que 
el  rico,  y  sin  duda  que  aquel  á  quién  los  bienes 
de  la  tierra  pertenecen  en  abundancia,  tiene  en 
ellos  el  medio  de  hacerse  agradable  al  Dispensa- 
dor de  todos  los  beneficios,  contribuyendo  con 
su  patrimonio  al  socorro  de  sus  hermanos.  Lo 
superfino  de  los  ricos  debe  servir  para  lo  neoesa- 


SECCIÓN  LITERAMÁ— eep6blicá  abokntina 


Í3á 


g>  I 


río  de  los  pobres,  7  no  lo  necesario  de  los  pobres 
pars  lo  snpérfluo  de  los  rióos,  como  ba  dicho  nn 
grejí  jnrísoonsnlto,  inspirándose  en  el  Evange- 
lio. Dar,  dar  con  bnmildad  7  con  amor,  es  el 
precepto  cristiano,  7  no  dar  solamente  el  pan 
que  alimenta  el  cuerpo,  sino  el  pan  del  alma,  la 
doctrina,  la  luí  7  los  consuelos.  El  positivismo 
Lace  de  nosotros,  hombres  de  cálenlo  7  de  conve- 
niencias. La  Iglesia  nos  manda  ser  hombres  de 
caridad  7  hermanos  en  Jesá-Cristo. 

Así,  tanto  en  la  ciencia  como  en  la  vida,  el 
Catolicismo  no  pretende  suprimir  elementos  que 
son  legítimos  porque  son  naturales,  es  decir, 
establecidos  por  Dios,  sino  asignar  á  esos  ele- 
mentos el  lugar  7  grado  que  tienen  en  el  plan 
providencial  del  mundo,  según  la  voluntad  divina 
revelada  á  la  Iglesia.  El  gran  trabajo  que  nos 
incumbe  en  estos  dias,  es  propender,  con  to- 
das nuestras  fuerzas,  al  predominio  de  los  inte- 
reses morales  7  religiosos.  Los  mismos  elementos 
económicos  7  políticos  en  la  medida  que  justa- 
mente les  corresponde,  se  mantendrán  en  orden 
7  obtendrán  el  conveniente  desarrollo,  cuando 
los  principios  morales  7  religiosos  prevalezcan. 
Ni  las  rentas,  ni  el  crédito  se  desenvuelven  nor- 
malmente si  faltan  la  moralidad  7  la  concordia; 
7  la  habilidad  de  los  estadistas  es  impotente  para 
evitar  ó  suprimir  situaciones  deplorables  7  cri- 
ticas, producidas  por  la  intemperancia  de  pasio- 
nes que  solo  enfrena  la  religión. 

La  fecundidad  poderosa  del  Catolicismo  ha 
producido  en  cada  siglo,  en  cada  evolución  his- 
tórica, los  institutos  7  las  corporaciones  adecua- 
das para  subvenir  á  las  necesidades  7  poner 
remedio  á  los  males  que  en  esas  emergencias 
aparecieron.  Buenos  Aires  cuenta  con  muchos 
establecimientos  religiosos  que  se  consagran  á 
la  obra  evangélica,  con  diversos  fines  especiales. 
Ha7  por  fortuna,  desde  hace  mucho  tiempo,  quien 
se  dedique  á  endulzar  la  amargura  de  la  orfan- 
dad, á  repartir  alimentos  7  vestidos  á  los  pobres, 
á  cuidar  los  enfermos,  á  dar  educación  á  los  adul- 
tos privados  de  ella  en  la  primera  edad;  pero  se 
hacia  sentir,  desde  mucho  tiempo  también,  un 
vacío  que  ojalá  pudiéramos  llenar  nosotros:  la 
falta  de  un  centro  que  sirviera  para  la  reunión 
de  los  católicos,  7  en  el  cual  combinaran  sus 
esfuerzos  para  la  defensa  7  difusión  de  sus  creen- 
cias. A  la  iniciativa  del  señor  don  Félix  Frias 
■e  debe  la  formación  de.  este  núcleo  que  espero 
aloauce  tan  nobles  fines,  con  la  a7uda  de  Dios, 


sin  la  que  nada  bueno  7  saludable  se  realiza. 
Los  ataques  contra  el  Catolicismo  son  cada 
vez  mas  vivos  7  apremiantes.  Nuestra  prensa, 
por  lo  general  indiferente  en  materias  religiosas, 
se  muestra  7a,  en  frecuentes  ocasiones,  decidida- 
mente hostil  contra  la  religión,  contra  el  sacer- 
docio 7  contra  los  seglares  que  abandonando  la0 
timideces  del  respeto  humano,  profesan  pública- 
mente su  fé.  La  circulación  de  los  productos  de 
una  literatura  enfermiza  bajo  formas  insinuantes, 
7,  por  lo  mismo,  mas  peligprosa,  infiltra  su  espí- 
ritu dañino  en  la  juventud.  Un  liberalismo  mal 
inspirado,  que  pretende  asociar  las  instituciones 
democráticas  con  el  descreimiento  en  religión,  se 
propaga  lastimosamente  por  todas  partes.  Estas 
circunstancias  son  otros  tantos  motivos  que  de- 
ben impulsamos  á  difundir  los  buenos  principios  7 
refutar  las  doctrinas  subversivas,  que,  bajo  apa- 
riencias halagüeñas  para  los  espíritus  poco  refle- 
xivos, tienen  desgraciadamente  tantos  órganos 
de  publicidad.  Y  conviene  aquí  hacer  presente 
que  la  enseñanza  7  las  decisiones  de  la  Iglesia, 
no  traban  al  ciudadano  en  el  ejercicio  de  los  de- 
rechos 7  en  el  cumplimiento  de  los  deberes  que 
tiene  en  tal  carácter.  Preciso  es  evitar  la  confu- 
sión que  mañosamente  establecen  los  sectarios 
del  falso  liberalismo,  entre  los  términos  '/cató- 
lico'/ 7  '/adversario  de  las  instituciones  demo- 
cráticas. M  No,  señores :  la  Iglesia  no  es  enemiga 
de  la  libertad  política;  por  el  contrario,  ella  nos 
enseña  el  únioo  modo  de  alcanzarla,  cuando  nos 
dice  por  boca  de  uno  de  sus  Pontífices,  estas 
memorables  7  profundas  palabras:  //sed  virtuo- 
sos, si  queréis  ser  republicanos.  //  Veamos,  entre 
tanto,  cómo  se  entiende  la  libertad  7  cómo  se 
respetan  las  garantías  constitucionales  por  los 
gobiernos  que  traducen  en  la  política,  la  filosofía 
en  que  se  apo7a  el  liberalismo  á  que  me  refiero. 
El  Canciller  del  Imperio  Alemán,  el  genio  7  el 
órgano  de  un  gobierno  que  es  la  resultancia  de 
las  doctrinas  filosófico-positivistas,  ultraja  á  los 
católicos,  encarcela  á  los  sacerdotes  7  establece 
una  verdadera  idolatría,  haciendo  del  Estado  una 
especie  de  Divinidad,  como  lo  dijo  en  las  Cáma- 
ras prusianas  cierto  diputado,  CU70  testimonio 
es  intachable  para  los  enemigos  de  la  Iglesia, 
porque  no  profesa  la  religión  católica.  Y  los 
liberales  no  tienen  una  palabra  de  protesta  con- 
tra semejantes  iniquidades!  Por  lo  demás,  en  un 
dia  ú  otro,  el  desenlace  del  conflicto  será  el 
mismo  que  ha  tenido  siempre  la  lucha  entre  los 


ÍM 


AMÉRICA  LITERARIA 


representantes  de  la  fuerza,  j  la  Iglesia  de  Jesu- 
cristo. M  Napoleón  i,  dijo  otro  diputado  en  las 
Cámaras  citadas  j  dirigiéndose  h  Bismark,  Na- 
poleon  I  con  su  omnipotencia,  no  pudo  vencer  al 
Papa.  A  las  amenazas  que  proferia  el  déspota, 
Pío  VII  respondió,  cómo  se  sabe,  con  esta  pala- 
bra: tragediante!...  Tres  años  después,  Napoleón 
era  derrocado  y  el  Papa  volvía  á  entrar  en 
Roma..." 

El  Catolicismo,  á  pesar  de  tan  violenta  per- 
seoucíon,  renace  j  reverdece  como  una  planta 
inmortal;  j  lo  es  en  efecto,  porque  en  sus  ramas 
circula  savia  divina.  Un  anciano  octogenario 
ocupa  la  Silla  Pontificia.  Confinado  dentro  del 
Vaticano,  despojado  de  la  potestad  temporal, 
Pío  IX  continúa  gloriosamente,  en  nuestro  siglo, 
las  tradiciones  del  martirio  cristiano.  Es  mas 
fuerte  que  los  fuertes;  reina  sobre  las  almas  7 
recibe  de  los  confines  de  la  tierra,  los  testimonios 
del  amor  j  la  veneración  de  millones  de  fieles. 

Si  las  escuelas  filosóficas,  en  sus  últimos  desen- 
volvimientos y  en  el  pafs  que  se  jacta  de  llevar 
mas  adelante  que  todos,  lo  que  se  llama  el  libre 
ejercicio  del  pensamiento,  producen  lógicamente 
la  política  de  Bismark;  7  si  las  ciencias  han  de 
aplicarse  á  organizar  satánicamente  la  matanza 
de  los  hombres  j  á  perfeccionarlos  como  solda- 
dos,— combatamos  esas  escuelas  j  volvamos  el 
espíritu  hacia  la  fuente  inestinguible  de  doctri- 
nas saludables  á  las  cuales  se  halla  reservado  el 
porvenir  del  mundo. 

No  se  diga  que  el  respeto  al  derecho  7  á  la 
libertad,  es  la  bandera  7  el  distintivo  de  los 
libres  pensadores  en  nuestros  días.  El  derecho  7 
la  libertad  son,  al  contrario,  atacados  por  ellos 
en  los  católicos  7  especialmente  en  el  Jefe  de  la 
Iglesia.  H07,  después  de  diez  7  nueve  siglos, 
aquella  gran  lucha  del  paganismo  con  los  pri- 
meros cristianos,  se  renueva  entre  las  sombras 
del  dolor.  El  momento  es  luctuoso,  7  el  Padre 
de  los  fieles,  0U70  nombre  vivirá  perpetuamente 
en  la  historia,  bebe  el  cáliz  de  amargura  que  su 
Maestro  Divino  apuró  un  día  por  la  salvación 
del  género  humano.  Tras  de  estas  angustias  pre- 
valecerá la  buena  doctrina,  7  cuando  se  desha- 
gan en  polvo  los  poderes  efímeros  que  ho7  la 
combaten,  brillará,  como  siempre,  aquella  Cáte- 
dra de  San  Pedro,  que  ninguna  tempestad  puede 

conmover. 

Pedeo  Goyena. 

Jorlsoootolto  y  LitenUo. 

Buenoi  Aires,  1877. 


MEDEA 


Cuando  las  impresiones  nuevas,  terribles  j 
multiplicadas  del  cuadro  á  que  asistimos  dejas 
el  espíritu  aturdido  7  el  corazón  lleno  de  indefi- 
nibles palpitaciones,  no  es  por  cierto  semejante 
momento  el  aparente  para  analizar  con  claridad 
lo  que  pasa  dentro  7  fuera  de  nosotros  mismos. 

Las  grandes  impresiones  no  encuentran  sn 
elocuencia  en  las  frases. 

El  dolor  intenso,  la  alegría  infinita,  el  amor 
supremo,  el  entusiasmo  vertiginoso,  no  tienen 
palabras,  sino  gritos. 

Estallan,  no  hablan. 

Para  hablar  es  necesario  salir  del  imperio  de 
las  emociones,  sacudir  la  fascinación  poderosa; 
hacemos  dueños,  en  fin,  de  nuestro  ser  embar- 
gado; 7  esto  es  difícil  que  suceda  cuando  le 
conservan  aun  en  el  oído  los  acentos  terriblefl 
de  la  gran  trágica  italiana. 

Por  eso  tomamos  con  desconfianza  la  ploma, 
como  un  interprete  inhábil,  cuando  se  trata  del 
espectáculo  á  que  hemos  asistido  en  la  noche  del 
miércoles. 

Un  gran  pintor  de  la  Grecia,  trazando  el  sa- 
crificio de  la  hija  de  Idomeneo,  representó  vuelta 
de  espaldas  la  figura  del  padre  7  sacrificador. 

Consideraba  que  el  pincel  era  impotente  para 
reproducir  aquella  situación  inaudita  del  espí- 
ritu, dibujada  en  los  rasgos  de  un  semblante 
humano;  7  dejaba  que  el  alma  de  cada  uno  ter- 
minase el  cuadro  incompleto. 

Una  columna  en  blanco  es  tal  vei  el  unido  len- 
guaje cuando  no  puede  reproducirse  la  impresión 
7  la  multiplicación  de  lo  sublime  que  quita  toda 
personalidad  á  los  espectadores  para  convertirlos 
en  satélites  arrastrados  sin  voluntad  donde  los 
lleva  la  voluntad  del  genio.  • 

Pero  el  público  no  se  contenta  con  páginas  en 
blanco. 

A  nosotros  el  deber  de  llenarlas,  aunque  sea 
violentando  las  le7es  de  la  sensación  7  cambian- 
do con  dolorosa  violencia  el  mágico  prestigio  qne 
aun  nos  envuelve  en  su  atmósfera  poderosa. 

Medea  fué  algo  mas  que  la  interpretación  su- 
blime de  un  gran  papel. 

Adelaida  Bistori  ha  sido  anteanoche,  para  el 
pueblo  de  Buenos  Aires,  la  revelación  de  lo  de^ 
conocido  ó  mas  bien  la  realización  del  ideal  qne 
está  en  todos  los  espíritus  7  de  que  apenas  en- 


SECCIÓN  LITERAHIA— REPÍBLiCA  argentina 


141 


contrábamos  en  el  mundo  exterior  una  traducción 
tronca  6  un  fra^rmento  deforme. 

Adelaida  Bistori  es  para  nosotros  la  revelación 
de  la  tragedia;  pero  la  revelación,  grande,  com- 
pleta, perfecta  y  evangélica,  si  puede  usarse  esta 
palabra  para  espresar  la  grandeza  j  la  verdad 
típica  que  no  admite  mas  allá. 

Su  frente  alta  parece  dar  un  límite  sobrehu- 
mano al  pensamiento.  Sus  ojos  están  preñados 
de  relámpagos.  Su  boca  parece  aspirar  atmósfe- 
ras superiores.  Su  ademan  tiene  la  magostad 
olímpica.  En  su  voz  vibran  todos  los  tonos,  des- 
de las  notas  varoniles  del  imperio,  desde  el  grito 
salvaje  de  la  pasión  furiosa,  hasta  la  modulación 
suavísima  empapada  en  las  lágrimas  tibias  de  la 
ternura. 

La  Bistori  no  es  una  actriz,  ni  una  mujer 
simplemente. 

Es  la  Musa  fatídica  de  la  tragedia. 

Es  la  Melpomene  antigua,  con  su  manto  azul 
7  su  túnica  de  largos  plieg^e.^,  calzando  el  trá- 
gico coturno  y  apoyada  en  la  diestra,  armada  del 
puñal,  sobre  los  altares  de  la  Tracia. 

Su  actitud  y  juego  escénico,  es  el  esfuerzo  su- 
blime del  arte  que  se  esconde  á  sí  mismo  para 
hacerse  olvidar  y  confundir  con  la  verdad. 

Tómese  una  actitud  cualquiera  de  la  Bistori. 

Sea  que  ella  abrume  con  su  desprecio  como 
cuando  Jason  le  ofrece  hacerla  partir  en  una 
nave  cargada  de  tesoros; 

Sea  que  estienda  su  brazo  para  fulminarle  con 
la  acusación  del  parricidio; 

Sea  que  caiga  desesperada  al  pié  de  los  altares 
de  Saturno; 

Sea  que  en  la  reacción  del  dolor  á  la  venganza, 
medite  al  levantarse  de  sus  grradas  en  aquella 
actitud  admirable  que  es  imposible  describir; 

Sea  que  suplique,  doblando  su  frente  altiva  á 
los  pies  de  su  rival; 

Sea  que  oprima  á  sus  hijos  contra  el  pecho» 
con  el  hondo  g^to  de  la  desesperación  y  la  ter- 
nura, aplicando  sus  mejillas  contra  sus  mejillas, 
8u  cuerpo  contra  su  cuerpo  y  materializando  la 
aspiración  de  confundir  tres  almas  en  una ; 

Sea  que,  como  la  leona  irritada  los  arrebate  en 
808  brazos,  abrasando  con  su  mirada  el  muro  hu- 
mano que  la  aprisiona; 

En  cualquiera  de  esas  actitudes,  decimos,  la 
Bistori  seria  un  modelo  sublime  ofrecido  á  la 
obra  maestra  de  un  escultor. 

T  en  nada  de  esto  hay,  sin  embargo,  el  menor 


estudio  aparente,  la  menor  afectación,  el  menor 
recuerdo  de  la  propia  persona. 

No  se  podría  cambiar  una  sola  línea  de  aque- 
lla magnífica  estatua  sin  dejarla  imperfecta;  y, 
sin  embargo,  ella  las  cambia  todas,  obedeciendo 
á  una  nueva  situación  y  encontrando  otra  acti- 
tud nueva  irreprochable  hasta  en  las  gesticula- 
ciones de  las  manos  y  hasta  en  los  pliegues  de 
la  túnica. 

De  lo  sublime  á  lo  ridículo  no  hay  mas  que 
un  paso,  se  ha  dicho  siempre.  Pero  ese  paso 
tiene  la  profundidad  de  un  abismo. 

En  el  teatro  es  donde  mas  de  cerca  se  toca 
esta  verdad. 

Queriendo  ser  sublimes,  los  actores  son  sim- 
plemente exagerados. 

La  alegría,  la  tristeza,  el  amor,  el  odio,  son 
como  nadie  los  ha  soñado,  como  no  es  posible 
que  sean.  Instrumentos  falsos,  que  no  vibran  al 
unísono  con  el  corazón  de  los  espectadores,  no 
pueden  producir  armonías.  Su  llanto  eterno  ins- 
pira risa  y  sus  huecas  declamaciones  se  estrellan 
contra  la  frialdad  del  que  escucha. 

Esos  son  los  que  no  han  podido  salvar  el 
abismo. 

Bealizar  la  verdad  ideal,  hé  ahí  la  obra  del 
genio  y  la  que  ha  alcanzado  Adelaida  Bistori. 

Parece  que  en  esto  hay  contradicción,  pero  no 
es  así. 

Praxíteles  no  busca  las  formas  en  el  primer 
modelo.  Beune  las  bellezas  dispersas  y  evoca  de 
la  masa  marmórea  la  Yénus  antigua. 

Esa  es  la  vercUid  ideal  de  la  forma,  pues  no 
por  ser  escepcionalmente  hermosa,  deja  de  ser 
esa  Venus  una  estatua  de  mujer. 

Esa  es  la  verdad  ideal  de  la  Bistori. 

Su  pasión  no  es  la  verdad  vulgar  de  cada 
momento  y  de  todas  las  personas.  Es  la  concep- 
ción mas  grande  y  elevada  de  lo  posible,  sin 
dejar  de  ser  lo  verdadero. 

Jason  le  dice  que  tiene  un  medio  de  probar 
que  ama  á  sus  hijos. 

— ¿Cómo?  contesta  Medea. 

— Arrancándolos  á  la  vergüenza  y  á  la  des- 
g^racia. 

— ¿CómoP 

— Inmolándose  á  su  salvación ! 

— Pero  ¿cómo,  díme,  cómo? 

La  última  de  estas  preguntas  la  hace  Medea 
oprimiéndose  la  frente  y  como  queriendo  arran- 
car de  ella  la  revelación  que  no  alcanza. 


Ui 


ÁU  ERICA  LITERÁItlÁ 


-ás. 


\  Es  sublime  de  espresion  y  naturalidad ! 

Medea  llamando  á  sus  hijos,  agitando  los  bra- 
zos alargados  con  febril  impaciencia,  espresando 
en  su  fisonomía  el  espasmo  del  amor  materno,  al 
escuchar  su  voz  6  al  sentir  en  sus  rodillas  el 
contacto  de  sus  manos,  ha  llegado  sin  duda  al 
ideal  de  la  espreakm,  sin  que  esos  grandes  ras- 
gos tuvieran  otra  luz  que  la  verdad. 

Pero  donde  mas  se  muestra  el  genio  de  la 
artista  es  en  las  situaciones  que  ella  misma  crea. 

Toda  la  escena  del  último  acto  reposa  en  esta 
sola  palabra:  tú!  que  Medea  arroja  contra  Jason 
como  un  anatema. 

La  situación  es  obra  de  la  artista  j  en  esta 
parte  es  algo  mas  que  intérprete  del  poeta. 

Desde  las  primeras  palabras  del  primer  acto 
ya  se  comprende  esa  facultad  creadora. 

La  nodriza  le  pregunta,  al  verla  presentar 
una  ofrenda  á  los  dioses  griegos,  si  son  también 
los  suyos: 

Responde  Medea: 

—Ah  I  no  I  non  SLggna^UBi  le  mié 
Alie  tne  deitá.    Le  mié  tuoi  doni 
Disdegnano;  il  lor  coito  é  aparentoflo 
£  un  sempiterno  aTvicendar  di  stragri ; 
Venere  noetra  por  di  sangne  anch'ella 
Ha  setel 

'/No  compares  tus  dioses  á  los  mios.  Los  mios 
despreciarían  esa  ofrenda.  Su  culto  espantoso  es 
una  cadena  de  atrocidades.  Nuestra  Venus  mis- 
ma tiene  sed  de  sang^. " 

Estas  palabras  parece  que  debían  ser  pronun- 
ciadas con  lentitud  y  entonación  para  dejar  el 
tiempo  de  producirse  á  los  cuadros  que  envuel- 
ven. 

La  Bistori  las  pronuncia  con  rapidez  y  con 
voz  sorda,  como  aquellos  espectáculos  horribles 
de  los  cuales  nos  hace  volver  la  cara,  dejando  á 
la  imaginación  que  los  complete.  El  auditorio 
mismo  se  hace  así  instrumento  de  la  acción. 

Sus  hijos  tienen  hambre  y  se  lo  dicen. 

Medea  exclama  con  desesperación: 

Kon  poter  motar  mié  vene 

Fino  all'eetrema  goocia,  e  dir  préndete, 

KntriteTi,  l)eTete  il  sangue  miol 

Este  pasaje  hace  erizar  el  cabello. 

El  diálogo  con  Creusa  es  sin  igual. 

La  historia  que  cuenta  Medea  de  su  vida  de 
joven,  la  llegrada  de  Jason,  sus  impresiones  pri- 
meras, es  algo  que  no  puede  describirse. 

La  sola  aodon  y  espresion  de  la  Bistorí  tra- 


duce el  cuadro  trazado  en  los  sigfuientes  venoi 
con  mas  elocuencia  que  la  palabra: 

Al  primo  Bgnaxdo  ano 
Beetoi  stnpida  e  muta,  itenmoaoaao 
Le  raganti  pupille.  Entro  mi  rodé 
Aspra  tmania;  rien  men  Tinta  la  oafana... 
SofEro...  Ei  paria...  e  di  mhtto  a  torrenti 
Dentro  mi  soorre  del  gioir  la  piena. 

({Quién  no  ha  conservado  el  recuendo de  aqael 
rugido  de  la  terrible  leona,  cuando  Crenaa  le 
pregunta,  candidamente,  qué  haria  con  la  mvj» 
que  le  hubiese  robado  á  Jason,  si  la  enoontcaieP 

¿che  farei 
Loro?  Che  &k  nel  cupo  della  Mlva 
n  leopardo  allor  che  con  subitano 
Salto,  mgrgendo  di  terribil  gioia, 
Pecipita  qnal  folgore  e  ghermiace 
La  preda,  e  in  boo  epeoo  la  porta  e  i  meml»i 
Sanguinanti  ne  sqnatra  a  brano  a  hrano?... 

Medea  se  transfigura  y  se  cree  ver  en  ells  al 
leopardo  arrancando  á  su  presa  los  miembros  pal- 
pitantes con  que  siembra  su  sombría  cueva. 

El  vedremo !  con  que  responde  al  anuncio  de 
Creusa  de  unirse  á  Jason,  es  digno  de  la  Bistori. 

La  escena  con  Jason,  del  segundo  acto,  es 
magnífica. 

Medea  aparece;  Jason  hace  retirar  á  los  que 
le  acompañan,  para  quedarse  solo  y  el  público  ae 
conmueve  ya  porque  presiente  lo  que  vá  á  su- 
ceder. 

La  primera  transición  es  sublime. 

<f  E  desso !  Ah  tutto  obblio !  u  esclama  la  aman- 
te abandonada. 

Pero  Jason  vuelve  la  espalda. 

La  espansion  del  amor  vuelve  á  encerrarse  en 
aquel  corazón  altivo  y  Medea  dice  con  indescrip- 
tible amargura: 

Forae  ü  lacrimar  di  sna 
Korte  alia  vocee  un  diBi>erar  che  conta 
Sei  Inne,  e  un  lungo  aspro  cammin,  la  mía 
Sembianza  gnastar  ai,  che  pell^rina 
Gli  api>ar... 

Y  luego  agrega  con  la  ironía  acerba  que  pare- 
ce una  sonrisa  del  dolor : 

Jiasone,  io  son  Kedea! 

Jason  le  pregunta  si  ama  á  sus  hijos. 
Medea  responde  esta  sola  palabra :  i<  se  li  amo.^ 
Pero  ahí  está  el  asombro  que  causa  la  nega- 
ción de  la  evidencia  y  la  duda  de  lo  mas  santo; 
ahí  está  la  apelación  al  cielo  que  atestiguan  los 
ojos  levantados  /  las  manos  juntas;  ahí  está  ei 
latido  que  responde  á  esa  duda,  contenido  por 
los  brazos  que  oprimen  el  pecho. 


SECCIÓN  LITERARIA— EBPéBLicA  argentina 


14a 


El  pintor  que  pndiera  reproducir  esa  actitud 
y  la  espresion  de  esa  flsonomia,  pasaría  sin  duda 
en  su  obra  á  la  posterídad. 

¿Qué  decir  de  la  terríble  recriminación  con 
que  responde  Medea  á  las  palabras  del  que  la 
ofrece  conducir  á  reinos  remotos? 

¿Irá  á  la  patria  que  le  cobraría  sus  tesoros, 
robados  para  JasonP  ¿Irá  á  Metona,  cuyo  rey 
fué  muerto  para  darle  un  trono?  ¿O  á  Tracia, 
dónde  la  mar  irritada  revuelve  todavía  los  hue- 
sos del  hermano  asesinado  por  él  ? 

— ¡No!  exclama. 

'Tiü  che  oonaorti  noÍ  complici  siamo". 

El  recuerdo  del  moríbundo  lansando  su  anate- 
ma á  sus  asesinos,  hace  temblar.  Medea  gime  con 
BU  acento,  recoge  en  sus  manos  la  sangre  escapa- 
da de  su  herída  y  con  la  cual  salpicó  sus  rostros. 

Todo  lo  que  sigue  de  aquí  es  incomparable- 
mente bello. 

La  escena  con  los  hijos,  que  viene  mas  ade- 
lante y  de  que  hemos  hablado  de  paso,  muestra 
el  genio  de  la  Ristorí  para  pulsar  las  cuerdas 
profundas  de  la  ternura,  dejándolas  vibrar  por 
largo  tiempo  en  el  alma.  Su  profunda  ciencia 
en  las  transiciones,  su  ímpetu  terríble  en  los 
arranques  de  la  pasión,  se  manifiestan  maravillo- 
samente aquí  y  en  la  escena  con  Creusa,  al  es. 
conder  el  puñal  con  que  iba  á  matar  á  su  rival, 
cuando  esta  declara  que  venia  á  salvarla. 

En  la  escena  5*  del  tercer  acto  hay  un  cuadro 
sublime  de  espresion. 

Medea,  sorprendida  cuando  amenazaba  á  la 
luja  de  Creonte,  es  condenada  á  partir  y  le  arre- 
batan sus  hijos. 

La  leona  vencida,  cae  doblando  una  rodilla,  y 
BU  cara  toma  esa  espresion  de  dolor  idiota  que 
indica  el  último  límite  del  sufrimiento,  rayando 
casi  en  la  insensibilidad.  Nadie  puede  figurarse, 
sino  viéndola,  esa  línea  ondulada  que  forma  la 
contracción  de  una  boca  abierta  por  el  espasmo 
del  dolor. 

Recordamos  una  figura  de  Scheffer,  en  su  cua- 
dro de  la  matanza  de  Heredes.  Allí  se  veía  una 
joven  judía  cuyos  labios  contraidos  espresaban 
por  sí  solos  ese  dolor  infinito  que  se  revelaba  con 
la  misma  intensidad,  aun  cuando  se  cubriera  el 
resto  de  las  facciones. 

La  boca  de  Medea,  en  aquella  situación,  deja- 
ba pálido  aquel  signo  sublime  del  dolor  sorpren- 
dido á  la  naturaleza  por  Scbeffer. 


De  estas  sorpresas  tiene  la  Ristorí  á  cada  ins- 
tante. 

Sus  ojos,  sus  facciones  todas,  su  actitud,  sus 
movimientos,  sus  dedos,  sus  pies,  todas  esas  son 
notas  que  concurren,  como  rayos  concentrados, 
al  foco  de  la  pasión  suave  ó  tremenda  que  espre- 
sa con  una  intensidad  incomparable. 

Del  tercer  acto  no  se  puede  hablar. 

Es  necesarío  verlo. 

El  genio  de  la  grande  artista  crece  á  medida 
que  se  hacen  mas  dramáticas  las  situaciones. 

La  escena  en  que  se  le  permite  escoger  entre 
sus  dos  hijos;  en  que  ella  renuncia  á  ese  dere- 
cho, porque  «una  alma  no  puede  partirse  en 
dos«;  en  que,  dejando  la  elección  á  sus  hijos 
mismos,  estos  le  responden  con  el  silencio;  en 
todo  eso,  Medea  se  supera  á  sí  misma,  si  es  po- 
sible. 

Y  luego,  cuando  cae  anonadada  á  los  pies  de 
la  estatua  de  Saturno,  cuando  vuelve  en  sí  de 
su  desesperación,  se  palpa  sus  lágrimas,  se  pre- 
gunta si  es  ift  terríble  Medea  la  que  llora,  pro- 
nuncia el  nombre  de  Creusa,  vé  brillar  en  ese 
nombre  su  venganza  y  se  levanta  diciendo : 


"Ama  i  tre,  nei  tre  muora". 

Esto  solo  puede  compararse  á  la  espantosa 
espresion  que  dá  á  los  versos  del  segundo  acto, 
cuando  se  figrura  y  descríbe  la  muerte  de  su 
ríval. 

Come  spegnerlaP    Qnali  arme?    H  releno? 
Scoprir  r  insidia  ella  potrial    H  pugnale? . . . 
Piü  corto;  ai  oolpi  duce  il  cor. . .    GMoso 
Del  Telen  fora  il  braocio!    Oh  gioial  la  notte, 
Baaente  i  foschi  mnri,  entrar,  qnal  ombra, 
Dove  ella  posa  e  in  sue  pióme  giacente, 
Botto  mia  man  mirarla  l'aborrita 
Greca  e  col  ferro  che  improriso  piomba 
Snl  8UO  seno  cercar  nelle  latebre 
Del  i>etto  l'alma...  apre  gli  occhi,  mi  vede; 
All'  estremo  sao  grido,  in  snbitano 
Bisregliamento  de  la  reggia  amante, 
Congianti  accorron  tntti  esterrefatti, 
E  veggon  salla  salma  di  Creosa 
Terribilmente  in  pié  sorger  Kedeal 

La  imprecación  á  Saturno  es  terríblemente 
sublime. 

De  la  iiltima  escena  con  los  hijos  y  la  nodríza, 
lo  mismo  que  de  la  escena  última,  hemos  hablado 
incidentalmente  y  están  grabados  sus  recuerdos 
en  todos  demasiado  hondamente  para  que  sea 
necesarío  reavivarlos. 

Confesamos  que  no  éramos  muy  partidaríos 
de  la  tragedia  antes  de  oir  á  madama  Ristorí, 

Esto  8(»  esplica  perfectapiente, 


144 


AMERICA  LITERARIA 


Para  hablar  el  lenguaje  de  los  héroes  es  nece- 
sario tener  el  alma  de  los  héroes. 

Para  hablar  el  lenguaje  de  las  grandes  pasio- 
nes, es  necesario  el  genio  capaz  de  sondear  su 
inmensidad. 

Ese  idioma  no  puede  ser  traducido  por  todos; 
7  es  por  eso  que  la  tragedia,  tan  ridicula  y  de- 
testable como  es  en  su  medianía,  es  sublime 
cuando  encuentra  sus  grandes  intérpretes. 

Decir  ahora  que  el  público  hizo  á  la  célebre 
trágica  la  ovación  mas  completa,  sería  repetir 
lo  que  todos  saben. 

Nosotros  creemos  que  si  no  aplaudió  hasta 
romperse  las  manos,  fué  porque  estaba  impre- 
sionado con  demasiada  intensidad  para  reaccio- 
nar inmediatamente  a  cada  paso. 

Asimismo  condenamos  los  intempestivos  aplau- 
sos que  vienen  á  interrumpir  frasos  y  situacio- 
nes, con  grave  incomodidad  del  verdadero  público 
inteligente. 

Se  concibe  un  hravo  6  uno  de  esos  sordos  ru- 
mores de  la  conmoción  profunda  de  un  público, 
acompañando  un  gran  momento  del  artista;  pero 
ponerse  á  hacer  bulla  á  designio  durante  dos 
minutos,  para  manifestar  que  ha  gastado  una 
palabra  ó  un  gesto,  es  querer  hacer  constar  esa 
aprobación  perjudicando  al  artista  mismo  j  á 
los  que  desean  escucharlo. 

Aplaúdase  enhorabuena  después  del  acto  ó  de 
la  escena,  cuantas  veces  se  quiera;  pero  el  aplau- 
so debe  ser  una  aprobación  inteligente  j  no  una 
interrupción  de  mal  género. 

Imposible  nos  sería  señalar  todos  lo^  admira- 
bles momentos  que  tuvo  madama  Ristori  durante 
la  tragedia.  Tendríamos  que  hacer  una  diserta- 
ción sobre  cada  palabra,  porque  no  hay  una  «ola 
en  que  no  se  haya  mostrado  á  la  altura  del  genio. 

Volvemos  á  repetir  que  nos  consideramos  in- 
capaces de  espresar  lo  que  la  grande  artista  ha 
hecho  sentir  al  pueblo.  Busque! o  cada  uno  en 
su  propia  historía,  que  es  la  de  todos. 

En  efecto,  es  indudable  que  anteanoche  todos 
hf  mos  salido  del  teatro  cambiando  palabras  de 
admiración  y  entusiasmo;  hemos  ido  á  buscar  en 
seguida  en  el  libreto  un  alimento  á  nuestras  im- 
presiones; hemos  cerrado  los  ojos  sobre  el  libre- 
to, para  escuchar  toda  la  noche,  la  plegaría 
desesperada  6  la  imprecación  terrible  de  Medea, 
viendo  ondear  los  pliegues  de  su  túnica  y  bríllar 
la  luz  de  su  puñal  en  1&  noche  de  los  sueños. 

Y  en  seguida  nos  hemos  levantado  y  hemos 


vuelto  á  hablar  de  madama  Ristorí  hasta  volrer 
esta  noche  á  colgar  nuestras  almas  de  sus  labios, 
como  dicen  los  andaluces  en  su  lenguaje  pinto- 
resco. 

Jo8£  Majiia  Gutivbbkz. 

Abogado  j  Pubtteitte. 
La  Nación  Argentina,  1869. 


fantasía 


Cuando  en  los  bancos  de  la  escuela  se  nos  lle- 
naba la  cabeza  con  las  revoluciones  políticas  de 
los  patríelos  romanos,  que,  de  la  placa  pábliet 
subian  á  la  tríbuna,  de  la  tribuna  al  consulado 
y  del  consulado  á  la  horca;  cuando  se  nos  hada 
aprender  de  memoría  que  Roma,  la  señora  del 
mundo,  la  vencedora  de  la  Ai ríca,  de  las  Oalias, 
de  la  España  y  de  toda  la  tierra  conocida,  se 
hacia  llamar  Urbi  para  distinguirse  de  todas  Ut 
otras  ciudades;  cuando  en  medio  del  invierno,  en 
esas  largas  y  heladas  salas  de  la  Universidad  de 
Buenos  Aires,  entre  el  fastidio,  la  risa  ó  el  poco 
respeto  por  el  maestro,  se  nos  llevaba  á  partici- 
par de  los  banquetes  de  Lúculo  y  de  los  furores 
patríóticos  de  Catilina,  nos  habíamos  formado  li 
idea  de  que  Roma  estaba  situada  sobre  la  mayor 
altura  de  la  tierra,  y  que  una  vez  en  el  Capito- 
lio, se  debia  dominar  la  creación  entera  y  vene 
los  otros  pueblos  como  enanos  que  se  estinn 
por  alcanzar  á  las  rodillas  del  gigante,  una  reí 
de  pié  sobre  la  montaña,  nos  decíamos,  el  espí- 
ritu debe  dominar  las  artes,  las  ciencias,  todo  lo 
que  los  hombres  han  creado,  como  dominaron 
los  romanos;  allí  el  hombre  será  mas  hombre; 
grande  y  vasto  en  sus  concepciones,  porque  en 
Roma,  coloso  del  mundo  inteligente,  nada  puede 
ser  chico,  y  cuando  descendamos  para  llevar  i 
nuestras  riberas  del  Plata  el  producto  del  esta- 
dio, el  fruto  de  los  peligros  y  de  las  fatigas, 
volveremos  con  el  bautismo  de  una  regeneración 
completa,  y  seremos  útiles... 

Esta  ilusión  duró  veinte  años.  ¡  Poder  mágieo 
de  la  pasión ! . . .  Oh !  sí,  vendrá  el  dia,  nos  decía, 
mos,  en  que  pongamos  los  pies  sobre  la  roca 
Tarpeya,  en  que  refresquemos  el  cuerpo  en  los 
mármoles  de  Caracalla,  y  en  medio  de  esas  8<Mn- 
bras  gigantescas  podamos  lanzar  el  grito  del 
tríunfo  conseguido. 


SECCIÓN  LITERARIA— BBPtBUCA  argentina 


145 


«Vimos  á  Roma,  hemos  pisado  sa  polvo  j 
saludado  su  corona  inmortal. »  ¿  Queréis  que  os 
diga  que  la  fantasía  era  preferible  á  la  reali- 
dad?... ¿que  con  ella  murieron  ilusiones  que  ya 
eran  parte  I»  la  existencia,  secretos  que  se  sabo- 
reaban en  silencio,  en  la  amargara  de  los  desen- 
gaños cuotidianos?  No,  porque  vosotros  sabéis 
que  el  deseo  satisfecho  j  la  dificultad  vencida... 

Roma  está  situada,  como  muchos  pueblos  ita- 
lianos, ni  mas  alto  ni  mas  bajo  que  otros...  pero 
ella  tiene  su  San  Pedro,  su  Moisés,  su  Coliseo  y 
algo  mas...  ¿Queréis  que  os  hablemos  de  las  da- 
mas romanas?  Las  que  sirvieron  de  modelo  á  la 
Eva  de  Miguel  Ángel,  valen  bien  un  recuerdo 
que  acaso  reemplaza  la  fantasía  que  acabó  con 
la  visita. 

Bien,  pues — y  podéis  creerme  bajo  mi  palabra. 

La  dama  romana  es  bella  y  elegante,  lujosa, 
llena  de  poesía  en  su  traje  y  en  sus  maneras. 
No  observa  la  sencillez  de  la  dama  francesa  en 
los  colores  de  su  traje,  tal  vez  porque  bajo  ese 
cielo  caprichoso  ama  imitar  sus  contrastes.  Su 
palabra  es  melodiosa  y  tranquila;  el  estranjero 
no  encuentra  en  ella  la  altiva  reserva  de  las  da- 
mas del  Norte,  y  es  curiosa,  apasionada  de  todo 
lo  que  está  fuera  de  Roma,  aunque  se  nota  siem- 
pre el  orgullo  de  la  sangre.  Dotada  de  imagina- 
ción, es  fanática  por  las  narraciones  fantásticas, 
y  las  simples  aventuras  de  viaje  la  tendrían  ocu- 
pada la  noche  entera,  sin  fijarse  en  el  tiempo. 
De  esta  cualidad  sacan  partido  los  hombres  de 
espírítu,  y  los  hombres  que  saben  interesar  con 
la  palabra,  sean  feos  ó  bonitos,  jóvenes  de  veinte 
años  ú  hombres  de  treinta  y  cinco.  Una  vez  que 
la  dama  romana  os  ha  devuelto  vuestro  saludo, 
podéis  contarla  en  el  número  de  vuestras  rela- 
ciones, y  si  el  cielo  os  ha  dotado  de  un  poco  de 
osadía,  ese  mero  cumplimiento  de  civilidad  po- 
dría serviros  de  título  de  introducción...  ¿Que- 
réis una  prueba? 

una  de  las  noches  crepusculares  del  mes  de 
Mayo,  nos  vino  la  idea  de  visitar  las  ruinas  del 
palacio  de  los  Césares,  que  los  siglos  han  des- 
truido, se  diría  de  una  manera  calculada,  para 
despertar  la  melancólica  poesía  de  los  recuerdos; 
la  eaüe  del  Corso  buUia  de  gente  y  ese  movi- 
miento puramente  convencional  no  ofrecía  á 
nuestros  ojos  sino  la  imitación  de  lo  que  pasa  en 
los  Boulevards  de  París,  en  la  Strada  Nuova  de 
Genova  y  en  la  ria  Calsaiuoli  de  Florencia. 

Vamos  á  las  ruinas,  nos  digimos,  y  vamos  solos 


á  sentir  en  el  silencio  la  voz  de  esos  restos  que 
han  presenciado  tantas  grandes  acciones,  tan 
profundas  maldades  y  tantas  miserías,  porque  el 
hombre  es  siempre  el  mismo,  bajo  todos  los  cli- 
mas y  bajo  todos  los  tiempos. 

Fácil  es  la  satisfacción  de  los  deseos  de  ese 
género.  Llegados  á  la  puerta,  fuimos  sorprendi- 
dos por  la  vista  de  una  bella  y  elegante  calesa 
descubierta,  de  cochero  y  lacayo  en  uniforme  ga- 
loneado, y  que  al  parecer  esperaba  á  sus  amos. 

Tiramos  el  cordón  de  la  gruesa  campana  y 
pronto  se  presentó  la  guardiana,  buena  y  sencilla 
mujer,  que  por  un  franco  nos  había  permitido 
ya  otras  veces  visitar  su  palacio  de  recuerdos. 
Conociónos  inmediatamente,  y  con  su  franqueza 
habitual  nos  dijo:— Adelante. 

— Tememos  perdernos  si  vamos  solos,  la  di- 
gimos. 

— Hay  gente  en  las  ruinas. 

— Entonces  vamos  también  nosotros. 

Y  nos  lanzamos  por  esas  escaleras  seculares, 
cuyas  piediVB  contienen  millares  de  nombres  de 
los  viajeros  que  creen  hacerse  eternos  uniendo 
el  nombre  propio  á  la  vida  de  esos  restos  y  pasar 
á  la  posteridad,  como  si  el  viaje  á  Roma  fuese 
una  peregrinación  como  el  viaje  á  la  Meea. 

No  habíamos  subido  treinta  escalones,  cuando 
oímos  la  voz  dulce  y  melodiosa  de  una  boca  ro- 
mana, que  decía  en  el  tono  de  la  rísa— ¡Qué  gra- 
ciosa, hoy  tienes  miedo,  como  si  fuera  la  prímera 
vez  que  lo  haoemos!  En  dos  brincos  nos  pusimos 
al  lado  de  la  que  hablaba,  y  con  el  sombrero  en 
la  mano  la  digimos : 

— Señora,  á  título  de  hombres  y  en  medio  de 
las  ruinas,  nos  es  permitido  ofreceros  nuestra 
compañía. 

El  gradas  prosaico  vino  á  helarnos  la  sangre; 
pero  el  momento  era  exigente  y  replicamos : 

— Ofrecemos  nuestra  compañía,  mas  en  nues- 
tro interés,  acaso,  que  como  mera  forma  de  civi- 
lidad. Estamos  ciertos  de  extraviamos  si  recor- 
remos solos  estas  ruinas,  y  al  lado  de  vosotras 
no  se  corre  ese  peligro. 

— Entonces  aceptamos  la  compañía,  dijo  una 
de  las  dos  damas,  y  os  serviremos  de  guia.  Esta 
loca,  agregó  dirigiéndose  á  la  otra,  ha  querído 
venir  á  visitar  sus  minas  á  estas  horas,  y  ahora 
tiene  miedo...  oh!  cómo  somos  incomprensibles 
nosotras  las  mujeres! 

— Pues  bien,  que  la  que  tiene  miedo,  tome 
nuestro  brazo,  y  vamos  juntos  á  descubrir  este 

19 


146 


AMERICA  LITEBABIA 


mundo  sombrío,  como  Mzo  el  Dante  6  Cristóbal 
Colon. 

Cuando  la  dama  que  tenia  miedo  dejó  caer  su 
brazo  sobre  el  nuestro,  sentimos  de  Teras  que  se 
había  posado  uno  de  aquellos  que  sirren  á  las 
bellas  creaciones  de  los  estatuarios  romanos,  que 
copiando  al  natural,  mandan  al  estranjero  esas 
perfecciones  que  luego  Tenden  como  adivinacio- 
nes del  genio. 

— ¡Qué  bella  idea  habéis  tenido,  señoras,  en 
Teñir  aquí  esta  noche,  7  qué  buena  es  la  provi- 
dencia que  nos  ha  inspirado  la  misma! 

—  Debemos  partir  para  Liorna,  á  pasar  allí  el 
yerano.  7  70  no  puedo  abandonar  mis  ruinas  sin 
darles  un  adiós,  dijo  la  que  nos  daba  el  brazo. 

— Van  dos  veces  que  os  oímos  decir  mis  ruinas 
7  la  curiosidad  es  cualidad  esencial  en  los  viaje- 
ros. ¿Por  qué  decis  mis  ruinas?  ¿por  qué  sois  de 
Boma  7  porqué  estos  restos  son  romanos? 

—  No  porque  son  mias  7  es  una  parte  de  la 
herencia  de  mis  padres. 

—  ¡Qué!  ¿todas  las  ruinas  no  sott.  de  propie- 
dad pública? 

— Al  contrario,  ha7  mu7  pocas  que  no  sean 
de  propiedad  particular. 

— Entonces,  señora,  ¿  debemos  trataros  como 
á  una  de  las  herederas  de  los  Césares? 

— Simplemente  como  á  la  vizcondesa  L.  L. 

— Mucho  honor,  señora,  de  haUamosen  vues- 
tra sociedad.  Habéis  sido  de  una  tolerancia  infini- 
ta. puAs  nuestro  aspecto,  en  el  traje  que  vestimos, 
debe  haber  puesto  delante  de  vuestros  ojos  uno 
de  esos  bandidos  que  hace  la  moda,  ó  un  artista, 
porgue  ambos  visten  poco  mas  ó  menos. 

—No;  08  hemos  tomado  por  lo  que  sois  pro- 
bablemente; un  viajero  que  ama  las  lindas  vistas 
7  las  bellas  noches,  7  que  acaso  tiene  algo  dentro 
del  pecho  que  lo  aleja  de  la  bulliciosa  sociedad. 

— Gracias,  señora,  si  es  un  elogio.  No  somos 
de  Europa  7  nuestro  país  se  pierde  en  la  carta 
del  mundo  á  fuerza  de  estar  lejos;  somos  de  las 
riberas  del  Plata,  en  la  América  del  Sud. 

— Es  la  primera  vez  que  oigo  nombrar  ese 
país.  No  lo  extrañéis,  señor,  porque  S07  de  una 
ignorancia  completa  en  geografia. 

— Perdón,  señora;  ha7  ministros  de  Estado  que 
no  harian  esa  confesión  7  esos  ministros  tienen 
pendiente  con  nuestro  país  una  cuestión  diplo- 
mática desde  ocho  años  atrás  7  todavía  no  están 
bien  ciertos  de  si  el  Bio  de  la  Plata  es  tributa, 
rio  del  Nilo  ó  del  Océano. 


— ¿Y  cómo  se  viene  hasta  Boma? 

— Se  puede  venir  hasta  Civitaveochia,  por  mar 
en  buques  que  hacen  los  viajes  ultramarinos,  7 
si  es  buque  de  vela  serian  necesarios  tres  meses 
de  navegación  á  lo  menos;  7  en  buen  buque  da 
vapor  45  ó  50  dias. 

—  ¡Dios  mió!  ¿T  qué  se  hace  todo  ese  tiem- 
po?... ¡siempre  en  el  mar,  sin  hacer  escala  como 
los  vapores  que  van  á  Marsella! 

— Siempre  en  el  mar,  sin  otra  compañía  que 
el  cielo  que  os  cubre  7  el  agua  que  os  soporta: 
no  es  alegre  por  cierto  una  travesía  tan  larga; 
pero  el  hombre  es  hijo  de  los  hábitos  7  llega  á 
acostumbrarse  á  todo.  En  el  mar  se  lee  mucho, 
se  estudia,  se  piensa  también,  se  duerme  j  se 
come  cuando  el  corazón  está  contento  7  el  físieo 
no  padece.  7  se  piensa  mas  que  en  todo  en  la  que 
quedó  llorosa  en  la  pla7a  de  la  patria  ó  en  la  que 
espera  palpitante  de  esperanzas  en  el  puerto  de 
llegada.  ¿Veis  como  todo  se  encuentra  compen- 
sado en  este  mundo  ? 

— Por  mi  parte  nunca  tendría  suficiente  valor 
para  hacer  un  viaje  tan  largo. 

— Escusadme ...  ¿ sois  casada ? 

— S07  viuda. . .  ¿ por  qué  P 

— Porque  para  responderos  me  era  necesario 
averiguar  antes  si  habíais  sentido  7a  el  influjo 
de  las  pasiones.  Todas  ellas  se  parecen,  7  hasta 
la  que  consiste  en  no  tener  ninguna  es  dominan- 
te 7  tiránica;  sabéis  que  al  non  far  niente  se  le 
dá  siempre  la  cualidad  de  dulce.  El  comerciante 
atraviesa  los  mares  por  satisfacer  la  pasión  del 
lucro;  el  avaro  por  ocultar  ó  salvar  lo  que  tiene; 
el  viajero  de  placer  por  satisfacer  su  curiosidad; 
el  sabio  por  estudiar  la  tierra  7  las  sociedades 
que  no  conoce;  7  los  desgraciados  como  nosotros 
por  huir  de  una  pena  que  les  sigue  á  todas  partes. 

— Debe  ser  bi«n  profunda. 

— Depende  de  la  naturaleza  de  cada  uno:  á 
vos  no  os  afligiría  tal  vez.  7  á  nosotros  nos  mata. 
Hemos  perdido  la  compañera  de  la  vida. 

— ¿  Tan  joven  7  viudo  ? 

— Nos  casamos  niños  7  nos  amábamos  como 
gandes. 

— ¿Y  la  habéis  perdido? 

— Si,  ahora  cuatro  años... ¿Veis,  señora,  como 
este  sitio  arrastra  á  los  asuntos  tristes?...  vos 
debéis  sufrir  también,  porque  ha7  una  afinidad 
cruel  entre  todas  las  penas  7  me  habéis  diclio 
que  erais  viuda. 

— Sí,  he  perdido  un  amigo,  no  una  paáon... 


dCCCiON  LITEU  A  KT  A  —itEPtJBLicA    abobktika 


147 


•ra  imposible,  paes  él  tenia  cinonenta  y  ocho 
años  j  yo  tengo  veinte  j  dos. ..  lo  estimaba  como 
á  protector  j  como  á  padre.» . 

— Comprendo  bien  esa  ley  europea  de  matri- 
monios de  eonyeniencia...  no  se  puede  ser  moral, 
bueno  y  felis,  sino  cuando  el  coraxon  está  con- 
tento, porque  las  comodidades  y  el  lujo  impre- 
sionan el  primer  dia,  y  mueren  luego.    ¿No  es 
Terdad? 
— ¿Cómo  queréis  que  os  responda? 
— ¿  No  conocéis  la  palabra  que  ha  poetizado 
el  Dante?    Si  hubieseis  tenido  por  marido  al 
primer  hombre  que  hiso  palpitar  de  amor  vues- 
tro pecho,  al  joven  por  quien  en  el  Corso,  en  el 
Pinoio,  en  la  Argentina,  os  adornabais  para  ser 
bella,  al  que  esperabais  siempre  sin  haberle  dado 
antes  una  cita,  al  que  por  veros  hubiese  expuesto 
su  vida  corriendo  cien  peligros,  decidme,  ¿  estas 
ruinas  no  hablarían  á  vuestro  corazón  mas  que 
á  los  ojos  y  al  espírítu  ?  El  recuerdo  de  los  dias 
felices,  de  las  alegrías  extintas  para  siempre,  ¿no 
vendría  á  interponerse  entre  los  testimonios  de 
la  historia  y  vuestros  recuerdos  ?  Si  él  estuviese 
ahora  conmigo,  os  diríais  en  el  secreto  del  alma, 
aquf  á  mi  braso,  bajo  este  cielo  que  no  tiene  una 
nube,  á  extasiarse  sobre  ese  rayo  de  luna  que 
eae  sobre  esa  ruina  y  la  viste  de  melancolía  y 
de  respeto,  ¿no  apretaríab  su  brazo  y  le  arran- 
caríais 4  las  trístes  meditaciones  ? 

— jCómo  se  conoce  que  esa  reflexión  pasa  por 
vuestra  mente! 

— No  os  ofendáis:  las  ruinas  tienen  una  analo- 
g^ía  bien  cruel...  huyamos  de  este  sitio...  y  bus- 
quemos á  vuestra  hermana  que  me  parece  alegre 
de  carácter.  ;  Qué  dichosos  los  que  son  dichosos! 
Y  fuimos  á  perdemos  en  el  laberinto  de  esos 
restos,  que  iluminados  por  la  luna  de  mayo  del 
eielo  de  Italia,  recuerdan  las  fantasías  de  los 
dulces  años  que  pasaron. 

MiouKL  Cañé  (padu). 

UtanUo  7  JurUeousalto. 
Boma,  1858. 


PERÚ 


ÜN    FESTIVAL    CHINO 


Fuera  de  los  domingos,  el  chino  contratado 
no  tiene  mas  dias  de  reposo  que  los  dos  desti- 


nados d  festejar  su  año  nuevo.  En  los  valles,  se 
reúnen  cada  año  en  una  hacienda  diferente  y 
allí  se  entregan  á  una  orgía  de  cohetes  de  la 
China,  comilonas,  representaciones  dramáticas, 
juego,  opio;  holgazanería,  en  una  palabra.  Por 
una  feliz  coincidencia,  el  año  nuevo  chino  cayó 
en  lunes  de  carnaval,  y  la  hacienda  elegida,  6 
de  turno,  en  el  valle  de  Caravayo,  fué  «Caudi- 
villa  «. 

Cuando  descendimos  en  la  estación  de  Puente 
Piedra,  de  la  línea  de  Lima  á  Ancón,  para  to- 
mar el  tren  particular  de  la  hacienda,  nos  espe- 
raban ya  unos  500  chinos  que  se  encaramaron 
como  les  fué  posible  en  wagones  de  carga,  natu- 
ralmente provistos  de  una  cantidad  enorme  de 
cohetes,  que  durante  el  camino  nos  destrozaron 
el  tímpano  y  estuvieron  á  punto  de  quemamos. 
A  nuestra  llegada,  habría  reunidos  no  menos  de 
1,000  chinos.  Después  de  un  alegre  almuerzo, 
en  el  que  el  noble  y  antiguo  juego  de  carnaval 
reivindicó  sus  derechos,  saliendo  todo  el  mundo 
empapado,  dimos  el  brazo  á  las  señoras  y  pasa- 
mos á  visitar  la  morada  de  los  chinos,  previa- 
mente provistos  de  pañuelos  embebidos  en  aguas 
de  olor. 

Todo  el  mundo  estaba  de  fiesta;  i  cada  paso 
encontrábamos  capillas  adornadas  con  lujo-— En 
el  fondo  del  altar  se  veia  la  imagen  de  un  ídolo, 
sentado  en  cuclillas  y  con  aquella  faz  caracterís- 
tica de  los  dioses  mongoles.  A  los  lados  pendían 
tapicerías  de  seda  entretejida  de  oro  y  frente  i^ 
altar,  oiríos  enormes  encendidos,  rodeando  una 
mesa  llena  de  comestibles,  destinados  á  aplacar 
el  apetito  del  Santo,  como  desig^nan  los  chinos 
en  español  á  su  ídolo.  Dulces,  cigarros,  semillas 
de  sandía  tostadas,  y  un  cerdo  enorme,  asado, 
pintado  y  barnizado  el  exteríor,  de  un  color  cao- 
ba oscuro.  La  descripción  de  los  elementos  que 
entran  en  la  composición  del  relleno  requeríria 
un  volumen,  y  un  estómago  mas  fuerte  que  el 
mió.  Estas  capillas  se  sucedían  á  cada  paso  y 
eran  cuidadas  por  un  par  de  chinos,  en  traje 
común,  encogidos  y  sosteniéndose  en  equilibrío, 
sobre  una  delg^ada  tabla  sostenida  en  dos  postes. 

En  el  patio  había  una  infinidad  de  mesas, 
rodeada  cada  una  por  numerosa  concurrencia, 
entregfada  desesperadamente  al  juego  de  cartas 
y  dados.  Los  naipes  que  usan  son  unos  pequeños 
rectángulos  de  una  especie  de  cautchou  negro 
y  lustrado,  de  media  pulgada  de  altura,  por  una 
y  media  de  base,  sobre  los  que  hay  algrnnos  sig- 


US 


AMÉRICA  LITERARIA 


nos  grabados.  Jaegan  con  suma  Toracidad  can- 
tidades insigpnifícantes;  pocas  caras  he  visto  mas 
áyidas,  mas  alegres,  que  la  de  nn  chino,  con 
qnien  jugué  hasta  que  tuvo  á  bien  comunicarme 
por  una  mímica  bien  sigrnifícatiya,  que  me  habia 
ganado  tres  6  cuatro  soles. 

Entramos  en  los  dormitorios,  salones  largos  y 
desnudos,  divididos  á  ambos  lados  por  pequeños 
compartimentos  de  madera,  semejantes  á  cama- 
rotes de  buque,  cada  uno  con  su  correspondiente 
tarima,  donde  duermen  dos  chinos.  Casi  todas 
estaban  ocupadas  por  fumadores  de  <Spio.    Sin 
mas  traje  que  un  calzón  corto  de  tela  azul,  ten- 
didos boca  arriba  sobre  la  tarima,  uno  de  ellos 
esperaba  que  el  compañero  concluyera  de  pre. 
parar  la  pipa  de  madera,  dentro  de  cuya  boca 
péqueñfsima  se  coloca  una  bolita  de  opio,  lenta- 
mente preparada  á  la  lumbre-  de  una  lamparilla 
de  aceite,  insoportable  al  olfato.  Una  vez  lista, 
un  chino  pone  la  punta  de  la  pipa  en  la  boca  del 
otro,  quien  en  tres  inhalaciones  poderosas,  se 
satura  completamente,  entre-cierra  los  ojos  y 
concluye  por  caer  inerte,  muerto,  sin  espresion 
ninguna  en  la  fisonomía.  El  otro  prepara  de 
nuevo  la  pipa,  hace  para  sí  la  misma  operación 
y  muy  luego  queda  en  idéntico  estado.  He  pa- 
sado cerca  de  media  hora  contemplando  chinos 
dormidos  bajo  la  acción  del  opio,  buscando  en 
8u  fisonomía  un  rastro  de  esas  curiosas  sensacio- 
nes morales  que  el  narcótico  produce,  sin  encon- 
trar mas  que  el  repugpnante  aspecto  del  embru- 
tecimiento. M.  Richet,  uno  de  los  fisiólogos  mas 
distinguidos  de  Francia,  publicó  últimamente 
en  la  Revue  un  estudio  interesantísimo  sobre 
los  venenos  de  la  inteligencia,  como  llama  al  ta- 
baco, el  alcohol,  el  hatchis,  el  opio,  el  café  y  el 
cloroformo.   En  cnanto  á  los  efectos  del  opio  y 
del  cáñamo  de  la  India,  se  limitaba  á  trascribir 
las  brillantes  páginas  de  Teófilo  Gautier  en  sus 
dos  fantasías  del  Club  des  Hatchichins  y  la  Pipe 
d*Opium,   declarándolas  rigurosa  y   científica- 
mente exactas,  y  esplicando  por  la  fisiología  el 
porqué  de  esos  ensueños  y  fantasías,  la  acción 
del  narcótico  sobre  las  celdas  cerebrales,  etc. 

Todo  eso  recordaba  mientras  contemplaba  al 
chino  dormido,  y  comprendía  por  qué  estos  infe- 
lices, para  quienes  la  vida  es  una  maldición,  una 
tarea  infame,  buscan  con  avidez  ese  veneno  ce- 
leste que  los  arranca  de  la  mísera  existencia 
positiva,  para  pasearlos  triunfantes  entre  rique- 
zas deslumbradoras,  mujeres  blancas  de  mejilla 


roja,  de  ojos  estirados,  nariz  chata,  frente  ancha, 
lisa  y  descubierta,  cuerpo  pequeño  y  pies  atrofia- 
dos (jj.     Pero  ¡qué  duro  debe  ser  el  despertart 
¡Con  qué  desaliento  debe  ese  infeliz  tomar  ma- 
ñana el  machete  y  entregarse  de  nuevo  á  la  lucha 
contra  la  caña  jugosa  y  cortante,  que  le  destrón 
las  manos,  mientras  el  sol  penetra  en  su  cráneo! 
Entre  tanto,  el  chino  no  inspira  la  compasión 
que  el  negro  esclavo  ha  despertado  siempre  j 
tengo  para  mí  que  Missis  Beecher   Stowe,  la 
autora  de  la  '/  Cabana  del  tio  Tom  "  ese  QuijoU 
de  la  esclavitud,  no  habría  podido  obtener  sos 
efectos  patéticos,  poniendo  la  escena  en  un  in- 
genio de  asiáticos,  como  llaman  en  el  Perú  á  loi 
eoolíes.  El  chino  no  tiene  mujer,  no  tiene  htjos. 
El  espectáculo  de  la  madre  esclava,    de  cuyos 
brazos  se  arranca  el  hijito,  de  la  mujer  en  cuja 
presencia  se  azota  ó  se  mata  al  mando,  del  viejo 
padre  ante  cuyos  ojos  el  hijo  que  ha  oaido' des- 
fallecido bajo  un  sol  de  fuego,  es  levantado  por 
el  látigo  de  siete  nudos,  todos  los  horrores  de  la 
esclavitud  que  sublevan  el  alma  mas  apática,  no 
se  ven  por  aquí.  Luego,  Itr  idea  de  que  la  condi- 
ción de  estos  miserables  es  peor  mil  veces  en  so 
país,  sirve  de  consuelo. 

En  cada  cuarto,  en  cada  pequeña  pagoda,  en 
cada  círculo,  se  nos  obsequiaba  con  un  detestable 
cigarro  que,  señoras  y  hombres,  todos  teníamos 
que  aceptar,  so  pena  de  inferir  una  ofensa  á  esos 
infelices.  A  cada  instante  llegaban  diputaciones 
de  las  haciendas  vecinas,  precedidas  por  tres  6 
cuatro  parejas  de  chinos,  unidos  de  dos  en  dos 
por  largas  cañas  sostenidas  en  los  hombros  y  de 
las  que  pendían  innumerables  cohetes  que  hacian 
un  ruido  infernal.  En  sogruida  y  en  andas,  el 
consabido  cerdo  relleno,  bien  barnizado  y  relum- 
brando al  sol,  y  mas  atrás,  las  vituallas  menu- 
das, para  la  indispensable  "  reparación  de  abajo 
de  la  naríz  »,  como  decía  Rabelais,  el  alegre  cura 
de  Meudon. 

A  las  ocho  de  la  noche  del  lunes  de  camavil, 
nos  vinieron  á  avisar  que  solo  se  esperaba  nues- 
tra presencia  para  dar  principio  á  la  función 
dramática,  á  cuyo  efecto  los  chinos,  cotizándose, 
hablan  contratado  mediante  mil  quinientos  soles 
(papel  15,000  m/c.)  la  compañía  que  fnnoicma 
permanentemente  en  Lima. 

Recostado  en  una  de  las  paredes  de  un  inmen- 
so corralón,  dentro  del  que  estaban  apiñados  unos 
mil  quinientos  ó  dos  mil  chinos,  de  pié,  inmóvi- 

(l)    El  tipo  de  la  bellos»  entre  los  chinoe . 


SÉCCIOlí    LITERARIA— BEP^BLICÁ  AltOENTlNA 


149 


les,  silenciosos  j  de  sombrero  puesto,  se  habia 
levantado  el  escenario.  La  iluminación  consistía 
en  diei  6  doce  enormes  candilte,  cnyas  meabas 
despedían  nn  bumo  denso  j  sofocante  j  que  un 
chino  yiejo  j  barapiento  escandilaba  á  cada  ins- 
tante, iout  á  fait  san  fa^on,  pasando  entre  los 
artistas  é  interrumpiéndolos  á  reces.  A  nosotros 
se  nos  babia  preparado  un  pequeño  cobertijo, 
como  palco  de  honor,  donde  nos  instalamos  gra- 
Temente. 


Me  encuentro  impotente  para  poder  dar  una 
idea  de  aquella  función,  pero  puedo  asegurar  que 
pocos  espectáculos  han  producido  en  mí  una  im- 
presión mas  curiosa.  Por  supuesto  que  no  en. 
tendí  una  palabra,  á  pesar  de  haberme  provisto 
de  dos  chinos  que  nos  habían  servido  á  la  mesa 
y  que  hablaban  algo  de  español.  Uno  de  ellos  se 
me  desertó  á  la  media  hora;  le  encontré  razón 
porque  me  figuré  lo  que  yo  mismo  hubiera  hecho, 
fd  un  vecino,  en  pleno  terceto  de  Roberto  el  Dia- 
blo, me  hubiera  codeado  para  decirme,  con  la 
cara  de  cretino  que  siempre  acompaña  esa  frase 
espiritual :   «  ¿  Qué  dice  ?  u 

Por  otra  parte,  la  pieza,  que  según  parece  era 
original  de  un  famoso  y  antiguo  autor,  estaba 
escrita  en  el  puro  y  verdadero  idioma  chino,  tan 
diferente  del  dialecto  que  hablan  los  coolies,  como 
el  grriego  de  Píndaro  del  que  habla  un  marinero 
del  archipiélago  en  el  dia.  Todos  los  chinos  ten- 
dían ávidamente  los  oídos  y  cuando  pescaban 
algo,  se  reñejaba  sincera  alegría  en  sus  caras. 

To  no  sé  lo  que  aquello  era  y  sospecho  que  el 
autor  mismo  nunca  lo  supo  bien;  el  hecho  es  que 
á  la  hora  de  espectáculo  la  cabeza  se  me  habia 
trastornado  y  me  encontraba  bajo  una  jaqueca 
de  primer  orden.  Toda  la  parte  dialogada,  que 
era  lo  mas,  tenia  este  invariable  y  constante 
acompañamiento:  un  bombo,  un  par  de  platillos 
enormes  y  discordantes,  un  tambor  y  una  cam- 
pana agria,  sin  tono.  Jamás  variaban  el  tiempo, 
J,  para  mayor  desventura,  los  instrumentos  suso- 
dichos nunca  sonaban  á  un  tiempo,  sino  que  la 
campana  hacia  rancho  con  el  bombo,  mientras 
los  platillos  pretendían  armonizarse  con  el  tam- 
bor. ¡  Qué  infierno  aquel !  De  pronto  cesaba  y  se 
dejaba  oír  un  pequeño  instrumento  de  dos  cuer- 
das, que  un  chino  sostenía  sobre  sus  rodillas  y 
del  que  sacaba  un  acompañamiento  siempre  idén- 
tieo,  pero  armonioso  y  de  una  monotonía  adormi- 


dera, ün  oboe,  con  sonido  de  octavín  destemplado, 
ejecutaba  un  exceso  análogo  y  sobre  esa  base 
comenzaba  un  canto  gutural,  insoportable,  en  el 
que  el  artista  se  esforzaba  por  hacer  perder  á  su 
voz  toda  la  dulzura  natural,  para  darle  una  aspe- 
reza, una  acritud  semejante  á  rujidos,  mahuUí- 
dos,  todo  lo  que  se  quiera,  menos  eco  humano. 

Pero,  ¿  qué  decían  ?  ¿  Qué  hacían  P  ¿  Qué  era 
la  pieza?  Mí  chino  intérprete,  el  único  leal  que 
me  quedaba,  gozaba  como  un  salvaje  y  todas  sus 
respuestas  se  reducían  á  esta  frase  nunca  varia- 
da :  ii  Sabes  tú  . .  como  Chile  con  Perú . .  .pelea !  i 
Era  ya  algo ;  estábamos  en  una  guerra.  Por  un 
lado  penetraba  un  mandarín  con  su  cohorte,  se 
arrellenaba  en  una  silla  y  al  lado  de  su  hija,  re- 
cibía homenages  . . 

¿A\  lado  de  su  hija?  Entendámonos.  El  teatro 
chino  no  admite  mujeres  sobre  las  tablas,  como 
las  costumbres  no  las  admiten  en  ninguna  exhi- 
bición pública.  Son,  por  consiguiente,  hombrea 
los  que  representan  los  papeles  femeninos,  pero 
con  una  perfección  admirable.  Sus  movimientos, 
la  manera  de  pintarse  el  rostro  y  los  ojos,  el 
pié  encerrado  en  un  zapato  que  es  un  semi-círcu- 
lo,  la  voz,  la  espresion,  todo  engaña.  Son  hombres 
que  han  pasado  toda  su  vida  en  ese  aprendizaje, 
ayudados  por  el  aspecto  femenil  del  chino  en 
general  y  muchas  veces  por  ciertas  costumbres 
no  comunes  entre  los  occidentales.  A  ese  pro- 
pósito, diré  que  no  he  visto  sino  una  china 
en  el  Perú;  fué  traída  de  siete  años.  Es  hoy 
una  mujer  de  veinte;  casó  en  Francia  con  un 
sirviente  francés,  tiene  dos  hijos,  chinos  puros 
de  aspecto  y  no  sabe  una  palabra  de  su  idioma. 
Los  pocos  chinos  que  tienen  aquí  mujer,  la  han 
tomado  de  las  indígenas,  china-chola,  zamba,  in- 
dia, mulata,  etc.  Nunca  emigran  con  familia,  y 
además,  creo  haber  dicho  ya  que  la  mayor  parte 
son  muy  jóvenes. 

Cada  pieza  parece  abarcar  una  época,  un  rei- 
nado entero,  los  altes  hechos  y  virtudes  de  un 
héroe,  una  Diada  completa.  Naturalmente,  los 
principales  personajes  son  los  garandes  mandari- 
nos, cuyo  distintivo  son  dos  arrogantes,  inmensas 
y  bellísimas  plumas  de  pavo  real,  que  se  levan- 
tan y  ondean  oon  gallardía  sobre  su  casco  indes- 
criptible y  que  el  guerrero,  con  un  gesto  tan 
petulante  y  provocativo  como  el  de  un  gentil 
hombre  del  siglo  XYH  retorciéndose  el  bigote, 
acaricia  y  arquea  bajo  su  mano.  A  cada  instante 
hay  combates;  el  arma  son  unas  lanzas  pequeñas, 


150 


AMÉftICÁ  LITEBABIÁ 


algo  como  la  antigua  pica,  que  manejan  con  ma- 
raYÍllosa  habilidad.  El  vencido  se  aleja  grave- 
mente y  el  trinníador  gira  velozmente  sobre  sí 
mismo,  queda  suspendido  en  nn  pié,  redobla  sus 
molinetes  y  luego,  con  una  estúpida  sonrisa  es- 
tereotipada en  la  fisonomía,  permanece  mirando 
al  público,  estático,  durante  cinco  minutos. 

Algunos  personajes  usan  máscaras  análogas  á 
las  del  teatro  griego  primitivo,  allá  en  los  tiempos 
en  que  el  buen  Agamenón  se  avanzaba  mages- 
tuosamente,  saludaba  á  la  plebe,  decia  simple- 
mente: //Yo  soy  Agamenón  //  y  cedia  el  sitio  á 
8u  poco  afortunado  hermano  Menelao  para  el 
mismo  objeto.  Bolo  que  entre  los  chinos,  la 
máscara  no  es  sino  pintada.  Se  cubren  el  rostro 
de  un  albayalde  de  insoportable  blancura  y  por 
medio  de  lineas  y  sombras  se  componen  unos 
ojos  enormes,  con  cejas  aterradoras  y  unas  bar- 
bas de  tres  pies  de  largo.  Sin  embargo,  la  mayor 
parte  usaban  su  cara  natural.  ¿En  qué  oonsistia 
eso?  Obsequié  á  mi  chino  con  un  vaso  de  chicha 
morada  que  acababan  de  pasarme  y  luego  de 
obtener  una  mirada  de  gratitud,  hice  mi  pregun- 
ta, que  no  fué  entendida.  Verdad  que  la  chicha 
era  deplorable. 

Pero  lo  grande  de  aquella  función,  the  great 
atiraetion  para  señoras  y  hombres,  lo  realmen- 
te admirable,  eran  los  trajes.  Nunca  creí  que 
me  fuera  dado  admirar  telas  tan  bellas  como  las 
que  cubrían  los  cuerpos  de  los  artistas  chinos. 
Todos  los  sueños  del  Oriente,  toda  la  poesía  de 
la  Biblia,  en  las  deslumbrantes  leyendas  de  Sa- 
lomón, cuando  la  reina  de  Saba  venia  del  fon- 
do de  su  imperio,  con  mil  esclavos  cargados  de 
perfumes,  piedras  preciosas,  estofas,  tejidos  de 
oro,  arneses,  púrpura,  etc.,  todo  revivía  á  mis 
ojos,  al  ondular  esos  mantos  de  seda  de  mil  co- 
lores, incrustados  de  oro,  acariciando  la  mirada 
y  dando  al  espíritu  la  verdadera  nota  de  la  vida 
en  aquellos  países  queridos  del  Sol.  No  he  visto 
jamás  nada  mas  rico.  Los  europeos,  con  los  me- 
dios poderosos  de  una  industria  admirable,  con 
los  portentosos  adelantos  de  la  ciencia  en  el  arte 
de  la  combinación  de  los  colores,  Lyon  con  sus 
sederías,  Yenecia  con  sus  cristales  y  mosaicos, 
la  pintura  del  Benacimiento  con  sus  audacias  de 
colorido,  la  arquitectura  colorista  moderna,  con 
8U  reminiscencia  árabe,  no  han  obtenido  el  tono 
unido,  armonioso  y  deslumbrante  de  las  telas 
chinas.  Ese  tejido  debe  ser  eterno  en  la  dura- 
ción y  el  color.  Todo  desaparece;  artistas,  pieza. 


teatro,  espectadores,  el  ruido  insoportable  de  li 
orquesta  sui  géneris,  cuando  ondulan  las  cortínai 
tendidas  sobre  1m  puertas  que  dan  paso  4  ks 
personajes.  Esas  dos  cortinas,  de  un  metió  y 
medio  de  ancho  por  tres  de  altura,  haeiaa  mi 
desesperación.  Mientras  las  señoras  oonoebiu 
bellísimos  vestidos  de  fantasía  con  uno  solo  4» 
los  trajes  talares  llevados  por  los  manduiaes, 
yo  miraba  mis  cortinas  con  una  codicia  cobibo- 
vedora.  Nunca  he  sentido  mas  vivo  deseo  de  ts- 
ner  un  objeto  de  arte  en  mi  poder,  que  esa 
noche.  Yo  mismo  sonreía  al  sorprenderme  lis- 
ciendo  tácitas  combinaciones  sobre  la  manera  de 
arreglar  las  dos  cortinas,  bien  dobladas,  en  él 
fondo  de  mi  baúl.  ¡Qué  buen  regalo  para  algoiea 
que  yo  me  sé!...  Eáas  cortinas  me  van  á  quittr 
el  sueño...  algo  tengo  que  hacer  por  obtenerlas. 

Me  fué  imposible;  ni  aun  de  precio  quisieron 
oír  hablar  los  chinos  de  la  compañía. 

A  las  diez  de  la  noche  abandonamos  el  teatro 
seguidos  por  la  mirada  estupefacta  de  la  con- 
currencia, que  no  comprendía  cómo  era  posible 
desprenderse  de  aquel  espectáculo  embriagador, 
máxime  teniendo  un  palco  propio  y  disfrutando 
de  cómodas  sillas.  A  las  seis  de  la  mañana  nn 
atronador  ruido  de  cohetes  me  despertó:  con- 
cluía el  primer  acto !  El  segundo  empezó  á  lae 
doce  del  día  martes,  concluyó  á  las  seis  de  la 
tarde :  empezó  el  tercero  á  las  ocho  de  la  noche 
y  acabó  á  las  siete  de  la  mañana  del  miércoles. 
El  director  de  la  compañía,  en  vista  de  la  pre- 
mura del  tiempo,  había  elejido  la  pieza  mas  corta 
del  repertorio,  habiéndose  visto  asimismo  obliga- 
do á  hacer  cortes  considerables. 

La  duración  normal  de  una  pieza  china,  en  el 
teatro  de  Lima,  es  de  veinte  ó  treinta  noches, 
desde  la  puesta  á  la  salida  del  soL  La  concnr- 
rencia  come,  duerme  y  fuma  opio  en  el  teatro, 
mientras  los  artistas,  con  toda  gravedad,  suspen- 
den cada  hora  la  representación  para  tomar  sen- 
das tazas  de  té,  en  la  escena  misma  y  sin  bajar 
el  telón. 

Los  que  hemos  nacido  en  el  seno  de  la  áfi- 
lizacion  occidental,  estamos  condenados  i  una 
monotonía  de  aspectos,  ideas  y  sentimientos  real- 
mente cansadora.  Es  en  vano  viajar  en  Europa 
y  América;  la  cultura  del  hombre  es  en  todas 
partes  igual,  el  encanto  de  la  mujer  el  mismo, 
el  menú  del  banquete  no  varia  jamás»  el  pela- 
quero  en  todas  partes  tiene  idéntica  charla,  Feni- 
llet,   Daudet  y   Cherbuliei  ooi^»an  el  primer 


SECCIÓN  LITEEARIA— REPÚBLICA   abobktina 


151 


puesto  en  la  eterna  librería  francesa,  Mendels- 
thon  y  Chopin  flptan  sobre  todos  los  teclados  de 
occidente  j  par»  enamorar  a  nna  mnjer  no  haj 
mas  qne  recordar  el  procedimienU)  seguido  con 
la  anterior.  Una  pequeña  escapada,  pnes,  á  un 
mundo  nnero,  desconocido,  de  costumbres  pro- 
fundamente diversas,  con  un  ideal  distinto,  con 
sus  tipos  de  belleza,  virtud  y  fuerza  divergentes 
de  los  nuestros,  tiene  un  encanto  poderoso.  Nues- 
tra civilización  es  sin  duda  superior  á  la  Mant- 
choux,  por  la  sencilla  razón  de  que  no  somos 
chinos.  Pero  cuando  observaba  la  mirada  de  in- 
diferencia suprema  que  aquel  millar  de  bombres 
arrojaban  sobre  las  bellísimas  mujeres  peruanas 
que  asistían  á  la  representación  de  Caudivilla, 
comprendía  que  estaban  fuera  de  su  ideal  esté- 
tico. Era  un  verso  de  Byron  murmurado  al  oído 
de  un  cafre,  una  anécdota  parisiense  contada  á 
un  beduino,  una  tela  de  Carlos  Dolci  puesta  ante 
los  ojos  de  un  tebuelche.  Esa  gente  vive  en  me- 
dios morales  que  no  podemos  sospechar,  ni  aun 
cuando  la  curiosidad  nos  empuje  á  vivir  largo 
tiempo  entre  ellos.  Hasta  ahora  no  he  podido  en- 
contrar un  libro,  que,  como  las  u  notas  sobre  la 
Inglaterra  "  de  Taine,  pueda  darme  una  idea  de 
la  sociabilidad  china.  Loa  viajeros  hacen  obser- 
vaciones, pero  no  penetran  en  la  constitución 
íntima  de  esa  sociedad  secular — Cuando  hemos 
dicho  los  occidentales  que  la  China  es  una  nación 
estacionaria,  con  la  correspondiente  é  inevitable 
figura  retórica  de  que  ''es  una  petriñcacion  en 
el  seno  del  Asia  »  creemos  haberlo  dicho  todo. 
— Mas  aún,  las  historias  j  geografías  univer- 
sides,  para  llenar  algunas  páginas,  porque  al  fin 
cuatrocientos  millones  de  hombres  tienen  derecho 
i  que  algo  se  diga  de  ellos,  no  tienen  mas  re- 
cuno  que  hacer  una  exposición  razonada  de  la 
doctrina  de  Confuoio  y  de  sus  adulteraciones  por 
la  introducción  del  Budhismo.  ¿Quien  será  el 
descubridor  de  la  China  social?. 


Miguel  Cañé  íhuo). 

Abogado  j  Lltemto. 


üma,  1880. 


BELGRANO  Y  SAN  MARTIN 


Repartida  la  labor  política  entre  las  guerras 
de  la  independencia  y  la  revolución  interior,  ha- 
brían  sido  débiles  los  esfuerzos  del  pueblo  argen- 


tino en  favor  de  la  emancipación  sud-americana, 
si  esta  no  hubiera  sido  por  sí  sola  un  propósito 
bastante  atractivo  para  dominar  ciertos  espíri- 
tus con  exclusión  de  cualquier  otro  interés.  £1 
sentimiento  de  la  fraternidad  continental  fué 
extraordinariamente  fecundo  en  aquella  época,  y 
le  representan  en  nuestra  historia  dos  persona- 
jes, diversos  por  su  índole,  pero  igualmente  ad- 
mirables por  su  patriotismo  y  por  su  fé  incon- 
trastable. 

Era  el  primero  un  hombre  manso  y  austero, 
sano  y  pensador,  desinteresado  y  superior  á  todas 
las  tentaciones  del  poder  y  de  la  gloria.  No 
sobresalía  del  pueblo  sino  por  el  cultivo  de  su 
espíritu,  por  la  fisonomía  moral  que  le  impri- 
mían sus  ideas,  y  por  la  lealtad  con  que,  desde 
las  mas  remotas  manifestaciones  de  inquietud 
social,  se  puso  en  la  primera  línea  de  los  refor- 
madores, chocando  intereses  bastardos,  esclare- 
ciendo los  derechos  comunes  é  ilustrando,  por 
medio  de  luminosas  controversias,  los  problemas 
económicos  y  los  principios  salvadores.  Presti- 
giado por  su  patriótico  concurso  en  las  guerras 
de  1806  y  1807,  el  pueblo  le  arma  en  el  día  de 
la  revolución,  y  encabezando  soldados  valerosos 
y  voluntarios,  es  el  primero  qne  enarbola  la  ban- 
dera nacional  y  la  consagra  con  victorias  decisi- 
vas. Modesto  en  el  triunfo,  como  era  paciente 
y  fuerte  en  la  adversidad, — aquel  noble  varón, 
el  primer  representante  del  pueblo  bajo  su  fas 
guerrera,  esquiva  el  poderío,  rehuye  los  laureles, 
entrega  sin  resentimiento  su  puesto  á  los  que 
ganan  el  prestigio  que  él  pierde, — y  termina  eo. 
la  desgracia  y  bajo  la  pesadumbre  de  la  injusti- 
cia una  vida  ilustre  por  sus  virtudes  cívicas  y  su 
abnegación. 

Era  Manuel  Belgrano. 

El  otro  es  Son  Martin.  Predilecto  de  la  glo- 
ria, nació  para  la  guerra. — ^Tenia  el  numen  que 
improvisa  la  victoria,  la  prudencia  que  la  prepa- 
ra sabiamente.  El  pueblo  hizo  de  Belgrano  un 
héroe.  San  Martin  hizo  del  pueblo  armado  un 
Ejército. — Amenazada  la  ultima  almena  de  la 
libertad  sud-americana,  le  arrebata  una  inspira- 
ción, capaz  de  arredrar  á  quien  no  tuviera  sus 
nervios  de  acero  y  su  alma  de  espartano.  Pero, 
¿  qué  son  las  montañas  erguidas  sobre  la  cascara 
del  globo  para  estorbar  la  redención  de  pueblos 
que  tienen  Aníbales  en  la  guerra  y  Cincinatos 
en  la  paz?  San  Martin  salvó  la  revolución  y  la 
condujo  triunfante  por  tres  naciones,  cuya  liber- 


152 


AMERICA  LITERARIA 


tad  aseguró,  huyendo  del  teatro  político  sin  es- 
cuchar los  llamamientos  de  su  ambición,  gozoso 
de  haber  completado  la  obra  mas  hermosa  que  se 
haya  acometido  en  el  Nuevo  Mundo  con  el  hierro 
y  con  la  sangre. 

Belgrauo  y  San  Martin  son  las  dos  grandio- 
sas personificaciones  del  sentimiento  americano 
y  de  la  edad  homérica  de  la  patria.  Explican 
una  faz  entera  de  la  revolución,  porque  tuvieron 
todos  sus  instintos  y  solo  sus  pasiones,  todos 
sus  propósitos  y  solo  sus  ideas,  inaccesibles  como 
fueron  á  cuánto  diferia  del  programa  emancipa- 
dor de  1810,  semejantes  á  aquellos  seres,  reme- 
morados en  los  libros  santos,  que  vienen  á  este 
mundo  en  sus  dias  de  crisis  para  salvar  á  los 
hijos  de  los  hombres,  y  cuyo  oido  se  cierra  para 
todo  lo  que  no  les  habla  de  la  ley  peculiar  que 
les  imponen  Dios  ó  los  pueblos  inspirados  por 
Dios. 

José  Manuel  Estrada. 

PubilclBU. 


LA  QUENA 


La  nauta  de  los  indios  peruanos,  inspi.  anio  ú 
la  fábula,  ha  despertado  universal  interés  entre 
los  que  leyeron,  ú  oyeron  referir  que  la  quena 
reproduce  con  sus  melodiosas  lamentaciones  el 
milagro  de  Amphion,  porque  obliga  á  la  fantasía 
á  reconstruir  el  abatido  imperio  de  los  Incas  y 
sus  pulverizados  monumentos. 

Cuenta  la  crónica  oral,  ^^^  que  cierto  joven 
peruano,  apellidado  Camporeal,  hijo  de  español  y 
de  india,  se  enamoró  de  una  doncella  descendiente 
de  los  conquistadores.  Lo  que  la  naturaleza  ó  el 
destino  unió,  fue  separado  por  la  arbitraria  vo- 
luntad de  los  hombres.  Los  padres  españoles  de 
la  virgen  peruana,  entendieron  que  los  amantes 
no  podian  llamarse  esposos  por  la  desigualdad 
de  sus  cunas.  Alejado  Camporeal  de  Lima,  se  le 
hizo  saber  que  su  prometida  habia  dejado  de  amar- 
le, enlazándose  voluntariamente  con  un  apuesto 
cabaUero. 

El  desdeñado  galán  abrazó,  en  su  desespera- 
ción, la  carrera  del  sacerdocio.  Transcurrido  al- 


(1)  La  señora  doña  Juana  Mannela  Qorriti  ha  sacado  de 
ella  una  intereeante  novelita  titulada  "La  Quena".  £1  nom- 
bre del  héroe  r  algron  incidente  de  nnestra  relación  son  to* 
madoe  de  esa  obra. 


I  gun  tiempo,  regresó  á  Lima,  d^de,  en  un  4ii 
señalado  en  los  anales  del  3iJ|^fiemo,  volfió  i 
encontrar  en  su  camino  á  la  ingrata  que  lo  trti- 
clonara.  Celebrando  en  u)i,. templo,  al  volverse 
al  pueblo  para  decir  á  los  fíeles:  u'El  Señor  set 
con  vosotros  »,  la  mujer  iuiíel  le  respondió  oon 
su  inteligente  y  atractiva  mirada:  '«tú  sem 
conmigo  «.  Desde  aquel  momento  despertóse  en 
el  pecho  de  Camporeal  la  dormida  y  fiera  pasión. 

La  casualidad  descorrió  el  velo  que  habia  en- 
lutado la  vida  del  sacerdote.  Acudió  la  tentación, 
atraída  por  el  amor,  y  Camporeal  fué  perjoro  á 
sus  sagrados  votos.  Nunca  mayor  tempestad  des- 
trozó el  alma  de  un  hombre  amante  de  la  virtnd. 

Pero  Camporeal  amaba  mas  qne  todo  á  María, 
quién  para  él  era  acabado  compendio  de  lo  bello 
y  de  lo  bueno.  Vencido  él  y  vencida  ella,  ambos 
se  dejaron  deslizar  por  el  plano  inclinado  en  qne 
la  fatalidad  los  colocara.  Camporeal  y  María, 
huyeron  á  las  montañas  y  les  pidieron  asilo. 

Establecidos  en  una  pobre  é  improvisada  ca- 
bana, pasaron  algún  tiempo  gustando  un  amor 
mezclado  con  la  hiél  de  los  remordimientos.  La 
mano  de  la  desgracia  señaló  á  la  muerte,  el  apar- 
tado lugar  en  que  ellos  hablan  burlado  la  saña 
de  sus  perseguidores.  El  alma  de  la  infortunada 
peruana,  al  abandonar  la  tierra,  arrastró  consigo 
la  razón  del  mas  infortunado  Camporeal;  y  el 
avaro  no  quiso  desprenderse  de  su  tesoro. 

Aquel  amante  dantesco,  sacó  del  lecho  el  he- 
lado cuerpo  de  María,  lo  colocó  en  el  banco  de 
tosca  piedra  en  que  ella  acostumbraba  á  sentarse; 
ocupó  el  sitio  de  la  derecha,  y  formó  el  propósito 
de  presenciar  la  lenta  descomposición  del  ca« 
dáver. 

Durante  las  fúnebres  veladas  que  con  la  muer- 
ta pasó,  compuso  un  canto,  no  imitado  ni  imita- 
ble. En  cada  estrofa  consignó  la  metamórfons 
de  una  de  las  gracias  de  María,  operada  por  la 
disolución  de  la  carne,  que  iba  desprendiéndose 
gradualmente  de  los  huesos. 

Luego  que  el  cadáver  quedó  reducido  á  un 
blanco  y  descamado  esqueleto,  él  formó  con  una 
de  las  tibias  una  flauta;  y  con  ella,  después  de 
sepultados  los  despojos  de  María,  evocaba  el  alma 
de  su  amante,  en  la  noche  callada  ó  rumorosa. 

Eran  tan  desgarradores  los  sonidos  del  horri- 
ble instrumento,  que  los  pastores  de  las  cerca- 
nías, percibiendo  lamentos  emanados  de  una 
región  misteriosa,  abandonaron  sus  humildes  ca- 
banas. La  música  y  las  palabras  del  canto  de 


SECCIÓN  LITERARIA— BBpéBLicA  abgbntina 


153 


Camporeal,  son  conocidas  en  el  Perú  con  el 
nombre  de  maihchaúpuitu,  ^'^ 

Tal  es  la  crónica  de  la  qnena,  sneño  de  algu- 
na fantástica  imaginación. 

La  qnena  existia  en  el  Perú,  mncho  antes  de 
que  los  españoles  pensaran  en  conquistar  el  im- 
perio de  los  hijos  del  Sol.  Nadie  ignora  tampoco, 
y  esto  esplica  el  origen  de  la  leyenda,  que  los 
romanos  tenian  una  flanta  llamada  tibia;  ^'^  de 
la  ooal,  por  analogía  de  forma,  se  tomó  el  nom- 
bre con  que  es  conocido  el  bnoso  inferior  de  la 
pierna  hnmana. 

La  qnena,  fabricada  generalmente  con  nna 
caña  peculiar  de  las  montañas  del  Perú,  mide 
media  vara  de  largo  y  dos  tercios  de  pulgada  de 
diámetro.  Abierta  por  sus  dos  estremos,  con  la 
embocadura  formada  por  un  resorte  en  forma  de 
rectáng^o,  pero  cuyo  lado  superior  está  elimi- 
nado y  el  opuesto  á  este  cortado,  como  en  los 
clarinetes,  bácia  el  interior  y  en  forma  de  cha- 
flán, tiene  cinco  agujeros  en  la  parte  superior  y 
mío  al  costado,  por  cuya  razón  solo  produce 
semi-tonos  fúnebres.  ^'^ 

Los  indios  introducen  algunas  veces  una  par- 
te de  la  quena  en  cántaros  de  barro,  horadados 
exprofeso.  Por  medio  de  esta  operación,  las  me- 
lancólicas Yoces  de  la  flauta  americana,  adquie- 
ren una  resonancia  y  una  tristeza  impondera- 
bles. 

El  Yaraví  6  Haraví,  que  se  canta  acompañado 
por  la  quena,  existia  también  en  la  época  de  la 
dominación  de  los  Incas.  El  nombre  de  esta 
composición  es  derivado  del  de  Haravicus,  um- 
ventores'',  con  que  eran  conocidos  los  elegiacos 
poetas  peruanos. 

La  desgarradora  tristeza  del  yavarí,  proviene 
mas  del  presentimiento  del  destino  adverso  que 
aguardaba  á  la  raza  de  los  compositores,  que  de 
esa  especie  de  nostalgia  que  domina  á  los  poetas 
que  se  creen  peregrinos  en  la  tierra.  La  indo- 
lencia y  melancolía  de  los  antiguos  indígenas  del 
Perú  puede  achacarse  á  una  causa  parecida  á  la 
que  produjo  el  abatimiento  de  los  hombres  en  el 
milenio. 

El  presentimiento  de  la  esclavitud  ó  de  la 
muerte,  arranca  lágrimas  á  los  débiles,  mientras 
los  fuertea  se  aprestan  para  luchar  ó  esperan  el 
golpe  fatal  sumergidos  en  indolente  reposo.    Es 

(1)  *1Caiich&i-piiita"  ó  sea  el  cántaro  ateirador". 

(2)  Véuue  los  Estadios  Fisiológicos  de   Mr.  Williams 
Hogim. 

(3)  Vésse  la  Ctoografia  de  Paz  Soldán. 


conocido  el  vaticinio  de  Yiracochea  ^'^ .  Cuando 
Huaina-Capac  fué  advertido  de  la  Uegrada  de  los 
españoles  al  Perú,  recordó  inmediatamente  que 
habia  sido  anunciado  que  en  el  reinado  del  duo- 
décimo Inca,  el  imperio  seria  conquistado  ''por 
hombres  blancos  y  barbudos  u. 

Un  escritor  peruano  dice  que  la  música  y  el 
canto  de  la  quena,  son  gemelos  del  Sv^er  fiwmvna, 
Bahilonis  del  pueblo  hebreo.  El  hijo  de  Améri- 
ca, á  semejanza  de  los  hijos  de  Sion,  ha  cantado 
y  ha  llorado  su  cautiverio  en  sentidas  estanciaB, 
mezclando  sus  lágrimas  con  las  aguas  del  lago 
Titicaca  y  con  las  ondas  del  rio  Apurimac.  Eco 
de  aquel  quejido  del  Profeta, — //contemplad  y  ved 
si  hay  dolor  semejante  al  dolor  mió//, — lanzado 
desde  las  barbacanas  de  Jerusalen,  es  el  triste  y 
desgarrador  acento  de  los  haravicus,  repetido  de 
generación  en  generación,  en  las  profundidades 
de  las  yungas  y  en  las  alturas  de  las  pufuu, 

//La  música  del  yaraví,  escribe  Paz  Soldán  ^^\ 
es  por  término  menor,  pasando  muy  rara  vez  al 
mayor,  en  cuyo  caso  el  grave  bemol,  el  dulce 
sostenido  y  el  agradable  becuadro  son  los  que 
entran  en  su  composición,  que  admite  prodigfio- 
sas  apoyaturas,  oportunos  ligados,  calderones  y 
los  mas  primorosos  trinos.  Casi  no  tiene  un 
compás  determinado,  ni  arreglado  á  los  princi- 
pios estrechos  de  la  música,  aunque  hay  algunos 
de  tres  por  ocho,  seis  por  ocho  y  tres  por  cua- 
tro. Se  puede  decir  que  son  caprichos  ó  fanta- 
sías musicales.  Consiste  su  principal  mérito,  en 
la  estrecha  y  admirable  armonía  que  guarda  la 
música,  que  llaman  la  tonada,  con  los  versos,  que 
tienen  el  nombre  de  letra.  Las  penetrantes  y 
sentidas  notas  del  yaraví  llenan  el  alma  de  mil 
inexplicables  tormentos,  hasta  cierto  punto  dul- 
ces y  gratos  porque  nacen  del  amor//. 

En  Bolivia  se  cree  generalmente  que  la  músi- 
ca de  La  Traviata  ha  sido  inspirada  por  algunos 
de  los  yaravíes  mas  populares  de  esa  República. 
Muchas  personas  ilustradas  se  adhieren  á  este 
parecer,  asegurando  que  los  principales  motivos 
de  la  ópera  nombrada  son  americanos,  lo  cual 
no  debe  maravillarnos,  si  recordamos  que  Áida, 
última  partitura  del  maestro  Yerdi,  ha  sido  es- 
crita sobre  aires  populares  del  Egipto,  recogidos 
por  un  italiano  residente  en  el  Cairo. 

Los  tocadores  de  quena  ejecutan  dúos  inolvi- 
dables para  el  que  es  capaz  de  percibir,  dentro 

( 1)  Véase  la  Historia  del  Perú  por  Lorente. 

(2)  *'aeografia:delPerú". 

20 


154 


AMERICA  LITERARIA 


de  tan  imperfecto  instrumento,  el  alma  sollozan- 
te del  indio  triste.  Una  de  las  quenas  lleva  el 
canto  j  otra  el  acompañamiento,  ó  la  primera 
hace  una  especie  de  reclamo,  al  cual  responde  la 
segrunda  á  la  distancia. 

Es  imponderable  la  sensación  que  produce  el 
diálogo  de  las  flautas,  cuando  se  le  escucha  en  la 
montaña,  áspera  como  el  camino  de  la  vida,  y  en 
una  noche  nebulosa  como  eí  destino  del  músico 
desdichado.  Pero  aun  mayor  y  mas  impondera- 
ble efecto  produce  el  monólogo  de  la  flauta 
americana. 

El  dúo  nos  inclina  á  pensar  en  el  dolor  com- 
partido: el  monólogo  es  la  querella  del  solitario 
sin  consuelo.  Estos  monólogos  suelen  partir  del 
corazón  del  indio  errante  ó  del  alma  del  amante 
traicionado.  El  primero  llora  su  libertad  y  su 
esposa,  dos  ilusiones  perdidas:  el  segundo  suplica 
á  Pachacamac,  ''el  que  da  vida  y  anima  el  uni- 
verso // ,  ó  á  la  luna,  púdica  amada  del  padre  de 
los  Incas,  que  le  devuelva  el  corazón  de  la  mu- 
jer, á  quien  pretende  levantar  en  la  montaña  un 
altar,  adornado  con  flores  de  amancai  y  perfu- 
mado con  resinas  de  sus  selvas  tropicales. 

La  música  de  la  quena  no  encuentra  atmósfe- 
ra propicia,  ejecutada  á  la  luz  del  dia:  es  música 
de  la  noche,  del  misterio  y  de  la  soledad. 

To  la  escuché  por  primera  vez  al  pié  del  ne- 
vado Tacora. 

El  agua  de  una  acequia  murmuraba  no  sé 
qué  historia  de  la  lejana  vertiente,  y  los  insec- 
tos formaban  con  sus  zumbidos,  una  especie  de 
vibración  de  cuerdas  formadas  con  hilos  de  luz. 
Se  aspiraba  un  aroma  tan  leve,  tan  delicado, 
como  el  perfume  que  dejan  tras  sí  las  vírgenes 
que  pasan  adornadas  para  la  fiesta.  En  el  azul 
firmamento  brillaba  la  luna,  muestra  transpa- 
rente del  reloj  de  los  amantes,  despojada  por  las 
hadas  baenas  del  horario  que  señala  las  divisio- 
nes del  tiempo,  pero  que  siempre  marca  el  mo- 
mento de  la  cita. 

Era  uno  de  esos  instantes  en  que  la  memoria 
recuerda,  detalle  por  detalle,  la  historia  de  largos 
y  melancólicos  dias;  instantes  que  nos  dejan  el 
alma  herida  ó  la  frente  cubierta  de  nieve.  En 
las  alturas  del  recuerdo  cae  nieve  incesantemen- 
te, y  el  hombre  pierde  en  ellas  la  voz,  como  al 
tocar  la  cima  de  la'  encumbrada  montaña,-  des- 
pués de  una  ascensión  fatigosa.  Mudo,  cual  to- 
dos los  que  en  la  noche,  á  la  luz  de  la  Inna,  con 
los  ojos  puestos  en  los  Andes,  y  el  pensamiento 


fijo  en  el  amor  de  la  patria,  recuerdan  y  se  la- 
mentan en  silencio,  comprendí  entonces  que  la 
voz  de  la  quena  es  la  voz  de  los  dolores  ínti- 
mos, la  única  voz  capaz  de  espresar  fielmente 
las  amarguras  de  la  ausencia,  del  peregrinaje  j 
óbI  olvido. 

Santiago  Estrada. 

Uterato. 


CERTAMEN  POÉTICO  DE  MAYO 

(MOimCTXDIO— 18il) 
(Informe  de  la  Comisión  Clasificadora) 


"Si  queréis  coronar  mi  ezelaa  franta. 
Pedid  al  Cielo  que  la  rnestra  alambre". 

(De  ana  oompoaiolQO  del  oertfmen). 


Son  los  poetas  sacerdotes  encargados  de  lu 
festividades  de  la  Patria;  7  ciertamente  que, 
en  esta  vez,  no  han  desertado  sus  aras.  Si  se 
recuerda  el  breve  tiempo  concedido  por  el  pro- 
grama del  Certamen  Poético  áe  Mayo,  la  acci- 
dental ausencia  de  algunos  de  nuestros  vates 
esclarecidos;  si  se  mide  sobre  todo  la  indiferen- 
cia con  que  se  acoge,  por  lo  común,  toda  idea 
nueva  de  este  género,  la  primera  vez  que  se 
promueve,  no  parecerá  reducido  el  número  de 
concurrentes  á  esta  liza  de  la  inteligencia  7  del 
genio,  monumento  de  gloria  para  la  Nación  que 
solemniza  con  ella  sus  grandes  aniversarios. 

Diez  son  las  composiciones  poéticas  que  esta 
Comisión  ba  recibido,  y  es  preciso  decir— en 
honor  de  la  República — que,  á  esoepcion  de  dos 
que  no  merecen  aquel  nombre,  revelan  todas  Jas 
demás,  aunque  en  proporciones  distintas,  eleva- 
ción de  espíritu  y  de  ideas,  conocimiento  del 
arte  y  de  las  condiciones  que  la  civilización  7  el 
estado  social  piden  hoy  á  la  poesía  y  á  los  ramos 
todos  de  la  literatura. 

El  estrechísimo  tiempo  concedido  á  esU  Co- 
misión para  examinar  las  piezas,  clasificarlas  7 
redactar  su  informe,  no  le  permite  analizarlas 
todas  ni  detenerse  como  desearla,  sobre  las  que 
ha  de  analizar.  Dejará,  pues,  sin  examen,  aque- 
llas que  no  tuvieron  la  fortuna  de  merecer  el 
lauro,  ni  una  especial  recomendación;  limitan* 
dose  á  decir  sobre  ellas  que  aun  las  menos  aven- 
tajadas reflejan  algunos  destellos  del  genio  qne 
campea  en  otras  arrogante  y  altivo,  y  qne  no 


SECCIÓN  LITERARIA— REPt)BLicÁ  argentina 


155 


faltan  en  algunas  ráfagas  de  brillantísima  luz, 
annqne  eclipsadas  hoj  por  resplandores  mas 
puros. — Cample  la  Comisión  en  estas  breves 
lineas  con  nn  deber  de  justicia. 

Cuatro  son  entre  todas  las  piezas  qne  ha  mi- 
rado como  dignas  de  fijar  su  atención. 

Ha  destinado  el  lanro  á  la  primera;  ba  acor- 
dado á  la  segunda  el  accésit ,  j  usando  de  la 
libertad  que  el  programa  la  concede,  ba  creido 
deber  baoer  especial  j  bonorifica  mención  de  las 
otras  dos. 

Es  este  fallo  la  expresión  de  un  juicio,  cuyos 
fandamentos  desea  la  Comisión  exponer,  aunque 
muy  rápidamente,  para  corresponder  al  bonor 
que  se  le  ba  dispensado :  y  porque  tampoco  com- 
prende que  pueda  ser  otra  la  materia  de  este 
informe. 

Colocada  en  la  altura  de  que  la  critica  no 
puede  descender,  la  Comisión  ba  mirado,  ante 
todo,  las  piezas  que  examinaba  bajo  el  aspecto 
de  su  mas  6  menos  armonía  con  el  carácter  pre- 
sente de  la  poesía  nacional,  6  por  decir  mejor. 
Americana.  Ha  creido  qne  aquel  merecía  mas 
en  este  punto,  que  mejor  bubiese  comprendido 
las  modificaciones,  los  cambios  decisivos,  que  la 
literatura  recibe  de  la  Tariacion  y  progreso  de 
las  costumbres,  de  las  creencias,  de  los  elementos 
todos  que  constituyen  la  vida  de  los  pueblos. 

Ninguna  literatura  americana  pudo  baber 
mientras  duró  la  dominación  de  la  España;  co- 
lonia ninguna  puede  tener  una  literatura  pro- 
pia; porque  no  es  propia  la  existencia  de  que 
goza,  y  la  literatura  no  es  mas  que  la  espresion 
de  las  condiciones  y  elementos  de  la  existencia 
social.  El  ponsamiento  del  colono,  lo  mismo  que 
sos  brazos  y  su  suelo,  produce  solo  para  la  me- 
trópoli de  quien  recibe  bábitos  y  leyes,  preocu- 
paciones y  creencias.  Si  alguna  luz  intelectual 
le  alumbra,  es  apenas  el  reflejo — pálido  por  muy 
brillante  que  sea — del  grande  luminar  á  quien 
sirre  de  satélite.  ¿  Qué  escucbábamos,  en  las  már- 
genes de  nuestro  Plata,  antes  de  1810  P  Ecos 
desfallecidos  de  los  cantos  que  se  alzaban  en  las 
orillas  del  Manzanares.  Las  liras  que  llamába- 
mos Americanas,  se  pulsaban  solo  para  llorar 
oficialmente  sobre  la  tumba  del  Monarca  que 
cerraba  los  ojos,  ó  para  cantar  en  la  coronación 
del  que  le  sucedía  sobre  el  trono.  Nuestros  pue- 
blos arrancaban  al  estranjero  triunfos  espléndi- 
dos en  las  calles  y  plazas  de  nuestras  ciudades, 
adornaban  la  techumbre  de  nuestros  templos  con 


los  pendones  arrebatados  al  Tencido,  y  el  genio 
apocado  de  los  hijos  de  la  lira  no  encontraba 
para  tan  altas  hazañas,  motivo  mas  noble  que  el 
amor  á  Carlos  y  Maria  Luisa. 

Mengua  grande,  á  la  verdad,  borrada  después 
por  dias  de  gloria  perennal.  Alumbró  la  llama  de 
la  libertad,  alzóse  el  pueblo  de  la  condición  de 
colono  á  la  de  soberano,  y  en  el  grsn  sacudi- 
miento nació  también  la  poesía  nacional,  herma- 
na gemela  de  la  independencia.  Su  carácter  no 
podia  ser  otro  que  el  de  la  época  en  que  nacia. 
La  inteligencia  y  los  brazos  del  pueblo  nuevo 
no  tenia  otra  ocupación  que  meditar  empresas 
de  guerra,  ganar  batallas  y  reparar  los  descala- 
bros de  las  derrotas.  Ninguna  otra  podia  ser  la 
entonación  de  las  liras  americanas: — cantos  de 
guerra,  himnos  de  victoria,  lamentos  de  dolor 
iracundo  sobre  la  tumba  del  guerrero  oaido  bajo 
la  enseña  del  Sol,  maldiciones  contra  sus  verdu- 
gos ;  esto,  y  nada  mas  podia  pedirse  á  los  que  no 
tenian  fuego  en  la  mente,  patriotismo  en  el  cora- 
zón. T  ese  y  ningún  otro,  es  el  acerado  temple 
de  los  materiales  que  forman  el  honrosísimo  mo- 
numento de  nuestra  primera  poesía  nacional. 

Pero  la  lucha  de  la  independencia  terminó  y 
con  ella  los  odios  que  la  gnerra  enciende.  Inter- 
valos de  paz,  breves,  por  desgracia,  como  el 
relámpago,  dieron  treguas  al  pensamiento  para 
elevarse  á  la  contemplación  de  las  grandes  ver- 
dades filosóficas  y  morales,  permitieron  mirar  en 
derredor  con  ojos,  que  no  anublaba  la  pólvora  de 
las  batallas:  empezaron  los  pueblos  á  meditar  en 
su  destino,  á  buscar  el  fin  porque  hablan  derra- 
mado 8u  sangre;  á  correr  tras  de  las  mejoras  y 
el  progreso  social.  Levantábase  entonces,  una 
jeneracion,  que  no  babia  asistido  á  los  combates 
de  sus  padres;  pero  que  habla  aprendido  de  sus 
labios,  los  dogmas  santos  de  Mayo :  imposible  era 
que  resonasen  en  sus  liras,  ecos  de  guerra  que 
ya  no  ardia,  ni  clamor  de  venganza  contra  ene- 
migos que  eran  ya  nuestros  hermanos.  La  poesía 
empezó  naturalmente  á  tomar  un  tinte  mas  filo- 
sófico, mas  templado,  se  vistió  por  la  primera 
vez,  con  las  riquísimas  galas  de  nuestro  suelo, 
que  los  poetas  de  la  revolución  no  distinguieron 
entre  el  polvo  y  el  estruendo  de  las  armas,  y 
refiejó,  por  fin,  esa  melancolía  que  imprime  en 
el  ánimo  el  espectáculo  continuado  casi,  de  las 
gruerras  civiles  y  del  hondo  infortunio  de  la  pa- 
tria. 

Tal  es  el  carácter  de  nuestra  poesía  actual :  y 


156 


AMÉRICA  LITÜRARLA 


la  Comisión  ha  creído  deber  buscar  en  las  com- 
posiciones del  concurso  la  espresion  práctica  de 
estas  verdades  como  un  mérito  de  la  mas  alta 
estimación.  Ha  preferido,  por  consigfuiente,  aque- 
lias  que  han  mirado  la  revolución  de  Mayo  por 
el  lado  de  su  intención  moral,  política,  civiliza, 
dora,  sobre  las  que  no  han  tenido  en  vista  sino 
la  parte  de  sus  glorias  militares. 

Las  que  aparecen  revestidas  de  las  nuevas  f or- 
mas  del  arte,  á  las  que  no  han  acertado  todavía 
á  desnudarse  de  la  cota  y  de  la  lanza,  que  vistió 
la  musa  de  1810. 

Después  de  aquella  circunstancia  que  juzgo 
primordial,  ha  buscado  en  las  piezas  presentadas, 
el  mérito  de  un  plan  acertado,  y  que  llenase  las 
condiciones  dadas  en  el  programa  del  certamen: 
ha  preferido  en  este  punto  los  que  ha  creído  mas 
vastos  en  su  comprensión,  ma»  arreglados  en  su 
distribución,  y  sobre  todo  mas  orijínales;  pues 
que  la  orijinalidad  es  el  sello  que  mas  caracte- 
riza al  genio  y  la  condición  primera  de  la  actual 
literatura. 

Por  eso  mismo,  la  novedad  en  las  ideas,  su 
elevación,  su  oportunidad,  su  tendencia  á  des- 
pertar sentimientos  de  patriotismo,  y  de  virtud 
social,  ha  sido  también  uno  de  los  méritos  que 
ha  buscado  la  comisión,  y  prefiriendo  las  piezas 
en  que  con  mas  acierto  encontró  reunido  el  apo- 
teosis de  los  héroes  muertos,  con  la  exposición 
elevada  de  sus  dogmas,  y  con  la  exhortación  á  la 
perseverancia  y  á  la  f é  de  la  jeneracion  que  vive. 

Ha  buscado,  por  último  la  perfección  en  aque- 
llas condiciones  del  arte,  que  pudieran  llamarse 
puramente  macánicas,  y  que  no  por  eso  ceden  á 
ninguna  otra  en  importancia.  Si  la  poesía  es  un 
arte,  fuerza  es  juzgar  al  poeta  por  las  reglas  que 
ese  arte  estableció  para  enfrenar  el  desbocamien- 
to de  la  imajinacion,  para  vestir  esteriormente 
las  concepciones  morales,  que  pertenecen  al  ge- 
nio. El  ritmo,  por  consiguiente,  el  mecanismo 
de  la  veriñoacion,  la  corrección  y  la  cultura  del 
lenguaje,  la  gala  y  la  lozanía  del  e^o, — dotes 
que  todas  las  escuelas  y  sistemas  exí  jen  para  lo 
bello — han  sido  otros  tantos  motivos  de  examen 
y  de  preferencia  en  los  juicios  de  la  Comisión. 

Si  esos  juicios  tomados  en  su  conjunto  y  últi- 
ma espresion,  han  sido  acertados  y  justos,  lo 
decidirá  la  razón  pública — tribunal  mas  compe- 
tente que  este — á  quien  la  Comisión  presenta 
las  composiciones  preferidas,  que  son  las  que 
pasa  á  designar. 


Ha  obtenido  el  lauro  único  de  la  medalk  de 
oro  la  que  lleva  por  tema  estos  versos  del  lírico 
latino. 

Taqne duin  procedis  ¡Yo trinmpliel 
Non  semel  dicemus    |Yo  triamphe! 
Ci  vitas  omnia,  dibinnuqne  Diria 
Thoia  benignifl 

Se  ha  presentado  como  su  autor  el  señor  D. 
Juan  María  Gutiérrez,  que  ha  sido  reconocido 
por  el  sello  especial  que  le  revestía. 

Unánime  fué  y  por  aclamación  el  voto  que  k» 
concedido  á  esta  pieza  la  supremacía  sobre  todas. 
Ninguno,  sin  duda,  entre  los  ooncurrentes,  ha 
comprendido  la  grandeza  de  la  revolución,  sos 
glorías  y  sus  fines  como  el  señor  Gutiérrez.  Nin- 
guno ha  estendído  como  él  el  círculo  de  sus  ideas, 
ninguno  se  ha  revestido  de  la  imponente  majes- 
tad que  reina  en  su  poema,  ninguno  alcanzado 
á  la  corrección  extremada  de  su  dicción;  y,  n 
era  de  desear,  en  sentir  de  la  Comisión,  que  el 
discurso  fatídico  del  anciano  fuese  menos  exten- 
so, que  algunas  de  las  ideas  diseminadas  en  él 
fuesen  menos  comunes,  y  mas  vigorosas,  que  se 
borrase  una  que  otra  espresion  poco  feliz,  no 
puede  desconocerse  que  esos  lunares  desaparecen 
en  la  tersura  general  de  la  composición;  y  están 
mas  que  lavados  por  la  invocación  religiosa  y  al- 
tísima con  que  desde  el  principio  pone  recogi- 
miento en  el  alma  del  que  le  oye,  pidiéndole  pan 
la  suya ;  por  las  ricas  y  maestras  pinceladas  qne 
dibujan  el  magnífico  cuadro  del  navegador  geno- 
vés  en  los  momentos  en  que  oponía  á  la  demente 
incredulidad  del  amotinado  equipaje,  la  reidídad 
asombrosa  del  mundo  que  descubría,  y  perla 
sentida  rememoración  de  los  muertos  Poetas  de 
la  Patria,  con  que  cierra  el  poeta  su  largo  canto. 

La  Comisión  no  puede  dejar  de  recomendar  el 
autor  de  esta  pieza  á  la  estimación  del  pueblo  en 
cuyo  seno  ha  recibido  tan  altas  inspiraciones. 

Sígnele  de  cerca  y  casi  le  rivaliza  en  mérito 
la  qUe  lleva  por  divisa  estas  palabras  del  abate 
Lamennais. 

ti  La  libertad  es  la  gloría  de  los  pueblos"; 
producción  que  pertenece  al  señor  D.  Luis  Do- 
mínguez, según  la  señal  de  reoonocimíento  que 
ha  presentado. 

Si  esta  pieza  no  alcanzó  á  la  majestad  y  alta- 
ra de  la  que  precede,  no  se  la  puede  dilatar 
una  concepción  vasta  y  feliz,  un  plan  acertada- 
mente distribuido,  fecundidad  de  ideas,  elevada 
entonación,  elocución  correctísima,  y  pasajes  qne 


SECCIOlí  LITERARIA— EEPÍBLiCA  aeóéntiná 


157 


reTelan,  por  cierto,  el  genio  del  poeta.  No  es 
posible,  hablando  de  ella,  dejar  de  recordar  las 
estancias  qne  le  dan  principio,  el  anatema  qne 
fulmina  contra  los  tronos,  que  nsnrpan  en  la 
tierra  la  majestad  del  único  y  eterno  trono  qne 
el  poeta  reconoce,  y  el  tributo  que  pag'a  á  los 
grandes  capitanes  de  la  revolución;  si  bien  es 
doloroso  encontrar  en  este  punto  inyertida  la  ero- 
nologfía  de  nuestros  triunfos,  mas  de  lo  que,  á 
juicio  de  la  Comisión,  es  permitido  á  la  poesía 
Apartarse  de  la  senda  de  la  historia.  Tampoco 
quisiera  haber  hallado  el  nombre  admitido  de 
Motesuma  reemplazado  por  otro  que,  aunque  mas 
conforme  á  su  pronunciación  primitiva,  es  duro, 
poco  poético  y  no  llena  la  condición  de  la  Rima 
para  que  fué  variado. 

Tan  digna  cree  la  Comisión  esta  pieza  del 
aceesBÍt  que  la  ha  concedido,  que  pide  &  la  auto- 
ridad á  quien  debe  su  investidura,  el  permiso  de 
presentar  á  su  autor,  como  prueba  del  aprecio 
que  la  obra  le  merece,  un  volumen  que  encierra 
las  ricas  producciones  de  la  lira  de  Espronceda, 
una  de  las  espléndidas  columnas  que  sustentan 
hoy  el  magnífico  templo  que  levanta  la  España 
á  la  literatura  y  á  las  artes. 

Dos  piezas  mas  ha  creido  la  Comisión  que 
meredan  una  recomendación  especial,  aunque  no 
debe  esperarse  de  ellas  el  mérito  de  las  anteriores. 

Es  la  primera  la  que  tiene  á  su  frente  estas 
líneas  del  poeta  del  siglo,  del  portentoso  Lord 
Byron: 

"Where,  Chimboraso,  OTer  air,  earkh,  ware 
''Olaves  with  hú  Titán  eye,  and  sees  no  slaTo". 

Se  ha  presentado  como  su  autor  D.  José  Már- 
mol. Ofrece  esta  pieza  una  prueba  práctica  de 
lo  que  antes  dijo  la  Comisión,  sobre  las  condi- 
ciones del  arte,  que  llamó  mecánicas.  Ciertamente 
que  si  la  versificación,  el  estilo,  el  uso  de  la  len- 
gua, correspondiesen  en  esta  pieza  á  la  entona- 
ción y  á  las  ideas,  no  seria  este  el  lugar  que 
ocuparía  entre  las  del  Certamen. 

No  se  comprenderá  toda  la  exactitud  de  esta 
clasificación  hasta  que  se  oiga  la  lectura  de  la 
pieza  misma.  La  elevación,  la  novedad,  el  fres, 
cor,  la  abundancia  de  sus  ideas  sorprenden  en  la 
primera  lectura,  y  hacen  casi  olvidar  los  pecados 
contra  el  arte,  que  la  fuerzan  á  flaquear  ante  los 
ojos  de  la  crítica.  Frecuente  violación  de  la  sin- 
taxis y  de  la  pureza  de  la  lengua;  inexactitud, 
aunque  no  tan  común  en  la  rima;  quebranta- 


miento de  las  condiciones  de  versificación  que  el 
mismo  poota  se  impone;  y  una  que  otra  locución 
sumamente  oscura  son  los  defectos  que  empañan 
el  terso  brillo  de  las  ideas  y  luchan  con  el  eleva- 
do entono  de  esta  pieza.  La  Comisión  reconoce 
que  el  molde  en  que  fue  vaciada,  es  sin  disputa 
una  cabeza  poética,  y  ha  querido  mostrar  el 
aprecio  que  la  merece  tomando  de  ella  los  dos 
versos  que  ha  colocado  al  frente  de  este  informe. 
Se  complace  en  esperar  que  su  autor,  recono- 
ciepdo  como  indispensable  la  disciplina  del  arte, 
y  sujetando  á  ella  sus  fogosas  inspiraciones,  pre. 
sentará  cuando  este  certamen  se  renueve,  frutos 
mas  sazonados  que  ocupen  un  lugar  mas  distin- 
guido en  el  banquete  que  la  Patria  ofrece  á  sus 
poetas. 

La  segunda  composición  recomendada  presen- 
ta exactamente  el  reverso  de  la  anterior.  Aque- 
lla campea  por  las  ideas  y  desfallece  por  la  forma 
poética;  esta  descuella  por  la  forma  y  flaquea 
por  las  ideas. 

Cualquiera  reconocerá  én  ella  un  hábil  versi- 
ficador, un  hablista  consumado,  un  hombre  de 
comercio  íntimo  y  frecuente  con  las  musas;  pero 
que  en  esta  ocasión  no  tuvo  la  fortuna  de  re- 
cibir inspiraciones  elevadas  y  nuevas.  Puede 
decirse  que  hay  en  esta  pieza  un  solo  defecto  de 
forma,  pero  sus  ideas  son  humildes,  reflejadas  de 
las  que  brillan  profusamente  en  los  cantos  de  la 
revolución.  La  distingue  este  verso  latino: 

Solé  novOf  preclara  luce,  libertas  noAcitur  orhi; 
y  su  autor  es  D.  Francisco  A.  de  Figueroa. 

Termina  aquí  la  tarea  de  la  Comisión.  Alto, 
muy  alto  ha  sido  el  honor  que  sus  miembros 
han  recibido;  y  siempre  contarán  como  una  glo- 
ria el  hallar  sus  nombres  asociados  al  primer 
acto  de  esto  género  que  ven  las  Repúblicas  del 
Bao  de  la  Plata.  Quisieran  ellos  aumentar  por 
todos  los  medios  su  solemnidad  presente,  y  su 
memoria  futura.  En  lugar,  pues,  de  cerrar  este 
informe  con  una  exhortación  á  los  vates  del  Pla- 
ta, inútil  desde  que  ninguna  puede  ser  mas  elo- 
cuente que  el  acto  mismo  á  que  asisten,  y  desde 
que  no  puede  faltar  emulación  en  el  pecho,  cuan- 
do hay  extro  en  la  mente,  le  cerrará  la  Comisión 
proponiendo  á  la  autoridad  á  quien  competa  una 
idea  en  que,  al  deseo  puro  de  solemnizar  este 
acto,  confiesa  que  se  mezcla  un  ligero  tinte  de 
propia  vanidad.  Consiste  la  idea  en  que  termi- 
nada esta  festividad  se  requiera  á  los  autores  de 
las  cuatro  composiciones  distinguidas  que  las 


ns 


AMERICA  LITERARIA 


escriban  todas  y  las  fínueu  de  bu  mano  para 
qne,  escribiendo  la  Comisión  al  pié  de  la  primera 
la  palabra  laureada,  accessit  al  pié  de  la  segunda 
y  recordada  con  distinción  en  las  otras  dos,  fir- 
men los  miembros  de  ella,  y  se  depositen  estos 
autógrafos  en  la  Biblioteca  Nacional,  con  una 
copia  autorizada  del  Programa  del  Certamen,  y 
este  informe. 


Florencio  Várela. 

Juri^ounsulto  y  Publicista. 


Montevideo,  1841. 


ORACIÓN  FÚNEBRE 

(En  la  tamba  del  doctor  don  Juan  María  G  atierres) 


Señores: 

Hemos  alcanzado  al  borde  del  sepulcro  y  vamos 
¿  entregar  á  la  tierra  el  cuerpo  sin  vida  de  nues- 
tro noble  amigo.  Ha  llegado  la  hora  pavorosa 
de  la  eterna  despedida. 

¿  Por  qué  ha  venido  tras  este  féretro  la  ancia- 
nidad con  su  paso  tardo  y  sus  nubladas  ilusiones, 
la  juventud  que  pisa  los  umbrales  de  la  vida,  la 
virilidad  que  se  ajita  en  medio  de  la  acción  y  de 
la  lucha,  todos  con  el  rostro  velado  por  tristísi- 
mo dolor? 

Es  que  ese  féretro  encierra  los  restos  de  uno 
de  esos  hombres  escepcionales  que  el  tiempo  ha 
respetado,  para  que  la  generación  actual  sepa 
cómo  han  sido  sus  nobles  abuelos  y  pueda  con- 
servar el  recuerdo  de  esos  espíritus  privilegiados 
que  nacieron  en  la  aurora  de  nuestra  emancipa- 
ción, que  crecieron  en  medio  de  las  emociones 
tumultuosas  de  una  grande  época  y  que  se  dedi- 
caron con  abnegación  al  culto  de  la  Patria,  á 
conservar  y  levantar  sus  glorias,  á  inmortalizar 
su  nombre  con  grandes  hechos  6  con  grandes 
ideas. 

Si  quisiéramos  acompañar  al  doctor  Gutiérrez 
en  su  larga  existencia,  tendríamos  que  volver  á 
la  primera  década  de  este  siglo,  á  los  dias  de 
nuestros  grandes  alumbramientos  históricos, 
para  seguirle  con  su  generación  al  través  de  los 
tiempos  y  de  los  acontecimientos,  admirando  á 
Rivadavia,  y  sirviendo  de  punto  de  apoyo  a  su 
colosal  iniciativa,  preparando  con  Echeverría 
los  elementos  del  porvenir,  luchando  en  el  des- 


tierro al  lado  de  Várela  y  de  Rivera  Indarte 
contra  el  sangriento  despotismo  de  Rosas,  orga- 
nizando la  República  con  López  y  con  Alberdi, 
coadyuvando  mas  tarde  á  la  obra  de  la  recons- 
trucción nacional,  con  Yelez,  con  Mitre  y  wm 
Sarmiento  y  poniendo,  por  último,  toda  su  acti- 
vidad, todo  su  patriotismo,  la  experiencia  de  sa 
trabajada  vida,  los  tesoros  de  bu  ilustración,  ú 
esfuerzo  de  su  fecunda  iniciativa,  al  servicio  de 
la  juventud,  que  debe  reanudar  en  el  porrenir 
la  cadena  rota  de  nuestras  glorías. 

Pero  el  camino  seria  largo  y  muchas  veces 
penoso — mas  de  una  vez  tendríamos  que  pasar 
de  la  luz  á  las  tinieblas  y  los  desfaUecimientos 
del  pasado  acrecentarían  el  inmenso  dolor  que  nos 
domina  en  este  momento 

Bastaba  mirarle  para  leer  en  su  rostro  la  grt- 
cia  y  delicadeza  de  su  espíritu. 

Tenia  la  frente  elevada  y  fugitiva  del  artista 
—  una  de  esas  frentes  serenas  y  límpidas  que  no 
podrían  ocultar  una  mancha,  si  la  tuvieran.  Sus 
párpados  pesados  cubrian  con  esfuerzo  su  mirada 
sagaz  c  investigadora  y  en  las  extremidades  de 
sus  labios  gruesos,  que  le  daban  cierto  aspecto 
serio  y  adusto,  se  dibujaba  la  crítica  indulgente 
que  podia  llegar  a  la  burla  mordaz  de  la  sátira 
vengadora. 

Con  dificultad,  la  tierra  argentina  producirá 
una  organización  mas  esencialmente  literaria 
que  la  del  doctor  Gutiérrez. 

Si  no  hubiera  sido  uno  de  nuestros  primeros 
poetas,  uno  de  nuestros  críticos  mas  finos  j 
perspicaces,  uno  de  nuestros  pensadores  mas 
cultos  y  severos,  si  no  hubiera  cantado  á  la  ban- 
dera de  Mayo,  si  no  hubiera  escríto  su  obra 
monumental  sobre  la  Instrucción  pública,  si  no 
hubiera  enriquecido  la  Historía  Argentina  con 

sus  escrupulosas  investigaciones,  t^avia  habría 
sido  el  primero  de  nuestros  hombres  de  letras, 

por  sus  gustos,  por  sus  costumbres,  por  las  irre- 
sistibles tendencias  de  su  espíritu,  por  su  amor 
á  lo  bello,  por  su  insaciable  curiosidad,  por  el 
entusiasmo  que  despertaban  en  su  alma,  siempre 
juvenil,  las  formas  completas  del  estilo,  como 
todas  las  grandes  obras  artísticas. 

El  doctor  Gutiérrez  deja,  como  productor 
intelectual,  un  caudal  de  gracia  en  sus  compo- 
siciones poéticas,  y  un  tesoro  de  erudición  en 
sus  obras  históricas. 

¡  Ouátos  de  nuestros  hombres  mas  diétlngai- 
dos  se  han  salvado  del  olvido,  la  última  de  las 


SECCIÓN  LITERARIA— BBPÚBLicA    argentina 


159 


tumbas,  grwÁAa  á  sus  nobles  esfuerzos  y  á  esa 
paciente  constancia  qne  no  le  ha  abandonado 
hasta  el  momento  de  sn  muerte. 

Despnes  de  setenta  años  de  vida,  el  doctor 
Ghitierres  disfruta  sn  primera  hora  de  descanso 
en  la  tnmba. 

Era  un  hombre  de  trabajo. 

Jamás  sn  inquieto  pensamiento  se  entregaba 
al  reposo. 

Pobre,  necesitaba  muchas  veces  dedicarse  á 
tareas  de  segundo  orden  para  alcanzar  á  satisfa- 
cer las  modestas  exigencias  de  su  hogar  honrado, 
j  cuando  esto  sucedia,  después  de  seis  ú  ocho 
horas  de  trabajo  abrumador,  todavía  buscaba  el 
descanso  en  la  pluma  ó  en  los  libros,  para  hacer 
resucitar  á  sus  muertos  queridos. 

Pocos  dias  hace,  nos  decia  que  se  preparaba 
i  continuar  su  grande  obra  sobre  la  Universidad 
de  Buenos  Aires,  y  al  mismo  tiempo,  nos  habla- 
ba de  los  últimos  libros  que  han  salido  de  las 
prensas  europeas,  de  la  última  entrega  de  la 
«Revista  de  ambos  mundos'/  de  las  últimas  con- 
quistas de  la  ciencia  en  Alemania  y  en  Italia. 
¡Todo  lo  abarcaba  en  su  anhelo  insaciable  de 
saber! 

El  doctor  Gutiérrez  ha  muerto,  después  de 
haber  asistido  á  la  apoteosis  del  héroe  por  quien 
sentía  mayor  admiración  y  á  quien  habia  dedi- 
cado alguna  de  sus  mejores  páginas. 

¡Ha  sido  la  última  de  sus  alegrías! 

Su  alma  se  ha  ido  á  confundir  con  la  Divini- 
dad, arrullada  por  el  recuerdo  de  las  glorías  de 
la  Patria. 

Quizás  su  última  hora  haya  sido  la  hora  mas 
feliz  de  su  existencia. 

Doblemos  la  frente  sobre  su  tumba  y  sofo- 
cando nuestro  dolor,  pidamos  á  su  memoria  y 
busquemos  en  su  ejemplo  la  fuerza  de  todas  sus 
Tirtndes. 

Aeistóbulo  del  Valle. 

Jarlaoonsolto  j  Pablicitta. 
Buenos  Aires,  1878. 


EL  INDIO  PLATERO 


Un  proverbio  negro  dice:  el  sueño  no  tiene 
amo. 

Todos  dormimos  perfectamente  bien. 

£1  cansancio  nos  hizo  hallar  deliciosa  la  mo- 
rada del  cacique  Ramón. 


Cuando  yo  me  desperté  eran  las  ocho  de  la 
mañana;  mis  compañeros  roncaban  aún  con  una 
espansion  pulmonar  envidiable. 

Llamé  á  un  asistente,  pedí  mate  y  me  quedé 
un  rato  mas  en  cama,  gozando  del  placer  de  no 
hacer  nada, — placer  tan  combatido  y  censurado 
cuanto  generalmente  codiciado. 

Según  un  amigo,  pensador  no  vulgar  y  egre- 
gio poeta, — no  hacer  nada  es  descansar.  Así  él 
sostiene  que  el  dia  es  hecho  para  eso  y  la  noche 
para  dormir. 

Lástima  que  un  mortal  de  gustos  tan  patriar- 
cales, que  sería  dichoso  con  muy  poca  cosa,  se 
vea  condenado  como  tanto  hijo  de  vecino,  á  la 
dura  ley  del  trabajo,  cuando  innumerables  pró- 
jimos desperdician  lo  superfino  y  aun  lo  nece- 
sario! 

Qué  hacer!  el  mundo  está  organizado  así  y  el 
Eclesiastes  que  sabe  mas  que  mi  amigo  y  yo 
juntos,  dice: 

^El  insensato  tiene  los  brazos  cruzados  y  se 
^consume  diciendo: 

'/Lleno  el  hueco  de  una  mano,  con  reposo, 
'/vale  más  que  las  dos  llenas,  con  trabajo  y 
'/mortificación  de  espíritu.// 

Con  la  luz  del  dia  examiné  el  lecho  en  que 
habia  dormido  tan  cómodamente,  como  en  elás- 
tica cama  á  la  Balzae,  provista  de  sus  corres- 
pondientes accesoríos,  almohadones  de  finísimas 
plumas  y  sedosos  cobertores,  ^ran  unos  cueros 
de  potro  mal  estaqueados  y  unas  pieles  de  car- 
nero,— la  cabecera  un  mortero  cubierto  con  mis 
cojinillos. 

En  seguida  tendí  la  vista  á  mi  alrededor. 

En  Tierra  Adentro  yo  no  habia  pernoctado 
bajo  techumbre  mejor. 

El  toldo  del  Cacique  Ramón  superaba  4  todos 
los  demás. 

Mi  alojamiento  era  un  galpón  de  madera  y 
paja,  de  doce  va^as  de  largo  por  cuatro  de  ancho 
y  tres  de  alto. 

Estaba  perfectamente  aseado. 

En  un  costado  se  veía  la  fragua,  y  al  lado 
una  mesa  de  madera  tosca  y  un  yunque  de  fierro* 

Ta  he  dicho  que  Ramón  es  platero  y  que  este 
arte  es  común  entre  los  indios. 

Ellos  trabajan  espuelas,  estribos,  cabezadas, 
pretales,  aros,  pulseras,  prendedores  y  otros 
adornos  femeninos  y  masculinos  como  sortijas  y 
yesqueros. 

Funden  la  plata,  la  purífican  en  el  crisol,  la 


160 


AMÉRICA  LITERARIA 


ligan,  la  baten  á  martillo,  dándole  la  forma  qae 
quieren  7  la  cincelan. 

En  la  chafalonía,  prefieren  el  gusto  chileno; 
porque  con  Chile  tienen  comercio,  y  es  de  allí  de 
donde  les  llevan  toda  clase  de  prendas,  que  cam- 
balachean por  ganado  vacuno,  lanar  y  caballar. 

La  fragua  consistía  en  un  paralelipípedo  de 
adobe  crudo. 

Tenia  dos  fuelles  y  se  conocía  que  el  dia  an- 
terior habían  trabajado;  las  cenizas  estaban  ti- 
bias aún. 

En  un  saco  de  cuero  había  carbón  de  leña  y 
sobre  la  mesa  se  veían  varios  instrumentos  cor- 
tantes, martillos  y  limas  rotas. 

Los  fuelles  llamaron  sobremanera  mi  atención 
por  Su  estraña  estructura. 

Antes  de  examinar  su  construcción  entablé 
un  diálogo  conmigo  mismo. 

— A  ver,  me  dije;  representante  orgulloso  de 
la  civilización  y  del  progreso  moderno  en  la 
pampa,  ¿cómo  barias  tú  un  fuelle? 

— ¿  Un  fuelle  ? 

— Sí,  un  fuelle;  ¿no  se  llama  así  por  la  Aca- 
demia Española  //un  instrumento  para  recojer 
viento  y  volverlo  á  dar//, — aunque  habría  sido 
más  comprensible  y  digno  de  ella  decir;  un  ins- 
trumento construido,  según  ciertos  principios  de 
física,  para  recojer  aire  por  medio  de  una  vál- 
vula y  volverle  á  despedir  con  mas  6  menos  vio- 
lencia, á  voluntad  del  que  lo  manejo,  por  un 
cañón  colocado  á  su  estremo? 

— Entiendo,  entiendo. 

—Y  bien,  si  entiendes,  dime,  cómo  lo  harías? 

— ¿Cómo  lo  haría? 

— Sí,  hombre,  por  Dios!  parece  que  te  hubie- 
ra puesto  un  problema  insoluble. 

— No  digo  eso. 

— ¿Entonces? 

— Es  que... 

— i  Ah !  es  que  eres  un  pobre  diablo,  un  fatuo 
del  siglo  XIX,  un  erudito  á  la  violeta,  un  insen- 
sato que  no  quieres  confesar  tu  falta  de  ingenio. 

—Yo... 

— Sí,  tú,  has  entrado  en  el  miserable  toldo  de 
un  indio  á  quien  un  millón  de  veces  has  califica- 
do de  bárbaro,  cuyo  esterminio  has  preconizado 
en  todos  los  tonos,  en  nombre  de  tu  decantada  y 
y  clemente  civilización,  te  ves  derrotado  y  no 
quieres  confesar  tu  ignorancia. 

— Mi  ignoranda? 

— Tu  ignorancia,  sí. 


— Quieres  acaso  que  me  humille? 

— Sí,  humíllate  y  aprende  una  vez  más  que 
el  mundo  no  se  estudia  en  los  libros. 

Incliné  la  frente,  me  acerqué  á  la  fragua,  oojí 
el  manubrío  de  ambos  fuelles,  los  que  estaban 
colocados  en  la  misma  línea  horizontal,  tiré,  aflo- 
jé y  se  levantó  una  nube  de  ceniza. 

Eran  feos;  pero  surtían  el  efecto  neoesario, 
despidiendo  una  corríente  de  aire  bastante  foar 
te  para  inflamar  el  carbón  encendido. 

Todo  era  obra  del  mismo  Ramón;  invento  es- 
clusivo  suyo. 

Con  una  panza  de  vaca  seca  y  robada  lu^ia 
hecho  una  manga  de  una  vara  de  largo  y  un 
pié  de  diámetro;  con  tientos  la  había  plegido, 
formándole  tres  grandes  buches  con  comunica- 
ción; en  un  estremo  había  colocado  la  mitad  del 
cañón  de  una  carabina  y  en  el  otro  un  tarugo  de 
palo  labrado  con  el  cuchillo;  el  canon  estaba  em- 
butido en  la  fragua  y  sujeto  con  ataduras  i 
un  piquete.  Naturalmente,  tirando  y  apretando 
aquel  aparato  hasta  aplastar  los  buches,  el  aire 
entraba  y  salía,  produciendo  el  mismo  efecto 
que  cualquier  otro  fuelle. 

Pensaba  el  tiempo  que  habría  empleado  jo 
con  todos  los  recursos  de  la  civilización,  si  por 
necesidad  ó  afición  á  las  artes  liberales,  me  hu- 
biese propuesto  hacer  un  fuelle;  se  me  ocurría 
que  quizá  habría  tenido  que  darme  por  derrota- 
do,— cuando  un  cautivo,  blanco  y  rubio,  de  doce 
á  catorce  años,  entró  en  el  galpón  y  después  de 
saludarme  con  el  mayor  respeto,  tratiíndome  de 
usía,  me  dijo: 

— Dice  el  cacique  Ramón  que  si  se  le  puede 
ver  ya;  que  cómo  ha  pasado  la  noche. 

Le  conteste  que  estaba  á  su  disposición,  que 
podía  verme  en  el  acto,  si  quería,  y  que  había 
dormido  muy  bien. 

Salió  el  cautivo  y  un  momento  después  se 
presentó  Ramón,  vestido  como  un  paisano  prolijo, 
aseado  que  daba  gusto  verlel;  sus  manos  acostum- 
bradas al  trabajo,  parecían  las  de  un  oabaUero, 
tenía  las  uñas  irreprochablemente  limpias,  ni 
cortas  ni  largas  y  redondeadas  con  igualdad. 

No  estuvo  ceremonioso. 

Al  contrario,  me  trató  como  á  un  antiguo  co- 
nocido, me  repitió  que  aquella  era  mi  casa,  que 
dispusiera  de  él,  me  anunció  que  ya  iban  á  traer 
el  almuerzo,  que  más  tarde  me  presentaría  á  su 
familia  y  me  dejó  solo. 


SECCIÓN  LITERABIA— BBPüBLiOA  abgbntina 


161 


En  seguida  yoMó,  se  sentó  7  trajeron  el  al- 
mnerso. 

Era  lo  consabido,  puchero  con  sapallo,  choclos, 
asado,  etc. 

Todo  estaba  hecho  con  el  mayor  esmero:  hacía 
mucho  tiempo  que  yo  no  veía  un  caldo  más  rico. 

Durante  el  almuerso,  hablamos  de  agricultura 
y  de  ganadería. 

El  indio  era  entendido  en  todo. 

Sus  corrales  eran  grandes  y  bien  hechos,  sus 
sementeras  vastas,  sus  ganados  mansos  como 
ninguno. 

Es  iaiDA  que  Bamon  ama  mucho  ¿  los  cristia- 
nos: lo  cierto  es  que  en  su  tribu  es  dónde  hay  más. 

Una  de  sus  mujeres,  de  la  que  tiene  tres  hi- 
jos, es  nada  menos  que  Da.  Fermina  Zarate,  de 
k  villa  de  la  Carlota. 

La  cautivaron  siendo  joven;  tendría  veinte 
toos;  ahora  ya  es  vieja. 

Allí  estaba  la  pobre ! 

Delante  de  ella  Bamon  me  dijo: 

— La  señora  es  muy  buena,  me  ha  acompaña- 
do muchos  años,  yo  le  estoy  muy  agradecido;  por 
eso  le  he  dicho  ya  que  puede  salir  cuando  quiera 
Tolverse  á  su  tierra,  donde  está  su  familia. 

Doña  Francisca  le  miró  con  una  expresión 
indefinible  con  una  mezcla  de  cariño  y  de  horroi^ 
de  un  modo  que  sólo  una  mujer  observadora  y 
penetrante  habría  podido  comprender,  y  con- 
testó: 

— Señor,  Bamon  es  buen  hombre.  Ojalá  todos 
fueran  como  él!  Menos  sufrirían  las  cautivas. 
Yo,  ¿para  qué  me  he  de  quejar  ?  Dios  sabrá  lo 
que  ha  hecho 

Y  esto  diciendo,  se  echó  á  llorar  sin  recatarse. 

Bamon  dijo: 

— Es  muy  buena  la  señora» — se  levantó,  salió, 
y  me  dejó  solo  con  ella. 

Doña  Francisca  Zarate  no  tiene  nada  de  nota- 
ble en  su  fisonomía;  es  un  tipo  de  mujer  como 
hsy  muchos,  aunque  su  frente  y  sus  ojos  revelan 
cierta  conformidad  paciente  con  los  decretos  pro- 
Tidenciales. 

Está  menos  vieja  de  lo  que  ella  se  cree. 

— ¿Y  por  qué  no  se  viene  V.  conmigo,  señora? 
la  dije. 

— ^Ah!  señor,  me  contestó  con  amargura,  y 
¿qué  voy  á  hacer  yo  entre  los  crístianosP 

— Pero  reunirse  á  su  familia.  Yo  la  conozco, 
está  en  la  Carlota,  todos  se  acuerdan  de  Y.  con 
fpnn  cariño  y  la  lloran  mucho. 


* — ¿Y  mis  hijos,  señor? 
-  -Sus  hijos... 

— Bamon  me  deja  salir  á  mí,  porque  real- 
mente no  es  mal  hombre;  á  mi  al  menos  me  ha 
tratado  bien,  después  que  fui  madre.  Pero  mis 
hijos,  mis  hijos  no  quiere  que  los  lleve. 

No  me  resolví  á  decirle: — Déjelos  V;  son  el 
fruto  de  la  violencia. 

Eran  sus  hijos! 

Ella  prosiguió: 

— ^Además,  señor,  qué  vida  seria  la  mia  entre 
los  cristianos,  después  de  tantos  años  que  íolto  de 
mi  pueblo?  Yo  era  joven  y  buena  moza  cuan- 
do me  cautivaron.  Y  ahora  ya  vé.  Estoy  vieja. 
Parezco  cristiana,  porque  Bamon  me  permite 
vestirme  como  ellas;  pero  vivo  como  india;  y 
francamente,  me  parece  que  soy  más  india  que 
cristiana,  aunque  creo  en  Dios,  como  que  todos 
los  dias  le  encomiendo  mis  hijos  y  mi  familia. 

— Á  pesar  de  estar  Y.  cautiva  ¿cree  en  Dios? 

— Y  él  qué  culpa  tiene  de  que  me  agarraran 
los  indios?  la  culpa  la  tendrán  los  cristianos  que 
no  saben  cuidar  sus  mujeres  ni  sus  hijos. 

No  contesté:  tan  alta  filosofía  en  boca  de 
aquella  mujer,  la  concubina  jubilada  de  aquel 
bárbaro,  me  humilló  mas  que  el  soliloquio  á  pro- 
pósito del  fuelle. 

Una  mujer,  joven  y  hermosa,  demacrada,  sucia 
y  andrajosa  se  presentó  diciendo  con  tonada  cor- 
dobesa : 

— ¿Usted  será,  mi  señor,  el  Coronel  Mansilla? 

— ^Yo  soy,  hija,  ¿qué  quiere  VdP 

— Yengo  á  pedirle  que  me  haga  el  favor  de 
hacer  que  los  padrecitos  me  den  á  besar  el  cor- 
don  de  nuestro  padre  San  Francisco. 

— Pues  no  ?  con  mucho  gusto — y  esto  dicien- 
do llamé  á  los  santos  varones. 

Yinieron. 

Al  verlos  entrar  la  desdichada  Petrona  Jof ré 
se  postró  de  hinojos  ante  ellos  y  con  efusión  fer- 
viente tomó  los  cordones  del  Padre  Marcos,  des- 
pués los  del  Padre  Moisés  y  los  besó  repetidas 
veces. 

Los  buenos  franciscanos,  viéndola  tan  angus- 
tiosa, la  exhortaron,  la  acariciaron  paternalmen- 
te y  consiguieron  tranquilizarla,  aunque  no  del 
todo. 

Sollozaba  como  una  criatura. 

Partía  el  corazón  verla  y  oiría. 

Calmóse  poco  á  poco  y  nos  relató  la  breve  y 
tocante  historia  de  sus  dolores. 


81 


162 


AMERICA  LITERARIA 


Doña  Fermina  conñrmaba  todas  sus  refer^i- 
oias. 

La  vida  de  aquella  desdichada  de  la  Cañada 
Honda,  mujer  de  Cruz  Bustos, — era  una  yerda- 
dera  yiacrucis. 

La  tenía  un  hombre  malísimo  llamado  Car- 
rapí. 

Estaba  frenéticamente  enamorado  de  ella;  y 
ella  resistía  con  heroísmo  á  su  lujuria. 

De  ahí  su  martirio. 

— Primero  me  he  de  dejar  matar,  ó  le  he  de 
matar  yo,  que  hacer  lo  que  el  indio  quiere,  decia 
con  expresión  enérgica  y  salvaje. 

Doña  Fermina  meneaba  la  cabessa  y  excla- 
maba: 

— Vea  qué  vida,  señor! 

Yo  estaba  desesperado. 

¿  Que  otro  efecto  puede  producir  la  simpatía 
impotente? 

Nada  podia  hacer  por  aqueUa  desdichada;  nada 
tenia  que  darle. 

No  me  quedaba  sino  lo  puesto. 

Ni  pañuelo  de  mano  llevaba  ya. 

Doña  Fermina  me  contó  que  Carrapí  no  que- 
ría venderla  para  que  la  sacaran  y  que  un  cris- 
tiano por  candad  la  andaba  por  comprar. 

El  indio  pedia  por  ella  veinte  yeguas,  sesenta 
pesos  bolivianos,  un  poncho  de  paño  y  cinco  chi- 
ripaes colorados. 

— ¿Y  quién  es  ^se  cristiano?  le  pregunté: 

— Crisóstomo,  me  contestó. 

— ¿  Crisóstomo. . .  ? 

— Sí,  señor,  Crisóstomo. 

Crisóstomo  era  el  hombre  aquel  que  en  Cal- 
cumulen  hubo  de  pasar  á  caballo  por  entre  los 
Franciscanos;  que  tanto  me  exasperó,  que  me 
dio  de  comer  después  y  me  relató  su  interesante 
historia. 

Está  visto,  los  malvados  también  tienen  co- 
razón. 

Bien  dice  Pascal: 

u'El  hombre  no  es  un  ángel  ni  una  bestia. 

Es  un  ser  indefinible, — hace  el  mal  por  placer 
y  goza  con  el  bien. 

En  medio  de  todo  es  consolador  m. 

Me  invitaron  á  pasar  al  toldo  de  Ramón. 

Dejé  á  doña  Fermina  Zarate  y  á  Petrona 
Jofré  con  los  franciscanos  y  entré  en  él. 

La  familia  del  cacique  constaba  de  cinco  con- 
cubinas de  distintas  edades,  una  cristiana  y  cua- 


tro indias;  de  siete  hijos  varones  y  de  tres  híju 
mujeres,  dos  de  ellas  púberes  ya. 

Estas  últimas  y  la  concubina,  que  hacia  cabe- 
za, se  habían  vestido  de  gala  para  recibirme. 

No  hay  indio  ranquel  mas  rico  que  Bsmon, 
como  que  es  estanciero,  labrador  y  platero. 

Su  familia  g^asta  lujo;  ostentaba  hennoBoe 
prendedores  de  pecho,  zarcillos,  pulseras  y  oolk- 
res,  todo  de  plata  maciza  y  pura, — ^hecho  á  mir- 
tillo  y  cincelado  por  Ramón;  mantas,  hjtA  j 
pilquenes  de  ricos  tejidos  pampas. 

Las  dos  hijas  mayores  se  llamaban, — Comeñe, 
la  primera,  que  quiere  decir  ojo8  lindos^  de  co- 
me, lindo,  y  de  ñe,  ojos;  Pichicaiun  la  segunda 
que  quiere  decir,  hoca  chica,  de  pichicata  ohioo, 
y  de  ttn,  boca. 

Se  habían  pintado  con  carmín  los  labios,  las 
mejillas  y  las  uñas  de  las  manos;  se  habían  som- 
breado los  párpados  y  puesto  muchos  lunaroitoe 
negros. 

Tanto  Pichicaiun,  como  Comeñé,  teman  nom- 
bres muy  apropiados;  la  una  se  distinguía  por 
una  boca  pequeñita,  lindísima;  la  otra,  por  nnos 
grandes  ojos  negros  llenos  de  fuego. 

Ambas  estaban  en  la  plenitud  del  desarrciUo 
físico,  y  en  cualquier  parte  un  hombre  de  buen 
gusto  les  habria  mirado  largo  rato  eon  placer. 

Me  recibieron  con  graciosa  timidez. 

Me  senté,  Ramón  se  puso  á  mi  lado;  sa  mi- 
jer  principal  y  sus  hijas  en  frente. 

Las  dos  chinitas  sabían  que  eran  bonitis,— 
coqueteaban  como  lo  hubieran  heoho  dos  oria- 
tíanas. 

Ramón  es  muy  conversador,  no  me  dejaban 
conversar  con  él;  el  lenguaraz  trabucaba  sos 
razones  y  las  mías. 

Qué  maldita  condición  tienen  nuestras  caras 
compañeras! 

Con  su  permiso  diré, — que  son  como  los  gztoa; 
antes  de  matar  la  presa  juegan  con  ella. 

— Spañolü  Spañolü  grritó  Ramón.  EloanÜTO 
blanco  y  rubio  se  presentó.  Recibió  órdenes,  ae 
marchó,  y  volvió  trayendo  cubiertos  y  platos. 

Sirvieron  la  comida. 

Yo  acababa  de  almorzar,  pero  no  podia  rdin- 
sar  el  convite  que  se  me  hacía.  Me  habria  den- 
creditado. 

Comí,  pues. 

El  cautivo  no  le  quitaba  los  ojos  a  Bamon; 
éste  lo  manejaba  con  la  vista. 

— ¿Cómo  te  llamas?  le  pregunté,  creyendo  qu» 


SECCIÓN  LlTERABIA^BBP^BLioA  abgbntina 


163 


las  palabras  Spañol,!  Spañol!  tenían  nna  signi- 
ficación araucana. 

— Spañol,  me  contestó. 

— Spañol,  repetí  70,  mirando  á  Mora  7  á  Ba- 
mon  altematiyamente. 

— Sí,  señor,  Sp^cd, — me  dijo  Mora,  así  les 
TlamaTi  á  algunos  cantÍTos. 

— Spañol,  afirmó  Bamon,  qne  habia  entendido 
mi  pregunta. 

— Pero,  ¿qué  nombre  tenías  en  ta  tierra?  le 
pr^TQi^té  al  cautivo. 

— Ko  sé,  se  me  ha  olvidado;  era  mn7  chico 
cuando  me  trajeron,  repuso. 

— ¿De  dónde  eres? 

—No  sé. 

— ¡Cómo  no  has  de  saber!  ¿Te  han  prohibido 
que  digas  tu  verdadero  nombre  7  el  lug^  en 
dónde  te  cautivaron  P 

— No,  señor. 

— Si  no  ha  de  saber  nada,  señor,  dijo  Mora; 
por  eso  le  llaman  Spañol — hasta  que  sea  más 
grande  7  le  den  nombre  de  indio. 

— ¿Y  esa  es  la  costumbre? 

— Sí,  señor. 

—¿Pregúntele  á  Bamon,  qué  quiere  decir 
Spañol? 

Bamon  contestó: 

— Spañol,  quiere  decir, — de  otra  tierra. 

En  esto  estábamos,  cuando  el  capitán  Bivada- 
via  se  me  presentó  7  hablándome  al  oído  me  dijo): 

Que  Crisóstomo  acababa  de  llegar  de  Leubucó 
7  que  á  su  salida  se  decía  allí  que  habia  habido 
invasión  por  San  Luís. 

Le  pedí  permiso  á  Bamon  para  retirarme,  co- 
municándole la  ocurrencia,  me  retiré,  7  un  mo- 
mento después  el  capitán  Bivadavia  se  separaba 
de  mí  con  una  carta  bastante  fuerte  para  Mariano 


Le  ezijía  en  ella  el  castigo  de  los  invasores, 
apo7ándome  en  el  Tratado  de  paz,  7  le  decía  que 
en  la  Yerde  esperaba  su  contestación :  que  á  la 
tarde  estaría  allí. 

Bamon  vino  á  hablar  conmigo  7  me  manifestó 
n  disgusto  por  el  hecho;  me  dijo  que  habia  de 
ler  Wenchenao,  calificándolo  de  gaucho  ladrón  j 
me  preguntó  que  á  qué  hora  pensaba  ponerme 
en  marcha. 

Le  dije  que  en  cuanto  medio  quisiera  ladear 
^  sol, — estilo  gauchesco,  que  vale  tanto  como 
después  de  las  doce. 

Me  hiio  presente  que  entonces  habia  tiempo 


de  carnear  una  res  gorda  7  unas  ovejas  para  que 
llevara  carne  fresca. 

Le  espresé  que  no  se  incomodara,  7  me  hixo 
entender  que  no  era  incomodidad  sino  deber  7 
que  estrañaba  mucho  que  Mariano  Bosas  me 
hubiera  dejado  salir  de  Leubucó  sin  darme  carne. 

En  efecto,  de  allí  habíamos  salido  con  una 
mano  atrás  7  otra  adelante — resueltos  á  comer- 
nos las  muías. 

To  habia  hecho  el  firme  prftpósito  de  no  pedir 
qué  comer  á  nadie. 

Era  una  cuestión  de  orgullo  bien  entendido, 
en  una  tierra  dónde  los  alimentos  no  se  comr 
pran;  dónde  el  que  tiene  con  necesidad  pide  ton 
vuélixí. 

Trajeron  una  vaca  gorda  7  dos  ovejas;  mandé 
á  mi  gente  á  carnearlas  7  entramos  con  Bamon 
en  la  platería.  '    . 

EL  indio  me  habló  así: 

— To  S07  amigo  de  los  cristianos,  porque  me 
gusta  el  trabajo;  70  deseo  vivir  en  pai,  porque 
tengo  qué  perder;  70  quiero  saber  si  esta  pai 
durará  7  si  podré  ir  con  mi  indiada  al  Cuero  que 
es  mejor  campo  que  éste. 

Le  contesté: 

— Que  me  alegrraba  mucho  de  oirle  discurrir 
así;  que  eso  probaba  que  era  un  hombre  de  jui- 
cio. 

Añadió: 

— 'To  conozco  la  razón;  ¿Yd.  cree  que  no  me 
gastaría  á  mí  vivir  como  Coliqueo?  ¡Pero  cuándo 
van  los  otros! 

Están  mu7  asustadizos!  Es  preciso  que  pase 
mucho  tiempo'para  que  le  tomen  gusto  á  la  paz. 

To  repuse: 

— Entonces,  ¿Yd.  cree  que  es  mejor  vivir  to- 
dos juntos  7  no  desparramados? 

— ¡Ta  lo  creo!  me  contestó,  viviendo  así  tan 
lejos  unos  de  otros,  todos  ]soii "perjuicios,  no  ha7 
comercio. 

Llegaron  algunas  visitas.  Tuve  que  recibir- 
las. Entre  ellas  venia  el  padre  de  Bamon,  un 
indio  valetudinario  7  setentón.  Me  contó  su  vi- 
da, sus  servicios,  me  ponderó  sus  méritos,  con 
un  cinismo  comparable  solamente  al  de  un  hom- 
bre civilizado,  me  dijo  que  habia  abdicado  en  su 
hijo  el  gobierno  de]la  tribu,  porque  Bamon  era 
como  él;  me  hizo]  mil  ofertas,  mil  protestas  de 
amistad  7,  por  último,  me  pidió  un  «baquetón 
de  paño  forrado  de  ba7eta. 

Me  avisaron  que  la   carneada  estaba  hecha; 


164 


AMÉRICA  LITERARIA 


mandé  arrimar  las  tropillas  y  le  previne  á  R*- 
mon  qae  ya  pensaba  marcharme;  á  lo  cual  con- 
testó qne  yo  era  dneño  de  mi  voluntad,  qne, 
jcómo  había  de  ser!  sino  podía  hacerle  nna  vi- 
sita mas  larga  y  qne  iba  á  tener  el  gusto 
de  acompañarme  con  algunos  amigos  hasta  por 
ahí. 

Le  di  las  gracias  por  su  fineza,  le  manifesté 
que  para  qué  quería  incomodarse;  que  no  hiciese 
ceremonias,  y  me  respondió  que  no  había  inco- 
modidad en  cumplir  con  un  deber;  que  quizá  no 
nos  volveríamos  á  ver. 

To  no  tenia  qué  replicar. 

Pensé  un  momento  para  mis  adentros,  que  en 
Carrilobo  soplaba  un  viento  mucho  mejor  que  en 
Leubucó,  como  que  Ramón  no  tenia  á  su  lado 
orístianos  que  le  adularan;  que  era  el  indio  más 
radical  en  sus  costumbres,  el  que  me  había  reci- 
bido más  á  la  usanza  ranquelina;  era  el  que  se 
manifestaba  á  mi  regreso  más  caballero  y  cum- 
plido, y  acabé  por  hacerme  esta  pregunta: — ¿el 
contacto  de  la  civilización  será  corruptor  de  la 
buena  fé  primitiva? 

Sentí  el  cencerro  de  las  tropillas  que  llega- 
ban, mandé  ensillar  y  le  dije  á  Ramón: 

— Bueno,  amigo,  jqué  tiene  que  encargarme? 

— Necesito  algunas  cosas  para  la  platería,  me 
contestó. 

— ^To  se  las  mandaré,  y  ei<to  diciendo  saqué 
mi  libro  de  memorias  para  apuntar  en  él  los  en- 
cargos, añadiendo,  ¿qué  son? 

— TJn  yunque. 

— Bueno. 

— Un  martillo. 

— Bueno. 

— Unas  tenazas. 

— Bueno. 

— Un  tomo. 

— Bueno. 

— Una  lima  fina. 

— Bueno. 

— Un  alicate. 

— Bueno. 

— Un  crisol. 

— Bueno. 

— Un  bruñidor. 

— Bueno. 

— Piedra  lápiz. 

— Bueno. 

— Atíncar. 

Ramón  había  ido  enumerando  las  palabras  an- 


teriores sin  necesidad  de  lenguaraz,  pronuneiáa. 
dolas  correctamente. 

Al  oír  decir  atíncar,  le  pregrnnté: 

— Atíncar? 

— Sí,  atíncar,  repuso. 

— Dígame  el  nombre  en  lengona  cristiana. 

— Así  es,  atíncar. 

Iba  á  decirle:  ese  será  el  nombre  en  artuet- 
no;  pero  me  acordé  de  las  lecciones  que  acabibt 
de  recibir  de  mi  humillación  en  presencia  del 
fuelle,  do  mi  humillación  ante  Doña  Fermint, 
discurriendo  como  un  filósofo  consumado  y  en 
lugar  de  hacerlo,  le  pregunté: 

—Está  Vd.  cierto? 

— Cierto,  atíncar  es;  así  le  llaman  los  cldle- 
nos,  y  esto  diciendo  se  levantó,  se  acercó  á  la 
fragua,  metió  la  mano  en  un  saquito  de  cuero 
que  estaba  colgado  al  lado  de  la  orqueta  de  ims 
tijera  del  techo  y  desenvolviéndolo  y  pasándo- 
melo me  dijo : 

— Esto  es  atíncar. 

Era  una  sustancia  blanquecina,  amarga  Qomo 
la  sal. 

Apunté  atíncar,  oonvenoido  de  que'la  palabra 
no  era  castellana. 

En  cuanto  llegué  al  Rio  4^,  uno  de  mis  pri- 
meros cuidados  fué  tomar  el  diccionario. 

La  palabra  atíncar  trotaba  por  mi  imagi-^ 
nación. 

Atíncar,  hallé  en  la  página  82,  maaonlino, 
véase  bórax. 

— ¡Alabado  sea  Dios!  exclamé.  Yo  sabia  lo 
que  era  bórax;  sabía  que  era  una  sal  qne  se 
encuentra  en  disolución  en  ciertos  lagos;  salni 
que  en  metalurjía  se  la  empleaba  como  funden- 
te, oomo  reactivo  y  como  soldadura. 

— ¡Loado  sea  Dios!  volví  á  esclamar,  que  así 
castiga  sin  palo  ni  piedra. 

Tanto  que  declamamos  sobre  nuestra  sabidu- 
ría, tanto  que  leemos  y  estudiamos! 

¿  Y  para  qué  ? 

Para  despreciar  á  un  pobre  indio,  llamándole 
bárbaro,  salvaje;  para  pedir  su  esterminío,  por- 
que su  sangre,  su  raza,  sus  instintos,  sus  aptita- 
des,  no  son  susceptibles  de  asimilarse  con  nuestra 
civilización  empíríca, — que  se  dice  humanitsriai 
recta  y  justiciera,  aunque  hace  morir  á  hierro 
al  que  á  hierro  mata,  que  se  ensangríenta  por 
cuestión  de  amor  propio,  de  avarícia,  de  engran- 
decimiento, de  orgullo;  que  para  todo  nos  pre- 
senta en  nombre  del'dereoho  el  filo  de  una  espade» 


SECCIÓN  LITERARIA— EEPÓBLIOA  argentina 


161 


en  nna  palabra,  que  mantiene  la  pena  del  talion, 
porque  ai  yo  mato  me  matan;  qne,  en  definitiva, 
lo  que  mas  respeta  es  la  faerza,  desde  que  cual- 
quier Breno  de  las  batallas  ó  del  dinero  es  capas 
de  bacer  inclinar  de  su  lado  la  balanza  de  la 
justicia. 

.  |Ab!  mientras  tanto  el  bárbaro,  el  salvaje,  el 
indio,  ese  qne  reobazamos  j  despreciamos,  como 
d  todos  no  derivásemos  de  nn  tronco  coman, 
como  si  la  planta  hombre  no  fuere  única  en  sn 
especie,  el  dia  menos  pensado  nos  prueba  que 
somos  muy  altaneros,  que  vivimos  en  la  ignoran- 
cia de  una  vanidad  descomunal,  irritante,  que 
ha  penetrado  en  la  oscuridad  nebulosa  de  los 
cielos  con  el  telescopio,  que  ba  suprimido  las  dis- 
tancias por  medio  de  la  electricidad  y  del  vapor» 
que  volará  mañana  quizá, — convenido; — pero  que 
no  destruirá  jamás,  hasta  aniquilarlo,  una  sim- 
ple partícula  de  la  materia,  ni  le  arrancará  al 
hombre  los  secretos  recónditos  del  corazón. 

Todo  estaba  pronto  para  la  marcha. 

Me  despedí  de  la  familia  de'  Ramón,  cuyas 
hijas,  apartándose  de  la  costumbre  de  la  tierra, 
nos  abrazaron  y  nos  dieron  la  mano,  regalándo- 
les sortijas  de  plata  á  algunos  de  los  que  me 
acompañaban. 

En  seguida  marché;  me  acompañaba  Ramón 
y  cincuenta  de  los  suyos  al  s<Sn  de  cornetas. 

Bamon  montaba  un  caballo  bayo  domado 
por  él. 

Parecia  un  animal  vigoroso. 

— ^Yo  no  soy  haragpan,  me  dijo.  Yo  mismo 
domo  mis  caballos;  me  gusta  mas  el  modo  de  los 
indios  que  el  de  los  cristianos. 

— ¡Y  qué!  ¿doman  de  otro  modo  Vds.  P  le  pre- 
gunté. 

— Sí,  me  contestó. 

— ¿Cómo  hacen? 

— Nosotros  no  maltratamos  al  animal;  lo  ata- 
mos á  un  palo,  tratamos  de  que  pierda  el  miedo, 
no  le  damos  de  comer  si  no  deja  que  se  le  acer- 
quen; lo  palmeamos  de  á  pié;  lo  ensillamos  y  no 
lo  montamos  hasta  que  se  acostumbra  al  recado, 
hasta  que  no  siente  ya  cosquillas;  después  lo 
enfrenamos;  por  eso  nuestros  caballos  son  tan 
briosos  y  tan  mansos. 

Los  cristianos  les  enaeñan  más  cosas,  á  trotar 
más  lindo;  nosotros  los  amansamos  mejor. 

— Hasta  en  esto,  dije  para  mis  adentros,  los 
bárbaros  pueden  darles  lecciones  de  humanidad 
á  loa  que  les  desprecian. 


Ramón  me  habia  acompañado  como  una  legua. 

— Hasta  aquí  no  más,  le  dije,  haciendo  alto. 

— Como  guste,  me  contestó. 

Nos  dimos  las  manos,  nos  abrazamos  y  nos 
separamos. 

Su  comitiva  me  saludó  con  un  ¡burra! 

— I  Adiós!  ¡adiós!  gritaron  varios  á  una. 

— ¡Adiós!  ¡adiós,  amigo!  gritaron  los  otros. 

Y  ellos  partieron  para  el  Sur  y  nosotros  para 
el  Norte,  envueltos  en  remolinos  de  arena,  que 
oscurecían  el  horizonte  como  negra  cortina. 

Mi  cálculo  era  llegar  á  la  Yerde  al  ponerse  el 
sol. 

Llegué  á  un  campo  pastoso  é  hice  alto  un 
momento;  la  arena  nos  ahogaba. 

Lucio  V.  Mansilla. 

Coronal  de  la  Bepúblie»  j  EMritor. 


EL  IDIOMA  NACIONAL 


(Fragmento) 


¿  Cómo  pretende  la  E-eal  Academia  de  la  len- 
gua conservar  castizo  y  puro  el  idioma  español, 
si  deja  fuera  de  su  recinto  y  lejos  de  su  acción 
á  las  naciones  hispano-americanas  P 

¿  Por  qué  no  convoca  de  tiempo  en  tiempo  un 
Congreso  Lengüístico  Español,  para  que  el  Dic- 
cionario y  la  Gramática  de  la  Academia,  sean 
el  resultado  del  estudio  de  todas  las  naciones  de 
la  misma  habla  P 

¿  Le  bastaría  por  ventura  á  la  España  la  glo- 
ria de  haber  estendido  su  hermoso  lengpuaje  en 
el  Nuevo  Mundo,  para  que  desdeñe  á  estos 
pueblos  y  les  niegue  participación  en  obra  que 
debe  ser  común]  á  sus  hermanos  en  sangre,  en 
costumbres  y  lenguaje,  como  dice  el  señor  Hart- 
zenbuschP 

Es  evidente  que  la  iniciativa  en  esta  materia 
debe  partir  del  gobierno  español;  pero  no  es  me- 
nos evidente  la  conveniencia  y  la  necesidad  de 
apoyarla,  por  parte  de  todos  los  pueblos  de  la 
misma  lengua.  Lejos  de  que  la  conservación 
castiza  del  idioma  pueda  ser  traba  para  el  des- 
envolvimiento de  la  civilización  de  los  estados 
hispano-amerícanos,  por  el  contrarío  seria  medio 
eficaz  para  su  progreso,  para  su  cultura,  para  su 
perfeccionamiento  intelectual:  seria   un  nuevo 


lee 


ÁMÉEicA  Literaria 


YÍnoulo  que  los  nniria  por  el  trabajo  coman  en 
oonservar  pura,  y  enriqueciéndola  siempre,  la  len- 
gona nacional.  En  vez  de  introducir  la  anarquía 
j  el  desorden  en  la  ortografía  y  la  gramática,  y 
como  consecuencia  la  corrupción  del  lenguaje, 
aceptando  modificaciones  arbitrarias  é  ilógicas, 
bajo  el  frivolo  protesto  de  necesidades  extrañas  y 
nuevas  á  la  metrópoli  antigua — la  razón  aconseja 
que  esta  y  las  que  fueron  sus  colonias,  acepten 
las  voces  nuevas  con  que  incesantemente  se  enri- 
quecen y  aumentan  las  lenguas  vivas,  para  que 
se  conserve  en  la  estructura  y  giro  de  la  frase  y 
en  la  ortografía,  la  posible  uniformidad:  la  pureza 
del  lenguaje  nacional,  hermoso  y  rico,  por  otra 
parte,  pero  de  ninguna  manera  estacionario. 

Descuidos  indisculpables  en  algunos  estados 
americanos,  han  dejado  que  extranjeros  poco 
versados  en  el  conocimiento  é  índole  de  la  len- 
gua española,  fuesen  profesores  en  las  escuelas 
primarías.  De  manera  que  los  niños  han  apren- 
dido en  fuentes  impuras  el  conocimiento  de  la 
gramática,  y  es  esta  causa  originaria  é  innega- 
ble, la  que  ha  producido  principalmente  el  des- 
parpajo en  la  frase,  los  galicismos  frecuentes, 
los  giros  extraños,  las  palabras  extranjeras  y  los 
vocablos  con  sentido  diferente  del  que  por  su 
etimología  representan;  á  pesar  del  altísimo 
crédito  y  fama  de  que  gozan  los  escritores  cas- 
tizos, como  el  venezolano  don  Andrés  Bello  ^'^K 
La  lectura  de  obras  en  idiomas  extranjeros  y  la 
consider&ble  inmigración  en  Buenos  Aires,  han 
contribuido  á  la  corrupción  del  lenguaje;  pero 
no  son  la  causa  única,  puesto  que  Bello,  clasifi- 
cado de  maestro,  residió  en  Londres  19  años  y 
oonocia  el  inglés  y  el  francés,  en  cuyas  litera- 
turas era  versado. 

Nueva  Granada,  México,  el  Perú  y  Colombia, 
sin  embargo,  reaccionan  contra  este  culpable 
abandono,  y  últimamente  el  Gobierno  Nacional 
Argentino,  inspirándose  en  la  buena  doctrina, 
ha  modificado  los  reglamentos  de  los  colegios 
nacionales,  dedicando  al  estudio  de  la  lengua 
materna  el  interés  y  la  atención  que  merece  en 
todo  pueblo  .culto. 

La  Academia  Española,  «que  es,  respecto  á 
la  lengua,  como  decia  don  Patricio  de  la  Esco- 


cí) El  señor  don  José  M.  Bojas,  miniítro  de  Venezuela  en 
España,  llama  4  Bello  "príncipe  de  los  poetas  y  escritores 
del  nuevo  mundo".  "Bello,  dice  Cánovas  del  Castillo,  es  uno 
de  los  mas  nundes  poetas  que  hayan  pulsado  la  lira  castella- 
na, es  también  de  los  mejores  maestros  de  la  lengua  y  estilo  ' 
que  jK>damos  señalar  en  la  antigua  y  moderna  literatura 
española". 


Bura,  en  primer  lugar,  un  gnu  jurado  que,  pre- 
vio examen,  declara,  pura  y  simplemente,  u 
hecho  á  su  parecer  evidente:  tal  voi  no  se  un 
ya:  tal  otra  perdió  su  primitiva  significaoioii,  7 
la  tiene  hoy  nueva:  este  neologismo  adqmrii 
entre  nosotros  carta  de  naturaleza,  estotro  no  It 
merece'/:  la  Academia,  decía,  ha  tomado  mit 
honrosa  iniciativa.  Ha  empelado  por  nombrar 
cuarenta  y  un  miembros  correspondientes  ea  It 
América  que  fué  española.  «De  esta  breve  noti- 
cia estadística  resulta  oon  evidencia,  deoia  é 
señor  Escosura:  primero,  que  los  literatos,  tanto 
del  norte  como  del  centro  y  sur  de  la  Américt 
que  fué  un  tiempo  parte  de  la  monarquía  cas- 
tellana, se  asocian  oon  gusto  á  la  Academia  Es- 
pañola; y  segundo,  que  la  Academia  misma, 
apreciando  en  su  justo  valor  la  oooperaoioiL  de 
aquellos,  los  llama  á  su  seno  en  la  forma  posible 
y  en  mucho  mayor  número  que  cualesquiera  otioi 
extranjeros,  u 

No  creyó,  empero,  bastante  eficaí  este  medio 
para  mantener  la  unidad  y  pureza  del  lenguaje, 
y  por  la  noble  y  dignísima  iniciativa  de  los  Srei. 
Hartzenbusch,  Puente  y  .^»ecechea,  y  algim 
otro,  propusieron  la  formación  de  Academias 
Americanas,  correspondientes  de  la  Academia 
Española.  Este  pensamiento,  previo  examen  lie- 
cho  por  una  comisión  nombrada  por  la  misma 
Asociación,  fué  aceptado,  dándole  formas  prácti- 
cas, porque  reconociendo  que  los  hispano-amerí- 
canos  son  tan  extranjeros  como  los  alemanes  ó 
los  franceses,  no  puede  negarse  que  el  idioma 
español,  como  lengua  materna,  es  de  forsost  en- 
señanza en  las  repúblicas  americanas,  y  que  por 
tanto  no  debian  quedar  fuera  de  aquel  centro 
lengüístico,  naciones  cuya  población  asciende  i 
mas  de  diez  y  ocho  millones  de  habitantes  de  la 
misma  lengua. 

Los  americanos  ilustrados  comprendieron  cnan- 
to interesaba  al  bien  común,  el  mantenimiento 
de  la  lengua  madre,  que  en  nada  afecta  á  la  na- 
cionalidad el  conservarla  castiza  y  pura;  y  se 
han  formado  ya  la  Academia  Colombiana  en 
Santa-Fé  de  Bogotá,  la  Ecuatoriana  en  la  an- 
dad de  Quito  y  en  México  la  de  aquella  repúblioa. 
Cito  complacido  estos  hechos  de  nobilísima  fra- 
ternidad, porque  sirven  para  desvanecer  las 
preocupaciones  engendradas  por  mezquinas  sus- 
ceptibilidades, que  han  perturbado  á  espiritas 
esclarecidos,  al  sostener  que  es  ofensivo  á  las 
nacionalidades  de  América,  la  oonservadon  oii' 


SECCIÓN  LITEEABIA— BEPijBLicA  argentina 


167 


dadoM  de  1a  hermosa  lengua  de  naestros  proge- 
nitores. Yerdad  que  son  pocos  los  que  taleB  ideas 
propalan,  puesto  que,  hasta  para  injuriar  á  la 
Academia,  se  servian  del  lenguaje  cnyo  brillo  7 
pnreía  conTiene  conserrar. 

«Escaso  podrá  parecer,  decia  el  señor  Esco- 
lara, á  primera  vista,  ese  número  de  Academias 
con  relación  al  que  convendría  qne  en  Amcríca 
hubiera;  mas  si  se  consideran  las  preocupaciones 
que  ha  habido  qne  vencer,  la  distancia  qne  de 
aquellas  naciones  nos  separa,  y  sobre  todo,  las 
incesantes  vicisitudes  porque  en  estos  últimos 
IDOS  han  pasado,  así  las  repúblicas  hispano- 
americanas como  su  antigua  metrópoli,  no  se 
me  figura  que  aventure  nada  en  decir  que  debe- 
mos felicitamos  de  los  resultados  obtenidos,  que 
son  realmente  superiores  á  las  esperanzas  que  al 
comeniar  la  empresa  pudieron  realmente  conce- 
birse, y  en  fin,  que  en  su  virtud,  no  es  temerario 
prometerse,  en  un  porvenir  no  muy  lejano,  la 
realisacion  completa  del  noble  deseo  de  la  Aca- 
demia: restablecer  en  lo  literario  la  unión  polí- 
ticamente rota  entre  España  y  Ajnérica,  para 
que  pueda  decirse  «que  en  los  dominios  de  la 
lengua  de  Cervantes  el  sol  nunca  se  pone,  u 

Pretender  que  la  lengua  española,  solo  por 
haber  sido  la  de  los  conquistadores,  deba  con- 
vertirse en  dialectos  peculiares  á  cada  República, 
es  una  idea  atrasada  y  poco  en  armonía  con  las 
necesidades  de  la  civilización  moderna,  que,  ha- 
ciendo fáciles  las  comunicaciones  por  medio  del 
v^or  y  del  telégrafo,  ha  borrado  las  fronteras 
y  condenado  los  odios  internacionales.  De  mane- 
ra que  hoy  mas  que  nunca  se  han  aumentado  los 
lectores  en  la  lengua  española,  que  es  la  general 
en  la  América,  y  de  ahí  la  necesidad  que  el  libro 
impreso  en  Lima,  México,  Quito,  Buenos  Aires 
é  Bogotá  pueda  leerse  en  Madrid,  y  vice- versa. 

Chile,  que  intentó  modificar  la  ortografia  de  la 
lengua  materna  se  convenció  de  que  era  un  pro- 
yecto falaz,  y  volvió  en  parte  noblemente  sobre 
sos  pasos.  En  todos  los  demás  poises  americanos, 
es  la  ortografia  de  la  Academia  Española  la  que 
se  enseña,  y  la  que  se  observa  en  todas  sus  pu- 
blicaciones. 

¿Qué  razón  positiva,  qué  conveniencia  racio- 
nal podría  alegiurse  para  no  estudiar  el  lenguaje, 
puliendo  el  estilo  y  limpiándolo  de  las  impurezas 
y  galicismos,  producto  de  malos  hábitos?  ¿Acaso 
la  lengua  española  es  una  traba  para  el  vuelo 
libre  y  fecundo  del  pensamiento?  De  ninguna 


manera :  hablar  y  escribir  correctamente  es  un 
distintivo  de  cultura,  tan  apetecido  en  las  repú- 
blicas como  en  las  monarquías.  Esto  no  quiere 
decir  que  se  vuelva  la  vista  al  pasado  para  bus- 
car únicamente  en  los  antiguos  clásicos  españo- 
les, modelos  y  ejemplos,  puesto  que  los  idiomas 
esperimentan  transformaciones  inevitables;  pero 
son  los  hombres  instruidos,  los  literatos,  ya  reu- 
nidos en  Academias,  ya  por  su  esfuerzo  personal 
y  aislado,  los  que  pulen  y  autorizan  esas  trans- 
formaciones, de  acuerdo  con  la  índole  caracterís- 
tica del  idioma:  no  son  los  maestros  ignorantes, 
no  son  los  malos  traductores,  los  que  pueden  dar 
carta  de  naturaleza  á  este  neologismo,  á  tal 
vocablo  extranjero,  á  tal  giro  inusitado.  Esa 
transformación  es  la  obra  común,  presidida  y 
dirígida  por  los  escrítores  eminentes  ó  por  las 
Academias. 

La  Academia  Española,  como  lo  he  manifesta- 
do, ha  empezado  á  abrír  sus  puertas  á  ameríca- 
nos  distinguidos,  que  han  aceptado  este  honor» 
que  permite  traer  á  un  centro  común  las  fuer- 
zas intelectuales  de  la  antigua  metrópoli  y  la  de 
las  colonias  emancipadas.  Pero  esto  no  es  bas- 
tante, y  por  ello  creo  necesarío  promover  la 
reunión  de  un  Congreso  del  lenguaje  español. 

Y  tanto  mas  necesario  me  parece,  cuanto  que, 
las  lenguas  amerícanas  han  incorporado  multi- 
tud de  vocablos  al  idioma  de  los  conquistadores, 
enríquecíéndolo  así,  y  desde  luego  no  puede  des- 
deñarse el  concurso  que  la  Ajnéríca  puede  y  debe 
prestar,  para  la  mayor  cultura  y  bríllo  de  la  len- 
gua española  y  para  su  conservación  castiza. 

//  Y  si  toda  lengua,  como  dice  el  Sr.  Hartzen- 
busch,  lleva  en  sí  el  germen  de  su  desorganiza- 
ción y  á  la  par  el  principio  de  un  desarrollo 
nuevo  *t — (i  por  qué  razón  los  amerícanos  rehusa- 
rían la  labor  común  en  un  Congreso  del  lenguaje 
español? 

¿Sería  posible  que  ocurra  al  buen  sentido  que, 
por  conocer  y  aprender  las  lenguas  extranjeras, 
no  se  debe  estudiar  cuidadosamente  la  propia, 
contentos  con  hablarla  según  la  nodriza  y  la  ni- 
ñera la  enseñaron  ? 

u  Para  aumentar  el  caudal  de  nuestra  lengua 
materna,  dice  el  Sr.  Hartzenbusch.  necesitamos 
lo  primero,  saberla  bien:  mal  podemos  conocer 
lo  que  le  falta,  sino  averíguamos  con  escrupulo- 
sidad qué  es  lo  que  tiene  u. 

Los  galicismos  de  construcción  y  de  régimen 
y  la  mania  de  españolizar  vocablos  extranjeros 


168 


AMEBIOA  LITERARIA 


ouando  hay  voces  propias  en  la  lengua  nacional, 
es  vicio  comnn  en  la  metrópoli  y  en  las  repú- 
blicas americanas;  no  es  el  resoltado  del  cmza- 
miento  de  las  razas,  como  alguien  ha  pretendido, 
sino  de  la  ignorancia  del  idioma.  ¿  Hay  por  ven- 
tura conveniencia  en  desdeñar  el  conocimiento 
del  lenguaje  nacional,  solo  porque  se  hablen 
otras  lenguas  P  ¿  Se  ataca  acaso  á  la  libertad  y 
á  la  independencia,  se  traba  el  libre  examen,  por 
hablar  y  escribir  correctamente,  imitando,  por 
ejemplo,  al  americano  Bello? 

En  apoyo  de  cuanto  expongo  voy  á  reproducir 
la  opinión  del  americano  D.  Antonio  Flores. 
Dice:  ^Después  de  espresar  el  autor  de  la  His- 
toria del  Ecuador  (Pedro  Fermin  Cevallos),  con 
las  galas  de  su  brillante  estilo,  el  entusiasmo 
que  le  causa  la  invitación  de  la  Academia  Espa- 
ñola, manifiesta  la  ventaja  de  que  las  quince 
repúblicas,  levantadas  en  el  nuevo  continente 
sobre  las  ruinas  de  la  dominación  de  CastiUa, 
como  también  la  hermosa  isla,  patria  de  la  Ave- 
llaneda y  del  malogrado  Plácido,  constituyan 
diez  y  seis  Academias  que  concurran  con  la  de 
Madrid  á  la  formación  de  un  diccionario  comple- 
to de  la  lengpua . . .  Prescindiendo  de  la  antigua 
metrópoli,  de  la  cual  parece  nos  apartamos  cada 
dia  mas  y  mas,  especialmente  las  repúblicas  del 
Pacífico,  así  en  punto  á  idioma  como  en  relacio- 
nes de  todo  género,  cada  estado  hispano-ameri- 
no  tiene  sus  idiotismos  peculiares  y  espresiones 
propias,  derivadas  con  frecuencia  del  idioma  in- 
dígena predominante,  quichua,  aymara,  pehuen- 
che,  guaraní  ó  azteca.  Tal  voz  de  uso  familiar 
en  una  república,  es  no  solo  desconocida  en  la 
otra,  sino,  lo  que  es  mucho  peor,  empleada  á 
veces  en  un  sentido  inculto  ó  deshonesto,  i'ara 
no  esponerse  á  horripilar  á  las  damas,  el  viajero 
procedente  de  los  antiguos  Estados  de  Colombia 
á  las  repúblicas  del  sur,  deberá  consultar  ante 
om/nia, —  u  Diccionarios  de  Provincialismos  y 
sobre  todo,  la  nomenclaiara  vergonzante,  que 
deberá  ir  anexa.  De  lo  contrario,  las  frases  mas 
honestas  y  castizas,  como:  ¿la  he  cogido  á  F. 
descuidada?...  pueden  hacerle  cerrar  para  siem- 
pre las  puertas  de  la  buena  sociedad  ^. 

u  Si  no  establecemos  lazos  de  unión  y  frater- 
nidad literaria,  levantaremos  poco  á  poco  una 
verdadera  torre  de  Babel,  en  la  cual  para  no 
entenderse,  opina  un  amigo  mió,  no  debió  haber 
menester  de  confusión  de  lenguas,  sino  pura  y 
simplemente  de  hablar  todos  el  español.  Las  dife- 


rentes acepciones  de  las  voces  en  los  dÍTenoi 
estados  latino-americanos,  al  paso  que  nos  dariía 
la  clave  para  la  cifra  de  su  lenguaje  familiv, 
contribuirían  mas  que  las  decisiones  de  la  Aca- 
demia Española,  á  fijar  el  verdadero  sentido  de 
las  palabras...'' 

u  Por  mas  que  clamen  los  conservadores  filo* 
lógicos,  el  gran  mecanismo  de  la  dvilisadoa 
requiere  la  asimilación  de  nuevas  palabras,  y  d 
abandono  de  otras  inútiles.  Los  esfuerzos  pan 
detener  la  oorríente  invasora  de  nuevos  nedo- 
gismos  serán  tan  inútiles  como  los  del  Tiejo 
Catón  que,  después  de  haber  batallado  toda  sa 
vida  contra  la  invasión  helénica,  se  puso  si  fií 
él  mismo  á  aprender  el  griego  que  detestaba.' 

Considero  en  vista  de  estas  necesidades,  que 
no  debe  juzgarse  irrealizable  la  convocatoria  é» 
un  Congreso  del  leng^uaje  español,  oomo  el  que 
propongo,  cuando  en  París  acaba  de  reimine 
con  gran  provecho  un  Congreso  Internacional 
de  las  Ciencias  Geográficas,  otro  se  ha  rennido 
en  Bruselas  para  las  ciencias  médicas,  y  doi 
veces  se  ha  reunido  el  Congreso  Internacional 
de  Amerícanistas,  reuniéndose  por  último  en  Fi- 
ladelfia  y  luego  en  Londres,  un  Congreso  de 
bibliotecarios. 

Este  movimiento  científico  de  carácter  inter- 
nacional es  un  rasgo  que  caracteriza  la  época 
presente,  que  en  vez  de  localizar  y  circunscri- 
bir los  conocimientos  á  las  divisiones  polítioaa, 
tiende,  por  el  contrario,  á  generalizarlos  y  ar- 
monizarlos. Y  entonces  creo  poder  decir  con  la 
autoridad  del  ejemplo,  que  es  en  la  actualidad 
mas  que  nunca  conveniente  y  necesario,  conser- 
var la  pureza  del  idioma  por  su  cultura  y  ni 
cuidadosa  y  esmerada  enseñanza,  para  mantener 
las  fáciles  comunicaciones  con  los  pueblos  de 
nuestro  mismo  lengpuaje,  en  vez  de  aspirar  men- 
guadamente  á  convertirlo  en  dialectos  mas  6 
menos  oscuros,  que  arraigarian  el  aislamiento, 
que  es  contrario  á  la  civilización  cosmopolita 
moderna.  Sostengo  por  esto,  la  conveniencia  de 
que  el  Diccionario  y  la  Gramática  de  la  Acade- 
mia reciban  la  sanción  de  un  Congreso  del  len- 
guaje español. 

Mr.  Laboulaye  decia  en  Paris,  con  motiro  de 
la  estatua  de  la  libertad  en  los  Estados-Unidos, 
como  un  faro  colosal,  estas  palabras:  ''El  Canadá 
ha  permanecido  fiol  al  recuerdo  de  la  madre 
patria:  conserva  piadosamente  su  lengw^e^  sos 
leyes  y  sus  costumbres;  pero  veréis  que  las  neo^ 


SECCIÓN  LITERARIA— BBPtjBLicA  abobntina 


169 


sídades  de  la  América  le  han  dado  la  práctica 
de  la  libertad,  7  que  nuestros  canadienses  se 
entienden  también  para  gobernarse  á  sí  mismos 
como  los  americanos  u, 

Y  bueno  es  recordar  que  la  población  del  Ca- 
nadá ha  aumentado  de  una  manera  prodigiosa: 
tenia  02,000  habitantes  como  colonia  francesa  7 
ho7  cuenta  con  1.200,000  almas.  Este  hecho 
prueba  que  la  inmigración  no  es  un  elemento 
disolvente  para  la  lengua  materna,  cuando  se 
cuida  de  enseñarla  en  las  escuelas,  de  cultivarla, 
de  purificarla  por  los  escritores  que  se  distin- 
guen, 7,  sobre  todo,  que  los  pueblos  libres  oon- 
lervan  piadosamente  el  lengueje  de  la  madre 
patria,  sin  que  por  esto  sean  serviles  7  atrasados. 

Tícente  G.  Quesada. 

Abogado  j  Pablioista. 


EL  CENTENARIO  DE  BROWN 
(22  de  Junio  de  1777 J 


"...Son  nom  Mt  du»  tontea  les  bonohet... 
Jámala  che<  luí  IHntérét  ne  balanw  rbon> 
nenr...  Valnqoeur  du  Bréail  et  de  quatre 
oenta  Taiaaeaox,  11  mourut  daña  la  médto- 
crité    " 

Thomui— Eloge  de  Dngnajr-Trontn. 


El  tiempo  en  sus  eternas  evoluciones  marca 
este  dia  en  que  vino  al  mundo  Guillebmo 
Bbowk,  la  primera  gloria  naval  de  la  Repú- 
blica, en  la  guerra  de  su  emancipación  7  en  la 
campaña  del  Brasil. 

Pocos  mortales  tan  favorecidos  como  él  por 
los  caprichos  de  la  suerte,  durante  una  vida 
entera  consagrada  al  mar  7  á  los  combates. 

Abierto  el  drama  revolucionario,  es  el  prime- 
ro que  en  1814  logra  forzar  la  portada  de  gra- 
nito de  Martin  Ghurcia,  prólogo  feliz  del  Buceo 
de  la  Luz,  en  cu7as  aguas  quedó  sellada  con 
brillo  extraordinario  la  campaña  de  Oriente. 

El  fué  el  primero  que  en  1815  montaba  el  Ca- 
bo de  Hornos,  ese  cuartel  general  de  las  borras- 
cas australes,  para  llevar  á  las  pla7as  del  Pacífico 
habitadas  por  esclavos,  el  fausto  mensaje  de 
libertad  que  anunció  con  sus  cañones,  izando  á 
la  luí  opaca  de  la  región  polar  ó  bajo  los  círcu- 
los calientes  del  ecuador,  nuestros  colores  teñi- 
dos con  el  azul  de  los  cielos  7  la  blancura  de  las 


nieves,  7  que  el  mundo  vio  pasar  como  una 
visión  de  gloria  7  de  heroísmo! 

Todavía  es  el  único  que  en  el  Plata  7  en  el 
Atlántico,  sin  mas  recursos  que  los  del  ingenio, 
sin  mas  elementos  que  su  valor  7  su  constancia, 
enfrena  el  orgullo  tradicional  de  otro  monarca 
europeo,  7  sus  hazañas  merecen  el  aplauso  de 
aquella  lira  de  cuerdas  metálicas  que  resonaron 
como  clarines  cuando  ardia  Cangallo... 


♦  ♦ 


La  Gran  Bretaña  eri  je  estatuas  7  llora  incon- 
solable á  Nelson  del  Nilo,  su  hijo  favorito,  hon- 
rando también  la  memoria  de  Effingham  y 
Drake,  domadores  de  la  Invencible;  de  Rodney, 
vencedor  de  Grasse;  de  Howe,  salvador  de  Gi- 
braltar;  de  Jervis,  triunfante  sobre  el  Cabo  de 
San  Yicente;  de  Collingwood,  ilustrado  en  el 
de  Traf algar ;  de  lord  Exmouth,  humillador  del 
arrogante  De7  de  Argel. 

Yenera  la  Francia  el  bronce  perdurable  de 
Lucas,  el  único  que  halló  digno  de  ella  en  las 
aguas  sombrías  de  Trafalgar,  á  la  vez  que  se 
ufana  de  haber  producido  á  Duqueane,  vencedor 
generoso  de  Ru7ter;  á  Tourville,  que  ^vencido 
en  la  Hogue,  muestra  los  destellos  del  genio  en 
su  celebrado  crucero  de  alta  mar;  á  Jean  Bart, 
el  hazañoso  corsario  de  Dunkerque;  á  Forbin,  á 
quien  despedía  un  ministro  de  Luis  xiy,  dicién- 
dole:  Solo  á  vos  y  á  Turenne  se  ha  dado  caria 
blanca  en  Francia;  á  Dugua7-Trouin,  conquis- 
tador de  Rio  Janeiro;  á  d'Estrées,  que  en  Yelez- 
Málaga  fulmina  el  postrer  refiejo  de  gloria  de 
la  armada  de  aquel  gran  príncipe;  á  la  C^llis- 
soniére,  que  bate  á  B7ng  en  Mahon  7  motiva  su 
arcabuceamiento;  al  científico  d'Orvilliers,  que 
en  Ouessant  devuelve  la  libertad  á  los  mares  del 
globo  7  es  cantado  por  Gilbert  como  el  regene- 
rador de  la  marina  de  su  patria;  á  D'Estaing, 
hábil  en  la  guerra  de  América,  victorioso  en 
Granada,  7  recompensado  ¡a7!  con  el  tajo  de  la 
guillotina . . . ;  á  Guichen,  su  afortunado  sucesor 
en  las  Antillas;  á  Suffren,  admirado  por  su 
campaña  de  la  Lidia;  á  los  indomables  republi- 
canos del  Vengueur  du  Peuple  que  abrazados  de 
su  bandera  se  sumerjen  en  las  tinieblas  del  abis- 
mo; á  de  Linois,  memorable  en  Algeciras. 

Ei<paña  se  envanece  con  los  nombres  de  Juan 
de  Austria,  que  en  Lepaoto  afirma  la  Cruz  sobre 
la  Media  Luna;  de  Navarro,  que  queda  dueño 
del  disputado   Cabo   Sicié;   de  Blas  de   Lezo, 


22 


170 


AMÉRICA  LITERARIA 


ínclito  defensor  de  Montevideo  y  Cartagena  de 
Indias;  de  Baroeló,  terror  del  agareno;  de  Ma- 
zarredo,  táctico  oonsnmado;  de  Gravina,  víctima 
expiatoria  de  Trafalgar. 

Se  gloría  la  Italia  en  ser  madre  de  los  pala- 
dines de  Lepanto,  Marcantonio  Colonna,  y  Do- 
ria; de  Caracciolo,  sacrificado  á  la  perfidia  de 
nna  reina;  y  del  caballeresco  Fáa  di  Bruno,  que 
en  dias  menos  lejanos,  con  el  dolor  de  la  derrota, 
empaña  la  pistola  de  combate  y  al  dispararla 
sobre  su  sien,  exclama:  un  comandante  soccombe 
col  8U0  bastimento ! 

La  pequeña  Holanda,  agazapada  tras  de  sus 
diques,  con  el  recuerdo  embriagador  de  otro 
tiempo,  saborea  en  silencio  la  fama  de  Ruyter, 
caido  en  su  defensa  en  las  aguas  de  Siracusa; 
de  Van  Tromp,  que  convertido  en  monarca  del 
mar,  paseaba  una  escoba  de  reto  por  las  bocas 
del  Támesis — ^y  de  aquel  abnegado  Patry,  quien 
antes  que  rendirse  á  los  españoles,  se  envuelve 
tranquilamente  en  su  bandera  y  al  echarse  al 
Atlántico,  dice  á  sus  oficiales  que  intentan  dete- 
nerle :  El  Océano  es  el  único  sepulcro  digno  de  un 
almirante  bátavo ! 

Los  tres  reinos  de  origen  escandinavo  reve- 
rencian la  memoria  del  comodoro  Fischer,  el 
defensor  inteligente  de  Copenhague  y  de  la  coa- 
lición del  Norte  en  1801. 

Rusia  hizo  feliz  á  Heyden,  que  honró  sus 
armas  en  Navarino. 

La  Turquía  á  Jair-eddin,  aquel  bajá  de  tres 
colas,  rival  y  vencedor  de  Doria,  azote  de  la  cris- 
tiandad y  digno  hermano  de  Barbarroja. 

Grecia  de  Salamina  ya  regenerada,  proclama 
á  Miaulis,  su  archi- na  varea,  y  á  Constantino 
Kanarís,  su  viejo  león  de  la  guedeja  nevada, 
cantado  por  Byron,  Hugo  y  Lamartine. 

El  Austria  ennoblece  4  Tegetthoff,  que  obtie- 
ne en  Lissa  el  tridente  del  Adriático,  y  Portu- 
gal con  la  trompa  épica  de  Camóes  perpetúa  los 
hechos  de  Martin  Affonso  de  Souza. 

Si  en  seguida  recorremos  los  almirantes  de 
mayor  nombradía  en  el  hemisferio  americano, 
Paul  Jones  y  David  Glascoe  Farragut,  susten- 
tan en  primera  línea  la  diadema  naval  de  los 
Estados- Unidos  en  la  conñuencia  de  este  y  el 
pasado  siglo. 

Colombia  (porque  México  no  tuvo  héroes  de 
Neptuno),  nombra  con  engreimiento  á  Brion, 
el  compañero  de  Bolívar,  y  á  Padilla  el  vencedor 
de  Laborde. 


El  Perú,  á  Martin  Jorge  Guise,  émulo  de 
Cochrane,  muerto  en  el  Guayas. 

Chile,  á  Cochrane  apresador  de  la  Esmeralda, 
y  á  Blanco  Encalada  de  la  Marta  Isabel, 

El  Brasil,  rinde  justicia  i  los  méritos  de  Taj- 
lor  y  de  Grenfell,  sus  primeros  marinos  en  li 
campaña  del  Norte  y  en  la  guerra  del  Sur. 

T  la  República  Argentina,  ¿qué  ha  heebo 
por  GUILLERMO  BROWN,  cuyos  serricioí 
y  merecimientos  puede  oponer  sin  rubor  á  loe 
de  cualesquiera  de  los  nombrados? 

Hablen  los  vivos...  ante  los  que  repercnten 
ya  los  ecos  de  su  posteridad ! 

El  patriota  que  desde  los  albores  de  Mijo 
desnuda  el  acero  que  debía  ser  fértil  en  empre- 
sas memorables :  el  vencedor  de  Romarate  en  las 
aguas  del  Guazú  y  de  Sierra  en  las  de  Monten- 
deo;  el  que  vencido  en  el  Guayas  remoto,  ee 
lanzaba  á  sus  corrientes  plagadas  de  caimanee 
sin  mas  escudo  que  la  bandera  de  1812;  el  lau- 
reado en  los  Pozos;  admirado  el  30  de  Jnlio; 
condecorado  en  el  Juncal;  y  el  que  sobrevive  al 
duelo  cruento  de  la  Ensenada  para  decir  al  pue- 
blo de  Buenos  Aires,  mostrándole  sus  carnee 
magulladas  por  el  plomo  de  invasor  estranjero: 
Compatriotas!  vuestra  estimación  es  el  hum  dnUe 
premio  á  que  podría  yo  aspirar.  Mi  vida  es  vuss- 
ira,  y  rendirla  por  la  gloria  del  país,  es  mi  pri- 
mar deber! ...  duele  confesarlo...  seextíngniéen 
la  soledad,  en  la  melancolía,  allá,  en  los  snbor- 
bios  de  la  ciudad  que  fuera  el  encanto  de  su  vida, 
el  objetivo  de  sus  servicios  ínclitos,  y  por  coya 
honra  luchó  con  la  coalición  tremenda  de  loe 
hombres  y  de  los  elementos,  venciendo  á  loe 
unos,  domando  á  los  otros! 

T  como  si  esto  no  fuera  bastante,  su  viada 
Elisa  Chittt,  hermana  de  uno  de  los  eafona- 
dos  de  Maracaibo,  retírase  de  la  vida  ya  octoge- 
naria, el  26  de  julio  de  1868,  con  el  deaconsnelo 
de  haber  tenido  que  enagenar,  llorando  el  egoie- 
mo  de  los  gobiernos,  el  único  patrimonio  de  sus 
hijos,  la  quinta  histórica  en  que  su  esposo  ex]ia- 
lara  el  postrer  suspiro,  ¡quién  lo  creyera!  para 
costear  esa  modesta  columna  fúnebre,  que  señala 
á  propios  y  estraños  el  lugar  de  su  eterno  des- 
canso ! . . . 

Así  es  la  justicia  humana;  y  tenían  raion  los 
antiguos  paganos,  cuando  compararon  con  sus 
dioses  á  los  varones  insignes,  porqae  los  colma- 
ban de  beneficios  sin  esperar  recompensa. 
Figurando  en  épocas  de  vicisitudes  y  calamL 


SECCIÓN  LITERABTA— SEPÚBLicA  aboen!MMá 


171 


dades,  en  que  los  huracanes  políticos  y  las  pasio- 
nes embraTecidas  imprimen  á  los  hombres  el 
delirio  de  la  reTolncion  6  las  flaquezas  de  la 
lealtad — ¿qué  estraño,  si  Brown  comete  errores, 
alucinado  por  su  criterio  ya  enerrado,  cuando 
faé  su  rumbo  constante  el  deber  y  el  sacrificio 
por  la  patria? 

Nelson  mismo  los  cometió  mayores  en  Ñapó- 
les, seducido  por  una  beldad  tan  frágil  como 
intrigante ;  pero  la  Inglaterra,  justiciera  é  in- 
dulgente, solo  recuerda  á  Abou-Qyr  y  Trafalgar 
— ^y  corriendo  sobre  ellos  un  sudario  de  púrpura, 
abre  á  sus  despojos  triunfantes  el  panteón  de 
los  soberanos,  la  abadía  de  Westminster  y  le 
erige  en  u  Trafalgar  sguare  u  una  columna  ros- 
tral, altísima  como  su  gloria! 

Pero  la  sombra  de  Brown  era  demasiado  pro- 
minente para  que  los  furores  que  suelen  agitarse 
en  las  democracias  contra  los  grandes,  dejaran 
de  dirigirle  sus  tiros  impíos. 

Soporta  prisiones,  consejos  de  guerra,  destitu- 
ciones, amargos  desencantos ...  y  en  la  miseria» 
con  el  espíritu  acongojado  por  la  calumnia  y  la 
ingratitud,  que  eran  sus  hlue  deviU* —  una  sola 
Tei  desahogábase  con  estas  palabras  en  el  seno 
de  la  amistad —  Thú  is  á  great  counlry,  but, 
what  á  piiy  there  are  many  black-guards ! 


¿Y  que  fué  de  sus  compañeros  de  fatigas  y  de 
peligros  en  las  campañas  de  1814  y  26? 

Benjamin  Franklin  Seaver  y  Eliseo  Smith; 
Martin  de  Jaume  y  Koberto  Stacy,  todos  jóve- 
nes y  bravos,  caen  los  primeros  al  frente  de  las 
baterias  de  mar  y  tierra  que  disputan  la  entrada 
al  Guasú.  Norther  y  Spiro,  sucumben  en  el  Uru- 
guay también  luchando,  pero  con  desventaja 
contra  la  bandera  española.  Hubac  en  el  Paraná, 
oponiendo  sus  naves  á  la  anarquía  que  se  des- 
borda. El  brioso  Bussell  va  á  sepultarse  en  los 
abismos  antarticos  con  el  bajel  que  tremola  los 
colores  de  su  patria  adoptiva.  Mueren  Cerretti  y 
Love  en  la  toldilla  de  los  suyos,  que  es  el  pues- 
to de  honor  de  los  comandantes  en  combate. 
Morlote  en  Sipe-sipe;  Bobinson,  Curry  y  Cha- 
varria,  al  pié  de  las  murallas  de  la  Colonia.  Par- 
ker, en  un  hospital  de  sangre  —  Drummond  y 
Thomas  en  el  Monte  de  Santiago.  El  benemé- 
rito Dr.  Jaime  Phillips,  apenas  canjeado,  se  deja 
llevar  por  el  abatimiento.  Francisco  Balcarce  y 
Eustaquio  Zapiola,  ahogados  en  servicio  público 
delante  de  San  Nicolás,  y  Luis  Clark  en  las 


aguas  del  Buceo.  Ferrery,  asesinado  por  los  suyos 
en  las  playas  patagónicas —  Calero,  muerto  por 
una  granada  á  la  vista  de  la  Habana,  y  Bou- 
chard  por  los  negros  en  los  arenales  del  Perú. 
Foumier,  el  rayo  esterminador  del  comercio  bra- 
silero, es  devorado  por  los  tiburones  y  tintore- 
ras de  las  costas  insalubres  de  la  Guayana — 
Espora,  abandona  la  vida  abrumado  de  pesa- 
dumbres; Granville  y  Riohitelli  en  el  hospital 
y  son  enterrados  de  limosna.  Bosales,  en  el  des- 
tierro—  Ford  en  los  calabozos  húmedos  de  un 
déspota  imperial,  y  Bathurst  en  los  cuarteles 
inhospitables  del  tirano  de  la  patria.  Linch,  Luis 
Julien  y  Murguiondo  degollados;  Martines, 
fusilado  por  los  sicarios  de  aquel.  Schannon, 
Benaud  y  Maurice,  por  las  balas  fratricidas— 
De  Kay,  carácter  novelesco,  aletargado  en  un 
rincón  de  Nueva  Tork;  Beazley,  en  las  selvas 
del  Brasil;  Wames  en  las  sierras  de  Chile; 
Azopard,  Theodoro,  Keamey,  Boncayo,  La- 
marca.  Picón,  Mac-Dougall,  Dupont,  Taylor, 
Chaytter,  Jones,  Jewett,  Soulin,  Hidalgo,  Four- 
mantin  y  Mom,  en  el  olvido.  Fisher,  Máson, 
Dautant,  King,  Campbell,  Cavassa,  Elordi, 
Craig,  Donati  y  Harris  en  la  miseria  y  el  desen- 
gaño—  así  como  los  Erézcano,  los  Seguí,  los 
Jorje,  Toll,  y  el  brillante  Fonrouge  de  Lesseps, 
que  encanecido  en  las  mazmorras  del  enemigo 
brasilero  y  con  el  cuerpo  desgarrado  por  sus 
proyectiles,  buscaba  en  vano  hasta  la  víspera  de 
apoyarse  en  el  sepulcro,  las  puertas  cerradas  de 
los  Ministerios  —  ignorando  en  su  desventura 
¡aberración  humana!  que  no  siempre  el  mérito 
y  el  sacrificio  preceden  al  favor  en  su  dorado  re- 
cinto! 

Así  se  eclipsan  los  cientos,  los  miles,  de  esa 
f alan  je  macedonia;  de  esos  tipos  olímpicos  por 
la  misión  sublime  de  que  fueron  investidos  en 
la  vida — cubiertos  por  las  brumas  del  pasado  ó 
con  el  lapilo  de  la  discordia  intestina,  sin  que 
ni  la  tradición,  no  siempre  piadosa,  salvara  los 
nombres  de  tantos,  como  hicieron  resonar  el  de 
su  patria  en  mares  y  climas  apartados... 

Sin  embargo  de  tales  profanaciones,  quedan 
todavía  algunas  de  esas  efigies  acuñadas  en  bron- 
ce,  que  pasan  á  nuestro  lado,  ancianos,  descono- 
cidos, harapientos,  apoyados  en  la  muleta  del 
inválido  porque  llevan  en  sus  carnes  las  hórridas 
mutilaciones  del  cañón  ó  del  hacha,  presentan- 
do como  Belisario  el  casco  de  combate  á  la 
caridad  del  transeúnte...    Ah!  duélanos  lo  fatal 


172 


AMÉRICA  LITERAIIIA 


de  su  destino . . .  qne  son  ya  los  últimos  repre- 
sentantes de  aquellos  tiempos  épicos,  en  qne 
nuestras  escuadras  regidas  por  un  coloso,  asom- 
bran al  mundo  j  conquistan  la  libertad  de  las 
Repúblicas  del  Plata,  consolidando  su  indepen- 
dencia, con  el  respeto  7  encomio  de  los  pueblos 
yecinos. 


# 
•  ♦ 


Los  hombres  de  la  posteridad,  saludamos  en 
este  dia,  la  sombra  augusta  de  GUILLERMO 
BROWN — que  héroe,  fué  humilde  en  el  esplen- 
dor de  la  gloria,  j  cristiano,  resignado  en  la 
noche  de  la  adversidad... 

Su  fisonomía  perecedera,  cediendo  al  embate 
de  los  años  desaparece  de  la  escena,  pero  nos 
lega  el  ejemplo  que  ha  de  fortalecemos  si  nue- 
vos peligros  amagaran  la  integridad  de  la  patria, 
7  un  nombre  con  igual  derecho  á  los  honores 
extraordinarios  discernidos  á  San  Martin  7  Bel- 
grano  por  la  justicia  postuma. 

No  lloréis,  viejos  marinos,  sobre  sus  cenizas 
que  7acen  en  quietud,  aunque  abandonadas  por 
la  incuria  de  los  gobernantes,  por  la  indiferen- 
cia de  sus  compatriotas... 

La  fama  de  nuestro  ALMIRANTE  en  alas 
de  los  vientos,  cruzará  las  edades...  T  si  la  Re- 
pública que  premia  sus  servicios  con  el  olvido 
cruel,  desapareciera  en  el  futuro  del  número  de 
las  naciones — ella  seria  proclamada  en  los  espa- 
cios por  la  Cordillera  Andina,  cu7as  sumidades 
coronadas  de  nieve,  divisaron  su  insignia  victo- 
riosa en  ambos  Océanos — 7  por  el  Plata  amigo, 
que  conmovieron  de  gozo  las  palmas  laureadas 
con  qne  una  generación  entusiasta  ciñó  la  frente 
7  entrelazó  las  armas  de  su  TITÁN! 

Anjbl  Justiniano  Carranza. 

Abogado,  PubUoiata  6  HistorUdor. 

Buenos  Aires,  1877. 


DISCURSO 


(Pronunciado  en  la  reunión  tenida  en  el  Teatro  de  Colon 
con  motiTO  de  los  sucesos  del  Perú  (1864) 


Señores : 

No  me  propongo  agregar  una  frase  mas  de 
entusiasmo:  hacer  brotar  una  sola  chispa,  que 
se  perdería  en  medio  del  volcan  que  desde  las 


márgenes  del  Pacífico  ha  iluminado  7  encendido 
todas  las  almas  republicanas.  Mi  palabra  no  sen 
ardiente,  7  para  que  lo  sea  menos,  he  querido 
hasta  privarla  del  calor  de  la  improvisación; 
paralizarla  sobre  el  papel  donde  he  de  consignir 
á  grandes  rasgos  la  verdad  de  esa  idea  que  nos 
reúne  ho7;  la  verdad  históríca  de  ese  proyecto 
de  monarquizar  la  Améríoa,  que  viene  desarro- 
llándose desde  los  Congresos  de  Yiena  7  de  Ye- 
roña,  pro7ecto  con  el  que  permita  Dios  que 
muera  el  último  de  los  Ite7es.  (Aplausos). 

Solo  la  prensa  europea  de  Buenos  Aires  no 
ha  encontrado  bien  que  este  pueblo,  cuna  de  la 
Independencia  de  la  América  Española,  forme 
causa  común  con  una  de  las  Bepáblicas  que  ¿1 
a7udó  á  levantar  con  su  mente  7  oon  su  bnto. 
Esa  prensa  ha  tomado  por  tema  no  creer  en  el 
peligro  qne  amenaza  á  la  Democraria  en  Amé- 
rica... 

—  u  No  somos  profetas,  ha  dicho  un  brillante 
escritor;  pero  cuando  vemos  por  la  tarde  eargt- 
do  de  nubes  el  horizonte,  presagiamos  la  prózimi 
borrasca''. 

Pero  nuestro  horizonte  viene  cubriéndole  da 
nubes  desde  antes  de  A7acucho :  7  á  f  é  que  lie- 
mos visto  descargar  no  hace  tanto,  un  fuerte 
nubarrón  sobre  Méjico  á  donde  7a  ya  en  viaje 
Maximiliano  á  tomar  la  corona  de  Iturbide  oon 
que  le  brinda  Napoleón  iii.  Los  repnblieanoi 
aplauden:  es  corona  de  laureles  que  se  cambian 
en  espinas.  (Aplausos). 

T  luego,  señores:  desde  Tácito,  desde  Moisés, 
las  historias  están  llenas  de  la  prueba  de  que  U 
ocasión  atrae  7  precipita  las  grandes  concepcio- 
nes, que  de  otro  modo  habrían  permanecido  años 
7  siglos  en  la  forma  latente  de  la  idea.  A  bien 
que  nosotros  mismos  sin  las  rídículas  abdicacio- 
nes de  Carlos  lY  7  Femando  Tii  oon  que  estuvo 
jugueteando  la  mano  del  otro  Napoleón, — quién 
sabe  hasta  cuando  habríamos  seguido  siendo  i 
nuestra  vez  el  juguete  de  aquellos  Monarcas  6 
de  sus  favorítos!  (Aplausos). 

Y  si  esa  fué  la  ocasión^  el  hecho  material  qne 
determinó  la  época  de  hacemos  señores, — «i  quién 
puede  asegruramos  que  la  Europa  para  hacemos 
otra  vez  colonos,  no  haya  visto  esa  ocasión  7  ese 
hecho  on  el  atleta  desangrando,  en  el  coloso 
dividido  que  no  puede  ahora  tendemos  su  demo- 
crática mano  desde  el  Norte  ?  ( Aplausos ). 

Proteja  Dios  á  esa  Gran  República,  7  permi- 
ta que  en  punto  ma7or,  así  como  ho7  al  frente 


SECCIOIÍ  LITERARIA— REPÚBLICA  á&qentiná 


173 


del  peligro  que  toma  formas,  nos  congregamos 
y  fraternizamos  en  la  fé  j  en  el  amor  de  la  In- 
dependencia los  hombres  de  todos  los  partidos 
políticos, — asi  se  estienda  cnanto  antes  nn  cielo 
sereno  sobre  las  brillantes  estrellas  qne  cnbren 
la  bandera  Norte-americana:  estrellas  ganadas 
por  los  estados  del  ^  Norte  y  los  del  Snd  para  la 
Patria  comnn  qne  simbolizan.    ( Aplansos). 

Qne  el  grito  del  Perú  y  Méjico  despierte  al 
gigante  dormido  qne  no  se  apercibe  de  qne  la 
ierra  de  la  Monarqnia,  acaricia  7  lame  sns  ar- 
mas fratricidas  para  envenenarlas !   (Aplansos). 

Pobre  patria  de  Washingrton !  Ella  acababa 
de  decidir  generosa  el  reconocimiento  de  nnestra 
Independencia,  cnando  el  Congreso  rennido  en 
Florencia  j  luego  en  Yerona,  amenazaba  á  los 
libres  del  mnndo  con  estas  palabras  fulminantes 
j  poco  conocidas  de  su  tratado  secreto  de  22  de 
Noviembre  de  1822.  Reclamo  vuestra  atención. 
Árt.  1.°  Las  altas potenciíis  contratantes,  conven- 
cidas de  que  el  sistema  de  gobierno  represen- 
tativo es  tan  incompatible  con  los  principios 
monárquicos,  como  lo  es  la  máxima  d^  la  sobera- 
nía del  pueblo,  con  él  derecho  divino, —  se  com- 
promete mutuamente  del  m^o  m^as  solemne  á 
hacer  uso  de  todos  sus  esfuerzos  para  poner  fin 
al  sistema  de  gobiernos  representativos  en  cual- 
quiera país  donde  exista  en  Europa,  y  para 
impedir  que  se  introduaca  en  donde  no  es  conocido 
aún:  (Firmados:  Mettemich,  por  el  Austria, 
Chateaubriand  por  la  Francia,  Bemslet  por  la 
Proaia,  7  Nesselrode  por  la  Rusia). 

Impios!  Reconocen  derecho  divino  en  sus 
gobernantes  absolutos  sobre  quienes  hacen  des- 
cender  al  Espíritu  Santo,  7  lo  niegan  á  la  huma- 
nidad,  a  los  pueblos  de  estirpe  divina,  como  no 
lo  son  sus  castas  7  dinastías. . .  ( Repetidos  aplau- 
sos). 

Los  Estados  Unidos  del  norte  eran  á  la  sazón 
demasiado  pujantes,  7  aquellos  diplomáticos  de- 
masiado peritos  en  su  oficio  para  qne  hubiesen 
osado  terminar  ese  artículo  con  una  amenaza 
mas  esplícita  contra  las  Repúblicas  que  7a  em- 
pezaban á  formarse  en  el  Snd  de  la  América. 

Es  agradable  recordar  aquí  que  el  Ministro 
Inglés  se  abstuvo  de  ñrmar  aquel  tratado  por 
falta  de  instrucciones  7  que  la  Gran  Bretaña,  el 
mas  liberal  de  los  Gobiernos  de  Europa,  no  solo 
tprobó  su  conducta,  sino  que  dio  parte  á  los 
Estados-Unidos. 

Esta  Nación,  7  un  hombre  CU70  genio  valía 


otra  nación,  Bolívar,  se  pusieron  en  guardia  ante 
la  Inquisición  de  Yerona  que  en  nombre  de  Dios 
fulminaba  ra70s  contra  la  heregia  de  la  sóberania 
de  los  pueblos.  Bolívar  trató  de  oponer  al  Congre- 
de  Yerona  el  Congreso  del  Panamá,  donde  las 
doctrinas  del  primero  serian  contrarestadas  por 
los  principios  del  republicanismo  continental  en 
una  forma  imponente  7  salvadora.  ¡  Ojalá  Bue- 
nos Aires  7  Chile  hubiesen  volado  á  tomar  parte 
en  esa  gran  Representación  democrática,  con  el 
mismo  entusiasmo  con  que  lo  hicieron  otros  Es- 
tados; como  Méjico  7  el  Perú,  que  revelando  un 
soberano  instinto  de  propia  conservación  7  hasta 
cierto  espíritu  profetice  sobre  sí  mismos,  fueron 
los  primeros  en  tomar  asiento  en  aquella  Asam- 
blea de  pueblos,  que  compacta,  habría  sido  de 
incalculables  consecuencias  en  el  porvenir! 

Pero  Buenos  Aires  7  Chile  fueron  acaso  víc- 
timas de  su  propio  celo  por  la  República.  Es  7a 
del  dominio  de  la  historia,  que  se  ha  atribuido  al 
libertador  de  Colombia  la  aspiración  de  buscar 
solo  como  medio  la  unión  de  los  Estados,  7  como 
fin,  su  coronación.  Así  el  exceso  de  susceptibili- 
dad en  los  pueblos,  les  hace  á  veces  perder  la 
confianza  en  los  que  mas  voluntad  tienen,  7  mas 
capaces  son,  de  hacerlos  libres  7  felices ! 

Habíase,  sin  embargo,  instalado  el  Cong^reso 
de  Panamá  en  1823,  7  aun  ensanchádose  des- 
pués á  virtud  de  una  circular  de  Bolívar  del  año 
siguiente. 

Los  Estados  Unidos,  entre  tanto,  no  permane- 
cieron mudos  ante  la  invasión  de  derechos,  de 
los  bárbaros  del  absolutismo,  7  con  la  hermosa 
llaneza  que  siempre  ha  caracterizado  á  aquellos 
bravos  republicanos,  opusieron  en  1825  al  Tro» 
todo  Secreto  de  las  testas  coronadas,  esta  decla- 
ración pública: 

— Que  ellos  no  permiHrian  colonización  últe» 
rior  hecha  por  Potencias  Europeas  en  parte  algu* 
na  del  Continente  Americano, 

— Que  considerarían  como  peligroso  para  su 
paz  y  tranquilidad  el  que  aqaeUas  potencias  Ue- 
gasen  á  hacer  estensivo  á  cíialquier  punto  de  este 
hemisferio  su  sistema  de  intervenciones; 

—  Y  que  toda  interposición  de  un  Gabinete 
Europeo,  tendente  á  perturbar  de  cualquier  ma- 
ñera  á  los  Gobiernos  de  América  que  habían 
establecido  su  Independencia,  seria  considerada 
como  una  manifestación  de  enemistad  hacia  los 
Estados-  Unidos, 

Escusado  es  decir,  que  la  Soberana  Nación 


174 


AMÉRICA  LITERAfitá. 


que  así  proclamaba  á  la  faz  del  mundo  la  solida- 
ridad de  la  República  en  America,  fué  desde 
luego  invitada  al  Congreso  de  Panamá.  Pero 
aunque  nombró  sus  diputados,  aquel  quedó  di- 
suelto antes  de  la  reunión  acordada  para  Febrero 
de  1827. 

Sin  embargo,  la  Europa  de  Yerona  debia  ver 
en  aquellas  declaraciones  de  la  franca  política 
de  los  Estados  Unidos,  nuevas  columnas  de  Hér- 
cules. 

Y  así  lo  fueron  en  realidad,  por  mas  que  nun- 
ca haya  renunciado  á  sus  propósitos.  Tanto,  que 
á  la  caida  de  Luis  Felipe  se  encontraba  muy 
adelantada  ya  una  coalición  armada  contra  las 
Repúblicas  hispano-amerioanas,  la  cual  vino  á 
sucumbir  en  la  tempestad  de  los  pueblos  contra 
los  tronos  que  estalló  el  48,  y  que  cargada  de 
electricidad  se  reconcentró  en  la  atmósfera  euro- 
pea para  descargar  sobre  ellos  mas  tarde,  y  sal- 
var así  á  la  Polonia,  á  la  Hungría,  al  Piamonte, 
á  la  Italia,  á  la  Francia,  á  casi  todos  los  pueblos 
de  la  Europa,  medidos  boy  por  la  vara  de  hierro 
del  absolutismo.  (Aplausos) 

Y  si  este,  indígena  del  otro  Continente,  se 
conduce  así  en  su  propio  recinto,  ¿esperaremos 
nosotros  mas  amor  de  los  que  han  jurado  en  Ye- 
rona estirpar  el  sistema  representativo  de  Euro- 
pa y  América?  ¿Es  racional  creer  que  aquel 
juramento  que  cada  dia  se  cumple  con  la  prime- 
ra, aguarde  para  realizarse  respecto  de  la  última, 
á  que  los  Estados  Unidos  hoy  postrados,  se  pon- 
gan nuevamente  de  pié  enseñando  en  su  diestra 
BU  declaración  de  1825?... 

Basta,  señores.  No  puede  agregarse  una  pa- 
labra mas  á  las  pruebas  y  á  las  presunciones 
de  los  hechos,  en  presencia  de  los  cuales  Bue- 
nos Aires  se  ha  levantado  á  la  altura  de  sus  an- 
tecedentes gloriosos,  cuando  ha  escuchado  la 
descompasada  voz  de  un  almirante  español,  ha- 
blando de  treguas  de  la  guerra  de  la  Indepen- 
dencia. 

Pero  esas  treguas  obligan  á  la  República  Ar- 
gentina, apesar  del  reconocimiento  por  la  Espa- 
ña,  de  su  propia  autonomía,  porque  esa  República 
tenia  empeñada  su  palabra  de  honor  y  compro- 
metidos sus  hombres  y  sus  tesoros  en  salvar  al 
Perú  de  la  dominación  Española;  y  si  esta  no 
ha  terminado,  si  resucita  alegándose  un  largo 
desmayo  que  le  dura  desde  Ayacucho,  nuestro 
compromiso  queda  restablecido  y  electrizada  y 
con  vida  la  colosal  figura  del  Protector  del  Perú 


que  manda  de  nuevo  formar  filas  á  sus  psisanofl! 
(Aplausos). 

Dejo  la  palabra  con  que  os  he  fatigado,  adhi- 
riéndome á  todo  proyecto,  cualquiera  que  sea  sa 
alcance  y  compromiso,  tendente  á  asegunr  li 
democracia  en  el  gran  territorio  conquistado  i 
la  libertad  en  1^  años  de  duro  lidiar,  desde  Saa 
Lorenzo  hasta  Junin;  y  no  distingo  puebloi, 
porque  en  la  guerra  de  la  independencia  no  loi 
distinguieron  nuestros  padres,  para  quienes  Chi- 
le y  el  Perú  fueron  siempre  cercanías  de  Buenoi 
Aires,  de  Salta  y  Tucuman!  (Aplausos). 

Miguel  Nayabbo  Yiolá. 

JorUeoiualto  y  Pobllolata. 


EL  PERÚ  Y  LA  DEMOCRACIA 

(Fragmento) 

...  Para  demostrar  que  las  ideas  democrátiey 
son  absolutamente  inadaptables  en  el  Perú,  p 
no  citaré  el  autor  del  E^íritu  de  las  Leyes,  ni 
buscaré  en  los  archivos  del  genero  hnmano 
argumentos  de  analogía,  que  mientras  no  varíe 
su  constitución  física  y  moral,  probarán  siempre 
lo  mismo  en  igualdad  de  circunstancias.  Las 
autoridades  y  los  ejemplos  persuaden  poco,  ooan- 
do  las  ilusiones  del  momento  son  las  que  dan  la 
ley.  Solo  nn  raciocinio  práctico  puede  enténoei 
suspender  el  encanto  de  las  bellezas  ideales,  7 
hacer  soportable  el  aspecto  severo  de  la  verdad. 

Tó  pienso  que  antes  de  decidir  si  las  ideas 
democráticas  son  ó  no  adaptables  en.el  Perú,  es 
preciso  examinar  la  moral  del  pueblo,  el  estado 
de  su  civilización,  la  proporción  en  que  está  dis- 
tribuida la  masa  de  su  riqueza,  y  las  mutuas 
relaciones  que  existen  entre  las  varias  clases 
que  forman  aquella  sociedad.  He  reducido  a 
estos  cuatro  principios  cuanto  se  ha  dicho  por 
los  mejores  maestros  de  la  ciencia  del  gobierno, 
y  en  su  elección  he  seguido  mis  propias  obser- 
vaciones, sin  tomar  ningún  sistema  por  modelo: 
mi  plan  es  indicar  hechos  que  nadie  ponga  en 
duda,  y  que  cada  uno  amplíe  sus  reflexiones 
hasta  donde  yo  no  puedo  estenderlas  por  mira- 
mientos que  no  será  difícil  penetrar. 

La  moral  de  los  habitantes  del  Perú,  conside- 
rada con  respecto  al  orden  civil,  no  podia  ser 


SECCIÓN  LITERARIA— BBPÍBLiCA  arobntina 


175 


otra  qae  la  de  un  pneblo  qne  ha  sido  esolayo 
hasta  el  año  21,  7  qae  aan  lo  es  en  mucha  parte 
de  su  territorio.  La  censura  á  que  están  sujetas 
sns  costumbres  en  este  punto  de  vista,  es  un 
argrumento  de  execración  contra  la  España,  7 
im  motÍTO  mas  para  sustraer  aquel  país  á  las 
nueras  desgracias  en  que  se  vena  envuelto  por 
la  falta  de  sobriedad,  en  la  reforma  de  sus  insti- 
tuciones. Sus  principales  7  mas  antiguos  hábi- 
tos han  sido  obedecer  á  la  fuerza,  porque  antes 
nunca  ha  gobernado  la  107 ;  servir  con  sumisión 
para  desarmar  la  violencia  7  ser  menos  desgra- 
ciado: atribuir  á  las  clases  privilegiadas  esos 
derechos  imaginarios  que  todo  gobierno  despó- 
tico sanciona,  interesado  en  exaltar  á  los  prime- 
ros que  oprime,  para  que  estos  sean  opresores  á 
8U  tumo;  en  fin,  ser  todos  en  general,  esclavos 
y  tiranos  á  la  vez,  desde  los  que  ocupaban  el 
range  mas  elevado  hasta  los  que  dirigían  el  tra- 
bajo de  los  negaros  en  las  plantaciones  de  la 
costa.  La  cadena  era  siempre  la  misma,  aunque 
algunos  eslabones  brillasen  mas  que  otros. 

La  virtud  7  el  mérito  solo  servían  para  atraer 
i  los  ra70S  del  despotismo  sobre  las  cabezas  mas 
Oustree..  Una  inversión  total  en  el  objeto  7  en 
los  medios  de  ser  feliz,  hacia  buscar  los  honores 
7  las  recompensas  por  las  sendas  mas  extravia- 
das de  la  moral  pública:  el  dinero  suplia  la 
idoneidad,  la  adulación  valía  mas  que  la  modestia, 
7  las  súplicas  interpuestas  por  medio  de  blandas 
voces,  alcanzaban  lo  que  no  podia  obtener  el  he- 
roísmo de  algunos  peruanos  superiores  á  los  obs- 
táculos de  su  educación,  7  á  las  costumbres  de 
su  siglo. 

ün  pueblo  que  acaba  de  estar  sujeto  á  la  cala- 
midad de  seg^nir  tan  perniciosos  hábitos,  es  inca- 
paz de  ser  grobemado  por  principios  democráticos. 
Nada  importa  mudar  de  lenguaje,  mientras  los 
sentimientos  no  se  cambian ;  7  exi jir  repentina- 
mente nuevas  costumbres,  antes  que  ha7a  pre- 
eedido  una  serie  de  actos  contrarios  á  los  ante- 
riores, es  poner  á  los  pueblos  en  la  necesidad  de 
hacer  una  mezcla  monstruosa  de  las  afecciones 
opuestas  que  producen  la  altaneria  democrática 
7  el  envilecimiento  colonial.  De  aquí  resulta  esa 
lucha  continua  entre  el  gobierno  7  el  pueblo, 
^  unas  veces  obedece  como  esclavo,  7  otras 
quiere  mandar  como  tirano:  tan  presto  recibe 
las  reformas  con  veneración,  como  trata  de  abo- 
lirías, desplegando  el  orgullo  lejislativo  que  es 
inherente  á  la  democracia:  cada  uno  en  su  clase 


se  esfuerza  á  conservar  las  prerogativas  7  ascen- 
diente que  antes  gozaba,  7  al  primer  grito  de  un 
ambicioso  demagogo,  todos  gritan  igualdad  sin 
entenderla,  ni  desearla:  en  fin,  los  empleos  se 
solicitan  sin  trabajar  por  merecerlos  7  los  des- 
contentos que  forman  el  ma7or  número,  denun- 
cian como  una  infracción  de  los  derechos  del 
pueblo,  la  repulsa  de  sus  pretensiones. 

El  estado  de  la  civilización  del  Perú,  es  propor- 
cionado á  la  latitud  que  concedían  las  le7es  7 
repetidas  cédulas  que  la  generosidad  de  los  re7es 
de  España  dictaba  en  favor  nuestro.  La  educación 
de  un  pueblo  destinado  á  la  obediencia  pasiva,  se 
reduce  á  hacer  á  los  hombres  metafísicos,  para 
que  nunca  descubran  sus  derechos  en  ese  caos  de 
abstracciones,  donde  toda  idea  práctica  desapa- 
rece. Algunos  sabios  que  se  formaban  como  por 
sorpresa  en  el  fondo  de  la  soledad,  han  procurado 
en  varios  tiempos  introducir  el  estudio  de  las 
ciencias  exactas  7  naturales,  al  menos  con  apli- 
cación á  los  usos  mas  necesarios  de  la  sociedad. 
Sus  esfuerzos  nunca  han  tenido  algún  efecto,  no 
han  podido  estenderse  mas  allá  del  estrecho  círcu- 
lo á  que  las  limitaban  los  cautelosos  permisos  de 
la  corte  de  Madrid.  Entre  tanto,  la  masa  de  la 
población  seguia  siempre  sepultada  en  las  tinie- 
blas, 7  su  ignorancia  llenaba  de  placer  ¿  los  es- 
pañoles, por  que  era  natural  que  se  deleitasen  en 
contemplar  la  obra  de  sus  manos,  7  calcular  la 
duración  de  su  imperio  por  las  fuerzas  de  las 
preocupaciones  en  que  se  ap07aba. 

Yo  quiero  ahora  contraerme  á  la  clase  de  ilus- 
tración que  exije  el  gobierno  democrático  para 
que  sea  realizable.  Todo  el  que  tiene  alguna  par- 
te en  el  poder  civil,  debe  conocer  la  naturaleza  7 
término  de  sus  atribuciones,  7  la  relación  que 
estas  dicen  al  sistema  administrativo  en  general. 
En  el  gobierno  democrático,  cada  ciudadano  es 
un  funcionario  público:  la  diferencia  solo  está  en 
el  tiempo  7  modo  de  ejercitar  esa  especie  de  ma- 
jistratura  que  le  dan  las  le7es:  el  ma7or  número 
usa  de  este  derecho  en  las  asambleas  electorales, 
'7  los  demás  en  la  tribuna.  Pero  la  frecuencia  de 
las  elecciones  aumenta  sin  cesar  la  lista  de  loa 
candidatos,  7  exije  un  sobrante  indefectible  de 
hombres  capaces  de  administrar  los  intereses  de 
su  país,  que  supone  en  circulación  las  luces  nece- 
sarias para  llenar  esta  continua  demanda.  Por 
desgracia,  la  ma7or  parte  de  la  población  del  Pe- 
rú carece  de  aquellos  conocimientos,  sin  los  cuales 
es  imposible  desempeñar  tan  difíciles  tareas.  El 


176 


AMÉRICA  LITERARIA 


estudio  de  la  Política  y  de  la  Lejislacion,  ha  sido  ' 
liasta  aquí  tan  peligroso  como  inútil :  la  ciencia 
económica  estaba  en  diametral  oposición  con  las 
leyes  coloniales;  la  diplomacia  no  tenia  objeto,  7 
babria  sido  tan  snpérfluo  contraerse  á  ella  como 
aprender  en  Lima  el  Yeidam  de  ios  Bracmanes; 
en  ana  palabra,  todos  los  conocimientos  que  son 
aoeesorios  á  estas  ciencias,  ó  no  babia  medios 
para  adquirirlos  ó  era  preciso  arrostrar  aDate* 
mas  para  no  ignorarlos.  Yo  pregunto,  si  el  pe- 
queño número  de  los  que  han  cultivado  aquellas 
ciencias,  es  capaz  de  suplir  el  inmenso  déficit 
que  se  encuentra  en  la  totalidad  de  la  población, 
para  poder  realisar  las  formas  democráticas. 

La  proporción  en  que  está  distribuida  la 
riqueza  nacional,  que  es  la  suma  de  las  fortunas 
particulares,  merece  un  examen  no  menos  dete- 
nido; porque,  después  de  las  luces,  nada  deter- 
mina tanto  como  las  riquezas,  el  gobierno  de 
que  es  capaz  un  pueblo.  Cuando  la  generalidad 
de  los  habitantes  de  un  pais  puede  vivir  inde- 
pendientemente con  el  producto  que  le  rinde  el 
capital,  hacienda  ó  industria  que  posee,  cada 
individuo  goza  de  mas  libertad  en  sus  acciones 
7  está  menos  espuesto  á  renunciar  sus  derechos 
por  temor,  ó  venderlos  a  vil  precio,  porque  así 
lo  compra  todo  el  poderoso  al  miserable.  Es  ver- 
dad que  los  que  viven  en  la  abundancia  pueden 
ser  algfuna  vez  tan  corrompidos  como  los  que 
gimen  en  la  miseria:  pero  no  es  probable  que 
todos  los  que  cuentan  con  una  subsistencia 
segrura,  vendan  su  voto  en  las  asambleas  del 
pueblo,  prostitu7an  su  carácter  en  el  seno  de  la 
representación  nacional,  busquen  los  empleos 
con  bajeza  para  abusar  de  ellos,  preparen  los 
tumultos  7  se  reúnan  en  las  plazas  públicas  á 
gritar  con  el  despecho  de  la  mendicidad.  El  que 
posee  un  capital  de  cualquiera  especie,  con  el 
cual  puede  satisfacer  sus  necesidades,  solo  se 
interesa  en  el  orden,  que  es  el  principal  agente 
de  la  producción:  el  hábito  de  pensar  sobre  lo 
que  perjudica  6  favorece  á  sus  intereses,  le  sujie- 
re  nociones  exactas  acerca  del  derecho  de  pro- 
piedad; 7  aunque  ignore  la  teoría  de  los  demás, 
conoce  su  naturaleza  por  reñexion  7  por  prác- 
tica. Donde  existen  tales  elementos,  no  seria 
difícil  establecer  la  democracia. 

Examinemos  la  situación  del  Perú,  en  ese 
punto  de  vista.  Calculando  su  ostensión,  fecun- 
didad 7  producciones  que  encierra  en  los  tres 
reinos  de  la  naturaleza,  ciertamente  es  uno  de 


los  paises  mas  opulentos  del  globo,  á  los  ojoi 
de  un  filósofo.  Pero  si  se  considera  su  riqneti 
económicamente,  7  solo  se  estiman  los  vbIotm 
que  están  actualmente  en  circulación,  dista  mu- 
cho de  poderse  igualar  aun  á  estados  qve  se 
hallen  en  la  mediocridad.  La  falta  de  datos  esU- 
dísticos  en  unos  pueblos  CU70  gobierno  ha  igno- 
rado la  aritmética  política,  no  permite  avaluar 
su  riqueza  con  exactitud,  aunque  para  mi  objeto 
basta  observar  por  ma7or  la  proporción  en  qie 
ella  está  distribuida.  La  cantidad  mas  conside* 
rabie  resulta  del  precio  de  las  fincas  rústicas  6 
urbanas,  7  en  especial  de  las  primeras,  por  los  va- 
lores que  en  ellas  se  acumulan  para  las  tareas  do 
la  agricultura,  ó  para  las  mezquinas  fábricas  que 
permitía  el  gobierno  español.  Las  mas,  ó  están 
vinculadas  en  cierto  número  de  familias,  ó  lo  qno 
es  peor,  pertenecen  á  manos  muertas.  El  número 
de  los  particulares  propietarios  de  bienes  raicea 
sobre  ser  mu7  corto  en  proporción  á  la  superfi- 
cie de]  territorio  7  al  total  de  sus  habitantes, 
son  pocos  los  que  no  están  gravados  con  pendo- 
nes á  favor  de  las  clases  monopolistas.  A  esto 
se  agrega  que,  atendida  la  poca  demanda  que 
ha7  de  los  bienes  raices  por  la  falta  de  chítales, 
su  precio  es  mu7  bajo  en  el  mercado,  7  la  renta 
que  producen,  deducidas  las  pensiones  ordinarias, 
en  general  no  basta  para  que  sus  poseedores 
puedan  vivir  independientes. 

Los  capitales  del  Perú,  siguiendo  la  ac^xóon 
económica  de  esta  voz,  aun  se  hallan  distrürai* 
dos  en  menor  número  de  individuos,  porque  los 
obstáculos  que  hasta  aquí  se  han  puesto  á  la 
producción,  no  han  permitido^  que*  aquellos  se 
multipliquen,  para  que  en  proporción  se  difun- 
dan. El  dinero,  que,  siendo  meroancia  interme- 
diaria, influ7e  en  el  aumento  de  las  demás,  es 
escaso  7  se  halla  en  pocas  manos:  las  materias 
primeras  7  todos  los  otros  productos,  cuTa  acu- 
mulación forma  los  capitales,  no  corresponden  ¿ 
la  demanda  que  se  hace  de  ellos,  ni  pasan  de  nn 
estrecho  círculo  en  cada  provincia.  Con  respecto 
á  la  industria  del  Perú,  apenas  ha7  materia  para 
un  análisis:  ella  supone,  como  lo  observan  los 
economistas,  un  gran  número  de  sabios  que  co- 
nozcan las  le7es  de  la  naturaleza;  ma7or  númoro 
de  emprendedores  que  apliquen  los  conocimientos 
de  aquellos  para  dar  utilidad  á  las  cosas,  7  obre- 
ros que  ejerciten  las  varias  tareas  que  exijo  la 
la  subdivisión  del  trabajo.  A  escepcion  de  esta 
última  clase,  que  tampoco  es  capas  sino  de  aqne- 


SECCIÓN  LITERARIA— BBPÚBLiCA  abobntina 


177 


lio  á  qne  está  aoostninbrada,  es  doloroso  tener 
que  decir  qae  las  dos  primeras  no  existen:  hay 
sabios  en  el  Perú,  pero  no  son  de  aquella  clase 
qae  necesita  la  industria  para  inventar  y  per- 
feccionar sus  productos:  los  emprendedores  están 
reducidos  á  obrar  por  rutina,  y  ofrecer  en  el 
mercado  algfunos  artículos  para  los  usos  mas 
comunes,  y  casi  siempre  para  las  últimas  clases. 
El  resultado  es  que  la  distribución  de  capitales 
y  de  industrias  en  el  Perú,  no  asegura  la  inde- 
pendencia individual  de  sus  habitantes  de  un 
modo  adecuado  al  espíritu  de  las  instituciones 
democráticas. 

Las  mutuas  relaciones  que  existen  entre  las 
varías  clases  que  forman  la  sociedad  del  Perú, 
tocan  al  máximum  de  la  contradicción  con  los 
principios  democráticos.  La  diversidad  de  condi- 
dones  y  multitud  de  castas,  la  fuerte  aversión 
que  se  profesan  unas  á  otras,  el  carácter  díame- 
tralmente  opuesto  de  cada  una  de  ellas;  en  fin, 
la  diferencia  en  las  ideas,  en  los  usos,  en  las 
costumbres,  en  las  necesidades  y  en  los  medios 
de  satisfacerlas,  presentan  un  cuadro  de  antipa- 
tías é  intereses  encontrados,  que  amenazan  la 
existencia  social,  si  un  gobierno  sabio  y  vigoroso 
no  previene  su  inñujo;  Este  peligro  es  hoy  tanto 
mas  grave,  cuanto  mas  se  han  relajado  los  mira- 
mientos y  habitudes  que  sirven  de  freno  á  las 
animosidades  recíprocas:  ellas  serán  mas  vehe- 
mentes y  funestas  á  proporción  que  se  generali- 
cen las  ideas  democráticas,  y  los  mismos  que 
ahora  las  fomentan  serán  acaso  sus  primeras 
víctimas. 

Aun  los  hombres'  que  piensan  y  son  capaces 
de  analizar  loa  nuevos  principios  que  adoptan, 
cometen  frecuentes  errores  en  su  aplicación,  has- 
ta que  la  esperíencia  rectifica  su  juicio.  Las 
diversas  castas  que  forman  la  mayor  parte  de  la 
población  del  Perú,  lejos  de  poder  entrar  en  el 
análisis  de  la  mas  simple  idea,  apenas  ejercitan 
su  inteligencia,  porque  la  política  feroz  de  los 
españoles  empleaba  todos  los  medios  de  extin- 
guirla. En  tal  estado,  y  sin  mas  criterio  que 
aquel  de  que  son  susceptibles  los  hombres  opri- 
midos é  insultados  por  continuos  ultrajes,  natu- 
ralmente oreen,  al  oír  proclamar  la  libertad  y  la 
igualdad,  que  la  obediencia  ha  cesado  ya  de  ser 
un  deber;  que  el  respeto  á  los  magistrados  es  un 
favor  que  se  les  dispensa,  y  no  un  homenaje  que 
se  rinde  á  la  autoridad  que  ejercen;  que  todas 
las  condiciones  son  iguales,  no  solo  ante  la  ley, 


porque  esta  es  una  restricción  que  no  compren* 
den,  sino  en  la  mas  absoluta  latitud  del  signifi- 
cado que  admite  la  igualdad;  y  en  fin,  que  es 
llegado  el  tiempo  en  que,  si  se  les  niega  el  ejer- 
cicio de  sus  quiméricos  derechos,  hagan  valer  el 
número  y  robustez  de  sus  brazos  endurecidos  en 
las  fatigas  de  la  servidumbre,  y  demasiado  desi- 
guales en  fuerza  respecto  de  los  que  animan  á  la 
democracia  con  escritos  que  se  resienten  de  la 
debilidad  de  su  complexión.  Es  necesario  con- 
cluir de  todo,  que  las  relaciones  que  existen  entre 
amos  y  esclavos,  entre  razas  que  se  detestan,  y 
entre  hombres  que  forman  tantas  subdivisioneB 
sociales  cuantas  modificaciones  hay  en  su  color, 
son  enteramente  incompatibles  con  las  ideas  de- 
mocráticas. 

Bernardo  Montbagudo. 

PolIUoo  j  pobUolit*,  PaxKUdor  de  1»  Independend»  del  Perú. 


PROPÓSITOS  DE  U  REVOLUCIÓN  DE  MAYO 

Hay  muchos,  que  fijando  sus  miras  en  la  justa 
emancipación  de  la  América,  á  que  conduce  la 
inevitable  pérdida  de  España,  no  aspiran  á  otro 
bien  que  á  ver  rotos  los  vínculos  de  una  depen- 
dencia colonial,  y  creen  completa  nuestra  felici- 
dad, desde  que  elevados  estos  paises  á  la  dignidad 
de  estado,  salgan  de  la  degradante  condición  de 
un  fundo  usufructuario,  al  que  se  pretende  sacar 
toda  la  substancia,  sin  interés  alguno  en  su  be- 
neficio y  fomento.  Es  muy  glorioso  á  los  habi- 
tantes de  la  América  verse  inscriptos  en  el  rango 
de  las  naciones,  y  que  no  se  describan  sus  pose- 
siones como  factorías  de  los  españoles  europeos; 
pero  quizá  no  se  presenta  situación  más  crítica 
para  los  pueblos,  que  el  momento  de  su  emanci- 
pación: todas  las  pasiones  conspiran  enfurecidas 
á  sofocar  en  su  cuna  una  obra,  á  que  solo  las 
virtudes  pueden  dar  consistencia;  y  en  una  carre- 
ra enteramente  nueva,  cada  paso  es  un  precipicio 
para  hombres  que  en  trescientos  años  no  han 
disfrutado  otro  bien  que  la  quieta  molicie  de  una 
esclavitud,  que  aunque  pesada,  habia  extinguido 
hasta  el  deseo  de  romper  sus  cadenas. 

Resueltos  á  la  magnánima  empresa  que  he-, 
mos  empezado,  nada  debe  Retraemos  de  su  conti- 
nuación :  nuestra  divisa  debe  ser  la  de  un  acérrimo 
republicano  que  decía :  malo  periculosam  liberta-' 

83 


178 


AMÉRICA  LITERARIA 


<em,  ^uam  sevitium  y  quieiumi  ^*^  pero  no  repo- 
semos sobre  la  seguridad  de  unos  principios,  que 
son  muy  débiles,  si  no  se  fomentan  con  energía; 
consideremos  que  los  pueblos,  así  como  los  hom- 
bres, desde  que  pierden  la  sombra  de  un  curador 
poderoso  que  los  g^uiaba,  recuperan  ciertamente 
una  alta  dignidad ,  pero  rodeada  de  peligros,  que 
aumenta  la  propia  inexperiencia :  temblemos  con 
la  memoria  de  aquellos  pueblos,  que  por  el  mal 
uso  de  BU  naciente  libertad,  no  merecieron  con- 
servarla muchos  instantes;  y  sin  equivocar  las 
ocasiones  de  la  nuestra  con  los  medios  legítimos 
de  sostenerla,  no  busquemos  la  felicidad  general 
sino  por  aquellos  caminos  que  la  naturaleza  mis- 
ma ha  prefijado,  y  cuyo  desvío  ha  causado  siempre 
los  males  y  ruina  de  las  naciones  que  los  desco- 
nocieron. 

¿Por  qué  medios  conseguirá  el  Congreso  la 
felicidad  que  nos  hemos  propuesto  en  su  convoca- 
ción? La  sublime  ciencia  que  trata  del  bien  de 
las  naciones,  nos  pinta  feliz  un  estado,  que  por 
su  constitución  y  poder  es  respetable  á  sus  veci- 
nos; donde  rigen  leyes  calculadas  sobre  los  prin- 
cipios físicos  y  morales,  que  deben  influir  en  su 
establecimiento;  y  en  que  la  pureza  de  la  admi- 
nistración interior  asegura  la  observancia  de  las 
leyes,  no  solo  por  el  respeto  que  se  les  debe,  sino 
también  por  el  equilibrio  de  los  poderes  encar- 
gados de  su  ejecución.  Esta  es  la  suma  de  cuan- 
tas reglas  consagpra  la  política  á  la  felicidad  de 
los  estados;  pero  ella  mas  bien  presenta  el  re- 
sultado de  las  útiles  tareas,  á  que  nuestro  Con- 
greso se  prepara,  que  un  camino  claro  y  sencillo 
por  donde  pueda  conducirse. 

Seremos  respetables  á  las  naciones  eztrange- 
ras,  no  por  riquezas,  que  excitarían  su  codicia; 
no  por  la  opulencia  del  terrítorío,  que  provocaría 
su  ambición;  no  por  el  número  de  tropas,  que 
en  muchos  años  no  podrían  igualar  á  las  de 
Europa;  lo  seremos  solamente  cuando  renazcan 
entre  nosotros  las  virtudes  de  un  pueblo  sobrio 
y  laboríoso;  cuando  el  amor  á  la  pátría  sea  una 
virtud  común,  y  eleve  nuestras  almas  á  ese  gra- 
do de  energía  y  de  constancia  que  arrostra  las 
dificultades,  y  que  desprecia  los  peligros.  La 
prosperídad  de  Esparta  enseña  al  mundo,  que 
un  pequeño  estado  puede  ser  formidable  por  sus 
virtudes;  y  ese  pueblo  reducido  k  un  estrecho 
recinto  del  Peloponeso,.  fué  el  terror  de  la  Grecia 

(1)    Quiero  mM  una  libertad  peligrosa,  que  una  serridum- 
bre  tranquila. 


y  formará  la  admiración  de  todos  los  sigloi 
¿  Pero  cuáles  son  las  virtudes  que  deberán  pre- 
ferir nuestros  legisladores?  ¿Porqué  medioi 
dispondrán  los  pueblos  á  mirar  con  el  mas  gran- 
de interés,  lo  que  siempre  han  mirado  con  indi- 
ferencia? ¿Quién  nos  inspirará  ese  espíritu 
público  que  no  conocieron  nuestros  padree? 
¿Cómo  se  hará  amar  el  trabajo  y  la  &tigi,¿ 
los  que  nos  hemos  criado  en  la  molicie?  ¿Qoién 
dará  á  nuestras  almas  la  energía  y  firmeza  nece- 
sarias, para  que  el  amor  de  la  patria,  que  felix- 
mente  ha  empezado  á  rayar  entre  nosotros,  no 
sea  una  exhalación  pasagera,  incapaz  de  dejar 
rastros  duraderos  y  profundos,  ó  como  eeu 
plantas  que,  por  la  poca  preparación  del  terreno 
mueren  á  los  pocos  instantes  después  de  liaber 
nacido? 

Nuestros  representantes  van  á  tratar  sobre  li 
suerte  de  unos  pueblos  que  desean  ser  felices, 
pero  que  no  podrán  serlo  hasta  que  un  código 
de  leyes  sabias  establezca  la  honestidad  de  lii 
costumbres,  la  segurídad  de  las  personas,  la 
conservación  de  sus  derechos,  los  deberes  dal 
magistrado,  las  obligaciones  del  subdito,  y  los 
límites  de  la  obediencia;  en  fin,  la  justicia,  qne 
es  la  base  verdadera  de  toda  libertad.  ¿Podrá 
llamarse  nuestro  código  el  de  esas  Leyes  de  In- 
dias, dictadas  para  neófitos,  y  en  que  sejvende  por 
favor  de  la  piedad  lo  que  sin  ofensa  de  la  nata- 
raleza  no  puede  negarse  á  ningún  hombre?  ün 
sistema  de  comercio  fundado  sobre  la  miñosa 
base  del  monopolio,  y  en  que  la  franqueu  del 
giro  y  la  comunicación  de  las  naciones  se  repata 
un  crímen  que  debe  pagarse  con  la  vida:  títulos 
enteros  sobre  precedencias,  ceremonias,  y  aato- 
rizaoion  de  los  jueces;  pero  en  que  ni  se  enen- 
entra  el  orden  de  los  juicios  reducidos  á  las 
reglas  invariables  que  deben  fijar  su  forma,  ni  se 
explican  aquellos  prímeros  principios  de  raion, 
que  son  el  fundamento  eterno  de  todo  dereolio, 
y  de  que  deben  finir  las  leyes  por  sí  mismas,  sin 
cttras  variaciones  que  las  que  las  circunstancias 
físicas  y  morales  de  cada  pais  han  hecho  nece- 
sarias; un  espírítu  afectado  de  protección  y  pie- 
dad hacia  los  indios,  explicado  por  reglamento* 
que  solo  sirven  para  descubrir  las  crueles  ve- 
jaciones que  padecían,  no  menos  que  la  hipo- 
cresía é  impotencia  de  los  remedios  que  hin 
dejado  continuar  los  mismos  males,  á  cuya  refor- 
ma se  dirigían :  que  los  indios  no  sean  oompeli* 
dos  á  servicios  personales,  que  no  sean  castigados 


SECCIÓN  LITERARIA— BBPiJBLicA  aboentina 


179 


al  oapríolio  de  sus  encomenderos,  que  no  sean 
cargados  sobre  laa  espaldas;  á  este  tenor  son  las 
solemnes  declaratorias,  que  de  cédalas  partí- 
colares  pasaron  &  código  de  leyes,  x>or  que  se 
reonieron  en  cuatro  volúmenes,  7  hé  aquí  los 
decantados  privilegios  de  los  indios,  qne  con 
declararlos  hombres,  habrían  gozado  mas  exten- 
samente, j  cayo  despojo  no  pudo  ser  reparado 
sino  por  actos  qae  necesitaron  vestir  los  sobe- 
ranos respetos  de  la  ley,  para  atacar  de  palabra 
la  esclavitud,  que  dejaban  subsistente  en  la  rea- 
lidad. Guárdese  esta  colección  de  preceptos  para 
monumento  de  nuestra  degradación ;  pero  guar- 
démonos de  llamarlo  en  adelante  nuestro  código; 
y  no  caigamos  en  el  error  de  creer  que  esos  cua- 
tro tomos  contienen  una  constitución  sus  reglas 
han  sido  tan  buenas  para  conducir  á  los  agentes 
de  la  metrópoli  en  la  economía  lucrativa  de  las 
factorías  de  Améríca,  como  inútiles  para  regir 
un  estado,  que  como  parte  integrante  de  la  mo- 
narquía, tiene  respecto  de  si  mismo  iguales  dere. 
ches  que  los  primeros  pueblos  de  España. 

Mabiano  Mobeno. 

FoUtieo,  Pnblloiita,  Procer  de  k  RerolooloD  de  1810. 


BOLÍVAR  Y  SAN  MARTIN 

PABÁLELO 

Tarea  grata  para  un  Amerícano  es  la  de  estu- 
diar á  esos  dos  hombres,  cuyo  carácter  ofrece 
afinidades  y  contrastes  qne  dan  mas  relieve  á 
ras  nobles  figuras. 

Ellos  estuvieron  dotados  de  altísimas  prendas 
del  oorason  y  del  ingenio,  que  si  esplican  su  mi- 
ñón providencial,  nos  mueven,  empero,  á  obser- 
var puntos  opacos  en  esas  estrellas  del  Sur. 

Uno  y  otro  gozaron  de  las  ventajas  del  naci- 
miento y  de  la  educación  bajo  el  régfimen  me- 
tropolitano. 

lios  sucesos  de  la  primera  edad  modificaron 
aquellos  dos  espírítus,  cuyo  molde  se  quebró  con 
n  muerte. 

Los  viajes  y  el  cultivo  de  la  primera  sociedad 
mas  que  los  estudios  teórícos,  desenvolvieron  las 
iaeultades  de  uno  y  otro,  á  qne  los  sucesos  de- 
bían dar  un  vuelo  extraordinarío. 

Bolívar,  aunque  educado  en  España,  advirtió 


temprano  en  su  Patria  los  vicios  de  la  esclavitud, 
y  las  preocupaciones  que  esterilizaban  la  savia 
de  esas  generaciones  anhelantes  de  la  felicidad  á 
que  convidaban  los  esplendores  de  su  clima. 

Después,  visitando  la  Europa,  presenció  en  la 
coronación  de  Napoleón  el  apoteosis  del  primero 
de  los  mortales  en  su  tiempo;  pero  ese  espectá- 
culo casi  olímpico  no  alteró  la  melancolía  de  sus 
meditaciones  sobre  las  ruinas  de  Roma.  Desde 
las  colinas  de  la  ciudad  eterna,  contempló,  como 
Rienzi,  las  tumbas  cubiertas  con  el  a&oso  musgo 
y  las  sombras  de  los  tríbunos  que  parecían  recla- 
mar un  vengador.  Existen  páginas  palpitantes 
de  entusiasmo  bajo  esas  inexplicables  impresio- 
nes. 

San  Martin  robustecía  la  instrucción  adquirí- 
da  en  el  Seminarío  de  Nobles  con  su  ejercicio 
profesional  en  la  lucha  de  los  Españoles  contra 
sus  invasores,  que  renovó  las  hazañas  mas  ro- 
mánticas de  esa  nación  de  leones. 

Los  libros  no  le  aleccionaron  mejor  que  su 
observación  inmediata  de  la  táctica  de  los  gefes 
que  le  guiaron  con  sus  ejemplos,  perfectamente 
aprovechados  por  su  bizarro  discípulo.  Esa  épo- 
ca le  comunicaba  enseñanzas  profundas  de  la 
inconstancia  y  de  los  furores  de  la  muchedum- 
bre.— El  cadáver  del  gobernador  Solano,  víctima 
del  populacho,  no  se  borró  de  su  memoria,  y  aun 
años  después,  asomaban  sus  lágrimas  al  mirar  el 
retrato  de  su  amigo. 

Los  trabajos  de  uno  y  otro  caudillo  en  favor 
de  un  mismo  pensamiento,  presentaron  notables 
diferencias  en  cuanto  á  los  medios  que  emplea- 
ron, y  en  cuanto  al  campo  mismo  en  que  sobre- 
salieron. 

No  hay  en  los  anales  militares  combinaciones 
mas  astutas,  ni  resultados  mas  completos  que  los 
de  la  campaña  sobre  Chile,  organizada  con  admi- 
rable previsión  desde  el  terrítorío  de  Cuyo. 

El  paso  de  los  Andes  frustrando  la  perfidia  de 
los  indígenas,  y  la  vijilancia  de  un  enemigo  po- 
deroso, solo  es  comparable  al  de  los  Alpes  por 
otros  dos  insignes  capitanes;  y  si  la  superíorídad 
se  mide  por  los  obstáculos  vencidos,  ella  está  en 
el  guerrero  sud  amerícano—  San  Martin,  plan- 
tando la  bandera  de  la  libertad  humana  en  esas 
alturas,  fué  mas  sublime  que  Bonaparte,  cuando 
descendía  de  los  desfiladeros  alpinos  para  humi- 
llar la  casa  de  Austria;  ó  que  Aníbal  cuando 
después  de  caer  sobre  las  llanuras  italianas,  las 
abandonó,  para  acudir  al  Ai ríoa  amenazada  por 


180 


AMÉRICA  LITERABIA 


EsoipioQ. —  Boma  había  sido  salvada  por  sus 
cónsules. 

El  Tenoedor  de  Cliacabaco  y  Maipo  fundó 
rápidamente  la  independencia  en  los  valles  tra- 
sandinos, 7  preparó  la  célebre  expedición  del 
Pacífico,  para  recibir  en  sus  manos  victoriosas  el 
viejo  estandarte  que  la  madre  de  Carlos  Y.  bordó 
para  Pizarro. 

Bolívar,  oreando  recursos  de  la  nada,  é' impro- 
visando ejércitos,  adquirió  un  ascendiente  irresis- 
tible. ^Iia  guerra  ardió  cruel  j  desapiadada  en 
toda  la  región  que  los  descubridores  apellidaron 
Costa  Firme. 

Cipreses  j  palmas  coronaban  alternativamente 
la  frente  del  hijo  de  Caracas,  abrasada  por  el  sol 
del  Ecuador,  ó  bañada  por  los  torrentes  de  los 
trópicos.  El  odio  al  dominio  español  centupli- 
caba su  prodigiosa  actividad.  Yeíasele  frecuen- 
temente poner  por  alfombra  á  sus  pies  el  pendón 
de  Castilla  que  no  se  abatiera  ante  el  opresor  de 
la  Europa.  Habia  en  lo  íntimo  de  aquella  orga- 
nización una  perpetua  electricidad,  como  en  el 
seno  de  la  tierra  fermentan  las  sustancias  de  los 
mas  puros  ó  sólidos  metales. 

Las  jomadas  de  Boyacá  y  Carabobo  dieron 
por  resultado  la  consolidación  de  Venezuela  y 
Nueva  Granada  en  una  sola  comunidad  nacio- 
nal. Ellas  fueron  precursoras  de  Junin  y  Aya- 
oucho  que  consumaron  la  epopeya  Americana, 
encumbrando  sobre  todas  las  reputaciones  con- 
temporáneas del  nuevo  mundo,  la  de  Simón  Bo- 
lívar. 

El  teatro  de  los  sucesos  ofreció  una  fisonomía 
análoga  á  la  magnitud  de  este  ínclito  torneo. 
Sus  límites  erein  ambos  océanos;  y  esa  tierra 
iluminada  por  volcanes,  cruzada  de  ríos  sober- 
bios y  dotada  de  una  variedad  infinita  de  aspec- 
tos, imprimió  á  la  insurrección  y  á  la  guerra  una 
novedad  y  una  serie  de  accidentes  extraordina- 
rios, á  que  era  necesario  se  plegase  el  genio  fér- 
til de  los  generales,  frecuentemente  desorientados 
por  los  caprichos  de  la  fortuna,  y  por  los  de  una 
naturaleza  portentosa. 

Tanto  el  gefe  argentino,  como  el  venezolano 
han  sido  ídolo  del  ejército. 

El  primero  poseía  una  elocuencia  incisiva  y 
flexible  como  el  acero  de  su  sable. — Trataba  con 
la  mas  franca  deferencia  á  la  mayoría  de  sus 
compañeros  de  armas,  Uevando  su  sencillez  es- 
partana á  un  grado  sorprendente  á  sus  subordi- 
nados. 


Los  discursos,  las  proclamas,  los  brindis  del 
segundo,  radiantes  de  inspiración  y  de  oportuni- 
dad, electrizaban  en  los  dias  geniales  de  la  repá- 
blica. 

Pero  fué  á  veces  injusto  con  algunos  de  sus 
amigos  mas  entusiastas,  y  tiránico  con  sus  infe- 
riores, á  quienes  solia  tratar  con  lenguaje  acer- 
bísimo. 

Quizá  las  asperezas  de  una  lid  sin  cuartel  b 
arrebataran  algo  de  su  nativa  generosidad;  6 
acaso  se  persuadirla  que  sus  defectos  no  pareee- 
rian  tales  á  sus  fieros  veteranos ,  á  esos  ginetes 
de  los  llanos,  ó  á  esos  criollos  salidos  de  las  sier- 
ras y  de  las  ciudades.  Pero  la  amistad  deseaiii 
arrojar  uno  de  sus  velos  sobre  esas  flaquezas  de 
tan  buen  caballero. 

En  San  Martin  la  autoridad  produjo  el  desen- 
canto, y  cierto  escepticismo;  ni  las  pompas  tra- 
dicionales de  los  palacios  de  Santiago  y  de  Lima 
le  deslumhraron  un  instante. 

El  ofrecimiento  de  la  corona  del  Imperio  de 
los  Incas  que  el  Consejo  de  Estado  le  hiso  en 
una  sesión  secreta,  pero  memorable,  fué  recha- 
zado con  lójica  tan  clara  y  decisiva  que  patentiió 
á  los  nobles  y  á  los  ministros  allí  congregadoi 
toda  la  sobriedad  de  juicio,  así  como  el  desprtn- 
dimiento  de  su  candidato. 

La  sed  inextinguible  de  supremacía  y  de  glo- 
ria fué  en  Bolívar  origen  de  esfuerzos  heroicos 
y  de  graves  errores.  El  procuraba  extender  la 
vasta  esfera  de  su  dictadura  sobre  Estados  dis- 
tantes. La  confederación  americana  fué  nno  de 
sus  sueños,  anhelando  avasallar  la  naturaleía  i 
sus  planes,  y  trasplantando  á  este  hemisferio  nna 
imitación  de  la  liga  de  las  Repúblicas  griegas. 

San  Martin  no  se  alucinó  desde  el  principio 
sobre  la  falta  de  preparación  de  estos  paises,  / 
sobre  los  riesgos  de  la  transición  que  se  efectua- 
ba por  el  triunfo.  No  participaba  del  fanatismo 
contagioso  de  las  revoluciones,  ni  del  de  las 
doctrinas  exclusivas.  Tuvo  culto  por  el  orden  j 
la  subordinación.  Abandonó  el  mando  ejercido 
con  moderación,  y  la  perspectiva  de  afiuizar  la 
regeneración  peruana,  mas  bien  que  sacrificar  á 
algunos  de  sus  camaradas  que  no  fueron  tan 
austeros  como  él  mismo,  en  el  cumplimiento  áú 
deber.  Es  mas  que  probable,  que  acabó  de  deci- 
dirlo el  fundado  recelo  de  un  rompimiento  con 
Bolívar,  cuyos  celos  eclipsaron  su  criterio,  orean- 
do un  ominoso  peligro  para  los  mas  eagnáoB 
intereses. 


SECCIÓN  LITERARIA— REPÚBLICA  aboektina 


181 


El  gobernante  colombiano  aspiró  á  la  fama 
de  Legislador.  Las  constituciones  que  inspiró  ó 
escribió,  fneron  mas  bien  ensayos  pasajeros  que 
im  monamente  del  adelanto  de  las  ciencias  mo- 
rales en  el  último  siglo.  Esas  leyes  eran  el  cla- 
mor de  la  filosofía  para  serenar  las  facciones. 

Nada  de  durable  se  fundó  en  ese  terreno,  y  la 
unión  Colombiana,  anhelada  por  él,  fué  dilace- 
rada por  la  espada  de  sus  tenientes. 

Si  la  abdicación  del  Protector  del  Perú  no  le 
fué  impuesta  sino  por  su  propio  albedrío,  ó  por 
las  fatigas  de  su  ánimo,  contristando  derrepente 
á  todos  sus  amigos,  la  caida  del  primer  soldado 
de  Colombia  se  debió  á  las  conspiraciones  y  á 
la  pérdida  de  los  elementos  con  que  tantos  años 
habia  pesado  sobre  el  ejército,  los  pueblos  y  el 
Congreso. 

Uno  muere  en  las  orillas  del  Sena,  en  un  ho- 
gar patriarcal,  y  rodeado  de  la  Teneracion  de  su 
familia. 

El  otro  en  la  fuerza  de  la  edad,  pero  devorado 
de  pesares,  y  menos  intrépido  contra  la  calumnia 
que  contra  los  puñales,  rindió  su  último  aliento 
en  una  playa  trastornada  por  los  terremotos,  y 
amenazada  por  el  mar  de  las  Antillas,  como  si 
ni  la  tumba  fuera  albergue  tranquilo  para  el 
Libertador.  Se  despidió  de  sus  compatriotas, 
dirigiéndoles  consejos  dignos  de  grabarse  en  sus 
templos. 

Las  opiniones  se  dividen  sobre  el  mérito  res- 
pectivo de  tan  excelentes  varones,  y  sobre  los 
móviles  de  algunos  de  sus  hechos  gubernativos; 
pero  la  preeminencia  de  capacidad  militar  se 
atribuye  universalmente  á  San  Martin. 

No  pueden  equipararse  exactamente  sus  res- 
pectivas aptitudes  para  organizar  fuerzas,  per- 
feccionar su  mecanismo,  ó  combinarlas  para  un 
fin  ya  preparado  ó  imprevisto. 

La  aplicación  de  la  táctica  sabia  á  nuestro 
país,  con  las  modificaciones  exigidas  por  los 
hábitos  y  por  la  topografía,  comprobó  la  pericia 
del  antiguo  coronel  de  granaderos  á  caballo.  Im- 
petuoso en  la  iniciativa,  pero  avaro  de  la  sangre 
de  sus  soldados,  calculaba  con  singular  precisión 
los  elementos  de  disolución  del  enemigo,  adivi- 
nando BUS  designios,  ó  engañándole  sobre  sus 
propios  movimientos.  Manejaba  hábilmente  las 
eosas  y  los  hombres;  y  su  entendimiento  que 
tendía  á  la  unidad,  y  capaz  de  todos  los  detalles, 
abrasaba  un  vasto  horizonte,  penetrando  en  la 
profundidad  del  porvenir. 


Bolívar  conocía  la  sublime  estrategia,  y  la 
historia  de  la  guerra;  pero  impaciente  de  toda 
traba,  poco  habituado  á  las  lentitudes  de  los 
campos  de  instrucción,  y  urgido  por  la  suprema 
necesidad  á  dirigir  frecuentemente  cuerpos  irre- 
gulares ó  revolucionarios,  no  pudo  ser  estricto 
observador  de  la  disciplina  y  del  arte.  No  siem- 
pre alcanzó  todas  las  ventajas  de  su  arrojo,  no 
siempre  calculó  con  certeza;  ni  el  éxito  corres- 
pondió de  continuo  al  mérito  de  sus  sacrificios, 
ó  á  la  trascendencia  de  sus  miras.  Pero  estos 
desaires  de  la  suerte  no  le  impidieron  tomar  bri- 
llantes desquites,  ni  batir  entre  otros,  á  Morillo, 
el  mas  temible  campeón  de  la  dominación  espa- 
ñola. 

Se  ilustró,  sobre  todo,  por  aquella  calidad  de 
los  fuertes  que  hizo  exclamar  á  Alejandro  Mag- 
no que  él  solo  se  reservaba  la  esperanza.  Su 
constancia  fué  igual  á  las  resistencias  de  un 
sistema  elaborado  por  los  siglos,  y  defendido 
con  o? as  de  sangre. 

El  desinterés  que  le  caracterizaba  habría  me- 
recido la  clásica  predilección  de  Plutarco.  Prin- 
cipió por  libertar  á  sus  numerosos  esclavos.  Los 
tesoros  no  eran  nada  á  sus  ojos,  sino  como  ofren- 
das opimas  á  la  libertad. 

Donó  para  escuelas  el  millón  que  el  Perú  le 
forzó  á  aceptar;  y  un  dia,  en  una  fiesta  triunfal, 
desprendió  de  sus  sienes  los  laureles  de  brillan- 
tes con  que  orló  las  de  Sucre. 

Cualesquiera  que  sean  los  destinos  de  la  gran 
familia,  esos  hijos  serán  los  predilectos.  El  pas- 
tor de  las  pampas,  el  indio  en  su  cabana,  el  sol- 
dado en  el  fogón  del  campamento,  el  poeta  en 
sus  mas  bellos  himnos,  el  patriota  en  los  conflic- 
tos nacionales,  y  el  filósofo  al  trazar  los  fastos 
de  la  excelsa  virtud,  anunciarán  á  nuestros  des- 
cendientes dos  nombres  robados  al  olvido. 

La  armonía,  sello  divino  de  la  creación,  no 
existiria  en  América,  si  las  ondas  del  Amazonas 
y  del  Plata  no  murmurasen  sino  el  eco  de  pue- 
blos ingratos  á  sus  bienhechores. 

José  T.  Guido. 

Publicista. 


Mayo  25  de  1868. 


182 


AMÉRICA  LITERARIA 


LOS  CAUDILLOS 


La  brega  constante  de  los  candillos  en  sos 
combates  con  las  tropas  del  gobierno  6  con  los 
ejércitos  españoles,  babia  desenvuelto  por  la  ema- 
lacion  de  la  audacia,  la  astncia  y  el  valor,  diver- 
sas figuras  de  aspecto  duro  y  bravio,  llamadas  á 
tener  colocación  y  grande  inñuencia  en  los  suce- 
sos que  debian  señalar  con  rasgos  indelebles  la 
funesta  época  en  que  se  disolvieron  los  vínculos 
nacionales. 

Muy  pronto  debia  descollar  en  la  escena  el 
gaucho  Ramírez,  el  prototipo  del  caudillo  selvá- 
tico; valiente,  sufrido,  enérjico  llevaba  su  caba- 
llo, su  lanza  y  sus  gauchos  armados,  hasta  el 
centro  de  las  poblaciones  para  manifestar  á  las 
muchedumbres  admiradas,  la  omnipotencia  de  su 
poder. 

Hombres  de  su  temple  eran  el  imán  de  las 
masas,  y  en  pos  de  una  atracción  misteriosa,  sin 
violencia  y  por  un  cariño  inconsciente,  los  hom- 
bres se  apadrinaban  á  su  lado  llevándole  un  tribu- 
to de  fuerza  en  cambio  de  la  seguridad  personal. 

Aquel  que  era  capaz  de  retar  al  Congreso  y 
desobedecer  al  gobierno;  que  se  avocaba  y  resol- 
vía todas  las  cuestiones  suscitadas  en  sus  domi- 
nios, fallando  autoritativamente  sin  mas  freno 
que  su  conciencia,  representaba  á  los  ojos  del  pai- 
sanaje estólidojla  encamación  de  la  ley,  y  le  acá- 
taban  con  tanto  mayor  respeto  cuanto  era  vo- 
luntaria su  obediencia. 

Es  así  como  se  demuestra  que  lo  que  se  llamó 
caudillaje  6  montoneras,  no  fué  sino  el  resulta- 
do consiguiente  y  necesario  de  la  gran  ignoran- 
cia de  la  población  campestre.  Era  el  mal  del 
desierto,  que  no  permitiendo  el  contacto  de  los 
habitantes,  los  embrutecía  por  el  aislamiento. 
Ellos  no  conocían  la  autoridad  mas  que  por  su 
lado  malo:  cuando  castiga.  El  juez  se  habia  crea- 
do, según  su  juicio,  para  imponer  penas  y  no 
para  administrar  justicia.  Sustraerse  á  su  con- 
tacto era  ahorrarse  un  dolor.  El  instinto  monta- 
raz los  tomaba  asustadizos,  y  el  hombre  de  las 
ciudades  no  daba  asidero  á  sus  simpatías;  lo 
oreian  desprovisto  de  su  valor  y  arrojo  temera- 
rio, y  dispuesto  por  sus  hábitos  urbanos  á  temer 
el  contacto  de  sus  ponchos  y  avips  grasientos. 

Ágenos  á  toda  noción  disciplinaria  de  la  inte- 
ligencia, no  admitían  otra  superioridad  que  la 
que  tangiblemente  se  les  demostraba.   Es  así 


que  las  gradaciones  jerárquicas  se  escalaban  por 
medio  del  valor  y  de  la  astucia.  Bolear  un  pobo 
y  domarlo,  haciendo  de  él  un  caballo,  era  imo 
de  los  primeros  títulos  para  considerarse  buen 
gaucho.  El  mas  vulgar  de  los  títulos,  si  se  quie- 
re, porque  eso  lo  hacían  todos;  la  diferenoia 
estaba  en  la  precisión  y  gallardía  con  que  se 
ejecutara.  Vencer  dos  6  tres  adversarios  en  una 
riña  á  cuchillo,  saliendo  ileso  y  dejando  en  el 
sitio  uno  6  mas  de  los  contendientes:  huir  de 
la  justicia,  pelear  y  vencer  con  solo  su  puñal  i 
toda  la  partida,  merecía  la  mas  alta  oonsíden- 
cion;  nadie  negaba  asilo  al  gaucho  guapo  y  des- 
pertaba en  toda  la  comarca  las  simpatías  mas 
ardorosas.  Pialar  en  las  yerras  de  sol  á  sol  sin 
errar  un  tiro,  uno,  dos  y  tres  dias  continuos,  sin 
dar  muestras  de  fatiga;  sufrir  la  inclemencia  d^ 
tiempo  por  semanas  y  meses,  en  la  ronda  noe- 
tuma  de  los  ganados;  y  practicar,  en  fin,  todas 
las  faenas  mdas  y  agrestes,  donde  el  hombre  de 
la  campaña  se  transforma  en  un  ser  sufrido  j 
constante  en  la  dura  gleba  de  la  vida,  eran  las 
credenciales  para  salir  de  la  esfera  oomim  j 
condecorarse  por  la  prueba  esperimental,  con  im 
título  cualquiera  en  la  milicia,  el  dia  que,  dejan- 
do el  lazo,  era  preciso  enristrar  la  lanza  6  cebar 
la  tercerola  para  pelear. 

Esos  paisanos,  dotados  de  singulares  prendas, 
aunque  faltos  de  instrucción,  acopiaban  en  sa 
organismo  y  en  el  embrión  de  sus  ideas,  todos 
los  elementos  constitutivos  de  los  seres  eepe- 
ciales;  predestinados  á  imponer  el  sello  de  sn 
influencia  en  el  momento  en  que,  sobr^nestos  i 
los  hombres  y  á  las  cosas  por  su  propia  faena, 
se  encontraban  dueños  de  la  situación  y  la  diri- 
gían. 

Organizaciones  vigorosas  no  tenían  mas  alU 
del  palenque  de  las  faenas  rurales,  el  pato,  lai 
carreras  y  el  baile,  otro  teatro  donde  lucir  sa 
destreza  y  bravura  que  la  milicia.  Al  presentana 
un  gaucho  de  estos,  llevando  en  la  mirada  los 
signos  del  valor,  y  en  su  aspecto  marcial  y  sere- 
no los  rasgos  de  la  caballerosidad,  los  jefes  no 
podían  eximirse  de  distinguirlos  con  su  aprecio 
y  probarlos  á  cada  paso  en  arriesgadas  empresas: 
y  este  gaucho  giiapo  y  ladino,  que  tenia  su  repu- 
tación hecha  en  los  tres  6  cuatro  pagos  donde 
era  conocido,  empezaba  á  rodearse  de  un  nuevo 
prestigio:  el  primero  en  la  disciplina,  firme  en 
su  puesto,  jamás  el  sueño  le  sorprendió  en  la 
facción ;  8Í  el  comandante  ó  su  jefe  le  confiaba 


SECCIÓN  LITERARtA.— BBPÚBLicA  abobntina 


183 


ilgun  oficio  Babia  cruzar  el  campo  enemigo  sin 
ser  descubierto;  si  lo  sentían,  peleaba  j,  herido  ó 
nó,  cumplia  su  mandato.  En  la  batalla,  cuando 
no  paraba  la  estocada  mortal  asestada  al  pecho 
de  sa  coronel,  recibía  la  herida,  y  si  este  perdía 
sn  caballo  en  la  refriega,  allí  estaba  el  fataro 
caudillo  qne  lo  hacia  subir  á  la  grupa  del  suyo, 
si  no  le  presentaba  otro  oportunamente  prepa- 
rado. 

La  heroicidad  del  ganeho  corria  de  boca  en 
boca;  los  boletines  hablaban  de  él:  el  general  lo 
mencionaba  en  su  parte  al  gobiemo,¡y  en  el  Con- 
greso se  habia  pronunciado  su  nombre.  Tales 
noticias  y  novedades  lo  ponian  en  duros  atrenzos 
y  le  acosaban,  las  ganas  de  leer  el  boletín;  y 
algunas  lecciones  dadas  por  el  cabo  á  la  dudosa 
Ins  del  fogón,  le  permitian  al  fin  satisfacer  su 
ardiente  curiosidad,  descifrando  bien  6  mal  todos 
los  bandos  y  proclamas  que  circulaban  en  el 
ejército:  y  por  esa  emulación  intintiva  del  gau- 
cho que  todo  lo  somete  á  cotejo,  pronto  era  el 
qne  mejor  leia  en  todo  el  regrimiento. 

Así  se  transformaba  ese  hombre  rudo.  El 
contacto  con  los  oficiales  que  partían  de  las  po- 
blaciones y  con  los  jefes  distinguidos,  limaba 
las  asperezas  de  su  primera  descuidada  existencia. 

Los  contomos  morales  del  gaucho  llegaban 
i  reTeetir  las  líneas  severas  del  deber  en  el 
servicio,  hasta  que  este  deber,  mirado  con  otro 
críteriQ  mas  independiente,  le  hacía  variar  de 
conducta;  unas  veces  aconsejado  por  el  egoísmo 
personal,  y  otras  guiado  por  un  interés  patrió- 
tico, noble  y  generoso. 

Artigas,  Güemes,  Bamirez,  López,  Bustos, 
Ibarra  y  Quiroga,  caudillos  formados  en  el  seno 
de  la  barbarie,  6  en  medio  de  turbas  incultas, 
tienen  la  primera  página  de  su  historia  narrada 
en  las  precedentes  líneas.  Aldao,  Besas,  Carrera 
y  otros  aspirantes  de  buen  origen,  no  eran  hom^ 
bres  elevados  de  la  esfera  humilde  que  aquellos; 
hijos  de  las  ciudades,  educados  y  conociendo 
todos  los  beneficios  de  la  vida  civilizada,  se  con- 
virtieron en  caudillos  y  son  lo  que  fueron,  por 
tiendas  mny  opuestaj<. 

Mabiako  a.  Pelliza. 

Llt«r»to. 


EL  PARANÁ 

El  rio  Paraná,  el  Nilo  del  Nuevo  Mundo, 
llamado  por  algunos  el  Missisipi  de  la  América 
del  Sud,  ha  recibido  como  este,  de  los  aboríge- 
nes, un  nombre  que  espresa  su  amplitud  y  mag- 
nificencia. Paraná  en  la  lengua  guaraní  significa 
padre  de  la  mar  y  Missisipi  en  la  de  los  Nátchez, 
padre  de  las  aguas.  No  parece  sino  que  esos  dos 
pueblos  indígenas  de  dos  opuestos  continentes, 
hubieran  sentido  la  misma  impresión  de  asombro, 
al  contemplar  por  primera  vez  sus  grandiosos 
ríos,  para  significarla  con  palabras  que  en  su  res- 
pectívo  idioma  esprimen  el  mismo  pensamiento. 

Para  formarse  una  idea  clara  del  gran  Para- 
ná, sería  necesarío  comprender  en  su  conjunto  el 
vasto  sistema  fluvial  de  que  él  forma  el  cauce 
mayor,  é  inventar  un  nombre  que  conviniese  á 
ese  gran  todo.  Por  falta  de  esa  palabra,  los  geó- 
grafos denominan,  ya  rio  Paraná,  ya  río  Para- 
guay, ya  río  de  la  Plata,  la  cuenca  principal  de 
esas  aguas. 

Figuraos  un  árbol  desmesurado,  tendido  so- 
bre una  vasta  Uanura.  Su  pié  es  bañado  por  las 
aguas  del  océano  atlántico  del  Sud  á  los  36°  de 
latítud.  Con  una  elevación  de  seiscientas  leguas, 
las  estremidades  de  sus  ramas  alcanzan  á  los  13^, 
penetrando  en  Bolivia,  en  el  Brasil,  en  el  Esta- 
do Oríental  del  Uruguay,  y  en  todo  el  Norte  de 
la  Confederación  Argentina,  y  entrelazándose 
con  las  vertientes  del  gran  río  de  las  Amazonas* 

Su  dilatada  copa,  tan  ancha  como  elevada, 
abraza  en  todas  sus  ramificacienes  una  superfi- 
cie de  ciento  ochenta  mil  leguas  cuadradas,  que 
encierra  los  terrítoríos  mas  ríeos  y  los  climas 
mas  sanos  y  fértiles  del  mundo. 

Su  tronco,  semejante  al  del  Ombú  que  corona 
sus  márgenes,  corto  de  50  leguas  y  de  base  des- 
proporcionada, mide  sesenta  leguas  de  anchura 
en  su  unión  con  el  mar,  y  diez  en  su  primera 
bifurcación  formada  por  sus  dos  mayores  brazos, 
el  río  Uruguay  y  el  río  Paraná,  los  cuales  tíe- 
nen  por  ramas  secundarías  numerosos  tríbutaríos 
tan  caudalosos  como  los  mayores  ríos  de  la  Eu- 
ropa. El  Paraná,  que  es  la  continuación  del 
tronco,  forma  con  el  Paraguay  la  segunda  grran 
bifurcación,  recibiéndolo  á  la  altura  de  trescien- 
tas leguas,  frente  á  la  ciudad  de  Corríentes. 

El  río  Paraguay,  á  la  manera  del  Misurí 
norte-amerícano,  al  unirse  al  Paraná,  parece 


184 


AMÉRICA  LITERARIA 


una  prolongación  de  este,  por  la  identidad  de 
dirección  de  N.  á  S.  y  su  copioso  caudal;  con 
todo  eso,  su  concurrente  es  el  que  ha  participado 
del  nombre  del  principal,  porque  como  este,  se 
dilata  por  entre  innumerables  islas.  Así  también 
el  Misuri,  aunque  mayor  que  su  confluente  el 
Mississipi,  no  ha  recibido  el  nombre  del  que  le 
debe  la  mayor  parte  de  sus  aguas. 

El  Paraguay,  poderoso  brazo  del  Paraná, 
atraviesa  los  ricos  territorios  brasileros  de  Ma- 
tto-Grosso  y  Cuyabá.  Sus  numerosos  anuentes 
navegables  que  bajan  del  Este,  facilitan  la  comu- 
nicación con  los  distintos  minerales  de  oro  y 
diamantes  del  Brasil,  y  mas  abajo  con  los  de  la 
República  del  Paraguay,  abundante  en  maderas 
exquisitas  y  en  los  ricos  productos  intertropi- 
cales. 

Sus  mayores  anuentes  del  Oeste  son  el  Pilco- 
mayo  y  el  Bermejo,  que  nacen  en  los  Andes, 
corriendo  el  primero  por  el  territorio  boliviano, 
y  el  segundo  por  el  argentino,  y  atravesando 
ambos  la  vasta  ostensión  del  gran  Chaco  des- 
aguan en  el  Paraguay,  mas  abajo  de  la  ciudad 
de  la  Asunción. 

El  gran  rio  Paraná,  que  rivaliza  en  ostensión 
con  su  afluente  el  Paraguay,  tiene  su  origen  en 
la  Sierra*Do-Espinazo,  de  riquísimas  minas  de 
diamantes  al  N.  O.  del  Rio- de- Janeiro,  y  su 
dirección  general  es  hacia  el  S.  O.  Es  engrosa- 
do  por  varios  grandes  rios  que  recibe  del  Este, 
entre  los|[cuales  los  mas  notable  son  el  rio  Gran- 
de ó  Para,  el  Tieté,  el  Paraná-Pané  y  el  Curi- 
tibá. 

En  las  fértiles  llanuras  que  atraviesa  el  Para- 
ná es  donde  florecieron  las  célebres  misiones  de 
guaraníes,  establecidas  por  los  jesuítas.  Mien- 
tras corre  por  los  distritos  montañosos  del  Bra- 
■il,  no  es  navegable,  á  causa  de  sus  muchas 
cascadas  y  saltos,  que  están  mas  arriba  de  los 
pueblos  de  Misiones;  especialmente  uno  llamado 
el  Salto- Grande  ó  de  Guaira,  que  merece  men- 
ción especial,  porque  es  una  de  las  maravillas 
que  dan  celebridad  á  nuestro  rio. 

El  Salto  de  Guaira  está  cerca  del  trópico  de 
Capricornio  en  los  24°.  «Es,  dice  Azara,  una 
catarata  espantosa  digna  de  ser  descrita  por  los 
poetas.  El  Paraná,  que*  en  este  pasaje  puede 
decirse  que  está  en  los  principios  de  su  curso, 
tiene  ya  mas  agua  que  una  multitud  de  los  ma- 
y  ores  rios  de  Europa  reunidos.  Poco  antes  de  pre- 
cipitarse tiene  cerca  de  una  legua  de  ancho  con 


mucho  fondo.  Esta  enorme  anchura,  se  reduce 
de  pronto  á  sesenta  varas  en  un  paso  peñasooso 
desde  el  cual  se  arroja  con  tremenda  impetuosi- 
dad y  atronador  estrépito,  por  un  plano  indiiUMlo 
de  una  altura  perpendicular  de  veinte  varas.  El 
ruido  se  oye  de  seis  leg^uas,  y  al  aproximarse  se 
cree  sentir  temblar  bajo  los  pies  las  rocas  de  Li 
proximidad.  Los  vapores  que  se  elavan  por  cho. 
que  violento  de  las  aguas  contra  las  puntas  de 
peñascos  que  se  hallan  en  las  paredes  y  el  oaaoe 
del  precipicio,  se  ven  á  la  distancia  de  machas 
leguas  como  grandes  columnas  de  humo;  y  de 
cerca  forman  á  los  rayos  del  sol  diferentes  arco- 
iris  de  los  mas  vivos  colores  y  en  los  que  se  per- 
cibe algún  movimiento  de  temblor,  además,  estos 
vapores  producen  una  lluvia  eterna  en  los  alre- 
dedores''. "A  la  inmediación  de  la  catarata,  dice 
Centenera  en  La  Argentina,  el  aire  está  siempre 
tenebroso;  su  estruendo  causa  espanto  á  las  aves, 
pues  en  los  dilatados  y  espesos  bosques  de  sus 
orillas  no  se  vé  pájaro  alguno,  y  todos  los  au- 
males  huyen  despavoridos  de  aquellos  sitios''. 

Si  la  parte  superior  del  Paraná  es  de  una 
sublimidad  imponente;  si  es  impracticable  por 
la  multitud  de  sus  cascadas  y  arrecifes;  en  el 
resto  de  su  curso  ofrece  el  carácter  opuesto,  por 
su  hondura,  su  silencio,  su  mansedumbre  y  la 
belleza  de  su  lecho  sembrado  de  islas  cubiertas 
de  naranjos,  de  palmeras  y  una  gran  variedad 
de  árboles,  arbustos  y  plantas  peculiares  al  Nue- 
vo Mundo. 

I  Quién  pudiera  abrazar  de  una  mirada  todo  el 
conjunto  de  hermosura,  magostad  y  grandesa 
del  Paraná  incomparable !  ¡  Quién  tuviera  las  alas 
del  cóndor  para  contemplar  desde  las  nubes  esa 
inmensa  balsa  de  aguas  serenas  que  reflejan  el 
mas  hermoso  de  los  cielos,  con  ese  archipiéla- 
go prodigioso  de  innumerables  islas  de  variedad 
indescribible!  Aparecieran  aquellos  grupos  de 
verdor,  profusamente  esparcidos  en  la  planicie 
cerúlea  de  las  aguas,  cual  colosales  cestas  de 
flores  y  frutas  destinadas  á  decorar  el  festín  del 
pueblo  venturoso  que  algún  dia  ha  he  gozar  ¡oh 
patria  hermosa!  de  tus  gracias  virginales. 

¿A  qué  compararé  el  rio  espléndido?  ¿A  qué 
cosa  podrá  ser  asimilado  el  foI  para  ponderar  sa 
magostad  y  brillo? — Vedlo—  Pues  mirad  también 
al  Paraná.  Su  aspecto  es  magestuoso,  dilatado 
su  álveo,  suave  su  corriente.  Los  altos  buques 
desplegan  su  velamen  y  surcan  libremente  por 
su  canal  profundo  y  anchuroso.   Estiéndese  con 


SECCIÓN  LITERARIA— RBptlBLiCA  abobntina 


185 


sus  afluentes  caudalosos  por  miles  de  leguas,  sin 
obstáculos,  brindando  á  la  industria  j  al  comer- 
cio inmensas  regiones,  las  mas  salubres  y  férti- 
les del  globo,  donde  algunos  pueblos  nacientes 
abren  hoy  sus  brazos  ^témales  á  todos  los 
pueblos  de  la  tierra. 

Aun  el  maravilloso  Nilo,  arbitro  de  la  ezis- 
tencia  del  Egipto,  al  lado  del  Paraná  quedaría 
oscurecido.  Este,  como  aquel,  cada  año  se  espacia 
por  estensas  llanuras,  aunque  la  fecundidad  que 
producen  sus  crecientes  es  un  lujo  de  la  natura- 
ralesa  perdido  para  el  hombre  en  medio  de  las 
Tastas  comarcas  que  atraviesa,  y  de  las  dilatadas 
y  numerosas  islas  que  ríega.  Sus  dichosos  habi- 
tantes, tan  reducidos  en  número,  no  disfrutan 
sino  de  una  porción  imperceptible  de  tantas  y 
tan  variadas  producciones  espontáneas. 

Si  se  emplearan  el  arte  y  el  trabajo,  serían 
incalculables  los  beneficios  del  cultivo  ¿e  mas  de 
cuatro  mil  leguas  cuadradas,  abonadas  períódi- 
camente  por  sus  aguas. 

El  Paraná,  como  el  Nilo,  se  divide  en  mu- 
chos brazos,  al  vaciar  sus  aguas,  y  ambos  tie- 
nen  su  embocadura  en  iguales  latitudes,  aunque 
en  opuestas  direcciones. 

Su  inundación,  como  la  del  Nilo,  se  efectúa 
en  la  estación  de  las  lluvias  tropicales;  no  con 
la  violencia  de  las  crecientes  de  otros  ríos,  sino 
poruña  lenta  gradación;  de  modo  que,  aunque 
86  eleva  muchos  pies  sobre  algunas  tierras,  los 
árboles  asoman  ilesos  sus  copas  por  encima  de 
las  aguas,  cediendo  blandamente  su  follaje  á  los 
halagos  de  la  mansa  oorríente,  y  todas  las  plan- 
tas sumergidas,  reaparecen  en  la  bajante  con 
mayor  belleza  y  lozanía. 

En  un  suelo  t^  rícamente  abonado  por  el 
paao  de  las  aguas  y  los  restos  vejetales,  se  redu- 
ce la  labor  á  reprimir  la  exuberante  vegetación 
de  aquella  esponjosa  mezcla  de  limo  y  de  man- 
tiUo. 

¿Y  cómo  se  han  de  equiparar  las  aguas  tur- 
bias y  cenagosas  del  Nilo  con  las  del  Paraná, 
tan  saludables  y  tan  puras?  Aquellas,  antes  de 
la  creciente  se  ven  casi  agotadas  é  impotables, 
cuando  los  cristales  del  Paraná  son  siempre  co- 
piosos, claros  y  exquisitos. 

¿Ni  cómo  puede  compararse  este  clima  begni- 
no  y  sano,  con  el  caluroso  y  mortífero  de  la  re- 
gión del  Nilo?  El  Simún,  viento  abrasador  y 
ponzoñoso,  viene  cada  año  á  difundir  el  terror  y 
la  muerte  por  las  llanuras  del  Egipto,  cubrién- 


dolas de  inmensos  turbiones  de  arenas  ardientes 
y  de  miasmas  perniciosos  que  agostan  los  plan- 
tíos y  arrebatan  la  existencia  á  hombres  y  ani- 
males. 

¡Paraná  incomparable!  tus  escenas  son  siempre 
risueñas  y  de  vida,  tu  verdor  es  eterno;  las  llu- 
vias á  la  par  de  las  crecientes  perpetúan  la  fron- 
dosidad de  tus  riberas  y  tus  islas;  nunca  empaña 
el  polvo  el  esmalte  de  tus  hojas,  ni  el  brillante 
colorido  de  tus  flores  y  tus  frutos;  jamás  el  hu- 
racán turbó  la  paz  de  tus  florestas;  y  si  el  pam- 
pero impetuoso  pero  benéfico,  agita  con  violencia 
las  ondas  del  Plata,  indefenso,  apenas  frisa  tus 
canales  protegidos  por  la  espesura  de  tus  islas, 
y  solo  esparce  el  bien  en  tus  dominios,  depuran- 
do los  mas  ocultos  senos  de  tus  bosques. 

No  solamente  es  admirable  el  Paraná  por  lo 
estenso  de  su  curso,  la  mole  y  excelencia  de  sus 
aguas,  la  profundidad  y  limpieza  de  su  cauce,  lo 
feraz  y  salubérrimo  de  sus  islas  y  riberas,  la 
profusión  de  .sus  producciones  naturales,  la  be- 
nignidad de  su  clima  y  sus  inundaciones  periódi- 
cas, sino  también  por  tantos  afluentes  navegables 
que  concurren  con  el  Uruguay  y  sus  tributarios 
á  formar  el  magnífico  estuario  del  gran  Rio  de 
la  Plata,  ofreciendo  á  la  navegación  y  á  la  agri- 
cultura el  mas  vasto  y  grandioso  sistema  de 
canalización  é  ii'rigacion,  que  puede  concebir  la 
mente  humana. 

Inmensas  st^edades,  rios  caudalosos,  dilatadas 
pampas,  valles  donde  rebosa  la  abundancia,  mon- 
tañas henchidas  de  tesoros . . .  Las  mas  impor- 
tantes regiones  del  continente  sud-amerioano 
están  aún  por  habitarse;  sus  mas  feraces  tierras 
por  cultivarse;  sus  mayores  riquezas  todavía 
están  por  explotarse. 

La  nueva  tierra  de  promisión,  destinada  acaso 
por  el  Omnipotente  para  el  asilo  de  la  libertad 
y  de  la  dicha,  ¿será  la  conquista  de  la  iniquidad 
y  de  la  fuerza?  ¿ó  el  apanaje  de  la  moralidad  y 
la  inteligencia?  ¿Para  quién  estará  reservada» 
después  de  tantos  miles  de  años? 

Tres  centurias  hace  que  en  medio  de  este 
Oasis  del  mundo  nuevo,  se  agita  un  pueblo  va- 
liente y  hospitalario,  á  quien  está  encomendada 
su  guarda,  hasta  la  realización  de  los  altos  des- 
tinos de  esta  porción  privilegiada  de  la  herencia 

humana. 

Mabcos  Sastbb. 

EMjrítor  7  EdnoMloQLrta. 


84 


186 


AMÉBICA  LITEBABIA 


APOLOGÍA  DEL  HATAHBRE 

Un  estranjero  qae  ignorando  absolatamente 
el  castellano  ojese  por  primera  Tez  pronnnoiar, 
oon  el  énfasis  que  inspira  el  hambre,  á  nn  gran- 
cho  qae  ya  ayuno  y  de  camino,  la  palabra  ma- 
tambre,  diría  para  sí  may  satisfecho  de  haber 
acertado:  ''Este  será  el  nombre  de  alguna  persona 
ilustre,  6  cnando  menos  el  de  algnn  ríco  hacen- 
dado. Otro  qne  presumiese  saberlo,  pero  no 
atinase  con  la  exacta  significación  que  unidos 
tienen  los  vocablos  mata  j  hambre,  al  oírlos  salir 
rotundos  de  un  gaznate  hambriento,  creería  sin 
duda  que  tan  sonoro  j  espresivo  nombre  era  de 
algún  ladrón  ó  asesino  famoso.  Pero  nosotros, 
acostumbrados  desde  niños  á  verlo  andar  de  boca 
en  boca,  á  chuparlo  cuando  de  teta,  á  saborearlo 
cuando  mas  grandes,  h  desmenusarlo  y  tragarlo 
cuando  adultos,  sabemos  quién  es,  cuáles  son  sus 
nutrítivas  virtudes  y  el  bríUante  papel  que  en 
nuestras  mesas  representa. 

No  es  por  cierto  el  matambre  ni  asesino  ni 
ladrón ;  lejos  de  eso,  jamás,  que  70  sepa,  á  nadie 
ha  hecho  el  mas  mínimo  daño:  su  nombradia  es 
errando;  pero  no  tan  ruidosa  como  la  de  aquellos 
que  haciendo  gemir  la  humanidad  se  estiende 
oon  el  estrépito  de  las  armas,  6  se  propaga  por 
medio  de  la  prensa  6  de  las  mil  bocas  de  la  opi- 
nion.  Nada  de  eso;  son  los  estómagos  anchos  y 
fuertes  el  teatro  de  sus  proezas,  y  cada  diente 
sincero  apologista  de  su  blandura  y  generoso 
carácter.  Inci^az  por  temperamento  y  genio  de 
mas  ardua  y  grave  tarea,  ocioso,  por  otra  parte, 
y  aburrido,  quiero  ser  el  órgano  de  modestas 
apologías,  y  así  como  otros  escríben  las  vidas  de 
los  varones  ilustres,  trasmitir,  si  es  posible,  á  la 
mas  remota  posterídad,  los  históríco  verídicos 
encomios  que  sin  cesar  hace  cada  quijada  masti- 
cando, cada  diente  crugiendo,  cada  paladar  sabo- 
reando el  jugoso  é  ilustrísimo  matambre.        • 

Yaron  es  él  como  el  que  mas;  y  si  bien  su 
fama  no  es  de  aquellas  que  al  oro  y  al  poder 
prodiga  la  rastrera  adulación,  sino  recatada  7 
silenciosa  como  la  que  al  méríto  7  la  virtud  trí- 
buta  á  veces  la  justicia;  no  por  eso  á  mi  entender 
debe  dejarse  arrinconada  en  la  región  epigástríca 
de  las  innumerables  criaturas  á  quienes  dá  gusto 
7  robustece,  puede  decirse,  con  la  sangre  de  atis 
propias  venas.  Además,  porteño  en  todo,  ante 
todo  7  por  todo,  quisiera  ver  conocidas  7  menta- 


das nuestras  cosas  allende  los  maree,  7  que  noe 
vengan  los  de  exirangis  echando  en  eara  nuestro 
poco  gusto  en  el  arte  culinario,  7  ensalzando  á 
vista  7  paciencia  nuestra  los  indigestos  7  empa- 
lagfosos  manjares  que  brinda  sin  cesar  la  gas- 
tronomía á  su  estragpado  apetito:  7  esta  rihgh 
también  de  espíritu  nacional,  me  mueve  á  ocurrir 
á  la  comadrona  intelectual,  á  la  prensa,  para  que 
me  aTude  á  parir  si  es  posible  sin  el  auxilio  del 
fórceps,  este  mas  que  discurso  apologético. 

Griten  en  buenahora  cuanto  quieran  los  tad- 
tumos  ingleses,  roast-heef,  plum  puding;  chillen 
los  italianos,  maceheroni  y  vá7anse  quedando 
tan  delgados  como  una  I  ó  la  aguja  de  una  torre 
gótica.  Yoceen  los  franceses,  omelette  «h/Im, 
omelette  au  sucre,  omelette  au  atable;  digan  loe 
españoles  con  soma,  chorizos,  olla  podrida,  7 
mas  podrida  7  rancia  que  su  ilustración  secular. 
Griten  en  buenahora  todos  juntos,  que  nosotroe 
apretándonos  los  flancos  soltaremos  zumbando 
el  palabrón,  matambre,  y  taparemos  de  cabo  á 
cabo  su  desmedida  boca. 

Antonio  Pérez  decía:  ''solo  los  grandes  estó- 
magos digieren  veneno  '^ ,  7  70  digo :  solo  loe 
grandes  estómagos  digieren  matambre.  No  ee 
esto  dar  á  entender  que  todos  los  porteños  ke 
tengan  tales;  sino  que  solo  el  matambre  alimen- 
ta 7  cria  los  estómagos  robustos,  que  en  las 
entendederas  de  Pérez  eran  los  corazones  mag- 


nánimos. 


Con  matambre  se  nutren  los  pechos  varonOee 
avezados  á  batallar  7  vencer,  7  con  matambre 
los  vientres  que  los  engendraron :  con  matambre 
se  alimentan  los  que  en  su  infancia,  de  un  salto 
escalaron  los  Andes,  7  allá  en  sus  nevadas  cum- 
bres entre  el  ruido  de  los  torlentes  7  el  rugido 
de  las  tempestades,  oon  hierro  ensangrentado 
escribieron:  independencia,  libertad;  y  matambie 
comen  los  que  á  la  edad  de  veinte  7  cinco  años 
llevan  todavía  babador,  se  mueven  oon  andaderas 
7  gritan  balbucientes,  papá...  papá.  Pero  » 
juventudes  tardías,  largas  7  robustas  vejeces, 
dice  otro  apotegma  que  puede  servir  de  cola  ti 
de  Pérez. 

Siguiendo,  pues,  en  mi  propósito,  entraré  á 
averiguar  quien  es  este  tan  ponderado  señor  7 
por  qué  sendas  viene  á  parar  á  los  estómagos  de 
los  carnívoros  porteños. 

El  matambre  nace  pegado  á  ambos  costilla- 
res del  ganado  vacuno  7  al  cuero  que  le  sirre 
de  vestimenta;  así  es,  que  hembras,  machos  7 


ÓÉCCION  UTEBARIÁ — BBPifrBLiCA  abobntiká 


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Mm  capones  tienen  sns  sendos  matambres,  onyas 
calidades  comibles  varían  segrnn  la  edad  y  el 
sexo  del  animal;  macho  por  consiguiente  es  todo 
matambre,  onalqniera  qne  sea  sn  origen,  y  en 
loa  costados  del  toro,  yaca  6  novillo,  adquiere 
jogro  7  robustos.  Las  recónditas  transformacio- 
nes nutritivas  y  digrestivas  que  esperimenta  el 
matambre,  basta  llegar  á  su  pleno  crecimiento  y 
sason,  no  están  á  mi  alcance;  naturaleza  en  esto 
como  en  todo  lo  demás  de  su  jurisdicción,  obra 
por  sí,  tan  misteriosa  y  cumplidamente  que  solo 
nos  es  dado  tributarle  silenciosas  alabansas. 

Sábese  solo  que  la  dureza  del  matambre  de 
toro  rechaza  al  mas  bien  engastado  y  fornido 
diente,  mientras  que  el  de  un  joven  novillo  y 
sobre  todo  el  de  vaca,  se  deja  mascar  y  comer 
por  dienteoitos  de  poca  monta  y  aun  por  encias 
octogenarias. 

Parecer  común  es,  que  á  todas  las  cosas  huma- 
ñas,  por  mas  bellas  que  sean,  se  les  puede  aplicar 
pero,  por  la  misma  razón  que  la  perspectiva  de 
un  valle  6  de  una  montaña  varía  según  la  dis- 
tancia ó  el  lugar  de  donde  se  mira  y  la  potencia 
visual  del  que  la  observa.  El  mas  hermoso  rostro 
mujeril  suele  tener  una  mancha  que  amortigua 
la  eficacia  de  sus  hechizos;  la  mas  casta  resbala, 
la  mas  virtuosa  cojea:  Adán  y  Eva,  las  dos  cria- 
turas mas  perfectas  que  vio  jamás  la  tierra, 
como  que  fueron  la  primera  obra  en  su  género 
del  artífice  supremo»  pecaron;  Lili  por  flaqueza 
y  vanidad,  el  otro  porque  fué  de  carne  y  no  de 
piedra  á  los  incentivos  de  la  hermosura.  Pues  de 
la  misma  mismísima  enfermedad  de  todo  lo  que 
entra  en  la  esfera  de  nuestro  poder,  adolece  tam- 
bién el  matambre.  Debe  haberlos,  y  los  hay, 
buenos  y  malos,  grandes  y  chicos,  flacos  y  gor. 
dos,  duros  y  blandos;  pero  queda  al  arbitrio  de 
cada  cual  escoger  el  que  mejor  pete  á  su  paladar, 
estómago  ó  dentadura,  dejando  siempre  á  salvo 
el  buen  nombre  de  la  especie  matambruna,  pues 
no  es  de  recta  ley  que  paguen  justos  por  peca- 
dores, ni  que  por  una  que  otra  indigestión  que 
hayan  causado  los  gordos,  uno  que  otro  sinsabor 
debido  á  los  flacos,  uno  que  otro  aflojamiento  de 
dientes  ocasionado  por  los  duros,  se  lance  anate- 
ma sobre  todos  ellos. 

Cocida  ó  asada  tiene  toda  carne  vacuna,  un 
dejo  particular  ó  sui  generis,  debido  según  los 
qnünicos  á  cierta  materia  roja  poco  conocida  y 
á  la  cual  han  dado  el  raro  nombre  de  osmasona 
Ulor  de  caldo).  Esta  sustancia,  pues,  que  noso- 


tros los  profanos  llamamos  jugo  esquisito,  sabor 
delicado,  es  la  misma  que  con  delicia  paladeamos 
cuando  cae  por  fortuna  en  nuestros  dientes  un 
pedazo  de  tierno  y  gfordiflaco  matambre:  digo 
gordiflaco  porque  considero  esencial  este  requi- 
sito para  que  sea  mas  apetitoso:  y  no  estará 
demás  referir  una  anecdotilla,  cuyo  recuerdo 
saboreo  yo  con  tanto  gusto  como  una  tajada  de 
matambre  que  chorree. 

Era  yo  niño  mimado,  y  una  hermosa  mañana 
de  primavera,  llevóme  mi  madre  acompañada  de 
varias  amigas  suyas,  á  un  paseo  de  campo.  Hízo- 
se  el  tránsito  á  pié,  porque  entonces  eran  tan 
raros  los  coches  como  hoy  el  metálico:  y  yo, 
como  era  natural,  corri,  salté,  brinqué  pon  otros 
que  iban  de  mi  edad,  hasta  mas  no  poder.  Lle- 
gamos á  la  quinta:  la  mesa  tendida  para  almor- 
zar nos  esperaba.  A  poco  rato  cubriéronla  de 
manjares  y  en  medio  de  todos  ellos  descollaba 
un  hermosísimo  matambre. 

Repuntaron  los  muchachos  que  andaban  des- 
bandados y  despacháronlos  á  almorzar  á  la  pieza 
inmediata,  mientras  yo,  en  un  rincón  del  come- 
dor, haciéndome  el  zorrocloco,  devoraba  con  los 
ojos  aquel  prodigfioso  parto